LA VOCACION PROFESIONAL
Este es el origen de los cielos y la tierra cuando fueron
creados. Al tiempo de hacer Yavé Dios la tierra y los cielos, no había aún arbusto
alguno en el campo, ni germinaba la tierra hierbas, por no haber todavía llovido
Yavé Dios sobre la tierra, ni haber todavía hombre que la labrase (1).
Dios creó la tierra, y la dejó -en cierta manera- inacabada,
porque quería asociar al hombre a su obra creadora. Tomó,
pues, Yavé Dios al hombre,
y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase (2). El hombre ha sido creado ut operaretur -dice
el texto latino-, para trabajar, para dominar la tierra y encaminarla hacia
su acabamiento, haciendo brillar así las perfecciones de Dios en el mundo. Y
al empeñarse en esta tarea, el hombre encuentra su propia perfección, se acerca
más a Dios.
El deber natural de trabajar
El mandato divino del trabajo no fue un castigo por el pecado
de nuestros primeros padres, pero aquella desobediencia sí añadió unas
(1) Genes. II, 4-5.
(2) Genes, II, 15.
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consecuencias penales al trabajo: el esfuerzo y el cansancio
que lleva consigo. Después del pecado -escribió
nuestro Fundador-, permanece la misma realidad de trabajo, unido
-a causa de ese pecado- al dolor, a la fatiga: comerás el pan con el sudor
de tu frente (Genes. III, 19), se lee en el Génesis. No es el trabajo algo
accidental, sino ley para la vida del hombre: sex diebus operaberis, septimo
die cessabis (Exod. XXIII, 12), trabajarás durante seis días, al séptimo
descansarás (3).
El
trabajo es una obligación primordial de todo ser humano, precisamente porque
en cuanto "imagen de Dios" es una persona, es decir, un sujeto
capaz de actuar de modo programado y racional, capaz de decidir autónomamente,
que tiende a la realización de sí mismo. Como persona, pues, el hombre está
sujeto al trabajo (4), y no debe sustraerse a esta ley. Por eso, el trabajo
es el medio ordinario de subsistencia; por él, el hombre se une a sus hermanos
y les presta un servicio, puede practicar la verdadera caridad y cooperar al
perfeccionamiento de la creación divina (5).
Porque
el trabajo es necesario, su ausencia -la ociosidad- trae graves consecuencias
para el hombre. La ociosidad enseña muchas maldades (6), pues le impide
perfeccionarse, debilita el carácter, espolea la concupiscencia y abre el campo
a muchas tentaciones. Todos los pecados -me has dicho- parece que
están esperando el primer rato de ocio. ¡El ocio mismo ya debe ser un pecado! (7).
Esta
vocación general al trabajo se concreta en cada persona según su vocación profesional.
Siendo el hombre un ser limitado, no puede realizar tareas genéricas, sino un
trabajo concreto, para el que posee ciertas aptitudes particulares o una inclinación
natural; o para el que se prepara mediante- una formación específica,
llevado de las diversas circunstancias que orientan la elección de una determinada
profesión u oficio.
Una
persona no puede querer ser cualquier cosa, sin ninguna res-
(3) De nuestro Padre, Carta,
15-X-1948, n. 3.
(4) Juan Pablo II, Litt. enc. Laborem
exercens, 14-IX-1981, n. 6.
(5) Concilio Vaticano II, Const. past.
Gaudium et spes, n. 67.
(6) Eccli. XXXIII, 29.
(7) Camino, n. 357.
-234-
tricción,
sino algo de entre aquello que puede ser. El hombre llamado al trabajo es libre
para elegir una profesión entre las que se le presentan como posibles. Si elige
un modo de trabajar inasequible para él, incumple indirectamente el deber fundamental
del trabajo. Ahora comprenderéis todavía mejor que si alguno de
vosotros no amara el trabajo. ¡el que le corresponde!, si no se sintiera auténticamente
comprometido en una de las nobles ocupaciones terrenas para santificarla, si
careciera de una vocación profesional, no llegaría jamás a calar en la entraña
sobrenatural de la doctrina que expone este sacerdote, precisamente porque le
faltaría una condición indispensable: la de ser un trabajador (...).
