6. EL FIN DE LA VOCACION
Capítulo 6 de la publicación
’interna’ del Opus Dei: Vivir en Cristo
Hijos míos, ha dicho nuestro Padre: una preocupación hemos de tener los hijos de Dios en el Opus Dei,
una preocupación exclusiva; y es ésta: ser santos. Y
la santidad que en la Obra se nos pide, trae consigo la preocupación por los
demás: por acercarles a Dios, procurando desempeñar con la máxima rectitud
nuestras personales obligaciones profesionales y sociales.
Os tengo que recordar que en la Obra
estamos por vocación divina; porque Dios nos ha llamado. Y nos ha llamado para darnos del
todo, sin regateos, para ser santos y para santificar.
SANTIDAD PARA EL APOSTOLADO
Santificarse santificando. Es éste el fin de nuestra vocación, el fin
corporativo de la Obra -santificarnos y promover la santidad en medio del
mundo-, que se convierte también en el único fin personal de cada uno de
nosotros; porque si la santidad se resume en amar a Dios sobre todas las cosas,
el proselitismo -que no es otra cosa sino contribuir a que otras personas le
amen también- debe ser necesaria consecuencia de esa caridad. Pequeño amor es el tuyo si no sientes el celo por la salvación de todas las
almas. -Pobre amor es el tuyo si no tienes ansias de pegar tu locura a
otros apóstoles l.
El Señor, de quien es la tierra y cuanto la llena, el orbe de
la tierra y cuantos la habitan 2, nos ha enviado a todas las gentes, de todas
(1) Camino, n. 796;
(2) Ps. XXIII, 1;
.las clases
sociales, para recordarles la invitación divina a la santidad. Todas las
cosas son vuestras..., el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro;
todo es vuestro; pero vosotros
sois de Cristo 3. No hay nada que quede fuera de nuestra misión; una misión que
se reduce a ganar almas para Cristo, como Cristo nos ha ganado a
nosotros.
El proselitismo no puede ser nunca un fin sobre añadido a nuestra
vocación, como nuestra llamada no añade propiamente un nuevo fin al que ya tenemos como cristianos,
sino que lo determina, indicando el camino preciso para llegar a Dios más fácil
y seguramente. Así, el
proselitismo en la Obra es
precisamente el camino, el cauce que tenemos para llegar a la santidad. Por
eso, en el Opus Dei no puede entenderse una santidad que no sea proselitista,
como no se puede comprender un proselitismo que no sea expresión de vida
interior, de la preocupación de santificarse. Este es, pues, nuestro único fin:
santificarte tú para santificar. No es egoísmo tu santidad. Recibes
las aguas de Dios, y es verdad
que tienes que llenarte de esas aguas,
pero después -generosamente- viertes de
la abundancia de tu corazón
en todos los corazones que viven en la tierra.
Si el proselitismo no es solamente una condición de santidad, sino un
auténtico fin, se comprende que nadie pueda ser dispensado de hacerlo, bajo
ninguna circunstancia, ni siquiera los enfermos, porque sería tanto como
dispensarle de ser santo. En aquello que se busca como fin no se usa ninguna
medida 4.
Querer limitar el fin es no quererlo de verdad como tal fin; sólo los medios,
que reciben su razón de ser, su bondad, del fin, se quieren en la medida en que
sean necesarios.
El Opus Dei promueve
muchas obras apostólicas en el mundo, y cada día habrá más:
depende de las circunstancias del país-, de las circunstancias de
los tiempos, de las circunstancias de las almas, de la
conveniencia de los
apostolados. Yo tuve que
señalar algunas, por ser ésta una praxis habitual en la Iglesia. Pero no son
fin: una Residencia, una Escuela-Hogar, una Universidad... ¿Eso son fines? No.
Del mismo modo que la pala y la azada no son fin del campesino, sino
medios para labrar la tierra, así nosotros empleamos todas esas obras apostólicas, que son
medios.
¿Y cuál es el fin? Pues la santificación personal y el empeño por lograr que el mayor número posible de almas
conozcan y traten
(3) I Cor. III, 22-23;
(4) Santo Tomás, Super Rom. lect. XIII, 1;
a Cristo, y, si El los llama, se
entreguen a Dios en el Opus Dei, para el servicio de la Iglesia.
Es decir, santidad proselitista y proselitismo que nos
santifica: dos aspectos de un mismo y
único objetivo. Uno es
la medida y la razón del otro: el afán de ganar almas es la mejor señal
de plena correspondencia a la llamada divina. Solamente si buscamos vocaciones
alcanzaremos la santidad; únicamente si somos proselitistas viviremos completamente
nuestra vocación, seremos Opus Dei.
EL PELIGRO DE LA TIBIEZA
Si eres frío e indolente, y no miras más que a ti
mismo y con esto
vives contento, y llegas a hablar así en tu corazón: ¿qué tengo yo que ver con los demás? Tengo
ya bastante con mi alma, ¡ojalá la conserve íntegra para Dios! ¡Vamos!,
¿no te viene a la memoria aquel siervo que escondió el talento y no
quiso negociar con él? ¿Se le condenó acaso por haberlo perdido, o no fue porque no quiso negociar con él?
