LAS CONSECUENCIAS
DE LA POBREZA
La doctrina cristiana nos enseña que todos los bienes proceden
del Creador. No sólo hemos recibido de Dios
los bienes espirituales y celestiales
-exclama
San León Magno-, sino también nos han
venido de su generosidad las riquezas terrenas y corporales (San León Magno, Homiliae 10, 1). Nuestro Fundador proclamó
siempre que el mundo no es malo, porque ha salido de las manos
de Dios, porque es criatura suya, porque Yaveh lo miró y vio que era bueno (cfr.
Genes. 1, 7 ss) (Conversaciones, n. 114) (...).
Los bienes materiales son,
pues, queridos positivamente por Dios, y nosotros hemos de utilizarlos como
medio de santificación y de apostolado, para servir a Dios y a los hombres (1).
Sin embargo, el desorden introducido en el mundo por el
pecado de origen, agravado luego por los pecados personales de cada uno, hace
que en tantas ocasiones la criatura humana pierda su rectitud en el uso de los
bienes materiales, hasta invertir y retorcer el orden establecido por Dios.
Se llega así, en no pocas circunstancias, al absurdo de pretender convertir
esos bienes en término y fin del destino humano, como si alcanzásemos aquí,
abajo una morada permanente (cfr. Hebr. XIII, 14). Es necesario estar
prevenidos contra esta tentación, hijas e hijos míos, que es capaz de sujetar
en sus redes a muchas criaturas; también a quienes, por vocación divina, debe
(1) Del Padre, Carta, 1-I-1989.
-245-
mos caminar y trabajar en medio
del mundo, usando de los bienes terrenos con el fin de conducir a Dios todas
las cosas (2).
El desprendimiento de
los bienes temporales facilita una relación más estrecha y filial con nuestro
Padre Dios, que en su Providencia amorosa cuida de quienes en El confían (3).
El amor a la pobreza es distintivo de los discípulos de Cristo, quien -como
afirma San Pablo- siendo
rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos
por
su pobreza (4). El amor a la pobreza reafirma la confianza en
Dios e impulsa a poner los ojos en los verdaderos bienes: bienaventurados
los pobres de espíritu, porque
de ellos es el reino de los cielos (5).
Mientras
vivimos en la tierra, marcados por las heridas del pecado, mantener el corazón
desprendido de los bienes terrenos requiere una atención constante. Tan importante
es esta vigilancia, que por sí misma muestra la sinceridad del amor a Dios.
Y así, cuando de verdad se ama a Nuestro Señor, se quiere también esa vigilia
de sacrificio, que mantiene despierto el amor.
Por esto,
amar la pobreza es amar sus consecuencias, el sacrificio diario por hacer realidad
el ideal que nos mueve: no aspirar a otra cosa sino a Dios. Claramente lo dejó
escrito nuestro Padre: no
amas la pobreza si no amas lo que la pobreza lleva consigo (6).
Aprender a ser pobres
Hemos venido al Opus Dei dispuestos a
vivir completamente desprendidos de los bienes materiales. Por eso, vivir la
pobreza es mucho más que cuidar determinados criterios de conducta. Requiere
desasimiento interior: en el deseo, en el pensamiento, en la imaginación; exige
la identificación con un espíritu, el de Cristo, tal como El mismo, a través
de nuestro Padre, nos lo ha señalado.
Mirad -nos
advirtió- que
(2) Ibid.
(3) Cfr. Luc. XII, 22-28.
(4) II Cor. IX,
8.
(5)
Matth. V, 3.
(6)
Camino, n. 637.
-246-
lo importante
no se concreta en la materialidad de poseer esto o de carecer de lo otro, sino
en conducirse de acuerdo con la verdad que nos enseña nuestra fe cristiana:
los bienes creados son sólo eso, medios (7).