Convenceos de que la vocación profesional es parte esencial, inseparable,
de nuestra condición de cristianos. El Señor os quiere santos en el lugar donde
estáis, en el oficio que habéis elegido por los motivos que sean: a mí, todos
me parecen buenos y nobles -mientras no se opongan a la ley divina-, y capaces
de ser elevados al plano sobrenatural, es decir, injertados en esa corriente
de Amor que define la vida de un hijo de Dios (8).
Sentido cristiano del trabajo
Esta perspectiva del trabajo y de la vocación profesional,
adquiere un nuevo brillo si el que lo realiza es un cristiano. Los cristianos
corrientes -aquéllos por quienes Jesús rogaba: no te pido que los saques
del mundo, sino que los preserves del mal (9)-
han de buscar la santidad y ejercer el apostolado en el lugar
que ocupan en la sociedad, en el sitio en que Dios los ha puesto. De ahí que,
lejos de quedar eximidos de la obligación de trabajar, ese deber común a todos
los hombres está reforzado por un nuevo título. Como afirmó nuestro Padre desde
el 2 de octubre de 1928, el trabajo profesional es -e importa
en gran manera decirlo muy claramente- modo y camino de santidad, realidad santificable
y santificadora (10).
(8) Amigos de Dios, nn. 58
y 60.
(9) Ioann. XVII, 15.
(10) De nuestro Padre, Carta,
15-X-1948, n. 4.
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El ejercicio de la profesión
constituye uno de los medios más importantes de santificación, uno de
los modos más eficaces para ajustaros a la Voluntad divina y merecer el Cielo
(11). Por eso, el cristiano no puede enterrar -como
el siervo de la parábola evangélica- el talento natural que ha recibido. El
Señor nos ha dejado en depósito unos bienes: ha dado a
uno cinco talentos, a otro dos y uno sólo a otro; a cada uno según
su capacidad (12).
Y cada uno ha de santificarse negociando con
esos talentos que se le han confiado, si quiere recibir la alabanza del Señor:
muy bien, siervo bueno y fiel (13).
No sólo esto. Enseña
el Magisterio de la Iglesia que, con la oblación de su trabajo
a Dios, los hombres se asocian a la obra redentora de Jesucristo, quien dio
al trabajo una dignidad sobreeminente, laborando con
sus propias manos en Nazaret (14). Jesús mismo, que era
conocido como el artesano, hijo de María (15), nos ha dado ejemplo en
este sentido. Emplea casi toda su vida en la tierra en un trabajo manual, siempre
el mismo, y sin brillo. Para quienes no sepan ver el valor del trabajo -del
trabajo útil, para ganarse el pan-, la vida de Cristo será escándalo o necedad.
La vida oculta de Jesús constituye un
ideal que todo cristiano puede y debe imitar. No me explico
-exclamaba nuestro Padre- que te llames cristiano y tengas esa vida de vago inútil.
-¿Olvidas la vida de trabajo de Cristo? (16). El trabajo que Nuestro
Señor desarrolló en Nazaret es el modelo acabado de cómo debe ejercitar su profesión
un cristiano, para que sea verdaderamente camino de santidad. Escribió nuestro
Padre que en manos de Jesús
el trabajo, y un trabajo profesional similar al que desarrollan millones de
hombres en el mundo, se convierte en tarea divina, en labor redentora, en camino
de salvación
(17).
El trabajo debería haber sido una tarea fácil y placentera;
pero cuando el primer hombre, Adán, desobedeció, Dios le expulsó del Paraí-
(11) Pío XII, Alloc. 25-IV-1950.
(12) Matth. XXV, 15.
(13) Matth. XXV, 21.
(14) Concilio
Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n.
67.
(15) Marc. VI, 3.
(16) Camino, n. 356.
(17) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 3.
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so
terrenal y sonaron las palabras severas, que explican el carácter penoso del
trabajo: comerás el pan con el sudor de tu rostro (18). Desde entonces,
el trabajo supone -lo sabemos bien, porque es tina experiencia
vivida cada día- esfuerzo y, por tanto, cansancio y ,fatiga: es, sin embargo,
evidente que nos proporciona una constante ocasión para sentirnos más cerca
de Cristo que cargó sobre sí nuestros dolores (Isai. LIII, 4) (19).
