EL
VALOR
DE
LAS DIFICULTADES
Al llegar a la Obra, se nos explicó desde el principio
que las dificultades para alcanzar la santidad y para ejercer el apostolado
iban a ser de ordinaria administración. Nuestro Padre había escrito que, a las
nuevas vocaciones, es importante decirles también con claridad
que, al venir a la Obra, no van al Tabor: van al Calvario. Que -non est
discipulus super magistrum, no es el discípulo más que el maestro (Matth. X. 24)-
serán objeto de críticas y murmuraciones: que es posible
que la insidia babee sobre su conducta limpia: que quizá venga, contra la Obra,
o contra ellos, o contra todos -ya vino alguna vez-, la contradicción
de los buenos -la permite el Señor-, que con rectísima intención conciben y
propalan falsedades (1)
El desorden universal introducido
por el pecado es la causa de que hayamos de contar con dificultades y obstáculos
de todo género; sería, pues, ilusorio olvidar su existencia. Lo normal es que,
antes o después, hagan su aparición en nuestra vida o en nuestro trabajo, porque
ningún ideal grande se consigue sin esfuerzo; y es precisamente en esa lucha
donde se van adquiriendo y desarrollando las virtudes, que templan el carácter
y enrecian la voluntad.
(1) De nuestro Padre, Instrucción, 9-I-1935, n. 283.
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De
ordinaria administración
El camino del cristiano, el de cualquier hombre,
no es fácil. Ciertamente, en determinadas épocas, parece que todo se cumple
según nuestras previsiones; pero esto habitualmente dura poco. Vivir es enfrentarse
con dificultades, sentir en el corazón alegrías y sinsabores; y en esta fragua
el hombre puede adquirir fortaleza, paciencia, magnanimidad, serenidad (2).
No nos debe ocurrir aquello
que refiere San Gregorio Magno: hay algunos que quieren ser humildes, pero
sin ser despreciados; quieren contentarse con lo que tienen, pero sin padecer
necesidad; ser castos, pero sin mortificar su cuerpo; ser pacientes, pero sin
que nadie los ultraje. Cuando tratan de adquirir virtudes, pero rehúyen
los trabajos que las virtudes llevan consigo, es como si no queriendo saber
nada de los combates en el campo de batalla, quisieran ganar la guerra viviendo
cómodamente en la ciudad (3)..
Es ingenuo querer vencer
sin lucha. Por eso, en una lápida que hay en la Cripta de la Iglesia prelaticia
de Santa María de la Paz, recordando unas palabras de San Pablo, nuestro Padre
hizo escribir: semper in corde
habentes quod nemo coronabitur
nisi qui legitime certaverit (4), siempre
hemos de recordar que nadie será coronado si no luchare legítimamente. Pues,
como afirma San Agustín, en esta peregrinación en que consiste ahora nuestra
vida no puede dejar de haber tentaciones, porque nuestro mejoramiento se realiza
a través de la tentación, y nadie se conoce a sí mismo si no es tentado, ni
nadie puede ser coronado si no hubiese vencido, y no puede vencer si no hubiese
luchado, y no puede luchar si no hubiese tenido tentaciones ni enemigo (5).
Habrá siempre dificultades
en la vida interior como las habrá en el apostolado: porque aunque la piedad
de los buenos ansíe convertir a los malos y consiga realmente la conversión
de muchos por la gracia de Dios misericordioso, sin embargo, las insidias de
los espíritus malignos en contra de los santos no cesan, y ya sea dolosa y ocultamente
o con
(2) Amigos de Dios, n. 77.
(3)
San Gregorio Magno, Moralia 7,
28, 34.
(4)
Cfr. II Tim. II, 5.
(5)
San Agustín, Enarrationes ira Psalmos
LX, 3.
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guerra
abierta, devastan los designios de los fieles de buena voluntad (6). Así ha sido siempre, y la historia de todos los grandes apostolados
es también la de las grandes luchas, la de las grandes tribulaciones de los
que sirven al Señor. Así es desde la Redención que Cristo obró en el Calvario,
y así será mientras el mundo dure.
Visión sobrenatural
El dolor, la tribulación,
la dificultad, tienen para el cristiano signo positivo, desde que Jesucristo
venció al pecado sobre el leño de la Cruz. Y, sin embargo, hay
en el ambiente una especie de miedo a la Cruz, a la Cruz del Señor. Y es que
han empezado a llamar cruces a todas las cosas desagradables que suceden en
la vida, y no saben llevarlas con sentido de hijos de Dios, con visión sobrenatural.
