UNIVERSAL
Y PERMANENTE
Desde
los comienzos, cuando la Obra era como un grano de mostaza, la más pequeña
de todas las semillas (1), nuestro Padre hacía ya considerar a sus hijos que no somos una organización circunstancial
(...). Ni venimos
a llenar una necesidad particular de un país o de un tiempo determinados,
porque quiere Jesús su Obra desde el primer momento con entraña universal,
católica (2). Su espíritu
está por encima de cualquier diferencia humana: trasciende
todos los límites geográficos, históricos, de condición social, de cultura...;
trasciende también la misma evolución de los tiempos.
Nuestro Señor no quiere una personalidad efímera para su Obra: nos
pide una personalidad inmortal (3),
que encuentra su fundamento en la llamada
universal y permanente a la santidad, y en que Dios, para que la alcancemos,
nos ha señalado como materia propia una situación común a cualquier lugar
y a cualquier época: el trabajo ordinario, la labor profesional. Por
eso, mientras haya hombres en la tierra, existirá la Obra. Siempre se producirá
este fenómeno: que haya personas de todas las profesiones y oficios, que busquen
la santidad en su estado, en esa profesión o en ese oficio suyo, siendo almas
contemplativas en medio de la calle
(4).
(1) Matth. XIII, 32.
(2) De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, nn.
14-15.
(3) De nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, n. 28.
(4) De nuestro Padre, Carta, 9-1-1932, n. 92.
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Para
que podamos, en cualquier época, lugar y circunstancia, alcanzar el fin de
nuestra vocación, el Señor ha querido que dispongamos de un medio sensible, que podemos ver, para
no descaminarnos: nuestro Derecho, que tiene por voluntad de Dios todo lo
necesario para nuestra santificación y para nuestra eficacia (5) Por ese motivo, es santo, inviolable, perpetuo. En nuestro Derecho, todo está cuajado de
una manera tan divina, que yo os aseguro que no es mío. ¡Es de El! ¡Amadlo! ¡Veneradlo! Es el medio que nos ha dado Dios Nuestro
Señor para que vosotros y yo vayamos por ese camino y no nos podamos descaminar
(6). Así, en la vida nuestra, el camino está perfectamente
señalado: no hay nada que no esté... ¡esculpido! (7). Esculpido como una obra de arte preciosa, como una fina miniatura
que ha de durar siglos para gloria y alabanza de Dios. Pero esculpido también
como un testimonio imborrable, inalterable por el paso de los años, el cambio
de clima, las estaciones. Tu palabra, Señor, permanece
para siempre, inamovible como el cielo. Y tu fidelidad, de generación en
generación (8).
Perennidad
del espíritu de la Obra
Dios
nos ha confiado este tesoro, y nuestra primera obligación será por tanto custodiarlo
y defenderlo, tal como lo hemos recibido, persuadidos para siempre de que
nosotros no hacemos una obra humana, por ser nuestra empresa divina, y
como consecuencia no está en nuestras manos ceder, cortar o variar nada de
lo que al espíritu y organización de la Obra de Dios se refiera
(9). Al contrario,
somos nosotros quienes tenemos que hacernos Opus
Dei, cortando los posibles obstáculos interiores, para poder así empaparnos
del espíritu, asimilar los modos apostólicos, vivir hasta el detalle las instrucciones
y Normas de vida que nos ha transmitido nuestro Padre y que debemos transmitir
a los demás. Lo
(5) De
nuestro Padre, Meditación, 12-IV-1954.
(6) De
nuestro Padre, Meditación, 12-IV-1954.
(7) De
nuestro Padre, Meditación, 2-X-1956.
(8) Ps. CXVIII, 89-90.
(9) De
nuestro Padre, Instrucción, 19-III-1934, n. 20.
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que se te ha confiado ha
de permanecer en ti y pasar también a manos de otro. Oro has recibido, devuelve
oro (10). Todos debemos cumplir
y custodiar nuestro Derecho particular, y de un modo especial los Directores,
que están obligados a fomentar su cumplimiento y a exigirlo con
prudencia y eficacia, de modo que nunca nazca ninguna costumbre contraria
o se dejen de cumplir algunos de esos preceptos (11). Jamás, ni ahora ni a la vuelta de los años, habrá circunstancia
excusante para dejar de vivir, de manera habitual, algún punto de nuestro
Derecho.
