OLVIDO DE SI
Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su Cruz y sígame; pues el que
quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí, la
encontrará. Porque, ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su
alma? 1. La invitación del Señor es clara y perentoria. Quien
recibe su llamada ha de estar dispuesto a una entrega sin condiciones.
La exigencia
de Jesús, suavizada con una maravillosa promesa, no se detiene en el abandono
de unos determinados bienes o ventajas materiales, ni en la entrega de la
familia, ni en la decisión inicial de extender el influjo benéfico de su mensaje.
Jesús pide mucho más, lo pide todo. No tener ya nada
propio; ni un pensamiento, ni un deseo, que no sea
el de seguirle a El. Entregar la vida, a fin de vivir para Dios
2, cualesquiera que sean las circunstancias
concretas en las que El mismo ha puesto a un alma.
Dar muerte al egoísmo
Esta decisión de entrega total,
absoluta, ha sido la base de nuestra respuesta a la llamada específica que cada
uno ha recibido para seguir
(1) Matth. XVI, 24.-26.
(2) Galat.
II, 19.
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a Dios en el Opus Dei. A la Obra no venís a buscar
nada: venís a entregaros, a renunciar, por amor de Dios, a cualquier ambición
personal. Todos tienen que dejar algo, si quieren
ser eficaces en Casa y trabajar como Dios nos pida, como un borrico fiel,
ut inmentum! La única
ambición del borrico fiel es servir, ser útil; el único premio que espera
es el que le ha prometido Dios: quia tu reddes unicuique iuxta opera sua (Ps. LXI, 13). Porque el Señor premia a cada
uno según sus obras.
Hijos de mi alma: os encontráis
aquí, en la Obra, porque el Señor ha puesto en vuestro corazón el deseo limpio y generoso de servir; un celo verdadero
que hace que estéis dispuestos a todo sacrificio, trabajando silenciosamente
por la Iglesia sin buscar ninguna recompensa humana. Llenaos de esas nobles
ambiciones; reforzad en vuestro corazón esta disposición santa porque el trabajo
es inmenso 3.
Estas
disposiciones básicas de entrega y servicio, que nuestro Fundador nos animaba a
fomentar, encuentran su punto de apoyo último y esencial en una actitud de
humilde olvido de sí. Nosotros
tenemos una vida interior particular, propia, en parte común sólo a nosotros.
Característica de esa vida interior de los miembros de la Obra, que ha de
darnos a cada uno un modo particular de ver las cosas, es procurar activamente
la santidad de los demás. No amamos a Dios si nos dedicamos a pensar sólo en
nuestra propia santidad: hay que pensar en los demás, en la santidad de
nuestros hermanos y de todas las almas 4.
Los
obstáculos que un alma puede encontrar para seguir a Jesucristo, cualesquiera
que sean sus manifestaciones, tienen su último origen en el desordenado amor de sí mismo. Ese egoísmo
se revela, por ejemplo, en el monólogo interior. Allí los propios intereses
y aspiraciones se desorbitan; se fraguan los conflictos o se agrandan; la
objetividad se difumina; el yo sale siempre enaltecido.
Un alma que aspire a la santidad, debe esforzarse por salir de esa subjetividad
enrarecida. Abrirse, que no es lo mismo que disiparse. Buscar en el fondo
del corazón al interlocutor divino, a la Trinidad Beatísima, que habita en
el alma por la gracia. No es posible seguir al Señor, si antes no hay esa
ne-
(3) De nuestro Padre, Cart a, 9-I-1932, n. 85.
(4) De nuestro Padre, Meditación Señal de vida interior, 3-III-1963.
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gación de sí: si alguno quiere
venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame 5.
Otra
manifestación del egoísmo es la excesiva preocupación por las cosas personales: la
salud, la profesión, el descanso, el futuro... En un alma entregada a Dios, esa
actitud no tiene sentido. No pongas tu yo en tu salud, en tu nombre, en tu carrera. Mío,
tuyo, mío, tuyo... ¡Si tú no tienes nada! Si te has entregado de veras, es lo
nuestro, lo de Dios, lo de todos. Mío, mío, mío... ¡Qué cosa tan molesta!
