PARA SABER AMAR
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En la formación de un
carácter maduro y armónico, ocupa un lugar importante el dominio de las propias
pasiones; lo que podría llamarse la
educación de la templanza. En el mundo actual, dominado por el materialismo
hedonista, esta tarea es particularmente necesaria. Algunos no desean negar nada al estómago, a los ojos, a las manos; se
niegan a escuchar a quien aconseje vivir una vida limpia 1.
Frente a todos los que se dejan arrastrar por el deseo inmoderado de placeres que ofenden a Dios y degradan al hombre, hemos de afirmar la necesidad y la belleza de la templanza, que es señorío. No todo lo que experimentamos en el cuerpo y en el alma -enseña nuestro Padre- ha de resolverse a rienda suelta. No todo lo que se puede hacer se debe hacer. Resulta más cómodo dejarse arrastrar por los impulsos que llaman naturales; pero al final de ese camino se encuentra la tristeza, el aislamiento en la propia miseria 2.
Incluso desde el punto
de vista meramente natural, la castidad es importantísima para custodiar la
dignidad del amor humano. Mediante
(1) Amigos de Dios, n. 84.
(2.) Amigos de Dios, n. 84.
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esta virtud, la facultad
generativa es gobernada por la razón y dirigida a la perpetuación de la especie
dentro del matrimonio. El instinto sexual se inscribe así en el orden querido
por Dios en la creación, aunque -por el profundo desorden introducido en la
naturaleza humana por el pecado original- mantener esta ordenación no resulte a
veces fácil.
Es un aspecto de la lucha que hay que sostener en la tierra, para la que todos contamos con la ayuda divina. En cambio, cuando el hombre renuncia a pelear y se abandona a la tiranía de los instintos, se rebaja a un nivel infrahumano: parece como si el "espíritu" se fuera reduciendo, empequeñeciendo, hasta quedar en un puntito... Y el cuerpo se agranda, se agiganta, hasta dominar 3. Se hace entonces realidad la afirmación de aquel confesor, un poco rudo, pero experimentado, que contuvo los desvaríos de un alma y los redujo al orden, con está afirmación: "andas ahora por caminos de vacas; luego, ya te conformarás con ir por los de cabras; y luego..., siempre como un animal, que no sabe mirar al cielo" 4.
En el plano sobrenatural, la castidad es imprescindible, porque la vida de la gracia no puede asentarse sobre una humanidad animalizada. Hemos de gritar al mundo entero, con la boca y con el testimonio de nuestra conducta: no emponzoñemos el corazón, como si fuéramos pobres bestias, dominados por los instintos más bajos 5. Además, sin la virtud de la santa pureza, la doctrina queda infecunda, y acaba por olvidarse o por cambiarse, para cohonestar las propias pasiones. Es la trayectoria que señala nuestro Padre, cuando escribe: ha seguido el camino de la impureza, con todo su cuerpo..., y con toda su alma. -Su fe se ha ido desdibujando..., aunque bien le consta que no es problema de fe 6.
En los primeros
siglos, en medio de un ambiente pagano hedonista, la Iglesia amonestó con
fortaleza a los cristianos sobre los
placeres de la carne, que como crueles tiranos, después de envilecer al alma en
la impureza, la inhabilitan para las obras santas de la virtud 7.
Y nuestro Padre, de modo gráfico, nos hacía notar que cuando
el paladar está estragado, no puede de ninguna manera entender estas
delicadezas del trato
(3) Surco, n. 841.
(4) Surco, n. 843.
(5) Amigos de Dios, n.
178.
(6) Surco, n. 837.
(7) San Ambrosio, De virginibus 1, 3.
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con Dios
8. La
enseñanza viene del mismo Jesucristo: bienaventurados
los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios 9.
El tono de muchos
espectáculos y medios informativos, e incluso de algunas costumbres sociales,
ha puesto de moda la falsa idea de que la vida casta es un arcaico tabú, que la
mentalidad moderna ha superado. El resultado, entre otros, es que -aun entre
cristianos que luchan por vivir la pureza- es frecuente considerar que la
práctica de esta virtud resulta muy difícil.
