III
FUNCIÓN DE QUIEN RECIBE LA CHARLA FRATERNA
1.
naturaleza,
ámbito y características de los
consejos de dirección espiritual
2.
acompañar en el
camino hacia lasantidad
3.
fomentar la
libertad y la responsabilidad
4.
formar
personas de criterio
5.
facilitar la sinceridad
6.
prevenir el
peligro del aburguesamiento
1. naturaleza, ámbito y
características de los consejos de dirección
espiritual
La charla fraterna lleva a quien la hace a
identificarse con Cristo por el camino de la vocación al Opus Dei: de aquí se
deriva el valor y la fuerza de los consejos de la Confidencia.
Para hacerse cargo de ese valor y de esa
fuerza, conviene volver a considerar que ante todo es el
Espíritu Santo quien nos mueve a actuar siempre como
personas libres. Así lo explica Santo Tomás: «los hijos de Dios son movidos por el Espíritu Santo no como siervos, sino como
libres (...), al constituirnos en amadores de Dios. Por tanto, los hi-
59
jos de Dios son movidos por el Espíritu Santo libremente, por amor; no servilmente, por temor»1.
También a través de la Confidencia el
Espíritu Santo nos guía a obrar libremente, como hijos de
Dios. De ahí, la importancia de que quien lleva la
dirección1 espiritual de sus hermanos sepa apreciar las mociones del Paráclito en las almas, y aprenda a aplicar los consejos con docilidad a la acción divina y don de lenguas, según la edad y
condiciones de cada persona (pero siempre respetando la necesidad de la unidad de vida, que evita la división en compartimentos estancos). Al comienzo suele costar este
aspecto de la vida interior, pero se facilita mucho si se sigue el consejo de
nuestro Padre de despertar en las almas el sentido de
su filiación divina, haciendo hincapié en que lo importante
es la constancia en la lucha. Que se den cuenta de que no está la santidad en hacer cosas cada día más difíciles, sino en hacerlas cada vez con más amor: que el verdadero heroísmo está en lo vulgar, en lo cotidiano, hecho una vez y siempre, con perseverancia, cara a Dios y con un empeño que nada haga desfallecer2.
Cada persona necesita el consejo oportuno: no bastan los remedios genéricos. Para no proceder por reglas generales puede ser conveniente recordar lo que se aconsejó la semana anterior, aunque no sea
necesario decirlo explícitamente: lo que interesa es
que haya continui-
1 Summa contra gentiles, IV, c. 22. Y continúa: «Puesto que el
Espíritu Santo inclina la voluntad por el
amor al verdadero bien, al que está ordenada naturalmente, libera de la esclavitud
por la que el hombre, siervo de la pasión como consecuencia del pecado, actúa contra su voluntad según la ley, como esclavo de
la ley y no como amigo. Por esto dice el Apóstol: Ubi Spiritus Domini, ibi libertas (2 Cor 3,17); y
también: Si Spiritu ducimini, non estis sub lege (Gal 5,18)» (ibid.).
Esto no significa que sus inspiraciones sean
únicamente sugerencias o invitaciones a realizar lo que más conviene; a veces, son indicaciones precisas y
graves, que no contradicen la libertad, sino que la
guían: así sucede, por ejemplo, cuando da su luz y mueve desde dentro para que alguien se aleje de una ocasión de pecado, o para que
persevere en el camino de su vocación cristiana
poniendo los medios moralmente necesarios o imprescindibles en unas determinadas circunstancias.
2 De nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 40.
60
dad en la dirección,
aunque no se note. Los argumentos deben ser sobrenaturales,
que ayuden a ahondar, a afrontar radicalmente la situación personal ante Dios; las razones humanas -a veces las hay- pueden no mover mucho a la voluntad, o no ser concluyentes en sí mismas, o incluso humillar.
En algún caso, si hubiera que hacer
reaccionar a alguien, para lograr una
conversión en un aspecto de la vida interior en que se haya introducido la
tibieza, conviene provocar pequeños terremotos,
oportunamente preparados: ¿Qué
se hace para doblegar el hierro? No se le
trata en frío. Se le mete en el fuego, y allí se enciende como una brasa:
luego se le dan martillazos -se forja-, y sale el rizo delicado, la forma deseada. Hijos míos, tratad así a las
almas, con el fuego de la caridad y con reciedumbre3. En ocasiones, interesará aprovechar las situaciones previstas en el plan de vida: el
Curso de retiro, el Curso anual,
alguna Convivencia, un libro, etc.; otras veces, será necesario intervenir cuanto antes, con tempestividad y
prudencia, como siempre.
