Anexo 1
TEXTOS DE SAN JOSEMARÍA QUE SE ACONSEJA MEDITAR
CUANDO SE
COMIENZA O SE TERMINA DE DESEMPEÑAR UNA
TAREA DE
DIRECCIÓN O DE FORMACIÓN.
Para servir, servir, os he repetido muchas veces, pues en esa frase se condensa una gran parte de nuestro
espíritu: servicio a Dios,
repito, a su Santa Iglesia y al Romano Pontífice; servicio a todas las almas; especialmente a los que el
Señor ha puesto junto a nosotros, dándoles la vocación al Opus Dei, o a
aquellos otros que —no
teniendo vocación— reciben el influjo del ejemplo y de la doctrina, que es también otro servicio
apostólico.
Queremos
servir, ser útiles a nuestra Madre la Obra, en bien de las almas, pero no hemos de olvidar que el
lugar, en el que somos más eficaces,
es aquél en el que nos han puesto los Directores (...).
Y en ese
lugar —y no en otro, que acaso nos parezca más apropiado por nuestras disposiciones, o por
nuestras aptitudes, o quizá por
nuestro capricho—, en ese lugar, es donde la gracia de Dios nos ayudará con mayor eficacia.
Por esta misma razón, os he enseñado desde el principio a considerar los cargos internos, no como un puesto de honor o de privilegio, que no lo son, sino como una oportunidad más de servir. Así se explica —lo contrario iría contra nuestro espíritu— que no acostumbremos a felicitar a los que reciben el nombramiento para un cargo dentro de la Obra, porque no pensamos en el cargo, sino en la carga —gustosamente llevada— que supone servir a nuestros hermanos.
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Yo deseo
que todos los hijos míos que ocupan cargos de dirección tengan presente siempre que el encargo
que Dios les da, de ser
mediadores, introductores de las conciencias en el ámbito de los sobrenaturales designios de Dios, les
impone un grave deber: el deber de ser muy sobrenaturales y de ser
hombres de conciencia muy recta.
Sólo así —siendo hombres de conciencia, muy sinceros ante Dios, conscientes de las propias
limitaciones, atentos al soplo del Espíritu Santo—, sabremos desempeñar nuestro encargo, con una fortaleza que no abandonará el ejercicio
de la corrección fraterna, y con
una rectitud y humildad que lleva a no esquivar las personales e ineludibles responsabilidades en
el servicio de los hermanos. Esta
fortaleza da a los demás la seguridad del querer de Dios; y esa rectitud da al ejercicio de la
autoridad una fuerza moral, que
lleva a los demás a obedecer de buen grado, arrastrados por el ejemplo de una conciencia recta,
desasida de sí misma, reflexiva
acerca de sus responsabilidades, ajena a toda ligereza, y que no justifica con otros deberes -que los
demás no pueden conocer— lo que podría ser abandono o facilonería
en el modo de ejercitar la autoridad.
Ejerciendo el deber de mandar con esta fuerte y recta humildad, haremos posible que la
obediencia sea en la Obra,
siempre, lo que ha sido desde el primer día: esa
virtud gozosa, que sabe del calor de familia y de la pronta y estricta diligencia de la milicia.
Tened en cuenta —hijos míos Directores— que todas las medidas que he dispuesto, para que el gobierno, en la Obra, sea colegial y no haya nunca tiranos, se podrían convertir en mero legalismo, si en el fondo de la conciencia de cada uno de vosotros no estuviera firmemente arraigado, con plenísimo convencimiento, este criterio: que en la Obra no caben los tiranos y que la actitud tiránica procede de un corazón lleno de sí mismo. Atajad, por tanto, allí, en vuestro corazón, lo que veáis que es una tendencia al mando falto de templanza y moderación. Examinad el modo en que ejercitáis vuestro deber de servir, mirad que no se introduzca
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en vuestro espíritu el afán desconsiderado de
tratar, como propietarios, los
asuntos de gobierno y deformación. Arrancad, hijos míos, apenas la notéis, la tendencia que
pretenda empañar la limpieza de
vuestra labor —santificadora— de gobierno. Veréis cómo se hace así más fácil el peso que el Señor ha puesto sobre vuestros hombros y cómo sabréis enseñar a vuestros
hermanos a obedecer con plenitud y
con finura (Notas de la predicación, tomadas en 1968).
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