XVI. CARACTERÍSTICAS PECULIARES DE LA DIRECCIÓN ESPIRITUAL DE DIVERSAS PERSONAS
Nuestro Padre, refiriéndose al modo en que sus hijos sacerdotes deben desempeñar su misión de dirección espiritual, escribió: «Todas
las almas que se les han confiado deben estar en su
corazón; han de conocerlas una a una y comprenderlas a todas, con sus
equivocaciones, con sus flaquezas, con sus errores -no
son sinónimas estas palabras- y también con sus virtudes, con sus
posibilidades, que han de orientar y encauzar para que
respondan a lo que el Señor les pide»1.
Es preciso, pues, conocer lo mejor posible a las personas, para poder ayudarlas de acuerdo con sus condiciones particulares, sabiendo aplicar las normas generales -con caridad y comprensión- según las
necesidades de cada uno, y teniendo siempre muy presente que la labor de
dirección espiritual -como ya se ha dicho-, es de carácter sobrenatural, y que no se trata de hacer psicología, sino de «prevenir la reacción de
las almas. No hablo de métodos psicológicos: es ascética.
Hay que preparar a las almas como el médico prepara el cuerpo,
antes de hacer una operación»2.
Por este motivo, se recordarán a continuación algunos rasgos comportamentales que suelen
acompañar a las personas, por razón de su edad,
sexo, condición,, etc., y que pueden ser útiles al sacerdote en su labor de dirección espiritual,
1.
De nuestro Padre, Carta, 29-IX-57, n. 21.
2.
Ibid., n. 25.
227
1. DIRECCIÓN ESPIRITUAL DE NIÑOS
Por infancia se entiende el periodo de la vida que va desde el nacimiento a la pubertad. La edad límite se suele poner hacia los 12 años. Antes de llegar al uso de razón los niños desconocen el alcance moral de sus acciones: hacen depender lo malo y lo bueno del juicio de las personas mayores, de las que reciben un premio o un castigo por lo que han realizado. A partir de los 7 u 8 años aproximadamente -o incluso antes-, comienzan a captar los principios morales y se hacen cargo paulatinamente del alcance moral (objetivo) de sus actos, y de su consiguiente responsabilidad moral: empiezan a comprender que las obras son buenas o malas por su objeto moral y también se dan cuenta de la importancia del fin (intención) como otro elemento determinante de la moralidad3.
Al emitir un juicio dirigido a un niño, conviene razonarlo de modo adecuado a su inteligencia, pero con lógica y evitando argumentos que sólo sirvan a la comodidad o a la defensa de la autoridad de los mayores, porque esto podría llevarle a creerse incomprendido o tratado con injusticia.
A través del sacramento de la Penitencia se puede ir formando la conciencia de los niños, teniendo presente que en esta fase confunden frecuentemente el error con la culpa, el defecto con el pecado. Aunque no tengan aún formada por completo la conciencia moral, sin embargo suelen ya intuir de modo más o menos claro la bondad o maldad intrínseca de determinadas acciones. El sacerdote ha de ir explicando los motivos de que sea así.
La labor del director espiritual será fundamentalmente de consejo. Habrá que valorar con prudencia si las mentiras, desobediencias, etc., del niño constituyen realmente pecados, para ayudarle a que se forme la conciencia en estos aspectos. De ordinario, en las charlas no hace falta argumentar demasiado las razones que se aducen, basta la autoridad del direc-
3. Sobre la valoración de algunas conductas de los niños, se puede señalar lo siguiente: antes de los 7 años las mentiras no son auténticas, y de ordinario no deben valorarse con los principios aplicables a un adulto. Los niños suelen mentir a veces por maravillar, otras llevados por su fantasía, por juego o por escapar inconscientemente de un peligro o castigo. Si las mentiras fuesen muy frecuentes habría que pensar en un trastorno de adaptación. Las desobediencias pueden surgir por diversos motivos; también porque los adultos coarten en demasía su espontaneidad: es lo que sucede a veces, por ejemplo, con las madres «sobreprotectoras», que con su excesivo control provocan en el niño una reacción de rechazo.