Cuando se trata de concretar -propósitos,
listas breves de mortificaciones, etc.- es mejor que
quien lleva la charla fraterna se limite a aconsejar y a
poner posibles ejemplos, que parten de las ideas madre aplicadas a la situación particular. Normalmente, será preferible que
el interesado lleve a la oración esas sugerencias antes
de concretar la lucha, dejando esa determinación para otra
charla (por ejemplo, puede ser útil para fijar el examen
particular).
Es claro, que no es preciso dar respuesta y
solución a todos y a cada uno de los puntos de que
se hable; se trata de centrar la lucha en lo esencial para esa persona,
sugiriendo ejemplos precisos. Por tanto, los consejos
pueden -a veces, deben- estar en la misma línea durante temporadas más o menos
largas, sin cambiarlos cada semana. Esto se hace
fundamentalmente, a través del examen particular, sin que su-
3 A
solas con Dios, n. 129.
61
ponga mantener sine die el mismo.
Llevándolo a la oración, se procurará dar luces nuevas,
a partir de distintos puntos de vista, sobre los mismos aspectos centrales.
La recomendación de nuestro Padre a sus hijos
sacerdotes no mandéis, aconsejad4, se puede aplicar directamente a la charla fraterna; por eso, ordinariamente los consejos consistirán en orientaciones sobre la vida de piedad, sobre el empeño en la mortificación, el apostolado, una virtud concreta, etc.; y sobre la forma o espíritu con el que se realizan las tareas profesionales,
sociales, etc., para ayudar a transformarlas en
oración y en medio de apostolado. Se tratará habitual-mente de sugerencias, más o menos amplias, que cada uno habrá de
concretarse en la oración, y tratar en sucesivas charlas.
No obstante, el hecho de que habitualmente los
consejos de la Confidencia se den a modo de sugerencias, no
significa que quien hace la charla pueda limitarse a tenerlos en cuenta como una opinión
cualquiera. Por ser consejos de dirección
espiritual -expresión de una ayuda del Espíritu
Santo-, tienen un seguro valor para guiar la libertad hacia Dios.
Pero, además, algunas veces los consejos
pueden recaer sobre la materia misma objeto de santificación5:
por ejemplo, cuando una determinada actividad debe abandonarse por no ser
moralmente lícita, o porque para una persona
concreta y en unas concretas circunstancias, objetivas o
subjetivas, deja de ser medio de santidad, porque le impide cumplir otros deberes más importantes, o repercute negativamente -y de modo inevitable en la práctica- en la vida espiritual, etc. Ante
estas situaciones -que quien recibe la charla puede
advertir más claramente
4 De nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 38.
5 Por eso, también pueden ser objeto de
dirección espiritual las consultas sobre cuestiones de moral profesional, que se han de hacer respetando delicadamente el
silencio de oficio (secreto profesional), y asumiendo la
propia responsabilidad al poner en práctica los consejos recibidos.
62
que el mismo interesado-,
conviene recordar las palabras del Señor: ¿De qué sirve al hombre ganar
el mundo entero si pierde su alma?6.
En este sentido, cuando las circunstancias lo
requieren por los bienes que están en juego, la charla puede ser
también conducto de consejos imperativos7. En estos
casos, lo que se aconseja es lo mismo
que "impera"
la conciencia cristiana (o lo que debería dictar, si no estuviera cegada por un error o turbada por una pasión desordenada). Por eso se pueden llamar consejos imperativos: no porque impere
el que recibe la charla, sino porque expresa lo que "impera" o debe dictar la recta conciencia8.
