IV
DISPOSICIONES PERSONALES QUE DEBE FOMENTAR QUIEN EJERCE LA DIRECCIÓN
ESPIRITUAL
1.
introducción
2.
necesidad
de vida interior y visión sobrenatural
3.
caridad
y paciencia con los demás
4.
prudencia
5.
humildad
de saberse instrumento
6.
fidelidad
al espíritu de la obra
7.el silencio de oficio
1. Introducción
La fidelidad a la vocación recibida de Dios es
obra de la gracia y de la correspondencia personal. Pero es deber especial de
los que llevan charlas de dirección espiritual y de los
sacerdotes ayudar a sus hermanos a ser fieles: es el primer
proselitismo: La primera manera de ganar es no
perder. Y por eso, el primer proselitismo es procurar que no se pierdan los que ya están junto a nosotros, en la barca de la
Obra, (...) hijos míos, defended la vocación de
vuestros hermanos, porque es -después del don de
la fe- el tesoro más grande que han recibido1.
1 De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 24, nota 34.
91
El director espiritual, por tanto, ha de tener
un gran sentido de responsabilidad, pues la eficacia de la acción de la gracia, que llega con los medios sobrenaturales -los sacramentos, etc.-, y el consiguiente desarrollo de la vida interior de los fieles de la Prelatura
depende en gran medida del modo como realice su tarea:
Para
ti, que ocupas ese puesto de gobierno. Medita: los instrumentos más fuertes
y eficaces, si se les trata mal, se mellan, se desgastan y se inutilizan2.
2. necesidad de vida interior y visión
sobrenatural
Quien lleva la dirección espiritual de otras
personas ha de tener presente aquella enseñanza de
nuestro Padre, siempre actual, de que la
primera preocupación del Director debe ser el Director mismo: santificarse para santificar a los demás, porque de otro modo no podrán servirles3. Recuerdo a los Directores locales que, al
darse a los demás en las tareas de formación y
en las apostólicas, no deben olvidar que siempre lo
más importante para ellos mismos, para la Obra y para la Iglesia, es su propia vida interior: que todo el trabajo
exterior o interno, con mayor razón el de los
Directores, debe fundamentarse en una sólida piedad,
en el fiel cumplimiento de nuestras Normas y de
nuestras Costumbres4.
Nadie da lo que no tiene, y hay un determinado
conocimiento experiencial de Dios y de las cosas divinas que no puede obtenerse por ninguna
ciencia humana. Santo Tomás lo explica diciendo que la rectitud del juicio acerca de las cosas de Dios, implica una sabiduría
que
2 Surco, n. 391.
3 De acuerdo: tu preocupación deben ser
"ellos". Pero tu primera preocupación debes
ser tú mismo, tu vida interior; porque,
de otro modo, no podrás servirles (Forja, n. 399).
4 De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 8.
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se alcanza «por cierta
connaturalidad»5; y señala: «Así pues, tener juicio recto
sobre las cosas divinas por inquisición de la razón incumbe a la sabiduría en cuanto virtud natural; tener,
en cambio, juicio recto sobre ellas por cierta connaturalidad
con las mismas proviene de la sabiduría en cuanto don del Espíritu Santo»6.
Es el conocimiento habitual que se adquiere con el trato asiduo de la persona amada. Por eso, nuestro Padre nos decía que si no hay vida interior, si no hay una búsqueda constante de Dios que inhabita en el centro del alma en gracia,
la labor se hace precaria o incluso ficticia7.
Esto ha de llevar a quien ejerce la dirección
espiritual a buscar el verdadero bien con rectitud de
intención8, a fomentar personalmente una oración y mortificación
generosas; y a ofrecerlas por aquellos a los
que atiende, con la certeza de que ésos son los principales medios para ayudar
en la dirección espiritual. También en esta tarea se aplica aquel orden
indicado en Camino: Primero, oración; después, expiación;
en tercer lugar, muy en "tercer lugar", acción9.
El Señor da su luz y sus dones a quien se
esfuerza por tratar a Dios, haciéndole
"descubrir" modos concretos de ayudar a los demás. No bastan la buena voluntad y la experiencia, porque para llevar a
término una labor sobrenatural hay que poner medios sobrenaturales;
5 S. Th., II-II, q. 45, a. 2, c: «La
rectitud de juicio puede darse de dos maneras: la primera, por el uso perfecto
de la razón; la segunda por cierta connaturalidad con
las cosas que hay que juzgar».
