[57]

 

 

III

 

PERSEVERANCIA EN LA OBRA

 

 

1. La perseverancia en la entrega

 

         A través de los diversos medios de formación, se recuerda continuamente a los fieles de la Prelatura que la vida es lucha, ordinariamente en cosas pequeñas; a veces, porque el Señor lo permite, en cosas grandes; pero sólo mientras hay lucha, se mantiene la vida, y se llega a la victoria tras superar esos obstáculos ágilmente, con un ejercicio —deporte sobrenatural‑ impregnado de afán de superación y con el pensamiento en el premio, como cristianos llamados a la santidad, a la plenitud de la vida de la gracia, que tendrá su perfecto cumplimiento con la visión beatífica en el Cielo. Para llegar a este término, es necesario pedir al Señor la perseverancia final, don gratuito para el que dispone también la fidelidad actual y habitual en la conducta cristiana, en el lugar en que Dios ha colocado a cada uno.

         La última piedra —llegar a la meta— es lo decisivo; si no, la vida entera no sirve de nada. Se necesita, por tanto, vencer la comodidad, el desorden, el peso de las propias miserias, el posible mal ambiente externo, todo un conjunto de dificultades, que no faltarán nunca, pero que con la gracia de Dios son siempre superables.

         La labor no termina cuando las almas comienzan a andar cristianamente: esto es mucho, pero no es todo. Importa seguir vigilantes para que los buenos sean mejores; para que los que no conocen a Cristo, le descubran aún más; con la persuasión de que todos estamos necesitados [58] del auxilio de Dios —y de su misericordia— y de la ayuda de los demás. Muy grave sería abandonar el empeño para que surjan nuevas conversiones y nuevas llamadas de Dios a una dedicación generosa a su servicio; pero más grave aún contribuir —con la propia indiferencia, con omisiones personales, con una falta de atención sobrenatural y humana— a que alguno perdiese el camino neciamente o por ceguera.

         Nada de lo que se refiera a los demás, por pequeño que sea, puede resultar indiferente. Cada uno, por tanto, ha de sentir la responsabilidad de sostenerse y de sostener a los demás, porque el verdadero amor a Dios lleva consigo un continuo servicio a todas las almas, y concretamente a las de aquellos con los que se convive. Hay obligación de no privar a los demás de la caridad de la oración, del ejemplo, de la mortificación, de la oportuna corrección fraterna, de la alegría sobrenatural y humana y de la delicadeza. Todos han de sentir siempre aquel grito del Apóstol: ¿Quién enferma que yo no enferme con él? (2 Cor 11, 29).

 

2. Dificultades que pueden presentarse

 

         No hay que extrañarse si, a pesar de todo, surge en alguno la tentación de volver la cara atrás (cfr. Lc 9, 62); porque el demonio, con la complicidad de las debilidades de cada uno, trata de derribar el edificio de la vida interior.

         Con la gracia de Dios, tenemos motivos abundantes para esperar que siempre serán pocos los miembros de la Obra que abandonen su vocación; entre otras razones, porque —además de haber comprobado previamente que reúnen condiciones humanas básicas: sinceridad, reciedumbre, espíritu de trabajo, etc, todos piden la admisión con un conocimiento suficiente de las exigencias de la entrega; porque son personas maduras, que ya han superado las posibles crisis espirituales de la adolescencia; porque reciben una formación constante, sincera y abierta, que les ayuda a valorar —en medio de la realidad del mundo— la hondura sobrenatural de su camino; porque cada uno tiene recursos sobrados para desenvolverse social y económicamente: nadie está en el Opus [59] Dei por conveniencia; porque ninguno se siente nunca coaccionado o forzado humanamente a seguir el camino: su entrega a Dios fue libre, y libre sigue siendo su perseverancia; todos saben que, para salir, la puerta está abierta.

         De todos modos, resulta inevitable que algunos se vayan. Es una prueba más del vigor sobrenatural y de la salud de espíritu de la Obra. Como todo cuerpo sano, se resiste a asimilar lo que no le conviene, y expulsa inmediatamente lo que no asimila. Y no sufre por eso: se robustece. En concreto, no puede extrañar —lo contrario no sería normal— que durante el año y medio antes de la Oblación, algunos no sigan adelante. En la gran mayoría de los casos, no constituyen defecciones: se trata simplemente de que los Directores —o el mismo candidato­- comprenden con claridad que no están en condiciones de continuar.

