II

CONTENIDO DE LA CONFIDENCIA

1.    aspectos generales

2.    contenido habitual de la charla fraterna

1. aspectos generales

Quien ha recibido el encargo de atender las charlas fraternas de otros fieles de la Obra debe tener muy presente los temas que se han de tratar, los requisitos para obtener el mayor fruto posible de este medio de dirección espiritual, y los defectos que deben evitarse con el fin de hacerla bien.

El Catecismo de la Obra indica que:

«1) antes de hacerla hay que persuadirse de sus ventajas y de su necesidad;

»2) durante la charla fraterna se ha de hablar con sencillez, humildad y confianza, y se han de aceptar los consejos como si vinieran del mismo Jesucristo, Señor Nuestro;

»3) después de la Confidencia, hay que dar gracias a Dios, grabar en el corazón los consejos recibidos y tratar de ponerlos en práctica»1.

1 Catecismo de la Obra, n, 210. Se vuelve a recoger aquí el enunciado de algunas preguntas del Catecismo para hacer presente su contenido, aunque ya se haya tratado en apartados anteriores.

 

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Además, para obtener los mayores beneficios de la charla, «es menester desearla ardientemente y examinar en la presencia de Dios los puntos que se deben tocar»2. No es necesario, por tanto, que en cada conversación se hable de todos y cada uno de los aspectos indicados en el Catecismo -que se expondrán en el apartado sucesivo-, ni que se haya de seguir siempre un esquema fijo, como si se pretendiera encapsular la riqueza de la vida corriente en moldes.

A la charla se va con el firme propósito de dar a conocer las reales y fundamentales disposiciones de fondo que nos mueven, y por las que atraviesa nuestra alma en cada momento de la vida. Por eso, se prepara teniendo presentes los temas dominantes de la lucha ascética del periodo que media entre las dos últimas Confidencias: la charla ha de entenderse como algo vivo, que dispone al alma para recibir las gracias convenientes con el fin de avanzar en el personal camino de la vocación cristiana.

La distinción entre aspectos que deben ser tratados y otros de los que es oportuno hablar, obedece a la libertad y buen espíritu con el que se ha de acudir a la conversación fraterna. En todo caso, ha de quedar claro que quien recibe la charla no puede pedir cuenta de conciencia, sino que debe ayudar a que la sinceridad plena de quien la hace nazca del convencimiento de que sólo así se asegura la fidelidad y la felicidad. Ésta es parte de la labor de los que forman: persuadir de sus ventajas para el desarrollo de la vida interior y de su necesidad para la perseverancia, de modo que todos la busquen y aprendan a examinar en la presencia de Dios las cuestiones que desean comentar, con plena libertad de espíritu.

El Catecismo de la Obra señala, también, otros puntos en los que conviene estar vigilantes para que no se introduzcan manifestaciones de «falta de sentido sobrenatural», que terminarían por convertir esta

 

2Ibid.

 

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práctica «tan santa y eficaz» en «un medio simplemente humano»3. En concreto, es preciso excluir de la Confidencia los siguientes defectos:

«1) la locuacidad, porque es preciso hablar con humildad y brevemente;

»2) referir con complacencia las propias virtudes o trabajos, para recibir alabanzas;

»3) decir las penas que puedan tener, en son de queja, para que les compadezcan, porque esto muchas veces es señal de orgullo;

»4) aceptar los consejos tan sólo para aprender y no para mejorar, lo que indicaría falta de verdadero afán de santidad»4.

2. contenido habitual de la charla fraterna

En el Catecismo de la Obra se especifican los temas de los que se debe hablar y los que pueden ser materia de la Confidencia. En concreto, «se trata:

»1) del cumplimiento de las Normas y Costumbres;

»2) de la realización de las labores apostólicas, y en especial del encargo apostólico concreto;

»3) del empeño por santificar el trabajo, santificar a los demás y santificarse con el trabajo;

»4) y de la ejecución de las tareas encomendadas por el Consejo local.

»Si se desea hacer la Confidencia con la máxima sencillez, que es señal indudable de buen espíritu y ayuda a progresar en el camino espiritual, convendrá tratar también:

 

 

3Ibid., n. 211.

4Ibid.

