[68]

 

 

 

 

IV

 

FORMACIÓN

 

 

1. Solicitud de los Directores en la labor de formación

 

         Los fieles de la Prelatura fomentan el sentido de responsabilidad personal para sostener y mejorar su propia vida interior y la de sus hermanos; cuidan con delicadeza la asistencia y la puntualidad a las reuniones familiares, de piedad o de formación; procuran fortalecer la unidad y hacer que la convivencia esté siempre llena de alegría y de paz, de sentido sobrenatural y de calor humano.

         Principalísimamente, los Directores locales deben tener presente la necesidad de formar muy bien a sus hermanos, de ayudar a cada uno a profundizar en su entrega, con una orientación siempre positiva y constante, para enamorarse más y más del Señor, sabiendo que esa ayuda no ha de cesar en ningún momento: en el Opus Dei, la formación no termina nunca (Catecismo de la Obra, n. 194).

         El progreso en la vida espiritual, la perseverancia en la vocación, la fidelidad a las exigencias de la entrega, son consecuencia del amor a Dios, no producto del voluntarismo, ni ‑ mucho menos‑ el resultado del simple cumplimiento externo de un conjunto de prescripciones. El secreto de la perseverancia ‑escribió nuestro Fundador‑ es el amor. ‑Enamórate, y no "le" dejarás (cfr. Camino, n. 999).

         Es preciso, por tanto, que los Directores señalen metas a cada uno, [69] también en su labor apostólica, exigir su cumplimiento y animar. Han de darse cuenta inmediatamente de si alguno desentona, para averiguar la causa de la falta de sintonía y poner a tiempo, pero lo antes posible ‑aunque siempre es tiempo‑, el remedio oportuno. Ninguno es un verso suelto, sino que forma parte de un poema divino, que ha de acoplarse al conjunto.

         Todos han de recibir los medios de formación con puntualidad y esmero desde el primer momento, cuidando especialmente la dirección espiritual personal. El Consejo local ha de asegurarse de que se forma bien, desde el principio, a cada persona; de que se le enseña y facilita la sinceridad. Cada uno ha de ser como una brasa encendida; nadie puede apagarse porque se le atienda superficialmente.

         También es parte del buen gobierno saber prevenir las dificultades que puedan presentarse cuando una persona, por circunstancias de edad o de enfermedad, se ve obligada a recortar la actividad o el intenso trabajo en tareas apostólicas ‑que es tarea también profesional‑ que hasta entonces venía desarrollando. Además de proporcionar la ayuda espiritual, los Directores se encargarán de orientarle para que encuentre una ocupación adecuada a sus circunstancias, dentro del inmenso quehacer de nuestro trabajo apostólico: los hijos de Dios en el Opus Dei no nos jubilamos nunca, y estamos persuadidos de que hay diversos modos de servir y de continuar trabajando por las almas, que es nuestra única ambición.

         La puntualidad ‑consecuencia de la caridad con los demás, del orden y del deseo de aprovechar el tiempo‑ se ha practicado siempre en las reuniones familiares, en las actividades organizadas en los Centros ‑conferencias, retiros, Círculos, reuniones en general‑, y en las tareas personales. Los actos empiezan y terminan a la hora prevista. No es razón para retrasarlos que alguno llegue tarde: con este desorden, se haría perder el tiempo a los que acuden puntualmente. Por tanto, quien tenga la responsabilidad de esa actividad, estará en el lugar señalado con antelación suficiente, para disponer lo necesario ‑mesa, sillas, libros, etc.‑ y cumplir el horario fijado. [70]

         Quienes atienden a hermanos suyos con un cierto tiempo en la Obra, además de reunir las condiciones de edad y experiencia que se requieren, han de poner en práctica lo que se recoge en las Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 20‑22, y conocer bien la doctrina ascética sobre los diferentes períodos de la vida interior (cfr. Ibíd., Anexo IV, especialmente pp. 181‑185).

         Además de rezar y mortificarse por los que les están confiados, procurarán alimentar su propia vida espiritual y la de sus hermanos con las enseñanzas y los consejos de nuestro Padre, más específicos para esas pocas de madurez: por ejemplo, los contenidos en los artículos de Cuadernos 8 y 11.

         Es preciso que les faciliten con su actitud la apertura del alma en la dirección espiritual personal (cfr. Catecismo de la Obra, n. 142), especialmente si se insinuara en alguno la sutil tentación de la desconfianza hacia quienes le guían por las sendas de la vida interior. Si alguien pasara por una situación de este estilo ‑no sucederá, de ordinario‑, los Directores pondrán más medios ‑oración y obras‑ para facilitar la docilidad confiada y rendida de ese hermano suyo; y lo ayudarán con firmeza a superar enseguida, con la gracia de Dios y con su lucha decidida, esa clara tentación diabólica, que se opone frontalmente a la fidelidad en nuestro camino.

         Un aspecto importante en la atención espiritual a los mayores es orientarles debidamente en lo que se refiere a la rectitud y exigencia en su respectivo quehacer profesional o familiar y en sus encargos apostólicos, de manera que cada uno se vaya afianzando siempre más en la unidad de vida, sencilla y fuerte, que está en la base de su respuesta generosa a la vocación. Los Directores locales, especialmente si tienen menos edad, procurarán hacerse cargo de las necesidades de los mayores, derivadas de obligaciones profesionales y sociales, y adelantarse para ayudarles a resolverlas conforme a los compromisos de su entrega a Dios y a nuestro espíritu de contemplativos en medio del mundo. [71]

 

a) Atención de Numerarios y Agregados

 

         De modo particular, los Directores se esmeran en la atención de los Numerarios que, a causa de su trabajo profesional o por otro motivo, viven en una ciudad donde no hay Centro. Procuran que hagan periódicamente vida en familia en el Centro al que están adscritos, por ejemplo, los fines de semana. De esta manera, tienen más facilidad para recibir los medios de formación y de dirección espiritual; y aprovechan el empuje sobrenatural y humano de la vida en familia, para renovar su afán de lucha y su vibración apostólica.