Es cierto que en
ocasiones, la castidad puede costar un poquito. Pero no exageremos. Para una
persona normalmente constituida, esa lucha suele ocupar un cuarto o un quinto
puesto 10, afirmaba
nuestro Padre. Y detallaba: primero están las aspiraciones de la vida
espiritual, la que cada uno tenga; inmediatamente, muchas cuestiones que
interesan al hombre o a la mujer corriente: su padre, su madre, su hogar, sus
hijos. Más tarde, su profesión. Y allá, en cuarto o quinto término, aparece el
impulso sexual 11. Aunque por temporadas pueda venir a primer término, aun
entonces resulta fácil vencer si se ejercitan los medios que la Iglesia nos
enseña.
Comparo esta virtud -decía también nuestro Fundador- a unas alas que nos permiten transmitir los mandatos, la doctrina de Dios, por todos los ambientes de la tierra, sin temor a quedar enlodados. Las alas -también las de esas aves majestuosas que se remontan donde no alcanzan las nubes- pesan, y mucho. Pero si faltasen, no habría vuelo. Grabadlo en vuestras cabezas, decididos a no ceder si notáis el zarpazo de la tentación, que se insinúa presentando la pureza como una carga insoportable: ¡ánimo!, ¡arriba!, hasta el sol, a la caza del Amor 12.
(8) De nuestro Padre,
Tertulia, 30-VII-1974.
(9) Matth. VI, 8.
(10) De nuestro Padre,
Tertulia, 9-XI-1959.
(11) Amigos de Dios,
n. 179.
(12) Amigos de Dios,
n. 177.
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La castidad es exigencia del amor. Es la dimensión de su
verdad interior en el corazón del hombre 13, enseña el Romano
Pontífice. Por eso, porque del amor proviene y al amor se ordena, la
castidad -la de cada uno en su estado: soltero, casado, viudo, sacerdote- es
una triunfante afirmación del amor
14. Es preciso entender
que la limpieza de vida se halla igualmente lejos de la sensualidad
que de la insensibilidad, de cualquier sentimentalismo como de la ausencia o
dureza de corazón 16. El cuerpo
se ordenará, en las funciones que le son propias, al fin global del hombre y a
los medios que, por vocación o por elección, cada persona concreta ha de poner
para alcanzar ese fin.
En una primera
aproximación, podemos decir que hay dos maneras de vivir la castidad, dos maneras de ser limpios. Las
dos son buenas, las dos son santas. Una es hacer uso del corazón, de los
sentidos, del cuerpo y -te lo diré claramente- de la facultad de procrear,
dentro de los términos que el Señor -en su Providencia amabilísima- ha
señalado, y dentro del matrimonio, que para los cristianos es un Sacramento
16.
Por otra parte, Dios puede pedir a una persona que viva el
celibato apostólico; y eso es lo que nos pide a algunos en el Opus Dei, a fin
de estar disponibles completamente para el servicio de Dios. Sin ser frailes,
ni religiosos. Somos ciudadanos normales, pero hemos recibido -porque Dios ha
sido tan bueno, y lo ha querido así- una llamada más grande del amor divino,
más alta todavía que la vocación al matrimonio. Hemos respondido que sí, y aquí
estamos. La santa pureza es afirmación gozosa. No es decir: no, no, no. Es
decir: sí, sí, sí, a Dios Nuestro Señor 17.
Quienes han recibido
la llamada a servir a Dios en el matrimonio, se santifican precisamente en el
cumplimiento abnegado y fiel de los debe-
(13) Juan Pablo II, Alocución, 3-XII-1980.
(14) Surco, n. 831.
(15) Amigos de Dios, n. 183
(16) De nuestro Padre,
Tertulia, 30-V-1974.
