27. LA SAGRADA EUCARISTIA
La tarde anterior, Jesús había realizado el
milagro de la multiplicación de los panes. La multitud, que le buscaba
afanosamente, le encuentra al fin en otra orilla del mar de Tiberíades.
Y se inicia un diálogo singular: vosotros me buscáis, no por los signos que
habéis visto, sino porque os he
dado de comer con aquellos panes, hasta saciaros. Trabajad para tener no el alimento que se consume, sino el que dura hasta la vida eterna, el que os dará
el Hijo del hombre... l.
En las palabras del Señor se entrevé el misterio de la Eucaristía, el Sacramento de su Cuerpo y de su Sangre: el pan que yo os daré dice, es mi misma carne, para la vida del mundo 2. Esta promesa, que los judíos rechazan con escándalo, se hará realidad la noche del Jueves Santo en la intimidad del Cenáculo, ante los discípulos que han creído que sólo El tiene palabras de vida eterna 3.
EL SACRIFICIO
SACRAMENTAL DEL CUERPO Y DE LA SANGRE DE CRISTO
Dios guiso establecer un sacramento,
sacrificio y memorial de su Pasión, donde fuesen alimento, bajo las especies
del pan y del vino su
Cuerpo y su Sangre, pues así como es claro que la vida del cuerpo requiere generación, con la
que el hombre la recibe; crecimiento, con el que la lleva a su plenitud; y alimento,
con el que la conserva; así también convino a la vida espiritual que hubiera
bautismo, que es una,
(1) Ioann. VI,
26-27;
(2) Ibid., 52;
(3) Ibid., 69;
generación espiritual; confirmación, que es un
crecimiento espiritual; y Eucaristía, que es un alimento espiritual 4.
Esta entrega del Señor a todos sus discípulos
se perpetúa en el Santo Sacrificio de la Misa. El Padre Celestial nos invita: venid
y comed mis panes y bebed el vino que os
he mezclado 5. Ese manjar es
el Cuerpo y la Sangre de Cristo, pues por la consagración del pan y del vino
se convierte la sustancia de todo el pan en la sustancia del Cuerpo de Cristo,
Nuestro Señor, y la sustancia de todo el vino en la sustancia de su Sangre 6.
Es natural -de otro modo, la Santa Misa
quedaría incompleta- que la Iglesia haya mandado que, cuantas veces el
sacrificador inmola el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo en el
altar, otras tantas deba participar de ellos comulgando... ¿Qué sacrificio será
aquél del que no se cree partícipe el sacrificador? 7. Los fieles, en cambio, no es necesario que
reciban la Comunión, porque el sacrificio ya se ha completado sobre el altar,
aunque el que participa en el banquete eucarístico se incorpora más y mejor al
homenaje de alabanza, acción de gracias, desagravio y reparación que
Jesucristo, con toda la Iglesia, ofrece al Padre en la Misa. Por eso es tan
recomendable, cuando se asiste al Santo Sacrificio, acercarse a la mesa del
altar, al menos espiritualmente.
Qui manducat meam
carnem et bibit
meum sanguinem in me manet, et ego in illo 8. Quien come mi carne y bebe mi sangre,
en mí permanece, y yo en él. El que comulga en estado de gracia, además de
participar en los frutos de la Santa Misa, obtiene unas gracias espirituales,
propias y específicas de la Comunión eucarística: recibe, espiritual y físicamente, al mismo Cristo, fuente de todas las gracias, per quem haec omnia, Domine, semper bona creas,
sanctificas, vivificas, benedicis,
et praestas nobis 9. Por eso es la Eucaristía el mayor sacramento, centro y cumbre de todo
el orden sacramental, pues mientras la Eucaristía contiene algo sagrado absoluto,
a Cristo mismo, el agua del bautismo contiene algo sagrado relativo, la virtud
de santificar; y lo mismo sucede al crisma y a los demás sacramentos 10.
(4)
Santo Tomás, S. Th. III, q. 73, a. 1;
(5) Prov.