         Los Directores ayudan de modo particular a los sacerdotes de la Prelatura ‑especialmente en la charla semanal y con la corrección fraterna‑ a esmerarse en el cumplimiento de las obligaciones propias de su ministerio: con delicadeza y respeto, pero con fraterna firmeza, cuando sea necesario.

         Concretamente, los sacerdotes tratan habitualmente en la Confidencia de los aspectos más específicos de su vida sacerdotal: piedad personal al celebrar la Santa Misa y esmero en el cumplimiento de las rúbricas: cuándo y cómo rezan la Liturgia de las Horas, y si la utilizan para la meditación y predicación; esfuerzo, presencia de Dios y afán apostólico con que llevan a cabo su ministerio sacerdotal; aprovechamiento del tiempo y distribución de sus ocupaciones: cómo preparan las meditaciones, las pláticas, las clases, cómo pueden hacer rendir más su jornada; trato apostólico de otros sacerdotes; cómo secundan en todo a los Directores de las labores en las que colaboran con su actividad sacerdotal ‑haciendo y desapareciendo: sin ser nunca el palillo de la gaita‑, cómo viven la caridad con los demás; cómo consultan las iniciativas, etc.

         Cuando preparan en su oración la Confidencia, los sacerdotes consideran con frecuencia ‑ haciendo examen‑ aquellas palabras de nuestro Padre: Estad ocupados, daos a los demás, organizad el día para que esté lleno. Dentro de un horario general, tened el vuestro: determinándolo bien en la charla semanal con vuestro hermano, de manera que sepáis lo que debéis hacer, y os esforcéis por  [72] cumplirlo. Así, con el tiempo bien empleado, no se da lugar al diablo. Sed delicados en la obediencia, hijos míos sacerdotes, sed ejemplo de disponibilidad, sed puntuales en las reuniones de familia. Aborreced las excepciones, y así predicaréis también con el ejemplo (Carta 17-VI-1973, n. 33).

         Los Directores locales han de mostrar una especial solicitud por estos hermanos suyos, cuidando de su vida de piedad, de su salud, de su necesario descanso ‑conscientes de que, a veces, les puede resultar difícil encontrar el tiempo o el modo de hacerlo‑, y de cuanto contribuya a facilitarles el camino de santidad y el cumplimiento de su ministerio sacerdotal. Esto exige que el Consejo local conozca con el detalle oportuno sus tareas pastorales y pueda ‑ de acuerdo con los Directores Regionales o de la Delegación‑ tomar las medidas para ayudarles eficazmente.

         Los horarios de la actividad sacerdotal se preparan de modo que los sacerdotes puedan recibir los medios de formación con regularidad, junto con las demás personas del Centro. Por su parte, los sacerdotes Numerarios procuran asistir ‑con mucha frecuencia, si no es posible todos los días‑ a la meditación de la mañana en el propio Centro. De todas formas, en caso de real incompatibilidad, es preferible hacer la oración de la mañana antes de la Santa Misa, que cumplir esa Norma de piedad con los demás.

         Aunque un sacerdote bine habitualmente, hace media hora de oración por la mañana y otra media por la tarde. En épocas de especial actividad pastoral, puede suceder que ‑predicando por la mañana y por la tarde‑ necesite dedicar además otro rato a la oración, para cuidar su propia vida interior: se le puede aconsejar que lo haga.

         Hay que procurar que haya Misa diaria en cada Centro, celebrada por un sacerdote de la Obra. Si no fuera posible, se ha de evitar que varios Numerarios acudan juntos de modo habitual a una iglesia; y, de ordinario, tampoco conviene invitar a otros sacerdotes a celebrar en nuestros oratorios. Cuando hay aún pocos sacerdotes de la Obra en una ciu [73] dad, se pide a la Comisión Regional que autorice la binación siempre que sea necesario.

         En alguna ocasión, se puede acomodar el horario del Centro para facilitar la piedad y el descanso del sacerdote: por ejemplo, si ha de binar, se puede tener la Misa en los Centros de San Rafael a última hora de la mañana, o por la tarde, de modo que haya un mayor número de asistentes y el sacerdote tenga más holgura de tiempo, sin que deba ir de modo precipitado de un Centro a otro: se evita así su detrimento espiritual y físico. Otra solución es establecer un turno entre varios sacerdotes, para que uno mismo no celebre habitualmente dos Misas seguidas y a primera hora.

         A veces, junto a una iglesia confiada a la Prelatura, tiene su sede un Centro de Numerarios. En estos casos, el horario del Centro se organiza de modo que sea compatible con el trabajo de los sacerdotes que atienden la iglesia y, al mismo tiempo, permita que todos asistan con regularidad a las reuniones familiares.

