I
4. EL DIALOGO DIVINO
Capítulo 4 de la publicación ’interna’
del Opus Dei: Vivir en Cristo
La vida junto a Jesús era para los Apóstoles ocasión de un trato natural
y continuo con el mismo Hijo de Dios. Cuando supieron por revelación que Jesús
era el Cristo, el Hijo de Dios vivo 1, nada se modificó en el trato
familiar que tenían con el Señor. La continua presencia de Jesús y su actitud
con ellos les enseñaban de un modo práctico que el Amor había salvado todas
las distancias. Era El, Dios mismo, quien dirigiéndose amorosamente a cada
uno les había invitado a seguirle; y en aquella divina convivencia, era muchas
veces el mismo Jesús quien iniciaba el diálogo con una pregunta, con una exclamación
o un comentario. Los Apóstoles trataban al Señor con toda sencillez, como
a un amigo: a vosotros os
he llamado amigos 2; o más aún, como a un Padre, porque Jesús les hablaba como a hijos: hijitos,
por un poco de tiempo aún estoy con vosotros 3. La veneración que sentían por
Jesús en nada dificultaba el carácter íntimo y confiado de su amistad filial.
EL TRATO DE
LOS APÓSTOLES CON JESÚS
El mismo Dios estaba allí junto a ellos, tratándoles
de tú a tú, de persona a persona, en el más divino y normal de los diálogos humanos.
De ese trato de los hombres con Dios nos conserva el Evangelio frases comunes,
preguntas directas y sencillas, exclamaciones de admiración y sorpresa, de
indignación, de gozo: Maestro, mira qué
(1) Matth. XVI, 15;
(2) Ioann. XV, 15;
(3) Ioann. XIII. 33;
piedras y qué fábrica tan asombrosa 4. Frases corrientes que unas veces se refieren a hechos nimios e intrascendentes, y otras veces a las aspiraciones más hondas que las palabras de Jesús provocaban en el alma de los suyos; como cuando preguntó a Pedro:
-Simón, hijo de Juan, ¿me amas tú más que éstos?...
-Sí, Señor, tú sabes que te amo 5.
Dos veces más repitió Jesús la pregunta directa, precisa, y otras
tantas respondió Pedro, hablando a Dios de tú. Y luego, viendo a Juan cerca de
ellos, Pedro tomó la iniciativa:
-Señor,
¿qué será de éste? 6.
Es el diálogo asombrosamente sencillo
que encontramos a lo largo del Evangelio:
-Ya
sabéis adónde voy y sabéis asimismo el camino.
Dícele Tomás:
-Señor, no sabemos adónde vas; pues,
¿cómo podemos saber el camino?
Respóndele
Jesús:
-Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre sino por mí. Si
me hubieseis conocido a mí, hubierais. sin duda, conocido
también a mi Padre; pero le conoceréis luego y ya le habéis , visto.
Dícele Felipe:
-Señor,
muéstranos al Padre, y eso nos basta.
Jesús le
responde:
-Tanto
tiempo ha que estoy con vosotros, ¿y aún no me habéis
conocido? Felipe, quien me ve a mí, ve también al Padre 7.
Todo el trato de Jesús con sus discípulos tiene ese mismo tono. No
surgía sólo en momentos de especial trascendencia. El diálogo era continuo, y
se establecía con ocasión de los sucesos más ordinarios: el trabajo, el
descanso, el camino, las vacilaciones. La preencia
continua de Jesús era una constante invitación. Y aquella franqueza, aquella
maravillosa espontaneidad de los discípulos, permitiría frecuentemente al Señor
corregirles, enseñarles, darles criterio, hacerles rectificar, ayudarles.
(4) Marc. XIII, 1;
(5) Ioann. XXI, 15;
(6) Ioann. XXI, 21;
(7) Ioann. XIV, 4-9;
-¿ Quieres que mandemos que llueva
fuego del cielo y los devore?
Pero Jesús, vuelto a ellos, les reprendió diciendo:
-No sabéis a qué espíritu pertenecéis 8.