(17) Del Padre,
Crónica, 1976, p. 567.
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res conyugales, que para
ellos se hacen camino cierto de unión con Dios. Los que han recibido la
vocación al celibato apostólico, encuentran en la entrega total al Señor y a
los demás por Dios, indiviso corde 18,
sin la mediación del amor conyugal, la gracia de Dios para vivir felices y
alcanzar la santidad. Tanto unos como otros tienen el compromiso de ser leales.
Si
estás enamorado de otra manera -decía nuestro Padre,
refiriéndose a la vocación al celibato apostólico-, ¡fiel!;
y si estás enamorado de una chica, ¡fiel también 16.
En definitiva, la
castidad -no simple continencia, sino afirmación decidida de una voluntad
enamorada- es una virtud que mantiene la juventud del amor en cualquier estado
de vida. Existe una castidad de los que sienten que se despierta en ellos el
desarrollo de la pubertad, una castidad de los que se preparan para casarse,
una castidad de los que Dios llama al celibato, una castidad de los que han
sido escogidos por Dios para vivir en el matrimonio 20.
En el matrimonio, Dios
llama al hombre y la mujer a una especial
participación en su amor y al mismo tiempo en su poder de Creador y Padre,
mediante su cooperación libre y responsable en la transmisión del don de la
vida humana 21. No es difícil comprender, desde esta
perspectiva, la perversión que supone subvertir el orden de los planes divinos
en pro de un egoísta placer personal. El Señor ha establecido, con el
matrimonio, un cauce fecundo para el amor. Nuestras madres saben mucho de
amor; si no, no estaríamos nosotros en el mundo. Yo
gozo pensando en la alegría de mis padres cuando esperaban un hijo. Somos fruto
del amor, y en el caso de un matrimonio cristiano, del amor humano y del amor a
Dios. A mí, el Señor me ha pedido el corazón entero -ahí cabéis vosotros
también-, pero no me canso de repetir que el matrimonio es
(18) Cfr. I Cor. VII, 33.
(19) De nuestro Padre,
Tertulia, 30-V-1974.
(20) Es Cristo que pasa, n. 25.
(21) Juan Pablo II, Exhort. apost.
Familiaris consortio, 22-XI-1981,
a 28.
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también un camino divino (...). Tengo el orgullo de poder asegurar que nunca he apagado un amor noble de la tierra; al contrario, lo he alentado, porque debe ser -cada día más- un camino divino 22
Particularmente en nuestros días, resulta necesaria una preparación de los jóvenes al matrimonio, que les disponga a vivirle con éste espíritu. Algunas expresiones claras de nuestro Padre delinean el estilo del noviazgo cristiano. ¡Preparaos a amar: a Dios y al prójimo! La mayor parte de vosotros tendrá que crear una familia, un hogar. Para crear un hogar se necesita un corazón grande, limpio; una naturaleza lo más limpia posible, también 23. En nuestra labor de almas, hay que descubrir a todos las normas claras inscritas por el Creador en el corazón humano, y enseñarles a respetarlas, porque son muchos los que ha recibido desde niños el influjo devastador de una enseñanza en la que se ha eliminado toda referencia a una norma objetiva de moralidad. En esta tarea de formación no hay que dar nada por supuesto, pues muchos tienen oscurecidos los dictados más elementales de la ley moral natural.
Hay que enseñar que la
santa pureza es virtud para todos -hombres y mujeres, jóvenes y adultos-, y que
cada uno ha de vivirla de acuerdo con las exigencias de su estado. Que sólo
dentro del verdadero matrimonio es lícito e incluso santo el uso del sexo. Que
un matrimonio cristiano no puede desear cegar las fuentes de la vida. Porque su
amor se funda en el Amor de Cristo, que es entrega y sacrificio 24, y por eso ha de estar siempre abierto a la
vida que Dios desee suscitar con la colaboración de los padres. Que las
personas solteras, también las que no están ligadas con Dios por un compromiso
especial, tienen el deber grave de vivir la santa pureza en continencia total
de cuerpo y de espíritu. Y que, por tanto, han de poner todos los medios
aconsejados por la Iglesia para evitar las ocasiones próximas de pecado.
