ANEXO IV
ORIENTACIONES PARA ALGUNOS CASOS PARTICULARES
1.
atención
a personas jóvenes cuyos padres están en
situación irregular
2.
atención a adultos en momentos de especial dificultad espiritual
3. escrupulosos
4. atención de enfermos
1. atención a personas jóvenes cuyos padres están en situación irregular1
a)
Efectos de las situaciones irregulares de los padres en los hijos
Las situaciones irregulares influyen mucho en
el desarrollo de la personalidad de los hijos,
especialmente en el ámbito de la afectividad. Siempre
producen un daño serio, también cuando tienen lugar de modo poco conflictivo o cuando parece que los hijos lo llevan bien. Las consecuencias se prolongan durante bastante tiempo; suelen presentarse etapas más críticas en la niñez, la adolescencia y el paso de
la juventud a la edad adulta; además, a menudo,
permanece cierta tendencia a la inestabilidad
emocional, que será cada vez menor en la medida en que se
asimile y se alcance la propia madurez personal.
1 Con el término situación irregular se hace
referencia a las variadas formas de ruptura matrimonial, que pueden ser muy
distintas.
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Se trata de situaciones complejas en las que
intervienen muchos factores. Las reacciones de los hijos pueden ser
distintas según su edad y temperamento, el ambiente
moral, el tipo de irregularidad (separación, divorcio,
abandono, etc.). La intensidad de las dificultades
que encuentran varía también según la violencia
de los conflictos, la gravedad de las conductas
que han presenciado o de las que han sido objeto (alcoholismo, abusos, aborto,
suicidio, etc.), el comportamiento del progenitor con el que viven, si colabora algún tutor en su educación, si hay relación posterior con otro hombre o mujer y nuevos hermanos, etc.
No obstante, se observan consecuencias comunes
en los hijos que pertenecen a estas familias, que interesa
conocer para orientar bien su formación. La separación o el divorcio de los
padres no es un acontecimiento limitado en el tiempo,
sino un largo proceso que adquiere características
distintas en las tres etapas que implica: desavenencias y conflictos
matrimoniales, trámites y ejecución de la separación, efectos posteriores a medio y largo plazo.
El deterioro
de las relaciones entre los padres se refleja en el trato con los hijos, que se caracteriza muchas veces por las
exigencias excesivas, la irritabilidad, la inestabilidad
y la falta de apoyo y atención personal. Los problemas
de los hijos suelen ser tema de discusión entre los padres, ocasión de
reproches y acusaciones mutuas; como consecuencia, se genera en los hijos un
sentimiento de culpabilidad. Comienzan a aparecer ya en este
momento los rasgos típicos de la etapa de la separación: trastornos de
conducta, ansiedad, disminución del rendimiento escolar. Estos síntomas se
intensifican después durante los meses en
que se ejecutan los trámites legales.
La separación
o el divorcio conllevan, de un modo inmediato, la pérdida total o parcial de uno de los padres, la prolongación de los conflictos emocionales ya existentes en la familia o incluso su
agudización. Significa también la aparición de cambios en los cuidados habituales del hijo, un probable descenso en el nivel económico, posible
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traslado de domicilio y de
colegio; y más adelante, posible establecimiento de una nueva unión del padre o de la madre, que requerirá de los hijos nuevos procesos de adaptación.
Cuando se da una situación previa muy
conflictiva, con agresiones físicas o psíquicas entre
los cónyuges o sobre los hijos, al iniciarse la ruptura se distiende el clima
de miedo y angustia, y da paso a un ambiente familiar más tranquilo y menos
lesivo para el desarrollo armónico de los hijos. Sin
embargo, no dejan de sufrir la carencia de uno de los padres
y los procesos de adaptación consiguientes a la separación.
