LA FIDELIDAD EN
EL AMOR
Así
dice Yavé, que te creó (...).
Nada temas, Yo te he rescatado, Yo te llamé por tu nombre: eres mío (1). Estas palabras del Señor, que recoge
el libro de Isaías, han vuelto a resonar en la vida de cada uno de nosotros,
cuando Dios nos llamó al Opus Dei. Sin sacarnos de nuestro lugar en el mundo
ni de nuestro ambiente -cada, uno permanezca en la vocación en que fue
llamado (2)-, la
llamada divina removió totalmente nuestro ser. El Señor se nos ha entregado
por completo, con amor de predilección, y a cambio nos pide la entrega también
total, por amor, de nuestra vida entera, según las circunstancias propias del
estado de cada uno.
En el caso de los Numerarios y Agregados, esa entrega se
manifiesta también en el celibato apostólico que han abrazado propter regnum
coelorum (3), por amor del Reino de los Cielos, con el preciso objetivo
de dedicar todas sus energías al servicio de Dios y de las almas, indiviso
corde (4) sin
la mediación de un cariño humano.
De modo análogo los Supernumerarios han recibido, con la
vocación a la Obra -que es idéntica para todos-, la gracia y la fuerza para
santificarse en el ejercicio del trabajo profesional y, si están casados, en
el cumplimiento de los deberes matrimoniales.
(1) Isai. XLIII, 1.
(2) 1 Cor. VII, 20.
(3) Matth. XIX, 12.
(4) Cfr. 1 Cor. VII, 32-35.
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Conservar el primer amor
La santidad es el término del camino que hemos emprendido:
hay que conservarse en la entrega hecha al inicio de la vocación, mantener la
y desarrollarla a lo largo de la existencia. Aquello que dimos a Dios lo conservamos
nosotros, como titulares fiduciarios de bienes divinos, que ya no nos pertenecen.
En cuanto simples depositarios, tesoreros de
Dios, debemos empeñar en la custodia de aquella propiedad, que Cristo mismo ha conquistado,
el mayor sentido de fidelidad.
Es verdad que la fidelidad engendra fidelidad, y que la primera
decisión facilita su continuidad, y que cada victoria fortalece y templa las
propias armas. Pero el tiempo discurre a veces lentamente, y la lucha no es
siempre igual: no son siempre idénticos los enemigos de fuera ni tampoco las
circunstancias interiores. Nuestra naturaleza humana exige una continua aplicación
de la voluntad que reafirma, en el curso variable de nuestra vida, aquella respuesta
que dimos a Dios un día: ecce ego quia vocasti me! (5) , aquí estoy, porque
me has llamado.
Quizá en momentos de desánimo o de cansancio, o después de
un fracaso humano, o en medio de una cierta mediocridad que parece prácticamente
insuperable, alguno puede sentir la atracción, no ya del pecado,
sino de esas cosas humanas nobles en sí mismas, que hemos dejado por amor a
Jesucristo, sin que por eso hayamos perdido la inclinación a ellas. Porque teníamos
esa tendencia -escribió
nuestro Padre-, la entrega de cada uno de nosotros fue don de sí
mismo, generoso y desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad
es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura,
y no simple resultado de la inercia. Dice Santo Tomás: eiusdem
est autem aliquid constituere, et constitutum conservare (S. Th.
II-II, q. 79, a. 1 c). Lo mismo que dio origen a tu
entrega, hijo mío, habrá de conservarla (6).
No cabe replantearse el problema en los mismos términos que
la primera vez, porque lo que podíamos dar ya lo dimos; ahora se trata de conservar
una cosa ajena, ahora entran en juego las exigencias de nue-
(5) I Sam. III, 9.
(6) De nuestro Padre,
Carta, 24-III-1931, n. 12.
-204-
vas
virtudes: lealtad, fidelidad, hombría de bien, responsabilidades
familiares... Y esto, tanto en quienes viven su vocación en el celibato apostólico
como en quienes la viven en el matrimonio.