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»1) de cuanto se refiera a la fe, a la pureza y a la vocación;

»2) del modo de cumplir las Normas y, de manera especial, de la Santa Misa, de la oración, de la mortificación y de los exámenes de conciencia;

»3) del amor a la Santa Iglesia y a la Obra; de la petición por el Romano Pontífice y por los Obispos en comunión con la Santa Sede;

»4) del espíritu de filiación a nuestro Fundador y al Padre, de fraternidad y de proselitismo; de las preocupaciones, tristezas o alegrías;

»5) de la oración y mortificación por el Padre y por todos los miembros de la Obra.

»Y todo con brevedad y humildemente»5.

Aunque puede ser habitual que no se converse en la misma charla de todos estos temas, sino más bien de los puntos destacables en un determinado periodo, es también importante que tanto el que hace la charla como el que la recibe consideren si se van comentando periódicamente todos los argumentos. Así se podrá asegurar que la dirección espiritual alcance a cada uno de los aspectos de la vida ascética de un fiel del Opus Dei. A continuación, se recuerdan algunos de estos puntos, con orientaciones concretas.

a) Modo de cumplir las Normas, en especial, la Santa Misa, la oración, la mortificación y los exámenes de conciencia

Para ir adelante en el camino del Opus Dei, nuestro Fundador nos dejó unas precisas Normas de vida y unas Costumbres, que son manifestación de la Voluntad de Dios para nosotros. Estas Normas y Costumbres constituyen los medios mediante los que podemos alcanzar

5Ibid., n.209.

 

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vida contemplativa6 en medio de la calle, en el trabajo ordinario, en la vida en familia y en cualesquiera circunstancias personales: Todos, en la Obra, tenemos la gracia de Dios especial y suficiente para vivir con delicadeza nuestra dedicación a Dios en el mundo. En la calle tenemos nuestra celda, y en la calle somos contemplativos: basta cumplir con delicadeza las Normas, concretas y amplias a la vez, que se pueden observar -se adaptan como un guante a la mano- en cualquier ambiente7 .

Las Normas no obligan bajo pecado; sin embargo, su incumplimiento constituiría, una falta -incluso grave-, si significara desprecio formal por el camino, ocasión de escándalo o desvirtuación de la entrega. A la inversa, nuestro Padre aseguraba la perseverancia final al que las cumpliera: Si las cumplís, tenéis la garantía de perseverar, porque son como la mano de Dios, que -aunque caigáis- os sujetará paternalmente, para que no os descaminéis: iustus, cum ceciderit, non collidetur: quia Dominus supponit manum suam (Ts. XXXVI, 24)8.

No se trata sólo de decir si se han cumplido o no todas las Normas, de quedarse en un mero cumplo y miento. Hay que hablar del modo como hemos buscado el amor de Dios en las Normas: si hemos

6 Nuestras Normas y costumbres son el camino para llegar a esa unión íntima y constante con el Señor. Hay, entre todas ellas, una continuidad, una trabazón: están perfectamente dispuestas y el hilo que las une es la vocación contemplativa (de nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 69).

7 Ibid.,n. 11.

8 Ibid., n. 69. Y respondiendo a una pregunta sobre cómo lograr la fidelidad a la vocación cristiana en la Obra, comentaba: Te diré una cosa, que a lo mejor te parece pequeña y sin importancia: vivir todas las Normas todos los días; lo mismo ahora que eres joven, que cuando seas viejo; lo mismo estando sano, que enfermo; con buen y con mal tiempo.

No es pecado dejarlas de cumplir, pero hay que decirlo al Director, cuando se descuida alguna, incluso la más pequeña. Y hay que cumplirlas, porque está establecido que se hagan. Si eres fiel al plan de vida todos los días, nos veremos allá arriba, en el corazón de Dios. ¡Qué maravilla! (apuntes tomados en una tertulia, 15-VIII-1968, en Crónica XI-1968).

