28. MARIA, MEDIANERA DE LA GRACIA
Cuando llegó su hora, dijo Jesús: todo está consumado. E inclinando
la cabeza, entregó su espíritu l. Abandonado de todos, Jesucristo, el Dios encarnado, ha muerto
en una cruz, víctima de amor por los pecados de los hombres. Asistido por su
Madre, la Virgen Corredentora, nos ha alcanzado con su muerte la vida, y desde
el Cielo, donde ahora vive siempre para rogar por nosotros 2, aplica a cada
alma, mediante los
sacramentos confiados a la Iglesia, la gracia salvadora que consiguió con su Sangre. No habéis sido redimidos con oro o plata, cosas corruptibles, sino con
la sangre preciosa del Cordero inmaculado e incontaminado, Cristo 3.
LA MEDIACIÓN MATERNAL DE LA VIRGEN
El Señor, por la misericordia de su
providencia divina, ha querido que todas las gracias, que sólo a El pertenecen
por derecho propio y exclusivo, nos fueran distribuidas por manos de su Madre,
la Virgen Santísima.
Pues, si en
verdad el Verbo obra milagros e infunde la gracia por medio de la humanidad que
asumió, si se
sirve de los sacramentos y de
sus santos como instrumentos para la salvación de las almas, ¿por qué no ha de
poder servirse de los oficios y de
la acción de su Madre Santísima en la distribución de los frutos de la
redención? 4. Y Dios, que ciertamente pudo, lo
quiso y lo hizo.
(1) Ioann.
XIX, 30;
(2) Hebr.
VII, 25;
(3) I
Petr. I, 18-19;
(4) Pío XII, enc. Ad Caeli Reginam, 11-X-1954;
Nadie con más motivos ni mejores títulos que
María para ser la dispensadora de las gracias de Dios. Ella, que por su
maternidad divina toca las fronteras de la divinidad, única criatura en la que
mora la plenitud de la gracia, tiene una idoneidad especial para administrar
los tesoros de Dios.
Ella, en dependencia de su Hijo, nos
corredimió, nos alcanzó con sus propios méritos las gracia y auxilios
necesarios para nuestra salvación, y es lógico, dice Santo Tomás, que
quien adquiere bienes para otros, los dispense por sí mismo 5.
Ella, tan estrechamente unida a Cristo por
los lazos de la maternidad y por una singular comunión de espíritu, participa,
muy por encima de los Ángeles y de los Santos, de la real potestad de gobernar
y conducir a los hombres hacia la patria celestial. Precisamente de esta unión
con Cristo Rey deriva en Ella tan esplendorosa sublimidad, que supera en
excelencia todas las cosas creadas; de esta misma unión con Cristo nace aquel
poder regio, por el que Ella puede dispensar los tesoros del Reino del divino
Redentor; por último, en la misma unión con Cristo tiene origen la eficacia
inagotable de su materna intercesión ante su Hijo y ante el Padre 6.
Junto a todos estos títulos, también su amor
de Madre hacia todos los hombres, a quienes ha engendrado espiritualmente en
Cristo, la hace acreedora de tan singular misión en la economía de la gracia.
Perfeccionar el ser es propio de quien le dio la existencia, y la Virgen cumple acabadamente su papel de Madre,
ayudándonos con amorosa solicitud desde el Cielo, proporcionándonos los auxilios
necesarios para que
lleguemos al estado de un varón perfecto, a la medida
de la edad perfecta según Cristo 7.
Por
todos estos motivos, verdadera
y propiamente
puede afirmarse que nada absolutamente de aquel gran tesoro de gracia ganado
por Jesucristo... se nos da sino por María, según la voluntad del mismo Dios;
de tal manera que así como nadie puede llegar al Padre sino por el Hijo, casi
del mismo modo nadie puede llegar a Cristo sino por María 8.
(5)
Santo Tomás, Comp. theol., cap.
241;
(6) Pío XII, enc. Ad Caeli Reginam, ll-X-1954;
(7) Ephes. IV,
13;
(8) León XIII, enc. Octobri mense, 22-IX-1891;
TODAS LAS GRACIAS NOS VIENEN POR MARÍA
Ya en la tierra quiso el Señor servirse de la
maternal mediación de
María para santificar a Juan el Precursor en el seno de Isabel. En cuanto penetró la voz de tu saludo
en mis oídos, declara
la prima de la Virgen, dio saltos de júbilo la criatura en mi seno 9. Y también en Caná a
instancias de la Virgen -no
tienen vino 10- realizó Jesús su primer milagro; un prodigio material -la conversión en vino de seis
tinajas de agua-, con frutos espirituales: y sus discípulos, añade el Evangelista al terminar el relato, creyeron en EL 11.
