ANEXOS
En los siguientes Anexos se tratan otros
aspectos que conviene tener en
cuenta en la dirección espiritual, por su relación con la unidad de vida que se
empeñan en buscar los fieles de la Prelatura, y en general con la identidad
cristiana que ha de caracterizar a todo bautizado.
Hay que ayudar a todas las personas, en las
diversas etapas de la vida, a identificarse cada vez
más y a difundir, con una descarada carga apostólica, las enseñanzas del
Magisterio de la Iglesia acerca de la moral profesional,
el desprendimiento y uso de los bienes materiales, la constitución de la familia cristiana -unidad e indisolubilidad del
matrimonio, castidad conyugal, derecho a la vida-, etc., ahogando el mal en abundancia de bien.
La situación doctrinal en muchos países es un
acicate para difundir los criterios cristianos con urgencia y
profundidad, entre todo tipo de personas; y para intensificar el apostolado y
el proselitismo, insistiendo en los medios de
formación y en la dirección espiritual, siempre de modo positivo, con don de
lenguas y comprensión; pero con firmeza y claridad
-hilando fino-, sin ceder ante la tentación de acomodarse al ambiente.
113
ANEXO I
DIRECCIÓN
ESPIRITUAL EN DIVERSAS CIRCUNSTANCIAS ORDINARIAS
1. dirección espiritual
de personas jóvenes
2. dirección espiritual
en la madurez
Es preciso conocer lo mejor posible a las
personas, para poder ayudarlas de acuerdo con sus condiciones particulares,
sabiendo aplicar las normas generales -con caridad y comprensión- según las
necesidades de cada uno, y teniendo siempre muy presente que la labor de dirección espiritual es de carácter sobrenatural, y que no se trata de
hacer psicología, sino de prevenir la reacción de las
almas. No hablo de métodos psicológicos: es ascética. Hay que preparar a las
almas como el médico prepara el
cuerpo, antes de hacer una operación1.
1. dirección espiritual de
personas jóvenes
La juventud ha tenido siempre
una gran capacidad de entusiasmo por todas las cosas
grandes, por los ideales elevados, por todo lo que es auténtico2. Eres calculador. -No me digas
que eres joven. La juventud da todo lo que
puede: se da ella misma sin tasa3.
1 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 25.
2 Conversaciones, n. 101.
3 Camino, n. 30.
115
Esta capacidad de entusiasmo se manifiesta también
en la tendencia a extremar las actitudes4.
Los jóvenes pueden tener manifestaciones de egoísmo y,
a la vez, son capaces de sacrificarse y entregarse por un ideal
con gran fuerza e ilusión; establecen relaciones afectivas ardientes, que pueden romperse con la misma facilidad con que se iniciaron, porque tienen poca consistencia; se sienten impulsados a la vida de relación, pero conservan un deseo de soledad; están muy preocupados por las cosas materiales, pero mantienen grandes deseos de donación;
pasan del optimismo más ingenuo a un pesimismo también sin base real, etc.
Muchas de las cualidades positivas que se
encuentran en la gente joven -magnanimidad, desprendimiento, capacidad de
amar-, se han de poner a prueba con el
transcurso del tiempo: a veces, son desprendidos porque no saben lo que cuesta
ganar las cosas, o confiados y optimistas porque aún no han sufrido
contrariedades de ningún tipo, o esperanzados
porque toda la vida se les presenta llena de posibilidades5.
Por todo lo dicho, sería un error considerar
que este periodo de la vida se define exclusivamente
por el aparecer del instinto sexual. El adolescente descubre también el amor,
como capacidad de darse y como sentimiento,
pero ese descubrimiento es parte de todo un conjunto de transformaciones más
amplio.
4 «A la infancia y a la niñez sucede la juventud, mar donde soplan los
vientos impetuosos, como en el Egeo, al ir acreciéndose la concupiscencia. Es
la edad en la que cabe menos la corrección, no
sólo porque las pasiones son más violentas, sino porque los pecados se reprenden menos, pues han desaparecido maestros y pedagogos. Cuando los
vientos son más impetuosos y el piloto es más flaco y no hay
nadie que ayude, considerad cuan grande ha de ser el
naufragio» (San Juan Crisóstomo, In Matth. hom. 81, 5).