Cuando a lo largo del día te sientas, quizá, humillado -porque no olvides que
la soberbia es lo peor del fomes peccati-; cuando sientas que tu criterio debería
prevalecer: que tú, que tú, que tú, y lo tuyo, y lo tuyo... ¡muy
mal! Estás matando el tiempo y estás necesitando que matemos tu egoísmo
6.
Para vivir en Cristo
El olvido
de sí es una condición indispensable de la santidad. Nuestro Padre nos dejó
escrito: Dios nos pide que
el afán apostólico llene nuestros corazones, que nos olvidemos de nosotros
mismos, para ocuparnos -con gustoso sacrificio- de la humanidad entera
7. Sin esa disposición, ni alcanzaríamos la verdadera santidad,
ni seríamos auténticamente eficaces. En nuestra tarea nadie tiene tiempo para pensar en sí mismo, para andar
con preocupaciones personales: hemos de ocuparnos solamente de la gloria de
Dios y del bien de las almas 8.
Algunas
veces nos habló nuestro Fundador de los que van a la deriva en la vida interior,
a merced de los embates y golpes de la travesía, sufriendo inútilmente, porque
no acaban de descubrir el secreto de la verdadera serenidad y paz del ánimo.
Casi todos los que tienen
problemas personales -nos decía-, los tienen por el egoísmo
de pensar en sí mismos. Es necesario darse a los demás, servir a los demás
por amor de Dios: ése es el camino para que desaparezcan nuestras penas. La
mayor
(5) Matth.
XVI, 24.
(6) De nuestro Padre, Meditación,
9-I-1956.
(7) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1930,
n. 22.
(8) De nuestro Padre, Carta, 8-VIII-1956,
n. 8.
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parte de las
contradicciones tienen su origen en que nos olvidamos del servicio que debemos
a los demás hombres y nos ocupamos demasiado de nuestro yo 9.
El olvido
de sí no es un simple remedio ascético, sino un don divino que transforma
radicalmente el alma, haciéndola entender y amar por Dios, con Dios y en Dios.
El olvido de sí mismo presupone una progresiva disminución del yo, según aquella
aspiración del Precursor: illum oportet
crescere, me autern minui 10:
es preciso que El crezca, y yo mengüe. Y esa sustitución se
va realizando con la cooperación personal a la gracia y a las mociones del
Espíritu Santo, pues toda dádiva preciosa y todo don perfecto, de arriba
viene, como que desciende del Padre de las luces
11.
Todos los que fuisteis bautizados
en Cristo os habéis revestido de Cristo 12. El Bautismo imprime en el alma del cristiano
una imagen y semejanza con su Maestro y Señor. La práctica y frecuencia de
los sacramentos, el afán por imitar el ejemplo de Jesucristo, ejercitándose
en las virtudes cristianas y usando los medios más oportunos, de acuerdo con
la propia vocación, van formando y mejorando esa imagen. Pero el alma no sólo
se asemeja: se endiosa, decía gráficamente
nuestro Padre. Junto a Cristo, empieza a vivir como Cristo. Porque las
grandes y preciosas gracias, prometidas para hacernos partícipes por ellas
de la naturaleza divina, que Dios nos da por Jesucristo 13,
a la vez que van conformando el alma
según el modelo del Hijo Unigénito, determinan su modo de pensar, de sentir,
de querer. No se pierde el entender humano, sino que se perfecciona con la
fe y la visión sobrenatural; ni se ahogan los afectos, que se purifican y
se aprestan al servicio de Dios y de los hermanos; ni la voluntad se anula:
al contrario, se robustece y afirma en el bien. Dios -decía San Pablo
a los de Filipo- es quien obra en vosotros el
querer y el actuar conforme a su beneplácito 14.
El resumen que saco siempre al ,final del día, al hacer mi examen, es
(9) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1931, n. 15.
(10) Joann. III, 30.
(11) Iacob. 1, 17.
(12) Galat. III, 27.
(13) II Petr. 1, 4.
(14) Philip. II, 13.
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pauper servus et humilis!
