INTRODUCCION
Nuestra vida en la Obra es un largo
viaje, que dura lo que nuestros años sobre la tierra. Un camino comenzado por
amor, que del amor se alimenta, y que alcanzará su término -si somos fieles- en
el Amor que no tiene fin.
Ser caminantes hacia Dios es la verdad
más profunda de nuestro ser y de nuestra existencia. Verdad que cada uno de
nosotros ha sellado con un compromiso de amor, al responder a la llamada divina
-veni, sequere me! (1), ven y sígueme- con la entrega que hicimos a Dios en el Opus
Dei. Desde entonces, sin haber cambiado nada exteriormente, todo ha adquirido
nueva luz y armonía en nuestra alma. El trabajo profesional, los lazos de
familia y de amistad, las relaciones sociales y profesionales, son para nosotros,
por mandato imperativo de Cristo, modo y camino de santidad, realidades santificables
y santificadoras, como tantas veces nos enseñó nuestro queridísimo Padre.
Pero un camino, y más cuando el trayecto
es largo, transcurre por parajes muy diversos. Junto a paisajes risueños y
llenos de colorido, hay otros áridos y pedregosos. No es raro que la ilusión
de los primeros momentos disminuya con el transcurrir del tiempo, que el cansancio
haga notar su peso, que jornadas de sol se alternen con otras de niebla, que
el frío arrecie o la nieve lo cubra todo.
Algo análogo puede suceder en nuestra
marcha hacia Dios y conviene que estemos prevenidos, porque es ley de vida del
caminante. Lo peor que podría sucedernos en esos casos sería aflojar la marcha,
o in-
(1) Matth. XIX, 21.
-5-
cluso detenernos, dejando de lado tanta gracia divina, tantas
horas de sacrificio y de esfuerzo, de fidelidad y de alegría, cuando nos encontramos
mucho más cerca de la meta que al comenzar el viaje.
Para ayudarnos a caminar con garbo hacia el Señor, sin reducir
el paso en las etapas más difíciles que puedan presentarse, se recogen en
este número de CUADERNOS artículos antiguos de nuestras publicaciones internas,
embebidos del espíritu y de las palabras de nuestro santo Fundador. Con su
heroica correspondencia a la Voluntad de Dios, ha abierto para nosotros y
para tantas almas un sendero divino en medio de los afanes humanos, y lo ha
recorrido fielmente hasta el final, dejándonos un ejemplo que alumbra con
luces seguras nuestro caminar.
A su intercesión acudimos, para que sus hijas y sus hijos
del Opus Dei, y tantas otras personas que se alimentan de su mismo espíritu,
recorramos hasta el final esta senda que al Amor conduce, llevando con nosotros
una multitud de almas.
Cor Mariae dulcissimum, iter
serva tutum!
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