24. EXAMEN DE CONCIENCIA

Cap’tulo 24 de la publicaci—n ŐinternaŐ del Opus Dei: Vivir en Cristo

 

 

 

Dame a conocer el camino por donde he de ir, porque a ti he levantado mi alma l. Desde -nuestra llegada a la Obra, estamos firmemente decididos a cumplir la Voluntad divina, a ser santos, porque Žsta es la Voluntad de Dios: vuestra santificaci—n 2.

Pese a esta intenci—n fundamental, no siempre el caminar hacia Dios es todo lo recto que deber’a ser. Cuando en la fr‡gil barca de los buenos deseos, de la voluntad de servicio, seguimos el consejo del Maestro: duc in altum 3, mar adentro, e iniciamos el largo trayecto de nuestra santificaci—n, sab’amos que no todos los aparejos del alma estaban bien dispuestos, que hab’a mucho lastre que tendr’amos que arrojar. Y luego, a lo largo del camino, con ocasi—n de las mil batallas que se han de librar, hemos adquirido una conciencia m‡s clara de nuestra miseria personal. En cada tormenta, en cada fracaso, hemos visto que hab’a mucho que arreglar. El examen diario de conciencia nos va mostrando esa interioridad dŽbil y mal inclinada. Y esa luz diaria es el origen de una nueva conversi—n, de una mejor andadura por los caminos de Dios. Precisamente tu vida interior debe ser eso: comenzar... y recomenzar. Rectificar. -Cada d’a un poco.

 

EXAMEN, TAREA DE AMOR

 

Aqu’ est‡ la entra–a de esa batalla constante que es la vida espiritual, que no sabe de treguas porque jam‡s estaremos libres de faltas

 

(1) Ps. CXLIl, 8;

(2) I Thes. IV, 3;

(3) Luc. V, 4;

 

e imperfecciones. Porque, adem‡s de lo malo que ten’amos ya al principio, y que vamos descubriendo poco a poco, todos los d’as podemos encontrar en la presencia del Se–or algo nuevo de que dolernos tambiŽn, y pedir perd—n. Todos los d’as, si de verdad estamos decididos a llegar a buen tŽrmino, debemos examinar c—mo ha ido la jornada, lo que todav’a no hemos limpiado, quŽ desviaciones hubo en el camino hacia la santidad; si nos hemos alejado de Dios, si el coraz—n sigue apegado a las criaturas, si hemos cumplido los graves deberes de nuestra misi—n apost—lica. Examen. -Labor diaria. -Contabilidad que no descuida nunca quien lleva un negocio. ŔY hay negocio que valga m‡s que el negocio de la vida eterna? 4.

El examen responde a una necesidad de amor, de sensibilidad. No hay fundamento mejor, no encontraremos raz—n que m‡s nos mueva a examinarnos que el amor. Nuestra entrega en la Obra es un homenaje a la Trinidad Beat’sima; y cada d’a, un presente, una entrega del todo ofrecido. El cuidado del alma enamorada se resume en el deseo de agradar solamente a Dios: Ŕte he agradado, Se–or, este d’a?, Ŕen quŽ te he disgustado?, ŔquŽ esperabas de m’ y yo no he hecho? Y cuando se, descubren los pecados, las imperfecciones y los defectos, nace un acto de contrici—n y un prop—sito de mejora para el d’a siguiente, pues Žste es el fin del examen: limpia tu alma y gu‡rdala con el examen del coraz—n, para que desaparezcan todas las manchas que derivan de la maldad y todas las indecencias de los vicios, y haz que se ilumine y engalane con el resplandor de las virtudes. Escudr’–ate, pues, a ti mismo, averigua quŽ eres; haz todo lo posible por conocerte 5.

