CORREGIR
POR AMOR
Momentos de confidencia, de charla amable del Señor con sus
Apóstoles. No necesito muchas palabras -nos ha dicho también nuestro
Padre- para evocaros el detalle con que Jesús desmenuzaba a los
Doce el sentido más profundo de sus parábolas (cfr.
Matth. XIII, 9-2:3; 36-43), el cuidado con
que rectificaba la reacción demasiado humana con que acogían las primicias de
su siembra apostólica (cfr. Luc. XVII,
20), la constancia con que repetía las mismas enseñanzas (cfr. Matth. VI, 9-13; VII,
7-11; Luc. XI, 1-13),
la fortaleza con que corregía sus ambiciones y su visión chata del Reino
de Dios (cfr. Matth.
XVI, 21-23; XX, 20-28; Luc.
(1)
De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 2.
- 135-
XXII, ?4-28), la delicadeza
con que -para animarles- solicitaba su pequeña colaboración a la hora de realizar
los grandes milagros (c fr. Ioann. VI, 5-10)
o la ternura con que se preocupaba de su descanso (cfi-.
Marc. VI, 31) (2).
Origen
evangélico de la corrección fraterna
Los Apóstoles conviven con
el Señor. En su sencillez se manifiestan tal como son; y Jesucristo, que los
ama como Dios, y a la vez con corazón de hombre, toma ocasión para enseñarles,
para corregirles. Los quiere santos, identificados con la Voluntad del Padre;
y por eso advierte su irascibilidad, o su inclinación a la pereza o el movimiento
de envidia que puede latir bajo un celo aparente. Maestro, hemos visto
a uno expulsando demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no viene
con nosotros. Jesús contestó: no se lo prohibáis, pues no hay nadie que haga
un milagro en mi nombre, y pueda a continuación hablar mal de Mí (3).
La corrección del Señor es
a veces inmediata, fuerte. Pedro escuchó una dura reprimenda -apártate
de mí, Satanás (4)- cuando
equivocadamente trataba de disuadirle de su voluntad de padecer para salvarnos.
En otras ocasiones, la reprensión del Señor sigue un camino diferente. De la
petición de los hijos de Zebedeo, toma pie para que se enfrenten
con las consecuencias de su entrega: no sabéis lo que pedís.
¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber? Le dijeron: ¡podemos! El añadió:
mi cáliz lo beberéis; pero sentarse a mi derecha o
a mi izquierda no me corresponde concederlo, sino que es para quienes ha dispuesto
mi Padre (3).
Los Apóstoles conocen, severo,
el rostro amable del Señor, cuando debe corregirles; pero conocen más aún el
cariño que acompaña a sus consejos. Cristo corrige movido por el amor. Al modo
de un Buen Pas-
(2) De nuestro
Padre, Carta, 6-V-1945, n. 3.
(3)
Marc. IX,
38-39.
(4)
Matth. XVI,
23.
(5)
Matth. XX, 22-23.
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136-
tor, abre camino con su ejemplo
y con su palabra para que detrás ande seguro el rebaño; aparta
a su grey de los senderos peligrosos y de los malos
pastos; y las ovejas caminan confiadas, porque las
guía, diestra, la mano de su Buen Pastor.
Tened entre vosotros los
mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús
(6) recomienda San Pablo. Y en el Opus Dei, todos nos sentimos y somos buenos
pastores de los demás; comprometidos, con el Señor del rebaño, a cuidar de todas
sus ovejas. Con los medios -también la honda y el cayado- del Buen Pastor: un
cariño profundo a nuestros hermanos, que nos lleva a corregirles por amor y
con amor, siempre que lo exija el bien de sus almas o el de la Obra. Es grato
el deber, porque, por gracia de nuestra vocación, queremos a los demás con el
corazón de Cristo, y rogamos al Señor que sea El quien guíe nuestro trato.