La crisis de los cuarenta
años
En la vida de algunas personas puede darse un momento especialmente
crítico: la llegada a la madurez de la edad, con una especial conmoción psicológica
que tiende al definitivo asentamiento de la vida. Aparece entonces
en algunas almas -no en todas, y ni siguiera en la mayoría- lo que he llamado
la mística ojalatera: ojalá hubiese sido médico,
en lugar de abogado; ojalá no me hubiese casado, ojalá... cualquier cosa distinta
a la que de hecho se tiene. Junto a eso, un cambio de carácter, tal vez una
excesiva preocupación por la salud, la aparición de enfermedades imaginarias,
una cierta pérdida de interés por el trabajo profesional.
En el fondo de todo, y acaso como lo más característico de ese momento,
se encuentra una actitud interior de balance: hasta entonces, y humanamente
hablando, la vida intelectual y física ha ido creciendo hacia la madurez. De
entonces en adelante se iniciará el declive humano, y se tiene la impresión
de que ese balance, al que la prudencia de la carne invita, tiene un cierto
carácter de definitivo o de irreparable
(7).
En esas circunstancias -que pudieran llegar para alguno-,
si no se está prevenido, alguien podría replantearse indebidamente su vocación.
Contra este conflicto psicológico nos previno nuestro Padre hace muchos años,
transmitiéndonos el consejo que le había dado un amigo suyo, cuando aún era sacerdote
joven: no olvides que cuando llega la gente a los cuarenta años,
los casados se quieren descasar; los frailes, hacerse
curas; los médicos, abogados; los
abogados, ingenieros; y todo así: es como una hecatombe
espiritual.
Las cosas no suceden exactamente como decía
aquel religioso o, al me-
(7) De nuestro Padre, Carta,
29-IX-1957, n. 37.
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nos, no son una regla tan general. Pero
deseo que mis hijos conozcan este posible mal, y estén prevenidos, aunque pasen
muy pocos por esta crisis. Si alguno de vuestros hermanos pasa por esta angustia,
tendréis que ayudarle: rejuveneciendo y vigorizando su piedad, tratándole con
especial cariño, dándole un quehacer agradable. Precisamente a los cuarenta
años no será; pero puede ser a los cuarenta y cinco. Y habrá que procurar que
haya una temporada de distensión: y no lo haremos con cuatro, sino con todos.
Siendo muy niños delante de Dios, no podemos estar infantilizados.
A la Obra se viene con la edad conveniente para saber que tenemos los pies de
barro, para saber que somos de carne y hueso. Sería ridículo darse cuenta en
plena madurez de la vida: como una criatura de meses, que descubre asombrada
sus propias manos y sus pies. Nosotros hemos venido a servir a Dios, conociendo
toda nuestra poquedad y nuestra flaqueza, pero si nos hemos dado a Dios, el
Amor nos impedirá ser infieles
(8). Y añade
nuestro Padre: para un alma bien entregada, el instinto del sexo
no debe ser un descubrimiento de la madurez. Del mismo modo que es normal la
presencia de ese instinto, es también normal tenerlo a raya. Para decir que
no, hay que estar bien constituido, y tener firme la voluntad, ayudada por la
gracia.
Refiriéndose más específicamente a sus hijos Numerarios y
Agregados, nuestro Fundador escribió también que ser desleales,
agarrarse entonces a un amor de la tierra, estad seguros
de que supondría el comienzo de una vida muy amarga, llena de tristeza, de vergüenza,
de dolor. Hijos míos: afirmaos en este propósito de no vender jamás la primogenitura,
de no cambiarla, al pasar los años, por un plato de lentejas. Sería una gran
pena malbaratar así tantos años de amor, sacrificado. Decid: he
jurado guardar los decretos de tu justicia, y quiero cumplir mi juramento (Ps. CXVIII, 106) (10).
Es cierto que la lucha por vivir la castidad no tiene para
la persona madura las mismas características que para la persona joven. Las
pa-
(8) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931,
nn. 22-23.
(9) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957,
n. 72.
(10) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931,
n. 23.
-206-
siones
se presentan de un modo quizá menos vehemente y más reflexivo, pero también
menos ideal y más práctico; de ahí que si alguno hubiese
pensado que con el propósito de vivir el celibato apostólico renunciaba sólo
a la satisfacción de un instinto -tal vez más fácilmente vencido antes por el
fuerte idealismo de la juventud-, podría sufrir ahora un rudo golpe, cuando
su edad y sus circunstancias hicieran especial hincapié en otros aspectos.