 

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sido piadosos y puntuales, si las hemos hecho con cariño y esfuerzo, las causas de posibles retrasos o incumplimiento, etc.9

Es natural que nos detengamos en la charla en el empeño que ponemos para que la Santa Misa llegue a ser el centro y la raíz de la vida interior, cada día10. Conviene señalar la devoción con que se viven las diferentes partes, la atención que ponemos en seguir las rúbricas, las industrias humanas que concretamos para sacar todo el provecho posible de la acción litúrgica: adorando a la Trinidad Beatísima, dando gracias, pidiendo y reparando; los medios empleados para que los diez minutos de acción de gracias después de la Misa estén llenos de delicadezas con el Señor; y cómo es la preparación remota del Santo Sacrificio, especialmente a través de las Normas de siempre y del tiempo de la noche, que tanto ayudan a luchar por ser almas de Eucaristía.

En relación con la Santa Misa, se puede tratar también de una de las propiedades esenciales de la filiación divina: el alma sacerdotal11, como fuente unitaria del dinamismo de la vida espiritual en el camino de identificación con Cristo. El cristiano, decía nuestro Padre, ha de servir a Dios no sólo en el altar, sino en el mundo entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen como en

9 Así lo explicaba don Álvaro: «Hijos míos, nada de cumplo y miento. Hemos de ver si procuramos encender el diálogo con Dios en la meditación, si pusimos más empeño en rechazar las distracciones en la oración vocal, si fuimos más constantes en las Normas de siempre, si hemos dado muchas alegrías a Jesús, María y José, o tienen alguna queja de nosotros» (Cartas de familia (1), n. 8).

10 Consideramos la Santa Misa como el centro y la raíz de nuestra vida interior: encendeos en el deseo de ofreceros con Cristo sobre el Altar para la salvación de todas las almas. No os acostumbréis nunca a celebrar o a asistir al Santo Sacrificio: hacedlo, por el contrario, con tanta devoción como si se tratase de la única Misa de vuestra vida; sabiendo que allí está siempre presente Cristo, Dios y Hombre, Cabeza y Cuerpo, y, por tanto, junto con Nuestro Señor, toda su Iglesia (de nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 5).

11   «El alma sacerdotal consiste en tener los mismos sentimientos de Cristo Sacerdote, buscando cumplir en todo momento la Voluntad divina, y ofrecer así nuestra vida entera a Dios Padre, en unión con Cristo, para corredimir con Él gracias a la acción del Espíritu Santo» (Don Álvaro, Cartas de familia (3), n. 375).

 

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un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará otras veinticuatro horas, y así hasta el fin de nuestra vida12. Por el sacramento del Bautismo, como piedras vivas, hemos sido incorporados a Cristo, en orden a un sacerdocio santo, y deputados para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo13. En unión con el sacrificio de Cristo, que se hace presente de modo sacramental en la Santa Misa, los cristianos podemos dar un verdadero sentido sacerdotal a toda la existencia14, de modo que las obras del cristiano adquieren valor de eternidad15.

Sobre la oración, hay que ver si es auténtica oración de hijos de Dios que hablan cara a cara, sin anonimato, personalmente, como se habla con un amigo, con un hermano, con un padre amantísimo que está loco por sus hijos16. Oración viva, hecha de diálogo personal que nace -muchas veces- de las incidencias de la jornada: alegrías, tristezas, acontecimientos del apostolado, trabajo y descanso, aspectos de la fraternidad...: todo puede ser motivo para hablar con el Señor.

12 En diálogo con el Señor, p. 98.

13 Cf. 7 Pe 2,5.

14 Así rezaba San Gregorio Nacianceno: «ofrezcamos a Dios todos los días nuestro ser con todas nuestras acciones» (Oratio 45, 23: PG 36, 655). Cf. también, la Const. dogm. Lumen gentium: en los nn. 10 y 34, señala que cuando se renueva sacramentalmente el Sacrificio del Calvario, Cristo se ofrece en el altar con los miembros de su Cuerpo místico.

15 Mira que sobre el altar Cristo se vuelve a ofrecer por ti y por mí. Y sentirás un deseo grande de imitar su humildad, su anonadamiento en la Hostia; y te llenarás de acciones de gracias, de adoración, de deseos de reparar, de peticiones. Y te ofrecerás, con los brazos extendidos, como otro Cristo, ipse Christus, dispuesto a clavarte en el dulce madero, por amor a las almas (de nuestro Padre, apuntes tomados de una meditación, 14-IV-1960).