Esas dificultades de la tarea profesional bien hecha, el
sudor y la fatiga que necesariamente lleva consigo el trabajo en la condición
presente de la humanidad, brindan al cristiano y a todo hombre, llamado a seguir
a Cristo, la posibilidad de participar con amor en la obra que Cristo ha venido
a cumplir (cfr. Ioann. XVII, 4). Esta
obra de salvación se ha cumplido por medio del sufrimiento y de la muerte en
la Cruz. Soportando la fatiga del trabajo en unión con Cristo crucificado por
nosotros, el hombre colabora de algún modo con el Hijo de Dios en la redención
de la humanidad, y se demuestra verdadero discípulo de Cristo cuando lleva su
cruz cada día (cfr. Luc. IX, 23) en la actividad que debe realizar (20).
Además, el cristiano siente el imperativo de restaurarlo
todo en Cristo: Jesús nos urge. Quiere que se le alce de nuevo,
no en la Cruz, sino en la gloria de todas las actividades humanas, para atraer
a sí todas las cosas (cfr. Ioann. XII, .32) (21). Hay que cristianizar las instituciones
de los pueblos, la ciencia, la cultura, la civilización, la política, el arte,
las relaciones sociales. Y para establecer en todo el Reino de Dios, es preciso
que en todas las actividades humanas haya hijos de Dios que, identificados con
Cristo, realicen con la mayor perfección posible su trabajo y lo ofrezcan por
Cristo, con Cristo y en Cristo (22) a
Dios Padre, en sacrificio de adoración, de acción de gracias, de expiación y
de petición por todas las almas.
En
aquellas palabras de la Escritura -cuando sea levantado de la tierra, atraeré
a todos hacia mí (23)-, nuestro
Padre captó de un modo
(18) Genes. III, 19.
(19) De
nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n.
4.
(20) Juan
Pablo II, Litt. enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n. 27.
(21) De
nuestro Padre, Instrucción, 1-IV-1934, n. 1.
(22) Ordo Missae, Canon Romano.
(23) Ioann. XII, 32.
-237-
nuevo
la Voluntad de Dios para muchos cristianos, y específicamente para sus hijos
en el Opus Dei. Lo entendí perfectamente. El Señor nos decía: si
vosotros me ponéis en la entraña de todas las actividades de la tierra, cumpliendo
el deber de cada momento, siendo mi testimonio en lo que parece grande y en
lo que parece pequeño..., entonces omnia traham ad meipsum! ¡Mi reino
entre vosotros será una realidad! (24).
De este modo, por lo mismo que el trabajo profesional es
camino para alcanzar la santidad en medio del mundo, lo es también para ejercer
el apostolado. Por otra parte, hoy más que nunca, por la configuración peculiar
de la sociedad, es el trabajo uno de los medios más importantes con que cuentan
los hombres para relacionarse entre sí, y consiguientemente para atraer otras
personas a la fe cristiana y a la santidad de vida. Nos lo señalaba nuestro
Padre, cuando escribía: el trabajo profesional -sea el que sea-
se convierte en un candelero que ilumina a vuestros colegas y amigos. Por eso
suelo repetir a los alce se incorporan al Opus Dei, y mi afirmación vale para
todos los que me escucháis: ¡qué me importa que me digan que fulanito es buen
hijo mío -un buen cristiano-, pero un mal zapatero! Si no se esfuerza en aprender
bien su oficio, o en ejecutarlo con esmero, no podrá santificarlo ni ofrecérselo
al Señor; y la santificación del trabajo ordinario constituye como el quicio
de la verdadera espiritualidad para los que -inmersos en las realidades temporales-
estamos decididos a tratar a Dios (25).
Medio específico de santidad
Para hacer asequible a todas las almas la búsqueda de la
santidad y el ejercicio del apostolado en medio del mundo, ha suscitado el Señor
su Obra, que es operatio Dei, trabajo de Dios. Porque el
Opus Dei agrupa en su seno a cristianos de todas las clases, hombres .y
mujeres, célibes y casados, que estando en medio del mundo -pues son seglares
corrientes- aspiran, por vocación divina, a la perfección cristiana y a llevar
la luz de
(24) De nuestro Padre, Meditación,
27-X-1963.
(25) Amigos de Dios, n.
61.
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Cristo
a los demás hombres dentro de su propio ambiente, mediante la santificación
del trabajo ordinario
(26) Aún más: toda la espiritualidad
del Opus Dei se apoya, como la puerta en el quicio, en el trabajo profesional
ejercido en medio del mundo. Sin vocación profesional, no se puede venir al
Opus Dei: faltaría la misma materia que hay que santificar y con la que tenemos
que santificar.