En consecuencia, quien recibe la charla
-después de considerarlo en la oración y de pedir
consejo, si fuera preciso, a los Directores que deben intervenir en la
dirección espiritual de esa persona, asegurando siempre la unidad de criterio9-
ha de ser cauce para expresar con claridad y firmeza esas obligaciones morales,
aunque siempre con delicadeza y comprensión: sin confundir la firmeza con la
dureza o la impaciencia. Es decir, tiene el deber, no sólo de sugerir, sino de
indicar al interesado qué ha de hacer para
obrar con conciencia recta, y éste
6 Mt 16,26.
7 Por ejemplo, cuando expresan una exigencia concreta y grave de moral
profesional, derivada de la justicia, o de la caridad; la
obligación de alejar una ocasión próxima de pecado, evitando una lectura, dejando de frecuentar un ambiente o el trato con
una persona; el deber de poner un medio necesario para
proteger la fidelidad a la propia vocación cristiana, o para salir de una situación aguda de tibieza o aburguesamiento; la necesidad de evitar un serio peligro de escándalo o un grave daño a otras almas; etc.
8 Como aclaración, hay que decir que el hecho de que los consejos puedan
ser imperativos no significa que quien recibe la Confidencia
tenga función de gobierno: precisamente, por razón de ese
encargo no la tiene. Si también fuera necesario o conveniente tomar una medida de gobierno, ésta compete a los Directores que corresponda en cada
caso.
9 Es fundamental esta unidad de criterio, para discernir bien lo que
requiere una orientación o sugerencia, de lo que exige, por la importancia del
tema, un consejo imperativo. Por eso,
además, quien recibe la charla deberá poner en
conocimiento de los Directores lo que sea necesario para que
puedan cumplir su misión de gobierno en bien de esa persona y en bien de la Obra. Esto -como es bien sabido y se recuerda en otro capítulo-
no lesiona mínimamente el silencio de oficio.
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debe sentir en su interior
la llamada de Dios a una conversión, a un cambio, a cortar taxativamente lo
que haya que cortar: porque es incompatible con el querer de Dios, y no simplemente opinión del que atiende su charla y de
los Directores. Tampoco se puede limitar a formarse un juicio interior sobre
lo que debe hacer, sino que ha de poner los medios para realizarlo10.
Quien hace la charla abre su alma para que se le pueda ayudar tanto en sus disposiciones interiores como en la
conducta exterior, y cuenta con que
quien la recibe hará las consultas necesarias a los Directores -con la máxima delicadeza y prudencia,
guardando un estricto silencio de oficio-; y tiene el interés
de que los Directores le conozcan a fondo, y puedan tomar las medidas de
gobierno que sean oportunas para
promover su bien personal y el bien común de la Obra, que también es bien personal de cada uno, pues el
fin de la Prelatura no es otro que la
santificación de sus fieles11. También por esta razón, todos agradecemos que quien recibe nuestra
Confidencia comunique a los
Directores lo que sea preciso, pues «con esa charla es más claro, más pleno y más íntimo el conocimiento que los
Directores tienen del alma de los
fieles de la Obra, y así les pueden ayudar mejor»12.
10 Se trata de una exigencia fundamental de la prudencia, virtud que
regula todas las demás. La virtud cardinal de la
prudencia no implica sólo un juicio ponderado sobre lo que se ha de hacer, sino
que el acto principal de esta virtud práctica es el actus imperandi,
el imperio que pone en
funcionamiento todas las energías, para ejecutar aquello que se ve con claridad que es voluntad de Dios (de nuestro Padre, Carta 29-IX-1957,
n. 50).
11 Cf. Codex
Iuris Particularis, n. 2. Por ejemplo, para que puedan decidir si es conveniente
que se encargue de una determinada tarea apostólica,
que forme o deje de formar parte de un Consejo local, o proponer que vaya
a otra Región, o cambie de Centro o de ciudad por motivos apostólicos, etc.
12 Catecismo
de la Obra, n. 208. Si alguien omitiera algún asunto en la charla por miedo a que se tome una decisión de gobierno, además de la falta de rectitud
de intención, se estaría causando un daño objetivo a sí
mismo, porque Dios nos ha llamado a ser santos, siendo y haciendo el Opus Dei (cf. ibid., Prólogo), y
para cumplir esta voluntad divina es necesaria la absoluta
sinceridad y transparencia en la charla fraterna, con el fin de que los Directores
nos puedan ayudar según la situación de nuestra alma.