16 De nuestro Padre, apuntes tomados de una meditación, 4-IV-1955, en Crónica IV-1969, p. 11. Y continuaba: ¡Tú, Señor, eres toda la Grandeza, toda la Bondad, toda la Misericordia! Por eso, yo me enamoro de Ti, con la tosquedad de mis maneras, de mis pobres manos llenas de polvo del camino. Y entonces es gustosa la abnegación y es gustosa la humillación y es gustosa la vida de entrega (ibid.).

 

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De ahí surgirán los propósitos -con frecuencia pequeños, concretos- que dan el tono a la lucha de cada día por alcanzar la santidad.

El que recibe la charla ha de saber valorar si la oración influye eficazmente en la vida real, en los quehaceres acostumbrados de las personas que dirige espiritualmente; si constituye un momento privilegiado de búsqueda activa de la presencia de Dios; si lleva a la conversión personal, a la purificación y al desagravio, a la rectificación de conductas menos acertadas, a pedir perdón al Señor y a otras personas a las que se ha podido ofender con un determinado comportamiento; si tiene contenido apostólico; etc.

La oración debe ser origen de disposiciones ante la vida -generosidad para la entrega, para recibir los hijos que Dios mande, etc.-, y de comportamientos que ayudan a entender cuáles son los motivos de fondo que mueven a las personas: si tienen deseos de estar a solas con Dios, para conocerle más, para tratarle con mayor intimidad, para entender con más hondura su amabilísima voluntad; y, por tanto, si se ponen los medios para empezarla con puntualidad o para adelantarla si se prevé que habrá dificultades, para hacerla en el lugar más apropiado, etc. De modo semejante, la falta de verdadera oración en algunos casos se manifestará en actitudes de escasa visión sobrenatural ante los acontecimientos de la vida, desaliento ante las dificultades, desgana para recomenzar la lucha, falta de fortaleza para terminar bien el trabajo profesional o apostólico, etc.

En definitiva, se trata de conseguir que lleguen a ser almas de oración, porque sólo así se puede ser contemplativos en las ocupacio­nes cotidianas, y esto es lo único verdaderamente necesario17: la fe pone en juego la oración, la oración da el incremento a las obras, y las obras constituyen la perfección de la fe18. De aquí la importancia de la

17           Cf. Lc 10,42.

18           Cf. Sant 2, 22 y 5,15.

 

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oración, que es como el cemento de la unidad de vida, sin la cual -a su vez- es imposible "hacer el Opus Dei".

Por lo que se refiere a la mortificación, hay que asegurarse -en los más jóvenes especialmente- de que entienden que es imprescindible para llegar a la plena identificación con Cristo19. Sin mortificación es muy difícil que pueda haber oración. La mortificación prepara a la oración20; y es senda para morir al propio yo y hacer que el alma crezca más rápidamente en amor de Dios, pues en toda situación hemos de buscar obrar por amor de Cristo y no por amor a la propia conveniencia21. La mortificación ayuda a responder con prontitud y generosidad a los planes de Dios, sobre todo cuando pide sacrificios concretos -pequeños deseos del amor propio, de apegamientos a juicios o los propios talentos, de comodidad, etc.- para unirnos más a Él22.

Se entenderán entonces las palabras del Señor: mi yugo es suave y

19 Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma? Porque el Hijo del Hombre ha de venir en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a cada uno según su conducta (Mt 16,24-27). Así lo ha sentido siempre la Tradición, que se hace presente de modo particular en la vida de los santos. Nuestro Padre comenta en Camino: Expiación: ésta es la senda que lleva a la Vida (n. 210). También, Forja, n. 431: Para acercarte a Dios, para volar hasta Dios, necesitas las alas recias y generosas de la Oración y de la Expiación. En definitiva, el cristiano padece con, en y por Cristo, como la parte del cuerpo que está unida a su Cabeza: Las ansias de reparación, que pone tu Padre Dios en tu alma, se verán satisfechas, si unes tu pobre expiación personal a los méritos infinitos de Jesús. -Rectifica la intención, ama el dolor en El, con El y por El (Forja, n. 604).