         Quienes se ocupan de atender a fieles de la Prelatura, que no han realizado estudios de grado superior, tienen muy presente que en la Obra no somos clasistas ni hay castas, y saben adaptarse a la mentalidad de algunos de esos hermanos suyos. Practican esta caridad fraterna ‑ que nadie puede confundir con un falso paternalismo‑ aun en los pequeños detalles: explicándoles con más detenimiento algo que no entiendan, acomodando a su modo de ser sus conversaciones y sus gustos, etc.

 

b) Atención de Supernumerarios

 

         La formación que reciben los Supernumerarios ha de ponerles en condiciones de corresponder, con una entrega más fiel y generosa cada día, a la llamada recibida, viviendo ‑en todas las circunstancias‑ con plenitud de vocación. Digo con plenitud de vocación, escribió nuestro Padre, porque —en las circunstancias en las que providencialmente Dios los ha colocado— se esfuerzan por corresponder con generosidad total a cuanto el Señor les pide, llamándoles a su [74] Obra: un servicio sin reservas, como ciudadanos católicos responsables, a la Iglesia Santa, al Romano Pontífice y a todas las almas (Carta 94‑1959, n. 10).

         A través de los medios de formación, se les insiste en que aprovechen bien el tiempo, en que aseguren la rectitud de intención en el estudio ‑serio y profundo‑ o en el trabajo profesional, que ha de ser intenso. Se les facilitan también las orientaciones oportunas, con el fin de que cuiden los pequeños detalles de tono humano que exigen el espíritu de la Obra y la eficacia apostólica ‑delicadeza en el trato y en las conversaciones, corrección en el vestir, etc.‑, de manera que contribuyan positivamente con su ejemplo al ambiente del Centro que frecuentan.

         Con el fin de asegurar la atención espiritual prevista, los Consejos locales, los encargados de Grupo y los sacerdotes dedican a su encargo ‑de acuerdo con las circunstancias personales­ un mínimo de horas semanales, conforme a las orientaciones recibidas de la Comisión Regional y a las características que se presentan en cada lugar. Además, son conscientes de que la dedicación a su encargo no puede ser nunca una tarea marginal: es materia de su santidad; y, por eso, hablan en la charla del cumplimiento de este deber.

         Los Consejos locales realizan su trabajo de gobierno con visión de conjunto, orden y constancia, sin dejarse llevar sólo por lo inmediato. Tienen sus reuniones con puntualidad, despachan con los encargados de Grupo con la frecuencia prevista, y se aseguran de que éstos lo hacen con los Celadores.

         Siempre que sea oportuno, principalmente si el Centro es numeroso, el Consejo local organiza reuniones breves ‑una o dos veces al año, por ejemplo al comienzo del curso académico o del verano‑ con los encargados de Grupo, para concretar las pautas del trabajo de los próximos meses. Pueden incluir una charla, una meditación, y una sesión o tiempo de trabajo.

         Los Consejos locales y los encargados de Grupo cuidan de que los sacerdotes atiendan regularmente a las personas del Centro o del Grupo, [75] asegurando que los Supernumerarios, como todos los fieles de la Prelatura, reciben la ayuda y los consejos necesarios para progresar en su camino de santidad. Si fuera el caso, harán sugerencias a la Comisión Regional, para que sus hermanos sacerdotes puedan dedicar el tiempo que requiere su actividad de dirección espiritual.

         El Consejo local ha de conocer la situación de cada Grupo de Supernumerarios de su Centro, para poner remedio a tiempo ‑con la ayuda de la Comisión Regional, si exceden el ámbito local‑ a las dificultades que se presenten. Asegura que la dedicación de los encargados de Grupo sea suficiente, y ha de poner esfuerzo para mantener la máxima estabilidad en la atención de las charlas fraternas, mejorar constantemente la preparación doctrinal de los que tienen encargos de formación, y considerar cómo reciben esa atención espiritual los Supernumerarios que, por sus circunstancias, necesiten más ayuda.

         Los estudiantes o trabajadores jóvenes, que piden la admisión como Supernumerarios, seguirán frecuentando el Centro de San Rafael al que venían acudiendo, y dependen de un Centro de Supernumerarios que, habitualmente, habrá en esa sede. Así se facilita su labor apostólica, que reciban la formación inicial más intensamente, que conozcan y lean con frecuencia las publicaciones internas, los guiones doctrinales, etc.

         Si no es posible que en la misma sede haya un Centro de Supernumerarios, puede ser útil que el Subdirector del Centro de San Rafael, o uno de los Subdirectores ‑si hay varios‑, se dedique más directamente a su formación y a impulsar su apostolado, aunque todos los que constituyen el Consejo local son igualmente responsables de la atención de esos fieles de la Obra. Cuando el número de Supernumerarios del Centro sea muy grande, o los miembros del Consejo local de San Rafael no dispongan de tiempo, puede ser oportuno proponer a la Comisión Regional el nombramiento de algún encargado de Grupo.

         Aunque estos Supernumerarios deben acudir a sus propios medios de formación con independencia de los Numerarios y Agregados, es oportuno que asistan también con ellos a algunas meditaciones y tertulias: dará más unidad a la labor apostólica que se realiza en el Centro, y [76] puede ayudar a que algunos adviertan que el Señor les pide ser Numerario o Agregado.

         Desde la petición de admisión, asisten a un Círculo de Estudios específico para ellos: si es preciso, se organiza para uno solo. Siempre que sea posible, participarán cada año ‑incluso antes de ser admitidos‑ en una Convivencia y en un curso de retiro sólo para ellos. Ordinariamente la duración de la Convivencia será de 10 ó 12 días; y allí se les explicará alrededor de la mitad de las clases del Apartado IV del Programa de formación inicial.

