ANEXO II
ASPECTOS DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL ESPECIALMENTE RELACIONADOS CON
LA UNIDAD DE VIDA
1.
cuestiones de moral
profesional
2. sobre los deberes de la solidaridad cristiana Y EL USO DE LOS
BIENES MATERIALES
3.
aspectos
específicos sobre la dirección espiritual
de personas que se dedican al estudio,
a la investigación o a la enseñanza
de materias con implicaciones doctrinales
1. cuestiones de moral profesional
La dimensión moral de toda actividad humana
comporta, en el ámbito de las diversas profesiones, precisas
normas deontológicas, que
cualquier persona de bien, y en particular un cristiano, ha de observar con fidelidad y coherencia. Estas normas no son ajenas al quehacer laboral -como algo que se añade desde fuera-, sino que pertenecen al mismo contenido intrínseco de cualquier trabajo, informando desde dentro su realización.
Las reglas éticas tienen un carácter
esencialmente positivo, pues constituyen un elemento necesario para el buen
cumplimiento del trabajo y, por tanto, para que se
convierta en medio de santificación. Nadie puede ver en
esos principios un obstáculo para su actividad profesional, como si hubiera una
dicotomía entre la ética -que los cristianos
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podemos conocer con
especial certeza- y el perfecto ejercicio de la profesión1.
El valor humano del trabajo no consiste sólo en su eficacia técnica, ni puede
alcanzarse al margen de normas éticas: precisamente, porque el ejercicio libre de cualquier tarea humana revierte en la persona que lo realiza, perfeccionándola moralmente -haciéndola buena en términos absolutos-, o no2.
La pérdida del sentido cristiano de la vida, está
llevando actualmente a muchas personas al olvido y al
abandono de esas reglas en la actividad profesional, hasta el punto de que se
han llegado a generalizar conductas inmorales de muy
diverso tipo. Una persona recta no puede dejarse
arrastrar por el ambiente y sentirse justificado para obrar de ese modo errado, ni siquiera con la excusa de que tiene que defenderse para no quedar relegado o en situación de desventaja en el ejercicio de su profesión. Debe, por el contrario, mantener una
conducta íntegra, de modo que -como enseña el Magisterio de la
Iglesia-"adquirida la competencia profesional y la experiencia, que son abso-
1 Hay que prevenir a muchas personas de una posible tentación: pensar
que las exigencias sociales -en cualquier ámbito que se desarrollen-
de la moral natural y por ende del cristianismo son
incompatibles con la eficacia del trabajo, en un mundo dominado
-desgraciadamente- por criterios economicistas (cf.
Concilio Vaticano II, Const. past.
Gaudium et spes, n. 63; Juan Pablo II, Ene. Centesimas annus, nn. 24 y 35). Ninguna persona de
bien que se guíe por la moral natural puede subordinar
todo -también su vida familiar- al logro de beneficios, ni emplear medios
moralmente ilícitos -aunque no falten quienes los utilicen- para obtener ventajas
materiales. Al mismo tiempo, sería un error concebir la moral cristiana como un conjunto de trabas, olvidando su carácter eminentemente
afirmativo que impulsa a vivir todas las virtudes,
muchas de las cuales -como la lealtad, la laboriosidad, la magnanimidad, etc.- tienen repercusión inmediata en el mismo rendimiento
humano del trabajo.
2 Por esto, no tendría ningún sentido decir de una persona que es "buen
cristiano" porque cumple con los preceptos
de la ley de Dios, y no vive la justicia con sus subordinados, o no cumple con su trabajo, etc., pues, la persona humana, en sus distintos
niveles, se articula orgánicamente: las virtudes morales
no se pueden considerar aisladamente, todas están conectadas, porque todas participan de la prudencia y se desarrollan en
armonía con ésta (es más, cada virtud hace al hombre bueno en absoluto,
y no sólo bajo un cierto aspecto); y desde el punto de vista cristiano, participan de
la caridad (cf. Catecismo
de la Iglesia Católica, n.
1827). Tu vocación de cristiano te pide estar en Dios y, a la vez, ocuparte de
las cosas de la tierra, empleándolas objetivamente
tal como son: para devolverlas a El (Surco, n.
295).
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lutamente necesarias, respete en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio"3.
Vivir personalmente las normas de deontología profesional,
y enseñar a otros a comportarse de la misma manera,
en unidad de vida, es un modo imprescindible y eficaz de contribuir a la cristianización
de la sociedad.
Para poner en práctica esos preceptos de ética
profesional en el propio trabajo, es preciso conocerlos bien. No es suficiente dejarse guiar por un vago "sentido común" para
resolver las cuestiones que se plantean
en este campo. Se requiere un serio afán de formarse rectamente la conciencia, poniendo los medios para
adquirir la ciencia moral correspondiente, con un conocimiento profundo de las
enseñanzas del Magisterio -que es
intérprete auténtico también de las exigencias de la Moral natural-, y empeño en el ejercicio de las virtudes necesarias para cumplir con perfección los propios
deberes.