20 Si no eres mortificado nunca serás alma de oración (Camino, n. 172).

21 Es necesario que él crezca y que yo disminuya (Jn 3,30).

22 Cuando el alma decide obstinadamente negar al Señor alguna cosa que sabe que le está pidiendo, se termina por perder la confianza y el abandono en su paternal providencia –que es el fundamento de la unión con Él-, y la oración encuentra graves obstáculos para desarrollarse y llegar a empapar la vida contemplativa que ha de tener un hijo de Dios. Es como si se olvidara la exhortación de San Pablo a buscar los dones mejores (cf. 1 Cor 12,31).

 

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mi carga ligera23. No se trata sólo de exigir una lista de mortificaciones24 como de vivir un auténtico espíritu de penitencia25, que lleve a buscar positivamente la expiación en la vida ordinaria, aceptando por amor las contrariedades que puede llevar consigo el cumplimiento de los deberes de la personal condición o estado, los sufrimientos físicos o morales que lleva consigo la vida ordinaria, el cuidado de la familia, el cansancio en el trabajo, etc., o las pruebas -del alma y del cuerpo, interiores y exteriores- que el Señor quiera enviar, viéndolas como una oportunidad de mayor unión con El26.

De hecho, en la práctica cristiana, la lista de mortificaciones pequeñas constituye también una preparación para aquellas otras no esperadas, quizá más penosas de recibir27. En todo caso, sin una mortificación externa habitual, hecha de pequeñas renuncias será casi impo-

23 Mí 11,30.

24 Es muy conveniente y ayuda a fortalecer el carácter y a realizar la unidad de vida: esmerándose en las cosas pequeñas de la casa -en la limpieza, los arreglos, la presentación de la mesa, el cuidado de la ropa, etc.-, del trabajo -puntualidad, intensidad, poner las últimas piedras, compañerismo—, del aseo personal, del espíritu de servicio -generosidad-; y de modo especial, las mortificaciones corporales previstas en el plan de vida.

También es particularmente importante la mortificación interior: guarda del corazón, de la imaginación y de los sentidos, de la memoria, de la inteligencia y de la voluntad, para obrar, en definitiva, con sobriedad en todo lo que hagamos.

25 Ahora me alegro de mis padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).

26 Un buen modo de hacer examen de conciencia:

-¿Recibí como expiación, en este día, las contradicciones venidas de la mano de Dios?; ¿las que me proporcionaron, con su carácter, mis compañeros?; ¿las de mi propia miseria?

-¿Supe ofrecer al Señor, como expiación, el mismo dolor, que siento, de haberle ofendido ¡tantas veces!?; ¿le ofrecí la vergüenza de mis interiores sonrojos y humillaciones, al considerar lo poco que adelanto en el camino de las virtudes? (Forja, n. 153; cf. también, Surco, n. 258, Forja, n. 225).

27 A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por nosotros. Y si acaso ante esa Cruz inesperada, y tal vez por eso más oscura, el corazón mostrara repugnan-cia... no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando los pida, dile despacio, como en confidencia: corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz! (Vía Crucis, V estación).

 

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sible vivir la penitencia interior28, mucho más difícil de reconocer y de aceptar porque el yo impide ver con claridad: Sabéis, como yo que lo que más cuesta es vencer la vanidad y la soberbia, porque el orgullo ciega, y es como fuente malsana, de donde proceden todas nuestras miserias. Luego es especialmente ahí donde debemos vigilar29. Es todo lo que hace referencia al juicio crítico no tamizado por la caridad ni la corrección fraterna, al resentimiento por desaires no perdonados, a indicaciones no asumidas -porque no se terminan de entender o porque uno no quiere enmendarse; incluso respecto a temas opinables, o a decisiones prudenciales que se podrían haber solucionado de otra manera-, etc. En el fondo, si faltara esta mortificación, en la que entran en juego todas las virtudes y las disposiciones más íntimas, se estaría obstaculizando seriamente la acción de la gracia30.

Los exámenes de conciencia -los tres momentos de examen31-son muy necesarios para progresar en la unión con Cristo. Decía nuestro Padre: el examen lo han hecho siempre todas las criaturas, que han tenido discernimiento e interés, por cosas de Dios o por cosas de la tierra32.