         Aunque normalmente son los interesados quienes comunican a su familia de sangre que no han seguido adelante, en alguna ocasión puede convenir que un miembro del Consejo local del Centro hable con los padres de una persona joven, para prevenir interpretaciones equivocadas. Por ejemplo, si el motivo de no seguir adelante radicase en la falta de salud para ser Numerario; o, en general, si no reúne condiciones de carácter, de nivel intelectual, de laboriosidad, etc.

         Naturalmente, en estos casos —que serán pocos— hay que esmerarse en explicar la situación con gran delicadeza y claridad, de manera que la familia quede agradecida ante el cuidado y las atenciones que se han tenido con su hijo, y de cómo se ha procurado ayudarle.

         No obstante, como exigencia fundamental de la caridad cristiana, y como deber de justicia, las personas que se ocupan en tareas de formación y de dirección, han de estar muy atentas, para descubrir desde el principio los síntomas que pueden desembocar en la falta de fidelidad, apartando los obstáculos que se presenten y proporcionando en cada momento los medios necesarios para vencerlos: no estarían exentos de pecado si, por negligencia, por inadvertencia culpable, por no haber tomado a tiempo las medidas necesarias o por haber descuidado su formación, alguno se apartara del camino emprendido. [60]

         El amor a las almas mueve a no dejar que se separe, o se aleje de la Obra, nadie que se haya acercado con el noble deseo de servir a Dios. Si un alma encuentra alguna vez una situación de dificultad, hay que recordarle que los fieles de la Prelatura, por ser cristianos corrientes, que viven en la calle, y aman al mundo sin ser mundanos, no desconocen los peligros que les acechan, y cuentan para vencer con la gracia de Dios, que todo lo puede. Los peligros —los ha habido siempre— no se ignoran: se afrontan hablando con sinceridad. De este modo, se adquiere una conciencia bien formada, capaz de superar, con la práctica de las virtudes, el ambiente que no sea de Cristo. Cuando se acude con claridad a la dirección espiritual, con la fuerza de Dios, el diablo —padre de la mentira— sale derrotado.

         Unas veces, la tentación aparece de forma descarada; las más, solapadamente, hasta con pretextos de caridad (cfr. Camino, n. 134). Pero en todos los casos hay que ayudar a quien la sufre, para que sepa descubrir los engaños del enemigo y para que venza, con la gracia de Dios.

         De vez en cuando, esas tentaciones se pueden presentar ante el esfuerzo que supone luchar contra “el cuerpo de muerte” que clama por sus fueros perdidos (Camino, n. 707), o contra el corazón, cuando haga sentir que es de carne (Camino, n. 504). Es el momento de ayudar a esa persona, para que no se asuste ni se extrañe, porque a todos afecta ese riesgo; se le insiste en que siga luchando con optimismo y con entusiasmo, porque la santa pureza es una afirmación gozosa; que fomente su esperanza; que se acoja confiadamente a la protección de su Madre Santa María y a la defensa que le presta su Ángel Custodio; que rece y mortifique sus sentidos, su imaginación y su curiosidad; que no tenga la cobardía de ser “valiente” (Camino, n. 132), que se aparte decididamente de las ocasiones, aunque deba actuar de modo heroico; que sea salvajemente sincera con Dios, con la propia alma y en la dirección espiritual; que profundice en humildad. Si pone los medios recomendados tradicionalmente por la ascética cristiana, la victoria final resulta segura, aunque se pierda alguna batalla. No ha faltado esta pelea en la vida de los santos, que han coronado el camino, con lucha, con entrega esforzada. [61]

         En otras ocasiones, las dificultades provienen del influjo de malas lecturas, así como de consejos de amigos más o menos íntimos o, incluso, de los propios parientes. Entonces, la prudencia y la fortaleza de los que dirigen sabrán aconsejar, en cada caso, la conducta más acertada para disipar esos obstáculos, quizá aparentes, y así, irle conduciendo poco a poco —o, si es preciso, tajantemente— por un plano inclinado muy tendido.

         La comodidad y la cobardía pueden originar también retrocesos en la marcha de alguno. Hay que exigirle entonces con cariño, pero con fortaleza, para que responda con generosidad a lo que Dios le pide: que sepa desprenderse de sí mismo, de su egoísmo, de su poltronería; que se esfuerce, sea fiel y confíe en la gracia de Dios.