6 Ibid. Y a continuación aclara: «Así, Dionisio,
hablando de Hieroteo en el c.2 De div. nom.,
dice que es perfecto en las cosas divinas no sólo conociéndolas, sino también
experimentándolas. Y esa compenetración o connaturalidad con las
cosas divinas proviene de la caridad
que nos une con Dios, conforme al testimonio del Apóstol: "Quien se une a Dios, se hace un solo espíritu con Él" (1 Cor 6,7)» (ibid.).
7 Cf. Forja,
n. 892.
8 La «connaturalidad se fundamenta y se desarrolla
en las actitudes virtuosas del hombre mismo: la prudencia y las otras
virtudes cardinales, y en primer lugar las virtudes teologales de la fe, la
esperanza y la caridad. En este sentido, Jesús ha dicho: "El que obra la verdad, va a la
luz" (Jn 3,21)» (Juan Pablo II, Enc. Veritatis splendor, n.
64).
9 Camino,
n.
82.
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es necesario acudir
siempre al auxilio del Espíritu Santo, implorando sus Dones: Invocamos al Espíritu Santo a la hora de gobernar, y eso va bien. No somos nosotros con nuestros defectos, sino El con su gracia y con sus
luces10.
Junto a la mortificación y la petición de
ayuda al Paráclito, el director ha de desarrollar, con
la gracia divina, las cualidades del Buen Pastor, hasta
adquirir los mismos sentimientos que tuvo el Señor11; y con el empeño diario de imitarle a El, que es
perfectas Deus, perfectus homo12, llegar a ser ipse Christus, de acuerdo con aquello que nos
decía nuestro Padre: En la dirección espiritual hemos
de ser sobrenaturales. Pero yo pido cada
día al Señor que, también y siempre, seamos humanos13.
Muy humanos para poder ser muy divinos, pero
sin olvidar nunca que nos dedicamos a una empresa sobrenatural, en la que no
caben las consideraciones meramente humanas:
quien lleva la dirección espiritual
no puede omitir el cumplimiento de su deber con la persona a quien tiene
que ayudar, pensando en que es mayor en edad o tiempo en Casa, que su trabajo es de gran responsabilidad, etc. El Señor cuenta con las limitaciones propias, y se sirve de
ellas para la santificación personal y para santificar a los demás; cuando se
es dócil al Espíritu Santo y se vive
la unión con el Padre y los Directores no ha de faltar la gracia de Dios, que resiste
a los soberbios, y a los humildes da la gracia14.
10 De nuestro Padre,
palabras tomadas en una tertulia, XI-1972, en Dos meses de catequesis, I, p. 389.
11 Cf. FU 2,5.
12 Amigos de Dios, n. 75.
13 A solas con Dios, n. 288.
l4 Sant
4,6.
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3. caridad y paciencia con los demás
Sed sobrenaturales y, a la vez y siempre, sed muy humanos. Tened afán de almas, deseos de santificar, caridad: que os hará estar pendientes de los demás, conociéndolos bien para poder ayudarles15.
Del mismo modo que la caridad es como la forma de todas las virtudes16, es también la raíz que alimenta las virtudes necesarias para ejercer la dirección espiritual, y el núcleo sobre el que se desarrollan; se puede decir que bastaría con amar y comprender de verdad a las personas para poder dirigirlas convenientemente: la ciencia de gobierno es, en último término, comprensión y caridad17.
Pastores os he dicho que sois, y también padres. Suena mal hoy la palabra paternalismo, porque la entienden como una actitud que quita la libertad de los súbditos. Pero si yo no sintiera por vosotros un afecto paternal, efectivo y afectivo, esto sería un erial. Y acabaríamos siendo unos funcionarios. Puedo deciros con el Apóstol: ego vos genui (I Cor. IV, 15), yo os he engendrado para Dios18. Quien ejerce la dirección espiritual se ha de comportar siempre como un padre con su hijo -con caridad efectiva y afectiva19-, de modo que nada pueda resultar indiferente; se ha de interesar con sincera preocupación de todo, desde lo más material a lo espiritual. Este cariño recto y noble no es sentimentalismo egoísta; quien recibe la charla fraterna pone el
15 De nuestro
Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 34.
16 Cf. S.Th. I-II, q. 62, a. 4.
17 A
solas con Dios, n. 194.
