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I
CARACTERÍSTICAS DEL TRABAJO DE LOS
CONSEJOS LOCALES
Recordaba
nuestro Fundador en 1968: me habéis oído decir muchas veces que los
que, en la Obra, tienen un encargo de dirección deben facilitar a sus hermanos,
a quienes sirven, el deber gustoso santificante de una obediencia pronta,
sobrenatural, alegre y generosa, que no distingue entre cosas pequeñas y
grandes, entre ti Director y otro,
porque toda la autoridad viene de Dios (cfr. Rm 13, 1).
Agradezco a
Dios Nuestro Señor este afán santo que todos mis hijos tienen de obedecer;
sintamos, quienes tenemos encargo de gobernar, el desvelo por facilitar el
ejercicio de esta virtud de la obediencia con la plenitud que el Señor nos
pide. Hoy, cuando tanta gente parece no entender el papel maravilloso que la obediencia tiene
en la historia de nuestra salvación, yo veo a mis hijos obedecer con la
nobleza, con la dedicación y con la generosidad de quienes han entendido ‑‑y
esto es don de Dios‑ que quien vive de Cristo obedece como Cristo —factus obediens usque ad mortem... Flp 2, 8)— e introduce en el mundo, con Cristo, santidad y limpieza
de vida (cfr. Rm 5,
19).
Yo
deseo que todos los hijos míos que ocupan cargos de dirección tengan presente
siempre que el encargo que Dios les da. de ser [7] mediadores, introductores de las conciencias en el ámbito de los
sobrenaturales designios de Dios, les importe un grave deber: el deber de ser
muy sobrenaturales y de ser hombres de conciencia muy recta. Sólo así ‑siendo
hombres de conciencia, muy sinceros ante Dios, conscientes de las propias limitaciones, atentos al
soplo del Espíritu Santo‑, sabremos desempeñar nuestro encargo, con una
fortaleza que no abandonará el ejercicio de la corrección fraterna, y con una
rectitud y humildad que lleva a no esquivar las personales e ineludibles
responsabilidades en el servicio de los hermanos. Esta fortaleza da a los demás
la seguridad del querer de Dios; y esa rectitud da al ejercicio de la autoridad
una fuerza moral, que lleva a los demás a obedecer de buen grado, arrastrados
por el ejemplo de una conciencia recta, desasida
de sí misma, reflexiva acerca de sus responsabilidades, ajena a toda ligereza,
y que no justifica con otros deberes ‑que los demás no pueden conocer‑
lo que podría ser abandono o facilonería en el modo
de ejercitar la autoridad. Ejerciendo el deber de mandar con esta fuerte y
recta humildad, haremos posible que la obediencia sea en la Obra, siempre, lo
que ha sido desde el primer día: esa virtud gozosa, que sabe del calor de
familia y de la pronta y estricta diligencia de la milicia.
Tened en
cuenta ‑hijos míos Directores‑ que todas las medidas que he
dispuesto, para que el gobierno, en la Obra, sea colegial y no haya nunca
tiranos, se podrían convertir en mero legalismo, si en el fondo de la conciencia
de cada uno de vosotros no estuviera firmemente arraigado, con plenísimo convencimiento, este criterio:
que en la Obra no caben los tiranos y que la actitud tiránica procede de un
corazón lleno de sí mismo. Atajad, por tanto, allí, en vuestro corazón, lo que
veáis que es una tendencia al mando falto de templanza y moderación. Examinad
el modo en que ejercitáis vuestro deber de servir, mirad que no se introduzca
en vuestro espíritu el afán desconsiderado de tratar, como propietarios, los
asuntos de gobierno y de formación. Arrancad, hijos [8] míos, apenas la notéis, la tendencia que pretenda empañar la Iimpieza de vuestra labor —santificadora— de gobierno.
Veréis cómo se hace así más fácil el peso que el Señor ha puesto sobre vuestros
hombros y cómo sabréis enseñar a vuestros hermanos a obedecer con plenitud y
con finura.
1. Espíritu sobrenatural
La unidad de vida, característica fundamental del espíritu del Opus Dei, hace que los Directores, al darse a los demás en las tareas formativas y apostólicas, no olviden que lo más importante, para ellos mismos y para la Obra, es siempre su propia vida interior: todo su trabajo se fundamenta en una sólida vida de piedad, en el fiel cumplimiento de las Normas y de las Costumbres. Tienen siempre la convicción profunda de que son sólo instrumentos: toda la eficacia viene de Dios; y la luz y el calor que atrae a las almas, procede de que ‑en medio de los errores personales‑ se refleja el espíritu que el Señor ha dado a su Obra. Con este convencimiento ‑ y con la colegialidad, bien llevada‑ se evita cualquier actitud que pueda parecer presuntuosa, así como el desaliento cuando el Señor deja ver la insuficiencia de la propia capacidad personal.
