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La fabricación de los santos
La fabricación de los santos

Autor: Kenneth L. Woodward
Índice del libro
Agradecimientos e introducción
1. La política local de la santidad
2. Los santos, su culto y su canonización
3. Los hacedores de santos
4. El testimonio de los mártires
5. Místicos, visionarios y milagreros
6. La ciencia de los milagros y los milagros de la ciencia
7. La estructura de la santidad: las pruebas de virtud heróica
8. La armonía de la santidad: la interpretación de una vida de gracia
9. Los Papas como santos: la canonización como política de la Iglesia
10. Pío IX y la política póstuma de la canonización
11. Santidad y sexualidad
12. La santidad y la vida intelectual
Conclusión: El futuro de la santidad
Apéndice
Bibliografía
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LA FABRICACIÓN DE LOS SANTOS
Autor: Kenneth L. Woodward

CAPÍTULO 12. LA SANTIDAD Y LA VIDA INTELECTUAL

En una ceremonia relativamente tranquila celebrada en San Pedro en 1988, el papa Juan Pablo II beatificó a un obispo danés, Niels Stensen, muerto tres siglos atrás. Lo insólito de esa beatificación era que Stensen es uno de los pocos verdaderos intelectuales que han sido beatificados en los cuatrocientos años de historia de la congregación, a pesar de que muchos de los primeros padres de la Iglesia y muchos de los teólogos medievales que ahora son venerados como santos (como Tomás de Aquino) fueron grandes maestros y eruditos. Científico de renombre internacional, Stensen era un genio polifacético, versado en paleontología, geología, medicina y matemática, cuyas aportaciones pioneras abarcaban desde explicaciones de cómo se forman los fósiles y las cordilleras de montañas hasta el descubrimiento de la ley de la invariabilidad de los ángulos cristalinos. Stensen se convirtió al catolicismo cuando tenía entre treinta y cuarenta anos; más tarde, tomó las órdenes sagradas y, finalmente, llegó a obispo. No fue, sin embargo, por sus descubrimientos científicos, ni tan siquiera por sus logros eclesiásticos, por lo que se beatificó a Stensen, sino por su ascetismo personal, su notoria ayuda a los pobres y su profunda vida de oración. Su causa, que no se inició hasta 1938, fue introducida en 1984 y, bajo la guía de Molinari, se completó a tiempo para coincidir con el viaje de Juan Pablo II a Dinamarca en 1988. [La reducida población católica de Dinamarca no ha tenido ningún santo oficial desde que el papa Pascual II aprobó en Italia veneración del rey Canuto IV y de sus reliquias. La candidatura de Stensen era, por tanto, sumamente oportuna desde el punto de vista pastoral. Pero, por deferencia ante la mayoritaria Iglesia luterana de Dinamarca, que Stensen rechazó para convertirse al catolicismo, el papa beatificó al obispo y científico en Roma].

Obviamente, a los santos no se los canoniza por la excelencia de su intelecto, sino por la excelencia de sus vidas. La caridad, no la sabiduría, es la más grandiosa de las virtudes cristianas. Aun así, a cualquiera que estudie las canonizaciones papales desde 1588 en adelante, le llama inmediatamente la atención la ausencia de pensadores y de escritores destacados, salvo unos pocos teólogos monásticos. ¿Cómo es posible que una Iglesia que ha insistido, al menos desde Tomás de Aquino, en la compatibilidad inherente de fe y razón no haya encontrado a filósofos distinguidos ni a otros pensadores o escritores que pudiera agregar a su lista de santos? ¿Qué hay en la vida apasionada de la inteligencia, que -como la vida apasionada del cuerpo- parece crear obstáculos a la santidad?

Una de las razones es histórica: desde la Revolución Francesa, las principales corrientes del pensamiento moderno se han desarrollado al margen de la Iglesia y, a menudo, en oposición a ella. Durante el mismo período, Roma se mostró notoriamente inhóspita con sus propios intelectuales y eruditos. La reacción de Pío IX ante el liberalismo político y las filosofías concomitantes, el régimen de terror intelectual que ejerció después san Pío X contra los sospechosos de modernismo en el seno de la Iglesia y, todavía en fecha tan reciente como la década de 1950, la decisión de Pío XII de silenciar a renombrados teólogos católicos y estudiosos de la Biblia, expresaron igualmente la profunda sospecha que Roma alberga frente a los intelectuales libres.

Para los verdaderos intelectuales, pensar en serio significa entablar una conversación crítica tanto con la tradición propia como con pensadores de otras tradiciones. Pero, hasta la última parte de este siglo, la Iglesia de Roma identificaba la tradición con las declaraciones del papado, y en tal grado que incluso los católicos más devotos entre los pensadores y escritores contaban con escasas posibilidades de verse presentados como ejemplos de virtud heroica si desafiaban la ortodoxia pontificia predominante.

Otra razón es cultural. Los Intelectuales y los eruditos, por muy sólida que sea su reputación de santidad entre quienes los conocieron, no significan mucho para la gente que invoca a los muertos pidiendo milagros; por lo cual, tienen escasas probabilidades de disfrutar de un culto póstumo, del tipo que la Iglesia exige antes de instruir una causa. A la inversa, por mucho que los intelectuales católicos defiendan la idea de la santidad o se esfuercen incluso por vivir como santos ellos mismos, no son propensos a expresar devoción ni a hacer otras cosas necesarias para promover la causa de un pensador o un erudito fallecido. "Es difícil hacer avanzar una causa cuando uno depende de los intelectuales -dice el padre Eszer-. Ellos no rezan a los santos y ni siquiera son capaces de poner una simple flor sobre la tumba del candidato. -Hizo una pausa y, girando la silla, se volvió hacia mí-. Es que los santos son para la gente modesta. No para los tontos, pero sí para los devotos. Las personas arrogantes no aceptan a los santos porque tienen que admitir que son personas más perfectas que ellos mismos."

En resumen, la cultura de los católicos que invocan a los santos, posibilitando así la creación de santos, no es la cultura de aquellos católicos que veneran a los santos por lo que pensaban o decían.

Pero Juan Pablo II es un hombre que pertenece a ambas culturas: un filósofo y dramaturgo que, sin embargo, parece sentirse muy a gusto rezando de rodillas ante la tumba de padre Pío. En varias ocasiones ha beatificado a personajes que, en su opinión, pueden servir de ejemplo a los intelectuales y artistas católicos. La mencionada beatificación de Niels Stensen obedecía en parte a ese propósito, igual que la de Edith Stein: al clasificada de mártir y no de confesara, el papa pudo remediar la falta de un milagro atribuido a su intercesión.

Pero el ejemplo más egregio de la disposición del papa a tender la mano al mundo de la cultura ocurrió el 3 de octubre de 1982, cuando hizo uso de su prerrogativa papal para conferir la beatificación equivalente a Fra Angélico (Guido di Pietro, aprox. 1387-1455). Fra Angélico fue un monje dominico y pintor, cuyos radiantes y a menudo místicos frescos y pinturas de personajes y episodios bíblicos. cuentan entre las joyas del arte religioso del renacimiento Italiano. Antaño fue venerado como santo por sus cofrades dominicos, pero su causa había perdido ya el ímpetu popular hasta que Juan Pablo II ejerció, menos de cuatro años después de ser elegido papa, su potestad de declarar beato al fraile, pasando por alto a los hacedores de santos oficiales.