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Quien recibe la charla, además, ha de considerar
que la dirección espiritual impartida en este medio de formación, tiene por
objeto «las disposiciones interiores» de quien
la hace13, mientras que «la dirección espiritual personal, en cuanto
a la conducta exterior de los fieles del Opus Dei, y sólo en lo referente
al espíritu de la Obra y a los apostolados, corresponde
al Consejo local»14. Naturalmente, los dos ámbitos están conectados: los consejos de la charla sobre las disposiciones interiores se deben traducir en la conducta exterior; y el Consejo local ha de intervenir en la dirección espiritual respecto a las
disposiciones interiores. Lo que implica esa distinción es que hay cuestiones
de dirección espiritual en relación a la conducta
exterior que no son competencia de quien recibe la charla, sino
del Consejo local15.
Sí es propio de la charla fraterna el modo de
vivir el encargo apostólico y las orientaciones recibidas de
los Directores: fomentando la unidad, impulsando la vibración apostólica, etc.
13 Cf. ibid.,
n. 206.
14
Ibid.,
n. 205.
15 Por ejemplo, pertenece a los Directores distribuir los encargos
apostólicos, dirigir la labor apostólica que se realiza desde un Centro, orientar
sobre la dedicación profesional a una iniciativa
apostólica, prestar asesoramiento doctrinal a las publicaciones de los fieles
de la Prelatura relacionadas con la
fe y la moral, etc.
16 Cf. ibid., n. 209. No se ha utilizado en los párrafos
anteriores la distinción entre fuero
interno y fuero externo porque, en sentido
estricto, esta terminología se refiere a ámbitos de la función de gobierno, y puede dar origen a confusiones si se traslada a la dirección espiritual, como se explica a continuación.
En sentido preciso -teológico y canónico-, la
distinción entre fuero interno y fuero externo indica que hay
dos ámbitos de ejercicio de la potestad de gobierno en la Iglesia (cf. C.I.C., c. 130). Se ejerce la potestad en el fuero
externo cuando se manda o se prohíbe una acción externa, se
confiere un cargo u oficio, etc. La potestad en el fuero interno se ejerce, o
bien dentro del sacramento de la Penitencia, cuando, p. ej., se levanta una pena; o bien fuera del sacramento, cuando,
p. ej., se concede una
dispensa de modo exclusivamente privado (cf. M. Prümmer, Manuale Theologice Moralis, III, n. 407). De esta
distinción se deriva que aquello que se manifiesta en
el fuero interno, sacramental o extrasacramental,
para que se ejerza la potestad de gobierno en ese fuero, no puede utilizarse
para ejercerla en el fuero externo.
Cuando los términos fuero interno y externo
se toman en este preciso sentido, no tienen aplicación a la dirección
espiritual, porque no es función de gobierno. En cambio, si –como actualmente
es frecuente- se entienden en un sentido amplio (tomando "fuero
interno" como equivalente a las disposiciones interiores, y "fuero
externo" como equivalente a la conducta exterior), pueden utilizarse en la
dirección espiritual; pero entonces no estaría justificado establecer la misma
separación de fueros que existe cuando se consideran en su sentido teológico
preciso.
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Nuestro Padre nos
ha enseñado siempre que, en Casa, el
mandato más fuerte es por favor17. En una meditación de 1937 comentaba: Es cierto que, en la Obra, no se
dice: yo ordeno, sino que se indica: por favor...; o ¿te vendría bien...? Pero se
manda y se obedece, porque mandato es lo que hay detrás de esa forma cortés,
detrás de esa urbana y caritativa envoltura. En
la Obra se manda, no con consignas tajantes, sino con
insinuaciones que han de comprender personas bien dotadas como vosotros; gracias a Dios, lo sois. En la Obra se manda, con caridad, con esa inefable caridad que Dios ha querido poner
en su Opus Dei, como un eco de aquella que reinó entre los primeros
fieles18. Un ejemplo elocuente de esta conducta
de los primeros cristianos es lo que escribe San Pablo a Filemón:
aun teniendo plena libertad en Cristo para mandarte lo que conviene, más bien te lo
ruego apelando a
la caridad (...) Te escribo confiando en tu docilidad, sabiendo que harás aún más de
lo que te digo19.