La universalidad
y perennidad de nuestro espíritu tienen características peculiares. La Obra
no sólo no morirá nunca, sino que jamás envejecerá: será siempre joven, siempre
nueva, siempre llena de hermosura y vigor. Como la doctrina católica, en cuyo
seno ha nacido y vive, así el espíritu del Opus Dei, como
licor precioso contenido en un buen vaso, se rejuvenece constantemente por
obra del Espíritu Santo, y hace también joven al vaso en que se encuentra (12). De este modo, nunca,
para la Obra, habrá problemas de adaptación al mundo; nunca se encontrará
en la necesidad de plantearse el problema de ponerse al día. Dios ha
puesto al día su Obra de una vez para siempre, dándole esas
características seculares, laicales, que os he comentado en esta carta. No
habrá jamás necesidad de adaptarse al mundo, porque somos del mundo; ni tendremos
que ir detrás del progreso humano, porque somos nosotros -sois vosotros, mis
hijos-, junto con los demás hombres que viven en el mundo, los que hacéis
este progreso con nuestro trabajo ordinario (13).
Pasarán
los años, los siglos: la sociedad humana se irá enriqueciendo: nuevos descubrimientos,
nuevas actividades, nuevas fuentes de progreso. Si somos fieles, ahí habrá
siempre alguien del Opus Dei porque, por esta vocación nuestra, estamos presentes en el mismo origen de los rectos cambios
que se dan en la vida de la sociedad, y hacemos también nuestros los progresos
de cualquier época: nuestra mentalidad y nuestra
acción responderán siempre plenamente a las exigencias y a las necesidades
que se puedan dar con el correr de los siglos (14). Donde se abra un
(10) San
Vicente de Lerins, Commonitorium
22.
(11) Catecismo,
[de la Obra] 5ª ed., n. 322.
(12) San Ireneo de Lyon, Adversus haereses III, 24.
(13) De
nuestro Padre, Carta, 9-I-1932, n. 92.
(14) De nuestro
Padre, Carta, 14-II-1950, n. 21.
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nuevo panorama de trabajo, no tardará en haber un alma que busque
hacer el Opus Dei. Nunca
nos será ajeno lo que atraiga los afanes de la inteligencia y del corazón
de los hombres (...). Sentimos la honda necesidad
de no abandonar ningún campo de acción en el que los hombres honestamente
trabajen, porque ubicumque fuerit
corpus, illic congregabuntur
et aquilae (Matth. XXIV,
28) (15).
La permanente
adecuación a la mentalidad y a las coyunturas de cada época, no representa
ningún problema para la Obra. Este acomodarse a las nuevas circunstancias, que en italiano llaman
aggiornamento, no es más que conocer y vivir
bien las particularidades y el ambiente de cada tiempo y así trabajar con
eficacia (16), como un organismo vivo que tiene una misión divina que cumplir.
Los cuerpos inertes se adaptan al medio pasivamente, sufriendo cambios, sin
otro límite que el de la propia receptividad. Los seres vivos se adaptan de
manera diversa: seleccionan lo que el ambiente les ofrece, y sobre todo irrumpen
en él, lo modifican, imponen la ley de su propia vitalidad. Uniformarse con
el ambiente sería morir, o al menos no tener nada que aportar; adecuarse,
en cambio, es tener en cuenta las condiciones que nos rodean para evitar lo
nocivo y emplear lo provechoso, y llegar así a cumplir la propia misión.
Fidelidad
al espíritu de la Obra
Para
cumplir el fin peculiar de la Obra, en todos los ambientes y circunstancias
de la sociedad, la primera preocupación ha de ser la de guardar íntegro el espíritu específico de nuestra
vocación (17). Si alguien, con la excusa de una falsa adaptación, cambiase
los modos apostólicos a los que el Señor ha querido ligar ordinariamente la
eficacia santificadora de la Obra, no obtendría frutos; sería como intentar
convertir la Obra de Dios en una obra humana.
(15) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1950,
n. 21.
(16) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1950,
n. 21.
(17) De nuestro Padre, Carta, 14-II-1950,
n. 21.
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Un hijo
de Dios en su Opus Dei no temerá nunca quedarse atrasado. Entre otras
cosas, porque nunca se considera
acabada vuestra formación: durante toda vuestra vida,
con una humildad maravillosa, necesitaréis perfeccionar vuestra preparación
humana, espiritual, doctrinal-religiosa, apostólica y profesional.
Aparte
de otras razones, es ésta una consecuencia de vuestra condición secular, que
os exige vivir con agilidad, sin inmovilismos, el espíritu que el Señor nos
ha dado. Ese espíritu, por su misma naturaleza, no está limitado por unas
circunstancias determinadas de lugar y de tiempo, sino que responderá siempre
a los más diversos cambios y situaciones que, a lo largo de los siglos, tengan
lugar en la sociedad de los hombres (18).
Con
ese complejo de superioridad de que nos habló
tanto nuestro Padre, y que no es soberbia ni altivez, hemos de saber estar
al cabo de la calle, y muchas veces de vuelta, tanto de los
afanes innovadores falsos como de ciertas corrientes doctrinales de moda.
