MANDAR Y OBEDECER
SERVIR,
AMAR
Cristo, Mediador único, estableció y
mantiene en este mundo a su Iglesia santa -comunidad de fe, de esperanza y
de caridad- como una estructura visible, por la cual comunica a todos la verdad
y la gracia. Pero la sociedad dotada de órganos jerárquicos y el Cuerpo Místico
de Cristo, la sociedad visible y la comunidad espiritual, la Iglesia terrestre
y la Iglesia dotada de bienes celestiales, no han
de considerarse como dos cosas distintas, porque forman una realidad compleja,
constituida por un elemento humano y otro divino (1).
Acción interior del Espíritu Santo y ejercicio
orgánico de autoridad: dos elementos inseparables, no ya yuxtapuestos o complementarios
en la vida de la Iglesia, sino -por disposición divina- de algún modo interdependientes.
No es lícito
ignorar (...) que la Iglesia es por voluntad de Dios una sociedad visible,
con todas las instituciones correspondientes a un gobierno externo; y que
Cristo confió a los Apóstoles y a sus sucesores la potestad de jurisdicción,
en cuya certeza el mismo Evangelio nos confirma, cuando el Señor dice así
a los Apóstoles: "se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra.
Id, pues, y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo
cuanto os he mandado" (Matth. XXVIII, 18-20) (2).
(1)
Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 8.
(2)
Pablo VI, Alloc. 20-XI-1965.
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La Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo
y sociedad visible perfecta, Pueblo de Dios, tiene necesidad de una jerarquía.
Así es que Dios ha puesto en la Iglesia, en primer lugar apóstoles, en
segundo lugar profetas, en el tercero doctores, luego
a los que tienen el don de hacer milagros, después a los que tienen gracia
de curar, de socorrer al prójimo, don de gobierno, de hablar todo género de
lenguas, de interpretar las palabras. ¿Por ventura son todos apóstoles? ¿O
todos profetas? ¿O todos doctores? (3). Ha puesto
Dios en el cuerpo muchos miembros, y los ha colocado
en él como le plugo. Porque si todos fuesen un solo miembro, ¿dónde estaría
el cuerpo? Por eso ahora, aunque los miembros sean muchos, el cuerpo es uno
(4): con una unidad orgánica y jerárquica.
Gobierno y obediencia en el Opus Dei
También en la Obra, parte viva del Cuerpo
Místico de Cristo, ha querido Dios poner -para el cumplimiento del fin que
le ha dado al suscitarla- miembros que gobiernen y miembros que sean gobernados,
porque de tal modo gobierna Dios las cosas, que hace a unas ser causas
de otras en la gobernación (5). El Señor ha constituido
a unos para dirigir a otros, pues entre los hombres es conveniente que
los que están arriba muevan a los que están abajo por su voluntad, en virtud
de la autoridad recibida de Dios. Ahora bien, mover por la razón y por la
voluntad es mandar. En consecuencia, como en el mismo orden natural, según
el plan divino, es necesario que lo inferior se someta a la acción de lo superior,
así también entre los hombres, según el orden del derecho natural y divino,
los de abajo deben obedecer a los de arriba (6).
Gobierno y obediencia no son acciones
contrapuestas, sino manifestaciones mutuamente necesarias de un único amor, de
una acción común. Cuando Jesucristo estaba a punto de marchar al Padre, dijo a
(3) I Cor. XII,
28-29;
(4) Ibid., 18-20.
(5) Santo Tomás, S. Th. I, q. 103, a. 6.
(6) Santo Tomás, S. Th. II-II, q. 104, a. 1.
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sus discípulos: si me amáis, observad
mis mandamientos (7); si me amáis, obedecedme.
Y nuestro Padre nos ha escrito: formar
y gobernar es amar (8). El amor a Dios identifica
en la Obra las voluntades del que manda y del que
obedece, haciéndolas ser una sola cosa: congregavit
vos in unum Christi
amor (9). Tanto las tareas de gobierno como las
de obediencia, son funciones -diversas pero interdependientes- de una misión
común de santidad y apostolado que el Señor nos ha encomendado a todos.