Los desajustes psicológicos más frecuentes en
la etapa de la separación suelen tener un carácter agudo durante
año y medio o dos años, después mejoran, aunque en
ocasiones pueden evolucionar hasta causar efectos de tipo
crónico:
-
tristeza, cuadros de ansiedad y depresión; apatía,
dejadez (también en lo que se refiere a la higiene o el arreglo); comer y dormir demasiado o muy poco;
- sentido de culpabilidad
respecto a la ruptura de sus padres, remordimiento;
-
sobre todo en los niños, desconcierto, miedo, vergüenza, una gran
dificultad para aceptar la realidad de la separación; algunos
intentan unir a sus padres portándose muy bien, o muy
mal, con la esperanza de que sus problemas les fuercen a
convivir de nuevo; pero es una carga demasiado pesada para su edad, y suele aumentar su frustración;
-
el desarrollo emocional y personal de los niños suele afectarse
profundamente por la separación de los padres, entre otras cosas porque, de
alguna forma, la pregunta acerca de uno mismo remite al núcleo fundante de la filiación; si las relaciones con sus padres
han sido obstruidas, empobrecidas o distorsionadas, la
vivencia de la continuidad del propio yo sufre una
fisura y, como consecuencia, puede des-
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cender la autoestima personal
y el nivel de aspiraciones; de aquí nace también la tendencia a la inseguridad y a infravalorarse, con una mayor dificultad para conocer con objetividad las propias cualidades;
-
en los adolescentes es frecuente la rebeldía, la protesta, la desconfianza;
se sienten tratados injustamente como patrimonio de
los padres, objeto de "posesión" alternativa; se agudiza la crisis de valores típica de la adolescencia,
al percibir la incongruencia de sus padres;
-
tendencia a enjuiciar a los padres con rigidez, a guardar resentimiento; suelen tomar partido por uno de
ellos y desarrollar sentimientos de rechazo e
incomprensión hacia el que consideran culpable; cuando se da esta reacción es
importante ayudarles, entre otros motivos, por la
repercusión que puede tener en su maduración personal, ya que no es posible que odien a uno de los padres -de quienes proceden y a quienes se asemejan- sin odiarse a sí mismos;
-
es frecuente que primero se considere culpable al padre; más adelante puede cambiar esta
visión, se dan cuenta de que quizá la madre tampoco ha sabido comprender bien a
su padre; en la pubertad y adolescencia, al surgir tensiones con la madre, puede suceder que el hijo pase a idealizar a su padre, quiera irse a
vivir con él y se vaya de hecho,
generalmente por un periodo de poca duración;
-
de ordinario, como consecuencia de estas situaciones se enrarece el proceso de socialización de los hijos: tratan
de ocultar la situación a sus amigos y compañeros, se inhiben
cuando se habla de las relaciones familiares, se
comparan con los demás con un sentimiento de inferioridad: se repliegan sobre sí mismos y evitan relacionarse, lo que
facilita que se aíslen más en el ámbito familiar, que es precisamente el escenario del conflicto2;
2 Otras veces, el trastorno de la socialización
puede aparecer de forma contraria: cuando el hijo no sólo no oculta su
situación familiar sino que presume de ella y de las "ganancias que le reporta". Si se diera esta especie de "orgullo"
injustificable, sería mucho más perjudicial porque en el futuro podría dar
lugar a un grave trastorno de la personalidad. Por otra parte, es probable que
con esta actitud provoque el rechazo de sus compañeros, por lo que puede
contribuir a su soledad por una vía distinta.
174
-
las dificultades en la relación con los demás tienen manifestaciones diversas: aislarse
o llamar la atención y buscar ser queridos; cambio
de amistades, muchas veces con carácter poco aconsejable; conductas agresivas: son más habituales
en los varones;
-
disminución del rendimiento escolar, por falta de motivación para el estudio.