Por la intercesión ante su Hijo, Nuestra
Señora nos alcanza y distribuye todas las gracias, con ruegos que jamás pueden
quedar defraudados. ¿Cómo no va a escuchar la Trinidad a la que es Madre de Dios, Hija de Dios, Esposa de Dios? Jesús no puede negar nada a esa Madre que lo
engendró y llevó en su seno, que estuvo siempre con El, desde Nazaret hasta la humillación y el dolor de la Cruz. Por eso
se ha llamado a la
Virgen Omnipotencia suplicante.
Del amor maternal de la Virgen brotan a torrentes las aguas de la gracia, de los dones de Dios: para
todos los hombres, porque para Ella todos somos sus hijos queridos. Su Corazón
dulcísimo no rechaza a
nadie: es descanso
para los que trabajan, consuelo de los que lloran, medicina para los enfermos, puerto para los
que maltrata la tempestad, perdón para los pecadores, dulce alivio de los
tristes, socorro de los que oran 10.
Todas las gracias,
grandes y pequeñas, nos han llegado por manos de María. Tus dádivas son
incontables. Nadie
sino por ti, ¡oh Santísima!, consigue su salvación.
Nadie se libra del mal sino por ti. Nadie sino por ti halla indulgencia 13. Y también por
su mediación, el Señor
nos ha dado la gracia soberana de la vocación. Quizá una mirada de su
Madre le conmovió hasta el extremo de llamarte a la Obra, por la mano
inmaculada de la Santísima Virgen, Nuestra Señora.
En correspondencia a esta lluvia inagotable
de gracias que el Señor nos concede por María, en nuestra alma florece un
sentimiento perpetuo de agradecimiento a la Virgen y, a la vez, de seguridad,
de
(9) Luc.
I, 44;
(10) Ioann.
II, 3;
(11) Ibid.,
11;
(12) San Juan Damasceno, Encom.
in Dormit. B. Mariae V;
(13) San Germán de Constantinopla, Como in S.
Mariae Zonam;
confianza, que nos mantiene firmes y serenos en esta
lucha por extender el reino de Dios. ¿En quién nos vamos a apoyar, sino
en esa Madre Nuestra que tan poderosa es ante su Hijo?
PIEDAD MARIANA
La mediación universal de María se convierte
así en patrimonio de nuestra fe prenda de segura esperanza, acicate de amor,
cauce por donde discurre toda nuestra vida de piedad. Nuestros anhelos y
esperanzas de santidad y apostolado pasan por la Virgen, auxiliadora y abogada
nuestra. En sus manos nos abandonamos invocándola, para que nos ilumine,
para que nos sostenga a lo largo de nuestra vida, para que trabajemos
encendidos, y vivamos vida de
amor, a Dios, a la Iglesia, a las almas. Hijos míos, insiste el Padre, que invoquéis de corazón, con confianza, a la
Santísima Virgen. Pensad que ha sido la gran protectora, el gran recurso
nuestro desde aquel 2 de octubre de 1928, y antes.
Confiados en la omnipotente intercesión de
Nuestra Señora, hemos aprendido a pedirle por la Obra y por el Padre, por la
santidad de todos nuestros hermanos: Cor
Mariae Dulcissimum, iter para tutum!; que nos
prepare un caminar seguro; que nos haga fieles, leales, sinceros, y sobre todo
que nos alcance la gracia de no apartarnos nunca de su Hijo. ¿Quieres
pedirle a la Madre de Dios, que es Madre tuya y mía,
que nos meta bien bajo su protección, en el Corazón de Jesucristo?
Le pedimos también que nos enseñe a tratar a
Jesús, a pronunciar con dulzura ese nombre suavísimo, a enamorarnos de su Hijo
con el vigor de un corazón joven y limpio: Madre, le
rogamos, nos acogemos bajo tu amparo: sub tuum praesidium. Debajo de ese
manto -de tu manto- hemos crecido como crecen los niños pequeños en los brazos
de su madre. Que seas tú siempre nuestra Maestra, para que en el Opus Dei
aprendamos a tratar y a querer a tu Hijo.
