I
CONSIDERACIONES GENERALES SOBRE LA
CHARLA FRATERNA
1.
necesidad de
la dirección espiritual
2. objeto de la confidencia
3. disposiciones de quien hace la charla fraterna
4.
lugar y
duración de la charla
1. necesidad de la dirección espiritual
La santidad,
plenitud de la filiación divina1, a la que estamos llamados
todos los cristianos2, consiste necesariamente en la plenitud
de la caridad3,
pues es el
Espíritu Santo, Caridad infinita, quien nos hace hijos de Dios y nos lleva
a la plenitud de esa filiación aumentando
en nosotros la gracia y la caridad. El Espíritu Santo nos guía hacia la santidad tanto con inspiraciones
y mociones interiores en el alma, como a través de otras personas que utiliza como instrumentos4.
1 De nuestro Padre, Carta 2-II-1945, n. 8.
2 Porque ésta es la voluntad de Dios: vuestra santificación
(1 Tes 4,3).
Cf. Ef 1,4; Concilio Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 39.
3 Surco, n. 739.
4 Son numerosos los
pasajes de la Escritura en los que se manifiesta esta realidad. Se puede
recordar, por ejemplo, la corrección que hace Dios a David por medio del
profeta Natán (cf.2 Sam 12,1-7), o en la conversión de San
Pablo el papel del discípulo Ananías (cf. Act 9,10-18).
7
La colaboración humana al proceso de la santificación tiene como fuente al Espíritu
Santo que al santificarnos nos hace colaboradores en la santificación de
los demás, hace del cristiano un "santificador". Él constituyó a algunos
como apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y
doctores, para que trabajen en perfeccionar a los santos
cumpliendo con su ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que lleguemos todos a la unidad de
la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la
medida de la plenitud de Cristo5. Todo cristiano, como
miembro vivo del Cuerpo de Cristo, es responsable del crecimiento de su vida cristiana
y de modo análogo coopera en el progreso de los demás: «Él [Cristo] dispone
constantemente en su cuerpo, es decir, en la Iglesia, los dones de los servicios
por
los que en su virtud nos ayudamos mutuamente en orden a la salvación, para que siguiendo
la verdad en la caridad, crezcamos por todos los medios en Él, que es nuestra
Cabeza (cf. Ef 4, 11-16)»6.
Entre estos medios -además de los Sacramentos- se encuentran la oración y
la ayuda mutua —amándoos de corazón unos
a otros con el amor fraterno, honrando cada uno a los otros más que a sí mismo7—,
que en la Obra se concreta de
un modo particular en la práctica asidua
de la corrección
fraterna8; y la formación espiritual, pues toda la vida cristiana tiene un sentido vocacional
de conformación con Cristo9, que
5 Ef 4, ll-13.
6 Concilio Vaticano II, Const.
dogm. Lumen gentium, n. 7.
7Rom 12,10.
8 Pues si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero
¡ay del solo que cae!, que no tiene quien lo levante (Ecle. 4,10). Cf., también, Mt 18,15-17. El contenido de la corrección fraterna rebasa
con mucho el ámbito de la advertencia acerca de las faltas de los demás: ilumina
conductas y actitudes que con frecuencia se escapan al control personal o a los
exámenes
de conciencia; aspectos del carácter que hacen daño a la persona misma y a los demás. Su contexto es
la ayuda fraterna, amigable, evangélica.
9 Y, de este modo, lograr conocerle a Él y la fuerza de su
resurrección, y participar así de sus padecimientos,
asemejándome a él en su muerte, con la esperanza de alcanzar la resurrección de entre los muertos (Flp 3,10-11).
8
implica un proceso de crecimiento
en doctrina y virtudes morales que ha de prolongarse a lo largo de toda
la vida10.
En este proceso tiene una importancia básica la dirección espiritual,
que vista desde quien la recibe se puede describir como la ayuda permanente que
en la Iglesia una persona presta a otra, para guiarla en el pleno desarrollo de
su vida cristiana; desde el director11, se puede caracterizar como
el arte de guiar a las personas en el desarrollo de la gracia y la vocación personal, según la
acción del Espíritu Santo en sus almas.