Para
ilustrar este criterio, nuestro Fundador nos contó, entre otros, un recuerdo
de su vida que es muy claro. Hace muchos años
-escribe en una de sus homilías- (...)
iba yo por un comedor de caridad, para pordioseros que no tomaban al día
más alimento que la comida que allí les daban. Se trataba de un local grande,
que atendía un grupo de buenas señoras. Después de la primera distribución,
para recoger las sobras acudían otros mendigos y, entre los de este grupo segundo,
me llamó la atención uno: ¡era propietario de una cuchara de peltre! La sacaba
cuidadosamente del bolsillo, con codicia, la miraba con fruición y al terminar
de saborear su ración, volvía a mirar la cuchara con unos ojos que gritaban:
¡es mía!, le daba dos lametones para limpiarla y la guardaba de nuevo satisfecho
entre los pliegues de sus andrajos. Efectivamente, ¡era suya! Un pobrecito miserable,
que entre aquella gente, compañera de desventura, se consideraba rico.
Conocía
yo por entonces a una señora, con título nobiliario, Grande de España (...).
Residía en una casa de abolengo, pero no gastaba para sí misma ni dos pesetas
al día. En cambio, retribuía muy bien a su servicio, y el resto lo destinaba
a ayudar a los menesterosos, pasando ella misma privaciones de todo género.
A esta mujer no le faltaban muchos de esos bienes que tantos ambicionan, pero
ella era personalmente pobre, muy mortificada, desprendida por completo de todo.
¿Me habéis entendido?
(8).
No
es posible vivir el espíritu de desprendimiento sin un amor real y práctico
a las consecuencias de la pobreza, pues la naturaleza humana tiende a la comodidad,
y ser pobre no resulta cómodo. Por eso, no basta querer ser pobre.
Hay que aprender a ser pobre (9), dejándose
formar y manteniendo un entrenamiento constante. También San Pablo sostuvo este
mismo aprendizaje para vivir desprendido de todo, en cualquier circunstancia:
he aprendido a vivir en pobreza; he aprendido
a vivir en
(7) Amigos de Dios,
n. 118.
(8) Amigos de Dios,
n. 123.
(9) De nuestro Padre,
n. 40.
-247-
abundancia;
estoy acostumbrado a todo y en todo, a la hartura y a la escasez, a la riqueza
y a la pobreza. Todo lo puedo en Aquel que me conforta (10).
Las consecuencias de nuestra pobreza son la mejor escuela
para aprender a vivir esta virtud, pues dan la medida exacta de la
exigencia
que el Señor nos pide. No sería propio de un alma verdaderamente enamorada,
que ha dado todo por el Reino de los Cielos, echar en falta situaciones en las
que las consecuencias de la pobreza no fueran tantas o tales. Nos lo advierte
el Salmo, cuando pone en labios del justo estas palabras: estaban
ya deslizándose mis pies, casi había resbalado. Porque miré con envidia a los
impíos viendo la prosperidad de los malos (11). La verdadera pobreza cristiana es incompatible,
no sólo con la ambición de bienes superfluos, sino con la inquieta solicitud
de los necesarios. Si esto le ocurriera a una persona que, respondiendo a una
vocación divina, ha dejado todas las cosas para seguir de cerca a Jesucristo,
indicaría que su vida espiritual se está llenando de tibieza. Cuando
el espíritu de pobreza se resquebraja, es que va mal toda la vida interior (12).
Por el contrario, la aceptación alegre de las privaciones
e incomodidades que la pobreza lleva consigo, une estrechamente a Jesucristo
y es señal del amor de predilección que el Señor ha tenido con su criatura.
Responsabilidad económica
Una consecuencia fundamental de la pobreza, vivida según
el espíritu del Opus Dei, es la responsabilidad por ser autosuficientes económicamente:
sostenernos con nuestro trabajo y colaborar al mantenimiento de las labores
apostólicas. Cada uno de mis hijos -ha dicho nuestro Fundador-
tiene muy claro el criterio: lo primero y más impor-
(10) Philip. IV, 12-13.
(11) Ps. LXXII, 2-3.
(12) De nuestro Padre, Meditación,
7-III-1962.
-248-
tante es
cumplir las Normas de vida, que son camino seguro de santidad; y al
mismo tiempo -simultánea e inseparablemente- sostenerse, valerse por sí mismos
en lo económico, y ayudar a sostener la casa en donde vive o el Centro a que
pertenece (13).
