20. EL
SE„ORIO DE LOS HIJOS DE DIOS
Somos hijos de Dios, y de El hemos recibido el dominio sobre los bienes del mundo. Henchid la tierra -dijo el Se–or a nuestros primeros padres-, sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra 1. El Se–or nos cre— para S’; y todas las dem‡s cosas las puso a nuestro servicio, para que nos ayuden a recorrer el camino que El nos ha se–alado.
Las cosas de la tierra son buenas, porque proceden de Dios. Y porque son buenas, son apetecibles: contienen la capacidad de atracci—n suficiente para que su uso -necesario- no repugne al coraz—n, que est‡ hecho para el Se–or. Los bienes de la tierra son objetivamente buenos como medios, como instrumentos. Y en esa medida han de ser queridos por los hijos de Dios.
NECESIDAD DE LA TEMPLANZA
Con el desorden introducido por el pecado en la naturaleza humana, con la tr‡gica ceguera de la mente del hombre y el desv’o de su coraz—n, apareci— en Žl una monstruosa capacidad de idolatr’a. Las cosas buenas, por la concupiscencia de los hombres se tornaban malas. Y lo que deb’a ser camino se hac’a meta. Perdi— el amor su honestidad: dejaron de amarse los bienes porque eran buenos, y empezaron a ser amados śnicamente porque procuraban goce, satisfacci—n. Disfrutar a todo coste: he aqu’ la ley del desorden. El hombre se abalanz— sobre las cosas sin
(1) Genes.
1, 28;
medida, sin regla, sin templanza; y qued— con el coraz—n inquieto y triste.
De este modo, los bienes de la tierra, puestos para servirnos en el camino hacia el fin, se convirtieron en tiranos. Cuando el hombre se rebel—, y no quiso tener a Dios por su Se–or, se hall— subyugado, esclavizado por una multitud de se–ores despiadados, que presentaban como t’tulo de realeza su capacidad de poner en el coraz—n un goce pasajero y limitado, incapaz de llenarlo. Ninguno puede servir a dos se–ores, por que o tendr‡ aversi—n al uno, y amor al otro, o si se sujeta al primero mirar‡ con desdŽn al segundo. No podŽis servir a Dios y a las riquezas; Fue un aviso de Jesucristo, un aviso amoroso, para quienes quisieran conservar en su coraz—n la paz de Dios.
Todos tenemos una naturaleza desordenada por el pecado original pero hemos de pasar una y otra vez por entre los bienes de la tierra, santific‡ndolos, us‡ndolos para realizar nuestra misi—n sobrenatural. Dios que nos ha llamado, nos dar‡ las gracias convenientes. Pero hemos de poner, por nuestra parte, la vigilancia, el ejercicio de la virtud de la templanza, una templanza activa, real, concretada diariamente en nuestro caminar. Nuestro amor es todo para Dios, y la templanza debe guardarlo puesto que, como dice San Agust’n, en eso consiste esta virtud: el amo que se conserva para Dios ’ntegro e incorrupto 3.
La vocaci—n nos lleva a todas las encrucijadas de la tierra, trabajando en nuestro ambiente social. Para vivir y para realizar las labores apost—licas, tenemos necesidad de usar medios humanos, que son ordinariamente una de las bases de muchas empresas sobrenaturales. Y para que todo esto sea ocasi—n real de santidad y apostolado, hay que ejercitarla incesantemente -con hero’smo muchas veces- la virtud de la templanza. Hay que disponer de esas cosas, utentis modestia, non amantis affectu 4 con la modestia de quien usa, no con el afecto de quien ama.
DESPRENDIMIENTO DE LOS BIENES TERRENOS
DespŽgate de los bienes del mundo. -Ama y practica la pobreza .de esp’ritu: contŽntate con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente. -Si no, nunca ser‡s ap—stol 5.
Se nos pide un desasimiento habitual; el h‡bito Đobtenido y conservado por la repetici—n de actos- de estar siempre por encima, des-
(2) Matth. VI, 24;
(3) San Agust’n, De mor. Eccle. cath. 1, 15;
(4) Ibid., 1, 21;
(5) Camino, n. 631;
prendidos de las cosas que usamos. Prescindir de lo superfluo; y, en lo necesario, poner tambiŽn esa mortificaci—n habitual, que es una garant’a de recto uso. No os acongojŽis por el cuidado de hallar quŽ comer para sustentar vuestra vida, o de d—nde sacarŽis vestidos para cubrir vuestro cuerpo 6. Lo que hay que evitar es la solicitud desmedida, el afecto del coraz—n que intranquiliza. Trabajar por allegar los bienes necesarios, por sentido de responsabilidad y por pobreza; usarlos eficazmente por caridad apost—lica. Pero teniendo bien libre el coraz—n, bien despegado.
As’ en cada momento del d’a. Hemos de saber poner entre los ingredientes de la comida el riqu’simo de la mortificaci—n. En nuestra vida de familia, puestos a escoger de modo que la elecci—n pase inadvertida 7, se ha de procurar elegir siempre para nosotros lo peor. De esta forma tendremos siempre lo justo, lo imprescindible en el vestir, en los objetos de uso personal y de trabajo; sabremos prescindir de algo necesario, porque -como nos dice el Padre- aquŽl tiene m‡s que necesita menos 8. Sin dejarnos sorprender por las argucias del enemigo, con pretextos de naturalidad, hemos de vivir tambiŽn la templanza, sello de nuestra filiaci—n divina, en nuestras relaciones sociales, profesionales, familiares...
La templanza fortalece, enrecia la voluntad, y en cierto modo nos confiere de nuevo aquel dominio sobre las cosas de la tierra que recibieron nuestros primeros padres. La templanza es condici—n indispensable para vivir vida contemplativa de uni—n con Dios. Como afirma San Ambrosio, en la templanza se espera y se busca sobre todo el sosiego del ‡nimo 9. Viviendo templadamente tendremos paz, una tranquilidad que nada turba. Buscaremos los bienes de la tierra para servir al Se–or, cada uno en su propio estado, bien purificada la intenci—n. Y si esos medios no llegan, si tardan, si se pierden, si son menos de lo que esper‡bamos, nuestro coraz—n no se ha de inquietar: trabaja y ama, anclado en la filiaci—n divina. Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas las dem‡s cosas se os dar‡n por a–adidura 10.
Con medios humanos, con bienes temporales -los que usan todas las gentes, y por los que muchas veces se sienten locamente atra’dos- vamos nosotros a servir al Se–or. Y el Se–or nos bendecir‡ especial-
(6) Matth. VI, 25;
(7) Camino, n. 635;
(8) Camino, n. 630;
(9) San Ambrosio, De Officiis 1, 43;
(l0) Matth. VI, 33.
mente al ver la rectitud de nuestra intenci—n, el uso templado que de esos bienes hacemos; teniendo el coraz—n desprendido, puesto en Dios y en la extensi—n de su gloria, sin robarle ni la m‡s peque–a parte de nuestro afecto.
Nuestra templanza bien vivida contrastar‡, sin duda, con el
ambiente ordinario en que nos movemos. Y ser‡ un arma apost—lica, una llamarada
de claridad, un fulgor de se–or’o, de visi—n sobrenatural, adem‡s de la
indiscutible calidad humana que presta. Los hombres esperan de nosotros ese bonus odor Christi (1I Cor. II, 15) que, apoyado en nuestra templanza, les encienda y les
arrastre.
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