La adecuada dirección espiritual que nos proporciona la Obra
constituye, decía nuestro Padre, un derecho que nos confiere la
específica vocación recibida; y un deber12 para llevarla
a término, de modo que crezcamos en todo hacia aquél que es la
cabeza, Cristo13. Por
eso, para los fieles de la Obra, el Buen
Pastor son el Padre y los que reciben misión de él: Quiso el Señor como Pastor de estas ovejas a vuestro Padre, y a quienes del Padre reciban esa
misión: los Directores y los
sacerdotes de la Obra, porque no se le da ordinariamente a nadie que no sea del Opus Dei14. Es
el mismo Opus Dei quien im-
10 «La formación de los fieles laicos tiene
como objetivo fundamental el descubrimiento cada vez más claro de la propia vocación y
la disponibilidad siempre mayor para vivirla en el cumplimiento de la propia misión» (Juan Pablo II, Exhort. apost. Christifideles laici, n. 58).
11 Se utilizará la palabra "director"
en sentido amplio, tanto aplicado a la persona que recibe la charla fraterna,
como de modo más restringido a un miembro de un Consejo local, o al sacerdote del Centro.
El contexto lo aclarará en cada caso. Viene a coincidir con el
uso que nuestro Padre hacía del término "Buen Pastor" (vid.
infra).
12 Todos nosotros, por el hecho de pertenecer
al Opus Dei, tenemos el derecho y el deber de recibir la
dirección espiritual que la Obra nos da, y del modo como nos la da (...), para poder adquirir y
mejorar así nuestro espíritu peculiar y darlo a otros con eficacia (de nuestro Padre, Carta 15-VIII-1953, n. 35; cf. Carta 28-III-1955, n. 29).
13 Ef 4,15. Cf., de nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 13.
14 De nuestro Padre, Carta 28-III-1955, n. 16. Y continúa: Los que no tienen misión dada por el Padre o por
los Directores Regionales, no pueden ser buenos pastores. Porque el sacerdote
que recibe la Confesión no es solamente juez, sino también maestro, médico, padre: pastor. ¿Cómo
podría ejercer bien esas funciones quien ignorase lo que Dios quiere de nosotros,
según la vocación que nos ha dado? ¿Cómo, si no tiene nuestro espíritu? ¿Cómo,
si carece del mandato legítimo, y por tanto de la gracia especial para ejercer
bien su misión? (ibid., n. 17).
9
parte la dirección espiritual,
y nadie puede atribuirse el derecho exclusivo de ejercerla15.
La dirección espiritual que nos proporciona la Obra se determina en los
medios de formación personal y colectiva.
La dirección espiritual personal la reciben todos (...) en la
Confidencia16 y en la confesión sacramental; la colectiva se da, en
gran parte por los Directores laicos, en los Centros de Estudios, en los
Cursos anuales, en los días de retiro espiritual, en los Círculos, en las
meditaciones, en las Collationes de re morali et litúrgica, en las Convivencias especiales, etc.17
La Confidencia -esa charla sincera, llena de sentido
sobrenatural- es el medio de santificación más soberano que,
aparte de los sacramentos, tenemos en el Opus Dei18. Estas palabras de nuestro Padre muestran la
importancia de este medio de formación personal, tesoro de inmenso valor que
Dios ha concedido a la Obra. La Confidencia es para nosotros medio de
santificación porque en ella actúa el Espíritu Santo Santificador, para llevar a
quien la realiza a identificarse con Cristo por el camino de la vocación al Opus
Dei. Es su carácter sobrenatural el que ilumina todos los aspectos de la
charla fraterna.
Al llamarnos al Opus Dei, el Señor ha querido llevarnos a la santidad por el camino
que mostró a nuestro Fundador, y ha confiado a
15 Ibid., n. 14.
16 Los Directores laicos y las Directoras, cuando reciben la
Confidencia, imparten dirección espiritual personal en sentido estricto, aunque
necesitan la colaboración de sus hermanos sacerdotes (de nuestro Padre, Carta
28-III-1955, n. 33). ¿Quién es, por tanto, el Buen
Pastor en la Obra? El Director -la
Directora, en la Sección femenina- y el sacerdote. No éste o aquél, sino el
Director, cualquiera que sea; y del mismo modo, el sacerdote de la Obra, quienquiera que sea (ibid.,
n.
14).
17 Ibid., n. 13.
18 De nuestro Padre, cit. por don Álvaro en Cartas
de familia (1), n. 112.
10
nuestro Padre y a sus sucesores el oficio de Buen Pastor, para
guiarnos por
esa senda. Con esta sobrenatural convicción, los fieles de la Obra acudieron desde el
principio a nuestro Padre, y luego al Director, para recibir personalmente
la dirección espiritual que necesitaban19. De ahí que nuestro Padre afirmara
que cualquiera que sea quien recibe la Confidencia, es el mismo Padre quien la recibe20.