5 Lo contrario puede suceder, a veces, en las personas adultas que
encuentran más dificultades para la magnanimidad, el
optimismo, el desprendimiento, etc., precisamente por haber tenido experiencias
poco positivas -en esos terrenos-, a lo largo de su vida.
116
Durante esta etapa no hay que inquietarse demasiado
por las posibles extravagancias o desequilibrios:
es perfectamente comprensible y natural que los jóvenes y los mayores
vean las cosas de modo distinto: ha ocurrido siempre. Lo sorprendente sería que
un adolescente pensara de la misma manera
que una persona madura. Todos hemos
sentido movimientos de rebeldía hacia nuestros mayores, cuando comenzábamos a formar con autonomía nuestro
criterio6. Hay que ocuparse de los problemas de fondo de
su formación, sabiendo que con el trabajo profesional,
una vez superadas las crisis de adaptación,
reaparecerá la estabilidad que marca el acceso a la edad adulta.
En la dirección espiritual hay que tener
presente la única meta a la que deben tender los esfuerzos
de todos los cristianos; conocer y amar al Señor: que busquen a Cristo, que encuentren
a Cristo, que traten a Cristo, que sigan a Cristo, que amen a Cristo, que
permanezcan con Cristo7.
He visto con alegría cómo prende en la juventud -en
la de hoy como en la de hace cuarenta
años- la piedad cristiana, cuando la contemplan hecha
vida sincera; cuando entienden que hacer oración es hablar con el Señor como se
habla con un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato personal, en una
conversación de tú a tú; cuando se procura
que resuenen en sus almas aquellas palabras de
Jesucristo, que son una invitación al encuentro confiado: vos autem dixi amicos (loann. 15, 15), os he llamado amigos; cuando se hace una llamada fuerte a
su fe, para que vean que el Señor es el mismo ayer y hoy y siempre (Heb. 13, 8)8.
Como es lógico, alcanzarán esa meta poniendo
los medios sobrenaturales adecuados -oración, frecuencia de
sacramentos, etc.-, y con
6 Conversaciones, n. 100.
7 De nuestro Padre, Carta 24-X-1942, n. 12.
8 Conversaciones, n. 102.
117
el cultivo de las virtudes
sobrenaturales y humanas. Se les debe hablar de trabajo serio, poniendo a Cristo como modelo, ayudándoles a encauzar rectamente su idealismo y afán reformador, y enseñándoles el valor del trabajo y su importancia en la vida cristiana y la resolución
de muchos problemas humanos.
Hay que mostrarles también la necesidad de
profundizar en la formación doctrinal religiosa, a la vez que
avanzan en el conocimiento de las otras ciencias, para
que haya coherencia entre su fe cristiana y su conducta. Deben
adquirir un criterio recto, para que después actúen con verdadera libertad y responsabilidad personal, que no existen al
margen de Dios. Además, hay que inculcarles un gran amor a la sinceridad y a la verdad, por las que se sienten particularmente atraídos, aunque muchas veces no distingan sus manifestaciones auténticas.
Han de profundizar en el valor sobrenatural de
servir a los demás por amor de Dios; eso les ayuda a salir del
posible egocentrismo y se les muestra el camino
auténtico de la solidaridad con los demás: Yo la solidaridad la mido
por obras de servicio9. Y junto a eso, hay que ayudarles a olvidarse de sí mismos; a descomplicarse y
a no inventarse problemas que sólo existen en la imaginación; y a tener ocupado todo el tiempo con un trabajo intenso, ordenado y constante10.
Por tanto, es preciso aprovechar las buenas
cualidades de los jóvenes para infundirles un ideal de santidad lleno de
esperanza y optimismo y, subordinado a esto, hacerles comprender el valor que tienen las realidades humanas como lugar de encuentro con
Dios. Hemos de hacer que los hombres no se
mantengan en la idiotez de la frivolidad, en una
idiotez que es inútil y siempre peligrosa. Hemos de hacer, a lo largo de cada edad, que desarrollen los jóvenes su capacidad para enfrentarse con los problemas de este mundo, con un modo de
hablar moralizador, que no sea amenazador pero que tenga la
9Ibid., n.75.