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tor espiritual y que lo que se dice sea razonable; por eso, será suficiente dar una sencilla explicación, un motivo para apoyar el consejo.
Las conversaciones han de ser cortas -no más de diez minutos-, con indicaciones breves y concretas. Es importante no perder esa autoridad y confianza, para lo cual convendrá -como detalle práctico- que el sacerdote recuerde los propósitos de lucha que ha sugerido al chico.
Conviene estimular las incipientes virtudes humanas del niño. Como es más activo que reflexivo, interesará insistir en puntos como la lucha contra la pereza, en todos los campos -estudio, aseo personal, puntualidad al levantarse, etc.-, y en las virtudes humanas como la sinceridad, lealtad, compañerismo, fortaleza, generosidad, exigencia personal, etc., proponiéndoles siempre un motivo sobrenatural acomodado a su capacidad intelectual -por ejemplo, una intención apostólica, las misiones-, de tal modo que vayan descubriendo el mundo sobrenatural y la vida de piedad.
Conviene recordarles con frecuencia que recen sus oraciones acostumbradas -de la mañana, de la noche, etc.-, enseñándoles industrias humanas para no olvidarse; y que lo hagan con sencillez y piedad, sabiendo que al rezar se están dirigiendo a Jesús, a la Virgen Santísima, a los Angeles Custodios, etc. Este es un tema sobre el que también conviene tratar con los padres: importancia de la oración en familia, procurando que lo hagan también los hijos en la medida de su edad; enseñar a los hijos -sobre todo con el ejemplo- a rezar y acudir a Dios.
Habrá que insistir también a los padres en su obligación de formar doctrinalmente a los niños, incluso ayudándoles ellos mismos a estudiar el catecismo. Lógicamente, esto es todavía más importante si ese aspecto se descuida o se hace de modo incorrecto en el colegio.
Respecto a la virtud de la pureza conviene tener en cuenta que en los niños los problemas suelen presentarse en el terreno de los actos, realizados a veces por juego, o por inducción de una persona mayor, o por imitación de cosas que han visto, o por curiosidad; puede ocurrir que suceda con otros niños de su mismo sexo -el significado es distinto que en los mayores-, compañeros de juegos o parientes. En esa edad se pueden prevenir los malos hábitos que esas acciones pueden originar.
Podría suceder que un niño hubiera recibido indignamente la Primera Comunión por haber cometido pecados contra la virtud de la pureza; por eso, convendrá conocer prudentemente cuál es el criterio del niño, teniendo en cuenta -según la edad- su juicio moral.
229
2. DIRECCIÓN ESPIRITUAL DE ADOLESCENTES Y JÓVENES
La pubertad es la etapa del desarrollo que sigue a la infancia. Los cambios de orden físico más importantes dependen del inicio de las funciones sexuales, y comprenden la aparición de los caracteres sexuales secundarios. Respecto a los cambios psicológicos, que acompañan a los
anteriores, el niño con el crecimiento en fuerza física crece también en sentimiento de masculinidad, en coraje, valentía, etc.; a la vez
aparece una cierta ansiedad e inseguridad por los procesos
que está sufriendo, por las posibilidades que le abre
el mundo, y una inestabilidad de carácter muy acentuada.
En las chicas la pubertad tiene otro tono. La aparición de la menstruación y sus alteraciones psicológicas les provocan con cierta
frecuencia
reacciones de rechazo, momentos de rebeldía, o estados de depresión, y se hacen más reservadas, vergonzosas,
y empiezan a guardar sus «secretos». Habitualmente,
esta etapa es fácilmente superada.
La pubertad da paso a la adolescencia, que presenta como nota bastante característica la tendencia a extremar las actitudes. Así,
por ejemplo, los jóvenes tienen manifestaciones de
egoísmo y, a la vez, son capaces de sacrificarse y
entregarse por un ideal con una gran fuerza e ilusión, pero
también con la falta de madurez y amor profundo que se dan en una persona mayor. Los adolescentes establecen relaciones afectivas
ardientes, pero con poca consistencia, que pueden
romperse con la misma facilidad con que se iniciaron. Se
lanzan a la vida de relación, pero conservando un
cierto deseo de soledad. Denotan, en ocasiones, detalles que manifiestan
intereses materiales pero, a la vez también, están abiertos a grandes ideales. Pueden pasar del optimismo más ingenuo a un pesimismo también sin base real.
