II
CONTENIDO DE LA CONFIDENCIA
1.
aspectos
generales
2.
contenido
habitual de la charla fraterna
1. aspectos generales
Quien ha recibido el encargo de atender las
charlas fraternas de otros fieles de la Obra debe tener muy presente los
temas que se han de tratar, los requisitos para obtener el mayor fruto posible
de este medio de dirección espiritual, y los
defectos que deben evitarse con el fin
de hacerla bien.
El Catecismo
de la Obra indica que:
«1) antes de hacerla hay que persuadirse de sus
ventajas y de su necesidad;
»2) durante la charla fraterna se ha de hablar
con sencillez, humildad y confianza, y se han de aceptar los
consejos como si vinieran del mismo Jesucristo, Señor Nuestro;
»3) después de la Confidencia, hay que dar
gracias a Dios, grabar en el corazón los consejos recibidos y tratar de
ponerlos en práctica»1.
1 Catecismo
de la Obra, n, 210. Se vuelve a recoger aquí el enunciado de algunas preguntas del Catecismo para hacer presente
su contenido, aunque ya se haya tratado en apartados anteriores.
25
Además, para obtener los mayores beneficios de
la charla, «es menester desearla ardientemente y examinar en la presencia de Dios los puntos que se
deben tocar»2. No es necesario, por tanto, que en cada conversación se hable de todos y cada uno de los aspectos indicados en el Catecismo -que se
expondrán en el apartado sucesivo-, ni que se haya de seguir
siempre un esquema fijo, como si se pretendiera encapsular la riqueza de la vida corriente en moldes.
A la charla se va con el firme propósito de
dar a conocer las reales y fundamentales
disposiciones de fondo que nos mueven, y por las que
atraviesa nuestra alma en cada momento de la vida. Por eso, se prepara teniendo presentes los temas dominantes de la lucha ascética del periodo que media entre las dos últimas Confidencias: la charla ha
de entenderse como algo vivo, que dispone al alma
para recibir las gracias convenientes con el fin de avanzar en
el personal camino de la vocación cristiana.
La distinción entre aspectos que deben ser
tratados y otros de los que es oportuno hablar,
obedece a la libertad y buen espíritu con el que se ha de
acudir a la conversación fraterna. En todo caso, ha de quedar claro que quien recibe la charla no
puede pedir cuenta de conciencia, sino que debe ayudar
a que la sinceridad plena de quien la hace nazca del convencimiento de que sólo así se asegura la fidelidad y la felicidad.
Ésta es parte de la labor de los que forman: persuadir de
sus ventajas para el desarrollo de la vida interior
y de su necesidad para la perseverancia, de modo que todos la
busquen y aprendan a examinar en la presencia de Dios las
cuestiones que desean comentar, con plena libertad de espíritu.
El Catecismo
de la Obra señala, también, otros puntos en los que conviene estar vigilantes para que no se introduzcan manifestaciones
de «falta de sentido sobrenatural», que terminarían por convertir esta
2Ibid.
26
práctica «tan santa y eficaz» en «un medio simplemente humano»3.
En concreto, es preciso excluir de la Confidencia los
siguientes defectos:
«1) la locuacidad, porque es preciso hablar
con humildad y brevemente;
»2) referir con complacencia las propias
virtudes o trabajos, para recibir alabanzas;
»3) decir las penas que puedan tener, en son de queja, para que les compadezcan, porque esto muchas veces es
señal de orgullo;
»4) aceptar los consejos tan sólo para
aprender y no para mejorar, lo que indicaría falta de verdadero afán de
santidad»4.
2. contenido habitual de la charla fraterna
En el Catecismo de la Obra se especifican los temas de los que se debe hablar y los que pueden ser materia de la Confidencia. En concreto, «se trata:
»1) del cumplimiento de las Normas y Costumbres;
»2) de la realización de las labores apostólicas, y en especial del encargo apostólico concreto;
»3) del empeño por santificar el trabajo, santificar a los demás y santificarse con el trabajo;
»4) y de la ejecución de las tareas encomendadas por el Consejo local.
»Si se desea hacer la Confidencia con la máxima sencillez, que es señal indudable de buen espíritu y ayuda a progresar en el camino espiritual, convendrá tratar también:
3Ibid., n. 211.
4Ibid.
27
»1) de cuanto se refiera a la fe, a la pureza y a la vocación;
»2) del modo
de cumplir las Normas y, de manera especial, de la Santa Misa, de la
oración, de la mortificación y de los exámenes de conciencia;
»3) del amor a la Santa Iglesia y a la Obra;
de la petición por el Romano Pontífice y por los
Obispos en comunión con la Santa Sede;
»4) del espíritu de filiación a nuestro
Fundador y al Padre, de fraternidad y de proselitismo;
de las preocupaciones, tristezas o alegrías;
»5) de la oración y mortificación por el
Padre y por todos los miembros de la Obra.
»Y todo con brevedad y humildemente»5.
Aunque puede ser habitual que no se converse
en la misma charla de todos estos temas, sino más bien de los
puntos destacables en un determinado periodo, es también importante que tanto
el que hace la charla como el que la recibe consideren si se
van comentando periódicamente todos los argumentos.
Así se podrá asegurar que la dirección espiritual alcance a cada uno de los
aspectos de la vida ascética de un fiel del Opus Dei.
A continuación, se recuerdan algunos de estos puntos, con orientaciones
concretas.
a) Modo de cumplir las Normas, en especial, la Santa Misa, la oración, la mortificación y los
exámenes de conciencia
Para ir adelante en el camino del Opus Dei,
nuestro Fundador nos dejó unas precisas Normas de vida y unas Costumbres, que
son manifestación de la Voluntad de Dios para nosotros. Estas Normas y Costumbres constituyen los medios mediante los que podemos alcanzar
5Ibid., n.209.
28
vida contemplativa6 en medio de la calle, en el trabajo ordinario,
en la vida en familia y en cualesquiera circunstancias
personales: Todos, en la Obra, tenemos
la gracia de Dios especial y suficiente para vivir con delicadeza nuestra dedicación a Dios en el mundo. En la calle tenemos nuestra celda, y en la calle somos contemplativos:
basta cumplir con delicadeza las
Normas, concretas y amplias a la vez, que se pueden observar -se adaptan como un guante
a la mano- en cualquier ambiente7 .
Las Normas no obligan bajo pecado; sin
embargo, su incumplimiento constituiría, una falta
-incluso grave-, si significara desprecio formal por el
camino, ocasión de escándalo o desvirtuación de la entrega. A la inversa, nuestro Padre aseguraba la perseverancia final al
que las cumpliera: Si las cumplís, tenéis la garantía de perseverar, porque son como la mano de Dios, que -aunque caigáis- os sujetará paternalmente, para que no os descaminéis: iustus, cum ceciderit, non collidetur: quia Dominus
supponit manum suam (Ts. XXXVI, 24)8.
No se trata sólo de decir si se han cumplido o
no todas las Normas, de quedarse en un mero cumplo
y miento. Hay que hablar del modo como
hemos buscado el amor de Dios en las Normas: si hemos
6 Nuestras Normas y
costumbres son el camino para llegar a esa unión íntima y constante con el Señor. Hay, entre todas ellas, una continuidad, una
trabazón: están perfectamente dispuestas y el hilo que las une es la vocación
contemplativa (de nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 69).
7 Ibid.,n.
11.
8 Ibid., n. 69. Y respondiendo a una pregunta sobre cómo lograr la fidelidad a
la vocación cristiana en la Obra, comentaba: Te
diré una cosa, que a lo mejor te parece pequeña y sin importancia: vivir todas las Normas todos los días; lo mismo ahora que
eres joven, que cuando seas viejo; lo mismo
estando sano, que enfermo; con buen y con mal tiempo.
No es pecado dejarlas de cumplir, pero hay que decirlo
al Director, cuando se descuida alguna, incluso la
más pequeña. Y hay que cumplirlas, porque está establecido que se hagan. Si eres fiel al plan de vida todos los días, nos veremos allá
arriba, en el corazón de Dios. ¡Qué maravilla! (apuntes tomados en una tertulia, 15-VIII-1968, en Crónica XI-1968).
29
sido piadosos y
puntuales, si las hemos hecho con cariño y esfuerzo, las causas de posibles retrasos o incumplimiento, etc.9
Es natural que nos detengamos en la charla en
el empeño que ponemos para que la Santa Misa llegue a ser el centro y la raíz de la vida interior, cada día10.
Conviene señalar la devoción con que se viven las
diferentes partes, la atención que ponemos en seguir las rúbricas, las industrias humanas que concretamos para sacar todo el provecho posible de la acción litúrgica: adorando a la Trinidad Beatísima, dando
gracias, pidiendo y reparando; los medios empleados para que los diez minutos de acción de gracias después de la Misa estén llenos de delicadezas con el Señor; y cómo es la preparación remota del Santo Sacrificio, especialmente a través de las Normas de siempre y del tiempo
de la noche, que tanto ayudan a luchar por ser almas
de Eucaristía.
