23. LA ALEGRIA
Capítulo 23 de la publicación ’interna’ del Opus
Dei: Vivir en Cristo
Alborozaos en el Señor, justos; saltad de gozo todos los rectos de
corazón 1. Dios quiere nuestra felicidad, ama nuestra alegría. Son incontables
las veces que nos lo ha dicho. No temas, tierra; alégrate y gózate porque son muy grandes cosas
las que hace el Señor. No temáis, animales del campo, que reverdecerán los
pastos del desierto y darán
fruto los árboles y la
higuera, y la vid los suyos.
Alegraos y gozaos también, hijos de Sión, en
el Señor, vuestro Dios, que os dará la lluvia a su tiempo y hará descender sobre vosotros la
temprana y la tardía de otras
veces 2.
Dios quiere a todos los hombres felices, contentos. Y cuanto más cerca de sí los llama, más alegres los quiere. Por eso ha sido la alegría, desde el comienzo de la Obra, parte esencial de su espíritu: el buen humor es y será siempre una característica de la historia del Opus Dei: quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino 3 .
Todo en la Obra, hasta la misma lucha ascética, es positivo, afirmación,
gozo; y se nota: todo el mundo se da cuenta de que en el Opus Dei
hay mucha alegría. La alegría sale sola, cuando nos sentimos hijos de Dios.
Y no pocas veces es ese ambiente luminoso, de gozo profundo, el que primero
atrae a los demás a nuestro apostolado, como un día nos cautivó también a
nosotros, ayudándonos a descubrir
(1) Ps. XXXI, 1;
(2) Joel 11, 21-23;
(3) Camino, n. 665;
la vocación. El corazón ufano aviva la cara 4. Se vierte hacia fuera,
abundante, la alegría interior de nuestra filiación divina.
La alegría nuestra no debe tener profundos altibajos, no puede depender
de las circunstancias, porque no es
fisiológica, tiene un fundamento sobrenatural, que está por encima de la
enfermedad y de la contradicción. Alegría -lo hemos dicho tantas veces-
que no es de cascabeles o de
baile popular. Es algo más íntimo. Algo que nos hace estar serenos, alegres
aunque, a veces, esté severo el rostro. Podrá alguna vez
rendirse el cuerpo y hacerse difícil la manifestación de esa dicha íntima; pero
el alma de un hijo de Dios está siempre serena, gozosa, feliz.
LA TENTACIÓN
DE LA TRISTEZA
Sin embargo, esta alegría nuestra aquí en la tierra no es
más que un principio, un adelanto de aquella otra a que hemos sido llamados. El
gozo en esta vida no puede ser pleno. Lo será cuando -en la patria- poseamos de
modo acabado el bien perfecto: «entra en el gozo de tu Señor» 5-6. Mientras estamos
aquí, exige esfuerzo, porque la alegría
de los pobrecitos hombres, aunque tenga motivo sobrenatural, siempre deja un
regusto de amargura .-¿Qué creías? -Aquí abajo, el
dolor es la sal de nuestra
vida 7.
Y con el dolor, con la enfermedad, con la contradicción, pero especialmente
con el peso de la propia miseria, nos amenaza la tristeza. No se trata aquí de
la tristeza que también podríamos llamar fisiológica, que es
consecuencia de la enfermedad o del agotamiento. La tristeza mala es otra cosa.
Es la que lleva a la imaginación a vagar de aquí para allá -revolviendo
recuerdos, forjando fantasías, afanando compensaciones-; es la que murmura por
dentro ante el trabajo, la lucha o la entrega; es la que permite un descuido y
otro, llevando consigo la desgana y la indolencia. Dejarse dominar por la
tristeza, es rendir las armas al enemigo. La tristeza mueve a la ira y al enojo; y así experimentamos que, cuando estamos tristes, fácilmente nos
enfadamos y airamos de
cualquier cosa; y más, hace al
hombre impaciente en las cosas que trata, le hace sospechoso y malicioso, y algunas veces turba de tal modo la tristeza, que parece
(4) Prov. XV, 13;
(5) Matth. XXV, 21;
(6) Santo Tomás. Super Ev. S.
Joann. lect. 15. 1, 2;
(7) Camino, n. 203;
que quita el sentido y saca fuera de sí 8. Un alma entristecida está predispuesta al mal. Como la polilla al vestido, y la carcoma a la madera, así la tristeza daña el corazón del hombre 9.
Tristeza, apabullamiento. No me extraña: es la nube de polvo que
levantó tu caída. Pero, ¡basta! 10. Hay que reaccionar enseguida, porque si es humano que la pesadumbre
llegue al corazón, es malo que lo domine. Se debe rechazar enérgicamente, en
cuanto aparecen los primeros síntomas. ¿Que
se ponga triste un hijo de Dios, un hijo mío? Cansado sí puede estar,
porque tira del carro como un borrico fiel; pero triste, no.
