21. TRABAJAR COMO EL MEJOR

Cap’tulo 21 de la publicaci—n ÕinternaÕ del Opus Dei: Vivir en Cristo

 

 

 

El hombre nace para trabajar, como el ave para volar 1. El trabajo es una exigencia natural, prevista desde el principio por Dios, que coloc— al hombre en el mundo, ut operaretur 2; para que trabajara, perfeccionando la obra de la creaci—n.

DespuŽs de la ca’da original, el hombre advirti— que ese mandato de trabajo se hab’a convertido en algo penoso: con el sudor de tu rostro comer‡s el pan 3. Pero el trabajo sigue siendo bueno; y Jesucristo, nuestro Salvador, quiso ocuparse durante muchos a–os en un oficio manual, hasta el punto de que servir’a m‡s tarde para identificarle: Àno es Žste el hijo del artesano? 4.

 

ASPECTOS HUMANOS DEL TRABAJO

 

La realidad del trabajo configura toda vida humana. Los fines y los modos pueden ser distintos, pero no hay un hombre que sea responsable y que -por propia voluntad- estŽ sin ocupaci—n o empleo.

Fines nobles: sostenerse, mantener una familia, educar a los hijos, aspirar a que tengan en el futuro una condici—n de vida mejor; hay quien se consagra a una tarea por el af‡n de poner en pr‡ctica sus potencias -la habilidad manual, la capacidad tŽcnica y cient’fica, la creaci—n art’stica-, o por contribuir con la propia aportaci—n al bien comœn, porque el hombre se siente naturalmente responsable hacia los dem‡s.

 

(1) Job N, 7;

(2) Genes. n, 15;

(3) Genes. III, 19;

(4) Matth. XIII, 55;

 

A veces, los fines no son tan nobles: se trabaja por ambici—n de riqueza, de poder; o por el af‡n soberbio de afirmar la propia val’a; o por satisfacer con el producto de su fatiga las propias pasiones.

Fines nobles o fines ego’stas; pero siempre una labor, y una labor que, con frecuencia, no se circunscribe a horas fijas, contadas. Precisamente porque existe ese empe–o de ir a m‡s, no bastan las horas ordinarias: se buscan ocasiones, posibilidades de ensamblar dos o m‡s ocupaciones. En la vida social, todos trabajan, sean o no jefes de familia: no s—lo est‡n en su labor las horas razonables, las que tienen todos, sino que muchos de ellos, llevados por su pasi—n, o por la necesidad de obtener mayores beneficios, dedican m‡s tiempo todav’a al ejercicio de su profesi—n 5.

Y como saben que ordinariamente s—lo se retribuye bien el esfuerzo productivo, desarrollan una labor intensa y seria, a hora y a deshora, y tienen interŽs en merecer el calificativo de buen trabajador, de persona en quien puede confiarse, porque sabe poner todo su esfuerzo, toda su ciencia; y cuando la ciencia falta, procura adquirirla al mismo tiempo que trabaja -clases nocturnas, cursos por correspondencia para poder subir, para poder ascender, para ganar m‡s.

Ciertamente, los vagos existen y hay bastantes que procuran trabajar lo menos posible. Pero tambiŽn es f‡cil encontrar gente muy trabajadora; es lo normal: en la universidad, en la oficina, en el hogar, en la f‡brica, en el taller, en la ciudad, en el campo; aunque muchas veces no conocen a Cristo, y s—lo les queda el af‡n de trabajo, movido por deseos humanos, nobles o no.

 

LABORIOSIDAD CRISTIANA

 

Si as’ trabajan los que no conocen al Se–or, ÀquŽ deber‡n hacer los cristianos? En el Evangelio tenemos el ejemplo de JosŽ, de Mar’a y, sobre todo, de Jesucristo: treinta a–os de vida oculta, treinta a–os de artesano. Cuando Jesœs quiere escoger a sus disc’pulos, se fija en hombres trabajadores, y los llama en medio de sus habituales ocupaciones. Es f‡cil imaginarse al Se–or, complacido de la faena de los ap—stoles cuando, antes de la pesca milagrosa, le dicen: Maestro, toda la noche hemos estado trabajando... 6. Era preciso pescar, era necesario ganar para vivir, y estuvieron toda la noche.

 

(5) Carta Meum gaudium, 15-X-1948, n. 13;

(6) Luc. V, 5;

 


Y el ejemplo de San Pablo: nos afanamos trabajando con nuestras propias manos 7. Y a los de la iglesia de Tesal—nica escribe: ni comimos el pan de balde a costa de otro, sino con trabajo y fatiga, trabajando noche y d’a, para no ser gravosos a ninguno de vosotros 8.