A medio o largo plazo, suelen aparecer alguno de los siguientes rasgos en la personalidad de los hijos:
-
en algunos, el error
de pensar que ellos podían haber evitado la desunión de sus padres les hace sufrir durante años;
-
inseguridad, temor a
ser dejado o abandonado, miedo al futuro: se defienden con actitudes de afirmación personal -liderazgo, perfeccionismo, autosuficiencia-, o haciéndose
dependientes de la aceptación de los
demás;
-
esa
dependencia -cuando se presenta- les lleva a buscar continuamente la aprobación de los demás en lo que
hacen y en sus decisiones; después, si algo les sale mal, tienden a rehuir su propia
responsabilidad,
buscando un culpable de la decisión que tomaron;
-
en el ámbito de la
afectividad, la necesidad de ser queridos puede llevarles a subordinar sus
criterios personales a los de otra persona, con tal de que satisfaga sus afectos; en el
caso de que el otro no les responda
como esperan, surgen las comparaciones y los celos, todo lo cual genera
frustración y puede provocar en cualquier momento de su vida una súbita crisis personal, casi siempre
imprevisible;
-
por otra parte, si viven con el temor de ser abandonados, se limita mucho su libertad y la libertad de los que
conviven con ellos, pues se
condicionan las posibilidades de separación de las personas de las que dependen, el cambio de residencia o
trabajo, los traslados, etc.;
175
-
inestabilidad afectiva,
con facilidad para desarrollar actitudes egocéntricas: sentirse víctima, quedarse en
la compasión de sí mismos; reclaman atención, cariño y consuelo; tienden
a la acepción de personas, a ser absorbentes
y posesivos en la amistad;
-
cuando estas
situaciones son sufridas por los hijos en edades tempranas,
la ausencia del padre o de la madre y/o las malas relaciones entre ellos puede influir en un mal
desarrollo y vertebración de la identidad
sexual y de género3;
-
duda de la
propia capacidad para constituir una relación o familia estable4; miedo
ante los compromisos;
-
confusión en materia
moral: con el tiempo, es fácil que lleguen a
considerar como normales comportamientos inadecuados de sus padres, o los justifican; adoptan
posturas relativistas;
-
algunos
desarrollan personalidades manipuladoras y oportunistas, poco leales; con
tendencia a la falta de sinceridad, sobre todo ante personas con autoridad: están acostumbrados a
sufrir chantaje moral (más frecuente en las
madres) o material (más frecuente en los padres), y aprenden a adaptarse estratégicamente a uno u otro, buscando su propio interés.
En los adultos, algunos sufren sentimientos depresivos y de re-
3 En algún caso, sobre todo si la educación sexual familiar no se ha llevado a cabo como debiera, al llegar la pubertad podría llegar a ser un factor desencadenante del comportamiento homosexual. La ausencia de un modelo con el que identificarse contribuiría a la autoconfiguración confusa de las actitudes, sentimientos y conductas que pertenecen al propio género.
4 En la bibliografía científica disponible hoy, numerosos autores incluyen entre los predictores del divorcio el hecho de que los contrayentes que formen una nueva familia procedan, a su vez, de padres divorciados. Conviene tener en cuenta que los predictores indican simplemente un dato estadístico; no significan en modo alguno un factor determinante y causal de ese hecho, ni que sea la única causa que determine su aparición. En consecuencia, esta información debe utilizarse con mucha prudencia, no tanto para agravar más las dudas que puedan tener los hijos de padres divorciados acerca de su matrimonio, sino para prevenirlas y prestarles una ayuda eficaz.
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sentimiento hacia los
padres, lamentando no haber tenido la oportunidad de crecer en un hogar unido.
Les afectan mucho más las riñas familiares ordinarias y temen ser abandonados.
Para ayudar a los hijos que sufren esta
situación, es imprescindible favorecer un clima de confianza, que les facilite hablar con sinceridad y sencillez de la
situación familiar. Hace falta dedicarles tiempo y hablar a fondo. Conviene no
dar nada por supuesto y tener paciencia; normalmente,
van saliendo más aspectos poco a poco, al ganar en confianza y recibir más formación.
Hay que ir ayudándoles a afrontar lo sucedido
con una visión realista: comprender la manera de ser de sus
padres, distinguir qué han hecho bien o
mal. A partir de ahí, animarles a no juzgar, a perdonarles sin rencor; y a agradecer lo bueno que han recibido
de sus padres, que también es mucho.