También en la vida de quien se comprometió irrevocablemente
en el matrimonio pueden desaparecer la ilusión y el idealismo de los primeros
tiempos, y hacerse presentes, en cambio, motivaciones nuevas que invitan a replantearse
el sentido de las obligaciones que se asumieron libremente.
Sin, embargo, en uno y otro caso, sigue en pie el compromiso de fidelidad que
hunde sus raíces en un amor a Dios, firme y sacrificado, mucho más allá del
terreno movedizo de la sensibilidad.
Apetencias de la carne
La
presencia del instinto en nosotros -criaturas de carne y hueso, y no espíritus
puros- es tan normal como lo es su vencimiento. No se trata de destruir o aniquilar
esa fuerza, sino de dominarla, mantenerla sujeta al juicio de la razón, sometiendo
sus inclinaciones -en uso de nuestra libertad- para la gloria de Dios.
Refiriéndose al don
del celibato, escribió nuestro Padre: si alguna vez sentís que
está en peligro esa gracia que Dios nos ha hecho, no os
debéis extrañar, porque -ya os lo he dicho- somos de barro: habenius
autem thesaurum istum in vasis fictilibus (II Cor. IV, 7): una vasija de barro para llevar un tesoro
divino. No te hablo para ahora: te hablo por si acaso, alguna vez, sientes que
tu corazón vacila. Para entonces te pido, desde este momento, una fidelidad
que se manifieste en el aprovechamiento del tiempo y en dominar la soberbia,
en tu decisión de obedecer abnegadamente, en tu empeño por sujetar la imaginación:
en tantos detalles
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pequeños, pero eficaces,
que salvaguardan y a la vez manifiestan la calidad de tu entregamiento
(11).
Puede ocurrir, y de hecho ocurre, que durante largas temporadas
-años incluso- el dominio de ese instinto ocupe un ínfimo lugar entre los puntos
de la lucha ascética. Si, de pronto, pasase a primer plano y exigiese más esfuerzo,
esa persona no debería extrañarse: eso no quiere decir nada, y no justificaría
en ningún caso perder la objetividad y la confianza en la gracia divina. Antes
era necesaria menos lucha en ese punto, y ahora se requiere más; antes se ofrecía
al Señor una cosa con facilidad, y ahora hay que seguir ofreciéndosela con esfuerzo,
con heroísmo si es preciso, y siempre con humildad.
Si en algún momento se hace más difícil la lucha interior, será
la buena ocasión de mostrar que nuestro Amor es de verdad. Para quien ha comenzado
a saborear de alguna manera la entrega, caer vencido sería como un timo, un
engaño miserable. No te olvides de aquel grito de San Pablo: quis
me liberabit de corpore mortis huius? (Rom.
VII, 24), ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?
Y escucha, en tu alma, la respuesta divina: sufficit
tibi gratia mea! (II
Cor. XII, 9), ¡te
basta mi gracia!
El amor de nuestra juventud, que con la gracia de Dios le hemos
dado generosamente, no se lo vamos a quitar al pasar los años. La fidelidad
es la perfección del amor: en el fondo de todos los sinsabores que puede haber
en la vida de un alma entregada a Dios, hay siempre un punto de corrupción y
de impureza. Si la fidelidad es entera y sin quiebra, será alegre e indiscutida
(12).
Pero hay que ser muy sinceros; sinceros, en primer lugar,
con nosotros mismos. A la Obra hemos venido a ser santos. No nos
vamos a sorprender, al comprobar que estamos lejos aún de serlo. Por eso admitiremos
con sencillez nuestras debilidades, sin tratar de revestirlas de rectitud; evitando
la soberbia, que ciega tremendamente, y lo hace ver todo al revés de como es.
Hijos míos, sed sinceros con vosotros mismos, sed objetivos. Lograremos, de
este modo, la eficacia de nuestra dedicación. Es difí-
(11) De nuestro Padre, Carta,
24-III-1931, n. 45.
(12) De nuestro Padre, Carta,
24-III-1931, n. 45.
-208-
cil: se necesita ser humilde, abrir bien
él corazón, de par en par, en la dirección espiritual, para airear todos los
rincones del alma (13).