Para el cristiano, estar siempre ocupado, adem‡s de ser una necesidad natural, es un requisito indispensable, si trata de seguir el ejemplo de Cristo. Yo quiero muy de veras -dec’a San Juan Cris—stomo- que todo el mundo trabaje, pues la ociosidad es maestra de todos los vicios 9. El aprovechamiento del tiempo tiene fecundas consecuencias ascŽticas: adem‡s de alejar el ocio, acostumbra al sacrificio y mantiene despierto el esp’ritu.

 

NECESIDAD DE LA TAREA PROFESIONAL

 

Para nosotros, llamados al Opus Dei -que es operatio Dei, trabajo de Dios- el trabajo se impone por un doble t’tulo. Nuestra vocaci—n, en primer lugar, no nos saca del mundo; tenemos en medio del mundo las mismas obligaciones y los mismos derechos que los dem‡s, e idŽntico ha de ser nuestro empe–o en una labor asidua y constante. Esto es como una condici—n previa, como la materia de nuestra santificaci—n, y por consiguiente indispensable, porque nuestro camino implica precisamente la santificaci—n del trabajo ordinario. La necesidad de trabajar est‡ en la esencia de nuestra llamada. He dicho siempre que la vocaci—n profesional, que el ejercicio del cargo profesional es parte de la vocaci—n divina. Y est‡ claro. Es un medio de santidad y un medio de apostolado.

El trabajo nuestro ha de ser inicialmente como el de los dem‡s, y despuŽs -por exigencia sobrenatural- mejor; la vocaci—n ha recogido los fines humanos nobles, pero orden‡ndolos a lo sobrenatural: trabajamos fundamentalmente porque el trabajo es camino de santidad y nuestro anzuelo de pescador de almas 10. Una caracter’stica peculiar de la espiritualidad del Opus Dei es que cada uno ha de santificar su profesi—n -su trabajo ordinario-, ha de santificarse en su profesi—n, ha de santificar con su profesi—n.

Alguna vez, ese trabajo profesional puede ser un trabajo interno. Y a quien estaba ejerciendo su profesi—n, se le puede llevar a otra

 

(7) I Cor. IV, 12;

(8) II Thes. III, 8;

(9) San Juan Cris—stomo, In Matth. hom. 35, 4;

(l0) Cfr. Camino, n. 372;

 

labor; y ah’, tambiŽn debe santificarse, y debe sacar los medios para hacer el apostolado con las almas.

Nuestro modo de proceder parec’a una cosa nueva: de ordinario, aun en los apostolados modernos, la gente, al entregarse a Dios, dejaba su trabajo profesional, para lanzarse a cosas ajenas a su profesi—n, a su vocaci—n humana. Aqu’ hemos dicho que no. Se admiten esas excepciones encantadoras, que son necesarias sobre todo para la labor interna de gobierno o de formaci—n; y aun estas labores en la Obra son trabajos profesionales, que exigen una previa y cuidadosa preparaci—n. Pero lo ordinario, lo corriente, es que cada uno busca su santificaci—n en el lugar donde estaba antes de venir al Opus Dei, o en el que hubiera ocupado si no hubiese venido: trabajando, como los dem‡s compa–eros de su propio ambiente. La excepci—n se refiere al tipo de trabajo, pero no al trabajo mismo. De ah’ que en la Obra, toda labor -interna o externa- haya de realizarse con la misma intensidad.

 

CONDICIONES PARA SANTIFICAR EL TRABAJO

 

Hemos de trabajar como el mejor. Y si puede ser, mejor que el mejor. Una ocupaci—n que no reuniera esas condiciones no ser’a santificable. Si lo normal es trabajar dura y constantemente, a todas horas, nosotros no podemos hacer menos. Ser’a una vergŸenza. No ser’a modo de santificarse ni de santificar.

. Trabajo serio, al que se dediquen todas nuestras energ’as, toda nuestra capacidad, empe–‡ndonos con lo mejor que tenemos y somos. Es preciso intentar y conseguir toda la perfecci—n humana de que seamos capaces, para que aquel trabajo objetivamente aparezca como una obra bien hecha, que se sostiene. Un trabajo as’ no admite chapuzas, rincones sin terminar. No basta que parezca un buen trabajo, ha de serlo realmente. Manual o intelectual, de ejecuci—n o de organizaci—n, poco importa: en el servicio de Dios no hay oficios de poca categor’a. Todos son de mucha categor’a. La categor’a del oficio depende del que lo ejercita.