         También se procura tener un retiro mensual para ellos. Excepcionalmente, si hay alguna dificultad, basta organizarlo cada dos o tres meses, y que acudan a los demás retiros con sus amigos en el Centro de San Rafael.

         Los encargados de su atención espiritual pondrán especial cuidado en formar bien su conciencia ‑sin dar nada por supuesto‑, para que cultiven con delicadeza todas las virtudes cristianas, de acuerdo con sus circunstancias. Es necesario, por tanto, proporcionarles criterios claros sobre lecturas, noviazgo, diversiones, espectáculos, etc., además de aconsejarles que traten de estas materias en la dirección espiritual (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 145‑15 l). Sin embargo, se evitará comentar estos temas personales ‑ especialmente cuando se refieren a noviazgos, etc.‑ en las conversaciones con los demás fieles de la Obra y con los chicos de San Rafael; y, menos aún, en las tertulias: son asuntos de su vida privada.

         Dentro siempre de un absoluto respeto a su libertad personal, los Directores procurarán fomentar entre estos Supernumerarios la ilusión por dedicarse a tareas, adecuadas a sus aptitudes y capacidades, que ofrezcan un especial interés apostólico: trabajos en otras ciudades o países; especialidades y salidas, como ‑a título de ejemplo‑ las relacionadas con la enseñanza, la cultura y los medios de comunicación, determinadas especialidades médicas, servicios de ayuda técnica dependientes de organismos internacionales, etc. [77]

         Desde el primer momento, han de sentir ‑como los demás fieles de la Prelatura‑ la necesidad de promover y sostener los instrumentos de apostolado. Harán puntualmente la aportación, cada uno de acuerdo con sus posibilidades, pero siempre con esfuerzo y sacrificio personales; además, se les animará a realizar gestiones con sus amigos, parientes y otras personas, con el fin de allegar los medios económicos necesarios para las obras corporativas, o para cubrir de un modo más inmediato los gastos de los instrumentos apostólicos donde reciben la formación.

         Desde que soliciten la admisión, estos Supernumerarios más jóvenes han de abrirse en abanico, realizar una intensa labor de apostolado y proselitismo en todos los ambientes que frecuenten, procurando acercar a los medios de formación especialmente a aquellos muchachos que puedan recibir la vocación como Numerarios y Agregados: si ésta es una obligación de todos los Supernumerarios, de manera particular les corresponde a ellos, por su trato con gente joven.

         Habitualmente, continuarán desarrollando su apostolado en la labor de San Rafael, con un encargo apostólico adecuado a sus circunstancias: por ejemplo, promover y asistir con sus amigos a las clases del Curso Preparatorio o Profesional, o a los cursos básicos de formación humana y cristiana; atender catequesis y organizar visitas a los pobres de la Virgen; impulsar y dirigir actividades culturales, deportivas, de prensa, en el Centro; colaborar en las actividades de los clubes juveniles, etc.

         A los de más edad se les puede confiar encargos en las Asociaciones de antiguos alumnos de Residencias, colegios, clubes, ya sean obras corporativas o labores personales; mantener el trato apostólico con los chicos que han dejado ‑o dejarán pronto‑ de participar en la labor de San Rafael, para que muchos sean nombrados Cooperadores y se incorporen a la labor de San Gabriel. Como estos Supernumerarios suelen tener bastante estabilidad en su lugar de residencia o de estudio, a través de ellos se facilita también una mayor continuidad en las tareas apostólicas.

         Es muy conveniente contar con su ayuda para la atención de las actividades apostólicas, que los Centros de San Rafael y los clubes juveniles organizan durante las Vacaciones: Convivencias, cursos de idiomas, [78] campamentos, etc. De esta forma, además de la valiosa colaboración que prestan, se asegura que estén bien atendidos espiritualmente durante esas temporadas.

         Estos Supernumerarios no dirigen clases del Curso Preparatorio, ni cursos básicos de formación para chicos que vayan a incorporarse a la labor de San Rafael. En cambio, no hay dificultad en que algunos, si poseen la adecuada formación y están ya en los últimos años de carrera ‑‑o tienen la edad equivalente‑, dirijan cursos básicos de formación para sus amigos y conocidos que, por la edad, se incorporarán a la labor de San Gabriel.

         En algún caso ‑por razones de tipo familiar, profesional, etc.‑, uno de estos Supernumerarios no podrá frecuentar mucho el Centro de San Rafael. Esa circunstancia no será nunca un obstáculo para su labor de apostolado; significará una forma distinta de realizarla. Cualquier situación es siempre ocasión para dar doctrina, hacer un intenso apostolado personal en los ambientes en que se mueve, y poner a muchas personas en contacto con los medios de formación.

         Cuando el Consejo local considera que algunos ‑por comenzar a ejercer su carrera o profesión o por contraer matrimonio‑ deben pasar a depender de otro Centro, hará la correspondiente propuesta a la Comisión Regional o al Consejo de la Delegación.

 

c) Cuidado de la salud del descanso en situaciones especiales

 

         Los Directores locales tienen el deber de preocuparse por la salud espiritual y física de las personas del Centro (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 57‑58).