Hijos de mi alma, estad alerta y, como se hace en época de epidemias,
tomad precauciones: porque pueden algunos pensar
que, si no se sigue al día el conocimiento de esas tendencias, tendríamos
limitaciones al tratar con la gente, y se podría originar -en los que discurren
así- el complejo de que perderíamos eficacia, si permanecemos prudentemente
al margen y no tratamos de adaptarnos a esas corrientes.
Claridad
de criterio: nosotros no necesitamos hacer un esfuerzo para ponernos al día,
porque nuestra vocación secular no permite que nos rezaguemos; vamos siempre
al ritmo de los hombres de la calle, nuestros iguales. Pero, al aceptar y
ennoblecer todos los valores humanos, no transigimos con el error: amamos todo lo humano, pero lo purificamos de la ganga que
pone el pecado, para ofrecerlo limpio a Dios
(19). Y añade nuestro Fundador: porque cultivamos la libre personalidad
de cada uno, los hijos de Dios en su Obra somos gente que sabe pensar por
cuenta propia, que no acoge, sin más, los tópicos, los lugares comunes que
hacen furor -son moda- durante un determinado tiempo. Nuestra formación nos
enseña a
(18)
De nuestro Padre, Carta, 6-V-1945, n. 19.
(19)
De nuestro Padre, Carta, 29-IX-1957, n. 30.
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realizar una
labor de criba, que aprovecha lo que es bueno y deja lo demás (20).
Convivir
con los paganos -decía
Tertuliano- no es tener sus mismas costumbres. Convivimos con todos,
nos alegramos con ellos porque tenemos en común la naturaleza, no las supersticiones.
Tenemos la misma alma, pero no el mismo comportamiento; somos coposesores
del mundo, no del error (21). El cristiano
es sal (22), fermento
(23), luz del mundo (24); su misión es la de divinizar
ese mundo, llenándolo de claridad, purificándolo, haciéndolo fermentar en
amor de Dios. El mensaje evangélico es necesariamente una fuerza de choque.
El que no está conmigo
-ha dicho el Señor-, está contra mí;
y el que no recoge conmigo, desparrama (25).
Cualquier
obra sobrenatural que el Señor quiera inspirar en la tierra, ha de encontrar
necesariamente una cierta oposición, como la encuentra un clavo cuando se
introduce en una pared. Esa resistencia nace precisamente del hecho de que
el mundo no está todavía divinizado, y Dios ha querido que le sirvamos de
instrumentos en esta tarea. Hay que contar con las dificultades, y no como
algo negativo, sino que hemos de saber valernos de ellas como de un medio
más para desarrollar la labor apostólica. No hemos de exagerarlas, pero tampoco
podemos pretender que no existan.
Hace
años, escribía nuestro Fundador: "Y ¿en un ambiente paganizado o pagano, al chocar este ambiente con mi
vida, no parecerá postiza mi naturalidad?", me
preguntas.
-Y te contesto: Chocará sin duda, la vida tuya con la de ellos: y
ese contraste, por confirmar con tras obras tu fe, es precisamente la
naturalidad que yo te pido (26).
La
coherencia entre la fe y la conducta -sin concesiones fáciles al ambiente, a la
moda- es la mejor prueba de la convicción y validez de
(20) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1959, n. 25.
(21) Tertuliano, De idolatria 1, 4, 5.
(22) Matth. V, 13.
(23) Matth. XIII, 33.
(24) Matth.
V, 14.
(25) Luc. XI, 23.
(26)
Camino, n. 380.
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lo que enseñamos: la premisa, por
tanto, de la eficacia de nuestro apostolado, por encima de la diversidad de
circunstancias de tiempo y lugar. Habéis
de atraer sobre todo con el ejemplo de la integridad de vuestras vidas, con
la afirmación -humilde y audaz a un tiempo- de vivir cristianamente entre
vuestros iguales, con una manera ordinaria, pero coherente; manifestando,
en nuestras obras, nuestra fe: ésa será, con la ayuda de Dios, la razón de
nuestra eficacia.
No
tengáis miedo al mundo: somos del mundo y, unidos
a Dios, si vivimos nuestro espíritu, nada puede dañarnos. Quizá, en ocasiones,
entre gentes alejadas de Dios, nuestra conducta cristiana pueda chocar: habréis
de tener la valentía, apoyados en la omnipotencia divina, de ser fieles.
Pido para mis hijos la fortaleza de espíritu que les haga capaces de
llevar consigo su propio ambiente; porque un hijo de Dios, en su Obra, debe
ser como una brasa encendida, que pega fuego dondequiera que esté, o por lo
menos eleva la temperatura espiritual de los que le rodean, arrastrándolos
a vivir una intensa vida cristiana (27).