10 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 32.
118
fuerza vital de arrastrar, que ponga en marcha una generación que no está encauzada11.
Y todo esto, en un clima de libertad
responsable: en nuestra labor con la juventud, no creamos
climas artificiales ni cohibimos la libertad de nadie: enseñamos a todos a
administrar responsablemente su libertad12.
Es fundamental conocer bien a su familia de
sangre y el ambiente del que proceden; la
educación recibida y los estudios que realizan, sus capacidades13. Para esto, hay que dedicarles el tiempo
necesario -sin dejarlos jamás "a
la intemperie"14-, asegurándose de que reciben
11 De nuestro Padre, Carta 24-X-1942, n. 58.
12 De nuestro Padre, Carta 6-V-1945,
n. 21. Y del mismo modo actuarán
nuestros Supernumerarios con sus hijos, a los que procurarán educar en un ambiente
abierto, limpio, de aire libre, haciendo de sus hogares luminosos y alegres
un campo en el que, con la gracia de Dios, germinarán espontáneamente, sin violencias, muchas vocaciones
para la Obra. (Ibid.).
13 ¿Qué condiciones
vamos a exigir? El tono humano
de la Obra de Dios, su ambiente, es la aristocracia de la inteligencia -especialmente en los varones-
y una extremada delicadeza en el trato mutuo.
Para esto, son indispensables circunstancias
de virtud, talento, carácter y posición. Desde luego, la virtud suple siempre la falta de otras cualidades.
Antes de seguir
explanando este punto -con emoción íntima-, copiaré una nota que se escribió hace años, porque indica
el grado de santo entusiasmo de los primeros, y porque estoy seguro de que os va a edificar.
Dice así: No caben: los egoístas, ni los
cobardes, ni los indiscretos, ni los pesimistas, ni los tibios, ni los tontos, ni
los vagos, ni los tímidos, ni los frívolos. -Caben: los enfermos, predilectos
de Dios, y todos los que tengan el corazón grande, aunque hayan sido mayores
sus flaquezas (De nuestro Padre, Instrucción,
l-IV-1934, 63-65).
Y comenta don Alvaro en nota 59, del n. 64: «Es
indispensable el deseo sincero
y eficaz de tender a la virtud, aclara el Padre: este deseo eficaz suple siempre la falta de las otras cualidades. Las circunstancias
personales de cada uno, sus aptitudes, etc., indican la propia personal vocación
-dentro de la llamada general al Opus Dei- que puede tener cada candidato».
14 ¿Habéis observado cómo el hierro,
puesto a la intemperie, si no se pinta, si no se recubre con una y otra capa de minio, que lo proteja, llega un momento en que se deshace
entre las manos como si fuese barro? Sé que no dejáis nunca a vuestros hermanos
a la intemperie, como cuentan -no es verdad- que lo hacían las madres maragatas,
con sus hijos recién nacidos: para probar si eran robustos, los dejaban durante
la primera noche después de su nacimiento al sereno, expuestos al frío y al
relente. Así, de esa manera loca, preparaban la selección: porque los que
no se morían, dice la leyenda, eran tan fuertes que no los partía un rayo.
Vosotros no podéis ser tan locos (de nuestro Padre, Carta
29-IX-1957, n. 28).
119
todos los medios de formación
previstos, sin interrupciones15, arropándoles en sus dificultades. Sería absurdo atender con esmero la formación espiritual de los chicos de San Rafael, y descuidarla cuando han pedido la admisión en la Obra.
En la dirección espiritual, conviene empezar
desde la base, asegurándose de que asimilan bien los principios de la
vida espiritual. En los diversos medios de
formación se les transmitirá la doctrina clara, sencilla y práctica sobre la vida de la gracia, la humildad y la
correspondencia al Señor, el pecado, la lucha ascética, los Mandamientos de la
Ley de Dios, los sacramentos -valor, necesidad, condiciones para recibirlos bien-, la vida de oración, la piedad, y
los aspectos centrales de nuestra ascética: filiación divina, caridad,
sinceridad, trabajo, apostolado16.