Con una cierta periodicidad conviene comentar cómo se hacen los exámenes de conciencia. Y esto porque el examen, como las demás Normas, ha de adaptarse a la vida de cada uno como el guante a la

28 Cf. entre otros textos: Ps 39,7-9; 50,12; Ez 11,19 y ss.; Heb 10,4-10.

29 De nuestro Padre, Carta 17-VI-1973, n. 3.

30 Rezaba nuestro Padre, en una ocasión, dirigiéndose a Jesucristo: Haz que el fundamento de mi personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).

31 Cf. De spiritu, nn. 15 y 117.

32 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 71. Y en el mismo lugar, explica: Los exámenes de conciencia no se descubrieron en la Edad Moderna de la Historia. No los ha inventado nadie; en todo caso, si no los practicaba ya el primer hombre, los inventó el primer cristiano: probet autem seipsum homo (I Cor. XI, 28), examínese a sí mismo el hombre, decía el Apóstol a los de Corinto. Y aun los hombres honestos paganos han examinado también su espíritu. La última castañera que vende su mercancía modesta junto al Tevere, cuenta el dinero que ha sacado al acabar la jornada, y lo que le han costado las castañas, y el tiempo que ha empleado en venderlas.

 

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mano, así que, el modo de hacerlo dependerá de las circunstancias por las que atraviese la lucha interior en cada periodo33. No es sólo cuestión de usar o no la hoja de Normas (que a veces puede ser muy conveniente), sino de hacer a conciencia el examen de conciencia, siempre34, sin soslayar ningún aspecto de nuestra entrega, para que -con la ayuda del Espíritu Santo- podamos discernir los puntos de amor propio, los pecados de acción y omisión, las faltas de presencia de Dios durante el día, etc. Y demos gracias al Señor por su continuo desvelo de Padre. Característica importante de los exámenes es que sean sinceros, humildes, profundos, con verdadero dolor y deseos de rectificar, que se manifestarán en propósitos concretos de mejora.

Como es lógico, siempre se prestará especial atención al examen particular, que debe ser un lugar vivo de lucha y bien elegido, que responda a las necesidades reales de cada uno. Se procurará ayudar a enlazar el examen general y el particular, de modo que se centre derechamente en lo que más precise el alma en cada momento: una virtud determinada, arrancar un defecto que predomina, mejorar un determinado aspecto de una Norma o de una Costumbre, etc. Es normal que el que hace la charla sugiera con iniciativa temas para el examen particular.

33 Hay un enemigo pequeño, tonto, pero eficaz, que es el poco empeño en examinarse. Los exámenes están puestos dentro de nuestras Normas por una razón de eficacia. Si tenemos algún momento de escrúpulo, el examen ha de ser muy breve: ¿qué he hecho mal? Perdón, Señor. ¿Qué he hecho bien? Dar gracias. ¿Qué podría haber hecho mejor? Un propósito. Dos minutos, medio minuto. Y el examen particular de la cosa concreta, del punto en el que vosotros habéis presentado batalla al enemigo, para que el enemigo no la presente donde no os convenga. ¡Jamás lo dejéis! (de nuestro Padre, apuntes tomados en una meditación, 4-III-1960, en Crónica IV-1968, pp. 6-7).

34 «Ésta es la lucha nueva que yo os propongo para el resto de nuestra vida: hacer a conciencia el examen de conciencia. Entended esta lucha como exigencia de Amor, porque el examen es el paso previo y el punto de partida cotidiano para encendernos más en el amor a Dios con realidades -obras- de entrega. Cuidar esta Norma, procurando cumplirla con profundidad, impide que en nuestra alma arraiguen los gérmenes de la tibieza y nos facilita vivir lejos de las ocasiones de pecar» (de don Álvaro, Cartas de familia (2), n. 116; cf. también, ibid., (2), n. 125).