Muchas cualidades positivas que se encuentran en la gente joven -magnanimidad, desprendimiento, optimismo, capacidad de amar-, se han de poner a prueba con el transcurso del tiempo: a veces, son desprendidos porque no saben lo que cuesta ganar las cosas, o confiados y
optimistas porque aún no han sufrido contrariedades de ningún tipo, o esperanzados porque toda la vida se les presenta llena de
posibilidades: «La juventud ha tenido siempre una gran capacidad de entusiasmo
por todas las cosas grandes, por los ideales elevados,
por todo lo que es auténtico»4.
4. De nuestro Padre, Conversaciones, n. 101. Lo contrario puede suceder, a veces, en las personas adultas que encuentran más dificultades para la magnanimidad, el optimismo, el desprendimiento, etc., precisamente por haber tenido experiencias poco positivas -en esos terrenos-, a lo largo de su vida.
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El adolescente pretende colocarse como igual entre sus mayores y además se siente en cierto modo diverso a ellos: quiere sorprenderlos y sobrepasarlos transformando el mundo. De ahí que sus planes estén llenos de sentimientos generosos, proyectos altruistas, y a la vez puedan resultar inquietantes por su megalomanía y su egocentrismo inconscientes. Con frecuencia se descubre una mezcla de abnegación por la humanidad con un egotismo muy marcado.
Por todo lo anterior es un error considerar que la adolescencia se define exclusivamente por el aparecer del instinto sexual. El adolescente descubre también el amor, como capacidad de darse y como sentimiento, pero ese descubrimiento es parte de todo un sistema de ideales amplio.
Durante este período no hay que inquietarse demasiado por las aparentes extravagancias y desequilibrios de los adolescentes: el trabajo profesional, una vez superadas las últimas crisis de adaptación, restablece el equilibrio, y marca así definitivamente el acceso a la edad adulta.
En esta etapa los padres deben tratar de comprender muchas de las actitudes de sus hijos que, en ocasiones, son meramente circunstanciales, sin olvidar nunca que «es perfectamente comprensible y natural que los jóvenes y los mayores vean las cosas de modo distinto: ha ocurrido siempre. Lo sorprendente sería que un adolescente pensara de la misma manera que una persona madura. Todos hemos sentido movimientos de rebeldía hacia nuestros mayores, cuando comenzábamos a formar con autonomía nuestro criterio»5. Lo importante es que presten atención, en cambio, a los problemas de fondo, y a su formación.
En la dirección espiritual hay que proporcionar a los adolescentes, desde el principio, los medios sobrenaturales que les ayuden a vencer en los comienzos de la lucha ascética. Como siempre, se debe respetar la libertad personal, llevando a los chicos a que adquieran un criterio seguro, para que después actúen con libertad y responsabilidad personal. «La tarea de dirección espiritual hay que orientarla no dedicándose a fabricar criaturas que carecen de juicio propio, y que se limitan a ejecutar materialmente lo que otro les dice; por el contrario, la dirección espiritual debe tender a formar personas de criterio. Y el criterio supone madurez, firmeza de convicciones, conocimiento suficiente de la doctrina, delicadeza de espíritu, educación de la voluntad»6. Hay que hacer ver a los chicos que el
5.
Ibid., n. 100.
6.
Ibid., n. 93.
231
fin de la dirección espiritual se encamina precisamente a adquirir la verdadera libertad, que no se puede encontrar viviendo al margen de Dios.
Además, conviene que el sacerdote les vaya inculcando un gran amor a la sinceridad y a la verdad, por las que se sienten particularmente atraídos, aunque muchas veces no distingan exactamente sus manifestaciones auténticas.