Cuando son más maduros, es bueno que procuren
la unificación de los padres en la medida de sus posibilidades, pero
conscientes de que muchas cosas no están en su mano, y es
probable que no se consiga, al menos en un plazo
próximo. Han de plantear sus decisiones de futuro -planes de estudio, de
trabajo, etc.- contando con la realidad de la ruptura
familiar.
Es importante infundirles optimismo y
esperanza: no tienen por qué repetir en sus vidas los
fallos de sus padres. Que no se queden en un papel de
víctima ni se excusen por las limitaciones que han padecido en su familia. Hay que ayudarles a asumir la responsabilidad de su propia vida.
En el ámbito de la afectividad, es necesario
actuar con mucha prudencia y rectitud, sin admitir
apegamientos.
Es importante cuidar su formación
de la conciencia, para que tengan
claridad de ideas sobre la relación entre la verdad y el bien, el
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carácter incondicionado del
valor moral, el fundamento y la universalidad de la ley natural,
la existencia de acciones intrínsecamente malas, que sepan distinguir
lo bueno y lo malo de lo frecuente, y razonar adecuadamente frente al relativismo
moral. Conviene incidir en cuestiones de moral sexual y matrimonial. Profundizar
en qué es el matrimonio y sus propiedades,
en particular, la unidad e indisolubilidad5.
Desde el punto de vista espiritual, hay que fundamentar muy bien el sentido de la filiación divina; ayudarles a confiar en Dios, en su
misericordia, en su providencia. Cultivar
también la devoción a la Virgen. Enseñarles a ofrecer su
sufrimiento a Dios y a rezar por los problemas de la familia. Profundizar en el sentido de la Cruz. Que eviten juzgar a
sus padres: sólo Dios es Juez, y conoce lo que hay en los corazones. Fomentar el
espíritu de reparación por las conductas que objetivamente están mal. Interesa que cuanto antes tengan dirección espiritual6.
b) Experiencias para la
dirección espiritual en estos casos
Antes de plantear su posible vocación a la
Obra, es preciso que participen en la labor de San
Rafael durante bastante tiempo7,
para llegar a conocerlos muy bien -a través de un trato
personal hondo-, y poder apreciar en qué medida ha influido la situación
irregular de los padres en el desarrollo de sus personalidades,
si tienen verdadero sentido vocacional y reúnen
condiciones. Según las circunstancias concretas de cada caso, de ordinario, es
prudente hacer esperar a los bachilleres, pues a esa edad es
más difícil apreciar si llegarán a alcanzar
5 Respecto a nuevas parejas de los padres o segundas uniones, conviene dar siempre criterios claros: que aprendan a distinguir entre el error en las conductas y la comprensión con las personas.
6 En algunos casos puede ser necesaria una atención específica de tipo médico o psicológico. Es importante orientar a la familia sobre profesionales de buen criterio.
7 A veces, las circunstancias concretas hacen prudente que pasen un tiempo como Supernumerarios antes de pedir la admisión como Numerarios o Agregados, si reúnen condiciones.
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la estabilidad y madurez
necesarias para vivir la entrega.
Conviene estar prevenidos ante algunas
dificultades que pueden aparecer:
- en el caso de Numerarios, el temor ante los
sucesivos problemas familiares o una
preocupación excesiva por sus hermanos;
- en momentos de dificultad, buscar de forma desmedida el afecto de la persona que le atiende o de otros;
- a los que están
acostumbrados a vivir independientes, les cuesta más obedecer,
consultar o cumplir el horario;
-
en ocasiones, los padres les hacen sufrir, reprochándoles que no estén cerca, o disponibles; les acusan de
haberse evadido del problema al irse de casa; y si el hijo manifiesta su desacuerdo ante una nueva relación, le dicen que no comprende, que es un intransigente; etc.
Basta que los demás del Centro conozcan en
líneas generales su situación, para que actúen con
prudencia y naturalidad, evitando comentarios inoportunos o actitudes algo
rígidas. Interesa tenerlo en cuenta también
al impartir los medios de formación.