Eszer recordaba el revuelo que la decisión del papa provocó en los despachos: "La cogregación se enfadó porque no les había pedido su opinión. Y, si los hubiera preguntado, no creo que hubieran estado de acuerdo, habrían dicho que Fra Angélico ya no tiene "fama sanctitatis". Pero, qué se le va a hacer, el papa quiere juntar el mundo de la Iglesia con el mundo de las bellas artes, la ciencia y todas esas cosas intelectuales; vio la oportunidad de hacerlo y lo hizo."

Ante todo, a Juan Pablo II le gustaría ser el papa que beatifique, y tal vez incluso canonice, a John Henry Newman, el pensador y escritor católico más conocido y, sin duda, el más influyente del siglo XIX. Durante su vida, que abarcó casi un siglo entero (1801-1890), Newman fue un fenómeno raro en el catolicismo: un "pensador público" que trataba los temas más controvertidos de su tiempo, con lo cual a veces iba directamente en contra de los vientos predominantes que soplaban de Roma. Fue un eminente hombre de letras, un magistral estilista en prosa, quizás el predicador en lengua inglesa más fino de su tiempo, editor, y educador de primera categoría; aunque de menor rango como poeta y novelista. También era sacerdote -primero, de la Iglesia anglicana y, después, de la Iglesia de Roma- y reconocía que no eran éstos los dones que la Iglesia aprecia en sus santos. "Los santos no son literatos -escribió, cuando oyó decir que un amigo lo consideraba un santo viviente-. A los santos no les gustan los clásicos ni escriben cuentos."

Newman no se consideraba teólogo, y sería cometer injusticia con su obra caracterizarlo como tal. Era algo más raro y más universal: un humanista cristiano que se enfrentó a los utilitaristas del intelecto y del espíritu. El espíritu de Newman buscaba la visión de conjunto: la mutua integración de la fe y el conocimiento, la historia y la experiencia humana, la continuidad y el cambio. Como pensador y escritor se dirigió a aquella zona de controversia y preocupación en donde la religión y la cultura se funden y se entrelazan. Aun siendo plenamente un hombre de su tiempo. Newman fue el único católico de su época que anticipó el rumbo que la Iglesia que había elegido tomaría, en parte debido a su propia influencia, un siglo después con el II Concilio Vaticano: si el I Concilio Vaticano recalcó la soberanía y la infalibilidad (aunque limitada) del papa, el II Concilio Vaticano subrayó -como Newman- la colegialidad y la corresponsabilidad de los demás obispos en el gobierno y el magisterio de la Iglesia; si el primero se centró en la obediencia a la autoridad eclesiástica, el segundo reconoció -otra vez como N ewman- el papel de la conciencia individual. La reputación de santidad y de integridad personal de Newman era tal que, a su muerte, incluso el secular "Times" de Londres declaró en un editorial que "sea canonizado por Roma o no, será canonizado en los pensamientos de las personas piadosas de diversos credos en Inglaterra".

A pesar de tales sentimientos, la causa de Newman tardó en iniciarse y aún más en llegar a Roma. Y, cuando llegó, muchos católicos liberales sospecharon que Newman era demasiado progresista como para ser acogido favorablemente por Juan Pablo II y, sobre todo, por el conservador prefecto de la congregación, el cardenal Palazzini. Este era señalado por los liberales como el abanderado de la causa de Pío IX, papa que representaba muchas de las cosas que a Newman le habían parecido innecesariamente oscurantistas y reaccionarias en la Iglesia de Roma. Pero los liberales no recordaban que Newman mismo había sido en muchos aspectos un conservador. Aunque reconocía que la doctrina de la Iglesia evoluciona respondiendo a los acontecimientos históricos, trató con frialdad a aquellos eruditos de su época que aplicaban las mismas ideas sobre el desarrollo también a la Biblia. Además, Newman se mostró más crítico respecto al liberalismo religioso de su tiempo -lo que él llamaba la "falsa libertad de pensamiento"- que a la ideología reaccionaria de Pío IX.

De todos modos, mucho antes de ser elegido Juan Pablo II, a Newman se le consideraba ya lo bastante ortodoxo como para que fuera enseñado en las universidades pontificias de Roma y, en 1987, lo bastante seguro para que lo metieran -si bien, selectivamente- en la batalla del Vaticano contra aquellas parejas católicas que, por motivos de conciencia, no pueden aceptar la prohibición papal de la contracepción. En efecto, ese mismo año, algunos miembros conservadores de la Congregación para la Causa de los Santos insistían en que Newman podría haber sido canonizado ya si los obispos católicos de Inglaterra le hubieran prestado un apoyo más vigoroso. Eszer, por ejemplo, me aseguró que el problema con la causa de Newman era que los obispos ingleses no se decidían a insistir mucho por temor a provocar el resentimiento de los anglicanos. "Lo llevan de acá para allá, como si fuera un fardo", dijo, y se rió entre dientes de su propio símil. Pero, en realidad, el apoyo de los obispos católicos ingleses a la causa era bastante notorio y el arzobispo de Canterbury había declarado ya que no tenía nada que objetar.

Desde luego, Roma no era el sitio adecuado para averiguar la verdad sobre el asunto. Sospeché que Newman, autor prolífico, presentaba a los hacedores de santos unos problemas singulares, Si quería saber qué había detrás de la lenta marcha de Newman hacia la santidad oficial, tenía que penetrar más allá de la habitual telaraña de rumores y cotilleos del Vaticano. Tendría que viajar a Inglaterra.

NEWMAN: LA VIDA DE UN PENSADOR DE LA IGLESIA

La vida de John Henry Newman ha sido contada numerosas veces, comenzando por su autobiografía intelectual "Apologia pro vita sua", que publicó en 1864 a la edad de sesenta y tres años. La biografía más reciente, basada sobre todo en las más de veinte mil cartas que Newman escribió, cuenta con setecientas ochenta y nueve páginas en su edición original. Una razón por la que las causas de los intelectuales tardan tanto en desarrollarse queda, por tanto, aclarada: hay que juntar y examinar todo lo que escriben y, lo que es más, todo lo que se ha escrito acerca de ellos. y cuanto más revela una persona de sí misma en letra impresa, tanto mayor es el riesgo de descubrir alguna fatal falta de virtud o una igualmente fatal opinión contraria a las enseñanzas aceptadas de la Iglesia. A diferencia de los papas, cuyos escritos oficiales pueden también abarcar varios volúmenes, los intelectuales no se hallan protegidos por la doctrina de la infalibilidad.

Newman fue anglicano durante cuarenta y cuatro años. Técnicamente, lo que un candidato a la santidad dice o hace antes de su conversión se considera irrelevante para la demostración de su virtud heroica. Pero Newman mismo era reacio a dividir su vida en un "antes" y un "después". Desde la adolescencia tuvo la profunda sensación de hallarse guiado por Dios, intuición que más tarde dramatizaría en su verso más conocido: "Lead, Kindly Light" ("Guía, amable luz").

Influido por el evangelismo protestante, Newman vivió a la edad de quince años lo que él mismo consideraría siempre una experiencia personal de conversión. En 1833, todavía un hombre joven y de viaje por Sicilia, volvió a sentir un llamamiento semejante para trabajar por la reforma de la Iglesia de Inglaterra. Entre esas dos experiencias religiosas, Newman fue estudiante del Trinity College de Oxford y obtuvo una beca para el Oriel College, la distinción más codiciada dentro de la universidad. De todas las instituciones humanas, Trinity y Oriel eran las que Newman más quería. Los profesores y los compañeros de estudio comprendieron su genio, y, entre los veinte y los treinta años, estaba comenzando, según escribiría más tarde, "a preferir la excelencia intelectual a la moral".

