III
EL DEBER DE LA FIDELIDAD A DIOS
1. La perseverancia en la entrega
La Iglesia, de diferentes maneras, enseña que
la vida del cristiano es lucha, ordinariamente en cosas pequeñas; y, a veces,
porque el Señor lo permite, en cosas grandes. Sólo mientras
hay lucha, se mantiene la vida espiritual, y se accede a
la victoria tras superar los obstáculos ágilmente, con un
ejercicio -deporte sobrenatural- impregnado de amor de Dios y con el
pensamiento en el premio, como cristianos llamados a la santidad, que tendrá su perfecto cumplimiento en el Cielo. Para llegar
a este término, es necesario pedir al Señor la
perseverancia final, don gratuito para el que dispone
también la fidelidad actual y habitual en la conducta
cristiana, en el lugar en que Dios ha colocado a cada uno.
La última
piedra -coronar la meta final- es lo decisivo: melior est finis negotii quam principium (Qo 1, 8); si no, la vida entera no habría servido de
nada (cfr. Mí 24, 13). Se necesita, por tanto, vencer
la comodidad, el desorden, el peso de las propias miserias,
el posible mal ambiente externo, todo un conjunto de dificultades,
que no faltarán nunca, pero que con la gracia de Dios son siempre superables.
La labor de almas no termina cuando las
personas comienzan a vivir cristianamente: esto es
mucho, pero no es todo. Se debe seguir ayudando a que los
buenos sean mejores, y a que los que conocen poco a Cristo le descubran aún más, con la persuasión de que todos estamos
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cesitados del auxilio de Dios -y de su misericordia- y de la ayuda de
los demás. Muy triste sería abandonar el empeño para que
surjan nuevas conversiones y nuevas llamadas de Dios a una
dedicación generosa a su servicio; pero sería más penoso
aún contribuir -con la propia indiferencia, con omisiones
personales, con una falta de atención sobrenatural y humana- a que alguno
abandonase el camino emprendido de búsqueda de la santidad.
Nada de lo que se refiera a los demás, por
pequeño que sea, puede resultar indiferente a un
cristiano. Cada uno, por tanto, ha de sentir la responsabilidad
de sostenerse y de sostener a los demás en la fidelidad, porque el verdadero amor a Dios lleva consigo un continuo servicio a
todas las almas, y concretamente a las de aquellos con
los que se convive. Hay obligación de ayudar a los
demás con la caridad de la oración, del ejemplo, de la
propia mortificación, de la oportuna corrección fraterna, de la alegría sobrenatural y humana y de la delicadeza. Todos han de sentir siempre aquel grito del Apóstol: ¿quién enferma que yo no enferme con él? (2 Cor 11, 29).
2. Dificultades que pueden presentarse
No hay que extrañarse si, a pesar de todo,
surge en alguno la tentación de volver la cara atrás
(cfr. Lc 9, 62); porque el demonio,
con la complicidad de las debilidades de cada uno, trata de
derribar el edificio de la vida interior (cfr. 1 Pe 5, 8).
Con la gracia de Dios, esperamos que serán
siempre pocos quienes se aparten del camino
emprendido en la Prelatura del Opus Dei; entre otras
razones, porque los que comienzan a recorrerlo, de ordinario, reúnen las condiciones necesarias y conocen lo que el Señor les pide;
porque son personas maduras, que ya han superado las
posibles crisis espirituales de la adolescencia; porque
reciben una formación constante, sincera y abierta, que les
ayuda a valorar -en medio de la realidad del mundo- la hondura sobrenatural de su camino; porque cada uno tiene capacidad para desenvolverse social y económicamente: nadie está en el Opus Dei por conveniencia; porque ninguno se siente nunca coaccionado o forzado
humanamente a seguir el camino: su decisión fue libre, y libre sigue siendo su perseverancia; todos saben que, para salir, la puerta está
abierta.