De esta
realidad se derivan algunas consecuencias de suma importancia:
- quien ha recibido del
Padre -ya sea inmediatamente o a través de los Directores- el encargo de atender la
charla fraterna de un fiel de la Obra, cumple en ese momento -in actu21- el oficio de Buen Pastor, que debe realizar
según la mente del Padre, sabiendo que cuenta con la ayuda de la gracia divina para asumir «la
responsabilidad de dar una dirección
espiritual verdadera y eficaz»22, según el espíritu de la Obra;
- al abrir el alma en la
Confidencia, actuamos libérrimamente, como se ha vivido en
la Obra desde el principio. Nada nos impone manifestar nuestra conciencia fuera del sacramento de la
Confesión. Acudimos a la charla fraterna
porque es un medio insustituible, que la Obra nos proporciona, para corresponder a nuestra vocación divina23;
- a la charla fraterna
se ha de acudir por motivos sobrenaturales, y no por razones humanas de amistad, o de comunes intereses profe-
19 «La Confidencia nació espontáneamente, sin esfuerzos, como nace el agua mansa
de un tranquilo manantial, con la naturalidad con que mana una fuente,
dice el Padre (...). Yo no tenía maestro
-dice, hablando de esto y de tantas otras cosas- y fue
el Espíritu Santo quien me enseñó. Los primeros tomaron voluntariamente
-libérrimamente- la costumbre de contar al Padre
todas sus cosas, de abrir la conciencia de par en par, fuera de la Confesión:
y, cuando el Padre no estaba, o cuando comenzó a crecer la labor, acudían
nuestros primeros hermanos al Director, con la misma apertura de espíritu,
para hacer su Confidencia, que se ha mostrado tan eficaz, tan necesaria»
(Instrucción, mayo 1935/14-IX-1950, nota
75).
20
A
solas con Dios,
n. 287.
21
Cf. Catecismo
de la Obra, n. 206.
22
Catecismo
de la Obra, n.
213.
23
Cf. Catecismo
de la Obra, n. 212.
11
sionales, culturales, etc. Por ser cauce de una ayuda divina, el que la hace ha de «desearla ardientemente»24
y sin retrasos, como se desean las luces de Dios;
- la autoridad de los
consejos que se dan en la charla no se deriva únicamente del valor que posean en sí mismos -el que
tendrían si los diera otra persona-, ni del
prestigio moral o de la experiencia de quien recibe la charla, sino
principalmente del hecho de que esa persona –no obstante sus
limitaciones y defectos- es cauce de la guía del Espíritu Santo y de la ayuda de la Obra;
-
esos consejos tendrán habitualmente la
forma de orientaciones o sugerencias, pero quien los recibe ha de aceptarlos
«como si vinieran del mismo Jesucristo, Señor Nuestro»25.
Se puede decir, por tanto, que Dios cuenta con la dirección espiritual para hacer su obra en cada uno; que, para los
fieles del Opus Dei, la Confidencia es "medio soberano de santificación"; y
que quien la recibe se hace, en ese momento, instrumento de una gracia divina.
2. objeto de la confidencia
La vocación cristiana que hemos recibido, nos lleva a enamorarnos más y
más de Dios, en Cristo por el Espíritu Santo, a amarle con todas las fuerzas; y
esto, naturalmente, según el espíritu del Opus Dei. Este amor comporta
una totalidad y exclusividad crecientes a la entrega que pide el Señor: ex toto corde, ex tota anima, ex tota mente, ex tota virtute26. Por ese mismo motivo, nada queda al margen
de la vocación:
todos y cada uno de los sentidos y de las potencias, y la gran variedad de
situaciones y circunstancias que se presentan a lo largo de la
24 Catecismo
de la Obra, n. 210.
25Ibid.
26 Cf. Mc 12,30.
12
existencia deben integrarse en
unidad de vida, porque todo puede convertirse en medio de santificación y
apostolado27. Y, por tanto, no hay nada tampoco que quede fuera de la charla fraterna, medio
soberano de dirección espiritual que tenemos en el Opus Dei.