Y es que la tristeza es mala, es un poderoso aliado del enemigo, camino
cierto para la derrota. El efecto de la tristeza que es según el mundo, es la
muerte, porque el que ama al mundo se constituye en enemigo de Dios 11. Si no se combate esa
mala disposición, que hace que las cosas de Dios den tristeza, se termina por
rechazarlas. Porque el ansia de felicidad no desaparece nunca -es algo que se
desea necesariamente-; y al no encontrar alegría en el camino divino, por
torcida disposición, se busca fuera: primero, en las compensaciones; luego, en
el pleno descamino. Porque fácilmente se cree lo que se desea, y como entonces
se desea un camino más placentero, se puede llegar a creer -si no se rectifica
a tiempo- que no se tiene vocación. Anímate, pues, Y alegra tu corazón, y
echa lejos de ti la congoja; porque a muchos mató la tristeza 12.
Y lo mismo que la alegría del alma se vierte hacia fuera, siendo
estímulo para los demás, esa tristeza mala, esa amargura sombría oscurece el
ambiente, hace daño, lesiona el apostolado. Que ninguno se aparte de
la gracia de Dios, no sea que brote alguna raíz de amargura y sean por
ella muchos contaminados 13. Tristemente, no se puede hacer proselitismo, no se convence. Caras largas..., modales bruscos...,
facha ridícula..., aire antipático...: ¿Así esperas animar a los demás a
seguir a Cristo? 14.
LA HUMILDAD ES EL REMEDIO
No podemos
dejar que la tristeza nos domine. Hay que luchar.
(8) San Gregario Magno, Moralia 1,
31, 31;
(9) Prov. XXV, 20;
(10) Camino, n. 260;
(11) Santo Tomás, Super ep. II Cor. lect. 7, 1, 3;
(12) Sap. XXX, 24-25;
(13) Hebr. II, 15;
(14) Camino, n. 661;
y para eso es necesario conocer lo que la
causa, para poner el remedio en la raíz.
La tristeza es un vicio causado por el desordenado amor de sí mismo,
que no es un vicio especial, sino la raíz general de todos ellos 15. Siempre, en el fondo
de toda amargura que persista, encontraremos la soberbia: detrás de esa
desgana, aparentemente injustificada, en el trabajo, quizá esté la desilusión
humana, la imposibilidad de afirmar en él la propia personalidad, el propio
criterio, la vanidad; detrás de esa obediencia que se hace costosa, tal vez
esté, más que la misma dificultad de lo mandado, el tener que ceder, el no
poder ser otra cosa que instrumento; detrás de ese dolor pesimista ante las
propias faltas, quizá se esconda la humillación sufrida: tu tristeza -si no la rechazas- bien podría ser la envoltura de tu
soberbia. -¿Es que te creías perfecto e impecable? 16. Soberbia que, en cualquiera
de sus múltiples manifestaciones, es obstáculo para la caridad, para la
esperanza y para la fe, que son el fundamento teologal de nuestra alegría.
Si nos amamos a
nosotros mismos, de un modo desordenado, motivo hay para estar tristes: ¡cuánto
fracaso, cuánta pequeñez! La posesión de esa miseria nuestra ha de causar
tristeza, desaliento 17. Si el corazón se vacía de
amor de Dios, con la hinchazón del amor propio comienza a llenarse enseguida de
amargura. Como el amor de Dios, y por Dios a los demás, nos saca de nosotros
mismos, el desamor -la falta de caridad- nos repliega y nos deprime, y la
tristeza empieza a adueñarse del alma.
Porque desea uno tener lo que no tiene, o perder lo que tiene, por
eso el alma anda con pena y sobresalto 18. Con el desamor -la falta de
generosidad, de entrega, el egoísmo- vienen también la desesperanza y la
presunción, negaciones de la esperanza sobrenatural y causas, por eso; de
tristeza. No esperar en Dios, apoyarse en las propias fuerzas, es camino cierto
hacia la amargura, porque la experiencia se encarga pronto de desvanecer esa
confianza humana y autosuficiente.
Tu optimismo será
necesaria consecuencia de tu fe 19. Si falta la fe -la
soberbia no combatida la hace difícil-, la visión humana
(15) Santo Tomás, S. Th. II-II,
q. 28, a. 4 ad 1;
(16) Camino, n. 260;
(17) Carta Videns eos, 24-111-1931, n. 25;
(18) San Gregorio Magno, Moralia 22,
14;
(19) Camino, n. 378;
de las cosas ofrece siempre un pobre, un
triste espectáculo, realmente descorazonador.