         En el Vademécum de labores apostólicas (obra de San Miguel y obra le San Gabriel) se contienen experiencias sobre el modo de atender a los enfermos y a las personas ancianas. Aquí se recogen sólo los criterios que los Directores han de tener presentes en esta materia, en algunas situaciones especiales que pueden repercutir más directamente en la vida espiritual de sus hermanos. [79]

         La vocación al Opus Dei supone una vida de sacrificio y de trabajo intenso, generoso, alegre; y, con la ayuda de la gracia, la disposición de llegar al heroísmo en el servicio de Dios y de las almas. A la vez, hay que ser muy humanos ‑de lo contrario, no se podría ser sobrenaturales‑, y tener presente que la gracia supone la naturaleza. Ciertamente, Dios puede suplir los medios humanos, pero ordinariamente cuenta con ellos. Por eso, sería un grave error que los Directores permitieran que alguien ‑sin verdadera necesidad‑ permaneciera en unas circunstancias que le exigieran una tensión excesiva y continua, sin considerar que estas situaciones han de ser pasajeras y que han de adoptar las medidas oportunas para que cesen. Este error causaría un daño serio a las almas y a la eficacia de la labor apostólica.

         Los Directores han de prevenir las dificultades psicológicas ‑no se trata, como es lógico, de hacer psiquiatría‑ que pueden surgir en algunos casos, con motivo del exceso de trabajo, de la edad o de enfermedades. Esas dificultades ‑si se dan‑ no son generalmente consecuencia de un desequilibrio mental o nervioso, sino que suelen deberse al cansancio, a la tensión interior que comporta una vida de intensa labor‑, y pueden superarse, de ordinario, con los habituales medios humanos y sobrenaturales. Con frecuencia, muchos de esos posibles obstáculos desaparecen cuando se abre el corazón con sinceridad; pero a veces es preciso adoptar, además, medidas que faciliten la solución, y que quizá el Consejo local no ha considerado o no está en condiciones de tomar.

         Por eso, aparte de los medios ordinarios de dirección espiritual, puede buscarse una ocasión para que el interesado tenga una conversación sobrenatural, honda y fraterna, con un Director Regional o con otra persona designada por los Directores, que le ayude a enfocar los puntos precisos; y, si es necesario, se pueden sugerir a la Comisión Regional otras medidas oportunas; por ejemplo, en el caso de Numerarios o Agregados, un descanso especial, un cambio de ocupación o de Centro, etc.

         Sin embargo, no hay que olvidar que una excesiva tensión ‑o su desenlace en una actitud de desaliento o de indiferencia‑ procede a veces de escasa humildad en la aceptación de las propias limitaciones o de [80] los errores en que uno haya incurrido; y entonces conviene mover al interesado a mejorar su contrición, a admitir ‑con dolor de amor‑ la propia responsabilidad en las faltas o en la ineficacia de su labor, a pedir perdón al Señor frecuentemente. Esto devuelve siempre la paz al alma, sosiega también físicamente y abre el alma a la gracia de Dios.

         Los Directores extreman su cariño y desvelo en situaciones especiales, que quizá surgen con el paso de los años (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 185‑ 190).

         Puede ocurrir también que, en esos momentos, alguno llegue a plantearse ‑sin ningún fundamento objetivo‑ problemas de orden profesional o sentimental, e, incluso, dudas de vocación, a pesar de haber servido fielmente al Señor durante muchos años, con alegría y con eficacia. Los Directores y los que reciben Confidencias, estarán muy atentos ‑si se manifestasen esos síntomas‑ para saber prevenir, cuidar y orientar a sus hermanos con especial comprensión, ayudándoles con delicadeza y prudencia a superar esas dificultades. Cuando se prevén esas situaciones, se pueden suavizar en gran parte con la atención debida y, si fuera necesario, con los cuidados médicos adecuados.

         Será siempre oportuno ‑para evitar que alguien busque causas imaginarias‑ hacerles comprender el origen natural de ese estado pasajero de ánimo y, al mismo tiempo, insistirles en la necesidad de apoyarse más sólidamente en la vida interior y de ser muy dóciles. Además, hay que tener en cuenta que, en estas circunstancias, cuesta más adaptarse a cualquier nuevo trabajo, ya que las dificultades pueden acentuar la crisis. Al hacer la revisión médica periódica, se verá en cada caso la necesidad de una atención o un tratamiento médico especial.

         Por estas razones, antes de que un Consejo local aconseje a alguno a acudir a la consulta de un psiquiatra (siempre varón, y con mayor razón a un especialista en psicología que no sea médico), consultará a la Comisión Regional, informando de las circunstancias del caso y sugiriendo lo que considere conveniente. Como es natural, si se trata de un Supernumerario, ese consejo estará supeditado en muchos casos a la decisión de la familia de sangre. [81]

         Si el problema se plantea a un Numerario o Agregado que no haya hecho aún la oblación, su propia familia de sangre tendrá que decidir sobre la oportunidad de una visita médica de ese tipo. Naturalmente, el Consejo local pondrá el hecho en conocimiento de la Comisión Regional, e informará del dictamen del médico, para tenerlo en cuenta antes de que se le conceda la Oblación o la Fidelidad. De todos modos, dejando siempre claro que la responsabilidad de cualquier decisión recae sólo sobre los padres, se procurará aconsejarles, para que elijan un médico de garantía.

         En general, cuando resulta imprescindible acudir al psiquiatra, es muy difícil separar los aspectos estrictamente médicos de otros que pertenecen a la intimidad de la conciencia y de la propia vida interior; por eso, estas normas de prudencia se aplican también cuando esos especialistas son miembros de la Obra, o cuando otros médicos lo aconsejan al interesado.