Pensadlo, pues, hermanos míos, de modo que no os deje reposar 5.
Todos queremos hacer proselitismo. ¿Quién no se alegra con las nuevas
vocaciones? ¿Quién no tiene hambre de
perpetuar su apostolado? 6. Solo quien estuviera a
disgusto, aquél a quien pesase -por falta de amor- la llamada divina, no sentiría
el deseo de traer otras personas para que compartan lo que él ya tiene. Sólo
cuando no vemos algo como un bien, es imposible deseárselo a quienes queremos.
La falta de vida interior -amor a Dios y
a las almas por Dios: amor operativo y eficaz, con obras-
tendría siempre el resultado de no valorar como un tesoro la propia vocación y, al mismo tiempo, de no
querer sobrenaturalmente a los demás.
Por eso, cuando una persona no tiene celo proselitista, es que no le late el corazón, que ha muerto. Se le pueden aplicar aquellas palabras de la Escritura: iam foetet, quatriduanus est enim (Ioann. XI, 39)- hiede, está muerto desde hace días. Esas almas, aunque estuviesen en Casa, estarían muertas, podridas, iam foetent. Y yo, dice el Padre, con cadáveres no voy a ningún lado; los cadáveres los entierro. Sin proselitismo no es posible perseverar, porque no es posible perseverar sin amor, sin vida interior, sin sentido sobrenatural.
Podría ocurrir sin embargo que, en determinadas circunstancias,
(5) San Agustín, In
Ioann. Ev. tract. 10, 9;
(6) Camino, n. 809;
a alguien se
le trastornase el orden de valores, y otra cosa de indudable importancia -la profesión,
un trabajo cualquiera...-, pero que es un simple medio, se le presentara como
una especie de fin personal; al margen de ese fin de toda la Obra -santificarse santificando y santificar santificándose-
que debe absorber nuestras ilusiones y esfuerzos. ¡Cuántas amarguras, para
quien ha perdido ese punto de mira! Después de bregar duramente, al final caerá
en la cuenta de lo infructuoso de sus trabajos. ¿De qué le sirvió afilar el anzuelo
de su profesión y prepararlo con el cebo de un prestigio, si todo se quedó en
eso, si no supo o no quiso echarlo al agua y esperar pacientemente, durante
horas, a que vinieran las almas? Todos sus esfuerzos habrán sido vanos: estuvo
perdiendo el tiempo.
Cuando se ha pasado por unas circunstancias como ésas, y finalmente,
por la misericordia de Dios se abren los ojos a la realidad, es lógico llenarse
de arrepentimiento. Únicamente en el renovado amor al único fin, que es el de
toda la Obra, se podrá recobrar la felicidad perdida: aunque se tengan
temporadas de ceguera, aun en medio de la contradicción más dura, amad la
vocación, y allá en el fondo encontraréis el amor que buscáis, ese afán
proselitista.
Puede ocurrir, otras veces, que alguno vea con claridad meridiana su
fin, que se dé perfecta cuenta de la necesidad de hacer proselitismo, pero que
no ponga los medios para salvar los obstáculos: respetos humanos, dificultades
objetivas, timidez... Se quiere y no se quiere. Se ve que sí, que sería bueno
conseguir vocaciones, pero apenas se hace esfuerzo para lograr que el Señor las
traiga. Hay que ponerse
en estado de alerta si uno ve que se llena de estos deseos ineficaces; porque
es señal de que se está metiendo por caminos de tibieza. Debe examinar si, allá
en el fondo de su alma, ama como un bien precioso la propia vocación, si no hay
motivos más o menos inconscientes que impiden la entrega plena, total. Es
preciso reaccionar enseguida, hablar con sinceridad en la charla, y pedir ayuda
al Señor y a la Virgen, para que de nuevo hagan realidad en su vida las
palabras de nuestro Padre: ese afán
de proselitismo que te come las
entrañas es señal cierta de tu entregamiento 7.
PONER LOS MEDIOS
La realidad
de nuestros deseos de santidad debe traducirse en
(7) Camino, n. 819
hechos y,
tal como se nos pregunta en el Círculo, en hechos de proselitismo. Nuestro fin es procurar que haya en medio del mundo muchas almas dedicadas al
servicio de Dios. Es hora de hacer el recuento. ¿Cuántas vocaciones has traído
tú?
El Señor no escatima su gracia; pero quiere también que pongamos todos
los medios para que lleguen muchas vocaciones. ¿Y cuáles son esos medios? Los
que tenemos, eficacísimos, en el Opus Dei: la obra de San Rafael, la obra de
San Gabriel, y la labor de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, que tiene
manifestaciones análogas a las otras dos obras.
Además de esos medios corporativos, y canalizado en ellos, está el
apostolado personal, que es la base, el motor de todo lo demás; un apostolado
personal que se apoya en tres pilares: primero,
oración; después, expiación; en tercer lugar, muy en «tercer lugar», acción 8.