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De todos modos, resulta inevitable que algunos
no sigan adelante. En concreto, no puede extrañar -lo contrario no sería normal- que antes de la incorporación temporal, algunos no
continúen. En la gran mayoría de los
casos, no constituyen defecciones: se trata simplemente de que se comprende con
claridad que esas personas no están en condiciones de proseguir, porque no es
su camino.
Aunque normalmente son ellos quienes hacen
saber a sus padres y hermanos que no han perseverado, en alguna ocasión puede
ser oportuno que un miembro del Consejo local del Centro
ayude y acompañe al interesado a comunicárselo;
así se previenen interpretaciones equivocadas. Por ejemplo,
si el motivo de esa decisión radicase en la falta de salud para ser Numerario.
Naturalmente, en estos casos -que suelen ser
pocos- hay que esmerarse en explicar la situación con gran delicadeza y
claridad, de manera que la familia conozca el cuidado y las
atenciones que se han tenido con su hijo, y de cómo se ha procurado ayudarle.
Como exigencia fundamental de la caridad
cristiana, y como deber de justicia, las personas
que se ocupan en tareas de formación y de dirección, están
muy atentas, para descubrir desde el principio los síntomas que pueden desembocar en la falta de fidelidad, ayudando a apartar los obstáculos que se presenten y proporcionando en cada momento los medios necesarios para vencerlos: no quedarían exentos de responsabilidad si, por negligencia, por inadvertencia culpable, por no
haber tomado a tiempo las medidas necesarias o por haber
descuidado su formación, alguno abandonara el camino
emprendido.
El amor a las almas mueve a procurar que,
respetando siempre la libertad de las personas, no se separe ni
se aleje de la Prelatura nadie que se haya acercado con el
noble deseo de servir a Dios. Si alguien se encuentra alguna
vez en una situación de dificultad, hay que recordarle que los fieles de la Prelatura, por ser cristianos corrientes, que
viven en la calle, y aman al mundo sin ser mundanos, no
desconocen los peligros que les acechan, y cuentan para vencer
con la gracia de Dios, que todo lo puede. Los peligros
-los ha habido siempre- no se ignoran: se afrontan hablando
con sinceridad en la dirección espiritual. De este modo, se adquiere una conciencia bien formada, capaz de superar, con
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la práctica de las
virtudes, un ambiente hostil al cristianismo.
Unas veces, la tentación aparece de forma
descarada; las más, solapadamente, hasta con
pretextos de caridad (cfr. Camino, n.
134). Pero en todos los casos hay que
ayudar a quien la sufre, para que sepa descubrir los
engaños del diablo -padre de la mentira (Jn
8, 44)- y para que venza, con la gracia de Dios.
3. La misión del buen pastor
Quienes atienden a un alma que atraviesa una
mala temporada, han de intensificar su propia vida interior, y han de rogar al
Espíritu Santo que les ilumine. Para ser
buenos pastores, tendrán que ejercitar especialmente
las virtudes de la prudencia y de la fortaleza, y así afrontar las verdaderas causas de esa enfermedad
espiritual, sin dejarse engañar por
las falsas razones que -como enseña la experiencia- a veces una persona pueda aducir inconscientemente, para
justificar sus palabras o sus
acciones; y pondrán con caridad, pero con decisión y energía, los remedios convenientes.
Si alguno manifiesta deseos de no seguir
adelante en el camino libremente emprendido, es de
justicia que se recurra a los medios adecuados para ayudarle, haciendo todo lo
posible para que -respetando siempre su libertad- reaccione
y sea fiel a la gracia de Dios. El primer apostolado se
concreta en procurar que no se pierdan los que ya son instrumento, red para atraer otras almas a Cristo: «Deseo salvar a las ovejas que están fuera, pero temo más que padezcan algo las
que están dentro» (S. Agustín, Sermón 46 sobre los
Pastores, 14). Este grave deber de justicia se convierte en algo aún más imperioso si se tratase de una persona que
lleva bastantes años en el Opus Dei o ha prestado
particulares servicios a Dios y a la Iglesia.