Cuando las tendencias contra la virtud de la santa pureza
procuran enmascararse, justificarse o al menos adecentar una decisión injustificable,
hay que exigirse especialmente en sinceridad sobre este punto. Aunque
la carne se vista de seda... -Te diré, cuando te vea vacilar ante la tentación,
que oculta su impureza con pretextos de arte, de ciencia..., ¡de caridad!
Te diré, con palabras de un viejo refrán español: aunque la carne
se vista de seda, carne se queda
(14).
Para algunas almas puede ser ése un momento verdaderamente
esencial de su vida, una ocasión de reafirmar profundamente su entrega a Dios,
con una verdadera demostración de amor. ¡Sed fieles! ¡No seáis
tontos! Además, si cuando se presentase la ocasión de hacer el pequeño sacrificio
de un pedazo de tierra, no se lo ofreciésemos a Dios, ¿qué cariño le tendríamos
¡Que seáis fieles! (15).
Los medios están siempre al alcance de
la mano; los motivos para usarlos, siguen siendo los mismos y además se añaden
ahora la lealtad y la fidelidad. Y si uno se encontrase ya en la plenitud de
su vida, razón de más para ser fiel, considerando aquellas palabras de San Pedro:
por lo demás, el fin de
todas las cosas se va acercando (16). El Apóstol se refería concretamente a esa mortificación de los
deseos de la carne: de suerte que ya el tiempo
que le queda en esta vida mortal, viva no conforme a las pasiones humanas, sino conforme a la voluntad de Dios (17).
En algunos momentos
-escribió nuestro Padre- me
he fijado cómo relucían los ojos de un deportista, ante los obstáculos que debía
superar. ¡Qué victoria! ¡Observad cómo domina esas dificultades! Así nos contempla
Dios Nuestro Señor, que ama nuestra lucha: siempre seremos vencedores, porque
no nos niega jamás la omnipotencia de su gracia. Y no importa entonces que haya
contienda, porque El no nos abandona.
(13) De nuestro Padre,
Carta, 24-III-1931, n. 38.
(14) Camino,
n. 134.
(15) De nuestro Padre,
Crónica IX-60, p. 10.
(16) I
Petr. IV, 7.
(17) I
Petr. IV, 2.
-209-
Es combate, pero no renuncia; respondemos con una afirmación gozosa,
con una entrega libre y alegre. Tu comportamiento no ha de limitarse a esquivar
la caída, la ocasión. No ha de reducirse de ninguna manera a una negación fría
y matemática. ¿Te has convencido de que la castidad es una virtud y de que,
como tal, debe crecer y perfeccionarse? No basta, insisto, ser continente, cada
uno según su estado: hemos de vivir castamente, con virtud heroica. Esta postura
comporta un acto positivo, con el que aceptamos de buena gana el requerimiento
divino: praebe, fili mi, cor tuum inihi et oculi
tui vias meas custodiant (Prov. XXIII, 26), entrégame, hijo mío,
tu corazón, y extiende tu mirada por mis campos de paz
(18).
Impulsos del corazón
Otro elemento con el que es preciso contar, para asegurar
la fidelidad en el amor, son los impulsos del corazón. Escribió nuestro Padre:
¿cómo va ese corazón? -No te me inquietes: los santos -que eran
seres bien conformados y normales, como tú y como yo- sentían también esas "naturales”
inclinaciones. Y si no las hubiesen sentido, su reacción "sobrenatural"
de guardar su corazón -alma y cuerpo- para Dios, en vez de entregarlo a una
criatura, poco mérito habría tenido.
Por eso, visto el camino, creo que la flaqueza del corazón no debe
ser obstáculo para una alma decidida y "bien enamorada” (19).
El corazón tiene absoluta necesidad de amor. Habitualmente,
la criatura humana busca ese complemento en el amor del hogar, en la familia;
amor, por otra parte, que Dios ha bendecido y santificado con un sacramento.
Pero de ahí no puede concluirse que ése sea el único camino posible al corazón
humano, y ni siquiera que ése sea el camino "normal". Lo sería en
un orden puramente natural, pero la gracia de Dios nos ha elevado al orden sobrenatural,
y lo "normal" para un cristiano será mantener el punto de vista sobrenatural
en todos sus pensamien-
(18) Amigos de Dios, n. 182.
(19) Camino, n. 164.
-210-
tos
y afectos, correspondiendo con generosidad plena a las exigencias concretas
de su vocación divina.