Oxford era en aquellos días el baluarte intelectual del anglicanismo; se prohibía el acceso a los católicos y a los disidentes protestantes, Fue en ese ambiente donde Newman, ordenado ya sacerdote y vicario de la capilla de Santa María, inició un intenso estudio de los antiguos padres de la Iglesia, con la intención de fundamentar el "camino medio" anglicano entre el catolicismo y el protestantismo en la historia primitiva de la cristiandad. Contra la opinión de los liberales teológicos, Newman defendía la importancia de la revelación para el cristianismo y la de las experiencias históricas de la Iglesia como matriz donde se desarrolla la doctrina.

Las investigaciones de Newman tenían cierto filo polémico. Junto con un grupo de compañeros universitarios de talento, Impulsó el Movimiento de Oxford, un renacimiento teológico y espiritual que, finalmente, precipitó su conversión al catolicismo romano. Newman y sus camaradas se ocuparon, entre otras cosas, de recuperar las raíces del anglicanismo anteriores a la Refoma. Propugnaron su programa en una serie de breves y anónimos "Tratados para nuestro tiempo". En el número 90, Newman fue demasiado lejos, al defender una interpretación católica de los Treinta y Nueve Artículos de la Iglesia anglicana, lo que le acarreó la censura de la universidad y de veinticuatro de los obispos de la Iglesia. En 1841, se retiró a una pequeña comunidad eclesiástica de Littlemore. Allí, durante los preparativos de su influyente "Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana", llegó a la conclusión de que la "verdad" estaba del lado de Roma. En 1845, él y un grupo de amigos que compartían sus ideas fueron recibidos en la Iglesia católica.

El cambio de obediencia espiritual le costó caro. Lo expulsaron de su querido Oxford, exilio que describiría en su novela "Loss and Gain ("Pérdidas y ganancias"), relato de un anglicano convertido al catolicismo de Roma. Su familia y sus amigos más íntimos de Oxford seguían siendo anglicanos. Por otro lado, los católicos ingleses jamás llegaron a aceptarlo del todo y los obispos de su Iglesia adoptiva nunca apreciaron plenamente ni utilizaron su talento. Pero Newman halló más que compensación en el sentimiento de haber descubierto por fin "la verdadera Iglesia del Redentor". Al igual que san Agustín, veía en su propia búsqueda espiritual el espejo y el movimiento de la historia; y la historia le haría justicia. Pero, durante largos períodos de su vida como católico romano, se sintió utilizado, agotado por querellas mezquinas. En un momento de apocamiento le confió a su diario privado: "¡Cuán triste y desolado ha sido el curso de mi vida desde que me hice católico! Aquí está el contraste: cuando era protestante, me aburría mi religión, pero no mi vida; ahora que soy católico, es mi vida la que me aburre, pero no mi religión."

Ordenado sacerdote en Roma en 1847, se estableció en Birmingham, con el encargo del papa Pío IX de fundar una comunidad de oratorianos, congregación religiosa instituida en 1564 en Roma por san Felipe Neri. A diferencia de las otras órdenes religiosas, los miembros del Oratorio no hacen los votos monásticos, sino que viven en común y fraternal caridad. Viviendo de ese modo, se esperaba que Newman pudiera incorporar a otros conversos a una nueva comunidad de sacerdotes y hermanos que se consagraran a las necesidades parroquiales de los católicos locales. En vista de las evidente dotes intelectuales de Newman, se otorgó al oratorio de Birmingham un permiso especial para cultivar también los estudios. Pero eso fue lo único que Newman pudo hacer para mantener unida la comunidad; el dinero resultaba difícil de conseguir -los católicos ingleses raras veces eran gente acomodada- y, a veces, el antiguo profesor de Oxford no podía permitirse la adquisición de un nuevo par de zapatos.

En 1850, el papa restauró la jerarquía católica romana de Inglaterra, país que carecía de obispos católicos residentes desde que el rey Enrique VIII se proclamara a sí mismo jefe de la Iglesia local. La decisión provocó protestas públicas contra la resurrección del "papismo" en la protestante Inglaterra. Como converso más prominente al catolicismo romano, Newman fue un blanco privilegiado del vilipendio. En 1851, lo acusaron de difamación por haber denunciado los abusos sexuales cometidos por un ex sacerdote dominico, Giacinto Achilli, que, ante el público protestante, se hacía pasar por víctima de la Inquisición. N ewman tuvo también una desavenencia dolorosa con su amigo F. W. Faber, otro converso del anglicanismo, por la dirección de un segundo oratorio en Londres. No deja de ser interesante que uno de los motivos de la discordia fuera la afición de Faber a traducir las historias más peregrinas de los santos católicos, que Newman juzgaba absurdas y dañinas para la credibilidad de la Iglesia.

Pero las frustraciones más graves que sufrió en el cenit de su vida provinieron de ciertos obispos católicos. En 1851, lo invitó el arzobispo de Armagh, Paul Cullen, a establecer una universidad católica en Irlanda. Como trabajo preparatorio, Newman entregó una serie de discursos que se convertirían finalmente en su clásica obra sobre la educación, "La idea de una universidad". Lo que necesitaba la Iglesia de Irlanda -y, según creía Newman, también la de Inglaterra- era un laicado culto. Pero sus ideas sobre la enseñanza no coincidían con las de los obispos. Éstos pensaban en una universidad organizada como un seminario, con un programa de estudios limitado y bajo la firme dirección de los clérigos; Newman tenía de la educación universitaria un concepto más liberal, más clásico y más colegial: algo más parecido a Oxford, pero insertado en la tradición católica romana. Cullen no quiso saber nada de ese plan y tampoco el cardenal Manning, primado católico romano de Inglaterra. Cuando Newman fue invitado por su obispo a establecer en Oxford una "misión" colegiada para estudiantes católicos, Manning trabajó silenciosamente a sus espaldas para desbaratar el proyecto. Manning era, igual que Newman, un anglicano converso; pero, a diferencia de este, temía que los conversos educados en Oxford pudieran constituir una quinta columna del anglicanismo en el seno de la Iglesia católica romana. "Veo un gran peligro en cierto catolicismo inglés, cuyo exponente más destacado es Newman. Es el viejo tono anglicano, patrístico y literario de Oxford, trasplantado a la Iglesia", escribió Manning a un colega de Roma14. Newman, por su parte, pensaba que "la Iglesia debe prepararse para los conversos y los conversos, para la Iglesia". Preparación significaba para él educar mediante una enseñanza genuina. Al fin y al cabo observó respecto de su propia conversión, "quien nos convirtió en católicos no fueron los católicos; fue Oxford".

La mala suerte de Newman fue haberse hecho católico en un momento en que la dirección de Roma estaba visceralmente opuesta al pensamiento moderno. En 1864, el papa Pío IX publicó su notorio "Syllabus de errores", que Newman encontró superficial y abstracto; pero la recién restaurada jerarquía inglesa se hacía eco del conservadurismo de Roma. Él atribuía gran importancia a la obediencia eclesiástica y, por mucho que lo irritara la "tiranía" de Manning, guardó para sí muchas de sus opiniones. Su teoría del desarrollo de las creencias religiosas, por ejemplo, lo inclinó a aceptar la argumentación de Darwin en "El origen de las especies" (1859). "O iré hasta las últimas consecuencias con Darwin o renunciaré por completo al tiempo y a la historia, sosteniendo no sólo la teoría de las especies distintas, sino también la de la creación de rocas que contienen fósiles", le confesó a su cuaderno. Pero, en la práctica, se sentía obligado a proceder con cautela en sus declaraciones públicas; los guardianes de Pío IX estaban rastreando las provincias del norte en busca de incipientes herejes.