Aun así, es frecuente que en el ejercicio de
la profesión se planteen problemas morales de
solución dudosa, o en los que el juicio propio puede oscurecerse; por ejemplo,
cuando se trata de juzgar sobre la licitud de una
determinada actividad económica que se desea realizar, o sobre las obligaciones
de justicia y de caridad con las personas dependientes, o en ciertos casos de
reparación de daños, o en algunos campos de
investigación científica en los que está en juego la dignidad de la persona y la misma vida humana, etc. En éstas y en otras muchas
cuestiones, existe frecuentemente, para cualquier persona, el
deber de pedir consejo: se trata de una norma clara de prudencia, que se
deriva de la obligación de actuar siempre con conciencia
recta.
Como es lógico, hay que consultar a personas
con buena preparación moral y competencia en los problemas
específicos, que les permita aplicar los principios de
la Teología Moral al caso particular4.
3 Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n. 72.
4 En
las consultas sobre estas materias se debe tener en cuenta, además, la
obligación de guardar estrictamente, por ambas partes, las
normas morales acerca del secreto profesional: por ejemplo, el que consulta
puede plantear un problema hipotético, semejante al real, si está obligado a no
revelar algunos datos; la persona consultada tiene, por su parte, estricta
obligación de no revelar a nadie la consulta, sin permiso de quien la haya
hecho.
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Cuando alguien solicita, en la dirección espiritual, consejo en estas materias, debe tener en cuenta -y con frecuencia convendrá recordárselo de modo expreso- que el asesoramiento se refiere exclusivamente a la valoración moral de los problemas, para ayudarle a la formación de juicios rectos, y que no representa nunca una intromisión en cuestiones profesionales; después de haber consultado, el interesado ha de ponderar en su conciencia, cara a Dios, el consejo recibido, y actuar luego bajo su personal responsabilidad. Es decir, en ningún caso la petición de consejo supone descargar la responsabilidad de las propias acciones en la persona consultada.
La ejemplaridad con que los miembros de la Obra se esfuerzan por vivir las exigencias éticas de la propia profesión, es parte esencial del prestigio profesional y moral necesario -anzuelo de pescador- para realizar un hondo apostolado en el ambiente de trabajo. En ocasiones, será preciso ir contra corriente cuando en una determinada actividad profesional sean frecuentes ciertos modos de obrar claramente inmorales, que jamás puede aceptar quien actúe conforme a la ley moral natural, y menos aún un buen cristiano. Pero tampoco se ha de caer en la deformación de una conciencia escrupulosa: los problemas reales se resuelven estudiando y, cuando es necesario, preguntando.
2. sobre los deberes de la solidaridad cristiana
y el USO de los BIENES MATERIALES
Al concedernos la vocación a la Obra, el
Señor ha querido subrayar la llamada a la plenitud de
la vida cristiana en medio del mundo, con todas sus
consecuencias: entre éstas, la de conocer, vivir y difundir a nuestro alrededor la doctrina de la Iglesia sobre la dignidad de
la
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persona y la dimensión social
de la conducta humana5. La sensibilidad hacia los problemas sociales es connatural al espíritu del Opus Dei,
precisamente porque es misión de cada uno de sus fieles poner a Cristo en la cumbre de la actividad humana que realiza, informando cristianamente los deberes de su profesión y las relaciones familiares
y sociales en que participa.
Ante las cuestiones de carácter social,
político o económico, cada uno puede adoptar la postura y
solución que considere más adecuada, dentro de los amplios límites que señala la doctrina y la moral
católicas; pero, lo que ningún cristiano consecuente
ha de hacer es dispensarse de las responsabilidades
sociales o inhibirse ante los apremiantes llamamientos del
Magisterio de la Iglesia. Las necesidades materiales y humanas del prójimo -las situaciones de miseria, la ignorancia, el
sufrimiento- no pueden dejar indiferente a nadie, y menos a un cristiano6. De modo que, cada uno debe hacer lo que esté a su
alcance para remediar en la medida de sus posibilidades esos
males, porque un hombre o una sociedad que no
reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que
no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo7.
El espíritu de la Obra lleva a buscar la unidad de vida, que exige también una verdadera coherencia entre la fe que profesamos y nuestro comportamiento social8. Santificar los deberes sociales
implica transformarlos en ocasión de apostolado personal, de intervención activa -según las circunstancias personales- en la vida social a través
de
5 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2419-2425.
6 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2443-2449. Es cierto que la fe nos permite reconocer en la pobreza y en el dolor tesoros que pueden y deben ofrecerse a Dios, para corredimir con Cristo; pero esto, naturalmente, no es una invitación al conformismo o a la pasividad.