En relación con la Santa Misa, se puede tratar
también de una de las propiedades esenciales de la filiación
divina: el alma sacerdotal11, como fuente unitaria del dinamismo de la vida espiritual en el camino de identificación con Cristo. El cristiano, decía nuestro Padre, ha de
servir a Dios no sólo en el altar, sino en el mundo
entero, que es altar para nosotros. Todas las obras de los hombres se hacen
como en
9 Así lo explicaba don Álvaro: «Hijos míos, nada de cumplo y miento. Hemos de ver si procuramos
encender el diálogo con Dios en la meditación, si pusimos más empeño en rechazar las distracciones en la oración vocal, si fuimos más constantes en
las Normas de siempre, si hemos dado muchas alegrías a Jesús,
María y José, o tienen alguna queja de nosotros» (Cartas de familia (1), n. 8).
10 Consideramos la Santa
Misa como el centro y la raíz de nuestra vida interior: encendeos en el deseo
de ofreceros con Cristo sobre el Altar para la salvación de todas las almas. No os acostumbréis nunca a celebrar o
a asistir al Santo Sacrificio: hacedlo, por el contrario, con
tanta devoción como si se tratase de la única Misa de vuestra vida; sabiendo
que allí está siempre presente Cristo, Dios y Hombre, Cabeza y Cuerpo, y,
por tanto, junto con Nuestro Señor, toda su Iglesia
(de nuestro Padre, Carta 28-III-1955,
n. 5).
11 «El alma sacerdotal consiste
en tener los mismos sentimientos de Cristo Sacerdote, buscando cumplir en todo momento la Voluntad divina, y ofrecer así
nuestra vida entera a Dios Padre, en unión con Cristo,
para corredimir con Él gracias a la acción del Espíritu Santo» (Don Álvaro, Cartas de familia
(3), n. 375).
30
un altar, y cada uno de vosotros, en esa unión de almas contemplativas que es vuestra jornada, dice de algún modo su misa, que dura veinticuatro horas, en espera de la misa siguiente, que durará
otras veinticuatro horas, y así hasta
el fin de nuestra vida12. Por el sacramento del Bautismo, como piedras vivas, hemos sido incorporados a Cristo, en orden a un sacerdocio
santo, y deputados para ofrecer sacrificios espirituales, agradables a Dios por medio de Jesucristo13.
En unión con el sacrificio de Cristo,
que se hace presente de modo sacramental en la Santa Misa, los cristianos
podemos dar un verdadero sentido sacerdotal
a toda la existencia14, de modo que las obras del cristiano adquieren valor de eternidad15.
Sobre la oración,
hay que ver si es auténtica oración de hijos de Dios que hablan cara a cara, sin anonimato, personalmente,
como se habla con un amigo, con un
hermano, con un padre amantísimo que está loco por
sus hijos16. Oración viva,
hecha de diálogo personal que nace -muchas veces- de las
incidencias de la jornada: alegrías, tristezas, acontecimientos del apostolado,
trabajo y descanso, aspectos de la fraternidad...: todo
puede ser motivo para hablar con el Señor.
12 En diálogo con el Señor, p. 98.
13 Cf. 7 Pe 2,5.
14 Así rezaba San
Gregorio Nacianceno: «ofrezcamos a Dios todos los días nuestro ser con todas
nuestras acciones» (Oratio 45, 23: PG
36, 655). Cf. también, la Const. dogm. Lumen
gentium: en los nn. 10 y 34, señala que cuando se renueva sacramentalmente el
Sacrificio del Calvario, Cristo se ofrece en el altar
con los miembros de su Cuerpo místico.
15 Mira que sobre el altar Cristo se vuelve a ofrecer
por ti y por mí. Y sentirás un deseo grande de imitar su humildad, su anonadamiento en la
Hostia; y te llenarás de acciones de gracias, de adoración, de deseos de reparar,
de peticiones. Y te ofrecerás, con los brazos extendidos, como otro Cristo,
ipse Christus, dispuesto a clavarte en el dulce madero, por amor a las almas (de nuestro Padre, apuntes tomados de una meditación, 14-IV-1960).
16 De nuestro Padre, apuntes tomados de una meditación, 4-IV-1955, en Crónica IV-1969, p. 11. Y continuaba: ¡Tú, Señor,
eres toda la Grandeza, toda la Bondad, toda la Misericordia! Por eso, yo me
enamoro de Ti, con la tosquedad de mis maneras, de mis pobres manos llenas de polvo del camino.
Y entonces es gustosa la abnegación y es gustosa la humillación y es gustosa la vida
de entrega (ibid.).
31
De ahí surgirán los propósitos -con frecuencia pequeños, concretos- que dan el tono a la lucha de cada día por alcanzar la santidad.
El que recibe la charla ha de saber valorar si
la oración influye eficazmente en la vida real, en los
quehaceres acostumbrados de las personas que
dirige espiritualmente; si constituye un momento privilegiado de búsqueda
activa de la presencia de Dios; si lleva a la conversión
personal, a la purificación y al desagravio, a la rectificación de conductas menos acertadas, a pedir perdón al Señor y a otras personas a las que se ha podido ofender con un determinado comportamiento; si tiene contenido apostólico; etc.
La oración debe ser origen de disposiciones
ante la vida -generosidad para la entrega, para
recibir los hijos que Dios mande, etc.-, y de comportamientos
que ayudan a entender cuáles son los motivos de fondo que
mueven a las personas: si tienen deseos de estar a solas con Dios, para conocerle más, para tratarle con mayor intimidad, para entender con más hondura su amabilísima voluntad; y, por tanto, si se ponen los medios para empezarla con puntualidad o para adelantarla si se prevé que habrá dificultades, para hacerla en el lugar más
apropiado, etc. De modo semejante, la falta de verdadera oración en algunos casos se manifestará
en actitudes de escasa visión sobrenatural ante los acontecimientos de la vida, desaliento ante las dificultades,
desgana para recomenzar la lucha, falta de fortaleza para terminar bien el
trabajo profesional o apostólico, etc.
En definitiva, se trata de conseguir que
lleguen a ser almas de oración, porque sólo así se puede ser contemplativos
en las ocupaciones cotidianas, y esto es lo único
verdaderamente necesario17: la fe pone en
juego la oración, la oración da el incremento a las obras, y las obras constituyen la perfección
de la fe18. De aquí la importancia de la
17 Cf. Lc 10,42.
18 Cf. Sant 2,
22 y 5,15.
32
oración, que es como el cemento de la unidad de vida, sin la cual -a
su vez- es imposible "hacer el Opus Dei".
Por lo que se refiere a la mortificación,
hay que asegurarse -en los más jóvenes
especialmente- de que entienden que es imprescindible para llegar a la plena identificación con
Cristo19. Sin mortificación es
muy difícil que pueda haber oración. La mortificación prepara a la oración20; y es senda para morir al
propio yo y hacer que el alma crezca
más rápidamente en amor de Dios, pues en toda situación hemos de buscar obrar por amor de Cristo y no por amor a
la propia conveniencia21.
La mortificación ayuda a responder con prontitud y generosidad a los planes de Dios, sobre todo cuando pide
sacrificios concretos -pequeños
deseos del amor propio, de apegamientos a juicios o los propios
talentos, de comodidad, etc.- para unirnos más a Él22.
Se entenderán entonces las palabras del Señor: mi yugo es suave y
19 Si alguno quiere venir en pos de
mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame; pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero
el que pierda su vida por mí, la encontrará. Porque, ¿de qué sirve al hombre ganar el
mundo entero si pierde su alma?, o ¿qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?
Porque el Hijo del Hombre ha de venir
en la gloria de su Padre acompañado de sus ángeles, y entonces retribuirá a
cada uno según su conducta (Mt
16,24-27). Así lo ha sentido siempre la Tradición,
que se hace presente de modo particular en la vida de los
santos. Nuestro Padre comenta en Camino: Expiación:
ésta es la senda que lleva a la Vida (n. 210).
También, Forja, n. 431: Para acercarte a Dios, para volar hasta Dios, necesitas las alas recias y
generosas de la Oración y de la Expiación. En
definitiva, el cristiano padece con, en y por Cristo, como la parte del cuerpo que está unida a su Cabeza: Las ansias de reparación, que
pone tu Padre Dios en tu alma, se verán
satisfechas, si unes tu pobre expiación personal a los méritos infinitos de Jesús. -Rectifica la intención, ama el
dolor en El, con El y por El (Forja,
n. 604).
20 Si no eres
mortificado nunca serás alma de oración (Camino, n. 172).