Fe, esperanza y caridad, que tienen en la entrega estas tres grandes
exigencias: fe, camino, pureza. Si el alma cede de algún modo a la presión de
la concupiscencia, aparece la tristeza. Examínate:
despacio, con valentía. -¿No es cierto que tu mal humor y tu
tristeza inmotivados -inmotivados, aparentemente- proceden de tu falta de
decisión para romper los lazos sutiles, pero «concretos», que te tendió
-arteramente, con paliativos- tu concupiscencia? 20. Y esa tristeza que
tiene mal principio, tiene -si no se combate con energía- peor fin.
LA ALEGRÍA, FRUTO DE LAS VIRTUDES TEOLOGALES
Nuestra ascética, que es afirmación, empuje vibrante, no
nos lleva sólo a desechar la tristeza, sino a fomentar activamente la alegría,
según el mandato de San Pablo: alegraos siempre en el Señor. Otra vez os lo digo: alegraos 21. Dios manda que
estemos alegres. Nuestro camino es de
alegría, de fidelidad amorosa al servicio de Dios. Alegría que no es el cascabeleo de la risa tonta,
puramente animal. Tiene raíces muy hondas, es algo muy profundo. Pero es compatible con el cansancio
físico, con el dolor -porque tenemos corazón-, con las dificultades en nuestra
vida interior, en nuestra labor apostólica. Aunque alguna vez parezca que todo se viene abajo, no se viene abajo nada, porque Dios no
pierde batallas. La alegría es consecuencia
de la filiación divina, de sabernos queridos por nuestro Padre Dios, que nos
acoge, nos ayuda, y nos
perdona siempre.
Pretendemos la alegría que es posible alcanzar en la tierra. El gozo es pleno cuando no hay más que desear. Pero mientras estamos en este mundo, no descansa el inquieto impulso de nuestro deseo, por tener todavía que acercarnos más a Dios por la gracia 22. Sólo la visión clara de Dios en el Cielo nos llenará de ese júbilo total sin quiebra. De ahí que para conseguir la alegría que nos es dado poseer recurramos -con la base de la humildad, del olvido de sí- a las tres virtudes teologales, que nos llevan a Dios, fuente y sustento de todo gozo.
La alegría no es virtud distinta de la caridad, sino cierto acto y
(20) Camino, n. 237;
(21) Philip. IV,
4;
(22) Santo Tomás, S. Th.
II-II, q. 28, a. 3;
efecto suyo 23. De tal modo es su
consecuencia necesaria, que el mandato de estar alegres se extiende tanto como
el de amar a Dios.
De ahí que si nuestra vocación exige más amor, comporta también más
alegría. Por eso el buen humor que acompaña al cumplimiento del deber cotidiano
es el termómetro del amor que ponemos en todo. Servite Domino in laetitia (Ps.
XCIX, 2), servid al Señor con alegría. ¿Vosotros creéis que en la
vida se agradece un servicio prestado de mala gana? No. Sería
mejor que no se hiciera. ¿Y nosotros vamos a servir al Señor con mala
cara? No. Le vamos a servir con alegría, a pesar de nuestras miserias, que ya
las quitaremos con la gracia de Dios. Lo importante es tener esa
buena voluntad de servir, ese amor a Dios y a las almas, esa decisión firme de
entrega y de olvido de sí. Que
tengáis buen humor y que
hagáis las cosas bien, ¡bien!, con santidad, en la presencia del Señor, aunque os
cuesten. Así daremos mucha gloria a Dios, así haremos mucho bien a las
almas.
De dos maneras puede tenerse gozo espiritual de Dios: en cuanto nos
gozamos del bien divino en sí mismo considerado, y en cuanto lo participamos.
El gozo primero es mejor y proviene de la caridad; mas el segundo, porque
esperamos el goce del bien divino, nace de la esperanza, aunque este gozo sea
perfecto o imperfecto conforme a la medida de la caridad 24. Lo primero es el amor
a Dios, pero es Dios mismo quien quiere nuestra felicidad. La alegría que se
nos pide no es descarnada; tiene fundamento sobrenatural, pero no es inhumana,
y por eso contiene -debidamente ordenado por el amor a Dios- el deseo del bien
propio. Dios nos ha dado, para esperarlo y gozarnos en esa confianza, la virtud
teologal de la esperanza. Vivid alegres en la esperanza 25, en el consuelo de
alcanzar el gozo pleno, porque ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasó a
hombre por el pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para aquéllos que
le aman; a nosotros, empero, nos lo ha revelado Dios por medio de su Espíritu 16. Es esa esperanza
sobrenatural -humilde- la que levanta el ánimo después de la caída, y devuelve
la alegría.