¡Hasta quitan las cruces que plantaron nuestros abuelos en los caminos...!
En la Pasión, la Cruz dejó de ser símbolo de
castigo para convertirse en señal de victoria. La Cruz es el emblema del Redentor:
in quo est salus, vita et resurrectio nostra: allí está nuestra
salud, nuestra vida y nuestra resurrección
(7).
Siendo así de claro, comentaba
nuestro Fundador, a veces, el pueblo cristiano lo olvida. Y yo
creo que por esto el Señor, aquel 14 de febrero del 43, quiso poner la Cruz
en el corazón nuestro, quiso coronar la fachada de su Obra con la Cruz, y quiso
que nosotros lleváramos ese símbolo, la Cruz, metida en la entraña del mundo(8)
El hijo de Dios, el hermano
de Jesucristo ha de abrazarse amorosamente a la Cruz, viendo en el dolor el
camino y la manifestación del amor, su piedra de toque, como anuncia San Pedro:
carísimos, cuando Dios os prueba con el
fuego de las tribulaciones, no lo extrañéis, como si os aconteciese una cosa
muy extraordinaria (9).
El camino que nos ha mostrado Cristo pasa por la Cruz, donde
en-
(6)
San León Magno, Homilía 70, 5.
(7)
Vía Crucis, II
estación, punto 5.
(8) De nuestro Padre, Crónica XI-60, p. 8.
(9)
I Petr. IV, 12.
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contramos
la posibilidad de corredimir. Así nos lo ha enseñado nuestro Padre: ¿no
es verdad que en cuanto dejas de tener miedo a la Cruz, a eso que la gente llama
cruz, cuando pones tu voluntad en aceptar la Voluntad divina, eres feliz, y
se pasan todas las preocupaciones, los sufrimientos físicos o morales?
Es
verdaderamente suave y amable la Cruz de Jesús. Ahí no cuentan las penas; sólo
la alegría de saberse corredentores con El (10).
Además, el cristiano ha de
amar el dolor porque es un medio de purificación, de expiación, de penitencia:
por sus pecados personales y por los de los demás. El cristiano ha de mirar
la contradicción a la luz de la fe, y ha de sobrellevarla con el apoyo de la
esperanza teologal. Ni siquiera ha de esperar a que la Cruz llegue: debe buscar
la purificación activa. Y ese cambio de actitud es ya una garantía del espíritu
con que se va a sobrellevar, y de lo hacedero que va a ser caminar con ella.
Deportividad y alegría en la lucha ascética
El espíritu de la Obra nos
enseña a ver y llevar las dificultades con una disposición
decidida y jovial. Sabemos bien que entre las virtudes que debemos practicar
especialmente están el optimismo, la reciedumbre, la valentía y la alegría
(11). Y estas cuatro virtudes determinan nuestra
actitud ante los obstáculos interiores o exteriores.
Nuestro Padre nos ha dicho
que hemos de ser deportistas en el terreno humano y en el sobrenatural. Y así,
con esta visión que podemos llamar deportiva, entraremos en todos los trabajos
del alma y del cuerpo con la ilusión del que va a vencer. Para
ti, que eres deportista, ¡qué buena razón es ésta del Apóstol!:
"Nescitis quod ü qui in stadio currunt
omnes quidem currunt, sed unus accipit bravium? Sic currite ut comprehendatis".
-¿No sabéis que los que corren en el estadio, aunque todos corren, uno solo
se lleva el premio? Corred de tal manera que lo ganéis
(12)
(10) Vía Crucis, II estación.
(11)
Catecismo [de la Obra], 5ª ed., n. 84.
(12) Camino, n. 318.
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Es toda una actitud alegre, serena, animosa, joven. Con ella
entrevemos la meta, y con ella mantenemos el diario entrenamiento, sabiendo
que todo concurre a la victoria definitiva.
En estos tiempos de tanto deporte, ahora que
casi se hace culto del deporte..., todos los deportistas se entrenan
para estar en forma. Nosotros estamos en forma, si luchamos en las
cosas pequeñas. Si no, es imposible. ¡Y hay que estar en ,forma! Que la vida tiene toda la belleza y toda la alegría
del deporte (13). La dificultad, grande o pequeña, resulta
un acicate, un estímulo, una valla que es preciso saltar en la carrera. Hermanos
-decía San Pablo-, yo
no pienso haberlo conseguido aún; pero, olvidando lo que queda
atrás, una cosa intento: lanzarme a lo que tengo por
delante, correr hacia la meta, para alcanzar el premio al que Dios nos llama
desde lo alta por Cristo Jesús (14).