Y
esto cuando no he de decir: Josemaría, Señor, no
está contento de Josemaría. Pero, como la humildad
es la verdad, son muchas las veces que -lo mismo que os sucederá a vosotros-
pienso: Señor, ¡si no me he acordado para nada de mí, si he pensado sólo en
Ti y, por Ti, me he ocupado sólo en trabajar por los demás! Entonces nuestra
alma de contemplativos exclama con el Apóstol: vivo autem
iam non ego: vivit vero in me Christus (Galat. II, 20);
no soy yo el que vivo, sino que vive en mí Cristo
15.
La consecuencia
inmediata del efectivo vivir en Cristo es el olvido de sí mismo. Pues si la
vida que vivo ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios 16
yo, lo personal, lo que no es Cristo, ya no cuenta. Planes, ilusiones, sentimientos..., tendrán cabida
en mí en la medida en que la tengan en el Señor. Esta transformación radical
es rica en manifestaciones. ¿Qué importa ya, por ejemplo, ser tratado como
la basura del mundo, el desecho de todos 17?; ¿por qué buscar
otro motivo de felicidad y gloria
fuera de la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado
para mí y yo para el mundo 18?
Ni siquiera la experiencia de las miserias personales puede
enturbiar la íntima alegría de la persona que vive olvidada de sí. Con
sumo gusto -decía San Pablo- me gloriaré más todavía en mis flaquezas,
para que habite en mí la fuerza de Cristo. Por lo cual me complazco en las
flaquezas, en los oprobios, en las necesidades, en las persecuciones y angustias,
por Cristo; pues cuando soy débil, entonces soy fuerte
19.
Ejercicio de caridad y de humildad
Para
fomentar y acelerar todo este proceso, es necesaria la cooperación personal.
Olvidarse de sí es un don de Dios, y también una conquista laboriosa, adquirida
día a día, merced al esfuerzo ascético impulsado y sostenido por la gracia
de Jesucristo. De ahí que, junto con
(15) De
nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 90.
(16) Galat. II, 20.
(17) I Cor. IV, 13.
(18) Galat. VI, 14.
(19)
II Cor. XII, 9-10.
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la frecuencia de los sacramentos -que por su misma virtud endiosan
el alma, según las disposiciones con que se reciben-, sea necesario ejercitarse
en las virtudes cristianas, y de modo particular en la caridad y en la humildad.
La caridad,
en cuanto que el amor lleva a salir de uno mismo para identificarse con el
amado. En el amor de amistad, dice Santo Tomás, el amante está en
el amado en cuanto juzga como suyos los bienes o males del amigo, y la voluntad
de éste como suya; de modo que parece sufrir en su amigo los mismos males
y poseer los mismos bienes 20. Ese cambio del centro
de gravedad en las penas y en las alegrías, presupone un olvido de sí mismo,
que constituye la mejor señal del amor a Dios y, por Dios, a los demás. Hijos míos, si queréis saber cada uno de
vosotros si tenéis cariño a los demás, os daré la
piedra de toque. La caridad, el cariño santo consiste en olvidarte de ti y
ocuparte de los demás. Tú no eres nada. Los demás lo son todo en Cristo (...).
Tú, ¿qué tal andas de cariño con tus
hermanos? Porque la caridad es cariño; y lo demás es perder el tiempo. Cariño
humano, sin miedo, porque pasa a través del Corazón de Cristo. Y el cariño se
demuestra con el sacrificio. ¿En qué te sacrificas tú por los demás? ¿Qué
empeño pones para que tus hermanos tengan facilidad para recorrer este camino
nuestro? ¿Qué haces todos los días, muchas veces al día? 21.
Junto
a la caridad, se necesita también cultivar especialmente la virtud de la humildad.
Sin humildad no podemos jamás
servir eficazmente, porque no sentiremos la necesidad de abandonarnos confiadamente
a la acción de la gracia, no tendremos el impulso continuo de acudir a Dios
como a nuestra única fuerza. Y no alcanzaremos del Señor los favores que nos
tiene reservados, para nuestra santificación y la
de nuestros compañeros: quoniam excelsas Dominus,
et humilia respicit (Ps. CXXXVII, 6); porque el Señor es
excelso, y mira las cosas humildes 22.
