Experiencias de los Consejos
locales
Roma, 19-III-2005
PRESENTACIÓN
Desde el 2 de octubre de 1928, San Josemaría
predicó incansablemente la llamada universal a la santidad.
Por eso, fue grande su alegría cuando el Concilio
Vaticano II proclamó en modo solemne que: «Todos
los fieles, de cualquier estado o condición, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la
caridad» (Concilio Vaticano II, Const. Dogm. Lumen gentium, n.
40).
La Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei tiene
como misión pastoral específica la difusión efectiva de esa
llamada a la santidad y al apostolado, en todas las
circunstancias y situaciones de la vida secular del
cristiano y, concretamente, en y a través del ejercicio del trabajo profesional ordinario. Para eso, junto a la atención pastoral de sus
fieles, la actividad de la Prelatura consiste en proporcionar formación
cristiana a las personas que lo desean.
Este texto recoge algunas experiencias sobre
esas tareas de formación, con el fin de ofrecer una ayuda a las
personas encargadas de la dirección inmediata del apostolado, en cada
Centro de la Prelatura.
La Prelatura del Opus Dei se rige por las
normas del Derecho universal de la Iglesia y por su
propio Derecho particular: la Constitución apostólica Ut sit, del
28-XI-1982, por la que el Papa Juan Pablo II erigió la Prelatura; el Codex
iuris particularis Operis Dei o
Statuta, sancionado por el Romano Pontífice
mediante la misma Constitución apostólica; y los
Decretos y otras disposiciones que puede dar el Prelado en uso de la potestad de régimen que le confiere la Iglesia (cfr. Statuta, n. 125, §§ 1-3).
Por tanto, este texto no tiene carácter
jurídico. Además de recordar algunos aspectos del
espíritu del Opus Dei y normas establecidas en
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los documentos
citados en el párrafo anterior, propone orientaciones prácticas que facilitan la aplicación de esas disposiciones y otras experiencias y modos de hacer que se han manifestado
eficaces en la labor apostólica. De
ahí que, de vez en cuando, se preparen ediciones actualizadas de este volumen, para incorporar nuevas
experiencias, prescindir de otras, etc.
Estas páginas no pretenden ser exhaustivas, ni
constituir una especie de código normativo, que podría
encorsetar la espontaneidad necesaria para el apostolado cristiano. Al
contrario, se ofrecen como una ayuda de experiencia, que es
preciso ponderar, para comprender bien su alcance y su valor,
y actuar después -como debe hacer siempre un cristiano- con
libertad y responsabilidad personales.
El verdadero impulso apostólico en cada
persona nace de la identificación con Cristo, tratando de
seguirle y de comportarse como Él. Los aspectos organizativos
son necesarios, pero los cristianos sabemos que, si
queremos dar fruto, debemos proponernos ser personalmente más santos -alter Christus
(cfr. Gal 2, 20)-, corredentores
con el Pastor bueno, que pasó por la tierra haciendo el
bien (cfr. Hech 10, 38). El ejemplo de San Josemaría muestra que la sobreabundancia de vida interior se traduce en paz y alegría, que se comunica a los demás con el
ejemplo y con la palabra, y contribuye a extender el mensaje del Evangelio -con la fuerza del Espíritu Santo- por todos los caminos de la tierra.
En estas anotaciones se trasluce también la
naturaleza exclusivamente sobrenatural de la labor
apostólica en la Prelatura: los Directores trabajan con almas,
a las que transmiten -con vibración y fidelidad- el espíritu del Opus Dei, justamente para ayudarles a ser Opus Dei; y conceden, por tanto, la debida primacía a los medios sobrenaturales: todo
lo fían fundamentalmente a la gracia divina, y jamás se apoyan sólo en sus
personales cualidades. Así, hasta en el cariño con que orientan a sus hermanos -caridad acompañada siempre de la fortaleza-, al estar purificado y vivificado por el amor de Cristo, se revela la eficacia
formadora. De este modo, cada Director se entrega por
completo a sus hermanos, sin hacer nunca acepción de personas, siendo perfectamente
desinteresado, liberal, atento, caritativo, afable.
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Ante
las exigencias humanas y sobrenaturales de las tareas de formación -como sucede en las mismas Iglesias
locales-, se comprende que San Josemaría subrayase con fuerza que lo más
importante para un Director es su
propia vida espiritual, porque nadie da lo que no tiene: Es el
Director civitas supra montem posita, como
una ciudad puesta sobre un monte (cfr. Mt 5, 14): todos los ojos están puestos en él. Ha de ser, por tanto, ejemplo de todos: los mayores y
los pequeños vibran con la vibración
del Director. Y los nuevos, las vocaciones recientes, se fijan hasta en el más menudo detalle de aquél que hace cabeza. ¡Cuántas almas y cuánta labor dependen de
vuestro encendimiento!
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