Los discípulos escuchaban con humildad, consultaban cuando no
entendían, y cada vez amaban más al Señor, que era su Maestro, su Amigo, su
Padre. Estaban todo el día en oración, pero ni siquiera se habían dado cuenta.
Y un día, uno de los discípulos dijo al Señor:
-Señor, enséñanos a
orar, como enseñó también Juan a sus discípulos.
Y Jesús les respondió:
-Cuando os pongáis
a orar, habéis de decir: Padre, sea santificado tu nombre 9.
El Señor les enseña que deben hacer oración del mismo modo como
hablaban con El, con sencillez filial, con aquel coloquio natural y confiado.
Ya El les había dado ejemplo tantas veces, y las relaciones de Jesús con el
Padre tenían también un carácter de diálogo íntimo, de confidencia amorosa. Ante
lo bueno y ante lo malo, para pedir o para dar gracias, para todo levantaba
Jesús el corazón a su Padre de los cielos. El diálogo interior, contemplativo,
de Cristo era ininterrumpido; sin embargo, muchas
veces había querido manifestarlo exteriormente, delante de los suyos, para que
tomaran ejemplo o para fortalecer su fe: ¡oh
Padre!, gracias te doy porque me has oído. Bien es verdad que yo ya
sabía que siempre me oyes; mas lo he dicho por razón de este pueblo que está
alrededor de mí 10. Esa palabra, esa invocación amorosa y espontánea -¡Padre!- estaba
constantemente en labios del Señor; con ella empezaba sus acciones de gracias,
sus peticiones, sus alabanzas, sus deseos. El Señor mandaba a los suyos orar
constantemente, y les daba el modelo sencillo de esa oración continua.
BUSCAR EL
TRATO CON DIOS
Nuestro trato habitual con Dios no debe diferir del que tenían
los Apóstoles con Jesús. Dios está en todas partes, la Santísima Trinidad
inhabita en nuestras almas por la gracia; nosotros vivimos en Cristo como
miembros de su Cuerpo... Y como si todo eso no bastara,
(8) Luc. IX, 54-55;
(9) Luc. XI, 1-2;
(10) Ioann.
XI, 41-42;
se ha querido quedar entre nosotros, en la
Eucaristía, bajo la especie humilde de pan. Cuando te acercas al Sagrario piensa que ¡El!... te espera desde
hace veinte siglos 11 .
Todo alrededor nuestro y dentro de nosotros está gritándonos esa
presencia, esa cercanía, esa inmediación de Dios que invita al diálogo
continuo. Vosotros sois templos de Dios vivo, según aquello que dice el mismo
Dios: habitaré dentro de ellos y en medio de ellos andaré y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo 12. No es preciso ir lejos,
ni moverse siquiera, para buscar a Dios. Basta mirarle, enderezar a El nuestro
corazón. Es preciso convencerse de
que Dios está junto a nosotros de continuo 13, esperando una palabra
nuestra, una sonrisa, un gesto de amor, un poco de conversación. Muchas veces
–siempre- nuestro Dios provoca el diálogo, con mociones interiores, con acontecimientos,
de mil modos distintos; a veces, dirigiéndonos este amoroso reproche: les he
hablado y no me han oído, les he llamado y no me han respondido 14.
El hombre tiende, por naturaleza, al diálogo, al trato, a la comunicación.
Es una necesidad, y cuando no se establece esa conversación con alguien, se
entabla con uno mismo: se recuerdan problemas, impresiones de la jornada,
preocupaciones, deseos, temores, dudas... En la verdadera vida interior, la
conversación se inicia y se mantiene con Dios, en un trato continuo, espiritual
y profundo, y al mismo tiempo generoso y abierto. Al dirigirse habitualmente a
Dios, en una conversación interior, las almas dejan de ser egocéntricas, para
hacerse teocéntricas, a la vez que adquieren
profundidad, ponderación, serenidad. Ese trato continuo fortalece la amistad
divina, enciende el amor, ayuda al conocimiento de Dios y de uno mismo,
endereza la intención, hace el juicio más objetivo, impulsa las obras, mejora
la caridad.