Aun así, lo cogió desprevenido la reacción de Roma ante un artículo que escribió en 1859 como redactor jefe de "Rambler", una revista católica inglesa. El artículo se titulaba "Sobre la consulta a los creyentes en materia de doctrina", algo que Roma de ningún modo pensaba hacer. Newman fue delatado inmediatamente por el obispo de Newport, Thomas Joseph Brown, como sospechoso de fomentar la herejía.

Informado de su transgresión, Newman se ofreció a aclarar cualquier pasaje ofensivo y, al final, el asunto quedó zanjado; pero tuvo que dimitir de su cargo de redactor jefe y, para Roma, su reputación siguió siendo dudosa. Monseñor George Talbot, agente de los obispos ingleses en el Vaticano, lo denunció como líder de un partido liberal disidente en el seno de la Iglesia inglesa. "Si no se les pone freno a los legos en Inglaterra, serán ellos los dueños de la Iglesia católica en lugar de la Santa Sede y del episcopado", previno a los funcionarios del Vaticano. A continuación, Talbot expuso su propia opinión sobre el tema. "Cuál es el dominio del laicado? La caza y los esparcimientos; de eso sí que entienden. Pero no tienen derecho alguno a inmiscuirse en los asuntos eclesiásticos (...). El doctor Newman es el hombre más peligroso de Inglaterra, ya se verá que utiliza al laicado en contra de Su Ilustrísima."

Cinco años después, fue atacado desde otro lado. Desde las páginas de una revista londinense, Charles Kingsley, un literato popular y capellán de la reina, infamó gratuitamente la integridad de Newman y, por extensión, la honestidad de todos los sacerdotes de obediencia romana. "La verdad como un fin en sí mismo no ha sido nunca una virtud del clero romano", escribió Kingsley, citando en apoyo de sus afirmaciones un sermón de Newman. Resultaba que dicho sermón lo había pronunciado varias décadas antes, en los tiempos en que era anglicano; pero cuando Newman hizo público tal hecho en una ingeniosa réplica, Kingsley respondió con otro libelo aún más intempestivo.

Ésa era para Newman la ocasión, en sus propias palabras, de "derrotar no sólo a mi acusador, sino también a mis jueces". En diez semanas de incesante trabajo, escribió, por entregas semanales, a menudo con el recadero del impresor aguardando a su lado, una exposición de los pensamientos que lo habían conducido a la conversión. El resultado, de quinientas páginas, fue su clásica "Apologia pro vita sua", obra tan poderosa, sutil y persuasiva que Newman se ganó la reivindicación no sólo de su persona, sino la de toda la Iglesia católica inglesa. En adelante, su reputación estuvo asegurada, en su país y en el extranjero, con excepción de unos pocos católicos reaccionarios, como el cardenal Manning, que seguían considerándolo un espíritu demasiado libre en materia intelectual. En 1870, a la "Apología" le siguió su igualmente exquisita "Grammar of Assent" ("Gramática del asenso"), un estudio filosófico y psicológico de la relación entre fe y razón. Queriéndolo o no, Manning tuvo que admitir que Newman era y continuaría siendo la voz más importante del catolicismo, tanto en el ámbito del pensamiento religioso contemporáneo como en el de los asuntos públicos de Inglaterra.

Cuando en 1869 se abrieron las sesiones del I Concilio Vaticano, Manning encabezaba el partido ultramontano, decidido a arrancar del concilio la más enérgica definición posible de la infalibilidad papal. Los ultramontanos no sólo querían un papa que se pronunciara infaliblemente sobre virtualmente todos los asuntos serios de índole moral e intelectual, sino que también deseaban que la condena, pronunciada por Pío IX contra el liberalismo, la separación de Estado e Iglesia, el progreso y todo el resto del "Syllabus de errores", fuera elevada a rango de dogma de fe para todos los católicos; Newman, en cambio, detestaba las fracciones dentro de la Iglesia, aun tratándose de fracciones papales, y, en materia de controversia, se oponía a las condenas bruscas: "Contra los meros errores teológicos hay que hacer valer los argumentos, no la autoridad; o por lo menos, los argumentos primero."

A pesar de sus opiniones avanzadas, tres obispos (entre ellos Brown, aquel que lo delatara a Roma) invitaron a Newman a asistir al concilio en calidad de consultor. Pero, tras sopesar los pros y los contras, decidió quedarse en casa; se dijo a sí mismo que el trabajo en gremios y en comisiones nunca había sido su fuerte y que no se sentía libre de hablar con franqueza en presencia de obispos, y anotó en su diario: "Nunca he tenido buenos tratos de amistad con mis superiores eclesiásticos, debido a mi timidez y al constante recuerdo de que estoy obligado a obedecerlos, lo que me pone nervioso y me impide hablar con desenvoltura, decir lo que pienso sin esforzarme o discutir con lucidez y con calma. Nunca sabría hacer "sentir" mi presencia."

Sabía que Pío IX estaba firmemente decidido a imponer el dogma de la infalibilidad y, aunque Newman mismo creía en la infalibilidad, se oponía a la definición formal de la doctrina por considerarla inoportuna e imprudente. No veía en el horizonte herejía alguna que requiriese una decisión tan severa. Además, pensaba que la infalibilidad debía ejercerse en el sentido de que el papa se pronunciase tras consultar con un concilio ecuménico de todos los obispos; temía que una declaración de la infalibilidad papal alentara al papa a actuar en solitario. Ante todo, veía la Iglesia como un organismo: ser un pensador de la Iglesia significaba pensar con la compañía del cuerpo entero de la Iglesia, no solamente con la de quien ocupara el trono de san Pedro; y Newman sabía que esas opiniones lo volvían sospechoso a los ojos del Vaticano.

Tras muchas maniobras y sometidos a considerable presión por Pío IX, los padres conciliares aprobaron una constitución, tutulada "Pastor aeternus", en la que se definía la infalibilidad del papa y su jurisdicción inmediata sobre todos los católicos romanos. Pero la formulación definitiva del documento era cautelosa, limitada y deliberadamente vaga; para consternación de Manning y de otros ultramontanos, la infalibilidad no se hacía extensiva a toda declaración papal ni se aludía a la inspiración divina de los sumos pontífices. A su regreso a Inglaterra, sin embargo, Manning publicó una carta pastoral sobre el concilio, en la cual se exageraba el alcance que de la definición había dado el concilio mismo. Newman sabía que era una exageración, pero tenía tal fe en la Iglesia que le impedía perder la esperanza en la obra de Pío IX. Confió a su diario:

"No es bueno que un papa dure veinte años. Es una anomalía y no trae buenos frutos; el papa se convierte en un dios, no tiene quien lo contradiga, no conoce los hechos y comete crueldades sin pretenderlo. Durante los últimos años, mi consuelo personal ha sido la presencia de Nuestro Señor en el Tabernáculo. De la dureza de la autoridad externa me vuelvo hacia Él, que puede compensar infinitamente estas pruebas que, después de todo, no son reales (...)".

A un amigo suyo le escribió estas palabras que, a la luz de la decisión de Juan XXIII de convocar, un siglo después, -el II Concilio Vaticano, resultarían proféticas: "Seamos pacientes, tengamos fe; un nuevo papa y un nuevo concilio tal vez enderecen la nave."

Newman no tenía pensado pronunciarse públicamente sobre el tema de la infalibilidad, pero la noticia del dogma irritó a la Inglaterra protestante. William Gladstone, el anterior primer ministro, publicó un ensayo en el cual afirmaba que, a la luz de la definición de la infalibilidad papal, enunciada por el concilio, los católicos no podían ser a la vez súbditos leales del papa y de la Corona británica.