Hacer bien el examen diario -en los momentos que solemos dedicarle-, supone tener habitualmente esp’ritu de examen, deseo de conocerse, de encontrarse siempre en la presencia de Dios, y querer obrar en consecuencia; como el buen banquero que cotidianamente, al anochecer, computa sus pŽrdidas y ganancias. Pero eso no puede hacerse con detalle, si en todo momento no registra en los libros las cuentas. Una mirada a todas y cada una de las anotaciones muestra el estado de todo el d’a 6. No basta, para examinarse como conviene, revisar cuentas s—lo al llegar la noche. El examen es algo que se prepara a lo largo del d’a, registrando en todo momento, en el libro de una conciencia sensible -incluso to-

 

(4) Camino, n. 235;

(5) San Basilio, Hom. 3;

(6) San Juan Cl’maco, Scala parad. 4;

 


mando unas notas, si es preciso-, la calidad de las acciones que entretejen la jornada. As’ nos conoceremos de verdad, podremos observar en su verdadera importancia, de una sola mirada, las acciones concretas y las disposiciones del coraz—n, y podremos plantear bien la lucha.

 

HUMILDAD Y VALENTęA EN EL EXAMEN PERSONAL

 

No es f‡cil el conocimiento propio; tropieza con serios obst‡culos. A la hora del examen ve prevenido contra el demonio mudo 7. El amor desordenado de la propia excelencia trata siempre de impedir que nos veamos tal como somos, con todas nuestras miserias. La soberbia, que tan f‡cilmente ve las faltas ajenas, no se da cuenta de las propias; deja el campo libre al demonio mudo que sutilmente se insinśa bajo los aspectos m‡s dispares, incluso con apariencia de virtud. Quiz‡ no se niegue, en general, que se es pecador, pero siempre nos resistimos a admitirlo en concreto. El examen sin humildad est‡ hecho con ojos de ciego: han cerrado sus o’dos, y tapado sus ojos; a fin de no ver con ellos 8. ÁNo hay nada!, y enseguida: ÁOh Dios! Yo te doy gracias de que no soy como los dem‡s hombres, que son ladrones, injustos, adślteros... Ayuno dos veces por semanas, pago los diezmos de todo lo que poseo 9.

Cada persona puede repetir con el salmista: en culpa nac’, y en pecado me concibi— mi madre 10. El reconocimiento de nuestra miseria, la sinceridad, el sabernos pecadores de verdad, es el primer paso, la premisa necesaria para hacer un buen examen: el justo siete veces cae y otras tantas se levanta 11. Hijos m’os: no os avergźence ser miserables; no os acobardŽis porque teng‡is en el coraz—n el fomes peccati. ŔOs acord‡is de lo que dec’a aquel literato francŽs del siglo pasado? Yo no sŽ c—mo ser‡ el coraz—n de un criminal, pero me asomŽ al coraz—n de un hombre de bien, y me asustŽ. No os asustŽis de nada. ÁFieles de verdad! ÁSinceros!

Sinceridad. Y para esto, exam’nate: despacio, con valent’a 12. No podemos acobardarnos. Hemos de perder el miedo a descubrir nuestra miseria; no nos desanimar‡, porque contamos siempre con el poder infinito de Dios, que s—lo espera que reconozcamos nuestra peque–ez

 

(7) Camino, n. 236;

(8) Matth. XIII, 15;

(9) Luc. XVIII, 11-12:

(10) Ps. L, 7;

(11) Prov. XXIV, 16;

(12) Camino, n. 237;

 

para asistirnos. Descuidar el examen, hacerlo con ligereza y precipitaci—n, por miedo a ver la realidad; justificarnos con pretextos ingenuos, no nos hace mejores: es cerrar los ojos y abandonar el campo al enemigo, al demonio, que desde siempre concentra su labor y esfuerzo en no dejarnos examinar el coraz—n, porque no ignora los beneficios que obtiene el alma con el examen cotidiano 13. Y m‡s tarde, cuando el remedio fuese mucho m‡s dif’cil, el mismo demonio se complacer’a en abrirnos los ojos ante un panorama desolador: he desamparado mi casa, he abandonado mi heredad, he entregado lo que m‡s amaba en manos de enemigos... Muchos pastores han entrado a saco en mi vi–a y pisotearon mi hacienda, han convertido mis deleitosos campos en desolado desierto 14.