La sinceridad y la sencillez son virtudes
fundamentales en el camino de la santidad. Por eso,
es muy importante que desde los primeos pasos en su
vocación cristiana a la Obra se les enseñe a vivir una sinceridad que, alguna vez, he calificado de salvaje; a olvidarse de
sí mismos; a descomplicarse y
a no inventarse problemas que sólo
15 Un aspecto muy importante para la formación ascética -igual que en el
caso de los adultos- es la Confesión frecuente con el mismo sacerdote con quien
se dirigen espiritualmente.
16 Por lo que se
refiere a la santa pureza, a veces hay personas jóvenes que no conocen bien el funcionamiento de la sexualidad humana, con la consiguiente
confusión entre fisiología y castidad, que puede llegar a
producir preocupaciones y angustias injustificadas. Contando con el sacerdote, en la charla se podrá aclarar algunas dudas, como la
diferencia entre sentir -a veces con manifestaciones
fisiológicas- y consentir; o la normalidad de las poluciones nocturnas, etc. En ocasiones, puede ser oportuno aconsejar que
pregunten a un médico de buen criterio, aprovechando la
revisión médica. Obviamente, no es tarea de la dirección espiritual lo que
comúnmente se entiende por educación sexual.
120
existen en la imaginación;
y a tener ocupado todo el tiempo con un trabajo intenso, ordenado y constante17.
En la gente joven puede suceder que olviden
-casi inconscientemente pero sin la suficiente reparación- no
sólo problemas de su vida pasada, sino también las
inclinaciones y huellas que ha producido esa vida o el
ambiente en que han vivido: queman que eso hubiese desaparecido (o nunca hubiese existido) y no lo tratan jamás en la charla,
porque no le dan importancia o por vergüenza. En algún caso, pueden tener tentaciones fuertes (cosa lógica si esas huellas son hondas),
que no mencionan, aunque se den con periodicidad. En la
mayoría de los casos, no lo hacen por mala voluntad, sino porque no ha habido
un crecimiento paralelo de la responsabilidad humana, y de una vida sobrenatural auténtica y centrada en la humildad y en el trato personal con Dios: quizá no tienen del todo clara la noción de pecado, de lo
que es la contrición y la vida de la gracia18.
17 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 32.
18 También puede ocurrir que al hablar sobre la virtud de la santa pureza
se repita demasiado que "suele estar en cuarto o quinto lugar", que
"no debe ser problema", etc., y esto confunda a algunos más jóvenes: a base de oír lo que debe ser un alma
enamorada, van arrinconando lo que "realmente
son", y no hablan de su lucha en ese campo, porque no les parece conforme
a lo que oyen y a lo que quieren ser.
O, sencillamente, se dan por supuestas cosas
que no conocen: se mencionan detalles de guarda del corazón
y de los afectos (por ejemplo: no escribir esto o aquello, cuando tenemos que felicitar a un amigo que se casa, etc.), que pueden
convertirse en mera "técnica" de la virtud, si no se
ha centrado bien el problema a radice. Por esto, es importante -habida cuenta también de la confusión generalizada que existe hoy día acerca
de esta materia- ser muy claros al inicio de la formación y no dar nada por
supuesto.
Cuando alguien siente una cierta simpatía o
mayor afinidad hacia una determinada persona, hay que orientar su lucha de
forma positiva: por ejemplo, suele ser poco adecuado aconsejar "un menor trato con quien cae mejor"; es más lógico
animar a querer a todos como al que más,
"tratar mucho a todos, sin excluir a ninguno", etc. También conviene
saber que una atracción física o una inclinación del corazón
ante una persona del mismo sexo, en la inmensa mayoría de los casos, no suele
indicar nada anormal; por eso, lo mejor es restarle importancia, animando a rezar más, etc. Lógicamente, si hubiese una
clara tendencia desordenada, porque lleva a actos concretos, o porque se
producen reacciones desproporcionadas ante estímulos
normales, y hay otras manifestaciones de inestabilidad psicológica, habrá que tratar el caso como un problema médico.