En todo momento hay que tener presente la única meta a la que deben tender los esfuerzos de todos los cristianos: conocer y amar al Señor: «He visto con alegría cómo prende en la juventud -en la de hoy como en la de hace cuarenta años- la piedad cristiana, cuando la contemplan hecha vida sincera; cuando entienden que hacer oración es hablar con el Señor como se habla con un padre, con un amigo: sin anonimato, con un trato personal, en una conversación de tú a tú; cuando se procura que resuenen en sus almas aquellas palabras de Jesucristo, que son una invitación al encuentro confiado: vos autem dixi amicos (loan 15, 15), os he llamado amigos; cuando se hace una llamada fuerte a su fe, para que vean que el Señor es el mismo ayer y hoy y siempre (Heb 13, 8)»7.
Como es lógico, alcanzarán esa meta poniendo los medios sobrenaturales adecuados -oración, frecuencia de sacramentos, etc.-, y con el cultivo de las virtudes sobrenaturales y de las humanas, que son también necesarias. Se les debe hablar de trabajo serio -poniéndoles a Cristo como modelo-, ayudándoles a encauzar rectamente su idealismo y afán reformador, y enseñándoles el valor humano y sobrenatural del trabajo y su importancia para la propia santidad y la resolución de muchos problemas humanos. «Por eso, desde el aspecto humano, inculcamos primero en las chicas y en los chicos de San Rafael un gran sentido de responsabilidad, haciéndoles ver la obligación grave que tienen de estudiar o de trabajar, y de santificarse en el cumplimiento de este fundamental deber. Así fomentamos en los corazones jóvenes las virtudes humanas, que son base necesaria para cultivar las virtudes sobrenaturales»8.
Hay que mostrarles la necesidad de profundizar en su formación doctrinal religiosa, a la vez que avanzan en el conocimiento de las ciencias humanas, para que haya coherencia entre su fe cristiana y su conducta.
Han de comprender también el valor sobrenatural de servir a los demás por amor de Dios; así se les ayuda a salir del posible egocentrismo -más o menos inconsciente- que algunos jóvenes pueden tener, y se les
7.
Ibid.. n. 102.
8.
De nuestro Padre, Carta, 24-X-42, n. 4.
232
muestra el camino auténtico de la solidaridad con los demás, que no se queda únicamente en manifestaciones orales o escritas: «Yo la solidaridad la mido por obras de servicio»9.
Hay que elevar también al plano sobrenatural los ideales humanos que los chicos tienen, haciéndoles comprender que son instrumentos de Dios y que han de prepararse en su vida interior del mejor modo posible.
Necesitan espíritu de sacrificio para alcanzar la meta sobrenatural que antes se indicó y otros ideales humanos que están siempre debajo y en función de aquella meta. Siempre con esperanza y optimismo para saber encontrar a Dios en los muchos caminos que la vida les ofrece.
Por tanto, es preciso aprovechar todas las buenas cualidades de la gente joven para infundirles un fuerte ideal sobrenatural y, con dependencia a éste, hacerles comprender el valor que tienen las realidades humanas. «Hemos de hacer que los hombres no se mantengan en la idiotez de la frivolidad, en una idiotez que es inútil y siempre peligrosa. Hemos de hacer, a lo largo de cada edad, que desarrollen los jóvenes su capacidad para enfrentarse con los problemas de este mundo, con un modo de hablar moralizador, que no sea amenazador pero que tenga la fuerza vital de arrastrar, que ponga en marcha una generación que no está encauzada»10.
Un aspecto muy importante para la formación ascética de la gente joven -igual que para los adultos- es la confesión frecuente con el mismo sacerdote con quien se dirigen espiritualmente. Al comienzo suele costar-les un poco, pero cuando han entendido bien el valor de este sacramento, les resulta ya más fácil. El sacerdote puede ayudarse de otras personas de Casa, para animar a los chicos a que se confiesen con él, pero muchas veces ha de ser él mismo quien, con pillería y mano izquierda, se lo proponga directamente a los muchachos. Con las chicas no cabrá esta posibilidad más que cuando ya están hablando en la charla de dirección espiritual, en el confesonario.