El trabajo de los Directores y la vida en familia se caracterizan siempre por un ambiente sobrenatural, noble y sincero, que aleja cualquier asomo de visión humana o de diplomacia al tratar las cuestiones de gobierno; y, a la vez, por una corrección humana ‑buena educación‑, que es exigencia de la caridad sobrenatural.
Para servir, servir, os he repetido muchas veces
—escribe nuestro Fundador—, pues en esa frase se condensa una gran parte
de nuestro espíritu: servicio a Dios, repito, a su Santa Iglesia y al Romano
Pontífice; servicio a todas las almas; especialmente a los que el Señor ha
puesto junto a nosotros, dándoles la vocación al Opus Dei, o a aquellos otros
que ‑no teniendo vocación‑ reciben el influjo del ejemplo y de la doctrina, que es también
otro servicio apostólico.[9]
Queremos
servir, ser útiles a nuestra Madre la 0bra, en bien de las almas, pero no hemos
de olvidar que el lugar, en el que somos más eficaces, es aquél en el que nos
han puesto los Directores Mayores: ésa es la voluntad de Dios.
Y en ese
lugar ‑y no en otro, que acaso nos parezca más apropiado por nuestras
disposiciones, o por nuestras aptitudes, o quizá por nuestro capricho, en ese
lugar, es donde la gracia de Dios nos ayudará con mayor eficacia.
Por esta
misma razón, os he enseñado desde el principio a considerar los cargos internos,
no como un puesto de honor o de privilegio, que no lo son, sino como una
oportunidad más de servir. Así se explica ‑lo contrario iría contra
nuestro espíritu‑ que, no acostumbremos a felicitar a los que reciben el
nombramiento para un cargo dentro de la Obra, porque no pensamos en el cargo,
sino en la carga ‑gustosamente llevada- que supone servir a nuestros
hermanos.
Para
allanaros el camino, para señalaros expresamente un obstáculo que podría
presentarse ‑la soberbia y el afán de figurar-, y para ayudaros a
sortearlo, quise que todos los que se dedican a la labor de gobierno, tengan
muy en cuenta que no agra da a Dios el ambicionar cargos, ni desear retener los
que ocupan. Dejar de ocupar un cargo, no es fracaso: es otro modo de servir.
Sé que
vosotros, hijos míos, los que quizá seréis llamados más adelante a un puesto de
dirección interno, meditaréis con frecuencia las cosas que os digo, porque
queréis ser santos, manteniendo limpio vuestro corazón de toda apetencia
humana. Seguid obrando siempre así, y enseñad a vuestros hermanos a hacer lo
mismo; que repasen y mediten estas consideraciones, cuando deban tomar posesión
de un cargo o cuando dejen el que ocupaban.
De este modo la eficacia de la labor será muy grande, y mantendremos vivo en el corazón el propósito que nos trajo a la Obra: [10] servir a Dios, entregárselo todo, hacer siempre lo que su Voluntad Santísima quiera en cada momento para cada uno de nosotros, sin que un celo mal entendido o un razonamiento nacido del orgullo empañe jamás la rectitud de intención que debemos tener (Instrucción, 31-V-1936, nn. 9-13).
Por tanto, los Directores procurarán, además, afinar en la lucha, constante, por evitar aun la apariencia de una situación de privilegio o de que buscan y desean excepciones, por pequeñas e insignificantes que parezcan; o, en fin, de que se consiente que otras personas se las faciliten.
Todos, al tomar posesión y al cesar en un cargo local, leen y meditan este texto de nuestro Fundador. A los encargados de Grupo, y a los Agregados y Supernumerarios nombrados Consultores o Celadores, se les explica detenidamente su contenido ‑sin leérselo‑, para que lo lleven a su oración personal.
2. Colegialidad
En la Obra, el ejercicio de la misión de dirección y gobierno es siempre colegial, como también la responsabilidad de todos y de cada uno de los que participan en esa función. Por tanto, cuando se habla del Director y se detallan consejos y normas de prudencia para su trabajo, se aplica a cuantos ocupan puestos de dirección, con independencia del nombre que reciba cada cargo.
Los asuntos se estudian y deciden colegialmente, porque un Director solo no recibe función de gobierno en el Opus Dei. El hecho de que se asignen determinadas tareas, más especialmente, a cada uno de los Directores, de ordinario persigue mejorar el orden y la eficacia del trabajo.
De acuerdo con lo establecido en Decr. Gen. 1/99, art. 5 § 2, en el Consejo local tienen voz y voto el Director, el Subdirector ‑o los Subdirectores‑ y el Secretario. El sacerdote del Consejo local o ‑cuando lo hay‑ el Director espiritual no tienen voto, a no ser que desempeñe un [11] cargo de los señalados en Ratio Institutionis, nn. 49 y 99, pero sus opiniones y consejos deben ser escuchados y considerados por los que forman ese Consejo local.