El ataque de Gladstone exigía una respuesta y, a sus setenta y tres años, Newman volvió a empuñar la pluma. En su célebre "Carta al duque de Norfolk", responsabilizó a los ultramontanos de que Gladstone hubiera entendido mal la posición católica. Arguyó que los actos de los papas no obedecen a una inspiración personal de Dios; si un papa tomara una decisión que resultase ser inmoral, los católicos no estarían obligados por ella. "Como persona particular", escribió, la autoridad de la palabra del papa "no tiene absolutamente ningún peso". Aseguró que no había nada en la declaración del. concilio que pudiera subvertir la inviolabilidad de la conciencia personal. "Por cierto, si se me obliga a llevar la religión a un brindis de sobremesa (que, de todos modos, no parece un lugar muy adecuado), brindaré... por el papa, si ustedes quieren, pero siempre por la conciencia primero y por el papa después."

La respuesta de Newman no sólo convenció al receloso público inglés, que desde entonces lo miraría con orgullo como una gloria nacional, sino que incluso Manning mismo aceptó la interpretación de su adversario. En 1874, Trinity, el antiguo colegio de Newman, le alegró los años de vejez al nombrado su primer socio honorario. Aunque seguía prohibido el acceso a Oxford de los católicos, Newman no dejó nunca de añorar el Trinity College; la boca de dragón que crecía en el muro, frente al cuarto que ocupó como estudiante de primer curso, era para él el emblema de "mi residencia perpetua en la universidad, hasta la muerte". Se alegró de regresar para asistir al banquete. Aquel mismo mes murió Pío IX. Cinco años después, a instigación de varios legos católicos prominentes -y a pesar de algunas maniobras de Manning-, el nuevo papa, León XIII, nombró a Newman su primer cardenal. Para el anciano polemista era la reivindicación final de su vida como católico y, pese a su decrepitud progresiva, viajó personalmente a Roma para recibir la birreta.

A su muerte, Newman fue celebrado como un sabio de la era victoriana. Su reputación era tal que aparecieron necrologías en mil quinientos periódicos del mundo entero. En Birmingham, una multitud, estimada en entre diez y quince mil personas, se agolpó en las aceras de las calles por las que pasaba el féretro en su camino del Oratorio hacia la tumba de Rednal, el retiro de los oratorianos, situado a unos once kilómetros de distancia, en donde sus restos descansan hasta el día de hoy. "The Times", de Londres, no fue el único periódico que subrayó la posibilidad de la canonización de Newman; entre otros, el "Evangelical Magazine", publicación aceradamente protestante, afirmó que, "de la multitud de santos que hay en el calendario romano, pocos podrán considerarse más merecedores de tal título que el cardenal Newman"

LA LARGA MARCHA HACIA ROMA

Dada tal reputación de santidad, ¿por qué tardó la causa de Newman un siglo entero en llegar a Roma? Tres razones son evidentes de inmediato.

Primero, la Iglesia inglesa era demasiado pequeña, demasiado pobre y carecía de toda experiencia en los intrincados protocolos de la creación de santos. Además, durante los cincuenta años que siguieron a la muerte de Newman, Inglaterra se vio dos veces amenazada por guerras mundiales, lo cual no es un contexto muy idóneo para iniciar un proceso de canonización.

Segundo, a medida que iban muriendo quienes lo habían conocido bien, la reputación de Newman sobrevivió, ante todo, a través de sus escritos; es decir, se lo admiraba por las cualidades de su inteligencia y por la elegancia de su prosa, y también por su integridad, pero no necesariamente por las virtudes heroicas en las que se basa una reputación popular de santidad. Su primer biógrafo importante, Wilfrid Ward, que lo conoció personalmente, lo presentaba como una persona más bien fría e hipersensible, lo cual no es precisamente el perfil que se espera de un santo. Cuando la biografía de Ward apareció en 1912 en dos volúmenes, las recensiones no hicieron hincapié en la santidad de N ewman.

Tercero, las nubes que se cernieron sobre Newman en los días de su apogeo como polemista no se habían disipado del todo por su elevación al cardenalato. En Inglaterra, la dirección de la Iglesia seguía más bien los pasos de Manning que los de Newman. En Roma, murió León XIII y lo sucedió Pío X, cuya encíclica "Pascendi" (1907) desató una despiadada campaña de vigilancia, encaminada a indentificar -y, en muchos casos, a excomulgar- a los intelectuales y eruditos inficionados por una serie de ideas liberales que el papa etiquetó como modernismo. Tanto a los cazadores como a los cazados, Newman les parecía, cuando menos, un protomodernista. Wilfrid Ward leyó "Pascendi" y pensó que las condenas del papa seguramente afectaban a Newman; y lo mismo pensó el sacerdote irlandés George Tyrrell, uno de los exponentes más destacados del modernismo, excomulgado en 1907. Los oratorianos defendieron a Newman y, finalmente, lograron rehabilitarlo. Aun así, sus ideas más progresistas (la insistencia en que las doctrinas de la Iglesia evolucionan y no pueden entenderse cabalmente, sino en el contexto histórico; el concepto del laicado como un instrumento más activo que pasivo en manos de los clérigos; el énfasis en la prioridad de la conciencia individual; la actitud abierta al pensamiento moderno y el repudio del árido escolasticismo que dominaba la teología católica romana; y las reservas ante la doctrina de la infalibilidad papal tal como la definió el I Concilio Vaticano siguieron desazonando a Roma durante la primera mitad del siglo XX y no fueron oficialmente aceptadas hasta el II Concilio Vaticano. Newman continuaba siendo inviable como candidato a la santidad porque Roma no canoniza a los pensadores cuyas ideas aún no ha hecho suyas.

Es significativo que fue entre los católicos norteamericanos, tan distintos de los ingleses o los italianos en sus esfuerzos de relacionar la fe con la cultura y la política, donde surgieron los primeros movimientos en pro de la canonización de Newman. Las primeras estampas con una oración, en apoyo de la causa de Newman, aparecieron en 1935 en Toronto (Canadá), bajo la dirección del arzobispo George McGuiginan. El primer genuino clamor público se alzó seis años después cuando "America", revista de los jesuitas, editada en Nueva York, publicó una carta al director en la que se pedía con urgencia la canonización del cardenal. Durante cuatro meses consecutivos, la revista siguió publicando cartas que apoyaban la idea. No era a Newman como cardenal de la Iglesia a quien estaban aclamando ni a Newman como hombre piadoso; sino al pensador católico, cuya lucha con las exigencias de la fe y de la integridad intelectual reflejaba la suya propia.

Éste era, al menos, el Newman que conocía yo de las lecturas de mis años de estudiante. De todos los personajes que la congregación estaba preparando para juicio, él me parecía el único cuya vida y virtudes encerraban todavía algún mensaje para los cristianos de finales del siglo xx. Fui a Inglaterra, pues, animado, en grado no desdeñable, por la expectación que siente todo peregrino. cuando se pone en camino hacia el santuario de un santo favorito.