En su formación conviene:
-
ayudarles a crecer en rectitud de intención; a veces,
les mueve inconscientemente el afán de agradar o de demostrar su valor, y
pueden caer fácilmente en el perfeccionismo: hay que
orientarles a hacer las cosas por Dios y ayudarles
a adquirir una vida de piedad honda;
-
enseñarles a profundizar en el sentido de la filiación divina, en el amor a la Cruz, en la virtud de la esperanza, para que vivan el
abandono y la confianza en Dios;
-
reforzar el sentido de la libertad y del compromiso vocacional frente a las fluctuaciones de los sentimientos; con
frecuencia les hace sufrir el temor a no ser
fieles; hay que tranquilizarles y enseñarles a apoyarse más en la gracia de Dios: recordarles
que no han heredado en
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su vida la inestabilidad
de sus padres, y que el hecho de que las cosas cuesten no es motivo
para dejar de luchar; destacar la ayuda segura que supone para su familia su propia fidelidad,
pero sin crearse falsas dependencias para atenderles; plantearles
una lucha positiva y esperanzada;
- facilitarles la
sinceridad sobre estas cuestiones en la charla fraterna: que hablen habitualmente de lo que les
preocupa, para evitar que se cierren en sí mismos o
se compliquen; que noten que se les comprende, también desde el punto de vista humano; a
la vez, proporcionarles la fortaleza de los argumentos
sobrenaturales.
También interesa ver si ha faltado exigencia
en su educación y necesitan crecer en fortaleza.
Como ya se ha señalado, es importante que
adquieran una sólida formación doctrinal, para que
entiendan con claridad lo que está bien o mal y sepan
explicarlo. Siendo muy comprensivos con la debilidad, con la falta de
formación, etc., han de orientar a las personas hacia lo que es el verdadero
bien de la familia, y evitar que se acostumbren o pacten con lo que pueda haber de inmoral en la conducta de sus padres, o lo
justifiquen como excepción, o no lo vean tan mal. Han de ser conscientes -y aclarárselo con oportunidad a
sus familiares- de que no rechazan
esas acciones por el hecho de ser de Casa, sino como cualquier cristiano
coherente.
Tiene particular importancia que comprendan bien que la Obra es su familia, ayudándoles a crecer en confianza y sencillez, a compartir
sus preocupaciones y alegrías, a que consulten las
cosas con sencillez, prestándoles el cariño y la
atención debida.
En relación con la familia de sangre, han de
asumir la responsabilidad que les compete: ni desentenderse por
miedo a sufrir, ni involucrarse de tal manera que piensen que son ellos los que
tienen que resolver los problemas, creándose una falsa incompatibilidad entre
la atención a su familia y la vocación. Es preciso buscar el equilibrio en-
180
tre admitir lo que no
está en su mano y a la vez, animarles a hacer lo que puedan
para ayudar a sus parientes. Cuando la situación es muy conflictiva, necesitarán la orientación del sacerdote o de otra persona
preparada, para que sepan actuar rectamente y con prudencia.
En la formación de los Agregados y
Supernumerarios jóvenes, además de los aspectos
señalados, hay que tener en cuenta que, al convivir con la
situación, tienen un sufrimiento y una tensión aún mayores. Necesitan de modo
particular fortalecer su vida interior y su formación
doctrinal.
2. atención a adultos en momentos
de especial dificultad espiritual
a) Periodos de aridez u
oscuridad en la vida interior
Todas las personas pueden pasar, antes o
después, por momentos de oscuridad o desánimo. Algunas veces por culpa propia,
pues cuando no se responde -por pereza, cansancio o por mala
voluntad- a las luces que Dios envía, se llega a no escucharlas; en otras
ocasiones es algo que Dios permite para purificar el alma.