De este modo, la práctica
de la corrección fraterna es manifestación delicada de cariño, de interés por
la buena formación de los demás. La corrección fraterna es un instrumento querido
por Dios para salvaguardar el espíritu del Opus Dei y santificar a todos sus
miembros. Os pido por el amor de Dios -insistía nuestro Padre-
que estéis en las cosas de la casa, que estéis en las cosas de
la Obra, que estéis en la cosas de vuestros hermanos y en las vuestras propias
(...), que viváis entre vosotros la corrección fraterna (7).
Pueden ser materia de corrección
fraterna los detalles que desdicen del tono sobrenatural y humano que ha de
tener nuestro comportamiento familiar, profesional o social; manifestaciones
inconvenientes del carácter; defectos relativos a la vida espiritual o al apostolado...
Las más de las veces serán puntos pequeños, aunque habituales, que conviene
mejorar; pero no faltarán oportunidades de correcciones más hondas, que puedan
provocar un cambio completo en un modo equivocado de ver o de actuar. El cariño
nos da como un instinto para entender a nuestros hermanos; y el sentir que se
apoyan en nosotros, con sus debilidades, nos compromete a no disminuir la ayuda,
sobre todo cuan-
(6)
Philip. II, 5.
(7)
De nuestro Padre, Círculo Breve, 4-XI-1962.
-
137-
do
es necesario ir al fondo de las cosas. Esas correcciones fraternas se recuerdan
quizás con más agradecimiento, porque suelen hacer descubrir nuevos mediterráneos
en la vida interior, y llenan de luz sobrenatural la actuación diaria.
Si queremos convivir con todos los hombres,
primero hemos de poner los medios para convivir con nuestros hermanos: éste
es el orden de la verdadera caridad. Estamos llenos de defectos, que cada uno
de nosotros ve, contra los que procuramos luchar; pero hay otros muchos defectos
que no vemos -¡qué le vamos a hacer!-, y de ésos nos indican algunos en la corrección
fraterna; sólo algunos, para no fastidiarnos. Y lo hacen porque nos quieren,
porque la nuestra es una convivencia de familia cristiana, llena de cariño.
Convivir
con todos: Y convivir quiere decir quererse, comprender, disculpar. Pero hay
cosas que -aun disculpándolas- no debemos pasarlas por alto: ésas son las que
debemos manifestar en la corrección fraterna a cada uno. De aquí la necesidad,
el deber que tenemos de manifestar a los Directores aquello que es un mal para
el alma de un hermano nuestro y un mal para la Obra entera (8).
La práctica
de la corrección fraterna
Nuestro Padre nos dejó bien
claras las disposiciones que deben guiarnos al practicar esta Costumbre: el
miembro del Opus Dei que ejercita la corrección fraterna, ha de tener verdadero
sentido sobrenatural, de modo que no pierda, durante el curso de la conversación
con su hermano, la mira en el fin que le movió a corregirle.
Y unirá a este sentido sobrenatural un pensamiento
de humildad: cualquier falta ajena puede ser también suya (9). Es
lo que recomienda San Pablo cuando escribe: hermanos, si acaso alguien es
hallado en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu
de
(8)
De nuestro Padre, Crónica, 1970, p. 795.
(9) Catecismo [de la Obra], 5ª ed.,
n. 294.
-
138-
mansedumbre,
cuidando de ti mismo, no vaya a ser que tú también sea tentado (10).
La corrección fraterna, informada
por el sentido sobrenatural y por una profunda humildad, va necesariamente acompañada
de la oración, para que aproveche a quien es corregido. En efecto -dice
San Agustín-, cuando los hombres regresan al buen camino por causa de la
corrección, ¿quién obra en sus corazones la salud sino Dios que da el incremento,
sea quien sea el que plante, riegue o trabaje en los campos? (11).
Junto a la visión sobrenatural
y a la humildad, debe haber un cariño auténtico. Así sabremos hallar las palabras
justas, y el modo más oportuno de efectuar determinada corrección fraterna.