 

Tenemos que luchar por eliminar los obst‡culos que nos impidan realizar cada d’a un buen examen. Hemos de estar prevenidos contra el demonio mudo, y tambiŽn contra la pereza que, en las cosas de Dios, es tibieza, y que se–ala el principio de la muerte del alma, el sepulcro de la vida interior. Una de sus primeras manifestaciones es precisamente el poco empe–o en examinarse, se–al de que el amor a Dios se ha enfriado, que el interŽs por las cosas divinas est‡ muriendo. Sucede entonces como en el barbecho, que el campesino deja sin atender una temporada: no tardan en crecer en el alma los cardos de los defectos, las hortigas de las pasiones desordenadas que ahogan la buena semilla de la gracia. PasŽ junto al campo del perezoso, y junto a la vi–a del insensato, y todo eran cardos y hortigas que hab’an cubierto su haz, y su albarrada estaba destruida 15.

Si somos sinceros, y tenemos un deseo eficaz de santidad, o luchamos al menos por tenerlo, no llegaremos a ese estado; porque nuestro esfuerzo humilde atraer‡ la gracia divina. Hijo m’o, Ŕc—mo vas?, ŔquŽ tal te preparas para un examen r’gido, con una petici—n de gracias al Se–or, para que tś le conozcas a El, y te conozcas a ti mismo, y de esta manera puedas convertirte de nuevo?

 

ESPęRITU DE EXAMEN

 

La sinceridad con uno mismo, la disposici—n eficaz de examinarnos es s—lo una etapa -la primera- en el dif’cil camino que conduce

 

(13) Hesiquio, De temp. et virt. 1, 30;

(14) Ierem. XX, 11-14;

(15) Prov. XXIV, 30-31;

 


al propio conocimiento. En verdad que nada hay m‡s dif’cil, ni m‡s trabajoso, ni m‡s costoso 16.

Poco importa -no trat‡ndose de faltas graves- saber el numero de veces que hemos ca’do, la cantidad de imperfecciones cometidas durante el d’a, si desconocemos la ra’z de esas faltas. Del mismo modo que, para curar un sarpullido, no se tratan las lesiones una a una, sino que se busca la causa, y se concentra en ella la medicina oportuna. S—lo acudiendo a la ra’z sanaremos el ‡rbol. Es precisamente esto lo que hace m‡s dificultoso el examen, porque exige un esfuerzo notable, una guardia continua que descubra esas inclinaciones profundas, esas disposiciones ’ntimas del alma. Custos, quid de nocte? - Custos, quid de nocte? (Isai. XXI, 11). -ÁCentinela, alerta! Debemos estar vigilantes, debemos o’r aquel grito. Hay que. estar de centinela, hijos m’os; hay que estar alerta.

No podemos conformamos con lo primero que se ve. Hay que penetrar la oscuridad inicial, agudizar la mirada, ahondar, profundizar cada d’a m‡s para conocernos. ŔD—nde est‡ mi coraz—n?, ŔquŽ intenciones me mueven?, ŔquŽ es lo que ocupa habitualmente mis potencias y mis sentidos? Y aqu’, hay que estar prevenidos una vez m‡s contra la soberbia, que quiz‡ intente distraernos y ocultar lo que es verdaderamente importante.

Hemos de estar tambiŽn prevenidos contra la nimiedad, contra un formalismo legalista y superficial, que lleve a querer registrarlo todo hasta el m’nimo detalle. Lo que importa es llegar a las ra’ces. Ese recuento minucioso suele ser fruto de un disimulado orgullo, de un patol—gico deseo de autoperfecci—n, que cansa y asfixia al alma, que mata la libertad de esp’ritu de los hijos de Dios, y acaba conduciendo a la laxitud de conciencia, porque es insoportable a la larga o a la corta. Adem‡s, esa minuciosidad enfermiza deja escapar lo que es realmente importante. ÁPag‡is diezmos de la hierbabuena y del eneldo y del comino -reprocha Cristo a los fariseos-, y habŽis abandonado las cosas m‡s esenciales de la Ley, la justicia, y la misericordia y la fe! Estas debierais observar, sin omitir aquŽllas. ÁOh gu’as ciegos, que col‡is un mosquito, y os trag‡is un camello! 17.