El Oratorio de Birmingham permanece tal como él lo construyó: una mole de ladrillos -un millón setecientos mil, según el recuento del propio Newman- que contiene una iglesia, una biblioteca y los cuartos que albergan a la comunidad de una docena de sacerdotes y hermanos. El pequeño cuarto de Newman, con una cama a un lado y estanterías para libros al otro, se ha conservado tal como estaba el.día de su muerte. Aquí vivió Newman desde 1852; y aquí se abrigó contra el frío con sus prendas predilectas, que eran la capa y la muceta académicas de Oxford. En una pared hay una colección de retratos de los hombres de Oxford que lo acompañaron en su paso a la Iglesia de Roma. El escritorio está iluminado por una lámpara que le regaló Gladstone, y encima de él, hay una carta que escribió a sus padres a la edad de siete años, con letra clara, formal y precisa. Una libreta contiene los apuntes que hizo entre 1812 y 1834. En un rincón cuelgan la birreta, el crucifijo y la sotana, y al lado de la cama, está el reclinatorio. Al examinar sus libros, vi que nada estaba marcado: Newman respetaba demasiado los libros como para escribir en ellos más que su nombre, que consignaba en la cubierta interior. Tomé al azar algunas cartas y elegí una de 1867, la cual -cosa característica- respondía a un ataque personal: "Los hombres santos nos enseñan que es meritorio soportar en silencio cualquier insulto que se nos dirija, a menos que se refiera a la pureza de nuestra fe católica." Toqué el papel con delicadeza, como si se tratara ya de una reliquia de segunda clase.

-Supongo que tendremos que cerrar esta habitación una vez lo hayan hecho santo -comentó el hermano Martin, quien me guiaba por la casa-. Vaya fastidio. Tendremos que instalar abajo una especie de exposición de su ropa y de sus retratos, para los turistas. No podemos permitir que entren aquí multitudes de gente.

Como muchos otros miembros del Oratorio, el hermano Martin es un converso de la Iglesia anglicana principalmente por haber leído a Newman. "Su manera de pensar se convirtió en la mía", explicó concisamente. Pedí que me dejara ver la biblioteca, y me condujo a una sala elíptica que contenía veinte mil libros; la mayoría pertenecieron a Newman. En un lateral estaba el pupitre en el que compuso su "Apología". Como Hemingway, Newman prefería escribir sus obras más extensas de pie. Sus archivos están dispersos por toda la casa y contienen en total unos ciento veinte mil documentos, que forman el copioso fundamento de su causa. Hace décadas que los estudiosos acuden al Oratorio para documentarse sobre Newman, y tan sólo la colección, edición y publicación de sus cartas sostiene toda una industria casera.

Aun así, el Oratorio es algo más que un santuario dedicado a su célebre fundador, y el preboste, el padre Gregory Winterton, que me tomaba por uno más de los peregrinos adoradores de Newman, me corrigió amablemente.

-No se equivoque -dijo durante la comida en el refectorio-, esta casa es él mismo. Pero nuestro apostolado es para la gente que llama a nuestra puerta. Esto es una parroquia. Tenemos una escuela, decimos misas, escuchamos confesiones; y muchas. Newman hacía lo mismo, pero ésa es una faceta suya que desconoce la mayoría de la gente que viene aquí. La espiritualidad oratoriana es modesta. Vayamos despacio, decimos nosotros; y por eso esta comunidad nunca ha sido muy dada a pregonar a Newman a bombo y platillos.

-Entonces, ¿quién lo hizo? -pregunté-. ¿Los norteamericanos?

-No. Quien lo puso en marcha fue el padre Henry Francis Davis, que enseñaba a Newman en sus clases del seminario diocesano de Birmingham. Alrededor de 1944 dio con un libro escrito en francés, de Louis Bouyer, un converso y sacerdote del Oratorio francés. Era el primer libro que trataba la espiritualidad de Newman como hombre y no sólo como pensador y eso le dio a Davis la idea de que a Newman habría que hacerlo santo, así que escribió un artículo en el que pedía la introducción de la causa de Newman y lo envió a todos los obispos de habla inglesa del mundo entero, solicitando su apoyo. Obtuvo una respuesta favorable; lo bastante, de todos modos, para venir al Oratorio de Birmingham a pedir a los padres que promovieran la causa. Muchos de los padres de mayor edad estaban en contra; algunos pensaban que entorpecería el ministerio pastoral de la parroquia. Y, como yo decía, encumbrar a uno de los nuestros no es muy acorde a los principios que tenemos los oratorianos.

En 1955, el Oratorio decidió finalmente apoyar la causa y vio una carta al obispo de Birmingham, Francis Grimshaw, pidiéndole que iniciara el proceso ordinario. Pero Grimshaw, preocupado por los gastos que el proceso ocasionaría a la diócesis vaciló tres años antes de decidirse a actuar. La causa tropezó desde el principio con graves problemas.

-Los italianos lo saben todo cerca de la creación de santos; nosotros no teníamos ninguna experiencia en eso -recuerda Winterton-. Nombramos, por ejemplo, a cuatro hombres para el tribunal diocesano, en vez de tres, como requiere la ley canónica. Comenzaron a interrogar a algunas personas que habían conocido a Newman, pero todo lo que sabían se refería a la vejez del cardenal. No nos sirvió para mucho. Davis era el vicepostulador. Pero era demasiado blando; no es el tipo de persona capaz de andar incordiando a los obispos para conseguir su apoyo. De todos modos, el tribunal duró sólo nueve meses y no dio muchos resultados. Luego, nos escribió Roma diciendo, miren, el proceso ordinario no sirve, hace demasiado tiempo que Newman está muerto y, si quieren beatificarlo, habrá de ser a través de un proceso histórico basado en documentos escritos.

A lo largo de los años sesenta y parte de los setenta, el padre Charles Stephen Dessain, el archivista de los oratorianos, fue revisando poco a poco la ingente cantidad de escritos dejados por Newman y preparó ediciones críticas de su correspondencia. Pero la causa en sí no avanzaba. En 1973, el papa Pablo VI les preguntó a los oratorianos hasta dónde había progresado el proceso, quería beatificar a Newman durante el inminente Año Santo de 1975. El interés del papa impulsó a Winterton a actuar. Lo que la causa necesitaba era, además de la preparación de los documentos, una promoción vigorosa; algo que parecía ajeno a la actitud reservada de los católicos ingleses. En 1974, se presentaron en el Oratorio dos monjas de "The Work", un instituto internacional de religiosas. Parece ser que la madre superiora leyó a Newman y encontró en él un alma hermana. Con el permiso de los oratorianos, abrió en Roma un centro dedicado al cardenal. Al año siguiente, el centro celebró un simposio sobre él y lo completó con una misa en San Pedro, a la que asistieron siete cardenales, lo cual causó gran impresión en Roma.

-Me pareció que era hora de seguir adelante -me dijo Winterton, que ha sido superior del Oratorio de Birmingham durante más tiempo que nadie desde Newman mismo. Fuimos a ver al arzobispo George Dwyer, de Birmingham, y, tras algunas vacilaciones, nombró a un nuevo vicepostulador para recaudar fondos y, en 1979, estableció una nueva comisión histórica para investigar la vida, las virtudes y la reputación de santidad. También fundamos el grupo de "Los amigos de Newman", con el fin de fomentar las oraciones; esas cosas que se hacen para coleccionar favores divinos.