Un corazón árido y seco es terreno abonado para todos los
desórdenes. Cuando no se le da un afecto puro y limpio y noble,
se venga y se inunda de miseria,
afirmaba nuestro Padre (20). Y añadía que son unos desdichados los que no
han aprendido nunca a amar con ternura. Los cristianos estamos enamorados del
Amor: el Señor no nos quiere secos, tiesos, como una materia inerte. ¡Nos quiere
impregnados de su cariño! El que por Dios renuncia a un amor humano no es un
solterón, como esas personas tristes, infelices y alicaídas, porque han despreciado
la generosidad de amar limpiamente
(21).
Cuando un corazón está encendido en el amor de Dios, es prácticamente
inexpugnable ante el asalto de lo que pueda ser descamino. El corazón de quienes
han sido llamados al celibato apostólico en el Opus
Dei no necesita llenarse de otros amores que los que su misma entrega le brinda
y le facilita: Dios Nuestro Señor, y luego nuestra bendita fraternidad y un
amor universal y eficaz a todas las almas. No somos unos solterones,
que viven sin amor. Nos ha hecho negarnos, al amor humano, el Amor divino. Y
además no nos sentimos solos. Que os queráis mucho. Que nadie en la tierra,
que ningún hijo mío se sienta solo. Eso es una consecuencia del Amor divino,
del amor limpio (22).
Frente a las tentaciones que se presenten, hemos de ir siempre
adelante, con la gracia de Dios, no como ángeles -que eso sería
un desorden, porque los ángeles tienen otra naturaleza-, sino como hombres limpios,
fuertes, ¡normales!: lo que hacen tantos en la tierra
por un hogar, lo que hicieron nuestros padres con una vida de cristiana fidelidad,
hagámoslo nosotros por el Amor de los Amores. Amad mucho, por tanto, la santa
pureza, invocad a Nuestra Madre del Amor Hermoso, Santa María, y perseveraremos
-alegres y sobrenaturalmente fecundos- en este Camino divino de nuestra
Obra (23).
Cuando se vive así, se comprenden
bien aquellas otras palabras de
(20) Amigos de
Dios, n. 183.
(21) Amigos de Dios,
n. 183.
(22) De nuestro Padre, Crónica
IX-60, p. 12.
(23) De nuestro Padre, Carta,
24-III-1931, n. 45.
-211 -
nuestro Padre: el
Amor... ¡bien vale un amor!
(24). Para
ser fieles, fieles en el amor, todo está en saber amar a Dios.
Ansias de paternidad
Las ansias de perpetuarse en los hijos pueden adquirir especial
relieve en la madurez de la vida. En ese momento, los hijos pueden aparecer
como una superación de las propias limitaciones, una esperanza, un modo de perpetuarse.
Para algunos incluso, los hijos vienen a ser como un modo de justificarse y
de justificar su existencia.
Sin embargo, no son los hijos exclusivamente lo que da sentido
a la vida de los padres. Sólo Dios puede llenar de sentido la vida. Querer
tener hijos para Dios es un nobilísimo deseo, siempre que sea sincero; y
se sabe si es sincero, cuando uno empieza por no negar a Dios lo que Dios le
pide: la respuesta plena y generosa a la propia y personal vocación,
tanto en el celibato como en el matrimonio. Cualquier razón que ignore estos
compromisos no pasa de ser un pretexto o una justificación
de deseos menos nobles.
Lo mejor de la paternidad está en dar vida a los hijos y
en educarlos con sacrificio para que sean buenos hijos de Dios, sabiendo renunciar
a recibir nada humano a cambio. Y esto se da, en grado máximo, en la paternidad
espiritual a la que se entregan completamente las personas que han renunciado
a la paternidad de la carne, por amor de Dios: con
su entrega y con su apostolado, hecho de oración y de sacrificio, pueden exclamar
de veras con San Pablo: hijos míos, por quienes
sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros (25).
Por eso es esencial para todos el proselitismo, que colma
sobradamente esa exigencia de la vida humana. ¿Quién no tiene hambre
de perpetuar su apostolado? (26).
¿Y quién no ha sentido, haciendo proselitismo,
ese gozo profundamente humano y sobrenatural de un nacimiento a la
(24) Camino, n. 171.
(25) Gala. IV, 19.
(26) Camino, n. 809.