El Señor nos ha dado a cada uno cualidades y aptitudes concretas,
unas determinadas aficiones; a través de los diversos sucesos de vuestra vida
se ha ido perfilando vuestra personalidad y habéis visto, como más propio, un
cierto campo de actividades. Al trabajar después en ese campo concreto, se ha
configurado progresivamente vuestra mentalidad, adquiriendo las características
peculiares de ese oficio o profesión.
Todo eso -vuestra vocación profesional- habéis de conservarlo,
puesto que es cosa que pertenece también a vuestra vocación a la santidad. Os
he dicho mil veces que la vocación humana es una parte, y una parte importante,
de nuestra vocación divina, porque nuestra vida puede resumirse diciendo
que hemos de santificar la profesión, santificarnos en la profesión, y santificar
con la profesión (27).
El trabajo profesional es, para el cristiano corriente, camino
de santidad. Lo que hacen todos los hombres, será ocasión de mérito sobrenatural,
sin más que realizarlo en gracia de Dios y por amor de Dios, con rectitud de
intención. Date al trabajo de la agricultura, si eres labrador -explica
un antiguo escritor eclesiástico-; y mientras cultivas los campos, conoce
a Dios. Navega, tú que te dedicas a la navegación; pero no sin antes invocar
al que gobierna los cielos (28).
O, más precisamente, con palabras de nuestro Padre: pon
un motivo sobrenatural a tu ordinaria labor profesional, y habrás santificado
el trabajo
(29).
Otra vez, como en la vida de los Apóstoles y de los primeros
cristianos, vuelve a ser el ejercicio de la profesión arma eficacísima de santidad
y de apostolado, reconocida y bendecida por la Iglesia. Es preciso, pues,
que esta espiritualidad cristiana del trabajo llegue a ser patrimo-
(26) De nuestro Padre, Crónica III-60, p. 9.
(27) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 6.
(28) Clemente Alejandrino, Protrepticus
X.
(29) Camino, n. 359.
-239-
nio
común de todos. Es preciso que, especialmente en la época actual, la espiritualidad
del trabajo demuestre aquella madurez que viene exigida por las angustias y
preocupaciones de la mentes y los corazones (30).
La necesidad de adquirir prestigio profesional no debe enmascarar
nunca fines egoístas: hay que realizar el trabajo con rectitud de intención.
Y esto tiene unas manifestaciones bien definidas, que han de ser objeto de examen
y de propósitos de mejora, para purificar constantemente la vocación profesional
y acrisolar la entrega. Que todos; los jóvenes y los mayores -escribe
nuestro Padre-, consideren con frecuencia la intención con que
realizan su trabajo, teniendo presente que son manifestaciones de falta de rectitud
de intención: moverse por motivos humanos, no cuidar los detalles pequeños,
desatender la vida de familia o los encargos apostólicos, no aprovechar su trabajo
profesional –prestigioso o no-, para hacer una honda labor de apostolado
(31).
El peligro de la "profesionalitis"
Amamos nuestra profesión, que la gracia de Dios ha elevado
a una categoría superior, haciéndola medio de santidad y de apostolado. Si no
perdemos este punto de vista, sabremos reaccionar con prontitud y alegría ante
exigencias de nuestra entrega a Dios que, en ocasiones, podrían verse como limitaciones
injustificadas, que obligan a torcer el rumbo que quizá había tomado o estaba
a punto de tomar nuestra vida profesional.
La vocación profesional
es algo que se va concretando a lo largo de la vida: no pocas veces el que empezó
unos estudios, descubre luego que está mejor dotado para otras tareas, y se
dedica a ellas; o acaba especializándose en un campo distinto del que previó
al principio; o encuentra, ya en pleno ejercicio de la profesión que eligió,
un nuevo trabajo que le permite mejorar la posición social de los suyos, o contribuir
más eficazmente
(30) Juan Pablo II, Litt.
enc. Laborem exercens, 14-IX-1981, n.
25.
(31) De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n.
19.
-240-
al bien
de la colectividad; o se ve obligado, por razones de salud, a cambiar de ambiente
y de ocupación.
El
que era médico acaba siendo negociante; el que era obrero, dirigiendo un pequeño
taller; el que era campesino, trasladándose a la ciudad y empleándose en una
fábrica; el que era abogado, administrando las fincas que heredó de sus padres
o dirigiendo una banca.