21 Es necesario que él crezca y que yo disminuya (Jn 3,30).
22 Cuando
el alma decide obstinadamente negar al Señor alguna cosa que sabe que le está pidiendo,
se termina por perder la confianza y el abandono en su paternal providencia
–que es el fundamento de la unión con Él-, y la oración
encuentra graves obstáculos para desarrollarse y llegar a
empapar la vida contemplativa que ha de tener un hijo de Dios. Es como si se
olvidara la exhortación de San Pablo a buscar los dones mejores (cf. 1 Cor 12,31).
33
mi carga ligera23. No se trata sólo de exigir una lista de mortificaciones24 como de vivir un auténtico espíritu
de penitencia25, que lleve a buscar positivamente
la expiación en la vida ordinaria, aceptando por amor las contrariedades que
puede llevar consigo el cumplimiento de los deberes de la personal condición o estado, los sufrimientos físicos
o morales que lleva consigo la vida ordinaria, el cuidado
de la familia, el cansancio en el trabajo, etc.,
o las pruebas -del alma y del cuerpo, interiores y exteriores-
que el Señor quiera enviar, viéndolas como
una oportunidad de mayor unión con El26.
De hecho, en la práctica cristiana, la lista
de mortificaciones pequeñas constituye también una
preparación para aquellas otras no esperadas, quizá más
penosas de recibir27. En todo caso, sin una mortificación externa habitual, hecha de pequeñas renuncias será casi impo-
23 Mí 11,30.
24 Es
muy conveniente y ayuda a fortalecer el carácter y a realizar la unidad de
vida: esmerándose en las cosas pequeñas de la casa -en la limpieza, los
arreglos, la presentación de la mesa, el cuidado de
la ropa, etc.-, del trabajo -puntualidad, intensidad, poner las últimas piedras, compañerismo—, del aseo personal, del espíritu de servicio
-generosidad-; y de modo especial, las
mortificaciones corporales previstas en el plan de vida.
También es particularmente importante la
mortificación interior: guarda del corazón, de la imaginación y de los sentidos, de la memoria, de la inteligencia y de
la voluntad, para obrar, en definitiva, con sobriedad en todo lo
que hagamos.
25 Ahora me alegro de mis
padecimientos por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo en
beneficio de su cuerpo, que es la Iglesia (Col 1,24).
26 Un buen modo de hacer
examen de conciencia:
-¿Recibí como expiación, en este día, las
contradicciones venidas de la mano de Dios?; ¿las que me proporcionaron, con su carácter, mis compañeros?; ¿las de
mi propia miseria?
-¿Supe ofrecer al Señor, como expiación, el mismo
dolor, que siento, de haberle ofendido ¡tantas
veces!?; ¿le ofrecí la vergüenza de mis interiores sonrojos y humillaciones, al
considerar lo poco que adelanto en el camino de las virtudes? (Forja, n.
153; cf. también, Surco,
n. 258, Forja, n. 225).
27 A veces la Cruz aparece sin buscarla: es Cristo que pregunta por
nosotros. Y si acaso ante esa Cruz inesperada, y tal
vez por eso más oscura, el corazón mostrara repugnan-cia... no le des consuelos. Y, lleno de una noble compasión, cuando
los pida, dile despacio, como en confidencia:
corazón, ¡corazón en la Cruz!, ¡corazón en la Cruz! (Vía Crucis, V estación).
34
sible vivir la penitencia interior28, mucho más difícil de
reconocer y de aceptar porque el yo impide ver con claridad: Sabéis, como yo que lo que más cuesta es vencer la vanidad y la soberbia, porque el orgullo
ciega, y es como fuente malsana, de donde proceden todas nuestras miserias.
Luego es especialmente ahí donde debemos vigilar29.
Es todo lo que hace referencia al
juicio crítico no tamizado por la caridad ni la corrección fraterna,
al resentimiento por desaires no perdonados, a indicaciones no asumidas -porque no se terminan de entender o porque
uno no quiere enmendarse; incluso respecto a temas opinables, o a decisiones
prudenciales que se podrían haber solucionado de otra manera-, etc. En
el fondo, si faltara esta mortificación, en la que entran en juego todas las virtudes y las disposiciones
más íntimas, se estaría obstaculizando
seriamente la acción de la gracia30.
Los exámenes
de conciencia -los tres momentos de examen31-son
muy necesarios para progresar en la unión con Cristo. Decía nuestro Padre: el examen lo han hecho siempre todas las
criaturas, que han tenido discernimiento e
interés, por cosas de Dios o por cosas de la tierra32.
Con una cierta periodicidad conviene comentar
cómo se hacen los exámenes de conciencia. Y esto porque el
examen, como las demás Normas, ha de adaptarse a la
vida de cada uno como el guante a la
28 Cf. entre otros
textos: Ps 39,7-9; 50,12; Ez 11,19 y ss.; Heb 10,4-10.
29 De nuestro Padre, Carta 17-VI-1973, n. 3.
30 Rezaba
nuestro Padre, en una ocasión, dirigiéndose a Jesucristo: Haz que el fundamento de mi
personalidad sea la identificación contigo (Es Cristo que pasa, n. 31).
31 Cf. De
spiritu, nn. 15 y 117.
32 De
nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n.
71. Y en el mismo lugar, explica: Los exámenes de conciencia no se descubrieron en la Edad Moderna de la Historia. No
los ha inventado nadie; en todo caso, si no
los practicaba ya el primer hombre, los inventó el primer cristiano:
probet autem
seipsum homo (I Cor. XI, 28), examínese a sí mismo el hombre, decía el Apóstol a
los de Corinto. Y aun los hombres honestos paganos han examinado también
su espíritu. La última castañera que vende su mercancía modesta junto al Tevere, cuenta el dinero que ha sacado al acabar la jornada, y lo que le han
costado las castañas, y el tiempo que ha
empleado en venderlas.
35
mano, así que, el modo de hacerlo dependerá
de las circunstancias por las que atraviese la lucha interior en cada periodo33.
No es sólo cuestión de usar o no
la hoja de Normas (que a veces puede ser muy conveniente), sino de hacer a conciencia
el examen de conciencia, siempre34, sin soslayar ningún aspecto
de nuestra entrega, para que -con la ayuda del Espíritu Santo- podamos discernir los puntos de amor propio,
los pecados de acción y omisión, las faltas de presencia de Dios durante el día, etc. Y demos gracias al Señor por su continuo desvelo
de Padre. Característica importante de los exámenes es que sean sinceros, humildes, profundos, con verdadero dolor y deseos de rectificar,
que se manifestarán en propósitos concretos de mejora.
Como es lógico, siempre se prestará especial
atención al examen particular, que debe ser un lugar vivo de
lucha y bien elegido, que responda a las necesidades reales
de cada uno. Se procurará ayudar a enlazar el examen general y el particular,
de modo que se centre derechamente en
lo que más precise el alma en cada momento: una virtud determinada, arrancar un
defecto que predomina, mejorar un determinado aspecto de una
Norma o de una Costumbre, etc. Es normal que el que hace la
charla sugiera con iniciativa temas para el examen particular.
33 Hay un enemigo pequeño, tonto, pero eficaz, que es el poco empeño en
examinarse. Los exámenes están puestos
dentro de nuestras Normas por una razón de eficacia. Si tenemos algún momento de escrúpulo, el examen ha de ser muy breve: ¿qué
he hecho mal? Perdón, Señor. ¿Qué he
hecho bien? Dar gracias. ¿Qué podría haber hecho mejor? Un propósito. Dos minutos, medio minuto. Y el examen particular de la
cosa concreta, del punto en el que vosotros
habéis presentado batalla al enemigo, para que el enemigo no la presente donde no os convenga. ¡Jamás lo dejéis! (de nuestro Padre, apuntes tomados en una
meditación, 4-III-1960, en Crónica IV-1968,
pp. 6-7).
34 «Ésta es la lucha
nueva que yo os propongo para el resto de nuestra vida: hacer a conciencia el examen de conciencia. Entended
esta lucha como exigencia de Amor, porque el examen es el
paso previo y el punto de partida cotidiano para encendernos más en el amor a Dios con realidades -obras- de entrega. Cuidar esta Norma, procurando
cumplirla con profundidad, impide que en nuestra alma arraiguen
los gérmenes de la tibieza y nos facilita vivir lejos de las
ocasiones de pecar» (de don Álvaro, Cartas
de familia (2), n. 116; cf. también, ibid., (2), n. 125).
36
b) Trabajo: santificarlo, santificarse,
santificar a los demás
Nuestra actuación es, como veis, en todo plenamente
laical: porque es la misma que la de
los demás ciudadanos, aunque, con la ayuda de la gracia divina y con nuestra
correspondencia a la gracia, se haya elevado al
orden sobrenatural. Se lleva siempre a cabo en el ámbito de las actividades temporales, para que todas las almas en medio del mundo se unan más entre sí y con Dios, y así pongamos a
Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas: et ego, si exaltatus fuero a terra, omnia
traham ad meipsum (loann. XII, 32). Y esto porque somos instrumentos de Dios, para cooperar en la verdadera consecratio mundi; o, más exactamente, en la santificación del mundo ab intra, desde las mismas
entrañas de la sociedad civil; para que se cumpla lo
que dice San Pablo: instaurare omnia in Christo (Ephes. /, 10)35.