         La soberbia, frecuentemente disfrazada de humildad, es el obstáculo más fuerte, si se presenta; normalmente, suele aparecer al cabo del tiempo. Tiene manifestaciones de susceptibilidad, de espíritu crítico, de falta de docilidad, etc. En estos casos, es preciso ayudar al interesado a ver claramente que esas ideas o reacciones son tapujos de su soberbia. Para vencerla, debe ser sincero consigo mismo, para serlo con Dios; y dejarse llevar dócilmente. Si es necesario, se le habla con mucha claridad y fortaleza, verdadera muestra de caridad, para así lograr que con la gracia de Dios reaccione: no caben cesiones, ni quedarse entre dos aguas.

 

3. Ayuda ante algunas dificultades

 

         Para ayudar eficazmente a un alma que atraviesa una mala temporada, los que la atienden han de intensificar su propia vida interior, e invocar al Espíritu Santo para que les ilumine. Ejercitarán especialmente las virtudes de la prudencia y de la fortaleza, para afrontar las verdaderas causas de esa enfermedad espiritual, sin dejarse engañar por las falsas razones que el interesado inconscientemente pueda aducir, para justificar sus palabras o sus acciones; y aplicarán con decisión y energía los remedios convenientes. En su oración personal, encontrarán la luz y la fuerza, para ser buenos instrumentos en manos de Dios. [62]

         Cada persona necesita una medicina apropiada, porque cada enfermo es un caso particular; pero es importantísimo estar atentos a las causas que producen reacciones análogas, para prevenir a los interesados.

         Si algún miembro de la Obra manifiesta deseos de no seguir adelante, es de justicia que los Directores pongan todos los medios que estén a su alcance, haciendo lo posible y lo imposible, para que —respetando siempre su libertad— reaccione y sea fiel a la gracia de la llamada. El primer proselitismo se concreta en procurar que no se pierdan los que ya son instrumento, red; conseguir que no se rompa la red. Este grave deber de justicia se convierte en algo aún más imperioso cuando se trata de una persona que lleva bastantes años en la Obra o ha prestado particulares servicios.

         Hay que tener en cuenta que, de ordinario, las crisis no se presentan nunca de repente: van precedidas de una larga etapa, con síntomas precisos, que los Directores y los que conviven con la persona que vacila pueden y deben advertir. Por eso, si se diese el caso de una defección improvisa, de la que no se supiesen explicar las causas, nuestro Padre no excusaba de pecado, y en ocasiones de pecado grave, a los Directores y a los que hubieran convivido con aquel hijo suyo, porque no habrían sabido facilitarle los medios para perseverar; medios a los que tenía derecho. Se le debe ayudar a tiempo, y siempre es tiempo (Carta 29-IX-1957, n. 24).

         Cuando hay caridad —que es cariño humano y sobrenatural—, resulta muy fácil darse cuenta de las necesidades de los demás. La caridad verdadera —cariño auténtico—, que se ha vivido siempre en la Obra, descubre esos síntomas, los valora convenientemente y sostiene con la corrección fraterna, cuando el mal se halla sólo en sus comienzos, con más posibilidades de curación. Los Directores —con caridad y con fortaleza, con prudencia y con autoridad— deben poner en estas ocasiones los remedios espirituales convenientes: cuentan con toda la farmacopea. En general, las almas se rehacen, si encuentran en sus Directores caridad —cariño— y fortaleza. [63]

         A los que intentan abandonar su vocación, se les debe ayudar espiritualmente, y —sin coacción ninguna— tratar de que reaccionen. Posiblemente, están obcecados, y entonces necesitan más que nunca de la serenidad de juicio del Director, que les orientará para que valoren los problemas con sentido sobrenatural; y procurará emplear también, si es conveniente, medios humanos nobles, con el fin de evitar las circunstancias que sean, o puedan ser, la ocasión o el origen de esas tentaciones contra la vocación.

         Cuando se llega a una crisis así, hay apasionamiento en quien la sufre, y por lo tanto, se han de buscar —con un derroche de caridad y de paciencia— todos los medios para sostenerlo y para que no deje el buen camino. Se le debe aconsejar que lo piense bien y durante más tiempo; que espere y medite despacio ese paso, empujándole a ver la Bondad de Dios, para que no se precipite y tome decisiones de las que podría la­mentarse siempre; se le mostrará la ayuda que la fidelidad supone para su salvación y el daño que la infidelidad puede causar a los demás. Se procurará que comprenda que otra actitud de su parte, al cabo del tiempo, le llenaría de pena y le avergonzaría delante de Dios, de su conciencia, y de los hombres; y también que negarse a recibir el apoyo sobrenatural que se le ofrece, precisamente en ese momento de ceguera, equivale a tentar a Dios Nuestro Señor, exponiéndose a perder la felicidad terrena —el gaudium cum pace— y tal vez la eterna.

