Anexo 12

EXPERIENCIAS SOBRE LA LABOR

APOSTÓLICA CON CHICOS MENORES

DE QUINCE AÑOS

Esta labor tiene especial interés en aquellos países donde existe un mayor riesgo de que los estudiantes se desorienten al llegar a la universidad. Como es lógico, también se trabaja apostólicamente con chicos que más adelante no seguirán estudios universitarios.

Casi siempre, el comienzo de este apostolado viene facilitado por la atención que se presta a los hijos de los Supernumerarios y de los Cooperadores. En muchas ocasiones, con la personal y decisiva colaboración de los padres, pueden promoverse clubes familiares, como parte del apostolado personal de esos fíeles en el ámbito de la familia y la educación de los hijos (cfr. pág. 153-155 de estas mismas Experiencias).

Se ocupan de esta tarea personas con las condiciones humanas y pedagógicas necesarias; como es obvio, han de disponer del tiempo suficiente para este encargo. Para tratar a los padres con la debida naturalidad, es razonable que al menos uno de los encargados sea una persona mayor; así será también más fácil que lleguen a la amistad y al apostolado con ellos. Algunos Supernumerarios y muchachos mayores, pueden colaborar eficazmente en la organización de actividades determinadas.

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Además de la cooperación económica prestada por los padres, también ayudan a esta labor de diversas formas; por ejemplo, facilitan los medios necesarios para su desarrollo: el local, material para campamentos, medios de transporte, etc.; en otros casos, participan también en la dirección de actividades deportivas o en la organización de un campamento. De esta manera, los que se encargan de este apostolado pueden dedicar más tiempo a la formación y al trato con los chicos.

Con motivo de la preparación de una Convivencia, de excursiones, etc., es fácil promover reuniones con los padres. En estas sesiones, se les explica la labor que se hace con sus hijos y el programa de actividades que se va a desarrollar, y se les pide colaboración para llevarlo a cabo.

Estas reuniones son muy eficaces para encariñarlos con el apostolado; son también útiles para conocer el ambiente familiar de los muchachos; y sirven para acercar a los padres a los apostolados que se realizan con gente mayor.

Muchas veces, podrá ser oportuno promover un club cultural o deportivo, como marco de la labor apostólica, que facilite su extensión. De ordinario, no hace falta crear una asociación, pero sí tener un respaldo jurídico claro. En estos casos, constará expresamente que la atención espiritual está llevada por la Prelatura del Opus Dei.

Nunca se desdibujará el sentido apostólico con que se promueven estos centros, necesarios para formar ciudadanos honrados y buenos servidores de la Iglesia. Así, los clubes juveniles, por ejemplo, han resultado muy aptos para extender ampliamente la base de la labor apostólica.

El fin de esos clubes juveniles consiste en la formación espiritual y humana de sus socios. Aunque esta finalidad se concreta de muchos modos, en los reglamentos respectivos conviene que conste la primacía que se da al estudio y a la formación cultural, tan necesarios humanamente, pues se fomentan las virtudes naturales y cristianas.

Para el buen planteamiento de un club, es indispensable que, desde el primer momento, un grupo de padres —algunos, Supernumerarios— participe en su promoción. Ordinariamente, serán ellos quienes pongan

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en marcha esta iniciativa, y soliciten a la Prelatura la atención espiritual. Como es lógico, su tarea no se agota con el comienzo del club; importa mucho que su colaboración continúe, ocupándose de la financiación, de su desarrollo, etc. Además se les recuerda de manera amable, oportuna y clara, que ellos son los primeros educadores de sus hijos, y no cumplen su deber por el simple hecho de llevarlos a un club que les merece confianza. Evidentemente, este trato con los padres ampliará la labor apostólica de la obra de San Gabriel.

Hay que disponer de un local apropiado para el club, donde puedan reunirse los chicos, y convenientemente separado del resto del Centro, en el supuesto de que no tenga una sede propia.

      Los clubes juveniles pueden ser muy diversos entre sí, y organizarse y dirigirse de diferentes modos. Cada club desarrolla un proyecto educativo, con objetivos y métodos bien definidos, y con un planteamiento profesional desde el comienzo. Resulta imprescindible que el cuidado de los aspectos técnicos —programación y desarrollo de las actividades, organización y control material, etc.— vaya acompañado siempre de una honda labor formativa, dirigida a cada una de las personas que colaboran en el club: a través del apostolado personal, y con la organización de medios de formación cristiana para los muchachos y para sus padres.

Se ofrece a todos los socios del club la posibilidad de participar —si libremente lo desean— en los medios de formación. Importa especialmente la continuidad de la labor con los chicos de 14 a 15 años, extremando la atención que se requiere a esa edad, y cuidando aún más la amistad personal.

Las meditaciones o pláticas del sacerdote para los chicos más pequeños tienen una duración corta. Pueden acudir a la dirección espiritual los que libremente quieran. Además, se organizan charlas, de unos diez o quince minutos aproximadamente, sobre detalles prácticos de comportamiento, de caridad, de obediencia a sus padres, etc.

Junto a las actividades que fomentan la laboriosidad —como, por ejemplo, cursos de técnicas de estudio o tareas escolares con la supervi-

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sión de una persona competente y en una sala con condiciones materiales apropiadas—, conviene fomentar el aprendizaje de idiomas, el gusto por la lectura y la formación musical y artística. Para que esas actividades tengan un enfoque adecuado, es preciso contar con profesores que posean las cualidades pedagógicas y humanas requeridas. Estas personas suelen encontrarse entre los padres de los socios, muchachos de San Rafael, Supernumerarios más jóvenes, amigos, etc.

Se han demostrado especialmente recomendables las actividades al aire libre. Por eso, además de practicar deporte, es apropiado organizar excursiones, Convivencias de varios días de duración, campamentos, etc. Para estas actividades de varios días, con chicos menores de quince años, no se utilizan de ordinario los Centros de la Obra, porque en sus sedes sólo viven habitualmente personas mayores, plenamente responsables de su libertad y con la puerta abierta de par en par.

Como siempre, se cuida el ambiente de laboriosidad, de acuerdo con las circunstancias de esa edad: así, por ejemplo, si en los clubes hay instalaciones de futbito, paleta, ping-pong, etc., se guarda el material, de manera que los chicos se acostumbren a pedir permiso para utilizarlo, con el fin de que no pasen largos ratos jugando. Desde luego, se evitarán por completo las actividades que puedan suponer una pérdida de tiempo, como juegos de azar, cartas o dados.

Cuando están suficientemente preparados, los mayores de 13 a 15 años, si quieren, se incorporan a las clases del Curso Preparatorio, que reunirá características específicas, con una duración de dos años o más. Pueden servir de temario los guiones de las clases para muchachos mayores. No importa repetir los temas en años sucesivos o introducir algunos nuevos. Para mantener la atención, la exposición ha de ser breve y amena, explicando los puntos más elementales de modo claro y sencillo. Las clases son semanales o, si parece aconsejable en algún caso, cada quince días, alternándolas, por ejemplo, con meditaciones quincenales del sacerdote.

 

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