121
Hay que enseñarles a vivir el Dulcísimo
precepto del Decálogo, para que quieran a sus padres
de verdad -con lo que esto significa-, a la vez que adquieren
la necesaria independencia para su entrega a Dios; han
de vivir, desde el principio, un efectivo desprendimiento de su familia de sangre, acompañado, a la vez, de un mayor cariño lleno
de visión sobrenatural y de celo apostólico19.
Algunos pueden estar apegados a los estudios
o a la profesión u oficio, y mostrar una cierta insatisfacción
ante la falta de tiempo, los encargos, etc.; hay que
hacerles ver con claridad la necesidad de servir a Dios donde y como indiquen
los Directores. Otros, en cambio, necesitan que se les exija con prudencia,
comprensión y cariño, pero sin blandenguerías, para que
aprendan a santificar el estudio o la profesión.
Deben adquirir mucho amor a su vocación a la
Obra, que es defensa ante las dificultades. Enseñadles
a no provocarse tontamente problemas personales de
vocación -ante las contradicciones o ante las caídas
interiores- y a razonar, por el contrario, de este modo: porque tengo vocación y no me falta la gracia del Señor y la ayuda de mis Directores y de todos mis hermanos, si me esfuerzo, en lo sucesivo venceré20.
Toda ésta es una tarea pedagógica, que debe hacerse con constancia y en
progresión creciente según el modo de ser de cada persona, administrándoles el espíritu de la Obra en pequeñas dosis, contando con el tiempo, sin
imponerles todas las obligaciones de golpe, con una visión optimista y
deportiva de la vida interior.
19 Una experiencia concreta que ayuda a superar las posibles
dificultades, es conocer personalmente a los padres: ir a
visitarlos en su casa o invitándolos al Centro a tomar café –en ese caso la presencia del sacerdote puede facilitar las cosas-. Así
entienden la labor que se hace con sus hijos.
20 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 32.
122
2. dirección espiritual en la madurez
a) Aspectos generales
En rigor, la madurez no se identifica con una
edad determinada -aunque de ordinario se consiga con el paso de los años-, ni con la simple perfección que puede alcanzar una persona,
desde un punto de vista exclusivamente humano, en algún aspecto particular. Si se
considera en
profundidad, la madurez es consecuencia del pleno y armónico desarrollo de todas las capacidades de la
persona; por tanto, en el concepto de madurez han de estar presentes las
virtudes humanas y, sobre todo, las
virtudes sobrenaturales -teologales y morales- que acompañan a la gracia divina. Precisamente, el sentido
sobrenatural hace que todo tipo de decisiones se tomen
de acuerdo con el orden querido por Dios, lo que a su vez afianza la unidad de
vida, característica primordial de la
madurez.
En este periodo se ha de aprender a conjugar
la capacidad de adaptación -sabiendo ceder y transigir en
cosas o situaciones de suyo intrascendentes-, con la fortaleza necesaria para
mantener -aun en contra de opiniones de
moda y de lugares comunes- las convicciones fundadas en verdades permanentes y
fines rectos; el equilibrio interior de la persona, con orden y armonía en el
terreno afectivo; y, en definitiva, la conjunción entre el ejercicio de la
libertad y la responsabilidad personal.
Aunque se hayan superado problemas básicos de
la adolescencia, hay otros peligros propios de esta edad: puede
perderse en parte -si no hay una lucha amorosa- la
virtud de la generosidad y abrirse paso el egoísmo y la
comodidad, que se presentan de diversas formas21. Es necesario, por
eso, que las personas profundicen en el sentido sobre-
21 Por ejemplo, puede costar más aceptar en el
plano práctico y vital los consejos personales dirigidos a
superar los defectos, aunque se entiendan fácilmente en teoría.
123
natural de lo que hacen,
en el valor de la vida oculta de Jesús, de Santa María y de
San José, buscando el trato asiduo con el Espíritu Santo, más si realizan una labor sin brillo humano. En este sentido, quizá el
problema
más grave de esta etapa de la vida sea el del adulto menor de edad. Si se diera esa situación, en la dirección espiritual
habría que insistir al interesado
acerca de la necesidad ineludible de realizar el trabajo con seriedad (muchas veces bastará conseguir
esta meta para solucionar otros conflictos), y ver si existen otras posibles
causas o problemas "antiguos"
-mala formación en la libertad y responsabilidad, timidez, etc.- que
hayan dado origen a ese estado anormal. En esos casos, como siempre, hay que ayudar a que intensifique
los medios sobrenaturales: oración, mortificación y entrega a los demás.
