COMO CIUDAD AMURALLADA

 

 

 

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En la lucha por la santidad siempre encontraremos enemigos: por eso advierte el Esp’ritu Santo por boca de Job que es milicia la vida del hombre sobre la tierra 1. Los adversarios del Reino de Dios no cejan en su persistente instigaci—n contra la paz interior de cada hombre; y nosotros mismos, turbados por el fomes peccati que late en lo hondo de nuestra naturaleza ca’da, tambiŽn nos plantamos a veces como enemigos de la propia felicidad.

Con la Redenci—n, Dios se empez— a construir un Reino, un pueblo de hijos suyos, linaje escogido, clase de sacerdotes reyes, gente santa, pueblo de conquista 2, y eligi— de entre los hombres una naci—n que le sirviera, un ejŽrcito fiel que se batiera en esta bell’sima guerra de amor y paz, para hacer campear el estandarte de Cristo en todos los campos de batalla, en la cumbre de todas las actividades humanas 3.

Dentro de la armadura

La Obra ha sido bien dotada para participar en la misi—n que Jesucristo ha confiado a su Iglesia: Desde hoy te hago como

1. Job. VII, 1.
2. I Petr. II, 9.
3. De nuestro Padre, Carta 30-IV-1946, n. 46.


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ciudad fortificada, como fŽrrea columna y muro de bronce... Yo estarŽ contigo para protegerte, palabra de YavŽ 4.

Dios ha querido constituirla como una plaza fuerte en esta lucha para instaurar el Reino de Dios en la tierra, en las instituciones y en las almas. El peque–o hogar de la Obra, que es una partecica Ñas’ sol’a expresarse nuestro PadreÑ de esta gran familia que es la Iglesia cat—lica 5, es el destacamento de destino para quienes hemos sido llamados a sus filas. Y desde estos muros bien guarnecidos, el Se–or espera que luchemos con valent’a.

ÁProclamad esto entre las gentes! ÁLlŽguense, suban todos los hombres de guerra! 6. La vocaci—n nos ha dado entrada en esta fortaleza de Dios, donde cada uno ha de cubrir un puesto preciso. Por eso, la unidad es una parte importante de nuestra fuerza. Compactos, convencidos de que Cristo no pierde batallas 7, nos hacemos para el enemigo de Dios terribles como un escuadr—n formado en orden de batalla 8. Y la cohesi—n de la caridad entre nosotros nos trae a Cristo, de quien recibimos toda la fortaleza: donde dos o tres se hallan congregados en mi nombre, all’ me hallo Yo en medio de ellos 9.

S—lo podremos vencer permaneciendo juntos, guard‡ndonos unos a otros, codo con codo, sin dejar un solo hueco entre los muros: Çpues si una ciudad se defiende contra las insidias del enemigo con un gran baluarte, y se ci–e de fuertes muros, y se protege por todas partes con una insomne vigilancia, pero se deja indefendido un solo agujero por negligencia, por all’ sin duda entrar‡ el enemigoÈ 10. Somos mutuamente responsables de la suerte de la ciudad y de la de cada uno de nosotros.

4. Ierem. I, 18-19.
5. Don Alvaro, Cartas de familia (3), n. 196.
6. Joel. III, 9.
7. De nuestro Padre, Meditaci—n Vivir para la gloria de Dios, 21-XI-1954; En di‡logo con el Se–or, p. 28.
8. .Cant. VI, 10.
9. Matth. XVIII, 20.
10. San Gregorio Magno, Moralia, 19, 21, 33.


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ÁQuŽ alegr’a sentirnos metidos en esta gran empresa de Cristo, y quŽ honra la que el Se–or nos ha concedido al llamarnos a sus filas! Pero como notamos tambiŽn, cada uno, nuestra personal debilidad, nos sabemos vulnerables, y tenemos clara conciencia de que por nosotros mismos no podemos nada. SŽ que en m’, es decir, en mi carne, no habita el bien; pues querer el bien est‡ a mi alcance, pero ponerlo por obra, no. Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero 11. Sin embargo, al llegar a la Obra para habitar en este basti—n de la guerra divina, se nos dio una poderosa coraza contra la que se estrellar‡n siempre los embates del enemigo: la vocaci—n. Hemos de refugiarnos en ella como los guerreros antiguos se met’an dentro de su armadura: la vocaci—n es nuestra defensa 12.