Además, la humildad, al reconocer que
no hay nada bueno en nosotros que no venga de Dios, que es lo personal lo que
estorba, que soy yo
(20) Santo Tomás, S. Th. I-II,
q. 28, a. 1.
(21) De nuestro
Padre, Meditación, 20-1-1967.
(22) De nuestro Padre, Carta,
9-1-1932,
n. 90.
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precisamente el obstáculo principal a la tarea de identificarse con Cristo,
lleva a un deseo de renuncia, de abnegación radical, para dar entrada a la
vida sobrenatural, según la promesa del Señor: el
que pierda su vida por mí la encontrará 23.
Hay que saber deshacerse, saber destruirse, saber olvidarse de uno
mismo; hay que saber arder delante de Dios, por amor a los hombres y por amor a
Dios, como esas candelas que se consumen delante del altar, que se gastan
alumbrando hasta vaciarse del todo. Yo os llevo, hijos míos, por caminos más
altos, porque son caminos de continuidad. Y quiero para mis hijos, como penitencia,
que sepan darse. Sólo sabremos darnos a Dios, si nos olvidamos de nosotros
mismos y servimos a los demás. Será verdaderamente éste un camino divino,
porque está fundamentado en la humildad. Y Dios lo premia.
Cuando la naturaleza de cada uno se revela con todas sus miserias, El viene. El Señor extiende entonces su mano poderosa,
todopoderosa, sobre esa alma que se ha entregado de ese modo, y le da, le
asegura su vocación, su santidad, su cielo de amor.
A mí, el amor me parece más que el cielo; realmente se identifican,
pero me suena mejor amor, y me agarro con fuerza al amor de Dios. Hijos míos,
vale la pena que nos olvidemos de nosotros mismos, y que nos preocupemos
generosamente de los demás 24.
La
insistencia de nuestro Padre en este punto, mira a cimentar en nuestra alma la
convicción de que, en buena parte, nuestra lucha ascética ha de tener el
objetivo de no pensar en uno mismo: de procurar estar siempre pendientes de
Dios, de las cosas de Dios, de la misión que el mismo Dios nos ha confiado
llamándonos a la Obra. No solamente hemos de evitar retener pensamientos o deseos
contrarios o inútiles, sino que hay que esforzarse positivamente en llenarse
-pensamientos y afectos- de Dios. Esa
es una medicina maravillosa que da muy buenos resultados. Mirad. Os sucederá
alguna vez: -¿Y la oración de la tarde...? Y luego os
ponéis a pensar, y os dais cuenta de que habéis estado hacien-
(23) Matth. XVI, 24.
(24) De nuestro Padre, Meditación, 16-II-1964.
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do oración ¡la tarde entera!, ¡el día entero! Hijo mío, emplea tú esa medicina, esa continua
charla con Dios 25.
Ocupados
en las cosas de Dios, inmediatamente nos ocuparemos de los demás, y no
tendremos ocasión de pensar en problemas personales, porque sólo contarán las
cosas de nuestros hermanos. Es el ejemplo que nos dio siempre nuestro Padre. Hijos de mi alma -nos escribía-, Dios Nuestro Señor me hace sentir a mí, más que nunca, la ternura en
el corazón. Hace que os quiera a todos con una ilusión, con un empeño, con un
deseo que me lleva a ayudaros y -por qué no decirlo- a fastidiarme, a
sacrificarme, por vosotros y por Dios 26.
Y añadía en otra ocasión: por
eso, pienso que se solucionan todos los conflictos de cada uno de mis hijos si,
a la hora del examen, pueden decir de verdad: "Jesús, de mí no me, he
ocupado, no he pensado en mí".
¡Cuántas miserias nos ahorraríamos! ¡Cuántos disgustos nos evitaríamos!
Me he ocupado en mis hermanos, en los demás por Ti, en tu Amor y en tu Gloria.