IX,
5;
(6) Concilio de Trento, decr.
De Eucharistia. cap. 4, D. 877 (1642);
(7) Concilio XII de Toledo, cap. 5;
(8) Ioann.
VI, 57;
(9) Ordo
Missae;
(10)
Santo Tomás, S. Th. III, q. 73, a 1 ad 3;
EFICACIA SOBRENATURAL DE LA EUCARISTIA
La presencia real del Señor -Christus passus,-Cristo en
estado paciente, dice Santo Tomás 11- da a la
Eucaristía una eficacia sobrenatural infinita. Cuando deseamos darnos a los demás, podemos entregar
los objetos de nuestra pertenencia, nuestros conocimientos, nuestro amor...,
pero siempre encontraremos un límite. En la Eucaristía, la omnipotencia del
Señor sobrepasa todas las limitaciones humanas, y bajo la forma del pan y del vino se nos da por
entero, haciéndonos concorpóreos y consanguíneos suyos 12, uniéndonos a El,
identificándonos con El. No me convertirás tú en ti,
como la comida en tu carne, sino que tú te cambiarás en mí 13.
El amor llega a realizar su ideal en el
Sacramento eucarístico: la identificación con el amado, ser una misma cosa,
fundirse, compenetrarse. Así como cuando uno junta dos trozos de cera
y los derrite por medio del fuego, de los dos se forma una cosa, así también,
por la participación del Cuerpo de Cristo y de su preciosa Sangre, El se une a nosotros y nosotros nos unimos a El 14. Unión que
asemeja más y más a
Cristo, que conduce, por la identificación total con el Cristo paciente a las cimas más altas de la santidad,
como canta la Iglesia: oh Dios, que por el augusto trato con este Sacrificio, nos
haces partícipes de la soberana divinidad 15.
Además de identificarnos con Cristo, la
Sagrada Comunión es alimento,
y todo lo que hace el
manjar y la bebida materiales, como sustentar, aumentar, reparar y deleitar, lo
hace este sacramento en la vida espiritual 16. La Eucaristía sostiene nuestras fuerzas en este largo caminar hacia
Dios; hace el yugo suave y la carga ligera 17; nos protege contra los peligros, contra las vacilaciones, que pretenden
apartarnos del camino, y aviva nuestro andar: nos da la verdadera vida 18.
Cada Comunión es un
nuevo caudal de gracia, una luz y un impulso que, a veces sin que lo notemos, nos da claridad y fortaleza
para la lucha espiritual. Además, como todo alimento, la Eucaristía deleita: que
tus santos misterios nos inspiren un fervor divino tal, que
(11) Cfr. Ibid., a. 3 ad 3;
(12) San Cirilo de Jerusalén, Catech. 22, 1;
(13) San Agustin, Contess.
7, 10;
(14) San Cirilo de Alejandria,
In Ioann. Ev.
comm. 10, 2;
(15) Dom XVIU post Pent., Orat. super oblata;
(16) Santo Tomás, S. Th. III, q. 79, a.
1;
(17) Cfr. Matth. XI, 30;
(18) Dom. VI, post Epiph., Postcom.;
nos deleitemos de su recepción y de sus frutos
19. No es un gozo
sensible, completamente
accidental, aunque a veces puede presentarse; sino la alegría de haber recibido
a Cristo, bien infinito, fuente del verdadero goce.
Quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna
y yo le resucitaré en el último día 20. Como sacramento de amor -sacramentum caritatis 21-, la Eucaristía abrasa las impurezas del alma, la purifica de sus
faltas veniales, deposita en ella el germen de la vida eterna; pues así como
el pan que procede de la tierra, recibiendo la invocación de Dios, ya no
es un pan corriente, sino
eucaristía..., así también nuestros cuerpos recibiendo la Eucaristía ya no son
corruptibles, tienen la esperanza de la resurrección 22.