La acción de corregir no será nunca algo genérico, impersonal, sino que se acomodará
a cada uno, a su situación personal en aquel momento. Imita en esto a los
buenos médicos -enseña San Juan Crisóstomo-, que no curan de un modo
solo. Cuando ven que el mal no cede al primer remedio, aplican otro, y después
otro; y unas veces cortan, y otras vendan. Sed, pues, también vosotros médicos
de las almas y emplead todos los procedimientos de curación, conforme a las
leyes de Cristo. De este modo recibiréis en premio vuestra propia felicidad,
y también la de los demás (12).
El afán de que la corrección
fraterna surta pleno efecto, nos mueve a consultar con el Director local. Es
ésta una norma de prudencia, dictada también por el cariño, que lejos de
tener el carácter de delación -nada más ajeno a nuestro espíritu-, se prescribe
a fin de evitar que haya varios miembros del Opus Dei que hagan la misma corrección
al mismo hermano (13). Además, el Director juzgará
la oportunidad de esa corrección, y podrá aconsejar también sobre el momento
e incluso las palabras más convenientes para mover a nuestro hermano, para que
entienda la corrección en todo su alcance y la acepte gustoso.
Con los nuevos datos que
la consulta al Director nos proporcione, consideraremos aún en la presencia
del Señor la corrección, pidiéndole
(10)
Galat. VI, 1.
(11)
San Agustín, De correptione et gratia
14, 43.
(12) San Juan Crisóstomo,
In Matthaeum homiliae
29, 3.
(13)
Catecismo [de la Obra], 5ª ed.,
n. 293.
- 139-
gracias para hacerla como El espera.
Nos decimos las cosas lealmente y de un modo claro, de manera que se entiendan;
pero a la vez con la delicadeza con que nosotros mismos quisiéramos ser corregidos.
El amor sabe hallar siempre ese modo. Nos lo ha mostrado abiertamente Jesucristo:
todas sus palabras, aun las que exigen el reconocimiento claro de una culpa,
de un error, son muestra de cariño. Sus gestos y su mirada lo hacen entender
así; por eso animan tanto y llenan de consuelo, mientras descubren nuevas metas
en la entrega.
Ese mismo afán movía a nuestro
Padre a recordarnos que la corrección fraterna debe hacerse a solas con el
interesado, sin añadir nunca comentarios ni bromas, y menos en público: la
corrección se hace y después se olvida (14). Esta delicadeza con que advertimos
la falta cometida, el tono amable con que acompañamos las palabras, harán
sentir a nuestro hermano que no queda solo en su lucha -ahora con un nuevo frente-,
sino que está acompañado; que a esa preocupación por
corregirle corresponde un verdadero interés por sus cosas; que
sentimos nuestras sus preocupaciones, nos duelen sus defectos y participamos
con nuestra oración y mortificación en su lucha: ¿quién
desfallece sin que yo desfallezca? ¿Quién tiene un tropiezo sin que yo me abrase
de dolor? (15)
El Buen Pastor vive en continua
atención, velando por la seguridad de sus ovejas. Las salvaguarda con esmero
y, tan pronto advierte algún peligro, deja todo y corre en su auxilio. No podemos
dilatar las correcciones fraternas ya consultadas. El cariño nos urge. Además,
la eficacia de una corrección fraterna depende también de la tempestividad con
que se haga: no tiene la misma resonancia interior la advertencia hecha cuando
aún se recuerdan las circunstancias de una determinada acción, que cuando hasta
la misma falta que se quiere corregir se ha esfumado de la memoria.
Si en alguna ocasión un hermano
nuestro tardara en reaccionar adecuadamente ante estas ayudas, le apoyaremos
más con nuestra oración y mortificación, con la coacción santa de nuestra vida
entregada,
(14) Catecismo [de la Obra] 5ª ed.,
n. 295.
(15) II
Cor. XI, 29.
- 140-
con
la sonrisa y la abundancia de manifestaciones de cariño. Sigue sacando y
agotando las mismas exhortaciones -aconseja San Juan Crisóstomo-, y nunca
con aspereza, actúa siempre con amabilidad y gracia (...). ¿No ves con qué cuidado los pintores unas veces borran sus
trazos, otras los retocan cuando tratan de reproducir un bello rostro? No te
dejes ganar por los pintores. Porque si tanto cuidado ponen ellos en la pintura
de una imagen corporal, con mayor razón nosotros, que tratamos de formar la
imagen de un alma, no dejaremos piedra por mover a fin de sacarla perfecta (16).