Y digo a los hijos míos que pueden decir esto, que son tantos, aquellas
palabras de San Pablo: vivo autem, iam non ego, vivit vero in me Christus (Galat. II, 20). Si te comportas
así, tú eres alma contemplativa, tú eres ipse Christus 27.
Estos
remedios ascéticos concretos que nos señala nuestro
Padre para matar el egoísmo, se viven con mayor facilidad y espontaneidad
cuando se está dispuesto a ser de verdad el último en todo... y el primero en el Amor 28. Aspirar a ser el último es aceptar plenamente y amar como
tesoros las humillaciones, las indelicadezas, las faltas de consideración de
que podamos ser objeto; más
aún, es no valorarlas siquiera como tales, porque se entiende que son cosa
merecida, porque tenemos mucho de qué ser perdonados, y muy poco que perdonar.
Desear ser el último es no sentirse titular de ningún derecho fuera del derecho
de amar al Señor, porque sólo El es digno de
recibir la gloria y el honor y el poderío 29. Si alguna vez sientes -seguramente que lo has sentido o lo
(25) De nuestro Padre, Meditación,
13-X-1963.
(26) De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957,
n. 23.
(27) De nuestro Padre, Meditación,
13-X-1963.
(28) Camino, n. 430.
(29) Apoc. IV, 11.
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estás ya sintiendo- este modo de vivir tu vida,
que es la vida de Cristo, agradéceselo a Dios .30.
Mortificación interior
Este salir de sí mismo en un arranque
de amor a Dios y a las almas, presupone la necesidad de fomentar el espíritu
de mortificación.
Desnudaos del hombre viejo con sus acciones, y vestíos
del nuevo, de aquel que por el conocimiento se renueva según la imagen del
que le creó:31. No es posible en esta vida mortal liberarse
por completo de la criatura vieja y de sus concupiscencias; la egolatría,
el amor desordenado a uno mismo, será siempre un enemigo con el que habremos
de librar batalla. Pero tenemos la seguridad de la victoria final, aunque
no falten derrotas parciales, si nos aplicamos a usar las armas de la mortificación
interior: no consentir ningún pensamiento, imagen o recuerdo que centre la
atención ajena o propia sobre nosotros mismos. Y no sólo los que de algún
modo generan complacencia en el propio yo, sino también los excesivamente
amargos y dolorosos, que provienen de un espíritu más humillado que humilde
y roban la paz íntima del alma.
Ese detenerse interiormente en problemas
personales no es sólo una pérdida de tiempo. A veces manifiesta una insidiosa
concupiscencia de uno mismo, mucho más difícil de arrancar que los pensamientos
de impureza, en cuanto que cuesta más admitir su
existencia o reconocer su mala raíz.
Ese pensar en uno mismo es, por lo menos,
fuente de desamor y de numerosas omisiones en el servicio de las almas. Si
no se ataja el egoísmo, el amor propio desemboca en una forma de hipocresía
tanto más difícil de desenmascarar, cuanto que todo lo cubre bajo una aparente
rectitud.
Mortificación interior, pues; seria,
sacrificada, constante. Aparta, Señor, de mí lo que me aparte de Ti: así reza la
inscripción que nuestro
(30) De nuestro Padre, Meditación,
13-X-1963.
(31) Colos. III, 9-10.
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Fundador quiso que se pusiera en el
cuarto del Padre, como un despertador constante.
Puede parecer difícil, pero no olvidemos que no luchamos solos: tenemos la
gracia de Dios, la protección amorosa de la Virgen y de San José, la asistencia
de nuestro Angel Custodio, la intercesión de nuestro
Padre, la ayuda de nuestros hermanos.
No nos dejemos engañar. El mismo Satanás se transforma
en ángel de luz 32.
Pensamientos que parecen buenos -si sirvo, si soy eficaz,
si me estoy haciendo santo, si no puedo con mis miserias...-
en la medida en que no llevan a mejorar y son ocasión de pensar en uno mismo
sin desembocar en el Señor, hay que entenderlos como una tentación diabólica.