La Comunión, al unirnos a Jesucristo es, en
fin, el sacramento de la unidad. Porque todos los que participamos del mismo
pan, aunque seamos muchos, venimos a ser un solo pan, un solo
cuerpo 23. La adhesión personal, íntima y
operativa a la Cabeza, explica, da razón de ser y refuerza la unidad con todos
los que formamos parte del Cuerpo Místico, porque sin la unión de cada alma con
Cristo en la Eucaristía no se da ni se puede dar la unidad vital entre los
cristianos. Unión que se manifiesta en la caridad, en obras de amor con
nuestros hermanos en la fe, por encima de las diferencias de raza, nación,
lengua, condición social; pues ¿quién podrá dividir y apartar de su unión
natural a los que por aquel único y
santo cuerpo se han unido
íntimamente con Cristo? 24.
DISPOSICIONES
PARA COMULGAR
La participación en estos beneficios de la
Eucaristía depende, sin embargo, de la calidad de nuestras disposiciones
interiores, porque los sacramentos de la nueva ley, al mismo tiempo que,
actúan «ex opere operato», producen un efecto tanto mayor cuanto más
perfectas son las condiciones en que se los recibe 25. Disposiciones habituales de alma y cuerpo, de deseos de purificación
-acudiendo a la confesión sacramental cuando sea necesario o incluso sólo
conveniente para recibir digna-
(19) Sab. Temp. Pent., Postcom.;
(20) Ioann. IV, 55;
(21) Santo Tomás, S. Th. lB, q. 73, a. 3
ad 3;
(22) San Ireneo, Adv. Haer.
4, 18, 5;
(23) I Cor. X,
17;
(24) San Cirilo de Alejandría, In Ioann. Ev. comm. 11, 11;
(25) San Pío X, decr. Sacra Tridentina Synodus, 20-XII-1905;
mente a
Jesucristo-, de tratar siempre con delicadeza sincera este Sacramento... y de recibirlo con gran espíritu de fe 26.
Después, esa preparación cariñosa, sencilla y
esmerada, de todo el día vivido en la presencia de Dios; luchando por cumplir
lo mejor posible nuestros deberes cotidianos; sintiendo, cuando cometemos un
error, la necesidad de acudir al Señor; y dando gracias: que nuestra vida
sea un dar gracias por haberle recibido, y un prepararnos para recibirle de nuevo. Es lo natural en un alma enamorada:
vivir el trabajo, la vida de familia, todo cuanto hace, con el corazón puesto
en el Señor. Por eso, cuando el alma está en gracia -y es
un alma enamorada de Dios- no se
debe pensar que falta preparación para comulgar; porque mientras estamos
trabajando, abriendo otros frentes de esta guerra de paz y de bien en el mundo, nos estamos preparando maravillosamente.
Cuanto más se acerca el momento de comulgar,
más vivo se ha de hacer el deseo de preparación. Vamos a recibir la Hostia
pura, Hostia santa, Hostia inmaculada; el Pan santo de la vida eterna, el Cáliz
de la perpetua salvación 27, Y hay que
aumentar el deseo de disponernos de una manera digna, adecuada, con ese tiempo de la noche, cuajado de
comuniones espirituales; con la oración de la mañana, coloquio íntimo con el
Señor en el Sagrario; con la asistencia a la Santa Misa, con una disposición de
participación activa, plena; con un esfuerzo eficaz de acercarnos al altar con
devoción. Hemos de recibirle
como a los grandes de la
tierra: con adornos, luces, trajes nuevos. Y si preguntas qué limpieza, qué adornos y qué luces has de tener, te contestaré: limpieza en tus sentidos, uno por uno; adorno en tus potencias, una por una; luz en toda tu alma.
Junto a las disposiciones del alma, las del
cuerpo: el ayuno que nos pide la Iglesia en señal de respeto y reverencia, las
posturas, el vestir, que nos llevan a presentarnos como dignos hijos al
banquete del Padre, viviendo la
urbanidad de la piedad, que es respeto, caridad y buen
ejemplo. Y todo por amor, sin dejar que se meta nunca la rutina.