La llamada divina es protecci—n, y al mismo tiempo, el espaldarazo que nos convierte en boni milites Christi lesu 13, buenos soldados de Cristo Jesœs. Por eso, abandonar en cualquier rinc—n nuestro peto y nuestro casco, rechazar la seguridad que nos ofrece el Se–or, es casi tanto como echar a perder la vida, quedarnos inermes, indefensos, ante un contrincante que no perdona.

Tres voluntades

Como Santo Tom‡s ense–a repetidas veces, las cosas se conservan por las mismas causas que les dan el ser 14. En la vocaci—n de cada uno de nosotros intervino Dios, que nos llamaba; pero tambiŽn fue necesaria la acci—n de otras personas Ñal menos, con su oraci—n y su mortificaci—nÑ, a las que el Se–or

11. Rom. VII, 18-19.
12. De nuestro Padre, Tertulia, 25-V-1958.
13. Ch.II Tim. II, 3
14. Cfr. Santo Tom‡s, S.Th. I, q. 104, a. 1.


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us— como instrumentos; y la aceptaci—n de cada uno de nosotros, que correspondimos de modo personal. Si se mantienen estos tres elementos, perseveraremos: nuestra fortaleza es de Dios, de la caridad de nuestros hermanos y del esfuerzo personal nuestro 15.

Por cuanto corresponde al Se–or no faltar‡ nada: el que os llama es fiel, y por eso lo cumplir‡ 16. Si Dios nos convoca, es para culminar el trabajo empezado. Dios no es tal que estŽn en ƒl el s’ y el no, sino que en ƒl todo es un s’ invariable. Pues cuantas promesas hay de Dios, tienen en este s’ su verdad 17. Por su parte tendremos toda la ayuda que nos haga falta. Y por la nuestra, como respondimos la primera vez, con idŽntica voluntariedad actual, hemos de seguir correspondiendo durante toda la vida con generosidad.

Tampoco puede faltar el tercer elemento: la caridad frater­na. Si esa caridad nos trajo a Casa, tiene tambiŽn que ayudarnos a mantenernos firmes. De ah’ que sea muy grave la obligaci—n de velar Ñponiendo todos los medios a nuestro alcanceÑ por la perseverancia de los dem‡s, y que sea tambiŽn un deber de justicia; pues habiendo sido nosotros, en parte, causa de que aquel otro viniese a la Obra, es justo que tambiŽn le demos los medios para seguir el camino. Que nadie se sienta solo en Casa, que estŽ persuadido de que se le comprende; y si tiene una flaqueza, se le disculpa, y se le da la mano; y de que, para su debilidad, est‡ la fortaleza de todos los otros 18. Cuanto m‡s dŽbil sea uno, con tanta m‡s seguridad podr‡ contar con el apoyo del resto, como en una ciudad fortificada: los soldados se acumulan en aquella parte del muro que tiene ya abierta una brecha. Cuanta m‡s debilidad, m‡s ayuda y m‡s

15. De nuestro Padre, Tertulia, 1-I-1961.
16. I Thes. V, 24.
17. II Cor.
I, 19-20.
18. De nuestro Padre, Charla, 12-IV-1954.


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cari–o, m‡s desvelo. La madre acude con m‡s amor al hijo enfermo. Una madre, un hermano que ama, ante un hijo o ante un hermano enfermo, no se aparta aunque la enfermedad sea contagiosa 19.

ƒsta ha de ser la disposici—n de cada uno ante la vocaci—n divina de los dem‡s: custodiarla a costa de cualquier precio, . con ‡nimo fuerte. ÇCarga sobre ti, como perfecto atleta, las enfermedades de todosÈ 20. As’, codo con codo, compactos, unidos, no hay enemigo temible, porque si uno es agredido, ser‡n dos a defenderse, y la cuerda de tres hilos no es f‡cil de romper 21.