Muchas de las peque–as ca’das del d’a se han borrado con un acto de la virtud contraria. Es el h‡bito el que exige una repetici—n de

 

(16) San Nilo, Epist, 3, 314;

(17) Matth. XXIII; 23-24;

 

actos contrarios para extirparlos. Son los h‡bitos, la t—nica dominante de nuestro d’a, lo que interesa conocer. Las nimiedades s—lo conseguir’an desalentarnos y hacer ineficaz la lucha al desperdigar la atenci—n en muchos puntos. Las peque–eces -que han de doler a un coraz—n sensible y bien enamorado- no han de abrumar, sino servir como s’ntomas para el diagn—stico.

La oraci—n, el examen detenido en un retiro y las orientaciones de la direcci—n espiritual, nos ayudar‡n a conocer esas disposiciones profundas del alma, y cuando te conozcas a ti mismo, podr‡s conocer a Dios y apartar, como conviene, tu ‡nimo de las criaturas 18.

 

EN LA PRESENCIA DE DIOS

 

Sinceridad. Valent’a. Humildad. Esp’ritu de examen. Son las disposiciones de la voluntad que necesitamos. Constituyen como la preparaci—n, la antesala del examen de conciencia. Al entendimiento corresponde inquirir, aqu’, ahora, lo que de bueno y lo que de malo ha habido en nuestro d’a. Y esta reflexi—n debe comenzar pidiendo la ayuda divina. Tś, Se–or, me conoces; tś me ves, tś penetras los sentimientos de mi coraz—n 19. Nada se escapa a la mirada de nuestro Padre Dios, nadie nos conoce mejor -y mucho menos nosotros mismos- que el Se–or: m‡s penetrante que una espada de dos filos entra y penetra hasta los pliegues del alma y del esp’ritu, hasta las junturas y tuŽtanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del coraz—n 20. Lo que para nosotros puede ser oscuro, es claro a los ojos de Dios. Necesitamos su ayuda para conocernos y poder poner los remedios oportunos; necesitamos ante todo tener presente a Dios en el examen, porque no vamos a registrar nuestras faltas como simples deficiencias de un plan humano o como errores tŽcnicos.

El examen no es una suerte de introspecci—n, no se hace por curiosidad psicol—gica, ni por af‡n de autoperfecci—n, ni por obstinaci—n en una trayectoria elegida. Al examen acudimos a dolernos de los pecados, a conocer las faltas que se–alan desamor. Nos interesa menos el no ser como quisiŽramos, que la posible ofensa hecha a Dios. El examen es un di‡logo entre el alma arrepentida y Dios. Jam‡s nos acabamos de conocer si no procuramos conocer a Dios; mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza, y mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad;

 

(18) San Nilo, Epist. 3, 314;

(19) Jerem, XII, 3;

(20) Hebr. IV, 12;

 


considerando su humildad, veremos quŽ lejos estamos de ser humildes 21.

 

MODO DE HACER EXAMEN

 

Examen general, eso s’ que es un traje a medida para cada uno. Hay muchas maneras pr‡cticas de realizar el examen de conciencia; elegir una u otra depender‡ siempre de las circunstancias personales. No se pueden dar reglas fijas. El examen que va bien a una persona no va bien a otra; y aun a una persona le va bien durante una temporada, y despuŽs no. Eso depende de las circunstancias de cada uno. Cada cual se arregle con su director espiritual.

En la Charla nos facilitan ese traje a la medida. Con esa ayuda, debemos buscar el mŽtodo que mejor se adapte a nuestra situaci—n presente: los puntos que conviene que veamos con mayor detenimiento, el tiempo que interesa dedicar: de ordinario no se necesita hacerlo largo.

