26. PIEDAD DE NIÑOS, DOCTRINA DE TEOLOGOS
Nuestra vida de hijos de Dios en el Opus Dei
es toda de amor. Vida de piedad: amor filial a Nuestro Padre Dios, porque
estamos incorporados a su Hijo Unigénito, por el Espíritu Santo. Por cuanto
vosotros sois hijos, envió Dios a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el
cual nos hace clamar: Abba!
¡Padre! l.
Tanto el don como la virtud de la
piedad, enseña Santo
Tomás, existen para honrar a Dios; pero el don lo hace de un modo y con una medida
divinos, pues tributa honor a Dios no porque se lo debamos, sino porque
El es digno de recibirlo. Y ese modo es el mismo con el que Dios se honra a sí
mismo 2. La vida de piedad nos lleva a dar
culto a Dios de un modo santísimo y máximamente divino 3.
La piedad es fundamentalmente una tarea del
corazón, un afecto -cariño- que nace de sabernos hijos, de entender que Padre
y muy Padre nuestro es el Señor que está junto a nosotros y en
los cielos 4, según aquellas palabras del Salmo II: Filius
meus es tu; Ego hodie genui te 5; tú eres mi hijo, hoy te he engendrado.
(1) Galat. IV, 6;
(2) Santo Tomás, In III Sent, d. 34, q.
3, a. 2, qla 1 ad 1;
(3) San Isidoro Pelusiota, Epist.
1, 3, ep. 163;
(4) Camino, n. 267;
(5) Ps. II, 7;
La vida de piedad es origen, fuente de actos
de amor de Dios; es disposición habitual, amor estable. Mientras la mente
atiende al pequeño deber de cada momento, el corazón está fijo en Dios,
recibiendo la suave violencia de la gracia que le hace tender hacia el Padre,
en el Hijo y por el Espíritu Santo. La piedad da a nuestras almas aquel instinto
sobrenatural que quiere para nosotros el Padre, y que sintió en
sí mismo San Ignacio de Antioquía, cuando marchaba
hacia el martirio: un agua viva que murmuraba y le decía por dentro: ven hacia el Padre 6.
Hemos de ser piadosos como niños,
porque los niños son sencillos, y fácilmente piadosos, al ser la piedad
obra del corazón más que de difíciles razonamientos y de atención fatigosa. Y
nosotros, delante de Dios, somos muy pequeños, muy niños. Y, además de
niño, eres hijo de Dios. –No lo olvides 7. Por eso es justo que queramos
tratar a Dios como niños, y balbucir con el profeta Jeremías: A, a, a, Señor
Dios, he aquí que no sé hablar, pues soy un niño 8. Llegamos a la presencia de Nuestro Señor no
sabiendo siquiera qué hemos de pedir en nuestras oraciones, ni cómo conviene
hacerlo 9; pero es el mismo Espíritu de adopción
el que ayuda a nuestra flaqueza, y clama desde nuestro corazón con
gemidos inenarrables. Pero aquél que penetra a fondo los corazones, conoce bien
qué es lo que desea el Espíritu 10.
Un padre ama entrañablemente, y como por
necesidad a su hijito. Sabe lo que le hace falta, conoce sus inclinaciones;
prevé con amorosa providencia los peligros; lo lleva de la mano cuando el niño
da con dificultad sus primeros pasos. Y el pequeño, que apenas razona todavía,
se siente protegido y seguro, y se abandona en los fuertes brazos de su padre.
La piedad produce este abandono; la piedad fortalece la esperanza, la certeza
de llegar a buen término, y da la paz y la alegría sencilla en esta vida. Porque la
piedad es útil para todo, pues trae consigo la promesa de la vida presente y de la
futura 11.
Por eso decimos que la piedad es
fundamentalmente una tarea del corazón. Y el Padre nos urge a una vida de
piedad honda y sincera, cuando nos pide que metamos a Cristo en nuestros
corazones.