Hijas
e hijos míos,
-escribe nuestro Padre-, con
vosotros sucede igual: sois uno más -iguales a vuestros colegas del mundo-,
y vuestra vida está sometida a las mismas reglas que las de los otros. Y es
esa vida, con todos los cambios que puedan traer consigo las diversas circunstancias
en las que os encontréis, la que habéis de santificar (32).
Para
enseñarnos a reaccionar sobrenaturalmente, si alguna vez se presentara en nuestra
vida el peligro de valorar desmesuradamente la profesión, desvinculándola de
su dimensión divina, nuestro Fundador nos ponía un ejemplo muy gráfico. Todos
hemos oído hablar -nos decía- de
aquellas barcas llenas de objetos preciosos, que, ante el peligro de ir a pique,
se salvaban porque la tripulación arrojaba al mar todos los tesoros, todas las
joyas que transportaban. Si un día -no tiene por qué suceder, y no sucede cuando
hay talento y humildad-, si un día –digo- os pareciera ver una oposición, en
la labor profesional, entre la libertad y la vocación, es la hora de tomar ejemplo
de los marineros y echar por la borda todo lo que estorba, y decir al Señor:
ecce ego quia vocasti me (I Reg. III, 6), aquí estoy porque me
has llamado; ut iumentum (Ps. LXXII, 23), como un borrico de Dios.
Entonces
nos damos cuenta de que tenemos más libertad que nunca, y somos más felices.
Además -os lo aseguro- no se pierde el bagaje; se recupera, al calmarse el mar
revuelto de las propias pasiones, cuando se tiene un poco de formación y se
habla con sinceridad: ut iumentum!, haremos lo que sea, con la docilidad,
con la humildad, con la perseverancia y con la sabiduría del borrico.
No se pierde,
repito, la vocación profesional, porque -una vez purificada la intención- vuelve
a verse en un orden superior, mejor que nunca:
(32) De nuestro Padre, Carta,
15-X-1948, nn. 33-34.
-241-
es siempre
áncora, siempre anzuelo, medio de santificación personal y medio de apostolado:
y comprendemos con luz clara la unidad divina entre nuestro trabajo humano y
nuestra labor apostólica, que -sin esa unión- haría imposible, ineficaz, nuestra
dedicación a Dios en el mundo, en nuestro estado y en nuestra profesión u oficio
(33).
El peligro puede presentarse, en ocasiones,
en forma de activismo
o de profesionalitis.
Esas dos enfermedades tienen un tratamiento único:
piedad, vida interior, aumento de trato con el Señor. Con la misma fuerza con que antes os invitaba
a trabajar, y a trabajar bien, sin miedo al cansancio -escribió nuestro Fundador-; con esa misma insistencia, os invito ahora
a tener vida interior. Nunca me cansaré de repetirlo: nuestras Normas de piedad,
nuestra oración, son lo primero. Sin la lucha ascética, nuestra vida no valdría
nada, seríamos ineficaces, ovejas sin pastor, ciegos que guían a otros ciegos
(cfr. Matth. IX, 36; XV, 14).
Hijas e hijos míos, si alguna vez el trabajo -aun disfrazado de
celo apostólico- os impidiese cumplir con amorosa fidelidad las Normas de nuestro
plan de vida, ya no estaríais haciendo el Opus Dei: lo vuestro entonces sería
obra del demonio, opus diaboli (...).
Hemos de encontrar nuestro alimento en la Misa, que es el centro
de nuestra vida interior, en el encuentro con Cristo en el Evangelio y en la
Sagrada Eucaristía, en la confianza amorosa con María Santísima, en la docilidad
a las inspiraciones del Espíritu Santo, en el trato filial con nuestro Padre
Dios. En una palabra: en el cumplimiento de nuestras Normas de vida, con el
espíritu peculiar de la Obra
(34).
Entregar la profesión
Hemos de ver la profesión en la perspectiva
de las necesidades apostólicas. Como explicaba nuestro Fundador, de la misma manera que el padre de familia,
al considerar su trabajo, piensa no sólo en sus
(33) De nuestro Padre, Carta,
15-X-1948, n. 8.
(34) De nuestro Padre, Carta,
15-X-1948, n. 21.
-242-
aficiones
personales, sino en el bien de sus hijos; de esa misma manera vosotros no debéis
perder de vista el bien del apostolado. No es contrario a vuestra vocación profesional,
y es muestra de buen espíritu, si ante diversas posibilidades igualmente libres,
escogéis aquella en la que se os presenta ocasión de hacer una tarea espiritual
más fecunda (35).