En determinados momentos, quizá de especial
cansancio o abatimiento físico o espiritual o de decepción ante algún suceso de
la vida, puede producirse un cierto deseo de experimentar
aquello que, si antes no se ha vivido, se tiene la
seguridad de que ya no se realizará jamás; como consecuencia,
por ejemplo, pueden surgir luchas en el campo de la pureza
que hasta ese momento no se habían tenido, o tentaciones antiguas, con formas nuevas más retorcidas22. En todo caso,
conviene tener presente que estas manifestaciones negativas no han de aparecer necesariamente y,
de hecho, en bastantes casos no se encuentran.
Al lado de estos elementos, hay otros de
carácter positivo: a esa edad se adquiere un juicio más
ponderado y sereno. Una persona madura se considera
a sí misma con realismo, admite sus limitaciones, distingue lo que es pura posibilidad de lo
que es ya conquista efectiva; al mismo tiempo, se
juzgan los acontecimientos con mayor profundidad y
objetividad: sabe lo que quiere y lo que puede. Y de
ahí nace un equilibrio espiritual y emocional -madurez en
la afectividad-, que canaliza las inclinaciones naturales y las pone al servicio de la voluntad.
22 Estas situaciones pueden producirse en torno a la llamada
"crisis de los cuarenta años", de la que nos ocuparemos más adelante.
Es oportuno, todavía, recordar aquí que en los hombres, a
diferencia de las mujeres, adquiere un carácter más psicológico que somático.
124
Se está, así, en condiciones de querer y de obrar con criterio, libre
y responsablemente, aceptando las consecuencias de los
actos.
En una personalidad madura y bien formada se
da una unidad e integración de las múltiples experiencias de la vida,
integración que sostiene la gracia cuando hay sentido sobrenatural. La madurez
coloca a la persona en un estado de sana objetividad, ajena
al sentimentalismo que frecuentemente lleva a confundir la
felicidad verdadera con el bienestar. Si la misión de Jesucristo alcanza su
plenitud en el sacrificio del Calvario (y en su
resurrección y glorificación a la derecha del Padre), al que
se ordena toda su vida, el cristiano ha de alcanzar la madurez de su vida sobrenatural en la unión con Cristo en la cruz, cuando se hace con
Jesucristo oboediens usque ad mortem,
mortem autem crucis23.
Es en la cruz donde tienen sentido la contradicción y el dolor humanos, y aceptándolos unidos a Cristo, se
encuentra la verdadera alegría. Recuérdalo
a la hora del dolor o de la expiación: la Cruz es el signo de Cristo Redentor. Dejó de ser el
símbolo del mal para ser la señal de
la victoria24.
Lo que se ha dicho más arriba, se ha de
aplicar de modo distinto al intelectual y al no
intelectual. El primero, suele tener mayor facilidad para aprovechar en su vida
interior los aspectos doctrinales más profundos; generalmente, necesita recibir
la doctrina de modo orgánico y articulado; a veces entiende las cosas de un
modo más complicado de lo que realmente son y puede despreciar los
razonamientos elementales. El no intelectual es más directo y
sencillo; pero, como contrapartida, puede tender a la rigidez: conviene tenerlo
en cuenta para enseñarle a evitar esfuerzos inútiles. Es
importante saber acomodarse,
23 Flp 2,1.5-9: Así, pues, por el consuelo de vivir en Cristo (...) Tened
entre vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús, el
cual, siendo de condición divina, (...) se anonadó a sí mismo tomando la forma
de siervo (...); y, mostrándose igual que los demás hombres,
se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.
24 Forja, n. 782.
125
con don de lenguas, a la mentalidad de cada
uno, sin pretender cambiarla, siempre que no sea obstáculo para la formación.
b) Mayores en Casa
Los jóvenes pueden parecer santos; y los mayores,
muchas veces, no. Sin embargo,
ordinariamente, los primeros no han alcanzado la santidad que
buscan; mientras que aquellos que han gastado su vida sirviendo al Señor, y que piensan humildemente que no son santos y que no lo serán nunca, pero ponen cuanto está a su alcance
para lograrlo, realmente llevan una vida santa25.