Los asuntos se deciden por mayoría de votos (cfr. Decr. Gen. 1199, art. 5 § l). Si se trata de materias de poca importancia, que no parece necesario llevar a una reunión del Consejo local, el Director resuelve de acuerdo con el Subdirector o con el Secretario, según las tareas que cada uno tenga asignadas.
Tanto dentro del Consejo local, como en sus relaciones con la Comisión Regional, se vive la unidad hasta en los menores detalles. Si los Directores no estuvieran unidos, si no supieran convivir con caridad, con sencillez y con alegría, si cada uno de ellos tocara a destiempo, no podría haber gobierno eficaz, y se resentiría su propia vida interior y todo el apostolado del Centro.
Los miembros del Consejo local tienen el derecho y el deber de exponer libremente su opinión sobre los distintos asuntos. Si, en algún caso, un Director se sintiera cohibido para manifestar su opinión en las reuniones del Consejo local, o delante de otros Directores, sería necesario hacerle la corrección fraterna, para ayudarle a luchar y a ser eficaz instrumento de gobierno colegial.
Los asuntos no se discuten: se estudian, con entera libertad, y de ordinario por escrito. Cuando se actúa con sentido sobrenatural, no hay ni puede haber oposición: el posible contraste de opiniones, en alguna cuestión, no es más que una muestra del sentido de responsabilidad de los Directores, y un motivo para seguir estudiando ese asunto o, en su caso, para remitirlo a la Comisión Regional.
El sentido sobrenatural que impregna la labor de dirección lleva a que, en las reuniones del Consejo local, cuando se considera la marcha de la labor y de las personas, no se hable nunca de asuntos del fuero interno, ni se desciende a detalles innecesarios. Estos mismos criterios de delicadeza extrema que se aplican en el gobierno de los miembros de la Obra, se cuidan al tratar de las personas que participan en las la [12] labores de San Gabriel, de San Rafael o de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Las reuniones del Consejo local son breves. Esto se logra siempre, si se cumplen puntualmente los criterios establecidos, y se prevén y estudian las diferentes cuestiones con la debida antelación. Además, para que las reuniones sean efectivamente breves, los Directores se han de limitar a acordar si un asunto ha de consultarse a la Comisión Regional, o a tomar una decisión, mediante la votación oportuna. Una vez adoptada colegialmente una determinación, todos ‑y especialmente los que proponían una solución distinta‑ ponen empeño y entusiasmo en llevar a cabo lo que acordó la mayoría.
3. Dedicación profesional
La tarea de los Directores es trabajo y dedicación profesionales y un apostolado directísimo ‑ eficaz, fecundo‑, porque sólo se busca servir a las almas. Requiere mucha vida interior, espíritu de sacrificio y un gran celo apostólico: en la Obra se vive no de entusiasmos, sino de visión sobrenatural.
Los Directores locales ‑y de modo especial los de los Centros de Estudios‑ residen habitualmente en la sede del Centro respectivo, porque su ocupación principal es atender debidamente el encargo apostólico que se les ha encomendado. Evitan, por tanto, hacer viajes que les distraigan de su labor de dirección, a no ser que haya una causa seria que los justifique o que, para algunos Directores, realizar determinados viajes constituya una obligación de su cargo. Esta exigencia de la eficacia apostólica se tiene en cuenta también al determinar los Cursos anuales, cursos de retiro, etc., de los Directores locales: las cosas se organizan de modo que, alternándose entre ellos, no dejen desatendida la labor que se realiza en y desde el Centro.
Los Directores denotarían un falso celo apostólico si quisieran hacer trabajos que pueden y deben realizar los demás; esa actitud podría estar originada por un movimiento de soberbia, por pensar que ellos ter [13] minan las cosas más eficazmente, o con mejor espíritu. Y, si eso fuera verdad, significaría precisamente que los Directores no saben mandar ni formar a sus hermanos.
Una de las condiciones del buen gobierno es prever los asuntos con anticipación suficiente, para que se resuelvan sin precipitación y después del conveniente estudio. Esto supone realizar el trabajo con orden, que no es siempre cronológico: la última cuestión planteada puede ser más urgente o más importante, y tener prioridad sobre todas las demás.
Este mismo orden exige especial diligencia en el cumplimiento de las indicaciones que se reciben de la Comisión Regional, sin desvirtuar su contenido por una subjetiva ponderación de las especiales circunstancias del lugar o de la labor. No obstante, cuando existen dificultades objetivas, se consulta.