(6) San Ignacio de Antioquía, Epist. ad Rom. VII, 2;
(7) Camino, n. 860;
(8) Ierem. 1, 6:
(9) Rom. VIII, 26:
(10) Ibid., 26-27;
(11) I Tim. IV, 8;
La piedad es sincera cuando interviene el
amor, cuando es ella misma la forma, la manifestación, la sobreabundancia del
amor filial. La piedad es falsa cuando resulta algo meramente externo,
afectado; y también cuando se nutre de emocioncillas sensibles, que son
buscadas en sí mismas, quedando Dios reducido a un medio para conseguirlas. La
verdadera piedad no está hecha de sensiblerías, pero viene del corazón, de un
corazón que vive de amor, que es fuerte y delicado a la vez.
Para que el amor sea delicado, hace falta
poner el corazón. para que el amor sea fuerte, para
que la piedad sea sólida, hay que tener ciencia, doctrina de teólogos.
Piedad de niños y doctrina
de teólogos, quiere el Padre para nosotros. Y esta misma idea la expresa así San Gregario: es nada la ciencia, si no tiene la utilidad
de la piedad; y muy
inútil es la piedad, si carece de la discreción de la ciencia l2. No son cosas
contradictorias, aunque, a veces, la ciencia y todo lo que implica grandeza es
ocasión para que el hombre confíe en sí mismo, y, por esto, no se entregue totalmente a Dios... Pero si el
hombre somete perfectamente a Dios la ciencia, y cualquier
otra perfección que tuviere, por eso mismo aumenta la devoción 13.
Esta devoción, fruto característico de la
vida de piedad que procede del amor filial a Dios -y por consiguiente, a todo
lo que de algún modo se relaciona con Dios-, consiste esencialmente en
entregarse pronta y gustosamente a lo que mira al servicio del Señor.
Ese espíritu de devoción engendra devociones,
pequeñas obras de obsequio a Dios Nuestro Padre, que el corazón realmente
filial, piadoso, hace con gustosa prontitud. Estas .devociones son tanto más
fuertes cuanto más se refiere a Dios el objeto que las determina. Y así aparece
nuestra devoción a la Santísima Trinidad; y la devoción a la Eucaristía y a la
Humanidad de Jesucristo, a la Virgen Nuestra Señora, a San José, a los
Arcángeles y Ángeles, a los Apóstoles, a otros
Santos..., con el orden que la caridad exige.
Es el cristiano realmente sobrenatural, que
ha necesitado de toda la fortaleza para hacerse niño, por amor filial, el que
puede dar a las devociones su verdadero sentido; es quien las puede enraizar en
el centro
(12) San Gregorio Magno, Moralia 1,
32;
(13) Santo Tomás, S. Th. II-II,
q. 82, a. 3:
de su corazón, en la voluntad, y darles la
vitalidad necesaria, para que sean manifestaciones de una piedad recia y honda,
verdadera y agradable a Dios.
De esta forma, sin sensiblerías ni
banalidades, una persona piadosa sabe hacer de sus devociones canales de su
amor. Canales que tienen un doble movimiento de flujo y reflujo. Porque así
como la mente humana, por su debilidad, tiene que ser llevada al conocimiento
de las cosas divinas como de la mano, a través de las de la tierra, así ha de
ser también ayudado el amor de nuestras almas. La piadosa contemplación de las
cosas sensibles que miran a Dios, ayuda a nuestra piedad, fortalece nuestro
amor de hijos, hace que el corazón recoja y exprese dócilmente aquellos gemidos inenarrables 14 con que el Espíritu Santo clama amores desde el Hijo, y va diciendo por nosotros
-mientras andamos el camino que nos falta-: Abba,
Padre.
La eficacia es entonces una consecuencia
necesaria, según aquellas palabras de nuestro Padre: el secreto de
nuestra eficacia es ser piadosos, sinceramente piadosos.
(14) Rom. VIII, 26.
Ir a la correspondencia del día
Ir a la página principal de la 'web clásica'