Los Directores tienen el
deber de atender con particular cariño a aquellos que, por su edad y por sus
años de dedicación al servicio de Dios, son mayores
en la Obra. Esa solicitud les lleva a preocuparse, sobre todo, de su vida
interior, a saber comprender y exigir con caridad y
fortaleza, para que cada uno sea -con su vida generosa, alegre y humilde- ejemplo para sus hermanos. Cuidan también de su salud con afecto fraterno, procurando -con prudencia- que tengan la atención
médica necesaria, el descanso conveniente y la alimentación adecuada.
Es necesario, por ejemplo, facilitar todo lo
posible su dirección espiritual personal: que
puedan recibirla con puntualidad -y con mayor frecuencia de lo habitual,
siempre que lo deseen-; que las personas designadas
reúnan las oportunas condiciones de edad, de experiencia,
etc., de modo que nunca pueda presentarse a nadie, ni de lejos, el temor de desedificar o de no hacerse entender.
25 De nuestro Padre,
palabras tomadas de un Círculo breve, 15-IX-1964, en Crónica V-1971, p. 8. Y más adelante,
añade: De ordinario, en las personas jóvenes arde ese fuego pasajero, esa hoguera
que dejará después el rescoldo: es algo muy propio de los comienzos de la
entrega, del fervor de la primera hora. Las personas mayores, en cambio, quizá
no presentan esas llamaradas, pero tienen brasas, que encienden y queman a su
alrededor (ibid.).
126
La prudencia, pues, llevará a no dar importancia
-en personas mayores- a determinadas manifestaciones
de naturalidad en la conversación o en la vida
en familia, que quizá otros más jóvenes podrían malinterpretar;
por eso dispuso nuestro Padre que sus hijos mayores que conviven con jóvenes por motivos de formación o gobierno, siempre que sea posible, hagan vida en familia con otros, según las circunstancias
que se acomoden a sus necesidades y a su edad.
Esto, sin embargo, no debe impedir que quien
ejerce la dirección espiritual encienda
continuamente en sus hermanos el afán de santidad, para
que huyan de lo que suponga conformismo en la vida interior; así por ejemplo,
hay que evitar que la serenidad, que es una virtud, se
confunda con la rutina o con la tibieza. Conviene tener muy presentes estas palabras de nuestro Padre: A lo largo del camino -del vuestro y del mío- solamente veo una dificultad, que tiene diversas manifestaciones, contra la cual hemos de luchar constantemente (...). Esa dificultad es el peligro del
aburguesamiento, en la vida profesional o en la
vida espiritual26.
También hay que ayudarles para que mantengan
siempre viva la vibración apostólica y el espíritu deportivo ante la lucha,
evitando las pequeñas rutinas, que llevan al acostumbramiento. A veces conviene
mover su ánimo para que hagan redescubrimientos, generalmente en cosas pequeñas, pero vistas con nueva luz e ilusión: que sepan mirar las cosas de Dios -de la Obra, de la entrega personal, de las almas- con una fe y una esperanza más teologal.
Además, conviene insistirles en el valor de la
ejemplaridad: deseos efectivos y prácticos de ayudar a los
más jóvenes; hacer y desaparecer; saber enseñar sin
hacerse imprescindible; agradecer a Dios el fruto de tantos años de entrega. Otro aspecto en el que los mayores tienen
una particular responsabilidad es la unidad y filiación con el
26 De nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-41, n. 84.
127
Padre y los Directores y la fraternidad, vividas con
hondura y con sacrificio personal. Hay que luchar siempre por ir limando asperezas
y posibles manías en el comportamiento, evitando
originalidades o rarezas que nunca serán manifestaciones
de personalidad acabada.