El amor de Dios es un amor de amistad. Y esa amistad se afirma como
todas las amistades de la tierra, con el trato; y se manifiesta también como
todas las amistades, con la convivencia, con la conversación. El primer
presupuesto para ese trato es la fe, creer que Dios está realmente junto a
nosotros, y que está realmente interesado por nosotros, atento a nuestro
pensamiento, a nuestro afecto, a nuestra palabra, a nuestras obras. Un hombre de Dios nunca está solo. No
tiene mo-
(11) Camino, n. 537;
(12) II Cor.
VI, 16;
(13) Camino, n. 267;
(14) Ierem.
XXXV, 17;
tivos para aburrirse. Está siempre
en la presencia de-quien ama. El Señor nos espera en todo momento, se interesa
por todo lo que nos ocurre. Dios está junto a nosotros, con un cuidado paterno y materno, dispuesto a escuchar nuestras palabras, correspondiendo
eternamente a nuestro amor. Vela por nosotros, y quiere que acudamos a
El con confianza, pidiéndole ayuda, sabiendo que no dejará nunca de
escucharnos.
Fe, amor, confianza, generosidad, rectitud de intención, recogimiento...
son condiciones para poder entablar un diálogo continuo con el Señor, que al
principio quizá se hace con muchas palabras; y pasado el tiempo, cada vez con
menos; hasta llegar al Cielo, donde el coloquio se hará eterno con una sola
palabra -en mutua y eterna correspondencia- que lo dirá todo.
Mientras estamos en la tierra, y vamos aprendiendo a tener vida
interior, es necesario comenzar y recomenzar ese trato muchas veces, con
espontaneidad y sencillez, como ocurre en todas las conversaciones amistosas de
las gentes. Nuestro Padre nos lo describe así: es el diálogo eterno, el que han tenido todas las personas que se
amaron en la tierra. Dios tiene derecho a decirnos: ¿piensas en mí?
¿Tienes presencia mía? ¿Me tienes presente? ¿Me buscas como apoyo tuyo? ¿Me
buscas como luz de tu vida, como fortaleza, como coraza, como todo? En las
horas que la gente de la tierra dice buenas: ¡Señor! En las horas que llama
malas: ¡Señor! y viene la paz, y el diálogo afectuoso, de amor.
En los pueblos cristianos ha quedado, como herencia de tiempos de fe
muy viva, la costumbre de invocar en todo momento a Dios, tomando ocasión de
los sucesos más intrascendentes. ¡Dios mío!, ¡Señor!, ¡Jesús!... son
expresiones que se oyen mezcladas; en la conversación. Sólo que en no pocos
casos han perdido completamente su sentido originario; y es ese sentido el que
debe rebrotar en el alma cristiana, como un movimiento interior casi
instintivo, que mantenga el diálogo escondido con Dios.
LA ORACIÓN.
DIÁLOGO CON DIOS
Todas nuestras Normas tienen la misión, de llevarnos a mantener ese
diálogo amoroso con el Señor, a tender un puente, a abrir un cauce de flujo y
reflujo de amor, de coloquio, que lleve a Dios el corazón y la mente. Pero de un modo particular se
realiza en la oración mental, en la meditación, en los ratos que dedicamos cada
día de modo exclusivo a hablar calladamente con nuestro Padre Dios, en el
retiro del corazón. Por eso es en la oración, sobre todo, donde hay que cuidar
de que realmente se establezca ese diálogo. Me has escrito: «orar es hablar con Dios. Pero ¿de qué?». -¿De qué?
De El, de ti: alegrías, tristezas, éxitos y fracasos, ambiciones nobles,
preocupaciones diarias..., ¡flaquezas!: y hacimientos
de gracias y peticiones: y Amor y desagravio. En dos
palabras: conocerle y conocerte: «¡tratarse!»
15.