Defender con fortaleza el espíritu de la Obra
Esa
fortaleza que aprendemos a vivir para dar tono sobrenatural
a todos los ambientes, la hemos sabido ejercer en defensa de nuestra fisonomía
espiritual y de nuestro modo apostólico de trabajar; lo mismo ahora que cuando la Obra era sólo una simiente que,
por su pequeñez, resultaba difícil de distinguir para quienes no conocían
la naturaleza del Opus Dei y la virtualidad que estaba llamado a desarrollar
por querer de Dios. Y esa fortaleza, aunque las circunstancias cambien, tendremos
que ejercerla siempre, porque
es más cómodo procurar ser aceptados por todos, no correr el riesgo de disgustarnos
con alguno (28).
No somos antinada
(29), repetía nuestro Padre. Jamás apagaremos una lámpara que se encienda en
nombre de Cristo. Lo que nos preocu-
(27) De nuestro Padre, Carta, 24-III-1930, n. 11.
(28) De nuestro Padre, Carta, 9-I-1959, n. 25.
(29) De nuestro Padre,
Carta, 9-I-1959, n. 25.
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pa es
ser fieles a nuestra vocación, cumplir la Voluntad divina. Y muchas veces habrá que ir -hemos ido
casi siempre- contra corriente, abriendo cauces y caminos nuevos. No por afán
de originalidad, sino por lealtad a Jesucristo y a su doctrina. Lo fácil es
dejarse llevar, pero las posturas fáciles son también frecuentemente actitudes
que demuestran falta de responsabilidad.
Es
cierto que habéis de vivir, en todo momento, entre las gentes de vuestro tiempo,
de acuerdo con su mentalidad y sus costumbres, pero siempre prontos a
dar razón de vuestra esperanza (I Petr. III, 15) en Jesucristo, no vaya a ser que, porque
no tenéis que adaptaros -ya que os encontráis en medio de vuestros iguales-,
no se pueda distinguir que sois discípulos del Señor. ¡Cuánto sentimentalismo,
miedo, cobardía hay en ciertos afanes de adaptación! (30).
Fuertemente
audaces, con una fe firme en el Señor, con una confianza inquebrantable en su
Obra, podremos decir siempre con
el pasmo de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros
que se obraban por sus manos en nombre de Cristo: “¡Influimos tanto en el
ambiente!" (31)..
Independientemente de nuestras
cualidades personales, siendo fieles al espíritu y a los modos apostólicos de
la Obra, haremos realidad en la tierra ese Reino de los cielos que Jesucristo
compara a la levadura que toma una mujer y mezcla con tres medidas de harina
hasta que todo fermenta (32).
También
a nosotros, creyentes suyos -predicaba
San Juan Crisóstomo-, nos ha mezclado con la muchedumbre para que participemos
a los demás nuestra fe. Que nadie eche la culpa al corto número; porque tan
grande es la fuerza de la predicación evangélica que lo que una vez ha fermentado
se convierte en levadura para los demás (...). Si
doce hombres hicieron fermentar toda la tierra, qué grande ha de ser nuestra
malicia, ahora que somos tantos, si no somos capaces de corregir a los que
quedan, siendo así que debiéramos bastar y sobrar para servir de levadura
a mil mundos.
(30) De nuestro Padre, Carta, 9-1-1959, n. 25.
(31) Camino, n. 376.
(32) Matth.
XIII, 33.
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-Mas ellos -me dirás- eran Apóstoles.
¡Y
qué importa! ¿Es que no eran hombres como tú? ¿Acaso no se educaron en
ciudades? ¿No se gozaron de lo que tú te gozas? ¿No tuvieron oficios? ¿Eran
quizás ángeles? ¿Bajaron por casualidad del cielo? (33).
El Señor
no nos pide nada que, con su gracia, no esté a nuestro alcance. Por pura benevolencia
y amor, ha querido asociarnos a su plan redentor, dándonos sobradamente los
medios necesarios para que seamos instrumentos eficaces. Por nuestra parte,
hemos de ser como el siervo fiel y prudente, a quien el amo puso al frente
de su hacienda, para que repartiera a los demás la ración oportuna, el buen
trigo (34) En medio del mundo, decía
nuestro Padre, al que amamos
con toda el alma, hemos de saber mirar arriba, hemos de procurar alcanzar
esa divina sabiduría, que nos hará hombres de criterio, capaces de discernir,
seguros en la fe, generosos en la caridad, capacitados por el amor a la verdad
y por la disposición de servicio, para ofrecer a quienes nos rodean un diálogo
de luz, de amor.
Incorporados a
Cristo, permaneced firmes en la verdad, porque omnia
in ipso constant (Colos. I, 17), todo lo que sobre
El se edifica, permanece (35).
(33) San
Juan Crisóstomo, In Matthaeum
homiliae 46, 2-3.
(34) Cfr. Matth. XXIV, 45.
(35) De
nuestro Padre, Carta, 24-X-1965, n. 75.
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