Trabajo responsable. Porque de ese trabajo vivimos y nos sostenemos, porque somos pobres, porque tenemos que sostener una familia y numerosas obras de apostolado de las que depende el bien espiritual de muchas almas. Si alguna vez nuestro trabajo fuese habitualmente defectuoso, ser’a falta de sentido de responsabilidad, falta de peso, ser’a no querer ser santos, no quererse disponer para ser buenos instrumentos, para servir a Dios.

Trabajo intenso, aunque -como es l—gico- cueste esfuerzo. Ofreciendo al Se–or el cansancio que aparece siempre en todo trabajo que lo es de verdad; poniendo el alma en lo que hacemos.

Trabajo cumplido, que se contabilice en horas. No hacemos un favor al Se–or, cuando estamos sujetos a unas horas de trabajo, de labor. Como se sujetan los dem‡s por much’simas horas, por much’simo tiempo, siempre. Un poquito de examen no vendr’a mal, para respetar con cari–o las horas de trabajo, para hacerlas respetar, para poner en la conciencia de todos esta necesidad. No cabe desertar del trabajo, ni disminuir dolosamente su rendimiento. El esfuerzo ha de sostenerse -hora tras hora- a un ritmo intenso, que se traduzca en eficacia de resultados.

ÁA nosotros no nos puede sobrar el tiempo: debemos administrarlo bien, para cumplir todos nuestros deberes! La Obra tiene previsto para todos tiempo de descanso, que siempre nos anima a volver a la tarea con m‡s ganas; y en esos momentos se descansa cambiando de ocupaci—n.

Seriedad, responsabilidad, esfuerzo. Acabar la tarea. Horas bien contadas. S—lo con una vida laboriosa podemos fraguar nuestra santidad, la uni—n con Dios. Trabajar. Muchas horas de trabajo al d’a, sintiendo la urgencia de las necesidades, tambiŽn econ—micas, de esta familia sobrenatural que formamos: esto es tener sentido de responsabilidad, esto es querer ser santos y servir a Dios 11.

 

EXCEDERSE

Este trabajo, humana y sobrenaturalmente bien hecho, es el mejor medio de apostolado. San Agust’n se pregunta: Àcu‡ndo sol’a trabajar San Pablo? Quiero decir: ÀquŽ tiempo le quedaba sin estorbar a la evangelizaci—n? ÀQuiŽn podr‡ saberlo? Con todo, declar— que trabajaba de d’a y de noche. Lo que hizo el Ap—stol fue una cosa maravillosa, pues trabajaba con sus manos, no obstante la solicitud de todas las iglesias, fundadas o por fundar, que ten’a a su cuidado y responsabilidad 12. Ten’a impreso en su coraz—n a Cristo: sab’a que el trabajo, para los cristianos, es gloria. Pod’a haber prescindido de esa ocupaci—n que le consum’a y

 

(11) Carta Meum gaudium, 15-X-1948, n. 13;

(12) San Agust’n, De op. monach. 15, 15;

 

agotaba; pero no quiso dejarlo, excediŽndose por amor de Dios.

 

El Se–or a nosotros nos pide lo mismo: al ocuparse en su trabajo los hijos de Dios en su Opus Dei, procuran no cumplir sino amar, que es siempre excederse gustosamente en el deber y en el sacrificio. Al enfrentarnos cada d’a con nuestra tarea, hemos de pensar muchas veces en ese amor de Cristo, que se excedi— por nosotros; para que tambiŽn nosotros sepamos excedernos en el trabajo, medio de santidad y de apostolado, sin olvidar nunca que es lo que hacen normalmente muchos hombres, que no tienen un compromiso de Amor. DespuŽs que hubiereis hecho todas las cosas que os han mandado, habŽis de decir: somos siervos inœtiles: no hemos hecho m‡s que lo que ten’amos obligaci—n de hacer 13. Lo nuevo es hacerlo todo por Dios y por las almas; pero el modo -serio, responsable, intenso, por horasÉ- es el modo normal del trabajo honrado, pero perfeccionado, mejorado, por exigencia de nuestra vocaci—n.

La Virgen Sant’sima, que contempl— a Jesœs en aquellos a–os de vida oculta, har‡ con su intercesi—n que nuestro trabajo tenga garbo humano y eficacia divina.

 

(13) Luc. XVII, 10.

 

 

 

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