Agradecidos por todos estos dones, que como
dispensadora de las
gracias del Cielo nos alcanza, le prometemos que, con su ayuda, a pesar de las
personales flaquezas, seremos fieles a nuestra vocación de apóstoles: Santa
María, Madre de Dios, Madre nuestra, que tanto sabes de las miserias de tus
hijos los hombres. Santa María, poder suplicante: perdón por la vida nuestra;
por lo que ha habido en nosotros que tenía que haber sido luz, y ha sido tinieblas; que tenía que
haber sido fuerza y ha sido flojedad; que tenía que haber
sido fuego, y ha
sido tibieza. Ya que conocemos la poca calidad de nuestra vida, ayúdanos a ser
de otra manera, a tener contigo -como hijos tuyos- ese buen aire de familia 14.
ACUDIR A MARÍA
Al contemplar la largueza con que la Virgen
Santísima distribuye las gracias que le ha confiado su Hijo, se nos ensancha el
alma, y queremos, como Ella, llevar a todos los hombres los bienes inmensos que
Cristo nos ganó. Y, en nuestra oración, en nuestro trabajo, de lo más íntimo
del alma suben a la Reina del Cielo peticiones por la Iglesia, la barca de
Pedro que lleva tantos siglos por los mares del mundo, para que Ella, Mater Ecclesiae, la
proteja como hasta ahora y la guíe. Especialmente le pedimos por el Papa, il dolce Cristo in terra, el dulce Cristo en la tierra, como le llamaba
Santa Catalina de Siena, y como el
Padre repite con amor: para que le ilumine, le asista y le
dé fortaleza,
materna y paterna, para defender a la Iglesia
contra los enemigos de dentro y de
fuera.
La invocamos, Regina christianorum,
para que nos encienda más y más en el deseo de llevar a todos los hombres a
los pies de su Hijo; para que, como el ama de casa de la parábola evangélica,
nos tome en sus manos y nos haga fermento bueno en la misma entraña de la gran
masa del mundo. Así, bajo la protección de nuestra Madre del Cielo -nos dice el Padre-, tú, pequeño fermento, pequeña levadura, sabrás hacer que toda la masa de los hombres fermente en amor de Cristo, y sentirás
aquellas ansias que a mí me hicieron escribir: Omnes -¡todos!, ¡que ni una sola alma se pierda!- cum Petro
ad Iesum
per Mariam.
A su protección, Regina Apostolorum, encomendamos de modo particular esas almas
en las que puede arraigar la vocación de apóstol. Sabemos que la llamada a la
Obra es una gracia especialísima, pero ¿qué no podrá
conseguir una palabra, una mirada, un solo gesto de Nuestra Señora? Escúchanos,
piadosa Madre de Cristo, pues el Hijo te honra no negándote nada 15.
(14) Carta Videns
eos, 24-III-1931, n. 63;
(15) Inocencio III, Serm.
in Nativ. B. Mariae V.;
Le pedimos, en fin, por el mundo, inmenso
campo que el Señor nos ha confiado para que lo santifiquemos con nuestro
trabajo. Ella, Regina mundi, hará realidad las ansias que llevamos en el
corazón. No nos asusta la extensión de la tarea, ni nos acobarda nuestra
pequeñez, ni tememos los ataques del enemigo de Dios, porque el Señor, a través
de Nuestra Madre, nos dará las gracias necesarias. Y sentimos, ya desde ahora,
que en sus manos podremos ofrecer a Dios un mundo santificado, redimido, en el
que Cristo impere en la cima de todas las actividades
humanas. María es
siempre el camino que conduce a Cristo. Cada encuentro con Ella se resuelve necesariamente
en un encuentro con Cristo mismo. ¿Qué otra cosa significa el continuo recurso
a María, sino un buscar entre sus brazos, en Ella y por Ella y con Ella, a
Cristo, nuestro Salvador? 16.
Tenemos todos los motivos para acudir siempre
a María, en la seguridad de que siempre seremos escuchados, recordándole que
jamás se -oyó decir, que ninguno de cuantos han acudido a vuestra protección, implorado vuestra asistencia y
reclamado vuestro socorro, haya sido abandonado de vos.
Animado con esta confianza, a vos
acudo, Virgen Madre de las vírgenes... Madre de Dios, no desechéis mis súplicas
17.
Ella es la
seguridad, Ella es la
esperanza, Ella es la Madre
del Amor Hermoso. Ella es el principio y
el asiento de la sabiduría; y Ella,
la Virgen Madre, medianera de todas las gracias, es la que nos llevará de la mano hasta su Hijo, Jesús. Hijos
míos, cuando estéis alegres y cuando
estéis tristes;
cuando vuestras miserias sean menos aparentes y cuando
os pesen más; acudid siempre a
María, porque Ella jamás os abandonará.
Sancta Maria, Regina Operis Dei, ora pro nobis.
(16) Pablo VI, enc. Mense
maio, 29-IV-1965;
(17) Oración Memorare.
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