Es sabido que, de ordinario, estas crisis no se presentan de repente: van precedidas de una larga etapa, con
síntomas precisos, que los que sirven
y tratan de cerca a la persona que vacila pueden y deben advertir. Por eso, si
se diese el caso de una defección improvisa, de la que no se supiesen explicar las causas, podría suceder
que no quedaran excluidos de pecado,
y en ocasiones grave, los que atienden espiritualmente a aquella persona y quienes
hubieran convivido con ella, porque no
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habrían sabido
facilitarle los medios para perseverar; medios a los
que tenía derecho. Se debe ayudar a tiempo, y siempre es
tiempo.
Si hay caridad -que es cariño humano y sobrenatural-, resulta muy fácil advertir las necesidades de los demás.
La caridad verdadera -el cariño
auténtico- descubre esos síntomas, los valora convenientemente y sostiene al que yerra con la corrección
fraterna, atajando el mal cuando se
halla sólo en sus comienzos, con más posibilidades de curación. Los Directores saben poner en estas
ocasiones -con caridad y con fortaleza, con prudencia y con autoridad- los
remedios espirituales convenientes:
cuentan con toda la farmacopea sobrenatural y humana. En general, las almas se rehacen, con la gracia de
Dios, si encuentran en los Directores
caridad -cariño- y fortaleza.
Cuando es un Numerario quien atraviesa esta
situación, le ayudará muchísimo tener el mayor tiempo posible
de vida en familia con las demás personas del Centro,
acompañándole prudente y delicadamente. Si, después de
agotar todos los medios, no reaccionara, en algunos casos -después de ponderarlo bien y de asesorarse con la Comisión Regional-,
el Consejo local puede aconsejarle que deje de
residir en un Centro durante unos meses,
multiplicando entonces los detalles de atención y de cariño, para que durante ese periodo piense las cosas despacio y se
decida a ser fiel. En ocasiones, de este modo, se logra
una reacción favorable. Mientras duran estas circunstancias, los
Directores velan para que a esa persona no le falte la
atención debida, y no admita costumbres que podrían denotar comodidad o tibieza:
conviene acompañarle y preguntarle -con caridad y cariño-
cómo utiliza el tiempo, qué amistades tiene, qué gastos
realiza, cómo descansa o se distrae, etc.
Naturalmente, en cualquiera de estos casos, el
Consejo local enseguida pide orientación a la Comisión
Regional sobre cómo ayudar mejor al interesado.
Si, en alguna ocasión, un Numerario o un
Agregado se separa del Centro al que está adscrito, y
no se da con su paradero, se informa inmediatamente a la
Comisión Regional, pero -por delicadeza con el interesado- no se comunica a nadie más. Si es oportuno, se buscará la colaboración de su familia, a fin de que se logre saber dónde se
encuentra. Cuando se consigue hablar con él, se comunica
a la Comisión Regional
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y, con mucha caridad
y fortaleza, se ponen los medios para que reemprenda su
lucha y responda a Dios con fidelidad.
Finalmente, además de los Directores, todos
los fieles han de tener muy presente la obligación
de sostener e impulsar a los demás en su perseverancia
enteramente leal.
4. Salida de la Prelatura
Se enumeran experiencias sobre algunas
situaciones y sobre el modo de enfocarlas, cuando una
persona no continúa:
a) Cuando,
antes de la incorporación temporal, el Consejo local considera que un Numerario o Agregado carece de
alguna de las condiciones
requeridas, pero que puede seguir adelante como Supernumerario -en el caso de
que libremente lo desee-, consulta a la Comisión Regional, antes de hablarlo
con el interesado. En este caso, los Directores locales han de tener certeza moral de que esa persona reúne las cualidades necesarias y está dispuesta a afrontar con
generosidad las exigencias que comporta la dedicación como
Supernumerario, sin dejarse llevar por el
falso razonamiento de una vida más cómoda o por la tibieza en su respuesta a la llamada de Dios. Además, será
oportuno estudiar en qué Centro puede encontrar una atención más
adecuada a sus nuevas circunstancias.