En la Obra, los Directores gobiernan por amor, y todos obedecemos
también por amor. Nadie manda como quien ejercita un dominio, y nadie obedece
como quien no es dueño de sus actos. Hay en el gobierno un elemento de sumisión
-un mandato recibido de Dios-, y en la obediencia un elemento de autodeterminación,
ejercido también en beneficio propio. Jesucristo no necesita de nuestra
servidumbre, mas nosotros necesitamos estar bajo su dominio para que nos trabaje
y custodie. Sólo El es el verdadero Señor; no
le servimos para su utilidad, sino para nuestro provecho y salud (10).
Todos hemos de obedecer en el Opus Dei, y los que hacen cabeza son quienes con
más fidelidad necesitan vivir la virtud santa de la obediencia: porque, en
primer lugar, han de identificarse con sus Directores inmediatos; y, además, han de acomodarse siempre al espíritu y a las normas
de la Obra (11). Si el
que manda no obedeciera, sería incapaz de gobernar
bien. Además, el tributo que suele pagar la rebelión es una nueva rebelión,
de modo que el que desobedece no tarda en verse desobedecido. El hombre ha
experimentado en su propia carne esa realidad cuando, al levantarse contra
el precepto divino, perdió el dominio de sus potencias. Todo el orden de
la justicia original provenía de que la voluntad del hombre estaba sometida
a la Voluntad de Dios, sujeción que principalmente se realizaba por la voluntad,
a la cual pertenece mover todas las otras partes hacia su fin. Por eso, de
la aversión de la voluntad respecto de Dios se siguió el desorden en todas
las restantes fuer-
(7) Ioann. XIV, 15.
(8) De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 39.
(9) Himno
Ubi caritas.
(10) San Agustín, De Genesi ad litteram 8, II, 24.
(11) De nuestro Padre, Instrucción,
31-V-1936, n. 35.
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zas del alma (12) . Al desobedecer a Dios, perdió el hombre el dominio y sujeción
de sus pasiones y apetitos.
También el gobierno es, de una manera
u otra, quehacer de todos. En los encargos, en las labores apostólicas, en
el trabajo profesional, tenemos ocasión de decidir por otros; y al obedecer,
debemos siempre imperar sobre nosotros mismos, con autodominio, y hacernos
plenamente solidarios con la voluntad del que gobierna: sentirnos responsables
y colaboradores, según el modo establecido, de una tarea común que a todos
nos concierne. Debéis sentir
el peso de vuestra misión -nos escribía nuestro Fundador-, de esa esperanza que Dios mismo, por medio
de los que gobiernan, ha puesto en vosotros
(13).
La responsabilidad de mandar y la de
obedecer nacen de idéntica raíz: el amor a Dios y a los demás por Dios
-santidad y apostolado- que lleva a unos a gobernar y a otros a obedecer, cada
uno según sus circunstancias. Amor único y pleno que empuja a todos, en
definitiva, a servir a la Iglesia Santa, nuestra Madre, y a todas las almas.
Una común misión de servicio
En un cuerpo vivo todos los miembros
son necesarios; y unos requieren para la propia subsistencia del servicio
de los otros. La cabeza sin los pies no es nada, y nada son igualmente
los pies, sin la cabeza. Y es que los más pequeños miembros de nuestro cuerpo
son necesarios y útiles al conjunto, y todos sirven, y todos se ordenan a
la conservación del cuerpo entero (14). Los miembros
se sirven mutuamente en el cuerpo. Misión de servicio que, desde el comienzo
de la Obra, ocupó un puesto capital en la mente de nuestro Fundador. Si la Obra no sirve a la Iglesia, no sirve para
nada: ¡para eso ha nacido, para eso la ha querido Dios! (15).
Repetidamente
escuchamos de sus labios las mismas palabras: pa-
(12) Santo Tomás, S. Th.
I-II, q. 82, a. 3.
(13) De nuestro Padre, Carta, 16-VI-1960, n. 26.
(14) San Clemente Romano, Epístola ad Corinthios 37, 4 -5.
(15) De nuestro Padre, Instrucción 31-V-1936, nota 6.
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ra servir, servir, os
he repetido muchas veces, pues en esa frase se condensa
una gran parte de nuestro espíritu: servicio a Dios,
repito, a su Santa Iglesia y al Romano Pontífice; servicio
a todas las almas; especialmente a los que el Señor
ha puesto junto a nosotros, dándoles la vocación al Opus Dei, o a aquellos
otros que -no teniendo vocación- reciben el influjo del ejemplo y de la doctrina,
que es también otro servicio apostólico (16).