La nueva comisión estaba presidida por un historiador estadounidense, el jesuita Vincent Blehl, un especialista en Newman de la Fordham University, de Nueva York; entre los otros miembros estaban el padre J. Derek Holmes, historiador eclesiástico de la Universidad de Ushaw, Inglaterra, y el señor Gerard Treacy, el historiador que había sucedido al fallecido padre Dessain como archivista del Oratorio. Su tarea era formidable. Aparte de examinar todos los escritos del propio Newman, que abarcan noventa volúmenes, en cuanto a su significado teológico y espiritual, la comisión tuvo que investigar las cartas, memorias, autobiografías y biografías de sus amigos, colaboradores y enemigos. Solamente las cartas escritas a Newman o acerca de él mientras vivía eran entre cincuenta mil y setenta mil. Además, la comisión coleccionó los materiales secundarios y ocasionales, tales como artículos aparecidos en periódicos y revistas, biografías de Newman e incluso las recensiones de las mismas. En 1980, la bibliografía de los estudios secundarios sobre el candidato incluía cinco mil títulos, sin contar los artículos de prensa y las noticias breves. Finalmente, la comisión examinó entre setenta mil y noventa mil cartas más, que trataban de él y fueron escritas, tras su muerte, a su albacea literario, el Oratorio, y a los vicepostuladores, en busca de pruebas de una reputación de santidad continuada. En mayo de 1986, la comisión concluyó su trabajo y presentó al tribunal diocesano un texto de seis mil cuatrocientas ochenta y tres páginas sobre la vida, las virtudes y la reputación de santidad de Newman.

Entre los oratorianos, nadie duda de la santidad; ellos esperan que Roma comparta su criterio. Están divididos, sin embargo, sobre qué hacer con sus restos mortales una vez esté beatificado. Newman expresó el deseo de ser enterrado en Rednal, en la misma tumba donde yace el cuerpo de su amigo más íntimo Y cofrade oratoriano, el padre Ambrose St. John; pero ya ahora llegan autocares enteros llenos de peregrinos de países tan lejanos como Alemania o Ucrania, y los oratorianos tendrán que decidirse: ¿deben seguir respetando los deseos del cardenal, o será mejor construir una capilla en el interior de la iglesia parroquial, en donde el cuerpo pueda ser a la vez venerado y protegido? "Es un gran problema -señaló Winterton-. Es imposible tener continuamente a un hombre en Rednal." Pero él sabe que transformar la iglesia en un santuario tampoco hubiera sido del agrado de Newman, un hombre que jamás, ni como anglicano ni como católico romano, fue amigo de pompas y rituales.

En todavía menor estima tenía Newman la hagiografía católica, y durante el vuelo de regreso a Roma, traté de imaginar cómo hubiera reaccionado ante el enorme esfuerzo que se está realizando ahora, a fin de transformar su vida en un texto apto para ser juzgado por la congregación. En sus obras completas se halla un controvertido escrito sobre "Los santos antiguos", inicialmente publicado en el "Rambler", en el cual rechaza las biografías católicas de santos al uso como una forma de vivisección moral:

"Yo les pido (a las biografías de santos) algo más que ese tropezar con las "disjecta membra" de lo que debiera ser un todo viviente. No suscitan en mí sino un interés secundario aquellos libros que despedazan a un santo en capítulos sobre fe, esperanza, caridad y virtudes cardinales. Esos libros son demasiado científicos para ser devotos (...). No presentan a un santo, lo desmenuzan en lecciones espirituales (...)."

"Una dificultad análoga experimento con los hagiógrafos cuando agrupan sus materiales no por años, sino por virtudes. Una lectura tal pertenece a la ciencia moral más que a la historia; y ni siquiera eso: porque se descuidan las consideraciones cronológicas, mezclando indistintamente la juventud con la edad adulta y la vejez. De ese modo, no puedo seguir, para mi propia edificación, el solemne conflicto que se libra en el alma entre lo que es divino y lo que es humano, ni las eras de las sucesivas victorias obtenidas por los poderes y los principios divinos. No puedo discernir si hubo heroísmo en el joven, si no hubo tentación y flaqueza en el viejo. No estaré en condiciones de explicar los actos que requieren explicación, porque la edad de los actuantes es la clave verdadera para penetrar en su vida interior. Acabaré cansado y desilusionado y volveré con gusto a los Padres."

Newman disfrutaba al leer las cartas personales de los antiguos padres de la Iglesia, como Basilio, Agustín o Juan Crisóstomo, porque, al leerlas, tenía la sensación de encontrar "la verdadera vida, oculta pero humana", de los santos y veía cómo se enfrentaban a las cuestiones controvertidas de su tiempo: "Quiero oír conversar a los santos (...). No me conformo con contemplados como estatuas (...). En lugar de escribir tratados doctrinales formales, ellos escribían controversias; y sus controversias son, a su vez, correspondencia (...). Escribían para la ocasión, y raras veces se sometían a un plan cuidadosamente elaborado."

Es obvio que también él pertenecía a esa clase de autores; pero, mientras que los antiguos padres de la Iglesia fueron canonizados por aclamación popular, Newman y sus escritos tendrían que sufrir el proceso de verse compendiados y adaptados al molde de una "positio" formal, con las virtudes requeridas anotadas y numeradas como si de los dedos de sus manos se tratara. Yo había examinado ya, por entonces, bastantes "positiones" para saber que los autores en raras ocasiones lograban presentar a los candidatos enteros y sin mengua de su personalidad; me pregunté si el Newman "auténtico", aquel personaje tan entrañablemente humano, cuya personalidad palpitaba tan poderosamente viva en cada una de las páginas que escribió, sobreviviría al proceso de canonización. ¿Qué podía agregar una "positio", por muy larga y detallada que fuese, a lo que estaba ya presente, de forma tan conmovedora y accesible, en sus escritos?

Planteé esos interrogantes al padre Blehl, el postulador de la causa y, como colaborador de Gumpel, encargado de escribir la "positio". Blehl editó un volumen de cartas de Newman, con motivo de su disertación doctoral en Harvard en 1958, y, desde entonces, se ha dedicado sin interrupción al estudio del cardenal. Entrecano y bastante formal, para ser un jesuita norteamericano, Blehl aspira, nada más y nada menos, a ser el estudioso que presente "la prueba objetiva" de la santidad de Newman. Pero es un principiante en el arte de hacer santos y, durante la comida en Roma, hablando ante una robusta botella de Nebbiolo d'Alba, parecía aterrado por las complicadas exigencias del sistema de creación de santos. Y no le faltaban razones: raras veces la congregación se topará con un candidato que haya escrito tanto ni acerca de quien se haya escrito tanto.

No era preciso recordarle a Blehl la repugnancia que experimentaba Newman al leer las vidas despedazadas de los santos católicos, el jesuita conocía bien el pasaje; fue él quien me recordó a mí que una "positio" no es una biografía, sino un documento cuyo fin es ofrecer una argumentación convincente en favor de la santidad personal del candidato. Blehl consideraba, sin embargo, que en su trabajo no podía pasar por alto la mitad anglicana de la vida de Newman; si bien, la congregación suele tener en cuenta, en los casos de conversos, solamente su vida como católicos romanos.

-Yo veo una gran continuidad en su vida -me dijo-. Su trayectoria espiritual comenzó en la Iglesia anglicana, y él nunca renunció a nada de lo que consideraba compatible con lo que creía. Su propio empeño era seguir "la luz y el llamamiento", como él lo llamaba. Mi trabajo es examinar su vida y sus escritos desde la perspectiva de sus esfuerzos para servir a Dios y por seguir las instrucciones que recibió del papa para organizar el Oratorio de Birmingham.

Blehl se declaró satisfecho de que la investigación de las virtudes no se hubiera iniciado antes de que se publicasen todas sus cartas y sus diarios, sin los cuales no era posible documentar ni apreciar plenamente la vida interior de Newman, la dimensión que no resultaba evidente de sus escritos. Entre las virtudes, Blehl subrayó la humildad que mostró ante las repetidas frustraciones que experimentó como católico, especialmente por culpa de Manning y de otros obispos ingleses; jamás se quejó a sus compañeros del Oratorio, que se sorprendieron al leer esas frustraciones, después de su muerte.