Esta misma urgencia aconsejará ser pacientes, encomendar al Señor, sin insistir
en la misma corrección con excesiva frecuencia: hay que contar con los medios
sobrenaturales y con el tiempo, para conseguir la corrección del hermano (17).
Consecuencia del amor
Todas las características
de la corrección fraterna, las virtudes que hemos de practicar al realizarla,
pueden resumirse en una sola: la corrección fraterna debe hacerse con caridad,
sin herir, con espíritu sobrenatural; debe ser fruto del cariño a nuestros hermanos.
Debemos, pues -escribía San Agustín-, corregir por amor; no con deseos
de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda Si así lo
hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: "si tu hermano pecare contra
ti, repréndelo estando a solas con él"
(Matth. XVIII, 15). ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te apena
haber sido ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo
haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente.
Las mismas palabras enseñan el amor que debe moverte, si
el tuyo o el suyo: "si te oyere -dice- habrás ganado a tu hermano" (Ibid.).
Luego has de obrar para ganarle a él (18).
Algunas veces, nuestro Padre
nos señaló de modo muy gráfico la necesidad de hacer la corrección fraterna.
Nos decía que, al llegar a un
(16) San Juan Crisóstomo, in Matthaeum
homiliae 30, 5.
(17)
Catecismo [de la Obra] 5a ed., n. 295.
(18) San Agustín, Sermo 82, 4.
-141
-
Centro, le bastaba preguntar si se practicaba la corrección
fraterna para calibrar el cariño mutuo con que vivimos. Este medio sobrenatural
es termómetro infalible de nuestro cariño. La poca preocupación por corregir
las faltas de nuestros hermanos, o la pereza, o cualquier otro motivo que nos
lleva a desentendernos, muestran siempre un desamor, un egoísmo malamente encubierto.
Nuestro Fundador nos ponía en guardia frente a esas posibles excusas, que en
último término, proceden de una equivocada delicadeza humana o de un excesivo
espíritu de comodidad [19]; y que, por tanto, nunca son justificación
para dejar incumplido el deber de la corrección fraterna.
Nos sabremos empujados a
rechazar esas posibles dificultades, cuando, por ejemplo, el corazón se sienta
asaltado por un falso temor a contristar. Se trata de una engañosa razón que
encubre el afán de no complicarnos la existencia, de no sufrir nosotros. Yo,
a los que amo, reprendo y castigo (20), dice el Señor. El amor exige a veces
el dolor de la persona querida. La corrección puede contristar en un primer
momento, pero siempre el que la recibe acaba descubriendo su conveniencia y,
apoyado en Dios y en nuestro cariño, se rehace y la acepta con entereza.
Cuando nos cuesta recibir
una corrección, hemos de escuchar, como dirigidas a cada uno, las palabras de
la Sagrada Escritura: hijo mío, no desprecies
la corrección del Señor, ni te desanimes cuando El le reprenda; porque
el Señor corrige al que ama y azota a todo aquel que reconoce como hijo (..).
Dios os trata como a hijos, y ¿qué hijo hay a quien su padre no corrija? (..).
Toda corrección no parece agradable de momento, sino penosa; pero luego produce
fruto apacible de justicia en los que en ella se ejercitan (21).
Por eso, a veces -decía
nuestro Padre-, hijas e hijos míos, no tendremos más remedio que
pasar un mal rato nosotros y hacérselo pasar a otros, para ayudarles a ser mejores
(22). Abandonar la corrección fraterna por una razón semejante
equivaldría a privar a nuestro hermano de un bien positivo: la gracia que Dios
da a través de este medio; y, tam-
(19) Catecismo [de la Obra] 5ª ed., n. 297.
(20) Apoc. III, 19.
(21) Hebr. XII, 5-11.
(22) De
nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 73.