         Como, de ordinario, suele faltar la sinceridad a quien padece esta crisis, se le tratará con mucho cariño —lleno de sentido sobrenatural—, para que acabe abriendo completamente el alma, y sea humilde y dócil. Es el camino seguro para perseverar, con la gracia de Dios, que no se le niega en ningún momento.

         En concreto, convendrá enterarse con prudencia de qué clase de amistades cultiva; si tiene intimidad con alguna persona; si busca consejo espiritual fuera de la Obra, en lugar de dirigirse a sus hermanos; qué correspondencia envía y recibe, pues quizá escriba a parientes, a amigos o a otras personas que no le orientan bien; qué libros lee; si está pasando por problemas laborales o económicos; si, en el ambiente de trabajo, [64] encuentra dificultades de trato con otro fiel de la Prelatura... En el caso de personas casadas, es muy importante conocer si existen dificultades en el matrimonio.

         En este tiempo —y aun después de superada la crisis—, es natural que le falte el gusto en cumplir los deberes de su compromiso de amor; que —después de haber abandonado por un tiempo los medios de santidad que el Señor da en la Obra— sienta desgana por las cosas de Dios. Todo esto podrá vencerlo si voluntariamente practica la penitencia, con la aprobación del Director, y usa todos los medios sobrenaturales que el espíritu de la Obra le ofrece. Por su parte, los Directores han de rezar mucho y ofrecer mortificaciones, para que Nuestro Señor le ilumine y le haga volver sobre sus pasos; y mueven a rezar a otras personas por esa intención, naturalmente sin decir de qué se trata.

         Si es un Numerario, conviene que tenga el mayor tiempo posible de vida en familia con las demás personas del Centro, acompañándole prudente y delicadamente. Si, después de agotar todos los medios, no reacciona, en algunos casos —después de ponderarlo bien—, el Consejo local puede consultar a la Comisión Regional que el interesado deje de residir en el Centro durante unos meses, multiplicando entonces los detalles de atención y de cariño, para que durante ese tiempo piense las cosas despacio y se decida a ser fiel. En ocasiones, por este medio, se logra una reacción favorable. Mientras dura esta situación excepcional, los Directores velan para que a esa persona no le falte la atención debida, y no admita costumbres que podrían denotar comodidad o tibieza: hay que saber cómo utiliza el tiempo, qué amistades tiene, qué gastos realiza, cómo descansa o se distrae, etc.

         Naturalmente, de cualquiera de estos casos, los Consejos locales informan enseguida y oportunamente a la Comisión Regional.

         Si, en alguna ocasión, un Numerario o un Agregado se separa del Centro al que está adscrito, y no se da con su paradero, se informa inmediatamente a la Comisión Regional, pero no se comunica a nadie más. Si la Comisión lo indica así, un sacerdote Numerario —prudente y con experiencia— irá a hablar con la familia, para exponer las cosas con [65] prudencia y con claridad, a fin de que, si es posible, se logre saber dónde se encuentra el interesado. Cuando se consigue hablar con él, se comunica a la Comisión Regional y, con mucha caridad y fortaleza, se ponen los medios para ayudarle a seguir luchando.

Finalmente, además de los Directores, todos los fieles han de tener muy presente la obligación de sostener e impulsar a los demás en su fidelidad.

4. Trámite de las dispensas

Si alguno que ha solicitado la admisión como Numerario o Agregado, y no ha hecho la Oblación, carece de alguna de las condiciones que deben reunir estos fieles, puede quedar como Supernumerario si el interesado lo desea y el Consejo local lo considera oportuno. Antes de tomar una decisión, e incluso antes de hablarlo con el interesado, se informa a la Comisión Regional, de modo que se transmita —si es el caso— la oportuna autorización (cfr. Statuta, n. 14 § 2 y Decr. Gen. 2/99, art. 7 § 4).

Previamente a la consulta, el Consejo local ha de asegurarse de que esa persona reúne las condiciones necesarias, está dispuesta a afrontar con generosidad las exigencias que comporta la entrega como Supernumerario, desea hacerlo y no formula esa petición por comodidad o por tibieza en su respuesta a la vocación: es decir, se ha de llegar a la conclusión clara de que su vocación a la Obra no es como Numerario o Agregado, sino como Supernumerario; de lo contrario, resulta preferible nombrarle Cooperador, si lo quiere. En su caso, queda adscrito a un Centro de Supernumerarios con sede diversa del Centro de San Rafael al que pertenecía hasta ese momento.