No se debe confundir la serenidad en el gobierno con la dejadez y los retrasos en el estudio de los asuntos: la serenidad se compagina perfectamente con la necesaria diligencia para afrontarlos y resolverlos.
La constancia en el trabajo es también condición imprescindible para la eficacia. Hay que empezar las cosas y acabarlas, tanto si se resuelven en pocos días, como si se prolongan durante años. Y siempre con el mismo interés y la misma dedicación, porque lo que mueve al trabajo no es el entusiasmo ni la simple ilusión humana, sino la conciencia del cumplimiento del deber, por amor a Dios.
Para conseguir que los documentos respondan plenamente a la realidad, y no puedan interpretarse de modo incorrecto, se recurre a la redacción de común acuerdo, rehaciéndolos cuantas veces sean necesarias. Cuando un Director deba firmar un escrito ‑del tipo que sea‑, lo lee antes detenidamente, para captar exactamente su contenido y aceptar responsablemente lo que allí se expresa: una medida de elemental prudencia y, al mismo tiempo, manifestación del sentido de responsabilidad que se ha de cuidar en todo momento.
Cada Director lleva un calendario ‑una agenda perpetua en donde anota los asuntos que, por razón de su cargo, tiene que resolver en fe [14] chas determinadas. Con este detalle de orden, se evitan retrasos por simples olvidos.
Al recibir de otro Consejo local una comunicación que requiere respuesta, se ponen los medios necesarios para despacharla con diligencia, procurando siempre contestar con prontitud dentro de un plazo razonable, no superior al corriente ‑en casos semejantes‑ entre organizaciones de tipo profesional. Los retrasos en la correspondencia originan con frecuencia trastornos e inconvenientes que se deben evitar, por motivos de caridad, de justicia y de buen gobierno. Si las circunstancias o las características de la materia no permiten una respuesta a corto plazo, será siempre aconsejable acusar recibo enseguida, dando una idea aproximada de cuándo se podrá contestar con precisión. Nunca se espera varias semanas: incluso una respuesta negativa, pero rápida, tiene ya cierto valor positivo, porque permite emprender otros caminos para resolver el problema, enfocarlo de otro modo, tomar una decisión, etc.
Una manifestación más del sentido profesional con que los Directores locales realizan su trabajo, es que ponen un especial empeño en conseguir cuanto antes un nivel de conocimiento de la lengua castellana que, al menos, les permita leer y asimilar los documentos de gobierno, para luego seguir perfeccionándolo con continuidad.
4. Silencio de oficio
Las materias conocidas por razón del cargo, sólo se comunican o comentan, como es lógico, con aquellas personas que ‑también por razón de su cargo‑ deban conocerlas. Si un médico o un abogado guardan un natural secreto profesional ‑silencio de oficio‑ sobre los asuntos que conocen con motivo de su trabajo, con mucha mayor razón han de vivir ese silencio quienes se ocupan de las tareas de dirección o de formación espiritual de las almas.
El Opus Dei es una familia de vínculos sobrenaturales, y ‑como sucede en las familias‑ los hijos no tienen por qué estar enterados de todo lo que preocupa a sus padres; y los hijos menores no tienen por qué [15] saber las cosas que, algunas veces, conocen con sus padres los mayores. Sería una grave imprudencia ‑incluso una falta contra la caridad y la justicia‑ comunicar detalles que se conocen por razón del cargo a personas que no tienen derecho a saberlos. No es motivo para obrar de otro modo pensar que las personas con quienes se habla son mayores, o han tenido cargos de dirección en la Obra, o merecen una especial confianza. Sería también un falso celo comentar a alguno cosas que no tenga derecho a saber, pensando que así se le ayuda en su vida espiritual: la función de criterio de quien no tiene por qué ejercitarla es difícil que no acabe en murmuración y enredo. Una actuación de este tipo ‑que gracias a Dios no se ha dado ni se dará nunca‑ originaría, además, un ambiente contrario al calor de la lealtad, de la caridad y de la nobleza, propias del espíritu de la Obra.
Saber referir a los demás lo que realmente se debe decir, es parte de la ciencia de gobierno que han de cultivar los Directores. Este aspecto de la virtud de la prudencia se completa con la delicadeza y con la elegancia, rechazando hasta la apariencia de secreteo, caricatura del silencio de oficio. Resultarían inadmisibles frases como: “Esto lo sé, pero no te lo puedo decir”.
Los Directores, aunque estén solos, nunca hablan de asuntos de gobierno en la tertulia, en el comedor, etc. Evitan así el peligro de que no se interprete bien una noticia o comentario, o de ocasionar molestias a alguna persona. Además, tratar esos asuntos fuera de las habitaciones de trabajo, obligaría a usar tonos de voz propios del secreteo, tan ajeno al espíritu de la Obra, o frases de sentido oscuro, que resultarían poco naturales, poco elegantes y, por consiguiente, inadmisibles.