El trabajo es el quicio de nuestra santidad y
afecta a toda la vida espiritual y al apostolado36.
En la charla se debe hablar de cómo se trabaja y se
aprovecha el tiempo, buscando la perfección humana y sobrenatural, cuidando las cosas pequeñas, y poniendo interés y empeño
por alcanzar prestigio profesional, necesario para poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas las actividades de los hombres37. La ocupación
profesional es un gran campo para ejercitar todas
35 De nuestro Padre, Carta 14-II-1950, n. 20.
36 Por
eso, hay situaciones -de búsqueda de un primer empleo, de paro forzoso, de
enfermedad, o incluso de jubilación- que pueden ser especialmente difíciles de
encauzar en un primer momento. El que lleva la dirección
espiritual debe ser muy prudente para animar y exigir con fortaleza: todas las
circunstancias son santificables, porque pueden ser ofrecidas a Dios como trabajo.
37 Así
simplemente, trabajando y amando a Dios en la tarea que es propia de nuestra
profesión o de nuestro oficio, la misma que hacíamos
cuando El nos ha venido a buscar, cumplimos ese
quehacer apostólico de poner a Cristo en la cumbre y en la entraña de todas
las actividades de los hombres: porque ninguna de esas limpias actividades está
excluida del ámbito de nuestra labor, que se hace
manifestación del amor redentor de Cristo (de
nuestro Padre, Carta 11-III-1940, n.
12).
37
las virtudes y dar ejemplo de cristianismo que desea ser coherentemente vivido.
El sentido apostólico en el trabajo ha de
llevar a realizarlo con rectitud de intención,
ofreciéndolo a Dios con deseos de santidad, sin buscar una realización
meramente humana o por afán desordenado de autoafirmación propia. Por eso, hay
que fomentar personalmente la disponibilidad para dejarlo
cuando existan razones apostólicas -o de otro tipo- que lo
justifiquen.
En este sentido, el que lleva la charla debe
comprobar que se lucha por que haya unidad de vida: si no, se
crean compartimentos estancos entre la profesión y las
relaciones familiares o sociales. El trabajo ha de ser ocasión de encuentro con
Cristo y de servicio a las almas: Toda nuestra preparación
intelectual y humana, hijas e hijos míos, tiene una finalidad apostólica. No
hay compartimentos estancos en nuestra vida, ni podemos
distinguir -insisto- dónde acaba la oración ni dónde
empieza el trabajo, ni dónde se encuentran los límites del apostolado. Porque el apostolado es Amor de Dios que se
desborda, dándose a los hombres; y la vida interior contemplativa es clamor de almas; y el trabajo, un esfuerzo sostenido de abnegación, de caridad, de obediencia, de comprensión, de paciencia y de servicio a los demás38. Por
consiguiente, el hecho de que una cuestión de carácter
profesional (cultural o social, etc.) sea opinable, no significa que haya de defenderse como un "coto cerrado", donde no
tenga acceso la luz de la gracia a través de los medios de
dirección espiritual.
Es importante que se cuide la formación
profesional de las personas que se acercan a la Obra, primero, procurando que
hagan bien los estudios civiles, trabajando con profundidad
e intensamente; y después, cuidando de que sigan
formándose permanentemente para llegar a ser profesionales
de prestigio que luchan por trabajar bien y con
38 De nuestro Padre, Carta 6-V-1945, n. 40.
38
sentido moral. El Director ha de tener la preocupación
del futuro profesional de las personas que dependen
de él, aconsejando a los más jóvenes, ayudando a
que completen su preparación con estudios y lecturas de calado
humanístico cristiano, etc.39
Una parte esencial de la lucha por santificar
la profesión y santificarse en la profesión es vivir
de modo cabal las exigencias de la justicia y de la caridad en las relaciones
laborales, siendo modelo de honradez cristiana. Esto
requiere, entre otras cosas, el conocimiento de los deberes deontológicos del propio oficio, especialmente en aquellos casos en que puede ser más difícil el respeto de las normas morales40.
Las personas que se dedican a trabajos
internos han de realizarlos con mentalidad y dedicación
profesionales. En la charla hay que preguntar si se pone
el mismo interés y responsabilidad que se pondrían en otra ocupación; sin sensación de "provisionalidad", con
espíritu de sacrificio e iniciativa para sacar adelante esos encargos.
Todos han de guardar el natural silencio de
oficio en lo que afecte al desempeño de su trabajo. Por
eso, nunca se desciende a detalles técnicos, que no
forman parte de la materia de dirección espiritual41. Los Directores jamás intervienen en asuntos temporales, de contenido
39 Para ti, que deseas
formarte una mentalidad católica, universal, transcribo algunas características:
-amplitud
de horizontes, y una profundización enérgica, en lo permanentemente vivo de la ortodoxia católica;
-afán
recto y sano -nunca frivolidad- de renovar las doctrinas típicas del
pensamiento tradicional, en la filosofía y
en la interpretación de la historia...;
-una cuidadosa atención a las orientaciones de la ciencia y del
pensamiento contemporáneos;
-y
una actitud positiva y abierta, ante la transformación actual de las
estructuras sociales y de las formas de vida (Surco, n.
428).
40 Sobre estas cuestiones,
vid. Anexo II.
41 De este aspecto de la dirección espiritual se tratará más adelante.
Otra cosa es la consulta de temas relacionados con la
ética profesional, que se pueden presentar con bastante frecuencia en el ejercicio de la profesión.
39
laboral, social o político, de los fieles de la Obra, y siempre tienen
presente que cada uno goza de completa libertad para
elegir -según su conciencia bien formada y con personal responsabilidad-
los criterios que juzgue más oportunos en el desenvolvimiento y resolución
de las cuestiones profesionales y laborales, dentro de la fe y la moral católicas.
Los fieles de la Prelatura se refieren a su trabajo, en la charla fraterna
sólo en cuanto se relaciona con su vida interior y su tarea apostólica.
Si alguna vez un fiel de la Obra pidiera un
consejo profesional en la Confidencia,
se le recordaría inmediatamente que esas cuestiones no son propias de la dirección espiritual. Por este motivo, el que lleva
la charla fraterna no enjuicia nunca
la eficacia de un determinado trabajo; sólo sabe, y no para comunicarlo a
nadie, si esa persona procura realizarlo con rectitud de intención,
convirtiéndolo en medio de santificación
propia y ajena42. En todos estos casos, puede tenerse siempre una conversación fraterna sincera sin descender a
esos detalles: se habla del modo en
que se trabaja, sin tratar del objeto del trabajo.
c) Fe, pureza y camino
La llamada divina exige de nosotros fidelidad
intangible, firme, virginal, alegre, indiscutida,
a la fe, a la pureza y al camino: el que persevere
hasta el fin, será salvo (Matth. XXIV, 13), fieles hasta el último momento, y así seremos santos43.
Fe, pureza y vocación son tres puntos
fundamentales sobre los que se apoya, de modo decisivo,
la construcción de la santidad en la vida de los fieles de la Obra. Al que es
fiel, sin quiebra, en estos tres
42 Para evitar el más mínimo riesgo de que se mezclen
las actividades profesionales con la dirección
espiritual, siempre se ha procurado que una persona de la Obra no atienda la
vida interior de otro fiel del Opus Dei que sea un subordinado inmediato suyo
en su trabajo.
43 De nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 43.
40
aspectos,
el Señor le concederá la felicidad en esta tierra y el premio en el Cielo44.
La charla debe mostrar si se vive realmente
de fe, si es operativa45: la confianza en Dios con que se reciben los diversos
acontecimientos, la visión sobrenatural con que se obedece,
la seguridad y audacia en el apostolado, etc. Una fe que se apoya en la
conciencia de la filiación divina y va emparejada con la
búsqueda amorosa -presencia de Dios en toda circunstancia-
del Señor a través de las Normas de siempre: actos de contrición, de
desagravio, jaculatorias, comuniones espirituales... Fe
y presencia de Dios se alimentan mutuamente: la fe ha de mover a la oración continua y confiada, y la oración se apoya en
la fe y al mismo tiempo la nutre y fortalece.
También conviene señalar la actitud de
fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia. Algunas
manifestaciones concretas de esto son el modo como se realizan los estudios de
filosofía y teología previstos, el esfuerzo por profundizar en las cuestiones de
actualidad que tienen que ver con la fe y la moral, el
acatamiento de los criterios establecidos sobre lecturas con
implicaciones doctrinales y morales, etc. En definitiva, si hay unidad entre doctrina y vida, precisamente, porque la doctrina informa profundamente la vida en todos sus aspectos46.