Para dar este paso, no es preciso que el
interesado curse una nueva petición de admisión, puesto
que ya fue admitido como Supernumerario desde la
fecha de su petición de admisión como Numerario o Agregado. Si ya hubiera sido admitido como Numerario o Agregado, se entiende
que ha recibido las clases de formación correspondientes y no es preciso repetirlas. No obstante, a veces resultará prudente que
transcurra un tiempo mayor para su incorporación temporal,
y confirmar que el interesado reúne las debidas condiciones; ordinariamente no se requiere que transcurra más de año y medio desde
que había pedido la admisión, porque
la formación recibida en ese período de tiempo habrá sido suficientemente completa y profunda.
b) Si, antes de
la incorporación temporal, una persona no sigue adelante en la Prelatura, únicamente se le puede proponer que -si lo desea-
sea Cooperador y colabore con su oración, su trabajo, su aporta-
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ción económica, etc. Si, después de varios años -diez; al
menos cinco-, desea pedir la admisión como Supernumerario,
el Consejo local consulta a la Comisión Regional,
pues se precisa una autorización que en pocos casos se
concede. Si propusiera volver a ser Numerario o Agregado, no existiría razón para que el Consejo local tuviera en cuenta esa
petición, a no ser en casos muy excepcionales. Entonces,
en la consulta que curse, explica los motivos que,
en su opinión, harían posible atenderla.
c) Una persona que se había incorporado a la Prelatura puede seguir como Cooperador desde el mismo momento de su salida o más adelante. Cuando, pasado el tiempo, por propia iniciativa y con
insistencia -nunca se le invita a hacerlo-, deseara volver
a vincularse a la Prelatura, sólo muy excepcionalmente se
consulta a la Comisión Regional para que pida la admisión
como Supernumerario. Si se actuara de otro modo se podría causar desconcierto
en quienes participan en las actividades de formación cristiana de la
Prelatura. El Consejo local sólo considera la posibilidad
de consultar a la Comisión si han transcurrido por lo menos quince años desde que el interesado no siguió adelante.
5. Trato con tos que no siguen adelante
A estas personas se les trata siempre con
mucha caridad y delicadeza -como cualquiera querría
que hiciesen con uno mismo- y, si lo desean, se les puede recomendar un
sacerdote que les preste asistencia espiritual en una
iglesia. Sin embargo, se evita todo lo que pueda contribuir a causar -a los interesados y a los demás- la impresión
equivocada de que permanecer o no permanecer en la Prelatura
es algo de poca importancia.
La experiencia enseña que la inmensa mayoría
de esas personas siguen amando lo que amaron. El hecho de que
no hayan seguido adelante, no supone razón para que no continúen de algún modo
unidos al Opus Dei, ayudando ahora con su oración y con su
limosna, para el desarrollo de los apostolados.
En cualquier caso, es lógico que se tomen las
medidas de caridad y prudencia que se juzguen
necesarias, para que no se perjudique el buen espíritu de
los demás, ni se creen confusiones o situaciones equívocas. Quizá se podría ocasionar perturbación o confusión, por ejemplo, si
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mientras no transcurran muchos años, acudiesen al Centro de la Prelatura con demasiada frecuencia; si se tuviera con ellos una excesiva familiaridad en el trato y en las conversaciones; si se les pidiera su opinión sobre cuestiones apostólicas, o aparecieran en actos o en trabajos públicos relacionados con la Prelatura que -por tener una cierta difusión- pudieran desconcertar. En definitiva, conviene respetar su decisión, la autonomía de su libertad. Del mismo modo, de ordinario, no sería natural -podría resultar incómodo para todos- que, desde el Centro se acudiese notoriamente a las reuniones familiares o sociales (bodas, bautizos, etc.) de esas personas.
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