Y así volvió a escribir, después de muchos
años de tribulaciones: he combatido con valor, he concluido la carrera,
he guardado la fe. Nada me resta sino aguardar la corona de justicia que me
está reservada, y que me dará el Señor en aquel día, como justo Juez; y
no sólo a mí, sino también a los que desean su venida (15).
Deportividad para enfrentarnos
con los obstáculos, y también alegría, buen humor. Así es más fácil superarlos.
Además, el amor gustoso, que hace feliz al alma, está fundamentado
en el dolor, en el deber, en la alegría de ir a contrapelo (16). Este buen humor, esta alegría
con que procuramos afrontar las dificultades se refleja, naturalmente, en nuestros
Centros y en la vida de cada uno de nosotros; es el omnia
in bonum que nos ha enseñado a vivir nuestro Padre, instrumento poderosísimo
en el apostolado y en el proselitismo.
Al Señor hay que servirle
así. Sin alegría no se puede servir: ¿os imagináis vosotros que
alguien os sirviera entre penas y llantos? He hecho escribir en los edificios
de nuestra Casa Central en Roma, estas palabras: servite Domino in laetitia, servid al Señor con alegría (Ps. XCIX, 2).
Estad siempre alegres. También a la hora de la muerte. Alegría para
(13) De nuestro Padre, Crónica
XI-60, p. 10.
(14) Philip. III, 13-14.
(15) II Tim. IV, 7-8.
(16)
De nuestro Padre, n. 201.
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vivir
y alegría para morir. Con la gracia de Dios, no tenemos miedo a la vida, ni
tenemos miedo a la muerte. Nos falta la ocasión para estar tristes: ¡que estén
tristes los que no quieran ser hijos de Dios! (17).
Nadie piense que esta alegría
nuestra es una expansión temperamental, o fruto quizá de la edad. En nosotros
la alegría es algo sobrenatural, está por encima de temperamentos, no se deja
condicionar por el estado de salud o de enfermedad, ha de empapar lo mismo la
juventud que la madurez o la vejez, y tiene sus raíces en forma
de cruz (18), como tantas veces afirmó con frase gráfica nuestro Padre.
En una palabra, nuestra alegría se fundamenta en la filiación divina, vive del
amor, bajo la luz de la fe, y está amparada en la esperanza. Por eso nuestra
ascética afirma que perder el buen humor es una cosa grave
(19).
Ser objetivos
Deportividad y alegría para
afrontar las dificultades. Y también sencillez para no inventarse cruces que
no existen, para no complicarse falsamente la vida. Porque, aunque las dificultades
sean naturales y debamos contar siempre con ellas, existe el riesgo de desorbitar
en algún momento las cosas, dando una excesiva importancia a situaciones o acontecimientos
que obstaculizan la vida interior o la acción apostólica. Puede ocurrir alguna
vez, en efecto, que todo se vea mal, que se piense que nada se hace bien, que
parezca ineficaz toda la labor con determinada alma o en determinado trabajo. Puede
suceder, en definitiva, que se llegue a una especie de pesimismo global.
¿Dónde está la raíz de esta
actitud? En el olvido de nuestra filiación divina, y a menudo también en la
poca objetividad, o en la excesiva impresionabilidad; en una palabra, en la
falta de perspectiva. Es como la visión al microscopio de una pequeña lesión.
La visibilidad se limita a la mínima superficie situada
al otro extremo de la lente; nada se
(17) De nuestro
Padre, Instrucción, mayo 1935, 14-IX-1950,
n. 69.
(18) Es
Cristo que pasa, n. 43.
(19) De
nuestro Padre, Crónica XI-60, p. 11.
-82-
observa
del resto del organismo, que está sano. Una visión así deformada impediría,
en nuestro caso, estimar todo lo que de positivo hay en las almas, o en la-labor
de que se trate, y no nos dejaría tampoco considerar la extensión y fecundidad
apostólica de toda la Obra.
Cuanto más pequeño se ve
uno ante la dificultad -por falta de humildad, por confiar excesivamente en
la fuerza personal-, mayor es la tendencia a exagerar la gravedad del obstáculo
y a justificar así el propio encogimiento. Un enemigo, prevenía nuestro Padre: el
pesimismo. Pueden padecerlo hombres que se saben hijos de Dios. pero
a quienes, si se trata de una contradicción intensa, su soberbia o una especie
de espíritu de cuerpo no les deja ver que son ut iumentum.