Las materias relacionadas con la santa pureza se tratan con sentido positivo y delicada educación, pero con claridad y, si es necesario, con sinceridad salvaje47. Hay que evitar la
"psicosis" obsesiva so-
44 Tu felicidad en la tierra se identifica con tu fidelidad a la fe, a la
pureza y al camino que el Señor te ha marcado (Surco, n. 84).
45 Cf. entre otros
textos Amigos de Dios, homilía Vida de fe, nn. 190 y ss.
46 No basta dar doctrina de un modo abstracto, despegado: antes os he dicho
que es necesario hacer la más fervorosa apología de la Fe, con la doctrina y
con el ejemplo de nuestra vida, vivida con coherencia. Hemos de imitar a
Nuestro Señor, que hacía y enseñaba, coepit facere et docere (Act.
I,I): el apostolado de dar doctrina está manco e incompleto, si no va
acompañado por el ejemplo (de nuestro Padre, Carta 9-I-1932, n. 28).
47 Cf. entre otros
textos, Forja, n. 127.
41
bre este tema, al mismo tiempo que se asegura que los más jóvenes tienen ideas claras sobre la sexualidad humana y sobre las exigencias
del sexto y noveno Mandamientos de la Ley de Dios: la vocación a la castidad48; qué son
y como se presentan las tentaciones; las ocasiones de pecado; pecado venial y mortal; voluntario directo, indirecto y en
causa; diferencia entre sentir y consentir; condiciones para la Comunión y Confesión.
La lucha en este terreno, como hemos
aprendido de nuestro Padre, está en estrecha relación
con el amor a Dios, fundamento de todas las virtudes. Por eso, la mejor defensa
contra las tentaciones y el mejor modo de ser cada
vez más delicados en esta virtud es mantener una honda vida de piedad, luchando
por cumplir fielmente las Normas49. Es también
ese amor, el que lleva a actuar en la vida social con un incisivo apostolado
-comenzando por el ejemplo de una vida coherente; con comprensión, cuando sea preciso, sin juzgar a las personas, pero sin transigir en comportamientos que desdigan de las exigencias de la fe-, para devolver al mundo el ambiente cristiano que da esta virtud, que hace a los hombres recios y señores de sí mismos, les da optimismo, alegría y fortaleza; les acerca a Jesucristo, Nuestro Señor, y
a nuestra Madre Santa María; y es condición indispensable para nuestro servicio a la Iglesia y a las almas50.
También, a propósito de esta virtud, es
fundamental enseñar a querer a Dios y a los demás,
con corazón grande; a formarse una conciencia delicada,
que no hay que confundir con los escrúpulos; la guarda del
corazón y de los sentidos, con naturalidad; la custodia de la imaginación y de la memoria; y todo lo que tiene que ver con espectáculos, lecturas, y trato con personas del otro sexo, especialmente
las
48 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn.
2337 y ss., 2520 y ss.
49 De ahí el refrán: a olla que hierve, ninguna mosca se atreve (citado
por don Alvaro, en Cartas de familia (3), n. 318).
50 De nuestro Padre, Instrucción, mayo 1935/14-IX-1950, n.
66.
42
colegas de trabajo y la familia natural51. Por eso, hablar
de pureza en la charla fraterna no supone, como es lógico,
decir algo negativo, sino sobre todo qué medios se ponen
para crecer en esta virtud, cómo se
encomienda a los demás, etc.52
Es preciso explicar53 que si una
persona busca compensaciones en materia de
castidad se está incapacitando para tener verdadera vida contemplativa54: no hay términos medios, al menos en cuanto
a las disposiciones, aunque en la práctica haya fallos.
Con frecuencia, en
51 En el caso de los Agregados, interesa estar muy pendientes
-preguntando, si es preciso- de sus lecturas, del uso de la televisión en su
lugar de residencia, etc., también para evitar posibles apegamientos
desordenados. En este sentido, es asimismo importante cuidar la formación humana al hablar y al escribir: la
espontaneidad es perfectamente compatible con la corrección y la buena
educación.
52 Es importante tener
en cuenta, precisamente porque vivimos en la calle, que a veces no podremos evitar ver
-luchando por no mirar- imágenes o escenas que por desgracia son frecuentes en muchos lugares. Los esfuerzos centrados en un simple
"no ver", pueden resultar incluso imposibles o
desanimantes: todo ha de ser transformado en industrias humanas, en ocasión
para tratar más a Dios y a la Santísima Virgen. En este sentido, una afirmación del tipo "acerca de la pureza, todo bien porque esta semana
no he salido de casa", ni es apropiada ni resuelve los problemas, si los
ha habido.
53 Si es el caso,
descendiendo a ejemplos: evitar o cortar con la lectura de un libro o de un
artículo de periódico inconveniente, apartar la vista ante una fotografía que
atrae, anuncios televisivos o carteles propagandísticos, no
crear "novelas" en la imaginación, formas de vestir en las que no se respeta el normal pudor, etc.
54 No se puede olvidar
que la pureza está íntimamente relacionada con la vida de fe y la rectitud de intención, que lleva derechamente a la unidad de vida. Así
lo recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, n.
2518: «Los "corazones limpios" designan a
los que han ajustado su inteligencia y su voluntad a las
exigencias de la santidad de Dios, principalmente en tres
dominios: la caridad (cf. 1 Tim 4,3-9;
2 Tim 2,22), la castidad o rectitud
sexual (cf. 1
Tes 4,7; Col 3,5; E/4,19), el
amor de la verdad y la ortodoxia de la fe (cf. Tit 1,15; 1 Tim
3-4; 2 Tim 2, 23-26). Existe un
vínculo entre la pureza del corazón, del cuerpo y de la fe:
los fieles deben creer los artículos del Símbolo "para que, creyendo,
obedezcan a Dios; obedeciéndole, vivan bien; viviendo bien, purifiquen su
corazón; y purificando su corazón, comprendan lo que
creen" (S. Agustín, fid. et symb. 10,25)».
Y es condición para la bienaventuranza eterna
porque verán a Dios (Mí 5,8): «La pureza
de corazón es el preámbulo de la visión. Ya desde ahora esta pureza nos concede
ver según Dios, recibir a otro como un "prójimo"; nos permite considerar
el cuerpo humano, el nuestro y el del prójimo,
como un templo del Espíritu Santo, una manifestación de la belleza divina»
(Catecismo de la Iglesia Católica, n.
2519).
43
muchos ambientes se trata de desfigurar esta virtud, bajo capa de una
falsa naturalidad y espontaneidad, de estar al día, etc.; ceder a ese engaño sería hacer el juego al enemigo de Dios y de las almas: lo verdaderamente
natural en la persona es la reserva de la propia intimidad -a quien no tiene derecho sobre ella-; y el pudor es la virtud que la custodia y la protege55.
Para afrontar algunas cuestiones de templanza
y desprendimiento de los bienes terrenos relacionados con la virtud de la santa
pureza es preciso ir a fondo en los planteamientos, y considerar que el fin que
da razón de toda nuestra vida -también en lo que se
refiere a aspectos pequeños o que pueden parecer
intrascendentes- es la búsqueda sincera de la
identificación con Cristo. Al mismo tiempo, hay que tener presente que la santidad no se alcanza sin esa libertad de espíritu que
tienen los hijos de Dios y que el mismo Cristo nos ganó
desde la cruz56.
A este respecto es bien claro el criterio que
nos dejó nuestro Padre: Hijas e hijos míos: escarmentemos en cabeza ajena. No nos fiemos jamás de nuestra opinión. Aunque pasen los
años y se cuenten por decenas los de fiel perseverancia, ¡no os fiéis!: estad
alerta sobre vosotros mismos, y
ayudaos mutuamente. Hemos de luchar hasta que nos muramos. Os lo volveré a
recordar: lo que es una mancha para
un hombre joven, mancha también a un viejo; no penséis nunca que a nosotros ya
no nos causan perjuicio ciertas concesiones57. Y por esto, como deseamos hacer uso de la libertad
únicamente para amar al Señor y a
los otros, cada vez hemos de querer con más eficacia los medios que contribuyen a mantener encendido ese amor.
No ha de extrañar que, a veces, al hombre viejo le cueste dejarse guiar, y
experimente una reacción de rebeldía, o piense que se limita
55 Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, n.
2522.
56 Cf.Rom 8,21; Gal 4,31.
57 De nuestro Padre,
Carta
14-II-1974, n. 21.
44
su libertad, su autonomía, su condición de persona adulta -son tentaciones-; o que las pasiones, más o menos solapadas, busquen el respaldo o la justificación de la libertad. En esos momentos, los Directores han de estar atentos para que todos graben de manera indeleble en
la inteligencia que las exigencias de la vocación cristiana en la Obra
son el camino que el Señor nos marca para que expresemos
la propia libertad. Por esto, no tendría sentido que los que llevan la dirección
espiritual se dejaran condicionar por una falsa
prudencia: tienen el deber de ayudar a los demás a corresponder
heroicamente al amor divino, y han de advertir
con fortaleza los posibles peligros y tentaciones que se pueden y se deben evitar.