Ahora
creéis sin verle, mas porque creéis os regocijaréis con un gozo
inefable y glorioso 27. Fe en Dios, en sus promesas, en su palabra, en su llamada; fe en su
asistencia, en su victoria cierta; fe a pesar de la
(23) Santo Tomás, S. Th.
II-II, q. 28, a.
(24) Ibid., a. 1 ad 3;
(25) Rom. XII, 12;
(26) I Cor. II, 9-10;
(27) I Petr. I, 8;
evidencia de tanto mal; fe en la Iglesia,
fe en la Obra; fe porque Dios lo ha dicho. Y esta fe es ya un comienzo de vida
eterna, alegría, gozo imperturbable.
AFIRMAR LA ALEGRÍA
Como el dolor es síntoma de enfermedad, y
aviso que lleva a buscar el remedio, así también la tristeza. Tened optimismo. El propio San Pablo, en
la epístola a los Filipenses, nos dirá: gaudete
in Domino semper: iterum dico: gaudete (Philip. IV, 4); vivid siempre alegres en el
Señor; os lo repito: estad contentos. Hay que ver, hijos míos, el aspecto
positivo de las cosas. Lo que
parece más tremendo en la vida, no es
tan negro, no es tan oscuro.
Si puntualizáis, no llegaréis a conclusiones pesimistas 28.
Fidelidad es felicidad; por eso los medios que aseguran nuestra
fidelidad -indiscutida, firme, delicada- aseguran nuestra alegría: oración,
mortificación, cumplimiento constante y ordenado de las Normas; Eucaristía,
confesión contrita y humilde; filiación divina, trato amoroso con nuestra
Madre; proselitismo, sinceridad plena...
Para poner remedio a tu
tristeza me pides un consejo. -Voy a darte una receta que viene de buena mano:
del Apóstol Santiago. -«Tristatur aliquis
vestrum?» -¿Estás triste, hijo mío? -«Oret!» -¡Haz oración! -Prueba a ver 29. Oración que nos lleva a Dios, que nos devuelve el sentido
sobrenatural quizá debilitado, que nos llena de seguridad porque somos hijos de
Dios, que nos saca de nosotros mismos, que nos hace obtener lo que necesitamos:
pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido 30.
Mortificación, porque nuestra alegría es sobrenatural. .A mí líbreme Dios de gloriarme, sino en la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, como yo lo estoy para el mundo 31. Porque la alegría es consecuencia del amor, y el amor se enrecia y se prueba en el dolor. Porque la mortificación nos hace serenos y firmes, porque con ella nos negamos a nosotros mismos, y es siempre el amor a nosotros mismos el origen de toda tristeza.
Sinceridad en el examen, para reconocer el motivo encubierto
(28) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 14;
(29) Camino, n. 663;
(30) Ioann. XVI, 24;
(31) Galat. VI, 14;
de esa amargura; sinceridad también para
hablar en la dirección espiritual.
Preocuparse de los demás, servirlos; negarnos el derecho de pensar en
nosotros, cuando hay tantas necesidades a nuestro alrededor, tanto quehacer,
tanto trabajo. Este es un remedio sencillo y siempre asequible para llegar a la
alegría: el completo olvido de sí, por un motivo de caridad. La mayor parte de las contradicciones
tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos a los demás
hombres y nos ocupamos
demasiado de nuestro yo. Entregarse al servicio de las almas, olvidándose de sí
mismo, es de tal eficacia, que
Dios lo premia con una humildad llena de alegría 32
Cuando tú ensanches mi corazón, correré yo por el camino de tus
mandamientos 33. Necesitamos esa alegría que aligera el corazón y hace rápido el paso:
los que confían en el Señor renuevan sus fuerzas, echan alas como de águila,
y vuelan velozmente sin cansarse, y corren sin fatigarse 34. Ese gozo interior es
el clima necesario para que desarrollen todas las virtudes, y es lo que hace
agradable a Dios el sacrificio de nuestra vida. Todo lo que das, dalo con
semblante alegre 35.
La alegría es uno
de los medios que nos da Dios para hacer el bien, porque el Señor se sirve
de la alegría y de la
serenidad de mis hijos para llevar su luz y su paz a las almas. Nuestra alegría tiene entraña apostólica.
Invoquemos a Nuestra Madre Santa María, causa nostrae
laetitiae, causa de nuestra alegría, cuando en
algún momento el gozo interior quiera nublarse. Ella, al sostener nuestra
fidelidad, asegurará también nuestra alegría.
(32) Carta Videns eos, 24-III-1931, n. 15;
(33) Ps. CXVIlI,
32;
(34) Isai. XL, 31;
(35) Sap. XXXV, 11.
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