No preocuparse positivamente, activamente, de la fidelidad de los dem‡s puede constituir, pues, un verdadero pecado, y aun grave, contra la caridad y contra la justicia. Al privar a un hermano nuestro que lo necesitase Ñy en general, se necesita siempreÑ de nuestra ayuda, se le expondr’a a perder la vocaci—n, que es la gracia mayor que el Se–or ha podido hacerle, y la mejor salvaguarda de todas las dem‡s. Son ideas muy claras que nuestro Padre no se cansaba de repetir. Si un d’a alguien no viera claro el camino, se le har’a notar que tiene absoluta libertad para marcharse. M‡s aœn, que en Casa, aunque hagamos falta todos, nadie hace falta, ni el Padre: y es el Fundador. Se le har’a ver que no debe sentirse coaccionado. Pero inmediatamente Ñrespetando esa libertadÑ se ponen todos los medios sobrenaturales y humanos necesarios para devolverle la vista, para que no tire por la borda su felicidad, su propia vida. Se le encomienda y se le habla con infinito cari–o: con la misma delicadeza y solicitud que desear’amos que tuvieran con nosotros, si estuviŽsemos en las mismas tristes circunstancias 22.

19. De nuestro Padre, Meditaci—n, 16-IV-1954.
20. San Ignacio de Antioqu’a, Epistula ad Policarpum, 1, 3.
21. Ecdes. IV, 12.
22. De nuestro Padre, Cr—nica, V-61, p. 10.


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Derecho y deber de ayudar

Esta responsabilidad es de todos y a la vez de cada uno, personalmente. Cada uno ha de estar siempre atento ante el bien de sus hermanos, en una amorosa vigilia de servicio permanente. ǃstos son tus siervos, mis hermanos Ñescribe San Agust’nÑ, que tœ quisiste que fuesen hijos tuyos, se–ores m’os, y a quienes me mandaste que sirviese si quer’a vivir contigoÈ 23. Cristo, que se ha metido en sus vidas, exige imperativamente que ayudemos a conservar ese dominio de amor instaurado en aquellas almas.

Todos, absolutamente todos, tenemos en Casa esta misi—n de defender a los dem‡s, cualquiera que sea el puesto que ocupemos en la Obra. Cada uno de vosotros Ñdec’a nuestro PadreÑ tiene el deber de una direcci—n espiritual prudente, pero heroica, con los otros hermanos que est‡n cerca de Žl. Todos sois el buen pastor. Todos, por el hecho de estar en el Opus Dei, tenemos la misi—n, que es un deber, y el derecho sacrosanto de ayudar a santificarse a los dem‡s 24. El buen pastor apacienta a sus ovejas, las conoce una por una, las conduce con solicitud, prevŽ las dificultades que encontrar‡n en su camino, y abandona cuando es preciso a las noventa y nueve en el redil, para ir a buscar a la que falta, a la que anda esquivando a las dem‡s. Los Directores tienen en esto una misi—n y una responsabilidad especial, pero cada uno de nosotros puede tambiŽn y debe sentirse en cierto modo pastor de la grey entera, gobernando no a la fuerza, sino de buen grado segœn Dios; no por mezquino af‡n de lucro, sino de coraz—n; no como tiranos sobre la heredad del Se–or, sino haciŽndoos modelo de la  grey25.

23. San Agust’n, Confessiones, X, 4, 6.
24. De nuestro Padre, Meditaci—n, 12-III-1961.
25.I Petr. V, 2-3.


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Esta responsable guardia de los muros Ñque trasmite seguridad a los mismos vig’asÑ est‡ hecha de caridad y tambiŽn de cari–o humano. Una manifestaci—n de ese amor Ñque ama la santidad de los dem‡s incluso por encima de su propio bienÑ es la oraci—n y la mortificaci—n, porque si Dios no guarda la ciudad, en vano vigilan los centinelas 26. Se nos ha de poder definir a cada uno como el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo y por la ciudad santa27. Oraci—n, avalorada por el sacrificio, por la mortificaci—n, por dar la vida de modo constante por los dem‡s, con una disposici—n generosa y abnegada de entrega: muramos valerosamente por nuestros hermanos 28. Hasta ah’ ha de llegar la fraternidad que nos pide la Obra. Perder la vida, quemarla cada d’a, neg‡ndonos continuamente en mil detalles, para hacer f‡cil y amable el camino de Dios, el servicio de armas al que Jesucristo nos ha llamado.