En ciertos casos, algunas circunstancias de la
vida pasada pueden tener influencia actual. El camino para
superar esos errores no es "olvidarse", como deseando que "nada
hubiera ocurrido", o "quitarles importancia",
como si fueran normales; sino, la sinceridad, la lucha humilde -que cuenta con
la gracia de Dios58-, y el recurso al sacramento de la Penitencia,
cuando sea el caso. El que recibe la charla no puede juzgar con ligereza o
superficialidad estas situaciones: buscará -si es oportuno- el consejo del
sacerdote, y tendrá presente que siempre la mejor ayuda
es la Confesión59.
Al dar consejos relacionados con esta virtud,
se recordarán los medios de que disponemos para vivirla: el
recurso confiado y humilde a la Santísima Virgen; la mortificación de los
sentidos, especialmente de la vista, aun en cosas indiferentes; no dejarse
engañar por la imaginación que pinta con colores
atractivos situaciones corroídas por la
58 «Creía que la continencia dependía de las propias fuerzas, las cuales
no sentía en mí; siendo tan necio que no entendía lo que estaba
escrito (Sab 8,21): que nadie puede
ser continente, si tú no se lo das. Y cierto que tú me lo
dieras, si con interior gemido llamase a tus oídos, y con fe sólida arrojase en
ti mi cuidado» (S. Agustín, Conf. 6,11,20;
cit. en Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 2520).
59 A veces, puede ser conveniente o necesaria una Confesión general; luego, aunque se renueve alguna vez genéricamente el dolor por lo ocurrido y sirva de experiencia, se corta con el pasado y se mira a la lucha de cada día, con nuevo optimismo y confianza en Dios.
45
mentira; el aprovechamiento del tiempo con un trabajo intenso; vivir
muy bien el tiempo de la noche, etc.
Al tratar de la vocación no basta con decir simplemente si ha habido tentaciones
-que, por lo general, sucederá pocas veces-; hay que mantener una
lucha positiva por el crecimiento en la virtud sobrenatural de la fidelidad.
Esto ayuda a descubrir las causas de posibles faltas, cuando las haya60.
Pero, lo habitual será hablar del agradecimiento al Señor por el don recibido: la justicia y lealtad con Dios que nos ha llamado, y por El, con la
Iglesia, con la Obra, con nuestros hermanos, con las almas. Así, aparecerán
otros aspectos relacionados con la fidelidad
a la vocación, como posibles apegos desordenados a la familia, a la profesión,
a gustos o aficiones, etc. La vocación debe representar en la vida de cada uno
la "armadura" para la lucha y el "argumento decisivo"
frente a cualquier tentación contra la perseverancia 61.
Es importante tener siempre en cuenta que el compromiso
de amor por el que nos
unimos a la Obra genera un vínculo que se formaliza mediante una declaración
de carácter contractual, que nos obliga a
una dedicación plena y total a los fines de la Prelatura. Compromiso
firme y estable con un contenido teológico, moral y ascético bien preciso que tiene todo el vigor y la
obligatoriedad de un compromiso
60 Con venceos, hijos míos, que en
cuestiones de fe, de pureza y de camino no hay detalles de poca importancia. Si se escribiera el itinerario de los desertores,
al principio de cada historia se encontraría siempre una reata de pequeños
abandonos en materia de fe, por ejemplo, en el culto; o de pureza, porque
se descuida la guarda de los sentidos; o de vocación, porque se
dialoga admitiendo pensamientos contra la perseverancia, que habrían de rechazarse
prontamente. Confirmo que, en estas materias, no se encuentran pormenores de poca monta, porque esta
infidelidad se manifiesta muy pronto en una progresiva disminución de la
alegría en el servicio de Dios (de nuestro Padre, Carta
14-II-1974, n. 21).
61 Cuando viene la dificultad y la tentación, el demonio más de una vez nos quiere hacer razonar así: como tienes esta miseria, es señal de que Dios no te llama, no puedes seguir adelante. Nosotros debemos advertir el sofisma de ese razonamiento, y pensar: como Dios me ha llamado, a pesar de este error, con la gracia del Señor saldré adelante (de nuestro Padre, Carta 24-III-1931, n. 47).
46
vocacional y que comporta serias y graves obligaciones, en el que se
empeñan enteramente tanto nuestra honradez de cristianos, como la fidelidad
que se debe a una llamada específica recibida de Dios. Las consecuencias derivadas
de este compromiso, obligan en la conciencia y en el fuero
externo.
d) Amor a la Iglesia y a la
Obra
El amor
a la Iglesia se ha de manifestar, en primer lugar, en oración y mortificación generosas, y en un interés real por la vida de la
Iglesia, pues cada cristiano incorporado a Cristo
forma parte de su Cuerpo Místico62. Este amor se concreta también en
un verdadero afecto por todas las instituciones que
trabajan en su favor: rezamos por la eficacia de sus
apostolados y huimos de todo lo que pueda sonar a desafecto
o murmuración, pues todo reino dividido
contra sí mismo queda desolado, y toda ciudad o casa dividida contra sí misma no podrá subsistir63.
Conviene señalar en qué momentos se reza por
el Romano Pontífice, por su persona y sus intenciones, como
hijos fieles. Y por los Obispos, hacia los que
sentimos una veneración y un respeto que excluyen el más ligero asomo de
crítica o de comentario negativo.
El amor
a la Obra se muestra, entre otras cosas, en el modo de asumir los encargos
apostólicos que nos confían los Directores; y en cómo se sienten propios los
apostolados que realiza el Opus Dei64, en la ilusión humana y
sobrenatural por la expansión apostólica en el propio lugar de residencia y en
todo el mundo, en las iniciativas per-
62 Por eso, sería un error confundir la secularidad, como ámbito propio de santificación y de apostolado de todo fiel corriente, con la indiferencia respecto a
los problemas de la Iglesia universal.
63 Mt 12,25.
64 No tendría ningún sentido que alguien conociera muy bien o estuviera
muy interesado por el desarrollo de una determinada
institución de la Iglesia, y manifestase menos interés por el de la Obra.
47
señales para dar a conocer a nuestra Madre Guapa, y -si en alguna
ocasión fuera necesario- en el modo de defenderla65.
e)
Espíritu de filiación y fraternidad: unidad con el Padre y los Directores
Se trata de una consecuencia directísima del
amor a la Obra: En tu empresa de apostolado no temas a los enemigos de
fuera, por grande que sea su poder. -Este es el enemigo imponente: tu falta de "filiación"
y tu falta de "fraternidad"66.
En primer lugar, convendrá puntualizar la
devoción a nuestro Padre -y a don Álvaro- en la
propia vida interior. De este modo, en el apostolado de
amistad y confidencia, será espontáneo explicar cómo se acude a su intercesión, para pedirle ayuda en la lucha y en las
cosas ordinarias de cada día.
La filiación
al Padre, que es identificación efectiva y afectiva hacia su persona, con la consiguiente responsabilidad de ser
"buenos hijos", se muestra en la actitud con que
se reciben las indicaciones que vienen del Padre y
de los Directores. Algunos ejemplos pueden servir de pauta para asegurar que esa unión no se queda sólo en un deseo vago: si estamos unidos a su Misa, y en el caso de los sacerdotes si la ofrecen por las
intenciones del Padre, cuando es posible; el empeño por llevar a la oración y convertir en vida propia los escritos de nuestro Fundador y de sus sucesores, en especial sus
Cartas; el interés en seguir las tertulias del Padre y lo que se refiere a
nuestro Padre y a la historia de la Obra; la fe y prontitud con que se hacen
propios los criterios y las metas
apostólicas que marcan los Directores, la intención
65 También
puede hablarse de los medios que se han puesto, si hubiese sido el caso, para proteger
la libertad de actuación y de opinión -en cuestiones profesionales, políticas,
etc.- de las personas de la Obra, evitando enjuiciar a
nadie.
66 Camino, n. 955.
48
mensual, etc.; y, por supuesto, la oración y mortificación concretas
que se ofrecen por la persona del Padre, cada día.
La frecuencia con que se escribe al Padre
manifiesta también las disposiciones interiores de filiación. Si alguno se
mostrara reacio, quizá se pudiera deber -aunque no siempre, naturalmente- a un
cierto distanciamiento
o enfriamiento del amor no sólo al Padre, sino a la Obra y a la vocación.
Respecto a la unión con los Directores, conviene tratar de la delicadeza, finura
y prontitud con que se obedece, que es visión sobrenatural; si se aceptan las
indicaciones concretas que se reciben, en temas como el uso de
la televisión o las lecturas, manifestaciones de templanza y
desprendimiento, las metas apostólicas...: si surgen posibles actitudes de
rebeldía o de pasividad. Puede comentarse si se consulta corrección
fraterna a los Directores, y cuáles son las causas de las posibles omisiones.