Nuestro Padre no
hablaba de la virtud de la pureza más que cuando era necesario, y en esos casos
lo hacía siempre con sentido sobrenatural, en tono positivo y con claridad. Su
santidad heroica, su vasta experiencia de trato con las almas, y su corazón
desbordante de cariño
(22) De nuestro Padre,
Tertulia, 10-IV-1969.
(23) De nuestro Padre, Tertulia, 29-VI-1974.
(24) Surco, n. 846.
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para todos, le hacían
capaz de sintetizar la visión cristiana -y, por tanto, plenamente humana- de la
castidad en frases contundentes, capaces de remover a las almas.
Comparaba con frecuencia la lucha ascética con el deporte: en algunos momentos me he fijado cómo relucían los ojos de un deportista, ante los obstáculos que debía superar. ¡Qué victoria! ¡Observad cómo domina esas dificultades! Así nos contempla Dios Nuestro Señor, que ama nuestra lucha: siempre seremos vencedores, porque no nos niega jamás la omnipotencia de su gracia 25.
A las personas casadas
les recordaba que en el estado matrimonial (...) hay anverso y
reverso. De una parte, la alegría de saberse queridos, la ilusión por edificar
y sacar adelante un hogar, el amor conyugal, el consuelo de ver crecer a los
hijos. De otra, dolores y contrariedades, el transcurso del tiempo que consume
los cuerpos ,y amenaza con agriar los
caracteres, la aparente monotonía de los días aparentemente siempre iguales.
Tendría
un pobre concepto del matrimonio y del cariño humano quien pensara que, al
tropezar con esas dificultades, el amor y el contento se acaban. Precisamente
entonces, cuando los sentimientos que animaban a aquellas criaturas revelan su
verdadera naturaleza, la donación y la ternura se arraigan y se manifiestan
como un afecto auténtico y hondo, más poderoso que la muerte (cfr. Cant. VIII, 6) 26.
Puede suceder que este
espíritu no esté de moda, y que vivir la castidad con todas sus consecuencias
sea a los ojos de muchos algo incomprensible o quizás una utopía. Sin embargo,
no es nueva esta actitud. También los primeros cristianos tuvieron que
enfrentarse con un ambiente hostil. Nos cuenta la Sagrada Escritura que el
procurador Félix escuchaba interesado la defensa de San Pablo cuando el Apóstol
hablaba de Jesucristo, pero que interrumpió bruscamente su discurso al oír
(25) Amigos de Dios, n. 182.
(26) Es Cristo que pasa, n. 24.
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hablar de la continencia, y le respondió aterrorizado: por ahora puedes retirarte 27.
Siglos más tarde,
cuando ya existía una tradición cristiana de castidad y pureza, los Padres de
la Iglesia tuvieron que pronunciar palabras como éstas, de sorprendente
actualidad: ¿Qué quieres que hagamos? ¿Subirnos al monte y hacernos monjes? Y eso que decís es lo
que me hace llorar: que penséis que la modestia y la castidad son propias de
los monjes. No. Cristo puso leyes comunes para todos. Y así, cuando dijo:
"el que mira a una mujer para desearla” (Matth.
V, 28), no hablaba con el monje, sino con
el hombre de la calle (...). Yo no te prohíbo casarte,
ni me opongo a que te diviertas. Sólo quiero que se haga con templanza, no con
impudor, no con culpas y pecados sin cuento. No pongo por ley que os vayáis a
los montes y desiertos, sino que seáis buenos, modestos y castos aun viviendo
en medio de las ciudades 28.
Cada uno en su sitio, con la vocación que Dios le ha infundido en el alma -soltero, casado, viudo, sacerdote- ha de esforzarse en vivir delicadamente la castidad, que es virtud para todos y de todos exige lucha, delicadeza, primor, reciedumbre, esa finura que sólo se entiende cuando nos colocamos junto al Corazón enamorado de Cristo en la Cruz 29.