18 De nuestro
Padre, Carta 29-IX-1957, n. 23.
19 Aunque, como es natural, no se manifiesta con muestras de especial simpatía
que pueda suponer acepción de personas: todos deben encontrar
la misma acogida amable; el director debe saber
"hacer y desaparecer", para que nadie se apegue a su persona. Para
eso, se requiere ser muy sobrenaturales y muy humanos con los demás, hasta
llegar a poder decir, como nuestro Fundador, yo me
conozco a los míos.
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corazón como alfombra, porque sabe que está sirviendo
a hijos de Dios, a otros Cristos 20 .
Han de conocerlas [las almas de los que hacen la Confidencia] una a una y comprenderlas a todas, con sus equivocaciones, con sus flaquezas, con sus errores -no son sinónimas estas palabras- y también con sus virtudes, con sus posibilidades, que han de orientar y
encauzar para que respondan a lo que el Señor les pide21. A ese conocimiento profundo -teologal- de las
personas a las que atiende, se debe añadir la vertiente
humana: el modo de ser, los gustos y aficiones, las virtudes y límites, etc.
Cuando alguien aprecia -experiencialmente- que se le
conoce y se siente querido, le resulta mucho más fácil tener confianza, ser
sincero, dejarse exigir22. Y ambos conocimientos, como ya se ha dicho, se adquieren con el Señor, meditando en la oración la vida
interior de las personas que se atienden y pidiendo luces al Espíritu Santo
para saber aconsejar con prudencia.
Los que gobiernan y forman a
sus hermanos han de alegrarse con sus alegrías,
y llorar cuando ellos lloran (cf.
Rom. XII, 15): han de ser todos carne de su misma carne, de suerte que sientan como trallazos sus dolores y experimenten el gozo de su contento,
acompañándoles en el camino de la fidelidad a los deberes que lleva consigo la vocación23.
El director espiritual ha de comprender
a fondo a los
20 Cf. Amigos de Dios, n. 228.
21 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 21.
22 Es muy importante darse cuenta de que, para exigir a los demás, antes
el director se debe dar por completo: en la Confidencia, el que la hace,
de algún modo, se pone en situación de total
disponibilidad con respecto a la Obra, representada por la persona que la
recibe. Por tanto, recíprocamente, el
que recibe la charla debe tratar de acoger al otro con los mismos sentimientos del Buen Pastor. La sinceridad se
dificulta si faltan estas disposiciones de mutua confianza; y la
confianza se perfecciona si el que recibe la Confidencia se da primero con muestras concretas de comprensión y de cariño,
también humano. Vamos a la Confidencia por motivos sobrenaturales pero,
aquí como en todo, la base humana es un incentivo muy conveniente.
23 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957,
n. 21. Se puede aplicar aquí el deseo de nuestro Padre
para sus hijos sacerdotes: Pedid al Señor Dios Nuestro, hijos míos sacerdotes,
que os enseñe a tratar a vuestros hermanos de tal modo que seáis vosotros
los últimos, y ellos los primeros; que seáis vosotros la luz que se consume,
la sal que se gasta; que gustosamente os fastidiéis vosotros, para que los
demás sean felices: éste es el gran secreto de nuestra vida y la eficacia
de nuestro apostolado, así demostraremos la caridad -in hoc
cognovi-mus caritatem
Dei-, porque si el Señor dio la vida por nosotros, nosotros también debemos
dar nuestra vida por nuestros hermanos, quoniam
ule animam suam
pro nobis posuit, et nos
debemus pro fratribus animas poner
(7 Ioann. III, 16) (De nuestro Padre, Carta 2-II-1945, n. 32).
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demás, viendo las cosas
desde su perspectiva (la de los
demás); entendiendo cómo y cuánto les afectan: asuntos que objetivamente
no tienen relevancia, en un determinado
momento pueden llegar a ser "importantes" para una persona. Es preciso
valorar justamente, en la presencia de
Dios, qué puede tener importancia, o puede llegar a tenerla aunque se trate de algo pequeño.
Por eso, no puede limitarse a oír: debe
aprender a preguntar y a escuchar lo que dicen sus hermanos en la charla, y,
también, a observarlos en la vida ordinaria: en las tertulias,
en el trabajo, en los encargos, en el modo de cumplir las
Normas, etc.; y sacar experiencia de las posibles
correcciones fraternas, además de preguntar al Director local lo que pueda ser de interés. Esta actitud, lejos de suponer algún tipo
de control, es manifestación de caridad vigilante.