De otra parte, nunca se dejan llevar por el afán de notoriedad o el deseo de darse importancia, aun en detalles pequeños. Por ejemplo, no tendría sentido que desde un Centro se comunicase a otro el número de peticiones de admisión, los nombres de los que han sido destinados a otra Región, o de alguno que no haya seguido adelante, o los resultados de gestiones hechas para ayudar al sostenimiento de las labores apostólicas. [16]
Los que han sido designados para ocupar cargos de gobierno, antes de comenzar sus funciones, meditan los criterios de prudencia, justicia y caridad relacionados con esta materia, sabiendo que tienen el compromiso sub gravi de vivirlos, durante y después de cesar en el cargo.
Los Directores que cesan en sus cargos no hablan para nada de los asuntos de gobierno que han conocido y en los que han tenido que intervenir durante el tiempo de su mandato. Solamente tratan de esas cuestiones si los Directores les preguntan expresamente.
Siempre se han practicado en la Obra, gracias a Dios, las virtudes relacionadas con el silencio de oficio, y los Directores sienten la obligación de cuidar que se observen cada día con la máxima fidelidad, haciendo la corrección oportuna, si alguna vez no se cumplieran. Si hay reincidencia ‑o cuando la importancia del asunto lo aconseje‑, lo comunican a los Directores inmediatos: se trata de un estricto deber de conciencia.
Finalmente, aunque conviene agradecer a nuestra Madre la Iglesia las gracias y facultades que ha ido concediendo a la Obra, y usarlas con gratitud, no es razonable hablar de esto si no hay necesidad: aparte de una razón de humildad colectiva, puede dar lugar en algún caso a envidias, murmuraciones y molestias, en personas que no poseen esas gracias.
5. Relaciones con la Comisión Regional o con el Consejo
de la Delegación
Sería una comodidad poco responsable descargar sobre la Comisión Regional o sobre el Consejo de la Delegación la decisión de cuestiones que son competencia del Consejo local. Cuando se presenta una duda positiva sobre la solución del caso, y se estima prudente cursar una consulta, el Consejo local, para no eludir su responsabilidad, expone el criterio o la solución que juzga más oportuna, expresando las razones en pro y en contra.
Las cosas urgentes pueden esperar, y las muy urgentes deben esperar. Por tanto, es una manifestación de buen gobierno, cuando se tramita una consulta, no resolver nada hasta que llegue la respuesta. Denotaría tam [17] bién falta de delicadeza enviar a los Directores una consulta precipitada, exigiendo una contestación urgente o señalando el plazo en que han de responder. Los Consejos locales remiten sus consultas con antelación suficiente, para que puedan estudiarse y decidirse a tiempo. Sin embargo, si en algún caso hay probabilidad de que la espera dé ocasión a perjuicios o molestias, se toma una resolución antes de recibir la respuesta, pero se comunica inmediatamente la decisión adoptada y las razones que la motivaron.
Durante los viajes y estancias de los Directores Centrales, Regionales o de la Delegación en los Centros, se procura facilitarles al máximo el desempeño de su misión, pero no se tienen extraordinarios por ese motivo (por ejemplo, en la comida, o proponiendo planes de salidas o paseos que no se harían ordinariamente). Todo ha de organizarse en función del trabajo por el que el Director está allí.
Como es obvio, por parte de los Consejos locales se evita todo asomo de personalismo en el trato con los Directores, como sería, por ejemplo, invitar directamente al Centro a una determinada persona de la Comisión Regional o del Consejo de la Delegación, dar un valor o importancia diversas según quien haya ido a verles, etc.
Las personas de la Obra, y sobre todo los miembros de los Consejos locales, no asaltan con preguntas a los Directores Regionales, cuando éstos se encuentran de paso en un Centro, con la pretensión de que resuelvan enseguida un determinado problema; tampoco sería prudente presentarles algún documento, una petición escrita, una minuta, etc., para obtener una contestación inmediata o la aprobación de ese documento. La función de gobierno nunca es personal. Las consultas, por consiguiente, se envían a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación; y allí, en la sede oportuna, estudian el asunto quienes tienen competencia, y se contesta después.
Durante su permanencia en los Centros, los Directores Centrales, Regionales y de la Delegación pueden asistir ‑siempre que lo juzguen oportuno‑ a la reunión del Consejo local. Pero no la presiden, a no ser que se trate del Vicario General, del Vicario Regional, del Delegado o del Vicario de la Delegación. [18]
6. Documentos para el gobierno local
a) Estudia de los
documentos
Los miembros del Consejo local organizan su horario, de modo que les permita leer periódicamente los documentos de nuestro Padre y de sus sucesores. Será una lectura meditada, con espíritu de examen; y, además, llevarán a su oración esos escritos, porque se han preparado con una razón de servicio a Dios, aunque a veces traten de cosas muy concretas, hasta de tipo material: todos encierran vida y espíritu de la Obra; dan siempre doctrina y estimulan al ejercicio de las virtudes.