Otras indicaciones sobre la dirección espiritual de personas jóvenes, se estudiarán más adelante, al tratar de la colaboración del sacerdote en la obra de San Rafael.
9.
De nuestro Padre, Conversaciones, n. 75.
10.
De nuestro Padre, Carta, 24-X-42, n. 58.
233
3. DIRECCIÓN ESPIRITUAL DE ADULTOS (I)
Consideraciones generales
En rigor, la madurez no se identifica con una edad determinada -aunque de ordinario se consiga con el paso de los años-, ni con la simple perfección que puede alcanzar una persona, desde un punto de vista exclusivamente humano, en algún aspecto particular. Si se considera en toda su profundidad, la madurez es consecuencia del pleno y armónico desarrollo de todas las capacidades de la persona; por tanto, en el concepto de madurez han de estar presentes las virtudes sobrenaturales -teologales y morales que acompañan a la gracia divina- y, al mismo tiempo, las virtudes humanas.
Así, puede decirse que una persona madura sabrá juzgar de los acontecimientos y de las demás personas con visión sobrenatural y con mesura, con serenidad, objetivamente; y estará en condiciones de querer y obrar con criterio, libre y responsablemente. El sentido sobrenatural hará que las decisiones de todo tipo se tomen de acuerdo con el orden querido por Dios y, en consecuencia, aparecerá la unidad de vida que es característica primordial de la madurez: saber integrar todo en función de lo que ocupa un lugar central en la vida y tiene un valor permanente.
Por esto, se comprende que nuestro Padre haya señalado una serie de notas típicas de la madurez, que sólo pueden alcanzarse con la ayuda de la gracia, con vida interior. «Habéis de tener la mesura, la serenidad, la fortaleza, el sentido de responsabilidad que adquieren muchos a la vuelta de los años, con la vejez: tendréis todo esto, aunque seáis jóvenes, si no me perdéis el sentido sobrenatural de hijos de Dios, porque El os dará, más que a los viejos, esas condiciones convenientes para hacer vuestra labor de apóstoles»11.
Otras manifestaciones propias de la madurez son: capacidad de adaptación a las circunstancias, sabiendo ceder y transigir en cosas o situaciones de suyo intrascendentes; y viceversa, fortaleza para mantener firmemente -aun en contra de opiniones de moda y de «lugares comunes»- aquellas convicciones fundadas en verdades permanentes y fines rectos; el equilibrio interior de la persona, con orden y armonía en el terreno afectivo, de relaciones con los demás; la perfecta conjunción en el ejercicio de la libertad y responsabilidad personales.
11. De nuestro Padre, Instrucción, 31-V-36, nota 30. 234
Aunque se hayan superado problemas básicos de la adolescencia, hay peligros propios de esta otra edad: puede perderse en parte -si no hay una lucha amorosa- la virtud de la generosidad y abrirse paso el egoísmo y la comodidad que se presentan de diversas formas; por ejemplo, cuesta más aceptar los consejos personales dirigidos a superar los defectos, como algo práctico y vital, aunque se aceptan fácilmente en el plano teórico. En este periodo, es necesario que las personas profundicen seriamente en el sentido sobrenatural de lo que hacen, aunque sea una labor oculta y sin brillo humano.
Los problemas en la edad adulta suelen ser más reales y objetivos que en la juventud, tanto en el terreno familiar como en el social y profesional. Quizá el caso más grave -que rara vez sucederá en una persona de Casa- sea el del «adulto menor de edad». Si se diera esa situación, en la dirección espiritual habría que mostrar al interesado la necesidad ineludible de un trabajo serio -muchas veces bastará conseguir esta sola meta para solucionar el problema de fondo-, y ver si existen otras posibles causas o problemas «antiguos» -mala formación en la libertad y responsabilidad, timidez, etc.- que hayan dado origen a ese estado anormal. En esos casos, como siempre, hay que recurrir a los medios sobrenaturales para salir de esa situación: oración, mortificación y entrega a los demás.