Nuestro Padre ha sido tajante en este punto, con una claridad
que trae los ecos de la doctrina y la actuación de San Pablo (14): sería
un error -y un error grave, porque sus consecuencias también lo son- que, a
alguno de mis hijos, se le permitiese hacerse gravoso a la Obra, con cualquiera
de las formas del señoritismo. No hemos de ser señoritos, hemos
de ser señores, con el señorío de los hijos de Dios. Conozco, hijos míos, vuestro
buen espíritu. Sabéis muy bien que, en nuestra vida, lo divino y lo humano están
muy íntimamente unidos -imitamos a Jesucristo, perfecto Dios y perfecto Hombre-,
y lo mismo que el descuido de un simple detalle material bastaría para indicaros
que hubo una falta de amor de Dios, también sabréis descubrir ese defecto en
la raíz misma de algunos datos económicos deficitarios (15).
No somos personas que viven de limosna, ni empleados que
se desentienden de los avatares de la empresa en que trabajan. El Opus Dei es
nuestra familia; los Centros de la Obra son nuestro hogar. ¡Y qué buen punto
de referencia es éste! A un honrado padre o madre de familia, ni se le ocurre
la posibilidad de ser gravoso en el propio hogar; su preocupación constante
está en sacarlo adelante con su trabajo y con su esfuerzo. Así hemos de comportarnos
cada uno de los miembros de la Prelatura, teniendo vivo el deseo de sacar adelante
las labores apostólicas que se nos encomiendan, con los frutos de nuestro trabajo
profesional. Al mismo tiempo, hemos de estimular la generosidad de Cooperadores
y amigos, para que -conscientes de la labor apostólica del Opus Dei, y agradecidos
por los beneficios espirituales que reciben- aporten medios económicos para
esos instrumentos de apostolado, al tiempo que ellos mismos se mejoran mediante
el ejercicio de la generosidad.
(13) De nuestro Padre.
(14) Cfr. II Thes. III,
7-15.
(15) De nuestro Padre, Carta,
29-IX-1957, n. 74.
-249-
Como
padres de familia numerosa y pobre
Otro aspecto importante de la responsabilidad económica que
la pobreza lleva consigo lo determina el uso del dinero de que todos disponemos
para gastos personales: profesión, viajes, relaciones sociales... El deseo de
ser fieles al Señor y eficaces en el apostolado, nos lleva a usar de esos medios
con medida y en lo justamente necesario. Por eso, en el caso de Numerarios y
Agregados, los desembolsos extraordinarios -aunque veamos con evidencia su necesidad
y aunque sean de poca monta- se consultan siempre, con el fin de sustraerlos
al influjo de un juicio parcial, del capricho de un momento, del egoísmo. En
lo ordinario, la decisión de gastar o no queda ordinariamente bajo la única
guía del espíritu, de la finura interior de cada uno.
Todas las semanas se nos invita en el Círculo a examinar
este aspecto del modo de vivir la pobreza. Hay cosas que son objetivamente lujosas,
que desdicen de un apóstol de Jesucristo, aun cuando quizá resulten corrientes
en el medio en que cada uno se mueve. Son objetos, comodidades, caprichos, que
no entran en los gastos ni en el uso -aunque no suponga desembolso alguno- de
quien desea seguir de cerca al Señor. Y no hay qué extrañarse si, prescindiendo
de esas cosas, con naturalidad, nuestra conducta choca con el ambiente que nos
rodea, como un estímulo que ayude a esas personas a salir del aburguesamiento.
He aquí una consecuencia positiva de la pobreza, directamente apostólica, que
manifiesta el amor a las almas y no a los medios en sí mismos.
El gasto caprichoso, por otra parte, es lo más opuesto al
espíritu de mortificación y a un sincero deseo de seguir las pisadas del Maestro,
porque sus huellas son de pobreza y de amor a la Cruz. Ni sería tampoco auténtica
la entrega si se satisficieran deseos y caprichos personales, por la sola razón
de que no los pagamos nosotros ni la Obra: lujos financiados por la empresa,
el Estado, la familia de sangre, la hospitalidad de algún amigo... No vivimos
la pobreza sólo por motivos económicos, sino por motivos ascéticos, por amor
a Jesucristo, en todas las circunstancias.