¿Has pensado alguna vez cómo te prepararías para recibirle si se
pudiera comulgar sólo una vez en
la vida? Cuando yo era pequeño, y no estaba tan extendida la práctica de la Comunión frecuente, la gente se preparaba con gran
cuidado para comulgar. Pri-
(26) Dom. IV in Quadrag., Postcom.;
(27) Ordo Missae;
mero, con una buena confesión; con un
traje, si se podía, nuevo; limpios de los pies a la cabeza. Disponían el alma y el cuerpo, como enamorados.
Hemos de agradecer al Señor la facilidad que tenemos ahora para acercarnos a
El; pero hemos de agradecérselo, preparándonos muy bien a recibirle.
LA ACCIÓN DE GRACIAS DESPUÉS DE LA MISA
Si ha habido una preparación esmerada para
recibir la Eucaristía, también la acción de gracias saldrá vibrante de nuestra
alma, y procuraremos aprovechar muy bien esos minutos en los que Jesucristo,
con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, permanece dentro de nosotros.
Hijos míos, yo veo
a Jesús en la Eucaristía como Rey, como Médico, como Maestro y como Amigo.
Es Rey, y quiere
reinar en tu corazón de cristiano, de hijo de Dios. Dile que sí, que quieres
servirle con toda el alma.
Es Médico, y viene
a curar tus dolencias, tus enfermedades. Pero tienes que decirle la verdad:
tengo esta inclinación, siento estos síntomas... No podemos ocultar nada al
Médico divino. Has de mostrarle tus llagas, y si notas que la soberbia te susurra que ocultes algo, dile:
¡Señor, que has curado tantas almas, haz que yo te vea en la Hostia como Médico divino!
Es Maestro. Dile: enséñame a amar.
¿Has visto cómo, cuando éramos niños, el maestro nos cogía de la mano, para
hacer palotes? Dejándonos guiar, ¡qué bien nos salían! Dile: Jesús
sacramentado, ayúdame a escribir, que estoy en los primeros palotes de esta
historia divina; que yo me deje conducir.
Y es Amigo. Un Amigo que da la vida,
por amor. Hijo mío: tu vida no es tuya, no te pertenece, no nos podemos quedar
con ella. Eres de Jesús. Siente el orgullo de ser su amigo, y como
a un amigo ofrécele confiadamente todo lo que tienes. El te entiende. El, que
lloró por Lázaro, te comprende. Dile: Jesús, yo no quiero hacerte llorar.
Agradecimiento tierno y afectuoso, por tantos
beneficios como hemos recibido, pero especialmente por esa visita del Señor en
la Hostia. Agradecimiento de hijos: ahí lo tienes: es Rey de Reyes y Señor de Señores.- Está escondido
en el Pan. Se humilló hasta esos extremos
por amor a ti 28. Agradecimiento que no necesitamos
expresar en palabras, que a veces es sólo una actitud, un pensamiento: ¿ qué sería yo, si no hubiera comulgado? 29.
Y, con el agradecimiento, la petición; porque
no se ha de desperdiciar esa ocasión de tener tan cerca, tan próximo, a quien
es la fuente de todas las gracias. ¿Que en el hacimiento
de gracias después de la Comunión lo primero que acude a tus labios, sin
poderlo remediar, es la petición...: Jesús, dame esto: Jesús, esa alma: Jesús,
aquella empresa?
No te preocupes ni te violentes: ¿no
ves cómo, siendo el padre bueno y el hijo niño sencillo y audaz, el pequeñín mete las manos
en el bolsillo de su padre, en busca de golosina..., antes de darle el beso de
bienvenida? -Entonces... 30
Para prepararnos a recibir convenientemente
al Señor en la Eucaristía, y para obtener todo el fruto de la Comunión,
acudamos a María, Madre de Dios, para recibirle con aquella pureza, humildad y devoción, con
que le recibió Ella.
(28) Camino, n. 538;
(29) Camino, n. 534;
(30) Camino, n. 896.
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