Crisis que pueden presentarse
La llamada «crisis de los treinta años» suele darse cuando una persona, pasados unos años después de abrirse paso luchando en la vida, ha conseguido colocarse y establecerse. De modo general, en esta situación influye la autonomía personal definitivamente conquistada, el choque de los ideales con la realidad presente y, especialmente, la capacidad crítica plenamente desarrollada, que no tiene el contraste de una autoridad o regla a la que se sometía antes. Así, puede suceder que esa capacidad crítica se manifieste primero en la comparación con los demás, sobrevalorando las metas alcanzadas por los compañeros de profesión, dando lugar a la envidia y al resentimiento. También cabe la posibilidad de una autocrítica personal, analizando y midiendo los principios morales y sociales que antes se aceptaban. Esto puede llevar -si se encauza rectamente- a un mayor sentido de responsabilidad, pero podría tener también un efecto negativo.
Nuestro Padre también nos previno de la llamada «crisis de los cuarenta años». En el hombre, si atraviesa por esta dificultad, suele ser más de carácter psicológico que somático. En la mujer se acompaña de signos fisiológicos evidentes, aunque también haya algún componente psíquico.
235
«Aparece entonces en algunas almas -no en todas, y ni siquiera en la mayoría- lo que he llamado la mística ojalatera: ojalá hubiese sido médico, en lugar de abogado; ojalá no me hubiese casado, ojalá... cualquier cosa distinta a la que de hecho se tiene. Junto a eso, un cambio de carácter, tal vez una excesiva preocupación por la salud, la aparición de enfermedades imaginarias, una cierta pérdida de interés por el trabajo profesional. En el fondo de todo, y acaso como lo más característico de ese momento, se encuentra una actitud interior de balance: hasta entonces, y humanamente hablando, la vida intelectual y física ha ido creciendo hacia la madurez. De entonces en adelante se iniciará el declive humano, y se tiene la impresión de que ese balance, al que la prudencia de la carne invita, tiene un cierto carácter de definitivo o de irreparable»12.
También puede producirse un cierto deseo de experimentar aquello que, si antes no se ha vivido, se tiene la seguridad de que ya no se realizará jamás; como consecuencia, pueden presentarse tentaciones contra la pureza que hasta ese momento no se habían tenido, o tentaciones antiguas, con formas nuevas más retorcidas.
Al lado de estos elementos, hay otros de carácter positivo: a esa edad se adquiere un juicio más ponderado y sereno; se juzgan los acontecimientos con más profundidad y objetividad.
Conviene tener claro que todas esas manifestaciones negativas no tienen necesariamente por qué darse y, de hecho, en bastantes casos no aparecen. En una personalidad madura y bien formada se da una unidad e integración de las múltiples experiencias de la vida, integración sostenida fuertemente cuando hay sentido sobrenatural.
Fenómenos involutivos de la edad
La menopausia es un proceso fisiológico involutivo que se da en la mujer, hacia los 45 ó 50 años, caracterizado por un conjunto de alteraciones en su organismo, determinantes del cese de la ovulación, con la consiguiente desaparición de la menstruación, y acompañado de molestias reales: fatigabilidad, dolores varios, irritabilidad, depresión, melancolía, etc. Hay un declinar de cierto tipo de funciones, a las que pueden añadirse manifestaciones somáticas de cierta virilización-, teniendo en cuenta la importancia que la mujer da a su aspecto físico, este hecho juega un papel importante.
12. De nuestro Padre, Carta, 29-IX-57, n. 37. 236
Las mujeres casadas pueden sentirse en condiciones de inferioridad respecto al marido, por no tener ya posibilidad de procrear, pues en el varón esa capacidad dura muchos más años que en la mujer.
Los trastornos psíquicos producidos por la menopausia suelen ser pasajeros; aunque algunas veces pueden llegar a requerir tratamiento médico, normalmente se superan con medios ascéticos, descanso y alguna medicación sumaria. Lo normal es que la mujer se adapte a esta nueva situación, aun después de un periodo particularmente susceptible y hostil frente a su ambiente habitual.