Ya sabéis lo que digo del burro: cuantos más palos recibe, más trabaja. Nosotros
hemos de tener tal espíritu que, si alguna vez hay alguna contradicción, no
nos desalentemos (20). Y esto
lo mismo en el trato con las almas, que en la labor que se nos confíe, que en
nuestra propia vida interior.
El desaliento es consecuencia
de tener una visión demasiado humana del problema. Por eso hay que pedir luces
al Señor para que nos haga partícipes de la visión que El
tiene. Necesitamos una perspectiva elevada, panorámica y más profunda, que nos
ayudará a apreciar todo lo positivo y bueno, y a considerar el obstáculo en sus justas
proporciones, y a acertar con el medio más adecuado para vencerlo.
Con esa luz sobrenatural
se estudiarán todas las circunstancias, y de nuevo podremos persuadirnos de
que la trascendencia de los sucesos es relativa y les daremos su verdadera dimensión;
sobre todo, se nos descubrirá lo mucho de bueno que hay en eso que antes nos
parecía todo malo. Ponderando lo positivo, desecharemos, si
alguna vez llegare, ese posible pesimismo global. Y estaremos
en condiciones de examinar la situación con serenidad, que es virtud propia
de personas maduras, y que a todos, también a los más jóvenes, nos pide nuestro
Fundador: has de tener la mesura, la fortaleza, el
sentido de responsabilidad que adquieren muchos a la vuelta de los años, con
la vejez; tendrás todo esto, siendo joven, si no me pierdes el sentido sobrenatural
de hijo de
(20)
De nuestro Padre, Meditación, 9-VI-1960.
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Dios,
porque El te dará, más que a los viejos, esas condiciones convenientes para
hacer tu labor de apóstol (21).
Luego, con serenidad, con
calma se busca ese punto preciso que no va todo lo bien que podría ir. Junto
a muchas buenas cualidades, hay en el alma algún defecto que obstaculiza la
santidad. Y hay que localizarlo, conservando siempre el optimismo y la moral
de victoria. Hay que ver, hijos míos, el aspecto positivo de las
cosas. Lo que parece más tremendo en la vida, no es tan negro, no es tan oscuro.
Si puntualizáis, no llegaréis a conclusiones pesimistas. Como un buen médico
no dice, al ver a un paciente, que todo en él está podrido, os pido por amor
a Jesucristo que tengáis confianza. No afirméis nada malo, sin ver la contrapartida.
Un enfermo no es inmediatamente un cuerpo para el cementerio. Vamos a curarlo,
dándole los remedios oportunos. Dentro de nuestro espíritu, tenemos toda la
farmacopea
(22).
Se busca el mal, y una vez
hallado, se le pone el remedio conveniente. Y esto tiene asimismo aplicación
a la tarea encomendada, en la que -al lado de mucha gracia de Dios y de unos
frutos quizá cuajados- existe alguna dificultad interna o externa, algún aspecto
que no se había considerado del modo adecuado, que retrasa la marcha de esa
labor y que es susceptible de mejora.
Todo se
arregla
La mayor parte -con mucho-
de los motivos de infelicidad o de disgusto son imaginarios, y la falta de humildad
suele jugar aquí un papel importante. Nuestro espíritu nos pide sencillez para
no ver tragedias donde no existen, para valorar objetivamente las dificultades,
para no dar importancia a lo que no la tiene, para confiar siempre en nuestro
Padre Dios.
Para
ayudar a quien atraviese por estas circunstancias, hay que ac-
(21)
De nuestro Padre, Meditación, 17-II-1959.
(22)
De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 14.
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tuar
como un médico. Cada uno de nosotros ha de vivificar las almas que le rodean,
ha de dar vida a la labor que se le ha confiado. Estamos para curar; si todo
estuviera muerto o si todo estuviera sano, no haríamos falta, pues no tienen
necesidad de médico los que están sanos, sino los enfermos (23).
Y el Señor nos ha conferido, como a sus primeros Apóstoles, el poder
de curar toda enfermedad y toda dolencia (24) en el terreno
espiritual; poder que actualizaremos con la ayuda del Espíritu Santo, a quien
la Iglesia hace esta triple petición: lava
lo que está manchado, riega lo que es árido, cura lo que está enfermo (25).
Un médico lo primero que
hace es examinar al paciente: el organismo no está muerto, ¡vive!, aunque
tampoco está totalmente sano. Hay algo que produce un malestar general. Descarta
el médico el optimismo ciego, un poco necio; y nosotros debemos hacer igual
:fe, alegría,
optimismo. -Pero no la sandez de cerrar los ojos a la realidad (26). .
Así procura localizar el foco de infección -si de infección
se trata-, después de un análisis detallado y de examinar todo el organismo.