Sin embargo, aunque el modo de hacerlo sea una cosa muy personal, nunca estamos dispensados de examinarnos. Todos los d’as, dirigiendo la atenci—n a nuestra conciencia, pid‡mosle cuenta de las palabras, acciones y pensamientos 22, de las omisiones: en nuestro trato con Dios, en las relaciones con el pr—jimo, en el apostolado, en el desempe–o del trabajo, en los deberes de estado... A partir de la responsabilidad que la elecci—n divina para la santidad y el apostolado nos confiere, hemos de preguntarnos: ŔquŽ pones de tu parte, para que esa intimidad con Jesucristo no se pierda, y para que no la pierdan tus hermanos? ŔEn quŽ piensas?: Ŕen ti o en los dem‡s?, Ŕen ti, en tus ego’smos, en tus peque–eces, en tus miserias, en tus detalles de soberbia, en tus cosas de sensualidad? ŔEn quŽ piensas habitualmente? Exam’nate.

Necesitamos disponer de un punto de mira, que sea como linterna que ilumine y descubra las disposiciones fundamentales del coraz—n, en nuestras obras y en nuestras omisiones, en nuestros afectos, pensamientos y palabras. Hay que situarse ante el conjunto del d’a como el mŽdico, que al sospechar una enfermedad, examina —rganos precisos del enfermo, buscando s’ntomas de esa dolencia, y aprecia as’ signos, quiz‡ minśsculos, pero determinantes para el diagn—stico global. Descubriremos nuestras faltas -por acci—n o por omisi—n- de caridad, de templanza y fortaleza, de humildad..., cuando les salgamos al encuentro. Si no vamos

 

(21) Santa Teresa, Moradas 1, 2, 9;

(22) San Juan Cris—stomo, Serm. 4;

 

prevenidos -y esa prevenci—n est‡ plenamente justificada para todos- f‡cilmente se nos escapar‡n.

Cuando nuestro d’a ha transcurrido en la presencia de Dios, cuando el esp’ritu de examen ha mantenido alerta el alma, el examen general se facilita extraordinariamente: entonces basta una mirada. Pero no siempre ocurre as’. Hay momentos en que el Se–or nos prepara a una nueva conversi—n que sea un paso m‡s en la entrega, un rompimiento con algo que todav’a nos ata: y es necesario ahondar con decisi—n. A veces, el examen se hace m‡s costoso: no vemos nada, resulta dif’cil concretar, tenemos una impresi—n general de que las cosas no marchan. Es el momento de emplear los medios que pone todo el mundo. A veces, parece que se va hacia atr‡s, y hay que volver a las peque–as industrias que se utilizaban al principio... Aquella contabilidad, aquel numerar los defectos o los actos de una determinada virtud....

En otras ocasiones -por cansancio, por enfermedad, por tentaci—n o tambiŽn por orgullo- pueden venir los escrśpulos, y hay como una obsesi—n de examinarse, un ansia enfermiza. Entonces, con el consejo del Director y del sacerdote, sue1e convenir simplificar el examen. A veces -nos ha dicho nuestro Padre-, he solido recomendar un examen que se reduce a tres preguntas: ŔquŽ he hecho mal? ŔQuŽ he hecho bien? ŔQuŽ puedo hacer mejor? Esto va bien para los escrupulosos. Pero yo no puedo hacer como un mŽdico, que saque del bolsillo recetas ya hechas. A veces basta un examen m‡s sencillo; otras, conviene hacer un examen detallado. Lo mejor es acudir al Director.

 

LO MçS IMPORTANTE

 

El conocimiento de lo que hicimos bien nos mueve a la acci—n de gracias; y la conciencia de las ofensas, al dolor sincero de nuestras culpas, con el prop—sito firme -ya no m‡s, Jesśs, ya no m‡sÉ- de no volver a pecar. Porque el examen es exigencia de amor, tenemos que dolernos en lo ’ntimo del coraz—n cuando contemplamos tanto desamor en el d’a. El dolor es quiz‡ lo m‡s importante del examen. Pon todas tus faltas delante de tus ojos. Ponte frente a ti mismo, como delante de otro; y luego llora de ti mismo 23. Si el examen no termina en dolor, es

 

(23) San Bernardo, Meditat. piisimae 5;

 


inśtil. Por eso el Padre nos aconseja: acaba siempre tu examen con un acto de Amor -dolor de Amor-: por ti, por todos los pecados de los hombres... -y considera el cuidado paternal de Dios que te quit— los obst‡culos para que no tropezases.