-142-
bién,
a dudar injustamente de su buen espíritu, tanto más cuanto que siempre los Directores
pueden juzgar de la oportunidad o no de la corrección.
A menudo ocurre -dice San Agustín- que el hermano se entristece de momento cuando le reprenden, y se resiste
y lucha en su interior. Pero luego reflexiona en silencio, sin otro testigo
que Dios y su conciencia, y no teme disgustar a los
hombres por haber sido corregido, sino que teme desagradar a Dios de no enmendarse.
Y entonces ya no vuelve a hacer aquello por lo que le corrigieron, y cuanto
más odia su pecado, más ama al hermano, por haber sido enemigo de su pecado
(23).
También el miedo a perder
la estima o el afecto de una persona puede presentarse como excusa para no corregir.
Sería ése un amor egoísta que no piensa en dar, sino sólo en recibir. A nosotros
nos ha de importar la santidad de nuestros hermanos y la plenitud de su entrega;
y no nuestra tranquilidad, rodeada de afectos y estimas humanos. Nuestro trato
mutuo está fundamentado en la caridad de Jesucristo, en la común dignidad cristiana
y en la identidad de nuestra misma vocación, no en simpatías simplemente humanas.
Por eso, con la corrección fraterna nuestro cariño se hace más sobrenatural.
Puede dificultar también
la práctica de la corrección fraterna el hecho de dar por normales y conocidos
los defectos y faltas de los demás, o achacarlos a peculiaridades de carácter
que se juzgan poco menos que inamovibles. Pensando así parecería que se disculpa,
cuando en realidad se censura con un juicio irrevocable, que nuestro hermano
no merece. Habría falta de amor, pues el cariño fuerza a pensar -aun cuando
los argumentos parezcan contrarios- que podemos aportar una luz que coloque
ese defecto en su verdadera perspectiva. ¿Quién
más inteligente que David?, escribe San Juan Crisóstomo; y
sin embargo no se dio cuenta de que había pecado gravemente (...). Necesitó
la luz del profeta, y que con sus palabras le hiciera caer en la cuenta de su
falta. De ahí que el Señor quiera que haya quienes vayan al pecador y le hablen
de lo que ha hecho (24).
(23) San
Agustín, Epistola
210, 2.
(24) San
Juan Crisóstomo, in Matthaeum homiliae
60, 1.
-
143 -
Las excusas para no hacer
la corrección fraterna nacen siempre de una caridad mal entendida. Hay que poner
cariño, hay que olvidarse de sí mismo para buscar sólo la felicidad de los demás.
Movidos por este buen espíritu, velaremos de continuo por ellos, siempre preparados
a ayudarles para que mantengan su entrega vibrante, alegre, y también para empujarles
más arriba, y urgirlos a la santidad. Es ésa la primera caridad, decía nuestro Padre,
porque la primera manifestación de caridad es ayudarse a ser mejores.
Y eso cuesta. Más cómodo es inhibirse; más cómodo, pero no es sobrenatural.
Y de esas omisiones se ha de dar cuenta a Dios (25).
Para que estemos prevenidos
y podamos mantener siempre vigilante y activo nuestro cariño, conviene considerar
también que la propia soberbia se entremezcla, enturbiando nuestra visión. Puede
hacernos pensar que el hecho de caer también uno mismo -e incluso con más frecuencia-
en el mismo defecto que se debería corregir, justifica pasar por alto ese defecto
de los demás.
En estos casos hay que extremar
la humildad, descubrir la falsedad del razonamiento y pensar que no corregimos
como consecuencia de la propia autoridad moral -todos estamos hechos de la misma
pasta: de limo terrae (26), del barro de la tierra-,
sino en virtud de un deber que el Señor nos ha encomendado. Por manifiestos
que sean nuestros defectos, nunca pueden eximirnos de practicar la corrección
fraterna. Hijos míos, ¿acaso no puede curar un médico que esté
enfermo, habitualmente enfermo, con una enfermedad crónica? ¿No puede atender
a otros que incluso padezcan de lo mismo que él sufre? ¡Claro que los puede
atender y que los puede curar! Le basta tener la ciencia necesaria, y ponerla
al servicio de los demás. Tú puedes tener errores -yo los tengo, y muchos-,
pero no tienen importancia si de verdad luchas por quitarlos, aunque aparentemente
no se consiga nada. Y con errores, se puede y se debe curar los errores ajenos;
no hacerlo es imprudencia, es soberbia
(27).