Tan esencial es el diálogo en la oración, que prácticamente lo es todo;
por eso ha podido escribir nuestro Padre: ¿Que
no sabes orar? -Ponte en la presencia de Dios, y en cuanto comiences a
decir: «Señor, ¡que no sé hacer oración!...», está seguro de que has empezado a
hacerla 16. De ese encuentro inicial depende en buena parte el curso mismo de la
oración: lleva a la paz, hace olvidar dificultades, y determina completamente
la actitud interior del alma. Solemos empezar diciendo: Señor mío y Dios mío, creo .firmemente que estás aquí, que me
ves, que me oyes... Y de ahí, de esa fe, de esa convicción, de
ese encuentro personal con Dios brota la oración en cauce manso y ancho 17. Así nos lo ha enseñado el
Padre: ¡cuántas tonterías, cuántas
contrariedades que desaparecen inmediatamente, si nos acercamos a Dios
en la oración! Ir a hablar con Jesús, que nos pregunta: ¿qué te pasa? -Me
pasa..., y enseguida, luz.
De que la oración no sea nunca monólogo -simple consideración
intelectual-, de que sea efectivamente ese encuentro con el Señor, depende en
buena parte el resto del día. Oportet semper orare et non deficere 18, conviene orar siempre
y no desfallecer. Todas nuestras Normas nos irán llevando a esa oración
continua: oración que sin darte
cuenta, de la mañana a la noche y de la noche a la mañana, irás
haciendo: actos de amor, actos de desagravio, con el corazón, con la boca, con
las pequeñas mortificaciones. Las Normas diarias y las de
siempre son llamadas concretas a esa conversación con el Señor, un diálogo
vivo, personal, tenso, que brote del corazón con un ritmo y un tono siempre
nuevos, siempre con espontaneidad, con la amable sorpresa del encuentro.
Las Normas exigen ese trato, y al mismo tiempo van dejando en el alma
una actitud abierta y dirigida a Dios, como un instinto, una
(15) Camino, n. 91;
(16) Camino, n. 90;
(17) Camino, n. 145;
(18) Luc. XVIII,
1.
costumbre de referir todo al Señor, que
está a nuestro lado, siempre dispuesto a escucharnos, siempre hablándonos con
motivo de todo. Y así, en nuestro trabajo, en las relaciones sociales, en el
apostolado, en los ratos de esparcimiento, al ir por un pasillo o al cruzar la
calle. Yo quiero -nos ha dicho el Padre- que toda nuestra vida sea oración: ante
lo agradable y lo desagradable, ante el consuelo... y ante el desconsuelo de perder una
vida querida. Ante todo, enseguida, la charla con tu Padre Dios, buscando a tu
Dios en el centro de tu alma.
No hay actividad tan absorbente ni circunstancia tan material que lo
haga imposible. Basta una palabra, una invocación, una mirada, una sonrisa, con
la delicadeza de quien sabe que no está solo. Y todo eso junto, hecho de modo
habitual, instintivo, constante, espontáneo, es contemplación, es vida de
oración continua, de oración en su sentido más estricto; porque, si bien todo
lo que se haga por Dios es orar, esa conversación íntima es lo que más
propiamente suele llamarse oración. Además ese diálogo, ese encuentro, si por
un lado requiere la rectitud de intención y de vida, por otro ayuda a
rectificar la intención, a enderezar realmente al Señor todo cuanto hacemos.
Al principio cuesta un poco más, se requiere mayor esfuerzo, hay que
usar industrias humanas, recordatorios...; luego sale más espontáneamente y de
modo más continuo, pero siempre es preciso procurar el diálogo, quererlo,
buscarlo, con ocasión de cualquier cosa. Somos
almas contemplativas. Lo vivo
yo, y lo tenéis que vivir vosotros, nos dice el Padre: en todo momento, un diálogo con el
Señor. ¿Un ejemplo?
Clarísimo: tú te coges un dedo en la puerta. Una exclamación, y después: ¡Señor! Esto no es nada. Yo merecería estar, quizá, en el infierno. Te ofrezco esto...
Nuestra Madre Santa María y nuestro Padre y Señor San José saben mucho
de ese diálogo familiar, sencillo y constante con Jesús: ¡convivieron tan
íntimamente con Jesucristo durante tantos años! Hemos de pedirles que nos
enseñen a tratarle, a encontrarle en las mil circunstancias ordinarias de
nuestra vida, a decirle algo amable y delicado, a mantener siempre con El ese
coloquio que enamora al alma, que limpia, que substrae de la atmósfera
agobiante del yo, que nos abre el camino hacia la unión con Dios.
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