La oración es el medio más
eficaz de proselitismo 9. Nuestra vocación es de
almas contemplativas; por eso, para obtener vocaciones, lo primero que hacemos
es pedírselo al Señor, con constancia, insistiendo sin desánimo, sabiendo que
nuestras medidas de tiempo son poca cosa ante la eternidad de Dios.
Después, porque la oración se
avalora con el sacrificio 10, debemos ofrecer muchas
pequeñas mortificaciones. Así el Señor escuchará nuestra petición, y moverá a
las almas a entregarse. Si por ellos
rezas, te sacrificas, cumples un plan de vida, haces bien el trabajo ordinario,
el detalle pequeño de una sonrisa..., cumples el fin del Opus Dei.
Así la gracia de Dios llegará hasta los últimos rincones; porque eres portador
de Cristo, y lo debes llevar en tu corazón, en tu mente, en tu
palabra y en tu ejemplo.
Hijos míos, el
proselitismo es un deber. Y hay
que decir en la Charla fraterna: he hecho esto, he pensado lo otro, he rezado
tanto, me he mortificado, he preparado esta visita. Y si tu hermano no te lo pregunta,
debes decirlo lo mismo.
Con toda esta labor preparatoria de la oración y de las mortificaciones
pequeñas, la acción será, como nos enseña el Padre, la parte más fácil, porque será la manifestación
externa de la vida interior de cada uno. Conocéis -escribe San Agustín- lo
que cada uno de voso-
(8) Camino, n. 82;
(9) Camino, n. 800;
(10) Camino, n. 81;
tros
tiene que hacer en su casa con el amigo, el vecino, con su dependiente, con el
superior, con el inferior. Conocéis también de qué modo da Dios ocasión, de qué
manera abre la puerta con su palabra. No queráis, pues, vivir tranquilos hasta
ganarlos para Cristo, porque vosotros habéis sido ganados por Cristo 11 .
¿Veis cómo hay en los hombres
todos -también en ti y en mí- como un
prejuicio psíquico, una especie de psicosis profesional? Cuando un médico ve
por la calle a otra persona que pasa, sin darse cuenta piensa: esa persona
anda mal del hígado. Y si la ve un sastre, comenta: ¡qué mal vestido, o
qué bien, qué buen corte! Y el zapatero se fija en los zapatos... Y tú y yo, hijos de Dios, por
su amor, dedicados a servirle en el mundo, amando a todas las criaturas, cuando
vemos a las gentes tenemos que decir: un alma, un alma que hay que ayudar, un
alma que hay que comprender, un alma con la cual hay que convivir, un alma que
hay que salvar.
Acción, apostolado personal: ver siempre almas a las que el Señor quizá reserve una llamada de predilección; buscar a esas personas, y tratarlas, con paciencia, con caridad, siguiendo los consejos que nos den en la Charla, para que nuestro trabajo no sea vano, sino una parte eficaz, orgánicamente injertada en la labor de toda la Obra. Por eso, -el apostolado personal se dirige en primer lugar a encajar a nuestros amigos lo antes posible en la obra de San Rafael o en la de San Gabriel; porque sabemos, además, que es el medio más seguro para que el Señor les dé la gracia de la vocación.
Hemos de meditar muchas veces esta realidad de nuestra entrega, para
que se fije en lo más hondo de nuestro ser: proselitismo, conseguir vocaciones.
¡Qué luces, qué energías nuevas sacaremos de esta consideración! No se trata de
hacer un apostolado propio, sino el de la Obra, que no es una empresa humana, sino una gran empresa sobrenatural
12, en la
que el Señor ha derramado abundantemente su gracia. El afán de ganar para Dios
muchas otras almas tiene que comernos las entrañas. Hay que vibrar, porque el
Señor no nos negará su ayuda, sobre todo si sabemos emplearnos abnegadamente en
las labores de San Rafael y San Gabriel, y de la Sociedad Sacerdotal de la
Santa Cruz, para am-
(11) San Agustín, In
Ioann. Ev. tract. 10. 9;
(12) Instrucción. 19-III-1934. n. 1;
pliar la
base, para desarrollarlas bien, para hacerlas más y más eficaces. De
ahí, nos dice nuestro Padre, deben salir muchas vocaciones y, si no salen, será por nuestra culpa, porque no hacemos las cosas como
están mandadas; porque no las hacemos con alegría y de una manera orgánica, de una manera
constante, de una manera santificada.
Alegría, obediencia, constancia, entrega. ¡Estos son los medios que debemos poner siempre: una vida de
oración, una vida de sacrificio, un cumplimiento del deber en el trabajo
profesional y social!
¡Qué maravillosa base para obtener vocaciones! Es cierto que alguna vez no
seremos nosotros quienes recojamos los frutos de nuestros esfuerzos -vosotros
vais a segar lo que no labrasteis 13-, pero eso no es lo corriente; el Señor premia
con largueza y directamente: quien
hace proselitismo consigue vocaciones; quien hace poco proselitismo, consigue
pocas vocaciones; quien hace mucho proselitismo, consigue muchas vocaciones.
Nuestra Madre Santa María, Reina de los Apóstoles, nos ayudará a ser
muy proselitistas, para poder ser muy santos.
(13) Ioann. IV, 38.
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