Para comprenderlo mejor, conviene considerar que la dirección que se imparte se
llama espiritual no porque se limite
a cuestiones espirituales (prácticas de piedad, cuestiones morales,
etc.), como si la vida cristiana fuese algo solamente espiritual -espiritualista, quiero decir-28, sino porque es
dirección de (y para) la vida que infunde el Espíritu Santo, Don increado, fuente de la vida de la
gracia que se funde en la persona -unidad
sustancial de alma y cuerpo-, y que Él mismo
impulsa y acrecienta hasta la completa identificación con Cristo, que llegará a su plenitud en el Cielo.
El espíritu de la Obra, nos lleva a entender fácilmente la amplitud y riqueza de la
dirección espiritual, pues nos enseña a santificar todas las actividades
temporales: la vida familiar, profesional y social, plena de pequeñas realidades
terrenas29. Todo esto, precisamente porque puede ser llevado
a Dios, convertido en instrumento de divinización, es materia para el crecimiento
de las virtudes, de trato con Dios, de vida interior, y por tanto de dirección
espiritual. En efecto, como ha recordado el Concilio Vaticano II, «ninguna actividad
humana, ni siquiera en las cosas temporales, puede substraerse al imperio de
27 Cada
uno deberá ahora preguntarse: ¿qué he hecho yo con mis sentidos hasta ahora? ¿Qué
he hecho con mis potencias: con la memoria, con el entendimiento, con la
voluntad? Sólo la meditación de esta frase nos llevaría horas. ¿Qué habremos de
hacer con todo el ser nuestro, de aquí en adelante? Es natural que venga ahora
a nuestra mente el pensamiento de tantas cosas que no iban, y que quizá todavía
no van. Por eso te digo: hijo mío, ¿tienes deseos de rectificación, de
purificación, de mortificación, de tratar más al Señor, de aumentar tu piedad,
sin teatro ni cosas externas, con naturalidad? Porque todo eso es aumentar la
eficacia de la Obra, en nuestra alma y en la de todos los hombres (En diálogo con el Señor, pp. 50-51).
28 Conversaciones, n. 113.
29Ibid., n. 114.
13
Dios»30:
se trata de una doctrina que nuestro Padre ha predicado desde los comienzos de la
Obra, enseñando a los cristianos a tener unidad
de vida; es decir, a vivificar
por la caridad todos los pensamientos, afectos, palabras y acciones como hijos
de Dios en Cristo.
Así como la vocación al Opus Dei exige una entrega total a Dios, que abarca cada uno
de los aspectos de la vida, del mismo modo la charla fraterna es cauce por el que
se aprende a dirigir la libertad enteramente a Dios y a ponerla a su servicio31.
En este sentido, también conviene recordar que las actividades profesionales,
sociales, familiares, etc., se pueden santificar realizándolas de modos muy
diversos, compatibles con la fe y con la concreta búsqueda de la santidad en
las circunstancias de cada uno32; de modo que, las legítimas
opiniones y actuaciones en asuntos temporales no son en sí mismas materia de dirección
espiritual33. Al mismo tiempo, no hay que olvidar que cada uno debe formar
estas legítimas opiniones siendo siempre consecuente con la fe que se profesa34.
30 Concilio
Vaticano II, Const. dogm. Lumen gentium, n. 36.
31 Debéis ser muy claros, en la dirección espiritual, para exponer
las circunstancias concretas del trabajo, de la familia, de las obligaciones
sociales, porque, siendo en nosotros único el espíritu y únicos los medios
ascéticos, se pueden y se deben hacer realidad en cada caso sin rigideces (de nuestro Padre, Carta
9-1-1959, n. 33).
32 Cf. Concilio Vaticano II, Const. past. Gaudium et spes, n.
36.
33 En general, con respecto a esas actividades, es objeto de la
charla lo que tiene que ver con su vivificación por el espíritu cristiano y el
ejercicio de las virtudes al realizar esas tareas. En los apartados siguientes
se tratará de este tema con más detenimiento; ahora, baste decir que las materias
opinables pueden formar parte del contenido de la charla fraterna en la medida
en que tengan que ver con la misma vida cristiana en el Opus Dei que es objeto
de la dirección espiritual.