Como hace un buen profesional, que repasa y pondera los contenidos específicos de su trabajo y mantiene sus conocimientos al día, los Directores locales también han de conocer muy bien el contenido de los Vademecums y Experiencias que les correspondan. Aunque no formen parte de un Consejo local, no hay inconveniente en que otros lean estos textos; por ejemplo, los Numerarios mayores que atiendan encargos de formación y los sacerdotes Numerarios. En estos casos, los interesados piden el libro correspondiente al Consejo local, y lo devuelven inmediatamente después de emplearlo.
Para citar algún texto de estos libros, se hace del modo siguiente: Vademécum (o Experiencias), fecha del documento, página, párrafo. Por ejemplo, Vademécum, 19‑III‑2002, 126, 3, significa: Vademécum del gobierno local, 19‑III‑2002, página 126, párrafo 3. Al referirse de palabra a estos libros o al conjunto, conviene utilizar siempre su nombre propio: Vademécum o Experiencias, que eso son.
Estos y otros escritos que reciben los Consejos locales no tienen únicamente como fin dar criterio a los Directores. Por tanto, éstos no se limitan a leerlos y meditarlos y guardarlos después. Son doctrina viva y clara que han de transmitir a los demás. Una vez que los Directores los han leído y meditado, a fondo, los comentan en la reunión del Consejo local: de esa comunicación de ideas obtendrán el mayor provecho posible personal y para el Centro, y abundante experiencia práctica para utilizar en Círculos, charlas personales, etc.; y el sacerdote, en pláticas y [19] meditaciones. Con este estudio permanente ‑responsabilidad grave de los Directores‑, conservan fácilmente en su memoria los criterios básicos y las experiencias sobre cómo desempeñar su tarea, evitando omisiones, improvisaciones, pérdidas de tiempo o actuaciones personales; y así, además, realizan con perfección su principal trabajo profesional.
Si alguna vez el Consejo local no entiende un documento enviado desde la Comisión, o piensa que no lo puede cumplir, o que puede mejorarse de algún modo, lo hace saber enseguida a la Comisión.
b) Envío de
documentos
Los documentos se pueden mandar por correo o bien en mano aprovechando el viaje de algún Numerario o Agregado, o, en casos urgentes, de un Supernumerario, y que vaya directamente al lugar de destino. Al darles el correo, se les encarece que lo entreguen inmediatamente, apenas lleguen a la ciudad. Se envían siempre en mano los escritos que indique la Comisión Regional, y aquellos que el Consejo local considere menos prudente remitir por correo ordinario.
Los Consejos locales envían sin demora el correo ordinario a la Comisión Regional, con la periodicidad que ésta indique. No es motivo para retrasarlo la ausencia ‑por causa de enfermedad, viaje, descanso, etc.‑ de algún Director: en la Obra no hay gobierno personal.
A no ser que se manden por medio de una empresa especializada y de reconocida garantía, no se envían nunca por correo muchos papeles en un mismo sobre, aunque sea resistente, porque fácilmente se puede romper: es preferible preparar varios sobres con poco contenido cada uno. Además, el tamaño de los sobres se acomoda siempre al contenido; se doblan los papeles ‑folios, etc.‑, para poder utilizar sobres pequeños, que llegan menos deteriorados. Cuando se trata de fotografías, folletos, artículos, etc., que no convenga doblar, los sobres han de ser todavía más resistentes y, si es necesario, se protege el material remitido con unos cartones adecuados. [20]
Los diversos envíos se hacen a la dirección de la sede de la Comisión Regional, y a nombre de alguno de los miembros de la Comisión, con excepción del Vicario Regional.
Periódicamente, se remiten a la Comisión Regional los comentarios del Evangelio.
En el Anexo 1 se recogen algunas experiencias sobre la Costumbre de escribir al Padre.
c) Uso del
teléfono, fax o correo electrónico
La tarea de gobierno no se hace nunca por teléfono. Los asuntos se estudian y se comunican siguiendo los cauces adecuados, previendo con anticipación las posibles dificultades. De esta forma, todas las cuestiones urgentes se pueden examinar muy bien y cursar las consultas de modo oportuno.
Tampoco resulta prudente, ni lógico, informar por teléfono acerca de la marcha de las labores apostólicas ni comunicar por este medio noticias que no son urgentes. Si las conversaciones son interurbanas, constituiría además una falta de pobreza.