Parte de nuestra
misión evangelizadora consiste en desenmascarar los ropajes pseudointelectuales
con que se ocultan las costumbres inmorales. Hemos de decir a nuestros
contemporáneos que no es retrógrado quien se comporta de
acuerdo con la dignidad de la persona humana; retrógrado es
más bien quien retrocede hasta la selva, no reconociendo otro impulso que el
instinto 30. Sin ñoñerías, con la
naturalidad de nuestro ejemplo, y siempre con el bálsamo de la amistad -que es
caridad-, hemos de desarrollar una cruzada de virilidad y de pureza que
contrarreste y anule la labor salvaje de quienes creen que el hombre
es una bestia 31. Con otras palabras, decía también nuestro
Padre: se trata de hacer realidad, con particular empeño, lo que vengo
predicando desde los comienzos: metidos en el torrente circulatorio de la
sociedad, hemos de
(27) Act. XXIV, 25.
(28) San Juan
Crisóstomo, In Matthaeum homiliae 7, 7.
(29)
Amigos de Dios, n. 184.
(30)
Conversaciones, n. 105.
(31)
Camino, n. 121.
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llevar a
todos el bonus odor Christi (II Cor. II, 15), llevando
con nosotros nuestro propio ambiente, que tiene como parte integrante la virtud
cristiana de la santa pureza con su cortejo de virtudes menores pero
indispensables 32.
Normalmente se tratará
de pequeñas manifestaciones, que no llaman la atención pero que marcan un
estilo de comportamiento elegante y atractivo, como es siempre elegante y
atractiva la pureza. Así son, por ejemplo, los detalles de pudor y de modestia
en el vestir, en el aseo, en el deporte; la negativa -tajante- a participar en
conversaciones que desdicen de un cristiano; la repulsa hacia espectáculos
inmorales...; y sobre todo,
el ejemplo alegre de la propia vida. Después habrá que aconsejar, golpear en
esos corazones que sienten la amargura de una soledad viciosa. Quienes tengan
acceso, de un modo u otro, a los medios de comunicación, han de considerar como
una tarea urgente el proponer siempre en términos positivos, que resalten su
hermosura, la virtud humana y cristiana de la santa pureza.
No siendo la santa
pureza la única ni la principal virtud -pues el primado corresponde a la
caridad-, resulta sin embargo indispensable para la vida cristiana. Por tanto,
nos
empeñaremos en afinar nuestra conciencia, ahondando lo necesario hasta tener
seguridad de haber adquirido una buena formación, distinguiendo bien entre la
conciencia delicada -auténtica gracia de Dios- y la conciencia escrupulosa, que
es algo distinto 33.
No es
extraño que, como por ósmosis, asomen en el alma atisbos de las costumbres
licenciosas de la sociedad. Por eso, nos invita el Padre: afina en tu examen, y concreta tus propósitos. ¿Cómo mortificas tus
sentidos? ¿Te has dejado arrastrar en algo, aunque te parezca una cosa sin
importancia, por el asedio de descarada sensualidad que predomina en la calle,
en la prensa, en la televisión, o en el lugar donde trabajas? Destierra
(32) De nuestro Padre, Crónica, 1970, p. 392.
(33) Amigos de Dios, n. 185.
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ese capricho en el gusto,
o ese pequeño detalle de falta de templanza; no te permitas esa mirada,
abandona esa lectura insustancial...
Todo se demuestra al
fin muy importante, porque el Amor Hermoso se acrisola solamente en un clima
encendido de lucha, que aparece también en lo poco de cada día 34.