         En estos casos de depresiones y agotamientos, se acudirá a un médico experimentado y prudente, un fiel de la Prelatura u otra persona de recto criterio cristiano, que trate adecuadamente al enfermo, sin ocultarle nada, pero sin insistir demasiado sobre sus cansancios, pues el ocasiones esto sirve inconscientemente de pretexto al enfermo, para no dejarse ayudar o para convertirse en médico de sí mismo.

         Sobre la atención espiritual de personas con enfermedades depresivas, vid. también Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 203‑207.

         Es importante que los Directores ‑como se hace en cualquier familia‑ estén al tanto de la marcha del tratamiento; para eso, conviene que obtengan la información necesaria. En el caso de los Supernumerarios, si resulta prudente y oportuno, se puede colaborar con la familia del interesado, para prestar una ayuda eficaz al enfermo, evitando disparidad de criterios. [82]

 

2. La formación en general

 

         El fundamento de la labor que el Opus Dei realiza en servicio de la Iglesia, está en que los fieles de la Prelatura alcancen una intensa vida interior, y sean eficaz y realmente contemplativos en medio del mundo. Sin vida interior, no hay verdadero apostolado ni obras fecundas: la labor sería precaria o incluso ficticia.

         Los medios para lograr esa vida interior son bien conocidos: nuestras Normas y Costumbres ‑manifestaciones prácticas de la piedad perenne de la Iglesia‑, es decir, el cumplimiento delicado y constante del plan de vida espiritual. Además, los miembros de la Obra reciben la oportuna dirección espiritual colectiva (Cursos anuales, cursos de retiro, Círculos, meditaciones, Collationes mensuales y Convivencias especiales, etc.) y personal (Confesión sacramental, Confidencia, corrección fraterna). Estos medios de formación constituyen un derecho y un deber para todos; y los Directores saben adaptarlos a las necesidades de cada uno de sus hermanos, como nos enseñó nuestro Padre.

         La solicitud de los Directores por la vida interior de los demás les mueve a estar atentos, para que a ninguno le falten esos medios ordinarios de formación, y los medios extraordinarios que sean precisos cuando las circunstancias lo requieran. En cualquier caso, la labor de formación no es nunca en la Prelatura tarea exclusiva de una persona, sino, con la gracia de Dios, resultado del esfuerzo conjunto de sacerdotes y seglares, y del ejemplo del ambiente familiar, alegre y acogedor, del Centro. Esa formación ha de ser continua, ininterrumpida, concreta: quienes dirigen a un alma, están diariamente al tanto de sus afanes y luchas, para ayudarla con suavidad y fortaleza.

         Es necesario mantener una línea de exigencia que lleve a cada uno a acrecentar su sentido vocacional, y les impulse a luchar con vibración por ser y hacer el Opus Dei (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, pp. 69‑77).

         El afán de identificarnos con Cristo, se ha de reflejar en el empeño por fortalecer constantemente los fundamentos que hacen posible nues [83] tra entrega y que son garantía de fecundidad sobrenatural: el cumplimiento fiel y amoroso de las Normas y Costumbres; la mortificación voluntaria y generosa; la santificación del propio trabajo u oficio; el celo apostólico y proselitista; el estudio y la formación doctrinal.

         Es una tradición en la Obra la visión positiva de los sucesos y de los problemas; tradición que se cuida de modo particular al proporcionar la formación personal y colectiva, especialmente a quienes han pedido recientemente la admisión. Nunca habrá motivos para aceptar una visión pesimista y negativa; entre otras razones, porque no sería real. Por ejemplo, ante las dificultades no se insiste en que sean un peligro de perder la vocación, sino que, por el contrario, se resalta el hecho real de que se va adelante precisamente porque se tiene vocación.

         El amor a la libertad, tan propio del espíritu del Opus Dei, lleva a querer y a comprender a los demás como son, sabiendo respetar las características personales que responden a la mentalidad de su país, a su cultura, a sus costumbres y tradiciones. Dentro de la variedad que existe en la Obra ‑Dios la ha querido desde el principio con entraña universal, católica‑, se vive también una maravillosa unidad, que determina el aire de familia, el denominador común: la fe y la moral católicas y el espíritu sobrenatural de la Obra de Dios. Por eso, los Directores y los encargados de tareas de formación, comprenden y respetan delicadamente, aman y defienden la libertad de cada uno en las cuestiones opinables. Y, con este mismo desvelo, exigen la máxima fidelidad al espíritu de la Obra.

 

3. Formación inicial

 

El primer proselitismo consiste en procurar que perseveren todos los que el Señor envía a la Obra. Ésta es la primera exigencia de la caridad y de la justicia con los fieles de la Prelatura y, especialmente, de parte de quienes llevan encargos de dirección o de formación. Por eso, al establecer la necesaria jerarquía de valores en el ejercicio de su misión, ponen siempre en primer término, con el cuidado de la propia vida interior, [84] la formación de sus hermanos, ya que sólo así se multiplica la eficacia de toda la labor apostólica.

         Concretamente, a los Directores locales compete el deber gravísimo de cuidar de la formación personal de los que solicitan la admisión en la Obra, desde ese mismo momento. El Señor les pedirá estrecha cuenta del cumplimiento de esta obligación. En consecuencia, han de sentir el peso de ese maravilloso deber, y desvivirse por cumplirlo; así harán un gran bien a esas almas, sin exponerlas al peligro de descaminarse, porque no se les hayan proporcionado los medios ‑a los que tienen derecho‑, que necesitan para ser fieles.