34 Conversaciones, n. 90. En todo lo temporal, gozáis de
una libertad absoluta: la misma de que disfrutan vuestros conciudadanos
católicos. De manera que la preparación espiritual, que os da la Obra, sólo se
manifiesta -en vuestras relaciones profesionales, sociales, económicas,
políticas, etc.- por el empeño que ponéis para practicar, por encima de todo
apasionamiento humano, el mandato supremo de la caridad; en la ponderación con
que dais a conocer vuestros puntos de vista, estudiando los problemas, sin
discusiones apasionadas; en el respeto a la completa libertad de opiniones que
existe en todos esos campos de la actividad humana; y en la comprensión -en la
transigencia- con que tratáis a las
personas que defienden ideas contrarías, aunque seáis intransigentes con las ideas,
cuando son opuestas a las enseñanzas del dogma o de la moral de la Iglesia (de nuestro
Padre, Carta 6-V-1945, n. 34).
14
Paralelamente, el que lleve la dirección espiritual traicionaría el fin de la Confidencia si no procurara ser
fiel cooperador de la gracia -y sólo eso- en la labor de ayudar a construir
la unidad de vida a los que hablan con
él; por tanto, no cumpliría su deber si no enseñara a emplear la libertad
en la entrega a Dios, si consintiera estados de aburguesamiento o de media
entrega en los demás, si permitiera por falta
de diligencia que hubiese aspectos que no estén orientados hacia Dios, o se inmiscuyera indebidamente en las lícitas
opciones profesionales, familiares,
sociales o políticas que la Iglesia deja a la libre prosecución de sus fieles.
La amplitud del contenido de la charla fraterna se deriva también de que la Obra es una
familia de vínculos sobrenaturales. Quien recibe la Confidencia procura identificarse
con el corazón del Padre, teniendo una solicitud, llena de cariño humano y
sobrenatural, por todo lo que puede afectar a la santidad de quien la hace: por su
salud y su descanso, sus preocupaciones, sus penas y alegrías... Éste, por su
parte, ha de
abrir plenamente su corazón como si hablara con el mismo Padre, sin pensar que esas
cuestiones son asunto suyo o que no
le podrán dar ningún remedio. Al contrario, recibirá lo principal: la luz de
Dios para amar su Voluntad, y el calor y la fortaleza de toda la Obra, porque formamos, como los
primeros cristianos, un solo corazón y
una sola alma35. Con nuestro
clamor incesante ante el trono de Dios formamos una sola voz, una misma oración, un único
latido, porque todos palpitamos
con el corazón de la Obra36.
Como se ha dicho, su carácter sobrenatural es lo que ilumina todos los aspectos de
la charla fraterna que cada miembro del Opus Dei debe tener periódicamente con el Director local o con la
persona de-
35 Act 4,32.
36 De nuestro Padre, apuntes tomados en
una tertulia, 18-VI-1972, en Crónica VIII-1972.
15
signada por los Directores37.
Y añade el Catecismo de la Obra que
con ellos
«pueden abrir libre y espontáneamente su alma» (...) «Más aún, se recomienda vivamente esta Costumbre, en
la que tanto insistió siempre nuestro
Fundador, que todos han de cuidar fidelísimamente
y que denota buen espíritu»38. Se dice que
los fieles de la Obra pueden abrir su alma en la Confidencia, porque es un derecho
que tienen. Y, a la vez, que han de
cuidar fidelísimamente esta Costumbre, porque
es uno de los medios para identificarnos
con el espíritu de la Obra, que nos hemos comprometido a poner en práctica al incorporarnos a la Prelatura39.
Precisamente, en el Catecismo se
enseña que «el objeto de la Confidencia»
es que cada uno identifique «su espíritu con el de la Obra» y mejore «sus actividades apostólicas.
»1) Con esa charla es más claro, más pleno y más íntimo el conocimiento que los
Directores tienen del alma de los fieles de la Obra, y así les pueden ayudar
mejor;
»2) este medio de formación confirma la voluntad de cada fiel para
buscar la santidad y ejercer el apostolado, según el espíritu del Opus Dei;
»3) da mayor
compenetración y unidad espiritual con los Directores»40.
37 Cf. Catecismo
de la Obra, n. 208. Por razones de sentido común y de sentido
sobrenatural es claro que esa charla se tendrá
sólo con el Director o la persona indicada por los Directores, porque únicamente
ellos «cuentan con la gracia especial para atender y ayudar a los miembros de la
Obra»; «además, si no se evitasen esas confidencias con otras personas, se podría dar lugar
a grupos o amistades particulares, y se podría fomentar en algunos una curiosidad indebida
sobre asuntos que no les incumben» (ibid., n. 212).