Hay que procurar darse cuenta de si alguno se
siente herido por algún Director, el Consejo local, o la
Comisión regional; y si admite pensamientos de tristeza interior: "no me
tienen confianza", "o no me dan encargos importantes". En algún
caso, puede suceder que esa persona -sobre todo si tiene ya
cierta edad- se sienta "aparcada"; entonces, será preciso hacerle ver que en esos juicios hay envidia y amor propio67. En las situaciones difíciles, si fuera necesario,
habría que hablar con la Comisión regional.
67 «La envidia representa una de las formas de
la tristeza y, por tanto, un rechazo de la caridad; el
bautizado debe luchar contra ella mediante la benevolencia. La envidia procede
con frecuencia del orgullo; el bautizado ha de
esforzarse por vivir en la humildad: "¿Querríais ver a Dios glorificado por vosotros? Pues bien, alegraos del progreso
de vuestro hermano y con ello Dios será glorificado por vosotros. Dios será
alabado -se dirá- porque su siervo ha sabido vencer la envidia poniendo su
alegría en los méritos de otros" (S. Juan Crisóstomo, hom. in Rom. 7,3)» (Catecismo
de la Iglesia Católica, n. 2540).
49
Al tratar de la fraternidad hay que comprobar que existe preocupación concreta por la santidad de los demás: oración y mortificación
diarias por todos los del Centro; detalles de caridad, de servicio y
de delicadeza en el trato; si el día de guardia es un punto de referencia
habitual, etc. Ese interés se plasma especialmente en la corrección fraterna:
quien recibe la charla ha de saber cuánta hace esa persona, si pone los medios para hacer más, y qué motivos puede haber cuando la omite.
En todo este apartado -como también en los
demás-, es muy importante que los Directores velen por la
salud espiritual de sus hermanos sacerdotes, debido a la particular ejemplaridad
con que han de acatar los mandatos o
consejos recibidos, a la que están llamados en el ejercicio de su ministerio.
f) Apostolado y proselitismo
El proselitismo debe ser tema de todas las
charlas; si en algún momento faltara esta preocupación, querría decir que la
vida interior está comenzando a languidecer. En los posibles casos en los que
se pueda observar falta de vibración, además de buscar
las causas, hay que mover el corazón hacia el celo por las
almas68.
Por eso, es preciso hablar del apostolado de
modo concreto: si se trata de forma habitual a 12 ó
15 personas, y qué metas se ha determinado en esa
semana; iniciativas para ampliar la base de conocidos, y acercarlos a los medios tradicionales de la labor apostólica:
catequesis, círculos, meditaciones o retiros, Confesión y
dirección espiritual con
68 Sed piadosos, esforzaos por mantener
una continua presencia de Dios, y así no perderéis el sentido sobrenatural de vuestra vida: conservaréis siempre joven
el amor que os movió a entregaros y el celo por
las almas, que es su consecuencia necesaria. El aburguesamiento, hijas e hijos míos, la falta de celo y de vibración son
una deslealtad con Dios. Y los que se aburguesan
nos hacen daño: son un obstáculo para toda la labor (A
solas con Dios, n. 78).
50
el sacerdote. Ayudar a precisar un plan apostólico diario es especialmente importante con los más jóvenes. Además, se debe mencionar siempre el modo en que se lleva el encargo apostólico y la intención
mensual.
Del apostolado y el proselitismo en la charla
se trata siempre con fe y visión sobrenatural; es un
estupendo campo para el ejercicio de la virtud de la
paciencia, sobre todo si surgen dificultades o se observa una aparente falta de frutos69.
g) Preocupaciones, tristezas y
alegrías
En muchas ocasiones será el tema del que
arrancan los otros. Nuestro Padre se ha referido de
muy diversas maneras a la necesidad de manifestar claramente nuestro estado
interior: No guardéis nada en el corazón.
(...) Contadlo todo en la Confidencia; si no, viene el demonio mudo. Tenéis que
hablar: para eso nos dio el Señor la lengua, y nos da su gracia constantemente. Hablad, hablad, hablad. Lo primero que debemos decir es aquello que no
quisiéramos que se supiese. Es una
regla buena, una regla de oro70.
Las preocupaciones,
a veces, pueden indicar estados de ánimo, fruto del carácter. En otras ocasiones, se deberán a
problemas familiares, profesionales, etc., o estarán causadas por el cansancio
o la enfemedad. Cabe también que procedan del amor propio: en estos casos puede ser que no se quiera reconocer su origen. En último término, denotan a dónde se dirigen la cabeza y los sentimientos: Porque donde está tu tesoro allí estará tu
corazón, y más adelante, explica el Señor que de la abundancia del
corazón habla la boca. El hombre bueno del
69 Entre los Agregados, es de capital importancia el apostolado con la
propia familia de sangre, dando a conocer con delicadeza y
haciendo amar la Obra, y procurando activamente que su casa sea un verdadero
hogar cristiano.
70 De nuestro Padre, apuntes tomados en una tertulia, 17-X-1967, en Crónica XII-1967, p. 42.
51
buen tesoro saca cosas buenas,
pero el hombre malo del tesoro malo saca cosas malas71. En cualquier caso, hay que aclarar bien qué es
lo que sucede.
De ordinario, la tendencia en los jóvenes es hablar poco de este aspecto, quedándose en la anécdota. En cambio,
los mayores corren el riesgo de
centrarse sólo en esos temas, dándoles quizá excesiva importancia, y no llegan a puntualizar debidamente
la lucha de esos días.
La alegría,
Norma de siempre, es medio de santidad y de apostolado; la tristeza en
cambio, es aliada del enemigo. No hay que esperar "a que la alegría venga sola": hay que fomentarla
positivamente, considerando el Amor que Dios nos ha
manifestado y la filiación divina, y -si es el caso- el valor
del sufrimiento unido a la Cruz de Cristo.
Quien recibe la charla fraterna ha de poner los
medios sobrenaturales y humanos para que si alguien
está momentáneamente triste, aparte enseguida los obstáculos que le alejan del
Señor y vuelva con espíritu deportivo a la lucha alegre y filial.
h) Humildad y afán de santidad
Aunque, al tratar de todos estos temas,
quedará claro si existe verdadero afán de santidad, a veces conviene fomentarlo y evitar el riesgo de una posible tibieza. Algunas manifestaciones de estos deseos
pueden ser: la manera en que se examina y se
concreta la lucha interior, procurando puntualizar;
si se habla -y cómo- de los puntos tratados en
conversaciones anteriores y concretamente del examen particular y de los objetivos apostólicos; si se muestra iniciativa para
que el examen particular sea vivo y esté bien elegido; cómo
se aprovechan otros medios de formación, si se confiesa con
puntualidad y se practica la corrección fraterna. Es
también un buen termómetro de la vida interior el
cuidado de las cosas pequeñas, materiales y espirituales.
71 Mt 6,21 y 12,34-35.
52
Al tratar de las tentaciones, se ha de valorar
si se lucha eficazmente contra ellas, con la confianza
puesta en los medios sobrenaturales y en la acción
del Espíritu Santo que es quien obra la santidad en las almas. También por eso, no hay que confundir la tibieza con el cansancio
o con una lucha que aparentemente no da frutos de mejora.
Un punto muy unido a lo precedente -y que es
central para la vida interior, en cualquier edad- es la
exigencia que hemos de sentir para profundizar en el conocimiento propio,
condición de la humildad personal y colectiva. Y un modo concreto de adquirirlo es ver cómo se reacciona ante los
defectos o los errores personales: si son motivo de lucha
optimista y esperanzada, o por el contrario producen desasosiego. Ante las derrotas, grandes o pequeñas, es lógico que haya dolor
y espíritu de penitencia, que hay que encauzar hacia
la Confesión sacramental contrita, hecha con deseos de purificación.
Otras manifestaciones de humildad son el modo
de hacer y recibir la corrección fraterna, las indicaciones y sugerencias de
los Directores, si saben escuchar a los demás y aprovechan
los otros medios de formación, etc.
De la charla se desprenderá si hay verdadera
confianza en Dios y en los auxilios sobrenaturales,
o si existe tal vez una falsa seguridad en sí mismo. A veces,
junto a la falta de confianza en Dios, se da una inseguridad personal que lleva al desaliento; es el obstáculo más
difícil de vencer en la lucha interior: soberbia disfrazada
de humildad. Para evitarla, hay que dejarse ayudar siendo muy
sincero y dócil en la charla fraterna, y
rectificando con frecuencia la intención: pedir al Señor la sencillez sin
complicaciones.
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i) Espíritu de pobreza y
desprendimiento
La pobreza es esencialísima.
La tengo metida en lo más hondo de mi alma. Redunda
en la vida de entrega y en la eficacia o en la ineficacia de nuestro apostolado. ¡Bendita pobreza! ¡Amadla!72.