Junto a esto, es preciso no escandalizarse
nunca de nada -ni siquiera un gesto de extrañeza,
o una manifestación de asombro-, especialmente si alguien comenta algo que se
salga de lo normal y que precisamente por eso pueda resultar más difícil de contar.
Hemos
de comprender, hemos de convivir, hemos de disculpar sin escandalizarnos nunca de nada ni de nadie: porque esto alentará a vuestros hermanos y les animará a buscar vuestra ayuda24.
24 De nuestro Padre,
Carta
29-IX-1957, n. 34.
97
La paciencia, manifestación
de la caridad, es virtud principal en el que ejerce encargos de dirección espiritual25.
Las almas, como el buen vino, se mejoran con el tiempo. Dios Nuestro Señor, si se exceptúan
algunos casos a lo Saulo, cuenta también con el
tiempo para santificar a los hombres26.
En primer lugar, el director ha de ejercitar
la paciencia para no dejarse arrastrar por el
desaliento cuando no se ven los frutos apostólicos
inmediatos en las almas, y para saber atinar con el momento propicio de pedir
más cuando se ve que es posible o necesario. Sabed esperar. Hay almas que no responden durante algún tiempo: no hay que empeñarse en exigir, entonces, lo que no se quiere o no se puede dar. Seguid el trato, rezad y esperad (...) sabiendo que vuestra labor
no es vana delante de Dios27.
Paciencia y fortaleza, también, para dominar
el propio carácter28: suavidad en las
formas, amabilidad en el trato, interés sincero por los problemas de los demás. Hablando de la labor de San Rafael -pero,
sirve para toda tarea de dirección espiritual-, nuestro Padre escribió: No queráis acortar las
confidencias de los muchachos, ni interrumpir bruscamente el aluvión de sus preguntas, a veces impertinentes e indiscretas. Por el contrario: aprended a escuchar, e interesaos por todos sus pequeños asuntos. Yo os aseguro que es éste un magnífico medio de apostolado29. En ningún momento se ha de mostrar impaciencia, y esto evidentemente no como táctica, sino como expresión
25 La caridad es paciente, la
caridad es benigna (...) no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal (...)
todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta (1 Cor 13,4-7).
La virtud de la paciencia es parte potencial
de la fortaleza. Como las demás virtudes morales, tiene que ver también con la
prudencia. Aquí completaremos algunos aspectos no considerados
antes.
26 De nuestro Padre, Instrucción, mayo 1935/14-IX-1950, n.
95.
27 De nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 36.
28 No
digas: "Es mi genio así..., son cosas de mi carácter". Son cosas de
tu falta de carácter: Sé varón -"esto vir" (Camino, n. 4).
29 De nuestro Padre, Instrucción, 9-1-1935, n. 30.
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veraz de la presencia
de Dios; más aún, si el que acude a la dirección
se extiende al exponer su estado interior. Sed pacientes: en ocasiones, el
simple hecho de encontrar a alguno que escucha con interés, sin impaciencias,
es un hecho definitivo para que un alma se acerque a Dios30.
Paciencia, en definitiva, con las
fragilidades y limitaciones de los demás. Fijarse sólo
en los defectos o dejarse llevar por el pesimismo, son dos tentaciones que es preciso evitar, porque denotarían falta de
fe en los medios sobrenaturales y de esperanza en el poder de Dios: Procura
ser rectamente objetivo en tu labor de gobierno. Evita esa inclinación de los
que tienden a ver más bien -y a veces, sólo- lo que no marcha, los errores.
-Llénate de alegría, con la
certeza de que el Señor a todos ha concedido la capacidad de hacerse santos,
precisamente en la lucha contra los propios defectos31.
En la labor de almas hay que colmarse de
esperanza -que es optimismo y confianza sobrenaturales- para poder transmitir
la alegría y la paz de Dios ante las posibles caídas o
fracasos32, con la convicción de que cuando hay dolor, hay lucha, y
el Señor puede sacar grandes bienes de grandes males33:
In patientia vestra possidebitis animas ves-tras34.
30 De nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 36.
31 Surco, n. 399. Cf.,
también, S.Th., II-II, q. 136, a. 2, ad 1.