Entre
los medios que la prudencia aconseja poner, el Padre nos viene insistiendo en
que tengamos cuidado con la televisión. Todas
las invenciones humanas se pueden emplear para el bien o para el mal. Así
ocurre, por ejemplo, con la energía atómica: de hecho se hace tanto bien en
medicina y en tantos campos de la ciencia. Pero otras veces se emplea como
instrumento del mal. Y cuando uno piensa en la energía atómica, lo primero que
viene a la imaginación es el riesgo de las bombas nucleares. Algo parecido
sucede con la televisión. No penséis que soy una persona de la Edad Media,
porque esto es de sentido común. Si alguien se entretiene viendo cosas que
afectan a la santa pureza, se está poniendo deliberadamente en ocasión de
pecar; y, según enseña la Teología Moral, eso ya es en sí mismo un pecado:
ponerse voluntariamente en ocasión de pecar, sin necesidad 35. Y
es que ahora, por desgracia, en casi
todos los países del mundo hay emisoras manejadas por gentes sin amor ni temor
de Dios, que introducen en la intimidad del hogar, pisoteándola, esa ola de
porquería y de sensualidad que -con la gracia de Dios- rechazamos en la calle 36.
Los medios para
preservar esta virtud -y para acrecentarla- siguen siendo los que han vivido
siempre los cristianos. Hablando de cómo formar en este aspecto a la agente
joven, decía nuestro Padre: insistidles
continuamente en que sean muy sinceros siempre, y especialmente antes.
Enseñadles
también a poner la lucha en puntos que estén lejos de los muros capitales de la
fortaleza. No se puede andar haciendo equilibrios en las fronteras del mal: que
sepan temer con fortaleza el voluntario in causa, que huyan del más pequeño desamor; y que sientan las ansias
de un apostolado continuo y fecundo, que tiene a la santa pureza como fundamento
y también como uno de sus frutos más característicos; que llenen
(34) Del Padre, Carta, 9-1-1978, n. 16.
(35) Del Padre,
Tertulia, 18-IV-1984.
(36) Del Padre,
Crónica, 1978, p. 576.
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el
tiempo siempre con un trabajo intenso y responsable; que
busquen la presencia de Dios, que sepan que hemos sido comprados a gran precio,
y somos templos del Espíritu Santo.
Enseñadles
que si alguna vez se cae, hay que levantarse enseguida: con la gracia de Dios,
que no faltará si se ponen los medios, hay que llegar cuanto antes a la
contrición, a la sinceridad humilde, a la reparación, de modo que la derrota
ocasional se transforme en una gran victoria de Jesucristo 37.
No hay en la vida
cristiana complejos de ningún tipo, ni el cristiano ha de ser una persona
acomplejada. La conciencia de nuestra debilidad nos lleva a buscar la fortaleza
de nuestro Padre Dios. Por eso, no hay que asustarse de nada: cualquier
aberración podría ser nuestra, si Dios nos dejara de su mano. De otra parte,
incluso las personas más pervertidas, si se arrepienten y purifican su vida
pasada, pueden llegar a ser instrumentos espléndidos en las manos de Dios y apóstoles
suyos.
Nace de aquí un
optimismo indeclinable que, mientras evita toda ilusión vana, conduce a la
victoria. Y para eso, la Iglesia nos ofrece la gracia de sus sacramentos, el
consejo de sus pastores, y la protección de la Virgen Santísima, nuestra Madre.
Estamos manchados -decía una vez el Padre-, pero somos hijos de esa Madre buena, y recibimos gracia abundante de
Dios. Vamos a procurar que nuestra alma y nuestro cuerpo estén bien limpios
siempre. Entre las virtudes de la Virgen -que las tuvo todas, y en grado
excelso-, podemos pensar hoy especialmente en su Santa Pureza; rogad a Nuestro
Señor y a su Madre Santísima que os ayuden a vivir esta virtud con gran
delicadeza. Y luego, a pelear, a poner todos los medios. ¿Por qué? Por amor 38.
(37) De nuestro Padre,
Crónica, 1970, pp. 396-397.
(38) Del Padre, Crónica,
1985, pp. 1445-1446.
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