38 Ibid.
39 De modo semejante, se dice también que los
fieles de la Obra "han de cumplir fielmente las Normas": no,
ciertamente, porque haya una obligación bajo pecado (el incumplimiento de una Norma, como
señaló muchas veces nuestro Padre, no constituye en sí mismo pecado), sino porque son
medio seguro para crecer en santidad por el camino de la vocación a la Obra, y tenemos la
conciencia cierta de que debemos cuidarlas con esmero para ser fieles a nuestro compromiso de
amor.
40 Ibid., n. 208.
16
La charla fraterna es una manifestación de cariño por parte del Señor, que desea que
nadie en la Obra se encuentre solo humana y sobrenaturalmente41, y una necesidad
de nuestra vida interior: porque cada uno de vosotros encuentra en la Confidencia
un desaguadero, al que lleva sus penas,
sus preocupaciones -para acogerlas, no con sufrimiento pasivo, sino con aceptación de
creyente-, su oración y su trabajo, que
es toda nuestra
vida42. Por eso, para los que tienen la misión de ayudar, de
dirigir y de formar a sus hermanos, esta tarea es la más importante,
a la que dedicarán sus mejores energías: es necesario cumplirla con desvelo, dando prioridad
a esta labor de atención vigilante y cariñosa, de conocimiento profundo,
y de impulso espiritual y apostólico insoslayable para los fíeles de la Obra.
3. disposiciones
de quien hace la charla fraterna
La Confidencia se prepara habitualmente en la oración, pidiendo luz al Señor y al
Espíritu Santo para saber centrar los puntos que han sido objeto de
especial empeño durante el periodo correspondiente; fomentando una positiva
voluntad de mejora: «desearla ardientemente y examinar en la presencia de Dios
los puntos que se deben tocar»43, son, por tanto, las condiciones
que permitirán obtener de ella el mayor fruto posible. Ese deseo ardiente, a su vez, no se apoya en motivos humanos -de simpatía
o afinidad de carácter, etc.-, sino que proviene de razones de tipo sobrenatural: estamos convencidos de que
hacer bien la charla alumbra el concreto
camino vocacional que lleva a Dios a
cada uno.
41 ¡Nadie puede sentirse solo en el Opus Dei! (...) Os lo repito:
nadie tiene el derecho de sentirse solo (de nuestro Padre, apuntes tomados de una tertulia,
18-VI-1972, en Crónica VIII-1972).
42 De nuestro Padre, Carta
29-IX-1957, n. 81.
43 Catecismo
de la Obra, n.
210.
17
De ahí, el empeño que todos hemos de tener en comentar en la charla cualquier
propósito, reacción o actitud, de nuestra vida espiritual, para saber si
es lo que Dios quiere para nosotros, o se trata de un engaño del propio criterio,
de la visión humana, etc. En la Confidencia el Señor nos da luces para saber -para aprender-
lo que hay que hacer para portarse bien,
con perfección cristiana, en un caso determinado44.
La charla45 es siempre una conversación privada y fraterna, de consejo y aliento espiritual; por
eso, sugería nuestro Padre: Hablad sinceramente con vuestros Directores, para
que nunca se turbe la libertad y la paz de vuestro espíritu ante dificultades
que encontréis -muchas veces imaginarias-, que tienen siempre solución46.
Tened en cuenta que la formación espiritual, que
recibimos, es opuesta a la complicación, al escrúpulo, a la cohibición
interior: el espíritu de la Obra nos da libertad de espíritu, simplifica
nuestra vida, evita que seamos retorcidos, enmarañados; hace que nos olvidemos de nosotros
mismos, y que nos preocupemos generosamente de los demás47. La dirección
espiritual que da la Obra nos ayuda a ser descomplicados interiormente48,
y en la conducta exterior a ser personas que se desenvuelven en sociedad con
sencillez, mostrando con naturalidad el espíritu cristiano que les guía, sin falsa
ostentación de ningún tipo, ni complejos, ni respetos humanos.
44 De nuestro Padre, Instrucción,
8-XII-1941, n. 20.
45 Se puede designar de modos diversos, ya que no tiene una
denominación propia y exclusiva de la Prelatura. No hay ningún inconveniente,
por tanto, en utilizar expresiones equivalentes, sobre todo en el lenguaje
hablado; se puede decir, por ejemplo: vamos a charlar, desde nuestra última
conversación, la próxima vez que hablemos, etc.
46 De nuestro Padre, Carta
9-1-1959, n. 33.
47Ibid.