32 A los que caen, hay que ayudarles a levantarse enseguida, confesando
todas las veces que sean necesarias; si conviene, cada día. Hay que
infundir la persuasión de que las caídas no
son inevitables -si fuera así, no serían pecado-, de que es posible
santificarse, que hay que recomenzar y poner los medios, que la gracia no
faltará (de nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 40).
33 Son palabras del Papa Pío XI: el Señor, de los males saca bienes; de los grandes males, grandes bienes (De nuestro Padre,
Instrucción, 19-III-1934, n. 40).
34 Lc 21,19. Y Santo Tomás
añade: «por la paciencia se mantiene el hombre en posesión de su alma» (S.Th. II-II,
q. 136, a. 2, ad 2).
99
4. prudencia
Explica Santo Tomás que «las acciones se dan en los singulares, y por lo mismo es necesario que la persona prudente
conozca no solamente los principios
universales de la razón, sino también los objetos particulares sobre los
cuales se va a desarrollar la acción»35. Precisamente porque es virtud imprescindible para
determinar qué es más conveniente
sugerir en cada situación, sin dejarse llevar por "recetas generales", el director debe pedir para sí, y
cultivar, la virtud de la prudencia. Nuestro Padre decía a propósito de los
Directores, que su sentido de la
responsabilidad les obliga a ser psicólogos, a conocer a la gente, y que esa obligación
es un deber de justicia y de caridad con
sus hermanos: y también con la Obra36.
Esta psicología
del Director, la describió con frase gráfica: Hace muchos años, en Madrid, se
decía -bromeando- que era necesario llegar a tiempo,
estar de vuelta y saber trigonometría. Yo os digo que, humanamente hablando y también con un poco de broma, podemos
aplicar esas condiciones a los que tienen la misión de gobernar y formar a sus hermanos en la Obra37.
Llegar a tiempo, porque hemos de
amar tanto a los que el Señor nos ha encomendado, que
preveamos los peligros en que puedan caer, de manera que
se les ponga oportunamente en guardia, ante una situación capaz de hacerles mal38 . El que ejerce la dirección espiritual ha de manifestar
una prudencia diligente, que le lleve a emprender con
solicitud lo que debe obrar, una vez ponderado previamente
en la oración y con el consejo, cuando sea oportuno39. Llegar a tiempo: previendo el peligro, adivinando con intuición de madre.
35 S.Th., II-II, q. 47, a. 3.
36 De nuestro Padre,
Instrucción,
31-V-1936,
n. 23.
37 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 24.
38 De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 23, nota 31.
39 Cf. S.Th., II-II, q. 47, a. 9.
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Que no os falte el discernimiento de espíritu: porque, cuando uno está enfermo, se le nota en la cara, en la mirada, en la desgana para hacer las cosas, en la languidez, en la imposibilidad del esfuerzo40.
Estar de vuelta, quiere decir que el director espiritual no puede escandalizarse o extrañarse por nada, ni hacer las cosas por la tremenda, sino que -según las circunstancias- las personas requieren distinto trato, para que la reacción sea siempre sobrenatural y humanamente eficaz; aplicando la justicia de las madres, y esa justicia no es tratar a todos igual, sino comportarse de modo desigual con los hijos desiguales41.
Y saber trigonometría, es decir, saber triangular porque mu-
40 De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 24. Y continúa: Si sería criminal que no tuviéramos caridad, para darnos cuenta de que flaquea
la salud física de nuestros hermanos, más
criminal sería que no estuviésemos vigilantes, para sorprender los primeros
síntomas de una languidez espiritual,
que les podría conducir a la muerte.
Por eso, os he dicho que no excuso de pecado, y en ocasiones de pecado
grave, a los que hayan convivido
con un hijo mío que se descamina: porque no habrían sabido darle medios para perseverar, medios a los que tenía derecho.
Hay que ayudar a tiempo, y siempre es tiempo.
No exagero, hijos míos: soy objetivo. Hay que
llegar a tiempo, con la corrección fraterna
de ordinario y, de modo extraordinario, avisando a los Directores inmediatos
para que, si hiciese falta, procedan a
hacer que cambie de ambiente aquella persona
(ibid.).
41 De nuestro Padre, Instrucción,
31-V-1936, n. 23, nota 31. Estar de vuelta, os decía. Porque hay que prevenir la reacción
de las almas. No hablo de métodos psicológicos: es ascética. Hay que preparar a las almas como el médico
prepara el cuerpo, antes de hacer una
operación. Con medicación especial y con determinadas dietas de comida previene
la reacción que va a tener el enfermo.