Dolor de amor. Reparaci—n. Se–al de que los deseos de santidad son verdaderos, de que estamos dispuestos a cumplir la Voluntad divina. Por eso, cuando los prop—sitos no son eficaces, cuando una y otra vez volvemos a caer en la misma falta, hay que pensar que el dolor no es pleno; quiz‡ es que todav’a hay indecisi—n en la entrega, peque–as ataduras que nos impiden llegar a Dios. Porque el que recibe un golpe y le duele, evita instintivamente las ocasiones de volver a golpearse. As’ en la vida interior. Si, a pesar del examen -y contando con un tiempo razonable- reincidimos, sin mejor’a, tenemos motivos para dudar de esa contricci—n, que no da origen a un prop—sito eficaz: vemos las deudas, s’, pero nos falta fortaleza en el amor: bueno es que vayas reconociendo tus deudas; pero no olvides c—mo se pagan: con l‡grimas... y con obras 25,

El prop—sito -que generalmente debe ser concreto y śnico, dos a lo m‡s, y muchas veces renovaci—n de los que ya se tienen- es la corona del examen de conciencia. Es el amor puesto en obras, la demostraci—n -obras son amores y no buenas razones- m‡s convincente y agradable a Dios, de que nos duele haberle ofendido, de que estamos dispuestos a no reincidir. Hijo m’o, debes pensar en tu vida y pedir perd—n. A la vista de la pobre vida tuya, pedir perd—n y hacer el prop—sito firme, concreto y bien determinado de mejorar en esto y en aquello; en aquello que te cuesta, en aquello que habitualmente no haces como debes, y lo sabes.

 

EFICACIA DEL EXAMEN DE CONCIENCIA

Un fruto del examen es el conocimiento de las'propias miserias, que ayuda a apreciar mejor el valor de la virtud. El recuerdo de los peca­dos modera el pensamiento, lleva a la humildad, y, por la humildad, atrae la misericordia divina 26.

El examen de conciencia mejora tambiŽn la t‡ctica de lucha: sabremos aplicar las energ’as precisamente en el lugar conveniente, en los puntos dŽbiles de nuestra ciudadela interior. Ese modo sobrenatu-

 

(24) Camino, n, 246;

(25) Camino, n. 242;

(26) San Juan Cris—stomo, Serm. 4;

 

ral de proceder es una verdadera t‡ctica militar. -Sostienes la guerra -las luchas diarias de tu vida interior- en posiciones, que colocas lejos de los muros capitales de tu fortaleza.

Y el enemigo acude all’: a tu peque–a mortificaci—n, a tu oraci—n habitual, a tu trabajo ordenado, a tu plan de vida: y es dif’cil que llegue a acercarse hasta los torreones, flacos para el asalto, de tu castillo. -y si llega, llega sin eficacia 27.

El examen de conciencia es un arma que nos llevar‡ a la victoria final, a la santidad con eficacia apost—lica, porque el Se–or no abandona al que se humilla, ni niega su gracia al que se esfuerza en agradarle: desde el primer d’a en que diste tu coraz—n a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fue o’da tu oraci—n 28.

Examen, contrici—n, prop—sito: conocimiento, amor, servicio. Es el resumen de la vida del cristiano, que naci— para conocer, amar y servir a Dios en esta vida y gozarle en la otra. As’ fue la vida de Jesucristo, Salvador nuestro: Padre justo, el mundo no te ha conocido, yo s’ que te he conocido 29. No pretendo hacer mi voluntad, sino la de AquŽl que me ha enviado 30. El examen de conciencia es un gran medio para adecuar nuestras acciones a las de Cristo: conformar a El nuestra vida, identificarnos con El.

La Virgen Sant’sima, lucero de la ma–ana para el navegante en camino, nos dar‡ esa luz diaria de examen que necesitamos para llegar a buen puerto, si se lo pedimos confiadamente.

 

 

(27) Camino, n. 307;

(28) Dan. X, 12;

(29) Ioann. XVII, 25;

(30) Ioann. V, 30.

 

 

 

 

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