En estas situaciones puede ayudarnos a vencer la convicción de que, aunque
nos veamos deformes y estemos llenos de enfermedades, servimos al Señor o
el Señor se sirve de nosotros para algo, y esto basta para seguir adelante,
con serenidad, con alegría. Y lo mismo con relación a los demás; pedir al
Señor lo único que nos importa: ser útiles a nuestros
hermanos en su santidad y en su trabajo por la gloria de Dios; nosotros
no contamos nada. Este modo de luchar es manifestación de amor desinteresado
y cabal. Insisto: pongo corno
remedio de todos los problemas personales, el olvidarse de sí mismo, para
preocuparse de los demás, por Dios. Así se va por los caminos de la tierra,
construyendo los caminos del Señor 33.
Fuente de alegría
Cuando
se alcanza de Dios el don del olvido de sí, desaparecen los motivos para
amargarse. No es cuestión de insensibilidad, sino de un amor tan grande que
sabe descansar siempre en su amado. Diligam te, Domine, fortitudo
mea! (Ps. XVII,
2): te amo, Señor, porque Tú eres
mi fortaleza: quia tu
es, Deus, fortitudo mea (Ps. XLII, 2). ¡Descanso en Ti! ¡No sé hacer ninguna cosa, ni grande ni pequeña -no
hay cosas pequeñas, si las hago por Amor-, si Tú no me ayudas! Pero si pongo
mi buena
(32) II Cor. XI, 14.
(33) De nuestro Padre, Meditación, 20-I-1967.
-38-
voluntad, el brazo poderoso de Dios vendrá a fortalecer,
a templar, a sostener, a llevar aquel dolor; y ese
peso ya no nos abruma.
Pensadlo bien,
hijos míos; pensad en las circunstancias que a cada uno os rodean: y sabed
que nos sirven más las cosas que aparentemente no van y
nos contrarían y nos cuestan, que aquellas
otras que al parecer van sin esfuerzo. Si no tenemos clara esta doctrina,
estalla el desconcierto, el desconsuelo. En cambio, si tenemos bien cogida
toda esta sabiduría espiritual, aceptando la voluntad de Dios -aunque cueste-,
en esas circunstancias precisas, amando a Cristo Jesús y sabiéndonos corredentores
con El, no nos faltará la claridad, la fortaleza
para cumplir con nuestro deber: la serenidad 34.
¡Señor! Siendo
la tónica de nuestra vida procurar servirte, olvidándonos de nosotros mismos,
con un sentido maravilloso del deber, nada ni nadie nos podrá quitar la paz;
nada ni nadie nos podrá quitar la serenidad y la
alegría 35.
Vale
la pena animarse a luchar. Acogernos a la Cruz del Señor, que nos ha dado la
mayor muestra de amor, entregando su vida con padecimientos inmensos por darnos
la Vida. Allí encontraremos además el regazo protector de nuestra Madre, Santa
María, que todo lo sabe hacer sencillo y amable. Vale la pena, porque sobre cada uno de vosotros –con sus
pasiones y sus errores personales- recae el peso divino de cuidar de la
santidad de los demás; el peso, igualmente divino, de proteger la santidad de
la Obra, nuestra Madre; el deber de contribuir a
salvaguardar la honra cristiana y social de todos vuestros hermanos
en la Iglesia Santa; y la sublime obligación de
cooperar en la tarea de ganar almas para Dios, labor de una grandeza que al
principio apenas se advierte, pero que no tiene límites. ¡Cuántas cosas grandes
dependen de nosotros! 36.
Hemos de llenar
de luz el mundo, porque el nuestro ha de ser un servicio
hecho con alegría. Que donde haya un hijo de Dios en su Obra, no falte ese buen
humor, que es fruto de la paz interior. De la paz interior y de la entrega: el
darse al servicio de los demás es de tal eficacia, que Dios lo premia con una
humildad llena de gozo espiritual 37.
(34)
De nuestro Padre, Meditación Señal de vida interior, 3-III-1963.
(35) De nuestro
Padre, Crónica, 1970, p. 204.
(36) De
nuestro Padre, Carta, 16-VI-1960, n. 27.
(37) De
nuestro Padre, Carta, 24-III-1930, n. 22.
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