No es preciso que escriba otra carta pidiendo la admisión, puesto que ya fue admitido como Supernumerario desde la fecha de su petición de admisión como Numerario o Agregado. Si ya hubiera hecho la Admisión como Numerario o Agregado, no tiene que repetir las clases del Programa de formación inicial que haya recibido. No obstante, a veces resultará prudente que transcurra un tiempo, para confirmar que el interesado reúne las condiciones para hacer la Oblación, pero nunca más de año y medio desde que solicitó la admisión como Numerario o Agregado. No será necesario superar ese [66] plazo, porque la formación que habrá recibido ha sido más intensa y más extensa, que la requerida en ese mismo tiempo para los Supernumerarios.

Cuando alguien que había pedido la admisión no sigue adelante antes de hacer la Oblación —y, en el caso de los Numerarios y Agregados, no queda retenido como Supernumerario—, se procura que quede como Cooperador. Si más adelante desea solicitar la admisión como Supernumerario, y han pasado al menos cinco años desde que dejó la Obra, el Consejo local consulta a la Comisión Regional antes de tratar con él de esa posibilidad, pues se precisa una autorización que en pocos casos se concede (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 5 § 2). Si había sido Numerario o Agregado, y desea volver a pedir la admisión como Numerario o Agregado, el Consejo local no tramita esa petición, a no ser en casos muy excepcionales, explicando los motivos que, en su opinión, hagan aconsejable atenderla.

Si una persona causa baja después de su incorporación a la Obra, se le puede recibir como Cooperador en ese momento o más adelante. Si más tarde, por propia iniciativa y con insistencia —nunca se le invita a hacerlo—, el interesado deseara pedir de nuevo la admisión, sólo muy excepcionalmente se ha de solicitar la autorización prevista por el Derecho particular (cfr. Decr. Gen. 2/99, art. 5 § 2) para que pida de nuevo la admisión en la Prelatura, y únicamente como Supernumerario. Si había estado incorporado por la Oblación, el Consejo local no considera la posibilidad de elevar la cuestión a la Comisión Regional, si no han transcurrido por lo menos quince años desde que cesó su vinculación. Si había llegado a estar incorporado por la Fidelidad, no se cursa esa petición —a no ser que en algún caso se juzgue que existen motivos muy excepcionales para tramitarla—, porque de ordinario no se concederá.

5. Trato con los que no perseveran

A los que no perseveran se les trata siempre con mucha caridad y delicadeza —como querríamos que hiciesen con nosotros, si nos encontrásemos en las mismas dolorosas circunstancias—, y si lo desean, se les atiende espiritualmente en una iglesia. A la vez, es preciso evitar todo lo que pudiese contribuir a dar —a los interesados y a los que son fieles a su [67] vocación— la impresión equivocada de que “no ha pasado nada”, de que la infidelidad no es algo muy serio.

         Tenemos una bendita experiencia, que no deja de constituir una gracia especial de Dios: los que no perseveran suelen mantener un cariño grande a la Obra, lógicamente, siguen amando lo que amaron. El hecho de que no hayan seguido adelante, no es razón para que no continúen de algún modo unidos a la Obra, colaborando —con su oración, con su limosna— en los apostolados.

         En cualquier caso, los Directores han de tomar las medidas —dictadas por la caridad y por la prudencia— para que no se perturbe el buen espíritu de los demás, ni se creen confusiones o situaciones equívocas. Se perturbaría o se confundiría, por ejemplo, si mientras no transcurran muchos años, se les permitiera que fuesen por nuestros Centros con demasiada frecuencia y confianza, o se les invitara a comer allí; si se tuviera con ellos una excesiva familiaridad, en el trato y en las conversaciones; si se les contaran cosas de la vida en familia, o si se les hiciera intervenir prematuramente y con cierta autoridad y responsabilidad en actos o en trabajos relacionados con la Obra y que, por ser públicos, pudieran tener una cierta difusión. Tampoco resulta oportuno, de ordinario acudir a su boda, al bautizo de los hijos, etc.

         No resulta tampoco oportuno que, después de abandonar su camino, comiencen a colaborar con personas de la Obra en trabajos profesionales de los que obtengan un beneficio material.

         La mejor manera de manifestar su buena disposición es que ayuden generosamente con sus limosnas —según su capacidad— en las labores de apostolado, al menos durante bastante tiempo.

 

 

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