El que recibe la charla ha de estar siempre atento para percibir estas
situaciones y para saber discernir la causa: puede ser una
buena circunstancia para pedir más generosidad en la
entrega, o más constancia en la oración, o más humildad para oír al Paráclito, etc. En todo caso, tiene que hacer de
rodrigón que apoye y de lazarillo que acompañe y guíe, enseñando a vivir de fe,
a poner toda la confianza en Dios, haciendo lo que
se debe aunque sea sin gusto -a
contrapelo-, a intensificar la piedad, y a ser sinceros.
Estas situaciones no son nuevas en las almas
que han querido seguir a Cristo -basta recordar el grito de San
Pablo: Infelix ego homo!
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Quis me liberabit
de corpore mortis huius?8-; y, por eso, no deben producir extrañeza a nadie ni, mucho menos, constituyen motivo para dudar de la propia vocación. Siendo
muy niños delante de Dios, no podemos estar infantilizados. A la Obra se viene con la edad conveniente
para saber que tenemos los pies de barro, para saber que somos de carne y hueso. Sería ridículo
darse cuenta en plena madurez de la vida: como una criatura de meses, que descubre
asombrada sus propias manos y sus pies. Nosotros hemos venido a servir a Dios,
conociendo toda nuestra poquedad
y nuestra flaqueza, pero si nos hemos dado a Dios, el Amor nos impedirá ser infieles9.
Ante la posible aridez espiritual, nuestro Padre escribió:
Tendremos, tal vez, que superar otro obstáculo: la oscuridad en la vida interior. Un hombre
piadoso puede tener su pobre corazón en tinieblas;
y esas tinieblas pueden durar unos momentos, unos días, una temporada, unos
años. (...) Puede ocurrir que la ceguera nuestra -si viene- no sea consecuencia
de nuestros errores: sino un medio del que Dios quiere valerse para hacernos más santos, más eficaces.
En cualquier caso, se trata de vivir de fe; de hacer nuestra fe más teologal, menos dependiente en su ejercicio de
otras razones que no sean Dios
mismo. (...)
Dios ensalza en
lo mismo que humilla. Si el alma se deja llevar, si obedece, si acepta la purificación con entereza, si vive de la fe, verá con una luz insospechada, ante la que después
pensará asombrado que antes ha sido ciego de nacimiento. (...)
Hay que cumplir con el deber, no porque nos guste, sino porque tenemos obligación. No hemos
de trabajar porque tengamos ganas, sino porque Dios lo quiere: y entonces habremos de
trabajar con buena voluntad. El amor gustoso, que hace feliz al alma, está fun-
8 Rom 7,24.
9 De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 23.
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damentado en el dolor, en la alegría de ir contra nuestras inclinaciones, por hacer un servicio
al Señor y a su Santa Iglesia.
Porque eras acepto a Dios, fue necesario que
la tentación te probase (Tob.
XII, 13). No olvides
que el Señor es nuestro modelo; y que por
eso, siendo Dios, permitió que le tentaran, para que nos llenásemos de ánimo, para que estemos seguros -con El- de la victoria. Si
sientes la trepidación de tu alma, en esos momentos, habla con tu Dios y dile: ten misericordia de mí, Señor, porque tiemblan todos mis huesos, y mi alma está toda turbada (Ts. VI, 3 y 4). Será Él quien te dirá: no tengas miedo, porque yo te he redimido y te he llamado por tu
nombre: tú eres mío (Isai. XLIII, 1).
(...) Una cosa es pensar o
sentir, y otra consentir. La tentación se puede rechazar
fácilmente: aun el mínimo grado de gracia es suficiente, para resistir a cualquier concupiscencia y
merecer la vida eterna (S. Th. III, q. 62, a. 6 ad
3). Lo que no conviene hacer de ninguna manera es dialogar con las pasiones que quieren
desbordarse.
La tentación se vence con oración y con
mortificación: cuando ellos me afligían, yo me vestí de saco, sometiendo al ayuno mi alma, y
repetía en mi
pecho las plegarias (Ps. XXXIV, 13). Llevad este convencimiento a vuestra
vida de entrega: que, si somos fieles, podremos hacer mucho bien en el mundo. Sed fuertes, recios, enteros, inconmovibles ante los falsos atractivos de la infidelidad10.