2. acompañar en el camino hacia la santidad
La función del que
ejerce la dirección espiritual puede resumirse en ayudar a
recorrer el camino de la santidad: abriendo horizontes
para la vida interior; colaborando a la formación del
criterio; señalando los obstáculos,
de modo que ni él ni el interesado estorben la acción de la gracia; indicando los medios más adecuados para cada persona en las diversas circunstancias de su vida; corrigiendo
las posibles deformaciones o desviaciones de la marcha; animando siempre en la
lucha es-
17 Cf. De
nuestro Padre, Instrucción, 8-XII-1941,
n. 86, nota 124.
18 Crecer
para adentro,
p. 79.
19 Fil 8-9.21.
66
piritual; y alentando a ser fermento cristiano en medio
de todas las actividades humanas, fomentando el afán de almas y la búsqueda
de la perfección en el trabajo y en las demás circunstancias de la vida.
En este sentido, resulta de gran trascendencia
que el director enseñe a los demás que cuentan con los medios sobrenaturales
necesarios y suficientes para alcanzar la santidad; y que
ahí reside el deber de abandonar
su confianza en Dios, en los sacramentos, en la oración, en la intercesión de Santa María; sin temer las
exigencias de Dios, que conoce su debilidad: Sin
quitar importancia a las derrotas, se debe evitar el
desaliento, aumentando la confianza en Dios, con sentido sobrenatural 20.
Quien ejerce la dirección espiritual tendrá
presente que a lo largo de la vida surgen
ocasiones de lucha más dura21; pero,
precisamente por las dificultades que entrañan, son
momentos para vivir con más intensidad la fe en Dios, en
la Obra, en la fuerza que da la vocación recibida, y en los medios
sobrenaturales; son periodos queridos por Dios para hacer progresar en el camino de la vida cristiana, correspondiendo a la gracia.
Así lo explicaba nuestro Padre: Alta es la meta, a la que Jesús nos llama: inasequible, hasta el fin mismo del
camino de la vida. Siempre se puede
tender a más, y el que no avanza, retrocede; el que no crece, mengua. Los que me comen, se lee en el Eclesiástico, aún tendrán hambre; y los que me beben, aún tendrán sed (Eccli. XXIV,
20 De
nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n.
40. También, Juan Pablo II: «No sólo el hombre
rico, sino también los mismos discípulos se asustan de la llamada de
Jesús al seguimiento, cuyas exigencias superan las aspiraciones
y las fuerzas humanas: "Al oír
esto, los discípulos, llenos de asombro, decían; 'Entonces, ¿quién se podrá
salvar?'" (Mt
19,25). Pero el
Maestro pone ante
los ojos el poder de Dios: "Para los hombres eso es imposible, mas para Dios todo es posible"
(Mt 19,26)» (Enc. Veritatis splendor, n.
22). De ahí que la primera manifestación del amor
de Dios sea la observancia de sus preceptos (cf.
ibid.).
21 Veo otra ley en mis miembros
que lucha contra la ley de mi espíritu y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros (Rom 7,23).
67
29)22.
Y continuaba: Además, no podemos olvidar que llevamos en
nosotros mismos un principio de oposición, de resistencia a la gracia:
las heridas del pecado original, quizá enconadas por nuestros pecados personales.
Se opondrán a tus hambres de santidad, hijo mío, en primer lugar, la pereza, que es el primer frente en el que hay
que luchar; después, la rebeldía, el no querer llevar
sobre los hombros el yugo suave
de Cristo, un afán loco, no de libertad santa, sino de libertinaje; la sensualidad y, en todo momento
—más solapadamente, conforme pasan
los años-, la soberbia; y después toda una reata de malas inclinaciones, porque nuestras miserias no vienen nunca solas.
No nos queramos engañar:
tendremos miserias. Cuando seamos viejos,
también: las mismas malas inclinaciones que a los veinte años. Y será
igualmente necesaria la lucha ascética, y tendremos que pedir al Señor que nos dé humildad23. La lucha ascética es para toda la vida, por
eso no ha de causar turbación el conocimiento propio: que somos de barro de botijo, como repetía gráficamente nuestro Padre24.