Hay que fomentar una gran sinceridad siempre:
en lo pequeño y en lo grande; facilitarla de manera amable,
saliéndoles al encuentro. Puede suceder que alguno en la
charla fraterna dé habitualmente una visión en exceso
positiva, sin problemas (o al revés: que haya siempre muchas quejas,
por cansancio, por los achaques de la edad, etc.); y, por otra parte, se ve -del modo como trabaja, las reacciones que se observan, o las correcciones fraternas que le hacen
o consulta, etc.- que esa imagen serena y optimista no responde cabalmente a la
realidad. Esto puede ser debido a
que, quizá por el tiempo que lleva en Casa, las responsabilidades que ha tenido, etc., se ha forjado una idea no completamente acertada de sí mismo, figura que se
confunde con lo que piensa que debería
ser: las virtudes que se esperan de él, el deseo de "no querer ser problema", etc.
Entonces, hay que ayudarles con paciencia
y cariño a que se reconozcan como son, para seguir subiendo por el plano de la santidad.
Con todos, pero especialmente si alguno pasase
por un momento de desconcierto, convendrá:
-
rejuvenecer y vigorizar su piedad: dar consistencia a la
vida interior, a las escaramuzas de la lucha ascética; que no se pierdan en pequeñeces, y recuperen enseguida la
visión de conjunto; que redescubran el valor de eternidad de las cosas pequeñas de cada día, la presencia real de Jesucristo en el Sagrario, la
renovación sacramental del Sacrificio de la Cruz, el amor maternal de la
Santísima Virgen María, el cariño a
San José, la realidad de la compañía del Ángel Custodio y la intercesión de nuestro Padre;
-
recordarles
que la Redención se está haciendo, y que han de mandar a
toda la Obra sangre arterial, etc. Es particularmente impor-
128
tante ayudarles a que
mantengan la unidad de vida, por ejemplo, encontrando
a Dios también en los necesarios momentos de descanso;
-
tratarles con especial
desvelo: es justo, después de tantos años de vida entregada con sacrificio y alegría.
Comprensión y, a la vez, exigencia amable:
que noten que se les quiere y por eso se les exige;
-
procurar que tengan un quehacer agradable: ver cuál
es su encargo apostólico concreto y si -en algún caso- es
preferible cambiarlo por otro que pueda desempeñar
con mayor facilidad y que contribuya a aumentar su
vibración en el apostolado y en la vida interior, como se ha dicho, hay que
mantener siempre encendido el afán de almas;
-
evitar que puedan caer en una actitud contraída, rígida, violenta: ayudar a remozarse con
suavidad, a poner ternura en la piedad y en la vida en
familia;
-
que sepan también que hay que aprender
a ser mayores, santificando las nuevas circunstancias
de la edad, de la situación profesional, etc.: los achaques naturales se pueden y se deben santificar; en la vida espiritual debemos ser siempre
jóvenes, y las dolencias se superan con amor de Dios.
Si el que recibe su charla fraterna es más
joven, debe tener una profunda humildad para ayudarles. Esto se traducirá en
una especial delicadeza y respeto, y en detalles de servicio; al mismo tiempo,
sabiéndose instrumento, deberá exigir con prudencia,
caridad y fortaleza.
c) La vocación matrimonial
Nuestro Padre pudo afirmar que el
Opus Dei ha hecho del matrimonio un camino divino, una vocación, y esto tiene
muchas consecuencias para la
santificación personal y para el apostolado27. Los
27 Conversaciones,
n. 91.
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casados han de tener siempre
presente este aspecto fundamental, que da sentido
a todos los deberes y derechos de su estado: Es importante que los esposos adquieran sentido claro de la dignidad de su vocación, que sepan que han sido llamados por Dios a llegar al amor divino
también a través del amor humano; que han sido elegidos, desde la eternidad,
para cooperar con el poder creador de Dios en la procreación y después en
la educación de los hijos; que el Señor les pide que hagan, de
su hogar y de su vida familiar entera, un testimonio de todas las virtudes cristianas28.
Conviene hacer notar a cada uno de los esposos "la otra cara de la moneda", por lo que se refiere a las necesidades, al trabajo específico y a las preocupaciones propias del otro cónyuge. Así, por lo que respecta al varón, interesa que tenga en cuenta, siempre según las circunstancias de los distintos países, el sacrificio que comporta para su esposa la atención del hogar: las labores de la casa pueden suponer, a veces, 15 ó 16 horas diaria