Cuando alguno atraviesa una de esas pruebas
-incluso si se tratara de un momento de ceguera total-, como Dios no juega con las almas
ni
da la vocación ad tempus,
hay que ayudarle a considerar aquello que
nos enseñó nuestro Fundador: el hombre que ha visto clara su vocación, aunque sólo haya sido una vez, aunque ya
no vuelva a verla más, debe
continuar para siempre, por sentido de fidelidad, sin volver la cabeza atrás, después de haber puesto la
mano en el ara-
10 De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, nn. 16-20.
183
do11. Sería equivocado plantearse un problema de perseverancia;
por el contrario, la certeza de sabernos llamados
por Dios, será siempre el mejor escudo contra cualquier
tentación, la garantía más firme e indudable de que,
si queréis, el Señor os hará fieles, siempre victoriosos, testigos de Jesucristo en el mundo entero, y llenos de fruto
abundante en servicio de las almas12.
En esas situaciones, cabe sentir la tentación
de añorar aquellas realizaciones humanas con las que quizá se
soñó alguna vez, u otras que se presentan en esas circunstancias como
apetecibles, y a las que se renunció por Amor a Cristo y
-en el caso de las personas casadas-por amor también de una criatura. Si se
experimentan esas pasiones, hay que considerar, en la
presencia de Dios, que porque teníamos esa tendencia, la entrega de
cada uno de nosotros fue don de sí mismo, generoso y
desprendido; porque conservamos esa entrega, la fidelidad es una donación continuada: un amor, una liberalidad, un desasimiento que perdura, y no simple resultado de la inercia13. En el momento de la prueba, no puede plantearse la cuestión vocacional
en los mismos términos que la primera vez, porque lo que se podía dar ya se dio; ahora entran en juego las exigencias de otras virtudes: la
lealtad y la fidelidad.
Además, se debe tener presente que fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados por encima
de vuestras fuerzas; antes bien, junto con la tentación os dará también el modo de poder soportarla
con éxito14. La dificultad es siempre
pasajera; y más tarde, el que ha sido fuerte -con la fortaleza de Dios- iam non meminit
pressurae propter gaudium (loann. XVI, 21), lleno de alegría, ya no se acuerda de la tribulación pasada15.
11 De nuestro
Padre, Apuntes tomados en una tertulia, 23-VI-59
(Crónica, VI-58, p. 7).
12 De nuestro
Padre, Carta 16-VI-1960, n. 30.
13 De nuestro
Padre, Carta 24-III-1931, n. 12.
14 ICor 10,13.
15 De nuestro
Padre, Carta 16-VI-1960, n. 30.
184
Al ayudar a estas personas en la dirección espiritual,
hay que recordarles que el seguimiento de
Cristo pasa necesariamente por la Cruz, por la tentación,
por la lucha; y que si no llegáramos a poner la última piedra en nuestra vida de entrega, nuestra existencia sería algo inútil, no habría servido para nada16. Además, el amor gustoso, que hace feliz al alma, está
basado en el dolor: no cabe amor sin renuncia17.
Por eso,
si una vez hay que ir a contrapelo, aunque se trate de una situación permanente, la fidelidad es una obligación gustosa.
Para estos casos, decía nuestro Padre: ¿Qué te aconsejo? -Repite: «omnia in bonum!»,
todo lo que sucede, "todo lo que me sucede",
es para mi bien... Por tanto -ésta es la conclusión acertada-:
acepta eso, que te parece
tan costoso, como una dulce realidad18.
b) Las llamadas crisis de los
30 y de los 40 años
También hay que estar prevenidos ante las situaciones, ya mencionadas, que se pueden presentar unidas a procesos de crecimiento o madurez: por ejemplo, a los pocos años de empezar el ejercicio profesional -la crisis de los treinta años-, o en la llamada crisis de los cuarenta años. En ambos casos, las dos causas más habituales de las dificultades suelen ser la falta de experiencia y la pérdid