Por otra parte, ese periodo en la mujer ofrece también un sentido muy positivo: la mayor madurez alcanzada a esa edad, que permite cumplir mejor otras funciones e ideales.
En el hombre la involución no ofrece un momento tan marcado, pero todo el que entra en ese periodo ha de reajustar su espíritu a esa situación. Hay que darle un sentido positivo: el de una vida madura, más ponderada y serena, con la eficacia de la experiencia.
4. DIRECCIÓN ESPIRITUAL DE ADULTOS (II): ORIENTACIONES PARTICULARES PARA LOS DIVERSOS TIPOS DE PERSONAS O SITUACIONES
Características propias del hombre y de la mujer
Por voluntad de Dios hay dos sexos -masculino y femenino- en la misma naturaleza humana: «Creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó»13. Entre ambos sexos hay diferencias de orden fisiológico y de orden psicológico, que conviene tener en cuenta en la tarea pastoral.
En la actualidad, está ya admitido de modo general que la mujer puede desempeñar casi todas las funciones sociales, igual que el hombre, pero de modo femenino, según su peculiar manera de ser y reaccionar. «Desarrollo, madurez, emancipación de la mujer, no deben significar una pretensión de igualdad -de uniformidad- con el hombre, una imitación del modo varonil de actuar: eso no sería un logro, sería una pérdida para la mujer: no porque sea más, o menos que el hombre, sino porque es distinta»14. Hay características psicológicas que son más propias de la mujer o del varón. Naturalmente, esto no ha de llevar a formarse una idea rígida
13.
Gen 1,27.
14.
De nuestro Padre, Conversaciones, n. 87.
237
y pensar que siempre y de modo necesario se dan en todos los casos: son rasgos propios, que se presentan en cada persona con mayor o menor intensidad. A modo de resumen, se indican a continuación algunas de esas características.
En cuanto al modo de considerar el mundo, la mujer tiende a la subjetividad; es más apasionada y emotiva que el varón, y como tiene una gran capacidad para fijarse y valorar lo concreto, puede caer con facilidad en susceptibilidades: hay cosas que a lo mejor apenas afectan a un hombre y, en cambio, tienen una gran resonancia en la mujer. Por eso, tienen más facilidad para dejarse llevar por apasionamientos poco objetivos, que deforman la realidad: «Decir una verdad subjetiva -que no se ajusta a la verdad real-, hijas, es mentir (...) Esta falta de objetividad es un defecto, así como la afición a exagerar, a dramatizar>15.
La mujer tiene una gran capacidad para la renuncia16 y para poner el propio destino en manos de otra persona; y emocionalmente presenta una más fácil inclinación hacia los extremos, pasando, por ejemplo, de situaciones de enfado a muestras de cariño, de la euforia al desánimo.
Respecto a la propia persona, la mujer tiende más a la interiorización, en el sentido de que presta mayor atención a su persona, a sí misma, sin que esto sea necesariamente una muestra de egoísmo: cartas, diarios íntimos, etc., son manifestación de esa tendencia. Bajo este aspecto encontramos que el hombre habla más de lo que va a hacer, de sus planes y trabajos; la mujer, en cambio, suele tener como tema más preponderante a sí misma; el hombre -según los casos-, puede buscar el aplauso como reconocimiento de lo que ha hecho, la mujer como reconocimiento del servicio prestado y no tanto de la obra misma realizada17.
Otra característica del modo de ser femenino es preocuparse más que el hombre del juicio de los demás por lo que se refiere a su porte externo. «Tenéis que esforzaros, hijas mías, por dominar una actitud que es propia de la mujer: llamar la atención, la coquetería»18.
15.
De nuestro Padre: en Noticias, IX-1971, pp. 16-17.
16.
«Más
recia la mujer que el hombre, y más fiel, a la hora del dolor» (De nuestro Padre, Camino,
n. 982).
17.