         El Consejo local se ocupa de que todos reciban, con la mayor puntualidad, los medios de formación personal y colectiva, para afianzar en ellos los cimientos de una profunda vida interior los necesitan especialmente quienes llevan poco tiempo en la Obra, sobre todo, si son Numerarios que viven aún con sus padres. Una criatura recién nacida precisa una atención amorosa y constante, también porque cualquier cosa puede hacerle daño.

         Para atender las charlas de los que piden la admisión, se designa a quienes están más capacitados, con el fin de que alimenten cuidadosamente la vida espiritual de cada uno y les ayuden, con comprensión y energía, a superar las dificultades que encuentren, sin omitir nunca palabras de aliento que les impulsen en la lucha diaria. Se les va explicando poco a poco el plan de vida, para que lo completen paulatinamente. Sin embargo, no es indispensable que el candidato cumpla ya todas las Normas y Costumbres para que se le conceda la Admisión.

         Desde el comienzo, se despierta en ellos la preocupación del proselitismo y el sentido de responsabilidad, en todos los aspectos. Por ejemplo, se les impulsa con solicitud y cariño a la actividad apostólica, que ha de ser más extensa y profunda a partir de su respuesta generosa a la llamada de Dios; y en el terreno económico, se les enseña que no sólo no deben ser gravosos, sino que han de ayudar a los apostolados con esfuerzo.

         En el Programa de formación inicial, elaborado con tanto cariño por [85] nuestro Padre, se sintetizan los aspectos centrales de la formación doctrinal, ascética y apostólica, que necesitan los candidatos para corresponder a la llamada divina y perseverar en el camino.

         Es misión principalísima de los Consejos locales explicar con don de lenguas las clases de este Programa, que se integrarán ‑desde el primer día‑ con la enseñanza práctica del espíritu de la Obra: por medio de pequeños encargos, urgiéndoles con ejemplos vivos a aprovechar el tiempo de estudio o de trabajo, a hacer apostolado y proselitismo, etc.

         A través de esas clases, aprenden ‑con un tono familiar, alentador y flexible‑ que nuestra vida es de renuncia, de trabajo intenso; y que nuestra alegría es consecuencia de sabernos hijos de Dios y fruto de una entrega sin condiciones al servicio de la Iglesia y de las almas.

         Se pone la máxima diligencia para cumplir el Programa de formación inicial, especialmente en circunstancias extraordinarias ‑vacaciones, verano, etc.‑, que exigen medios también extraordinarios para que los candidatos mantengan relación frecuente y periódica con otras personas de la Obra. Corresponde al Consejo local conseguir ‑y comprobar, periódicamente‑ que las charlas y las clases de formación no sufren retrasos.

         Para evitar el correteo inútil ‑y a veces perjudicial‑ por los Centros, al que algunos se podrían dedicar fácilmente ‑sobre todo los jóvenes, movidos por su mismo entusiasmo‑, se les explica desde el primer momento que, salvo que exista un motivo preciso, no vamos a visita otros Centros. De este modo, se facilita el trabajo de los demás; y se puede ofrecer al Señor, con generosidad y con alegría, la mortificación de no corretear, que sería una falta de orden y una pérdida de tiempo, y ocasión de satisfacer una curiosidad inútil.

         En una primera etapa, la formación de los Supernumerarios es principalmente de tipo personal, mediante la conversación fraterna y las clases correspondientes: no hay inconveniente ‑ al contrario‑ en que durante este tiempo, acudan semanalmente a la charla fraterna. Desde el principio, se les enseña a hacerla puntualmente y con brevedad, me [86] diante consejos concretos y el ejemplo de disponibilidad y entrega de los cargados de Grupo para atenderlos. Les servirá también para preparar la otra charla quincenal, que, en esta primera etapa, tienen con el sacerdote. En cambio, no se organizan para ellos Círculos de Estudios ni convivencias; basta que asistan a los de Cooperadores: además de continuar progresando en su vida ascética, aprenderán a dedicar un tiempo los Círculos de Estudios, a los que acudirán después de la Admisión.

         Contribuye a su formación que los traten apostólicamente otros Supernumerarios, de su misma condición social y que lleven tiempo en la Obra: si es posible, se ocuparán de esta labor, entre otros, los Celadores del Grupo al que se incorporarán cuando les sea concedida la Admisión.

         Si alguno tiene dificultades objetivas ‑por sus circunstancias de abajo, por vivir en un lugar muy distante, etc.‑, para recibir las clases de Doctrina Católica del Programa de formación inicial con la frecuencia necesaria, y cumplir así el plazo establecido, se podrán evitar los retrasos aplicando las siguientes orientaciones prácticas:

         a) unir la explicación de varios temas en una sola sesión, ocupándose que luego los interesados profundicen más con su estudio personal, comprobando que los han entendido bien (cfr. Programa, 1, n. 39);

         b) desarrollar esas clases en conferencias, cursillos, etc., dirigidos también a los Cooperadores (cfr. Programa, 1, n. 36). Lógicamente, si un operador solicita la admisión mientras está acudiendo a esas clases, o poco después, no es necesario que las reciba de nuevo, si se tiene garantía de que asistió con regularidad y aprovechamiento. Pero, por la extraordinaria importancia de la formación inicial, la decisión de si debe o no repetirlas ha de estudiarse, en cada caso, con la máxima seriedad y responsabilidad.