-Para mí es por eso por lo que fue un santo -me confesó-. La gente decía que era escéptico, fideísta, liberal...; había tantas calumnias contra Newman en su tiempo que, cuando empezamos a ocupamos de su causa, nos dimos cuenta de que otros estudiosos habían aclarado ya la mayor parte de esos problemas.

Hay, sin embargo, un aspecto de la vida de Newman que, en opinión de Blehl, sólo la "positio" ilumina adecuadamente: su dedicación a los ideales espirituales del Oratorio. Es éste el aspecto de Newman del que el público lector sabía poco, o poco le importaba, pero es también la faceta que la congregación examinaría más atentamente en busca de pruebas de virtud heroica.

-Ya sabrá usted que de los oratorianos se esperaba que trabajaran tranquilamente y sin mucha publicidad -observó Blehl-. Su tarea consistía en sanar las divisiones dentro de la comunidad católica, no aumentadas; sumergirse en el ambiente de la ciudad en donde estaba situado el Oratorio.

Gran parte de la "positio" se centrará en la demostración de que Newman, lejos de ser un individualista en su lucha por la santidad personal, hizo todas las cosas que se esperaban de un oratoriano, y las hizo bien. A pesar de su excelencia y de sus grandes dotes intelectuales, arguye Blehl, las pruebas evidencian que estaba siempre dispuesto a asumir las tareas de otros.

-Llevaba las cuentas de la escuela del Oratorio, escribía cartas a los padres de los alumnos sobre la conducta de sus hijos, dirigía obras de teatro en latín y hasta quitaba el polvo de los libros de la biblioteca. Estaba al servicio de los parroquianos, en su mayoría pobres, escuchaba confesiones a diario, predicaba y dirigía las diversas misiones que visitaban las cárceles, los hospicios y los orfanatos. Y en el último año de su vida, medió personalmente en una disputa entre los obreros católicos de la fábrica de chocolate de Cadbury, a quienes los patronos cuáqueros forzaban a asistir a clases diarias de instrucción bíblica, so pena de perder el trabajo. Como decía un viejo oratoriano: Newman llevó hasta la perfección el arte de ser uno más.

El juicio personal de Blehl es más generoso todavía: "Hay pruebas de que Newman vivió siempre en la presencia de Dios", dice.

Pero de lo que se trata es de demostrar que otros pensaban lo mismo. Como otros postuladores, Blehl debe demostrar que su candidato ha gozado de una continua reputación de santidad. También en ese punto cree que el trabajo de la comisión histórica ha aportado los mayores beneficios.

-La influencia espiritual de Newman sobre otros se inició durante su vida. Tenemos cartas, miles de cartas, de católicos, anglicanos, metodistas, presbiterianos, que escribían cosas como: "Por debajo de Dios, debo mi alma a Newman." Eso es una afirmación muy fuerte. Y, desde su muerte, y especialmente desde que se introdujo la causa, hemos recibido cartas de una serie de personas que aseguran que se convirtieron [al catolicismo] por Newman. Hay cartas que dicen que habría que canonizado y otras que afirman que debiéramos rezar no por Newman, sino a Newman. Para mí, y es también el criterio de la comisión histórica, esa influencia espiritual es un milagro moral.

Sabía que a los jesuitas les gustan los milagros morales, aunque Eszer y otros dominicos los vean con poco agrado.

-Los milagros no se convirtieron en un requisito previo de la canonización hasta la Edad Media -me recordó Blehl, si bien juzgaba poco probable que la congregación aceptara la influencia espiritual de Newman como equivalente de una curación milagrosa.

Me dijo que la postulación había reunido numerosos testimonios de "gracias" y "señales divinas" atribuidas a la intercesión de Newman, pero nada que pudiera pasar por un auténtico milagro. Por irónico que parezca, se halló un milagro para Domenico Barberi, el sacerdote italiano que en 1845 recibió a Newman como miembro de la Iglesia católica. Barberi fue beatificado en 1963.

De mis conversaciones con el padre Winterton sabía que, por algún tiempo, estuvo confiando en que Newman sería beatificado en 1988, canonizado en 1989 y declarado doctor de la Iglesia en 1990, el centenario de su muerte. Pero esa agenda resultó demasiado optimista; Blehl no acabó la "positio" hasta el verano de 1989.

Puede que haya sido el pensador católico más grande de su tiempo; que haya ocasionado, con el ejemplo de su vida y con sus escritos, centenares de conversiones; que con su temple personal, la valentía de su pensamiento y su elevado don del lenguaje haya capacitado a innumerables católicos a perseverar en la fe, pese a la inclemencia de ciertas políticas papales; que haya resultado más providente y de vigencia más duradera que los teólogos profesionales más cautelosos; que haya sido, como sostienen algunos, el padre remoto del II Concilio Vaticano; pero, hasta que no presente alguien un milagro verificable, obrado por su intercesión, la causa permanecerá en un estado de desarrollo detenido.

Juan Pablo II, o cualquiera de sus sucesores, podría obviamente eximir a Newman de la exigencia de un milagro, pero eso sentaría más de un precedente. Ninguno de los grandes padres de la Iglesia, cuyos escritos Newman alababa, fue considerado santo principalmente por sus aportaciones intelectuales a la fe. San Jerónimo, por ejemplo, traductor de la Biblia al latín, era un asceta y san Agustín fue obispo de una diócesis importante. Incluso la causa de Tomás de Aquino, hoy considerado el filósofo y teólogo más eminente de la Iglesia, tropezó en cierto momento con dificultades cuando el "abogado del diablo" descubrió que Tomás había obrado demasiados pocos milagros mientras vivió [en ciertos momentos, los partidarios de su causa arguyeron que los libros de Tomás eran ya de por sí milagrosos por su sabiduría]. En el discurso de canonización, el papa Juan XXII alabó no solamente los logros intelectuales de Tomás de Aquino, sino también su virginidad perpetua... y el hecho de tener en su haber nada menos que trescientos milagros póstumos. En efecto, su fama de taumaturgo era tal que, mucho antes de su canonización, varios grupos rivales de frailes se disputaron sus restos: un grupo le cortó la cabeza, otro una mano y, antes de que el cadáver mutilado pudiera hallar su descanso definitivo, se le quitó la carne, haciéndolo hervir en agua, para que los huesos pudieran guardarse cómodamente en un relicario.

Parece poco probable que Newman llegue algún día a suscitar semejante frenesí (y se supone que sus restos están a salvo); pero ¿quién sabe si alguna vez se hallará un milagro aceptable? La cuestión es, por supuesto, si hace falta. ¿Qué puede agregar la canonización a un hombre cuya influencia iguala la de cualquier otro santo creado por la Iglesia en los últimos cuatrocientos años? ¿Disminuirá la reputación de santidad de Newman si los milagros necesarios para la beatificación y la canonización no se producen?

Lo importante es que, por mucho que la Iglesia necesite a santos como Newman, el proceso de canonización no comprende todavía en grado suficiente el valor de los dones intelectuales. Los intelectuales y artistas religiosos actúan como mediadores de Cristo de una manera que sólo es accesible a un pensamiento y arte poderosos, y, por tanto, sirven como modelos de santidad en los ámbitos más elevados de la cultura. Su ascetismo no es el ascetismo del monje enclaustrado, sus revelaciones no son las revelaciones del místico, y sus sufrimientos, por muy grandes que a menudo sean, no son los sufrimientos de los mártires.

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