En la Obra debemos servir todos. El
gobierno es servicio y la obediencia es también servicio. El Director debe estar interiormente desprendido de su cargo: conviene
que se vea, delante de Dios, tal cual es; y que se reconozca indigno y más
a propósito para obedecer.
Y con esta humilde disposición deben los Directores considerar, con
un conocimiento cierto, que tienen gracia especial de Dios: y llenarse de
la confianza de que el Señor les ayudará en el cumplimiento de los deberes
de su oficio.
Por eso, acostúmbrese el Director a alzar el corazón muchas veces al
día, en petición de gracias; délas a Dios, después de resolver con su Consejo
local un asunto de más importancia; busque con humildad la santificación propia,
cuando aconseje a los demás; siéntase instrumento para servir a la Iglesia;
vea en los cargos, cargas, no derechos, deberes; y
hágase todo para todos (cfr. I Cor. IX, 22), persuadido de que la razón de su existencia
en la tierra es una gustosa, voluntaria y actual servidumbre (17).
Gobernar
es pensar en los demás, dedicarse a ellos. Por esta razón, escribe nuestro
Padre, os he enseñado desde el principio a considerar los cargos internos,
no como un puesto de honor o de privilegio, que no lo son, sino como una oportunidad
más de servir. Así se explica -lo contrario iría contra nuestro espíritu-
que no acostumbremos a felicitar a los que reciben el nombramiento para un
cargo dentro de la Obra, porque no pensamos en el cargo, sino en la carga
gustosamente llevada- que supone servir a nuestros hermanos (18).
Y por eso también dejar de ocupar un cargo, no es fracaso: es otro modo de servir (19).
Si
mandar es servir, también obedecer es servicio. El gobernante
(16) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936,
n. 9.
(17) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936,
nn. 6-7.
(18) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936,
n. 11.
(19) De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936,
n. 12.
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debe servir con su mandato
a quienes gobierna, y lo mismo ha de hacer quien obedece, que es otro efectivo
y necesario modo de servir. Sin embargo, algunos que subrayan unilateralmente
la idea de servicio en el gobierno, rehúyen y desprecian
a la vez la obediencia como algo contrario a la dignidad humana. Este clima
general llega a veces a manifestarse incluso en la vida de la Iglesia, como
se quejaba el Santo Padre Pablo VI en cierta ocasión: ¿y sobre la obediencia?
También en este capítulo cuánta inquietud, cuánta crítica, cuánta intolerancia.
Y sin embargo, la respuesta es siempre la misma: la autoridad de la Iglesia
es querida por Cristo. Quien piensa que se debe establecer una revisión total
de la disciplina eclesiástica (...), no está en el buen camino; ése
aflige a la Iglesia, desintegrando su tejido espiritual y social, y se aflige
a sí mismo, privándose del mérito de la docilidad espontánea, filial y viril,
y de la confortación de la humildad, del buen ejemplo y de la confianza (20).
Nuestro Padre nos hacía notar también
-era de dominio público- esa atmósfera de anárquica indisciplina que a veces
se presenta en ciertos medios: hoy, que el ambiente está lleno de desobediencia,
de murmuración, de trapisonda, de enredo, hemos de amar la obediencia. Hijos
míos, debéis obedecer a los Directores, y así, a través de los Directores,
obedecéis a este Padre vuestro. Y si no, no hacemos nada en el Opus Dei
(21). El Señor -lo ha recordado expresamente el Concilio Vaticano
II- en
cumplimiento de la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el reino de los
cielos, nos reveló su misterio y efectuó la redención con su obediencia (22).
Aprender
a servir
No basta con querer
obedecer: hay que aprender a hacerlo. Tú debes convencerte -decía nuestro Padre-
de que, si no sabes obedecer,
no serás eficaz (23).. Saber obedecer implica llevar a cabo la realización del
(20)
Pablo VI, Alloc. 21-II-1965.
(21)
De nuestro Padre, Meditación, 24-XII-1963.
(22)
Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 3.
(23)
De nuestro Padre, Meditación, 9-III-1962.
