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PRESENTACIÓN

 

         La Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei se rige por las normas del Derecho universal de la Iglesia y por su propio Derecho particular: la Constitución apostólica Ut sit, por la que el Romano Pontífice erigió la Prelatura; el Codex iuris particularis Operis Dei o Statuta, sancionado por la Sede Apostólica mediante la misma Constitución apostólica; y los Decretos y otras disposiciones que puede dar el Prelado en uso de la potestad de régimen que le confiere la Iglesia (cfr Statuta, n. 125, §§ 1-3).

         En cambio, el Vademécum del gobierno local —lo mismo que los otros Vademécums y Experiencias— no tiene por sí mismo carácter jurídico. Además de recordar aspectos esenciales del espíritu de la Obra y normas establecidas en los documentos citados en el párrafo anterior, recoge orientaciones prácticas para la correcta aplicación de esas disposiciones; criterios técnicos para la promoción de la labor apostólica, etc.

         Ya en 1936, con ocasión de la ansiada expansión de la labor apostólica fuera de Madrid (se pensaba abrir un Centro en París y otro en Valencia), nuestro Fundador quiso poner por escrito su experiencia de aquellos años, para ayudar a los que comenzasen en esas nuevas ciudades. Surgió así la Instrucción para los Directores [4] (31-V-1936) donde se contienen los criterios fundamentales que han de presidir las tareas de formación y dirección dentro de la Obra. Luego, durante toda su vida, nuestro Padre continuó ejercitando ejemplar y heroicamente la prudencia y la justicia sobrenaturales, mientras impulsaba y guiaba —con la fortaleza y el afecto del Buen Pastor— la difusión del apostolado por todo el mundo, siempre con un especial desvelo por aquellos hijos suyos que llamaba a ser Directores. Este Vademécum surge precisamente de esa ocupación paterna y materna de nuestro Padre.

         Estudiar y ponderar la aplicación de estos documentos, a la hora de gobernar, es índice claro de amor a las enseñanzas de nuestro Fundador y, concretamente, a las normas del Derecho particular del Opus Dei, que hemos de venerar y defender, ya que son el cauce seguro del camino que Dios quiere para nosotros.

         En todas estas anotaciones se trasluce la naturaleza exclusivamente sobrenatural de la labor de gobierno en la Obra: los Directores trabajan con almas, a las que transmiten —con vibración y fidelidad— el espíritu señalado por Dios para el Opus Dei, justamente para ayudarles a ser Opus Dei; y conceden, por tanto, la debida primacía a los medios sobrenaturales: todo lo fían fundamentalmente a la gracia divina, y jamás se apoyan sólo en sus personales cualidades. Así, hasta en el cariño con que conducen a sus hermanos —caridad acompañada siempre de la fortaleza—, se revela la eficacia formadora, al estar purificado y vivificado por el amor de Cristo. De este modo, cada Director, cualquier miembro de un Consejo local, se entrega por completo a sus hermanos, sin hacer nunca acepción de personas, siendo perfectamente desinteresado, liberal, atento, caritativo, afable (Instrucción, 31-V-1936, n. 15).

         Después de tratar las características esenciales del trabajo de los Consejos locales, y de la aplicación de las normas en torno a la ads [5] cripción a la Obra, la parte más consistente de este Vademécum se dedica a la formación de los fieles de la Prelatura: Numerarios, Agregados, Supenumerarios. No podía ser de otra manera, ya que en esto se resume la tarea del Opus Dei, como tantas veces recordó nuestro Fundador, que esperó siempre de sus hijos Directores una entrega abnegada a su misión de formadores, con una disposición alegre y sobrenatural de servicio, para pensar sólo y siempre en las almas que les están confiadas.

         También se recogen otros aspectos que los Consejos locales deben conocer a fondo: desde el modo de cuidar las sedes de los Centros, hasta el trato con las autoridades y los criterios fundamentales sobre las labores apostólicas promovidas por los fieles de la Prelatura.

         Ante las exigencias humanas y sobrenaturales de las tareas de dirección, se comprende que nuestro Fundador subrayase con fuerza que lo más importante para un Director es su propia vida espiritual, porque nadie da lo que no tiene: Es el Director civitas supra montem posita, como una ciudad puesta sobre un monte (cfr. Mt 5, 14): todos los ojos están puestos en él. Ha de ser, por tanto, ejemplo de todos: los mayores y los pequeños vibran con la vibración del Director. Y los nuevos, las vocaciones recientes, se fijan hasta en el más menudo detalle de aquél que hace cabeza. ¡Cuántas almas y cuánta labor dependen de vuestro encendimiento! (Instrucción, 31-V-1936, n. 4).

 

         vuestro Padre

 

             † Javier

 

         Roma, 19 de marzo de 2002.

 

 

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