Otra posible tentación que a veces puede
asaltar -y que también señalaba nuestro Fundador- es
el pensamiento de que la vida interior es una comedia, porque a veces cuesta el cumplimiento de las Normas de piedad y la lucha ascética no produce consuelos
sensibles25. Para esos
casos, San Josemaría decía que hemos de reaccionar así: ha
22 De nuestro Padre, Carta 24-III-1931,
n. 10.
23Ibid.
24 Comprende que eres de barro de botijo y no te asustes,
nunca más, de topar dentro de ti con abismos de vileza (De nuestro Padre, Carta
14-II-1974, n. 7).
25 Quizá alguna vez, hijo mío, me digas que te encuentras
cansado y frío, cuando cumples las Normas;
que te parece que estás haciendo una comedia. Esa comedia es una gran cosa, hijo. El Señor está jugando con nosotros
como un padre juega con sus hijos. Dios es eterno, y tú y yo delante de Dios somos unos niños pequeñísimos.
Ludens in orbe terrarum (Prov. VIII, 31): estamos jugando ante Dios
Nuestro Padre, y Dios juega con nosotros como juegan los padres con sus hijos (De nuestro Padre, Carta 24-III-1931,
n. 18).
68
llegado la hora maravillosa
de hacer una comedia humana con un espectador divino. El espectador es Dios: el Padre, el Hijo, el Espíritu Santo: la Trinidad Beatísima. Y con Dios Señor nuestro, nos estarán contemplando
la Madre de Dios, y los ángeles y los santos de
Dios26. Hay que ser fíeles
a Dios, porque la verdadera felicidad consiste en el cumplimiento del deber
por amor a Dios, aunque frecuentemente el gusto -o la sensibilidad- no acompañe:
Es hermoso -no lo dudes- hacer comedia
por Amor, con sacrificio, sin ninguna satisfacción personal, por dar gusto al Señor, que juega con nosotros. Vivir de amor, sin andar mendigando compensaciones
terrenas, sin buscar pequeñas infidelidades
miserables, sentirse orgulloso y bien pagado sólo con eso: convertir
la prosa ordinaria en endecasílabos de poema heroico27.
La fidelidad consiste en enamorarse más y más
de Dios, en Cristo, por el Espíritu Santo: amarle
opere et veritate,
con todas las fuerzas28. Este amor
comporta una totalidad y una exclusividad crecientes, en unidad de vida: nada puede quedar fuera, y todo debe ir teniendo la
impronta concreta de ese amor; hay que llegar a
conocer y amar a Dios ex
toto corde, ex tota anima,
ex tota mente, ex tota virtute29. Es, pues, necesario que todos y cada uno de los
aspectos de la multiplicidad de potencias y sentidos, de
situaciones y actividades, se vayan enderezando a Dios, sean purificadas de otros afectos, de modo que no quede nada fuera de su amor.
El director espiritual debe ayudar a cada uno
a subir por su "plano
inclinado", hacia la totalidad y
exclusividad del amor a Dios, para que descubra cada vez más plenamente la
alegría de vivir con Dios, de estar con Dios. Esto
llevará a los que hacen la charla fraterna a afinar
26Ibid.
27 Ibid.,n. 19.
28 Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino
con obras y de verdad (1 Jn
3,18).
29 Mc 12,30.
69
más en todas las actividades,
en el trabajo, en la vida en familia, en las Normas de piedad: todo lo que comprende la existencia
de un cristiano se ha de dirigir a cumplir y
amar la voluntad de Dios, para llegar a ser -con expresión de
nuestro Padre- alter Christus, ipse
Christus.
Para esto, como es lógico, es preciso el
trato asiduo y auténtico con la Santísima Trinidad: la
oración comprometida y sincera, que lleve a conocerse y a
saber qué quiere Dios de cada uno personalmente en cada
momento según sus circunstancias.
3. fomentar la libertad y la responsabilidad
Cada día habéis de tener más
respeto a la personalidad de cada uno de vuestros hermanos; desde el primer
momento ha querido el Señor -como parte principal de
nuestra vocación- que tengamos el
numerador distinto, bien distinto30. La dirección espiritual debe impulsar y
favorecer la verdadera libertad de espíritu, que lleva a comprometerse en la lucha por la santidad31.