La pobreza es una virtud que han de practicar
todos los cristianos73. No es la virtud más importante,
como es sabido, pero sí que entraña una especial radicalidad
precisamente por los bienes fundamentales que protege,
pues es como la puerta de la llamada divina: Si quieres
ser perfecto, ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los Cielos; luego ven y sígueme (...) Y
todo el que haya dejado casa, hermanos o
hermanas, padre o madre, o hijos, o campos, por causa de mi nombre,
recibirá el ciento por uno y heredará la vida eterna74. De hecho, en la práctica, la virtud de la pobreza es de una necesidad vital para cualquier cristiano que quiera recorrer el camino
hacia la identificación con Cristo, porque está
íntimamente conectada con la templanza y el desprendimiento
del propio yo75.
72 De nuestro Padre, palabras tomadas de una meditación, 12-VIII-1956, en
Crónica, X- 1961, p. 12.
73 «Jesús exhorta a sus discípulos a preferirle a todo y a todos y les propone
renunciar a todos sus bienes (Lc14,33)
por él y por el Evangelio (cf. Mc. 8,35).
(...) El precepto del desprendimiento
de las riquezas es obligatorio para entrar en el Reino de los cielos» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2544; cf. Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 42).
74 Mt
19,21.29. Cf. también, Mt 19,16-29.
75 Nuestro Señor Jesucristo
siendo rico, se hizo pobre por vosotros, para que vosotros fueseis ricos por su pobreza (2 Cor 8,9). «La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los
bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y
mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada
orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar para seguir la pasión de su corazón (Si 5,2; cf. 37,27-31) (...) En el Nuevo Testamento es llamada
"moderación" o "sobriedad". Debemos vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo
presente (Tt 2,12).
"Vivir bien no es otra cosa que amar a Dios con todo el corazón,
con toda el alma y con todo el obrar. Quien no obedece
más que a él (lo cual pertenece a la justicia), quien vela para discernir todas las cosas por miedo a dejarse sorprender por la astucia
y la mentira (lo cual pertenece a la prudencia),
le entrega un amor entero (por la templanza),
que ninguna desgracia puede derribar (lo cual
pertenece a la fortaleza)" (S. Agustín, mor. eccl. 1,25,46)» (Catecismo de la Iglesia Católica,
n. 1809; el subrayado es nuestro. Cf. también,
ibid. n. 2407).
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Así lo explicaba don Álvaro en una nota de la Instrucción para los Directores, donde comenta el criterio de nuestro Padre de que
los
Directores no deben tener ninguna clase de comida en sus habitaciones (...)Y
han de prohibir que los demás tengan alimentos en sus cuartos: «Para dejarnos bien clara la delicadeza con que hemos de vivir todas las virtudes, usa el Padre, en este número
de la Instrucción, unos ejemplos bien gráficos a propósito de la pobreza:
ni un terrón de azúcar,
ni un caramelo. Ciertamente
son cosas bien pequeñas, pero para
un alma que quiere dar todo a Dios no hay cosas pequeñas: todo es grande
(Camino, n. 813)»76.
Y más adelante recoge unos criterios sobre el
modo de vivir la pobreza en medio del mundo, para personas de
cualquier condición, que serán siempre actuales: «Por eso, también el Padre
suele decir: aquí tenéis algunas señales de la verdadera pobreza:
no tener cosa alguna como propia; no tener
nada superfino; no quejarse cuando falta lo necesario;
cuando se trata de elegir algo para uso personal, elegir lo más pobre, lo menos simpático»77.
En la Obra, la práctica del desprendimiento
tiene algunas manifestaciones concretas: consultar los gastos extraordinarios,
llevar una vida templada y sobria evitando las cosas superfluas, los caprichos y
76 Instrucción,
31-V-1936,
nota 137. Y continúa: «En más de una ocasión el Padre ha hecho referencia a esos detalles de nuestro modo de vivir, cuando ha querido
explicar, a alguien que no pertenecía a la Obra,
que la pobreza en el Opus Dei es absoluta; prácticamente en todas esas ocasiones, las personas que escuchaban a nuestro Fundador
se han quedado asombradas de que se viviera así: como vivían
los primeros cristianos de aquella primitiva Iglesia de Jerusalén, en la que
todos los bienes eran comunes: multitudinis
autem creden- tium
erat cor unum et anima una: nec quisquam eorum, quae possidebat, aliquid suum esse dicebat, sed erant illis
omnia communia (Act. IV, 32)».
77 Ibid. Y termina: «Para que aprendamos a vivir la pobreza con detalles
prácticos, y también para que no perdamos nunca
el sentido familiar en esa virtud: como un padre –a nuestras hermanas, les dice como una madre- de familia numerosa y pobre».
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hasta el menor gasto innecesario, etc.; y para los Numerarios y Agregados, hacer la cuenta de gastos y entregarla con puntualidad78.
Es pobreza bien vivida también el modo de vestir adecuado,
cuidando la dignidad en el porte externo,
procurando que la ropa dure en buen estado, sin acumular un guardarropa excesivo.
En la charla, hay que ayudar a sacar consecuencias
prácticas.
Quienes por su trabajo, etc., desarrollan más
relaciones sociales deben cuidar la pobreza todavía con mayor esmero, y
comentar claramente si siguen bien las indicaciones en esta materia, que
constituyen estupendas ocasiones de apostolado.
Denota verdadero amor a la Obra sentir la
responsabilidad económica, según los diversos casos (estudiantes,
profesionales, etc.) y circunstancias vocacionales
(Numerarios, Agregados y Supernumerarios): además de
sostenerse económicamente, han de buscar los medios para
sacar adelante las labores apostólicas; y han de ocuparse de las cosas materiales de su Centro, colaborando en su manutención, haciendo arreglos, etc.
Los criterios que nos ha enseñado nuestro Padre
para ejercitar esta virtud, esencialísima para la
vida interior y para la eficacia de nuestro
apostolado, resultan muy claros. A la vez, para aplicarlos en la diversidad de situaciones de la vida -por ej., conveniencia de
utilizar determinados instrumentos de trabajo, como
ordenadores, etc.- se requiere un esfuerzo muy sincero
por buscar cumplir la voluntad de
78 Respecto a los
Agregados, es importante conocer con claridad su situación familiar y profesional, de modo que entiendan las exigencias de pobreza y
desprendimiento de la vocación a la Obra, según sus concretas circunstancias.
Piden consejo sobre la oportunidad de instalar aparatos
de TV, CD, etc.; y lo mismo acerca de la conveniencia de hacer regalos con ocasión de sus relaciones sociales o de acontecimientos
familiares: bodas, bautizos, etc. Se han de esmerar
en el cuidado, especialmente en sus casas, de las exigencias prácticas de la
virtud de la sobriedad, privándose con alegría y señorío de las aparentes
necesidades que se van extendiendo en la sociedad.
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Dios para cada uno: de lo contrario, es fácil crearse necesidades superfluas, que en realidad proceden del capricho o de la
vanidad.
j) Salud y descanso
Los Directores tienen la obligación grave de
velar por el descanso y la buena salud de sus hermanos. Con todo, si alguna vez
las exigencias del trabajo o de nuestra pobreza nos impidiesen
descansar lo debido, no hemos de inquietarnos ni dar pie a
un falso -por exagerado- "complejo de víctimas"; interesa recordar aquí
las palabras de nuestro Padre sobre el modo de trabajar de bastante gente: En la
vida social, todos trabajan, sean o no jefes
de familia: no sólo están en su labor las horas
razonables, las que tienen todos, sino que muchos de ellos, llevados por su pasión, o por la necesidad de obtener mayores beneficios, dedican más tiempo todavía al ejercicio de su profesión.
No hacemos un favor al Señor,
cuando estamos sujetos a una labor intensa, con
sus exigencias de horario, de puntualidad, de eficiencia; nuestra actitud debe
ser la que el Señor pone en labios de aquellos siervos de
la parábola: serví inútiles sumus: quod debuimus facere fecimus (Lúe. XVII, 10), somos siervos inútiles: no hemos hecho más que aquello que teníamos obligación de hacer.
Trabajar, Muchas horas de
trabajo al día, sintiendo la urgencia de las necesidades,
también económicas, de esta familia sobrenatural que formamos: esto es tener sentido de responsabilidad, esto es querer ser santos y servir a Dios79.
En todo caso, hay que comprobar que se
cumplen los criterios -manifestación concreta del cariño y desvelo de nuestro
Padre por sus hijos- indicados para Numerarios y Agregados de la Prelatura sobre las horas de sueño, el paseo semanal, la
excursión mensual; y estar al
79 De nuestro Padre, Carta 15-X-1948, n. 13.
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tanto para detectar cuando hay una situación de excesivo trabajo, que
pueda ocasionar un daño físico y espiritual.
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