-250-
Por otra parte, nunca la comodidad ha de guiar nuestros gastos:
antes de hacerlos, hemos de pensar bien si son realmente necesarios, calcular,
hacer un presupuesto, pedir consejo. Para valorar cualquier situación concreta
en que podamos encontrarnos, tenemos el criterio seguro que nos dio nuestro
Padre: de la pobreza te diré que cuando tú, en cualquier circunstancia,
vaciles, y no tengas con quién consultar, porque no sabes si hacer así o asá,
no olvides el criterio claro que te he dado: nosotros somos padres de familia
numerosa y pobre. Y verás como aciertas (16).
Una consecuencia natural de este espíritu nuestro es que
los Numerarios y Agregados demos cuenta de los gastos ordinarios, estando dispuestos,
con humildad, a que nos corrijan. ¿Qué diríais de uno que guarda
el dinero y no da cuenta, aunque no sean más que diez liras? Mal espíritu. Va
mal esa criatura, va mal. Está corrompiendo la Obra, destruyendo la santidad
corporativa; haciendo mal a todos sus hermanos, mientras se hace mal principalmente
a sí mismo (...). Nuestra pobreza ha sido siempre verdadera, real, completa
(17).
Señales de la verdadera pobreza
Nuestro Padre nos ha dejado criterios sencillos y prácticos,
con los que medir la autenticidad de nuestro desprendimiento. Muchas veces nos
los resumió así: señales de la verdadera pobreza: no tener cosa
alguna como propia; no tener cosa alguna superflua; no quejarse cuando falta
lo necesario
(18).
En primer lugar, no tener cosa alguna como propia.
No queremos disponer de nada como si
fuera nuestro: sería empequeñecer el corazón con menudencias. Una vez que hemos
abandonado todo por amor al Señor, ¿vamos a estar apegados a un
relojico, a unos gemelos, a unas estam-
(16)
De nuestro Padre, Meditación, 8-II-1959.
(17)
De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.
(18)
De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.
-251
-
pas o a unos papelucos? (19).
Nos volveríamos ruines
con esas cosas que tanto más achican el alma cuanto más menudas son.
Sin entorpecer la eficacia
de nuestro trabajo y del apostolado, y sin faltar a la naturalidad, evitaremos
considerarnos dueños de aquellos instrumentos que en cualquier familia pobre
y unida son de uso común: automóvil, cámara fotográfica, máquina de escribir,
ordenador, libros, magnetófono... Lo contrario, sería síntoma de evidente aburguesamiento,
impropio del Opus Dei.
Hemos de vigilar, en
efecto, con empeño decidido, para que no haya nunca entre los Numerarios y Agregados
algo más o menos solapadamente parecido al peculio, esa especie de dotación
personal consentida en muchas familias religiosas. ¿Os parecería bonito -pregunta nuestro Padre-, para vosotros, que habéis dejado lo vuestro
y lo de vuestra familia, y las posibilidades que tenéis -porque venís jóvenes-,
para entrar en la Obra, y luego tener esa cosa? Hijos míos, tened la seguridad
de que lo necesario no os faltará. ¿No os parecería tonto que yo tuviera unos
duros guardados para comprarme otros gemelos o unas gafas, o para tomar un café?
(20).
Manifestaciones de ese
voluntario expolio son evitar aun la apariencia de regalos entre nosotros, entregar
al Director los objetos que nos regalen otras personas... Por la misma razón
hemos de cuidar, para que duren, los objetos que usamos. Recuerdo
haber conocido a determinada persona, a quien le gustaba vestir bien: gastaba
una enormidad en trajes; pero cuando llegaba a su casa, tiraba las prendas por
cualquier lado, y explicaba así la razón: no soy yo para la ropa, sino que la
ropa es para mí. Tú, hijo mío, debes pensar si a veces no te pasa un poco lo
mismo. Las cosas se deben gastar, sí, pero sabiendo que no hemos de maltratarlas,
que es preciso hacerlas durar, porque no son nuestras: son un medio para nuestra
santidad personal y para el apostolado (21).
Esta actitud requiere
mortificación, un sacrificio pequeño pero constante -el mismo que pone un padre
o una madre de familia nume-
(19) De nuestro Padre, Meditación, 4-IV-1955.
(20) De nuestro Padre, Meditación, 4-IV-1955.
(21) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.
-252-
rosa
y pobre- que, lejos de ver como una carga, hemos de amar como camino seguro
de santidad: consecuencia de una pobreza real como la que vivió Nuestro Señor.