 

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b) Trabajo: santificarlo, santificarse, santificar a los demás

Nuestra actuación es, como veis, en todo plenamente laical: porque es la misma que la de los demás ciudadanos, aunque, con la ayuda de la gracia divina y con nuestra correspondencia a la gracia, se haya elevado al orden sobrenatural. Se lleva siempre a cabo en el ámbito de las actividades temporales, para que todas las almas en medio del mundo se unan más entre sí y con Dios, y así pongamos a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia traham ad meipsum (loann. XII, 32). Y esto porque somos instrumentos de Dios, para cooperar en la verdadera consecratio mundi; o, más exactamente, en la santificación del mundo ab intra, desde las mismas entrañas de la sociedad civil; para que se cumpla lo que dice San Pablo: instaurare omnia in Christo (Ephes. /, 10)35.

El trabajo es el quicio de nuestra santidad y afecta a toda la vida espiritual y al apostolado36. En la charla se debe hablar de cómo se trabaja y se aprovecha el tiempo, buscando la perfección humana y sobrenatural, cuidando las cosas pequeñas, y poniendo interés y empeño por alcanzar prestigio profesional, necesario para poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres37. La ocupación profesional es un gran campo para ejercitar todas

35 De nuestro Padre, Carta 14-II-1950, n. 20.

36 Por eso, hay situaciones -de búsqueda de un primer empleo, de paro forzoso, de enfermedad, o incluso de jubilación- que pueden ser especialmente difíciles de encauzar en un primer momento. El que lleva la dirección espiritual debe ser muy prudente para animar y exigir con fortaleza: todas las circunstancias son santificables, porque pueden ser ofrecidas a Dios como trabajo.

37 Así simplemente, trabajando y amando a Dios en la tarea que es propia de nuestra profesión o de nuestro oficio, la misma que hacíamos cuando El nos ha venido a buscar, cumplimos ese quehacer apostólico de poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres: porque ninguna de esas limpias actividades está excluida del ámbito de nuestra labor, que se hace manifestación del amor redentor de Cristo (de nuestro Padre, Carta 11-III-1940, n. 12).

 

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las virtudes y dar ejemplo de cristianismo que desea ser coherentemente vivido.

El sentido apostólico en el trabajo ha de llevar a realizarlo con rectitud de intención, ofreciéndolo a Dios con deseos de santidad, sin buscar una realización meramente humana o por afán desordenado de autoafirmación propia. Por eso, hay que fomentar personalmente la disponibilidad para dejarlo cuando existan razones apostólicas -o de otro tipo- que lo justifiquen.

En este sentido, el que lleva la charla debe comprobar que se lucha por que haya unidad de vida: si no, se crean compartimentos estancos entre la profesión y las relaciones familiares o sociales. El trabajo ha de ser ocasión de encuentro con Cristo y de servicio a las almas: Toda nuestra preparación intelectual y humana, hijas e hijos míos, tiene una finalidad apostólica. No hay compartimentos estancos en nuestra vida, ni podemos distinguir -insisto- dónde acaba la oración ni dónde empieza el trabajo, ni dónde se encuentran los límites del apostolado. Porque el apostolado es Amor de Dios que se desborda, dándose a los hombres; y la vida interior contemplativa es clamor de almas; y el trabajo, un esfuerzo sostenido de abnegación, de caridad, de obediencia, de comprensión, de paciencia y de servicio a los demás38. Por consiguiente, el hecho de que una cuestión de carácter profesional (cultural o social, etc.) sea opinable, no significa que haya de defenderse como un "coto cerrado", donde no tenga acceso la luz de la gracia a través de los medios de dirección espiritual.

Es importante que se cuide la formación profesional de las personas que se acercan a la Obra, primero, procurando que hagan bien los estudios civiles, trabajando con profundidad e intensamente; y después, cuidando de que sigan formándose permanentemente para llegar a ser profesionales de prestigio que luchan por trabajar bien y con

38 De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 40.

 

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sentido moral. El Director ha de tener la preocupación del futuro profesional de las personas que dependen de él, aconsejando a los más jóvenes, ayudando a que completen su preparación con estudios y lecturas de calado humanístico cristiano, etc.39

Una parte esencial de la lucha por santificar la profesión y santificarse en la profesión es vivir de modo cabal las exigencias de la justicia y de la caridad en las relaciones laborales, siendo modelo de honradez cristiana. Esto requiere, entre otras cosas, el conocimiento de los deberes deontológicos del propio oficio, especialmente en aquellos casos en que puede ser más difícil el respeto de las normas morales40.