-212-
vida
de la gracia, a la santidad y al apostolado, la alegría del nacimiento de un
hijo de su espíritu? ¿Ansia de hijos?... Hijos, muchos hijos, y
un rastro imborrable de luz dejaremos si sacrificamos el egoísmo de la carne
(27).
El celibato apostólico cuenta con una explícita promesa de
Dios: les daré un lugar en mi casa y dentro de mis muros, y un nombre mejor
que hijos e hijas: un nombre sempiterno les daré, que no perecerá (28).
Por eso, Jesús enderezó aquella alabanza que cierta mujer, entre la
turba, dirigió a María Santísima: bienaventurado el vientre que te llevó
y los pechos que te criaron. Pero El replicó: bienaventurados
más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan (29).
Fidelidad hasta el heroísmo
Fieles hemos de ser en la juventud y en la madurez. Si para
alguien llegase algún momento difícil, debe resolverlo con sentido de fidelidad;
con la misma lealtad, al menos, de las personas honradas que, habiendo recibido
de Dios una vocación al matrimonio, se mantienen fieles a sus deberes de esposos
y de padres. La fidelidad sobrenatural tiene una base humana, que se llama lealtad,
con la que Dios cuenta para llevar innumerables personas a su luz y a su amor.
Hay muchas almas alrededor de vosotros -escribió nuestro
Fundador-, y no tenemos derecho a ser obstáculo para su bien espiritual.
Estamos obligados a buscar la perfección cristiana, a ser santos, a no defraudar,
no sólo a Dios por la elección de que nos ha hecho objeto, sino también a todas
esas criaturas que tanto esperan de nuestra labor apostólica. Por motivos humanos
también: incluso por lealtad luchamos por dar buen ejemplo. Si algún día tuviésemos
la desgracia de que nuestras obras no fueran dignas de un cristiano, pediremos
al Señor su gracia para rectificar (30).
(27) Camino, n.
28.
(28) Isai. LVI, 5.
(29) Luc. XI,
27-28.
(30) De nuestro Padre, Carta,
24-III-1931, n. 57.
-213-
Si el momento fuese realmente heroico, hay que pensar que,
en efecto, la santidad se compone de virtudes heroicas; y ésa será una buena
oportunidad para demostrar seriamente a Dios nuestro amor, y la entereza de
nuestra fidelidad de personas íntegras. El consejo que ya San Agustín daba en
su época, continúa siendo actual: ¡continuad, santos de Dios, jóvenes y muchachas,
hombres y mujeres, vosotros que vivís en el celibato
y vosotros los que no habéis vuelto a contraer nupcias: perseverad hasta el fin! Alabad al Señor tanto más suavemente
cuanto con más plenitud ocupa El vuestros pensamientos;
esperad tanta mayor felicidad cuanto más fielmente
le servís; amadlo tanto más ardientemente cuanto más
atentos estáis en agradarle (31).
Con ser humanamente mucho lo que se pide a quienes viven
el celibato, es incomparablemente más lo que reciben, también en esta vida.
Esta es parte de la añadidura que el Señor promete a los que buscan ante
todo el reino de Dios y su justicia. Es cuestión de tener fe en la propia vocación,
sin ponerla nunca en tela de juicio, confiando en que quien ha empezado en
vosotros la buena obra, El mismo la llevará a cabo hasta el día de la venida
de Jesucristo (32)
Para esa fe y para esa fortaleza, para esa fidelidad, es
indispensable el amor, un gran amor a Dios que nos permitirá mantener y llevar
a término este modo completamente celestial de servirse de la vida (33),
que
es la entrega a Dios del alma y del cuerpo en celibato apostólico. Por eso se
nos dijo desde el comienzo: ¿que cuál es el secreto de la perseverancia?
El Amor. -Enamórate, y no "le" dejarás (34).
Hemos de pedir insistentemente a Santa María, Madre del Amor
Hermoso, que a todos nos conserve íntegros en el servicio de Dios; que conserve
para Dios -en la juventud y en la madurez- este corazón que le hemos entregado;
que nos haga leales y fieles en el Amor.
(31) San
Agustín, De sancta virginitate 27.
(32) Philip. 1, 6.
(33) San
Ambrosio, De virginibus 1, 3.
(34) Camino, n. 999.
-214-
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