7 Es Cristo que pasa, n. 167.
8 Esta es tu tarea de ciudadano cristiano: contribuir a que el amor y la libertad de Cristo presidan todas las manifestaciones de la vida moderna: la cultura y la economía, el trabajo y el descanso, la vida de familia y la convivencia social (Surco, n. 302).
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diversos cauces, además
del trabajo profesional y de la familia; por ejemplo, mediante la promoción de iniciativas sociales, la participación en asociaciones que fomentan el bien común y forman la opinión pública: desde una comunidad de vecinos, o una
asociación cultural o de padres de alumnos, etc., a
la vida política en el propio municipio o a nivel nacional,
etc. En este campo, especialmente, hay que estar prevenidos contra el temor a complicarse
la vida9.
El empeño por instaurar la justicia y por
remediar la miseria, la ignorancia o el abandono en el
que tantos viven, debe ser consecuencia de una vida
cristiana auténtica, que se manifiesta concretamente en el desprendimiento personal, en la sobriedad, en la templanza y en el
general tenor de vida. Es preciso estar muy vigilantes para no dejarse arrastrar, apenas sin percibirlo, por el ambiente materialista de una
sociedad que incita a no privarse de nada: al consumo
superfluo y desenfrenado, al capricho de acumular cosas, o a cambiar constantemente las que se usan por otras nuevas, etc.
No se ha de caer por esto en una visión
negativa del empleo de los bienes materiales, pero hay
que estar atentos y formar bien el criterio, para que la
vida personal responda fielmente, en la práctica, a esas exigencias cristianas. Como nos enseñó nuestro Padre, somos del mundo y lo
amamos apasionadamente, pero no somos
mundanos, y por eso no hay que tener
miedo a ir contra corriente. Dios cuenta con nuestro ejemplo para remover a muchas personas y ayudarles a cambiar de
conducta. Se trata, por eso, de mostrar positivamente la belleza de la doctrina cristiana, pero ayudando a
concretar, sin quedarse sólo en los
principios10.
9 No faltan quienes tratan de conjugar un cierto interés o inquietud por los problemas sociales con la pasividad de una conducta aburguesada. Actúan como si la promoción de un recto orden social fuese una consecuencia automática de determinadas leyes del Estado, y tuviese poco o nada que ver con la iniciativa y la conducta privada de las personas.
10 Para vivir y enseñar a vivir las exigencias
de la Doctrina social de la Iglesia, la Obra nos proporciona una formación abundante, que es preciso aprovechar. En la
medida que lo re quiera la situación de cada uno, será
necesario el estudio de los documentos del Magisterio, y la lectura de otros
libros de recta doctrina que interesa conocer y aconsejar.
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En la dirección espiritual, el que lleva la Confidencia,
tiene que mantener el alma del que la hace sinceramente abierta y sensible ante los requerimientos de las virtudes, para que pueda llegar a descubrir
con personal responsabilidad la voluntad de Dios en todas las actuaciones. Por tanto, acerca de la virtud de la pobreza, no se puede conformar con transmitir algunas ideas generales; sino
que debe enseñar a aplicarlas descendiendo a los detalles prácticos, sin imponer -claro
está- soluciones opinables, pero ayudando a formarse
una conciencia recta, también en lo relacionado con los deberes cristianos
de solidaridad y con el desprendimiento de los bienes materiales.
En la labor de San Gabriel, especialmente
entre quienes cuentan con más recursos, es preciso
enseñar -a través de la Confidencia y de la corrección
fraterna- que la responsabilidad social debe manifestarse, necesariamente, en
el tono de vida. Hay que saber exigir, llevando a las
personas como por un plano inclinado, pero hablando claramente ante lo que puede ser un amor desordenado o un uso egoísta de las riquezas, que entraría en contradicción con el comportamiento de un cristiano consciente de sus deberes sociales11. En el caso
de los Supernumerarios, conviene descubrirles
positivamente -y formar cada vez con mayor hondura
su criterio- en qué consiste realmente la mentalidad de padre
de familia numerosa y pobre, que ha de orientar muchos aspectos de su
actuación, también en el terreno cívico12.
11 Ahora bien, vosotros, ricos,
llorad y dad alaridos por las desgracias que están para caer sobre vosotros. Vuestra
riqueza está podrida y vuestros vestidos están apolilla- dos; vuestro oro y vuestra
plata están tomados de herrumbre y su herrumbre será testimonio contra vosotros y
devorará vuestras carnes como fuego. Habéis acumulado riquezas en estos días que son
los últimos. Mirad: el salario que no habéis pagado a los obreros que segaron vuestros
campos está gritando; y los gritos de los segadores han llegado a los oídos del Señor
de los ejércitos. Habéis vivido sobre la tierra regaladamente y os habéis
entregado a los placeres; habéis hartado vuestros corazones en el día de la matanza.