48 Pero se requiere nuestra cooperación
personal, en la dirección espiritual personal y colectiva. Y debemos colaborar
de modo extraordinario en esas luchas que sólo Dios y cada uno de nosotros conoce,
echando fuera todo aquello que atrae más que el don de Dios, más que la santidad, más que el término
eterno del camino que emprendimos un día al sentirnos llamados (de
nuestro Padre, Carta 17-VI-1973, n.
11).
18
La descomplicación interior viene por medio
de la sinceridad, elemento esencial
de la charla fraterna; si se omitiera voluntariamente, se puede decir que
no habría Confidencia49. La sinceridad es condición para que la charla
sea veraz; es decir, manifestación verdadera de las disposiciones interiores
y del afán personal de santidad.
Como las demás virtudes, la sinceridad siempre puede seguir creciendo, porque -con
la gracia- Dios concede luces que ilustran detalles de nuestro comportamiento que
podrían mejorar, o reacciones desordenadas ante determinados sucesos, o
faltas de entrega de las que antes quizá no éramos suficientemente conscientes o no se
daban. Además, la existencia humana está abierta a circunstancias cambiantes, surgen nuevas
relaciones laborales o familiares o de amistad, que a su vez producen
actuaciones o situaciones más o menos estables que podrían llegar a
formar parte del contenido de la charla.
En todo caso, la sinceridad en la Confidencia ayuda a profundizar en el
conocimiento propio, y en el conocimiento del amor de Dios; y a seguir el camino vocacional de la
identificación con Cristo que Él quiere
para cada uno de sus hijos en el Opus Dei50. Por eso, nuestro Padre aconsejaba con frecuencia que habláramos con
claridad -salva-
49 Primero, porque la veracidad consiste en
hablar y comportarse según el orden real de las cosas, y es de justicia
hacia los otros respetar ese orden (cf. S.Th., II-II, q. 109, aa. 1-3): la veracidad
establece una adecuación entre los signos (lo que se dice y lo que se
hace) y las cosas; entre ambos se da una relación
de cierta equidad entre ellos (signos y cosas), que, a su vez es el fundamento
de un deber moral por el que el hombre -conforme a su honradez- debe a
los otros la manifestación de la verdad (cf.
ibid., a. 3). Y, también, por el especial compromiso
que hemos adquirido con la vocación a la Obra (cf.
Codex Inris Particularis,nn. 6 y
27).
50 Así pues, la Confidencia sincera viene a ser la declaración (o
exteriorización) de la búsqueda de esa identificación con Cristo, a la que debe
tender -para llegar a ser veraz- la vida cristiana, según las palabras de
Jesús: Yo soy el Camino, la Verdad y la
Vida; nadie va al Padre sino por mí. Si me habéis conocido a mí, conoceréis
también a mi Padre; desde ahora le conocéis y le habéis visto (Jn 14,6-7); y
también: para esto he venido al mundo,
para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz (Jn 18,37).
19
jemente51, si fuera preciso-, comenzando
por decir lo que más cuesta, buscando la transparencia, para que la luz
que Dios nos envía a través de este medio de formación incida sin obstáculo
en el alma.
Otra virtud fundamental -como parte de la prudencia- para el que hace
la charla fraterna es la docilidad, que
dispone «bien al sujeto para recibir la instrucción de otros»52.
Como cualquier virtud, tiene una componente de aptitud natural, y otra que «se
desarrolla en función de lo que el hombre atienda solícito, y con frecuencia y
respeto, a las enseñanzas de los mayores, en vez de descuidarlas por pereza o rechazarlas por soberbia»53.
La docilidad se ha de poner de manifiesto lo mismo en cuestiones
importantes que en pormenores aparentemente de poco relieve, como pueden ser un detalle de educación, o del modo de vestir, de hablar o de
comportarse, etc. La docilidad se hace más necesaria si, en alguna ocasión, no
alcanzáramos a comprender del todo las razones de lo que nos dicen, por
nuestras limitaciones o porque nos faltan datos; a veces, se puede tratar de
cuestiones de buen espíritu, de tono humano y cristiano, o de oportunidad.