Como una consecuencia de ese
espíritu de libertad, la formación -y el gobierno- en la Obra se funda en la
confianza: los Directores no os llevan en
andadores, ni tienen una vigilancia recelosa sobre vosotros. Nada se logra con
un gobierno fundado en la desconfianza. En
cambio, es fecundo mandar y formar con respeto a las almas, desarrollando en ellas la verdadera y santa libertad de los
hijos de Dios, enseñándolas a administrar la propia
libertad. Formar y gobernar es amar32.
30 De nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 41.
31 Ahora, muertos a la Ley en que
estábamos presos, hemos sido liberados para que sirvamos con un espíritu nuevo y no según la antigua
letra (Rom 7,6).
Cf., también, p. ej.,Rom 6,22.8,21, etc.
32 De nuestro Padre, Carta 6-V-1945,
n. 39. Y en otro lugar añade: Nosotros respetaremos siempre
la libertad
de las conciencias, y jamás obligaremos
a nadie a tener un director espiritual determinado, que es cosa opuesta a
nuestro espíritu porque no somos exclusivistas, ni dificultaremos la labor
de cualquier sacerdote o religioso que desee trabajar con las almas. Por eso,
exigiremos también que los demás respeten nuestro derecho a atender las almas;
y el derecho de los que se acercan a nuestros apostolados, porque libremente
lo desean (De
nuestro Padre, Carta 2-X-1939, n. 21).
70
Sin pretender tratar este tema por extenso, es
útil recordar que por la libertad la persona se autodetermina en sus actos para elegir el bien -y evitar el mal-,
porque quiere, dirigiéndose hacia su fin propio que es la felicidad, y que se identifica con Dios, fin
último del hombre. Del mismo modo,
también se puede libremente obrar mal, aunque sea por razón de bien, lo que muestra la imperfección
de la naturaleza humana.
La elección del bien, por tanto, requiere el
conocimiento de la verdad sobre el hombre33; porque,
en su ejercicio, «la libertad depende fundamentalmente de
la verdad»34, y conocer la verdad permite, a su vez, ejercer bien la libertad: la
verdad os hará libres35. En
última instancia, el verdadero ejercicio de la libertad tiene
como modelo a Jesucristo36, y conduce a identificarse
con Él Camino, Verdad y Vida37: Cuando luchamos
por ser verdaderamente ipse Christus, el mismo Cristo, entonces en
la propia vida se entrelaza lo humano con lo divino38.
Los cristianos hemos sido llamados a la
libertad39, y la libertad adquiere su auténtico sentido cuando se ejercita en servicio de la verdad que rescata, cuando se gasta en buscar el Amor infinito de
33 Cf. Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n.
7.
34. Ibid.,n. 34.
35 Jn 8,32.
36 Para esto he venido al mundo,
para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18,37). Cf. Juan Pablo II, ibid., nn. 8-9.
37 Cf. Jn 14,6. Por ellos yo me
santifico, para que también ellos sean santificados en la verdad (Jn 17,19).
38 Vía Crucis, X estación, punto 5.
39 Cf. Gal
5,13.
71
Dios, que nos desata de todas las servidumbres40: Todo me es lícito; pero no todo conviene. Todo me
es lícito; pero no me dejaré dominar por nada 41.
Ejercitar la libertad por amor a Dios permite
irse liberando cada vez más de las malas
inclinaciones que dificultan el buen uso de este don: «cuanta
más caridad se tiene, más libertad se posee»42. Por el contrario, donde
no hay amor de Dios, se produce un vacío de individual y responsable ejercicio de la propia libertad: allí -no
obstante las apariencias- todo es coacción. El indeciso, el irresoluto, es como
materia plástica a merced de las circunstancias; cualquiera lo moldea a su
antojo y, antes que nada, las pasiones y las peores tendencias de la naturaleza herida por el pecado43.
Conviene también tener presente que, en el cumplimiento de la voluntad de Dios, hay conductas que son "debidas" en el sentido de que están mandadas (por ejemplo, no robar; o también, para un católico, ir a Misa los domingos), y esto no significa que no seamos libres al realizarlas (podemos comportarnos así libremente, porque queremos amar a Dios). Igualmente hay otras muchas -la inmensa mayoría- que no están mandadas (por ejemplo prestar un pequeño servicio, o no hacerlo para dedicarse a otra cosa también buena), y esto no significa