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mandato recibido de modo inteligente, poniendo en su cumplimiento
la cabeza y el corazón. Supone un deseo ardiente de identificar la voluntad
propia con la de los Directores: querer con ellos lo que quieren y como lo
quieren. Para llegar a obedecer así, como la Obra espera
de todos nosotros, el aprendizaje ha de ser continuo: nunca
podremos considerarlo suficiente, porque en lo íntimo de cada persona reside
un principio disgregador, fruto del amor propio, herencia del pecado original
y reliquia de los pecados personales, que tiende a la exaltación del propio
yo, y, que nos acompañará hasta el momento de la muerte. Hemos de reconocer
ese principio, con humildad, y tratar de desarraigarlo. ¿Por qué no buscas lo que está en ti mismo para ser obediente?,
nos preguntaba nuestro Padre. Humildad y obediencia: dos condiciones indispensables para recibir
la doctrina, mi espíritu, que es el que me ha dado Dios para que te lo entregue
(24).
Pero no sólo hay que aprender a obedecer: hay que aprender a mandar. Saber
mandar con todo el imperio de la autoridad -de una autoridad, que es servicio-
pero teniendo en cuenta que, quienes han de obedecer, obedecen ejercitando
la inteligencia y la voluntad: como seres libres,
no como cadáveres (25). Solamente el que ha aprendido a obedecer
es capaz de mandar: porque ha descubierto que el sentido íntimo de la obediencia
es amor y que la misión de gobierno es también un acto de amor. Aprender a mandar -escribió nuestro Padre- es no ser aislador; es ser instrumento de comunicación, de entendimiento
del espíritu del Opus Dei en las almas que tenéis encomendadas; y poner por
obra el deseo y la voluntad de vuestros Directores Mayores, para el mejor
servicio de Dios (26). Por esto, no se cansaba de repetir: aprended, hijos míos, este arte de gobernar
sirviendo, para que los demás sepan aprender a obedecer libremente, por un
motivo sobrenatural (27).
El espíritu de la Obra es tal que los
que gobiernan han de mandar obedeciendo: al Director inmediato, al espíritu y
al Derecho particular
(24)
De nuestro Padre, Meditación, 2-X-1955.
(25)
De nuestro Padre, Crónica XI-66, p. 12.
(26) De nuestro Padre, Instrucción 31-V-1936, n.
19.
(27)
De nuestro Padre, Instrucción 31-V-1936, n. 26.
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del Opus Dei, a Dios que dirige a todos. Y el que obedece, ha
de obedecer imperando sobre sí mismo, de modo que sepa en cada caso determinar
y poner en práctica los medios mejores para cumplir del modo más idóneo lo
que se le manda. Y todos, los que gobiernan y los que obedecen, han de mandar
y obedecer sabiendo que así sirven a Dios, a la Iglesia, a la Obra, a las
almas. Y siempre por amor: ésta es la razón más profunda. De este modo podremos
decir, cuando el Señor nos llame a comparecer ante su presencia: he obedecido
la voz de Yavé, mi Dios, y en todo he hecho lo que
Tú me has mandado (28).
Mandando y obedeciendo sólo por amor,
estamos seguros de no perder jamás el gaudium cum pace, la
alegría sobrenatural, que es anticipo de la bienaventuranza eterna. Solamente
vivida así, la obediencia llega a ser asimilación a Cristo, el divino obediente;
norma fundamental de nuestra pedagogía de formación cristiana; coeficiente
indispensable de la unidad interior de la Iglesia, fuente y signo de su paz;
cooperación efectiva a su misión evangelizadora; ejercicio ascético y espiritual
de humildad y de caridad (cfr. Philip. 77, 5-12); comunión con Cristo y con quien es para nosotros apóstol y representante
de Jesucristo (29).
Hijos míos -son palabras de
nuestro Fundador-, que no nos
gane nadie en saber obedecer. Lo mismo si hace frío o calor, si se es joven o
menos joven. Uno que no sabe obedecer, no aprenderá nunca a mandar. Obedecer y
mandar, metiendo mucho amor (30).
(28) Deut. XXVI, 14.
(29)
Pablo VI, Alloc. 6-X-1966.
(30)
De nuestro Padre, Tertulia, 18-1-1965.
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