Pero, sobre todo, es preciso ganar en finura interior para dejarse
aconsejar por quien cuenta con gracia de Dios para hacerlo, sin aferrarse al propio
gusto o criterio poniendo como excusa la libertad; pues, cuando esos
consejos contrastan con un ambiente frívolo o superficial, que exige la
valentía de ir contracorriente, cabe el peligro de que el hombre viejo se deje influir y se
justifique con un "también lo hacen los demás". Conviene, por eso,
recordar lo que escribe San Pablo: Vosotros,
hermanos, fuisteis llamados a la libertad; pero no toméis
51 Sinceros también y sencillos con quienes en la Obra tienen la misión de
dirigiros y de formaros, para que os puedan conducir y ayudar con cariño, con
firmeza, con comprensión y con eficacia. Sinceros con delicadeza, pero salvajemente
sinceros (De nuestro
Padre, Carta 11-III-1940, n. 61).
52S.Th.,
II-II, q. 49, a. 3.
53 Ibid.
20
esa libertad como pretexto para servir a la carne, sino servios
mutuamente por amor54; y San Pedro: Actuad como hombres libres, no a la manera de quienes convierten la libertad
en pretexto para la maldad, sino como
siervos de Dios55.
En el caso de los Numerarios y Agregados, la docilidad se muestra
también en la completa disponibilidad para
la atención de los encargos apostólicos, estando dispuestos a cambiar de
ciudad o de trabajo, con absoluta confianza en Dios -que llena de frutos
sobrenaturales
la obediencia-, y en los Directores -instrumentos para hacernos llegar su Voluntad-,
que sólo buscan nuestra santidad y eficacia apostólica56.
En general -y especialmente en las situaciones de mayor o menor oscuridad- conviene
estar precavidos ante el peligro de poner por encima de todo el propio criterio,
excusándose con un "no veo lo que me aconsejan", o "no pienso
que me haga daño tal situación o tal plan que me dicen que debo cortar", o
"estoy tranquilo a pesar de que en la dirección espiritual me dicen que actúe
de otro modo". Porque, el juicio, en esos casos, puede no ser moralmente
recto, y entonces no debe seguirse: por ejemplo, como es evidente, cuando
contradice un precepto de la ley de Dios, o cuando se opone a la Voluntad
divina para una persona determinada, como es, en nuestro caso, la fidelidad a
la vocación
cristiana en el Opus Dei.
Ciertamente, cada uno
debe recorrer de modo personalísimo el
54 Gal 5,13.
551 Pe 2,16.
56 Cuando pasen los años, habrá que estar prevenidos ante la
tentación de pensar que hemos sido poco prudentes
y que debíamos haber calculado mejor
el futuro profesional, o habernos dedicado con más sentido común a la familia de origen, etc. Esos razonamientos son
producto de la prudencia de la carne,
de cálculos humanos, de falta de sentido sobrenatural: no nos hemos equivocado
dejando todas las cosas como los Apóstoles, y siendo como Cristo obedientes
hasta la muerte y muerte de Cruz (Flp 2,8). Porque Dios, hijos de mi alma, no se deja ganar en generosidad
(A
solas con Dios, n. 313).
21
camino de la vocación a la
Obra57, pero sin salirse del espíritu de entrega total a Dios
que nuestro Padre nos ha transmitido. No cabe fabricarse un camino a la medida
de la propia falta de generosidad (de "mi debilidad", de "mi pequeñez"...).
Si así se hiciera, la vida dejaría de ser respuesta a Dios para convertirse en respuesta a
las exigencias de la propia vanidad, de la comodidad, de la lujuria, del propio egoísmo
en definitiva. Una garantía clara de que esto no sucede es dejarse exigir en la charla
fraterna58.
4. lugar
y duración de la charla
La charla fraterna nació de manera espontánea, como una necesidad del alma, llena
de sencillez, naturalidad y confianza. Por eso, se hace sin solemnidad
alguna: es una conversación que se mantiene paseando por el jardín, en una
terraza, en la sala de estar, en un cuarto abierto a todos, etc.
57 El Opus Dei es una barca grande; se puede
estar en cualquier lado de la barca, y sólo hay dos cosas importantes: estar
dentro o estar fuera. El que está fuera
de la barca ha perdido la vocación. El Opus Dei es un gran camino, ancho, muy
ancho -con esto no quiero decir que sea fácil, porque arcta
via est quae
ducit ad vitam, porque a la vez es difícil y estrecho este
sendero del Opus Dei, que conduce a la vida eterna (Matth. VII, 14)-; y por ese camino se puede ir
como se quiera, por la derecha, por la izquierda, por el centro, andando,
corriendo, derecho, dando vueltas. El que se salga del camino ha perdido la
vocación (De nuestro
Padre, Instrucción, 8-XII-1941,
n. 74).