También podría suceder que en algún caso -por
un tiempo, o definitivamente- se nos propusiera abandonar la profesión que con
tanto cariño cultivábamos, para dedicarnos de lleno a una labor interna. Hablando
de la entrega específica de los Numerarios y Agregados, nuestro Fundador comentó
muchas veces: todos los Numerarios
y los Agregados han de estar dispuestos a abandonar la labor profesional más
floreciente, para dedicarse a las tareas más humildes, si así lo dispusieran
los Directores. Pongamos un ejemplo.
Si
un hijo mío, químico, tiene una probeta en la mano, y con sólo echar tres gotas
va a inventar la piedra filosofal; si en aquel mismo momento le encomiendan
otro trabajo, ese hijo mío, si tiene mi espíritu, razonará y, si -a pesar de
todo- le indican que deje la primera tarea, abandonará la probeta y se irá inmediatamente
a esa nueva ocupación, para toda la vida si fuera preciso.
Y
no inventa la piedra filosofal, porque ha descubierto la piedra filosofal del
amor de Dios, porque ha descubierto la santidad. Pedid conmigo, al Señor, que
seamos fieles, que tengamos siempre rectitud de intención, y afán verdaderamente
apostólico
(36).
Si alguna vez se presenta
la necesidad de cambiar de profesión por motivos apostólicos, no debemos pensar
que nos quedamos sin vocación profesional, o que realizamos algo extraordinario.
Hijas e hijos míos, no lo olvidéis: si es verdad que la vocación
profesional es parte de nuestra vocación divina, lo es en tanto en cuanto el
trabajo profesional -intelectual o manual- es medio para nuestro apostolado
y para nuestra santificación: para servir a Dios, para servir a todas las almas
por Dios. Si en algún momento la vocación profesional supone un obstáculo, enton-
(35)
De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 34.
(36)
De nuestro Padre, Carta, 15-X-1948, n. 36.
-243-
ces se echa a rodar, porque ha dejado de ser medio; si absorbe de
tal modo que dificulta o impide la vida interior o el fiel cumplimiento de los
deberes de estado; si no es anzuelo que atraiga a las gentes, no me interesa
y no es parte de la vocación divina, porque ya no es vocación profesional, sino
vocación diabólica. En tanto en cuanto es medio para santificarnos y para santificar
a los demás, he dicho, la vocación profesional es parte de nuestra vocación
divina (37).
Todo en nuestra vida se dirige a este fin. Los medios, por
muy nobles y aun indispensables que sean, dejan de ser buenos cuando no sirven
para el fin que les da sentido. Por eso, cuando el ejercicio de la profesión,
por cualquier causa, dejase de servir a nuestra santidad, habría perdido toda
su razón de ser.
Pero, en esos casos, ¿no estamos acaso enterrando nuestro
talento, como el siervo perezoso de la parábola? Aquí tenemos la respuesta de
nuestro Padre: piensa, hijo mío, qué grato es a Dios Nuestro Señor
el incienso que se quema en su honor. Piensa en lo poco que valen las cosas
de la tierra, que apenas empiezan y ya se acaban. Piensa que todos los hombres
somos nada: pulvis es, et in pulverem reverteris (Feria IV Cinerum,
Ant.); volveremos a ser como el polvo del camino. Pero lo extraordinario
es que, a pesar de eso, no vivimos para la tierra ni para nuestra honra, sino
para la honra de Dios, para la gloria de Dios, para el servicio de Dios. ¡Esto
es lo que nos mueve!
(38).
Sacrificadas a Dios generosamente aquellas ilusiones -que
tal vez fueran demasiado humanas, si mucho dudásemos en entregarlas-, nos emplearemos
en el nuevo trabajo, que la Voluntad de Dios nos señala, con amor, con abnegación,
apasionadamente, porque nos apasiona servir a Dios, como El quiera ser servido.
Y no perdemos por eso la vocación profesional, que subsiste íntegra -perfectamente
engarzada en la obediencia- en esa nueva ocupación que pasa a ser nuestro trabajo
profesional, en el que ponemos todo nuestro empeño, hasta que el Señor disponga
otra cosa.
(37) De nuestro Padre, Carta,
15-X-1948, n. 7.
(38) De nuestro Padre, Meditación
Vivir para la gloria de Dios, 21-XI-1954.
-244-
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