Condenasteis y matasteis al justo; él no os resiste (Sant
5,1-6).
12 Se señalan algunos ejemplos que serían poco afortunados si se diesen
en un cristiano que desea ser coherente con su vocación a la santidad,
precisamente porque esas conductas en trarían en contradicción vital con el seguimiento de Cristo, que siendo rico, por vosotros se hizo pobre a
fin de que os enriquecierais con su pobreza (2 Cor 8,9):
-
realizar viajes largos y costosos, por motivos banales (además, cuando se
trata de planes contratados con una agencia, con frecuencia incluyen la visita
o la estancia en lugares de ambiente frívolo); hacer
en otros países compras indiscriminadas, por capricho o vanidad; etc.;
-
imitar costumbres que se ponen de moda en ciertos ambientes de "alta
sociedad" y que suponen una evidente falta de templanza: fiestas exageradas y objetivamente costosas con ocasión de
aniversarios familiares, de haber concluido algún hijo los estudios, etc., con
regalos desproporcionados y lujos inadmisibles;
-
gastos enteramente superfluos, por antojo o por la presión de una sociedad
de consumo que lleva, por ejemplo, a adquirir lo último que sale al mercado
(diversos televisores, vídeos, electrodomésticos varios, ropa o calzado de una
determinada marca, etc.); a utilizar con ligereza
tarjetas de crédito; a consentir a los hijos cuanto se
les ocurre, con gastos innecesarios; etc.
141
Estos u otros comportamientos parecidos resultarían
más graves e incoherentes aún en países donde
sean frecuentes las situaciones de pobreza y de miseria,
ante las que un cristiano no puede vivir de espaldas. En la labor con personas
que disponen de más recursos económicos hay que enseñarles a desenmascarar
posibles excusas -falsas "exigencias" del ambiente social en que
se mueven, o del otro cónyuge, etc.- para realizar
gastos de ese tipo. Puede tratarse, incluso, de amigos que colaboran generosamente con sus aportaciones a las labores
apostólicas: esto debe constituir un acicate -nunca un freno- para recordarles
con claridad sus deberes cristianos.
3. aspectos
específicos sobre la dirección espiritual de personas QUE SE DEDICAN AL
ESTUDIO, A LA INVESTIGACIÓN O A LA ENSEÑANZA DE MATERIAS
CON IMPLICACIONES DOCTRINALES
Quienes se dedican a la enseñanza han de
sentir la especial responsabilidad de fomentar
positivamente la rectitud de la doctrina, de estar
vigilantes frente a los errores más extendidos en cada momento, y de ser muy prudentes al estudiar y al hacer estudiar autores que no ofrezcan
la suficiente garantía de seguridad doctrinal, más todavía
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cuando se trata de alumnos
de enseñanza media o que no han completado su formación universitaria. En
esos casos, es preciso ser muy claros al dar siempre todos los elementos de
crítica necesarios para el discernimiento de la verdad que pueda haber en
las diferentes teorías científicas o doctrinas filosóficas.
Es muy importante que pongan en práctica, con
ejemplar fidelidad, los criterios generales comunes:
humildad y docilidad para pedir consejo a quienes pueden y deben darlo; prudencia,
para dejar que los años y la aprobación de personas doctas y piadosas confirmen
la validez de sus hipótesis y opiniones; una confrontación
habitual de sus teorías con la Revelación y con el Magisterio de la Iglesia; un gran amor a la verdad y a la justicia, para evitar
ligerezas; y una particular preocupación por fortalecer su propia vida
interior, con manifestaciones claras de piedad sencilla y de sinceridad
completa.
Cuando necesiten leer directamente -con la
oportuna consulta previa- obras heterodoxas o peligrosas, una
cautela elemental de prudencia es no afrontar el estudio de tesis erróneas o
inciertas sin dominar antes a fondo la doctrina católica sobre
esa misma materia, expuesta en los documentos del
Magisterio y en autores recomendables por su seguridad.
Además de facilitar asesoramiento a los fieles
de la Obra que se dedican a la investigación o a la enseñanza
superior, conviene impulsarles constantemente en el apostolado con sus colegas
de profesión y en el campo de la cultura. También se ha de
procurar animar y orientar a las personas que tengan
condiciones para que procuren estar presentes en academias
científicas o de humanidades, o en los llamados think-tanks;
a escribir y publicar; a hacer escuela, etc.
En la dirección espiritual, hay que insistir
a los profesores a que pongan los medios -con responsabilidad humana y
cristiana- para que todos los alumnos se acostumbren a pedir el parecer
sobre las lecturas con implicaciones doctrinales y morales.
143
En esta labor de orientación -como en todo-,
el Director respeta con extrema delicadeza la plena
libertad de la que gozan los cristianos en materias
opinables.
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