El correo electrónico no se usa para asuntos de gobierno ni para comunicar cuestiones delicadas. El teléfono se utiliza sólo cuando no es posible enviar una comunicación por fax y se prevé objetivamente que por correo ordinario no llegará a tiempo, para tramitar un asunto que ha de resolverse en un plazo fijo. La excepción, pues, ha de ser muy extraordinaria: las conferencias interurbanas serán pocas ‑las imprescindibles‑ y breves. Pero, aun en estos casos, antes de llamar por teléfono, intervienen en el estudio oportuno, siguiendo los cauces previstos, quienes tienen derecho y obligación de hacerlo.
El sentido común, la prudencia y el amor a la pobreza llevan, además, a escribir previamente el texto de la comunicación: de esta forma, se dice exactamente lo que se desea, con claridad, brevedad y naturalidad. Luego, se envía copia por escrito de ese texto. Muchas veces, es [21] también aconsejable que quien recibe la llamada tome nota literal de todo. Siempre que sea posible, se planean para las horas de tarifa rebajada establecidas en algunos países.
En
definitiva, se procura reducir al mínimo el uso del teléfono. La tendencia a
resolver los asuntos de esa manera puede provenir de la precipitación, de la
superficialidad en el estudio de los problemas, y de un mal entendido afán
humano de eficacia: circunstancias que hacen prácticamente imposible gobernar ad mentem Patris, o ad mentem Conditoris nostri.
Por otra parte, es de caridad, y en muchos casos de justicia, no tratar determinados asuntos por teléfono, y siempre hay que hablar con naturalidad. Sería absurdo dar la falsa impresión de que se quiere ocultar algo, porque alguien emplease giros desusados, abreviaturas o siglas. El cualquier caso, tampoco se usa el teléfono para algunos asuntos, cuando la calidad de la persona, que habla o a la que se habla, exige especial prudencia. Si llaman por teléfono y quieren entablar una conversación que resulta imprudente se corta ‑con delicadeza, pero decididamente‑, diciendo que se prefiere hablar despacio y en otro momento, o empleando una excusa parecida. Y esto, cualquiera que sea la persona que haya llamado.
Estas exigencias de la prudencia y de la pobreza se viven a todos los niveles: entre los Consejos locales; entre los Consejos locales y la Comisión Regional, o con los Consejos de las Delegaciones dependientes. Y se aplica especialmente a las conversaciones telefónicas todo cuanto se ha dicho sobre el silencio de oficio. También los Numerarios, Agregados y Supernumerarios, que trabajan en obras corporativas de apostolado, han de extremar la prudencia en sus conversaciones por teléfono, para no faltar a la caridad o a la justicia, al tratar asuntos especialmente delicados.
Todas estas indicaciones de buen gobierno se aplican igualmente para otros usos del fax o del correo electrónico. Por ejemplo, estaría fuera de lugar que, a causa de la facilidad de estos procedimientos de comunicación, se enviaran mensajes informando de actividades a un fiel [22] de la Prelatura destinado en otra Región, como si fuera un corresponsal. Siempre se ha de seguir el trámite señalado para las comunicaciones y evitar lo que, aun de lejos, pudiera sonar a “hacer grupo”.
Cuando una persona desconocida pide por escrito información sobre el Opus Dei (por carta, por correo electrónico, etc.), quizá porque piensa tener vocación a la Obra, se comunica a la Comisión Regional, que se encargará de responder. No obstante, sí se trata de cartas sencillas, las puede contestar un miembro del Consejo local, que las archivará unidas a la contestación.
La respuesta será, de ordinario, muy concisa: se limita a agradecer el interés de quien escribe y a mandarle información sobre el Opus Dei: la separata de un buen artículo, la dirección en internet de alguna Oficina de Información, Si se considera conveniente, se añade una relación bibliográfica de libros o de otros artículos sobre la Prelatura, o se envía también alguna Hoja informativa y estampas de nuestro Padre. Más adelante, se verá si conviene o no tener una entrevista personal.
d) Redacción de
documentos
Los escritos se redactan de manera que se diga todo lo que se desea comunicar: con claridad, para que no se pueda entender otra cosa; con brevedad, sin circunloquios; con orden, numerando, si es preciso, las distintas materias; con caridad, para que ‑si se refiere directa o indirectamente a alguna o algunas personas‑ los pudieran leer los interesados con alegría y agradecimiento; con objetividad, sin dejarse llevar por prejuicios. Especialmente, las respuestas a los Directores Regionales han de ser concretas, con cifras o datos bien precisos, cuando el asunto lo requiere, nunca se contesta con un "aproximadamente" o un "más o menos». Si no se tiene información suficiente para responder con exactitud, se reconoce así; y después se busca y se envía cuanto antes.