Lo mismo ocurre en el cuidado de las almas: hay que actuar de manera que la reacción, ante la medicina,
sea sobrenatural y humanamente eficaz.
Pero no se
pueden emplear con todos los mismos medios. También en esto es necesario imitar
el comportamiento de las madres: su justicia es tratar de modo desigual a
los hijos desiguales. Unos son capaces de
recibir la corrección dura y -aun cuando tengan un primer momento de rebeldía- sabrán descubrir el cariño que en esa corrección
se esconde. Con otros hay que seguir
distinto camino
(De nuestro Padre, Carta 29-IX-1957, n. 25).
101
chas veces el camino más breve no es la línea recta42. Es decir, hay que aconsejar con sensatez y perspicacia
de juicio, para discernir el mejor de entre los
medios posibles con vistas a un fin concreto; también cuando hay que juzgar
situaciones que se salen de las reglas comunes43.
El director que ha llegado a adquirir el
conocimiento profundo de las personas, tiene presentes
los defectos y las miserias de cada uno, pero no se asusta porque sabe que el Señor llama al
Opus Dei a quien quiere; y en su labor de dirección espiritual aprende a contar
con esas limitaciones en la realización de la obra de la santidad. Nunca se
puede decir "éste no sirve": denotaría falta de sentido común y de
sentido sobrenatural, porque la llamada a la Obra supera con
creces las expectativas de nuestra naturaleza, y todos
pueden "servir" si hay verdadera
correspondencia -a pesar de las propias limitaciones- al don divino de la vocación cristiana.
Por eso, es importante aprender a cambiar los campos de lucha por un tiempo, y no empeñarse en insistir en un
aspecto determinado, aunque sea objetivo, cuando las personas no están en
condiciones de sacarlo adelante; y a saber proponer metas asequibles en la vida
interior. La caridad ha de guiar a la
prudencia a buscar el bien de cada uno,
del modo más acorde con su modo de ser y sus disposiciones: hemos de ser comprensivos, sabiéndonos poner en el
lugar de cada alma; teniendo en cuenta que las normas generales son generales,
y que necesitan su aplicación
prudencial a cada caso44.
42 De
nuestro Padre, Instrucción, 31-V-1936, n. 23, nota 31. Y comentaba:
Y
esto no es hipocresía hijos, sino buen
gobierno, caridad fina, un hermoso deber de delicadeza (ibid.; cf.
también, Carta 29-IX-1957, n. 25).
43 Santo
Tomás explicaba que «para aconsejar bien se requiere no sólo averiguar y descubrir los medios aptos para lograr el fin, sino también las
circunstancias, es decir, el tiempo conveniente, de tal modo que no se sea ni
demasiado lento ni demasiado rápido en los consejos; el modo de aconsejar, es
decir, firmeza en el consejo, y otras circunstancias» (S.Th.,II-II,
q. 51, a. 1).
44 De nuestro Padre, Carta 8-VIII-1956, n. 34.
102
En ocasiones, las indicaciones que hayan de
darse necesitarán de una madura reflexión. Si alguno
de esos hijos míos, que dependen de vosotros, acude con problemas que no son
ordinarios, no os apresuréis los Directores a responder: vuestra prudencia,
para poder consultar o para ir a la oración,
hará que quienes preguntan vean que sus Directores no
se consideran señores de sus hermanos, sino transmisores de la
Voluntad de Dios45.
Por último, como siempre en negocios de vida
interior, será necesario implorar la asistencia del Espíritu
Santo que perfecciona -de manera intuitiva y terminante-
el obrar según virtud: hace descubrir la verdad, enseña a
mandar, y ayuda a aplicar lo juzgado a lo que se ha de hacer.
5. humildad de saberse
instrumento
El director espiritual ayuda en su lucha a los
que hacen con él la Confidencia, pero no es ni el
modelo ni el modelador46, sino instrumento querido por Dios para dar a conocer su
Voluntad a cada uno. Las almas son
únicamente de Dios, y por tanto no tiene sobre ellas dominio ni potestad
alguna: Nadie es director espiritual propietario. El alma sólo es de Dios, como dice el clásico castellano. La autoridad del director espiritual no es potestad. Dejad
siempre una gran libertad de espíritu
a las almas47.