Luego, da el diagnóstico -indica el mal concreto y su causa-, y busca la medicina
adecuada para destruir directamente al enemigo, o para fortalecer el organismo,
o para estimular las defensas. A la elección del remedio sigue su aplicación.
Y el tratamiento se continúa todo el tiempo preciso, hasta que se obtiene la
curación deseada.
Pero hay que tener paciencia
con el enfermo, porque es natural que a veces se resista, tanto más cuanto más
doloroso resulte el remedio. Hay que disculpar, comprender, con una paciencia
que surge del amor mismo a las almas. Caritas patiens est (27), la
caridad es paciente, y sin caridad no puede haber verdadera paciencia (28).
La misma paciencia es necesaria
cuando se ha aplicado el oportuno remedio a una determinada labor, pues las
labores tienen un engranaje, y una puesta en marcha a veces lenta, y un tiempo
de maduración hasta alcanzar el ritmo deseado.
(23)
Luc. V, 31.
(24)
Matth. X, 1.
(25)
Secuencia Veni, Sancte Spiritus.
(26)
Camino, n.
40.
(27)
I Cor. XIII, 4.
(28)
San Agustín, De patientia 23.
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Frutos de este modo de actuar
Son muchos, incontables,
los buenos frutos que podemos obtener de las dificultades. Si somos
fieles nada nos hará daño: ¿quién hay que pueda dañaros, si no pensáis más que en obrar
bien? Pero si sucede que padecéis algo por amor a la justicia, sois bienaventurados
(29). El Señor nos dará siempre toda la gracia
necesaria, no sólo para salir sin pérdida, sino para obtener fruto abundante.
Máxime, sabiendo que hemos entrado en combate por el amor de su Nombre. El
cristiano
ha nacido para la lucha, y cuanto más encarnizada se presenta, tanto más segura
es la victoria con el auxilio de Dios (30).
En la vida interior, la lucha
contra las dificultades enreda al alma. Los árboles
que crecen en lugares sombreados y libres de vientos, mientras externamente
se desarrollan con aspecto próspero, se hacen blandos y fangosos, y fácilmente
los hiere cualquier cosa; en cambio, los árboles que
viven en las cumbres de los montes más altos, agitados por muchos y fuertes
vientos, constantemente expuestos a la intemperie y a todas las inclemencias,
golpeados por fortísimas tempestades y cubiertos de frecuentes nieves, se hacen
más robustos que el hierro (31). El alma envuelta en dificultades, con
la gracia de Dios se fortalece, se hace generosa y paciente, inexpugnable e
invicta, recia y constante. En los obstáculos hemos de ver siempre una incomparable
ocasión de hacernos fuertes. Por tanto, tened, hermanos míos, por objeto
de sumo gozo el caer en varias tribulaciones, sabiendo que la prueba de vuestra
fe produce la paciencia. Y que la paciencia perfecciona la obra, para que así
vengáis a ser perfectos y cabales sin faltar en cosa alguna (31).
Y lo mismo en las tareas
apostólicas. Encontraremos dificultades, trabajos, incomprensiones, al hacer
apostolado y proselitismo, pero siempre hemos de recordar que los
obstáculos son providencia de Dios, para fortalecer a quienes se acercan con
vocación al Opus Dei y para san-
(29) I Petr. III, 13-14.
(30) León
XIII, Litt. ene. Sapierviac
chrisrianae, 10-1-1890, n.
19.
(31)
San Juan Crisóstomo, Homilía de gloria in
tribulationibus.
(32)
Iacob. 1, 2-4.
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tificar
a todos (33). Y que precisamente esas contradicciones son la mejor garantía
de la solidez de la labor. Si no hay dificultades, las tareas no
tienen gracia humana..., ni sobrenatural. -Si, al clavar un clavo en la pared,
no encuentras oposición, qué podrás colgar ahí?
(34). Una labor hecha de este modo, venciendo obstáculos, es una
labor segura, bendecida por Dios, crecida a la sombra de la Cruz de Jesucristo
y participante de sus méritos. Por eso, sabemos ver en las contrariedades como
una señal positiva, que nos llena de optimismo y nos hace afrontarlas con ánimo decidido, deportiva y alegremente,
con amor y con fe, con ansia de frutos.
¡Amad! Sufrid con alegría. Enredad el alma.
Virilizad la voluntad. Asegurad la entrega y, con esto, la eficacia (35).
(33)
De nuestro Padre, Crónica XI-60, p. 13.
(34)
Forja, n.
245.
(35) De nuestro Padre,
Meditación, 15-IV-1954.
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