Es importante cuidar la redacción, de modo que nada pueda interpretarse de manera peyorativa para nadie, tampoco para la Obra: sería una injusticia. Por ejemplo, si se redacta un informe sobre una conver [23] sación mantenida con una persona que afirme cosas erróneas relativas a la Obra, siempre se incluye la contestación que se le dio ‑la aclaración, rechazando esos errores‑ para hacerle ver su equivocación. O si se escribe sobre alguna persona que, siendo buena, no comprende o tiene algún recelo de la Obra, se deja claro que se trata de una excepción; gracias a Dios, gran cantidad de personas de su mismo ambiente amarán, apreciarán y ayudarán la labor que la Obra realiza. Trabajar así, además de ser de justicia, es la única forma de exponer una idea exacta de la realidad.
Los escritos que los Centros envían a la Comisión Regional, al Consejo de la Delegación o a otros Centros ‑en papel sin membrete‑, llevan un número de protocolo, como es usual en cualquier organización: la sigla del Centro, el número que corresponde al documento dentro de la serie del año en curso, una barra inclinada y las dos últimas cifras del año. Resulta muy práctico hacer dos numeraciones distintas: una para los documentos dirigidos a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, y otra para los que se envían a los demás Centros. En el segundo caso, se pone además, entre el nombre del propio Centro y el número de protocolo, la referencia al Centro al que se remite el documento.
e) Archivo y
conservación de documentos
Solamente conviene guardar los documentos necesarios para las tareas de dirección y formación, siguiendo las indicaciones recibidas de la Comisión Regional o del Consejo de la Delegación. Corresponde al Secretario llevar un registro y un índice de los principales documentos del archivo: facilitará la consulta y la redacción de otros escritos semejantes. Lógicamente, se conserva copia de los documentos enviados a las autoridades eclesiásticas o civiles, y otra copia se envía a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, salvo de las simples cartas de cortesía, para pedir audiencia, etc.
Las Instrucciones y las Cartas de nuestro Fundador y de sus sucesores, los Vademecums y Experiencias, etc., se guardan en la sede del Cen [24] tro al que han sido asignados. Se custodian bajo llave en el despacho del Director; y no se sacan de la sede del Centro. Si en un Centro existe una habitación reservada para el trabajo del Consejo local, ahí se pueden custodiar los documentos de gobierno, siempre que sea contigua al despacho del Director. Naturalmente, la llave del armario donde se guardan los documentos, accesible sólo a los miembros del Consejo local, se custodia en el despacho del Director. En estos casos, para evitar pérdidas, conviene extremar las medidas de prudencia; por ejemplo, nunca han de quedar los armarios abiertos, ni un documento sobre la mesa, si no se está utilizando: en cuanto se termina la consulta o el estudio, se devuelve a su sitio.
Si hiciera falta, por alguna circunstancia extraordinaria ‑cambio de casa, por ejemplo‑, se trasladan con la máxima prudencia: en una cartera de mano, en una bolsa o en un maletín, exclusivamente destinados a este fin, que lleva siempre consigo un Director. De modo semejante, en los viajes, los escritos no se meten en las maletas, porque pueden confundirse o perderse, etc. En las estaciones o aeropuertos, no se guardan en la consigna de equipajes o sitios similares. Si se viaja en coche, no quedan dentro del automóvil, cuando se deja solo, aunque se cierre con llave. Quienes tengan que hacer el traslado, responden de su custodia: han de tomar, antes y después, las medidas oportunas para evitar que se extravíe ese material y se entrega al Consejo local una nota firmada, especificando los documentos que se sacan y el número de ejemplares.
Conviene que en los Centros se lleve un control exacto de esos documentos: es una norma de prudencia y de buen gobierno. Si alguna vez se extravía algún documento, se comunica inmediatamente a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación, informando de los detalles oportunos, sin pensar que ese contratiempo tiene categoría de catástrofe. Si se pierden, no pasará nada: todo lo que se escribe es, por el fondo y por la forma, no sólo bueno y noble, sino santo. Por eso, si alguna persona que no pertenece a la Obra lo leyera, se llenada de alegría y de afecto, al ver la rectitud de conciencia, la limpieza de medios sobrenaturales [25] y humanos que se emplean, y el amor y el sacrificio que se pone para servir y hacer bien a la humanidad entera sin distingos, sin fobias. Sin embargo, ese descuido sería una falta de pudor: el pudor de cualquier familia, que se preocupa lógicamente de que no trasciendan, a los extraños o a los curiosos, los detalles íntimos de su hogar.
Cuando en un Centro de Numerarios, excepcionalmente, no va a vivir nadie durante algún periodo del año, se consulta a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación cómo se deben custodiar los documentos durante ese tiempo.
También,
por análogas razones de prudencia y de orden, es muy aconsejable no llevar
papeles de este tipo en los bolsillos, ni dejarlos sobre la mesa de trabajo
cuando se sale de la habitación.
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