Es posible comportarse de este modo si vigilamos para que el corazón no se apegue
a los objetos de uso personal, tanto los necesarios para la propia subsistencia
como los instrumentos de trabajo o de apostolado. Vivir desprendidos es, en
primer término, mortificación en el uso y consumo de lo necesario, y saber prescindir
de lo superfluo con señorío, con elegancia humana y sobrenatural.
Este
es el segundo criterio que nos ha dado nuestro Fundador: no tener
cosa alguna superflua. No se compagina con
la pobreza la preocupación por disponer de repuestos innecesarios, en un intento
más o menos disimulado -que puede incluso adquirir tonos ridículos- por asegurarse
el futuro: sería, en el fondo, una injusta desconfianza en la Providencia amorosa
de nuestro Padre Dios. Contemplad los lirios,
cómo crecen; no se fatigan ni hilan, pero yo os digo que ni Salomón en toda
su gloria pudo vestirse como uno de ellos. Y si Dios viste así a la hierba del
campo, que hoy es y mañana se echa al horno,
¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! (22).
Privarnos
de lo superfluo supone también otra clara actitud, que hemos de ejercitar sobre
todo con nuestros hermanos, en las mil incidencias de la vida en familia: cuando
se trate de elegir, lo más pobre, lo menos simpático
(23). Pero
significa, sobre todo, no crearse necesidades. Hemos de exigirnos
en la vida cotidiana, con el fin de no inventarnos falsos problemas, necesidades
artificiosas, que en último término proceden del engreimiento, del antojo, de
un espíritu comodón y perezoso. Debemos ir a Dios con paso rápido, sin pesos
muertos ni impedimentas que dificulten la marcha (24).
Este
punto resulta particularmente interesante en nuestros días, cuando -en muchos
países- el afán de consumo presenta como de primera necesidad aquello que -aun
siendo útil y bueno- es sólo superfluo. Hay cosas que parecen
indispensables, y no lo son. Recuerdo que
(22) Luc. XXII, 27-28.
(23) De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.
(24) Amigos de Dios, n. 125.
-253-
hace años,
cuando correteaba con toda mi ilusión de sacerdote joven por los barrios extremos
de Madrid, me contaron de unas señoras -que ocupaban muchas horas del día en
hacer una labor de caridad, con los pobres de aquellos barrios-, que en lo más
crudo del invierno encontraron un niño, que no se podía decir que estaba mal
vestido, porque más bien iba casi desnudo.
Decía una de aquellas buenas señoras, llena de cristiana compasión:
Pero, hijo mío, ¿no tienes frío? Y el pequeño contestó: ¿tienen ustedes
frío en la cara?, ¿no?: pues, para mí, todo es cara.
Con esta anécdota, yo os quiero recordar, para que no lo olvidéis
jamás, que no debéis cargaros con pretensiones del todo artificiales, que a
última hora no son más que comodidad
(25).
No tener cosa alguna superflua significa aprender a contentarnos
con lo que basta para pasar la vida sobria y templadamente
(26), sin crearnos falsas necesidades,
agradeciendo al Señor que ordinariamente nos permita disfrutar de los medios
adecuados para el trabajo, para el apostolado, para el descanso, pero estando
a la vez dispuestos a prescindir de ellos, si Dios así lo permite.
Y, finalmente, la tercera señal: no quejarse cuando falta lo necesario.
Y cuando falte, ¿qué?, ¿llorar?: ¡no! ¿Reírnos? Quizá tampoco; pero estar alegres
por dentro, muy alegres. Ahora es más difícil que nos falte lo necesario; antes
hemos carecido de lo más imprescindible durante muchos años. Pero si un día
llega de nuevo a faltar, estad contentos, hijos míos, felices; seguros de que,
si os abandonáis en las manos de Dios, saldrán adelante todos los apostolados,
y la santidad de vuestros hermanos y la vuestra (27).
No falta experiencia en la Obra de cómo premia Dios ese abandono.
A lo largo de estos veintiséis años -decía
nuestro Padre en 1955-, en muchas ocasiones me he encontrado sin
nada, en la carencia más absoluta y en la cerrazón más completa en el horizonte
para encontrar nada, nada. Nos faltaba hasta lo más necesario. Pero ¡qué alegría!,
porque bus-
(25) De nuestro Padre, Instrucción,
31-V-1936, n. 25.