Por eso, nuestro Padre decía a sus hijas: «Procurad
no pasarlo mal cuando en apariencia no se os mire, cuando penséis que no se
os hace caso, porque sufrir por estas cosas, hijas, es un defecto: no
podemos decir que es una peculiaridad del carácter femenino, porque los defectos
nunca son característicos» (Noticias, VIII-1971,
p. 15).
18. Ibid., p. 16. En este sentido, aunque no se dará en
personas de Casa, en la actualidad es preciso insistir en el posible pecado de escándalo que puede causar el
modo de vestir, de comportarse, etc.,
que va creando un ambiente de
sensualidad en las costumbres, que
ahoga la vida sobrenatural.
238
En cuanto a la emotividad, se suelen señalar en las mujeres las siguientes características:
a)
predominio de lo afectivo
e intuitivo sobre lo racional, del corazón sobre
la cabeza19;
b)
tendencia a lo concreto,
que lleva a ser detallistas, a la observación minuciosa;
este aspecto, que tiene consecuencias muy positivas, puede ser también ocasión de pequeños defectos20;
c)
sensibilidad más acusada, que puede llegar a complicar asuntos en sí intrascendentes, y a hacer montañas de pequeñeces: «todos
somos complicados, pero vosotras fácilmente dejáis que una
idea pequeñica se haga una montaña que os abrume, aun siendo mujeres de talento»21;
d)
en
general, les resulta más difícil que al varón ser anímicamente estable, en
criterios y sentimientos; en ocasiones este rasgo
depende de la educación recibida: no es raro que al varón, desde la infancia, le enseñen a dominar las pequeñas emociones de
miedo, nerviosismo, enfado, etc.
Refiriéndose a sus hijas ha escrito nuestro Padre: «Mis hijas no pueden caer en esa falta que se atribuye a la mujer: ser débil de nervios, dejarse llevar fácilmente
por tonterías e imaginaciones»22.
En cuanto a los hábitos cognoscitivos, el pensamiento de la mujer es más analítico y concreto que el del hombre; suele captar mejor los detalles y ser más intuitiva; tiene más facilidad para encontrar la solución
19.
«¿Otra
virtud que habéis de vivir?: la serenidad. No os llenéis de espejismos. Escuchad hasta el
final lo que tengan que deciros. Si no habéis entendido bien, preguntad.
Y obedeced luego con calma, sin impaciencia, hasta acabar cumplidamente los encargos. Dejad que gobierne la
cabeza, aunque acompañéis con el entusiasmo lo que habéis decidido con
la razón. Sin nervios» (De nuestro Padre: en
Noticias, IX-1971, p. 18).
20.
La tendencia a ser detallistas puede presentar una
vertiente negativa: «Os cuesta enfrentaros con la realidad, tenéis tendencia
a tiquismiquis, a pequeñeces; y si alguna vez os ponéis a sacar defectos,
estáis haciéndolo durante cuarenta horas
seguidas» (De nuestro Padre: en Noticias, VIII-1971, p. 14).
21.
De nuestro Padre: en Noticias, IX-1971, p. 17. Es preciso,
pues, ayudarles a ser muy sinceras, para evitar este posible peligro: «La
mayoría de las veces os complicáis
porque os da la gana, porque calláis» (De
nuestro Padre: en Noticias, VIII-1972, p. 46).
22.
De nuestro Padre: en Noticias, VIII-1971, p. 16.
239
a un problema sin muchos razonamientos. Con referencia a la voluntad, la mujer, por lo general, tiene más sentido de lo práctico, de lo seguro, de lo que ya está comprobado por la experiencia. Le cuesta más cambiar, buscar nuevas fórmulas; su elección se basa muchas veces en cosas pequeñas. Se habla también de una cierta tendencia natural a la aceptación que, en la práctica, puede traducirse en un menor espíritu de iniciativa que el hombre.
A los rasgos positivos, propios de la mujer, se ha referido nuestro Padre en determinadas ocasiones: «La mujer está llamada a llevar a la familia, a la sociedad civil, a la Iglesia, algo característico, que le es propio y que sólo ella puede dar: su delicada ternura, su generosidad incansable, su am