Esa
equivocada humildad puede escudarse muchas veces en la con-
(25)
De nuestro Padre, Círculo Breve, 23-IX-1962.
(26)
Genes. II, 7.
(27)
De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936,
nota 13.
-
144 -
vicción
de que se poseen menos virtudes, menos espíritu sobrenatural, menos santidad
que aquella persona a quien se debe corregir; incluso puede retraernos la consideración de que se trata de
un Director o de una persona con muchos años en la Obra. Precisamente en esas
circunstancias, el cariño a aquella persona y el amor a la Obra nos comprometen
más, si cabe, a corregir, porque los Directores necesitan con mayor urgencia
esa ayuda, para llevar a cabo su misión con fidelidad y eficacia. La corrección
fraterna a los Directores es un compromiso de honradez que adquirimos al hacer
la Fidelidad, pero que todos vivimos desde el principio de nuestra vocación,
sabiendo además que siempre nos agradecerán su cumplimiento.
Sentido
de responsabilidad
Hemos de llevar frecuentemente
a la oración el tema de la corrección fraterna, aprendiendo, en el trato con
el Señor, la manera de ayudar con más eficacia a nuestros hermanos. El
primer proselitismo es procurar que no se pierdan los que ya están junto a nosotros,
en la barca de la Obra, porque la caridad ha de ser ordenada, y lo más cercano,
lo gire está pegado a nuestras manos y a las manos llagadas de Cristo, sois
vosotros y yo. Ayudaos, pues, diciéndoos siempre la
verdad con nobleza, con delicadeza, con politesse
humana, con cariño sobrenatural. En una palabra, hijos míos, defended la
vocación de vuestros hermanos, porque es -después del don de la fe- el tesoro
más grande que han recibido (28).
La santidad y la felicidad
de nuestros hermanos dependen en gran parte de cada uno de nosotros; esta consideración
nos ayudará cuando el cariño, la preocupación por los demás exija mayor esfuerzo.
Si algunas veces cuesta hacer la corrección fraterna, consideremos que siempre
da un fruto de eficacia sobrenatural: porque os sabréis mortificar, hablando
con claridad y procurando no mortificar a los demás. En una. palabra,
tendréis rectitud de intención y no seréis descorteses con nadie
(29).
(28)
De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936,
nota 34.
(29) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936,
nota 24.
-
145-
Amar, corregir por amor,
es un deber que lleva a rebajar el propio yo. Lo que cuenta son los demás, las
cosas de los demás, sus dificultades, sus alegrías; y el espíritu de la Obra,
que queremos transmitir íntegro a todos nuestros hermanos. Tú
-preguntaba nuestro Padre-, ¿cómo
vives la caridad? La caridad hace que nos olvidemos de nosotros mismos y que
pensemos en los demás. Si vives fielmente esta preocupación por los demás, llegará
un momento en el que tu examen diario se podrá reducir a muy poco: porque no
te habrás ocupado de ti, pensando en el Señor y en los demás. Entonces no te
quedará tiempo de buscarte a ti mismo, ni para la soberbia: no
se te ocurrirán más que ocasiones de servir (30).
Hijos:
amad con el amor de Dios. Sed objetivos; no, apasionados. Y, de este
modo, contribuiréis eficazmente a que una vez más se cumpla en nosotros la Escritura,
pudiéndose decir de todos los nuestros aquello que en los Hechos (IV, 32) se
lee de los primeros: credentium erat cor unum, et anima una, eran
un solo corazón y una sola alma (31).
(30) De nuestro
Padre, Instrucción, mayo-1935, 14-IX-1950, nota 133.
(31) De nuestro
Padre, Instrucción, 9-1-1935, n. 41.
- 146-
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