(26) Camino, n. 631.
(27) De nuestro Padre, Meditación,
7-III-1962.
-254-
cando el
reino de Dios y su justicia, sabíamos que lo demás se nos daría por añadidura.
Poniendo los medios para que no ,falte, ¡que estén alegres mis hijos si alguna
vez les falta algo!
(28).
Siempre con alegría
Nuestra pobreza, hijos míos, no ha de ser clamorosa pobretería;
nuestra pobreza va oculta por una sonrisa
(29): tiene
siempre una forma discreta, llena de la naturalidad que caracteriza nuestra
entrega. La nuestra es una pobreza, que no tiene voz para gritar
"soy pobre"; se paladea con alegría. Da el Señor un gozo en aquel
no tener, en aquel no alargar el brazo más que la manga. Se trata de vivir pobres
y de sonreír, de que pase inadvertida nuestra condición, tanto en la salud como
en la enfermedad
(30). Y no es esta alegría un sacrificio
más que haya que añadir a lo que pueda costar vivir pobremente, sino algo profundo
y sincero, que llena el espíritu; parte de ese ciento por uno que promete el
Señor a quienes dejan por El todas las cosas.
No basta con llevar con buen ánimo la escasez, si llega.
Hemos de perder el temor a la escasez y lanzarnos a promover continuamente nuevas
iniciativas apostólicas. Os puedo asegurar -ha
escrito nuestro Fundador- que ninguna iniciativa apostólica ha
dejado de llevarse a cabo por falta de recursos materiales: en el momento preciso,
de una forma o de otra, nuestro Padre Dios con su Providencia ordinaria nos
facilitaba lo que era menester, para que viéramos que El es siempre buen pagador
(31). Frenar la expansión de la
labor por asegurar nuestro propio bienestar estaría tan lejos de la pobreza,
como -y principalmente- de la caridad. Y además, esa hipotética escasez que
se estaría dispuesto a sufrir, no pasaría de ser una idea teórica.
Sin
embargo, no hemos de extrañarnos de que cueste vivir la pobreza, ni de que a
veces resulte particularmente dura. Si en algún mo-
(28) De nuestro Padre, Meditación,
4-IV-1955.
(29) De nuestro Padre, Carta,
11-III-1940, n. 28.
(30)
De nuestro Padre, Meditación, 7-III-1962.
(31) Amigos de Dios, n.
117.
-255-
mento experimentas
en tu carne el peso de la indigencia, no te entristezcas ni te rebeles; pero,
insisto, procura emplear todos los recursos nobles para superar esa situación,
porque obrar de otra forma sería tentar a Dios. Y mientras luchas, acuérdate
además de que omnia in bonum!, todo -también la escasez, la pobreza-
coopera al bien de los que aman al Señor (cfr. Rom. VIII, 28); acostúmbrate,
ya desde ahora, a afrontar con alegría las pequeñas limitaciones, las incomodidades,
el frío, el calor, la privación de algo que consideras imprescindible, el no
poder descansar como y cuando quisieras, el hambre, la soledad, la ingratitud,
la incomprensión, la deshonra... (32).
Las incomodidades y carencias diarias pueden y deben acercarnos
a Dios. Ordinariamente se trata de pequeñas limitaciones que, de un modo u otro,
padece todo el mundo y que para nosotros han de tener además un sentido sobrenatural
y positivo, que no comprometa la paz interior. Cuando cueste, habrá llegado
el momento de ahondar, de interiorizar los criterios, de purificar nuestras
disposiciones, acordándonos de aquellas palabras de Jesucristo, que no pueden
fallar: bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino
de los Cielos (33).
Hasta llegar al abandono
-nos anima nuestro Padre- hay
un poquito de camino que recorrer. Si aún no lo has conseguido, no te preocupes:
sigue esforzándote. Llegará el día en que no verás otro camino más que El -Jesús-,
su Madre Santísima, y los medios sobrenaturales que nos ha dejado el Maestro
(31).
(32) Amigos de Dios, n. 119.
(33) Matth. V, 3.
(34) Vía Crucis, IV estación, punto 4.
-256-
Volver al índice
de Cuadernos 8
Ir
a la correspondencia del día