Sin descanso ni tregua

Otra manifestaci—n clara, y muy sobrenatural, de esa vigi­lia amorosa es la correcci—n fraterna: a veces con la mirada, a veces con la consideraci—n que el caso exija 29. La pŽrdida de una vocaci—n nunca ocurre de pronto, improvisamente, como una explosi—n. Es algo que se anuncia con muchas peque–as manifestaciones que se notan en la convivencia diaria. Y entonces, cuando esos detalles son todav’a de poca importancia, se est‡ a tiempo. Una correcci—n fraterna oportuna puede enderezar un rumbo que, en caso de continuarlo, desembocar’a fuera de los muros de la ciudad. Por eso no caben la indiferen-

26. Ps. CXXVI, 1.
27.II Macab. XV, 14.
28. I Macab. IX, 10.
29. De nuestro Padre, Meditaci—n, 12-III-1961.


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cia y la pasividad en tales casos. Es tan agradable a Dios esa acci—n fraternal, que ƒl mismo nos ha dicho: si tœ amonestares al justo para que deje de pecar, vivir‡ Žl y tœ habr‡s salvado tu alma30.

Una muestra m‡s de fraternidad Ñreflejo de una fina guardia de amorÑ ser‡ la ayuda para que todos cumplan bien las Normas, que son precisamente Normas de vida, parapeto de la vida interior, y su alimento. Caridad con vuestros hermanos. Esa caridad os llevar‡ a ayudarles a conservar su vocaci—n, que es el tesoro m‡s esplŽndido que Dios nos dio. Esa caridad os llevar‡ a contribuir con vuestro esfuerzo, para que cada uno de los nuestros sea santo, para que todos tengan una s—lida vida interior. Si sabŽis que algœn hermano vuestro viene retrasando la meditaci—n, o se olvida de confesar en el d’a se–alado, Àpor quŽ no ayudarle?: Oye, Àvamos a hacer la meditaci—n?; Àvienes a confesarte?: hoy nos toca... Si nos damos cuenta de que a aquŽl o al otro la mortificaci—n le cuesta, Àno podremos allanarle el camino, con una palabra cari–osa y buen ejemplo? 31.

Y junto a todo eso, la ayuda concreta en sus quehaceres, en los encargos, en la tarea diaria, tambiŽn en la profesi—n. Ayudarles a ser eficaces en el trabajo externo, en el trabajo profesional. Alter alterius onera p—rtate, et sic adimplebitis legem Christi fGalat. VI, 2). Llevad los unos las cargas de los otros, y as’ cumplirŽis la ley de Cristo. Pero llevadla con gusto. Daos, con amor a Dios y con amor a vuestros hermanos, en un servicio que pase inadvertido. Y verŽis c—mo, si viv’s as’, comenzar‡n otros a vivir lo mismo, y serŽis como una gran hoguera que enciende todo 32.

Todas esas manifestaciones de caridad, de vigilia de amor, son especial’simamente propias de nuestro d’a de guardia, cos-

30.Ezech.m,21.
31. De nuestro Padre, Meditaci—n, 29-III-1956.
32. Ibid.


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tumbre que la Obra nos ha ense–ado maternalmente a practicar. Pero hemos de procurar extender esa actitud y sus frutos a todos los d’as, a todos los momentos, en un servicio permanente, sin descanso ni tregua.

Viviendo as’ nuestra fraternidad, heroicamente cuando sea preciso, ser‡ dif’cil que haya bajas en nuestras filas: como los m‡rtires de Sebaste, si cuarenta entramos en la batalla, cuarenta coronas podremos pedir al Se–or. Por eso, el mejor proselitismo es el de ayudar a quienes tienen nuestra misma vocaci—n a perseverar y a ser santos, porque melior est fin’s quam principium, mejor es terminar que empezar: comenzar es de todos; perseverar, de santos 33.

Todos firmes, compactos, bien unidos, nos defenderemos unos a otros y defenderemos la ciudad y el Reino de Dios. Frater qui adiuvatur a fratre quasi chitas firma 34. El hermano ayudado por su hermano se mantendr‡ fuerte, como esta almena inexpugnable que es la Obra de Dios, una torre segura dentro de la ciudad amurallada de la Iglesia de Cristo.

Que Santa Mar’a, Virgo Potens, Turris Davidica, Regina Apostolorum, guarde con vigilancia amorosa el tesoro de nuestra fraternidad, piedra angular de nuestra fortaleza.

33. Camino, n. 983.
34. Prov. XVIII, 19.

 

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