         Si una persona no ha recibido la formación ascética y apostólica que se proporciona a los Cooperadores, o si no procede de la labor de San Rafael, y desea solicitar la admisión como Supernumerario, es conveniente que, de ordinario, pase una temporada como Cooperador, para que se le conozca bien y se le forme oportunamente.[87]

 

4. Formación doctrinal-religiosa

 

a) Importancia

 

         La formación doctrinal-religiosa tiene como finalidad proporcionar un conocimiento profundo y seguro de la fe y la moral católicas, indispensable para iniciar y consolidar una verdadera vida cristiana.

         Además, en consonancia con la peculiar vocación que han recibido de Dios para santificarse y santificar a los demás en medio de las realidades terrenas, los fieles de la Prelatura trabajan en contacto directo e inmediato con las estructuras sociales más variadas, con movimientos, instituciones y hombres de orientaciones ideológicas muy diferentes; y han de afrontar frecuentemente situaciones y problemas que exigen una respuesta claramente cristiana. También con este fin, reciben una formación doctrinal sólida que es parte integrante de ese denominador común ‑aire de familia‑ de todos los hijos de Dios en su Opus Dei (Carta 94‑1959, n. 34).

         La Obra educa a sus miembros en el amor a la Iglesia Santa, para servirla con fidelidad, les inculca una honda disposición de plena y filial adhesión al Magisterio; y fomenta en ellos el amor a las almas, para llevarlas a Dios, dándoles el alimento de la sana doctrina. Por eso, la formación doctrinal se nutre del depósito común de la Iglesia ‑in libertatem gloriae filiorum Dei (Rm 8, 2 1)‑, sin que el Opus Dei tenga escuela propia en las cuestiones que el Magisterio eclesiástico deja a la libre disputa de los hombres: fortes in fide (1 Pe 5, 9), con rectitud de intención, con apertura y vigilancia, evitando extremismos o conformismos, sin miedo al ambiente, aunque haya que ir contra corriente ‑como los primeros cristianos‑ por lealtad a Jesucristo y a su doctrina. Por otra parte, estas características de la formación manifiestan el alma sacerdotal y la mentalidad laical propias de los miembros de la Obra: amor a la libertad, pluralismo en lo opinable, sentido de responsabilidad, fidelidad inquebrantable a las verdades de la fe y a la vocación divina.

 

Recibir esta formación doctrinal‑religiosa es una exigencia vocacional: la Obra se esmera en proporcionar‑ a sus miembros los medios [88] para conseguir este fin. Concretamente, entre otros: los estudios institucionales de los Numerarios y de algunos Agregados, el Curso de formación doctrinal‑religiosa y los Cursos de Estudios de los Agregados y de los Supernumerarios; los Cursos anuales y Convivencias; los Círculos breves y de Estudios; la transmisión de las enseñanzas del Magisterio sobre cuestiones de actualidad; el asesoramiento doctrinal para las lecturas y escritos. Todo esto, junto con una vida de piedad intensa y los demás medios de formación personal, asegura el empeño fiel por conocer, practicar y difundir la doctrina de nuestra Madre la Iglesia.

         Antes de hacer la Oblación, se reciben clases de Doctrina Católica con arreglo al Programa de formación inicial; estas clases son de gran importancia para asegurar un conocimiento básico completo de la doctrina de la fe y de la moral, y una conciencia bien formada. Se trata de impartir la doctrina de manera concisa, positiva, con claridad, sencillez y profundidad, siguiendo las pautas señaladas en los párrafos anteriores.

         Los fieles de la Prelatura realizan la gran tarea del apostolado de la doctrina, en primer lugar, mediante la amistad con sus colegas y compañeros y el esfuerzo por santificar el propio trabajo profesional; a través de las variadísimas labores apostólicas que existen y que existirán en los diversos lugares; y, en fin, con la labor de estudio, investigación y publicaciones de los que, profesionalmente, se dedican a cultivar las ciencias sagradas.

 

b) Estudios institucionales

 

         Por muchas y evidentes razones espirituales y apostólicas, los estudios institucionales ‑‑de Filosofía y Teología‑ de los Numerarios y de algunos Agregados, son aún más importantes que los de su profesión civil: por eso, deben hacerse con mayor empeño, dedicándoles el tiempo necesario. Procurar que sea así, constituye siempre un especial deber de los Directores. El amor al trabajo, propio del espíritu de la Obra, hace compatible esa profunda y completa formación filosófica y teológica con la preparación profesional, obtenida también con la máxima altura que la capacidad de cada uno permita. [89]

         Una vez hecha la Oblación, los Numerarios comienzan los estudios filosóficos en el Studium Generale de la Región.

         Los Directores han de asegurar que los Numerarios realicen los estudios institucionales sin retrasos ni interrupciones, con profundidad y con intensidad; en principio, un curso por año, especialmente los alumnos de Centros de Estudios y los que están en preparación para ir a un Centro Interregional. No se admite un ritmo superior para ningún alumno (cfr. Ratio Institutionis, n. 92 § l). Desde luego, se ponen los medios para que todos cursen, al menos, algunas asignaturas cada año. Para que un alumno del bienio filosófico o del primer año del cuadrienio teológico curse menos de un Semestre al año, conviene consultar al Vicario Regional.

         Ninguno retrasa o interrumpe estos estudios, aunque en algún momento no haya podido seguir el ritmo normal. No puede ser motivo el intenso trabajo apostólico y profesional, porque esa dilación repercutiría negativamente en su vida interior y en su eficacia apostólica; y porque estos estudios, por su flexibilidad, son compatibles y armonizables con todas las demás actividades.

         Todos los que han terminado ‑seglares y sacerdotes‑ los estudios institucionales, continúan cultivando, durante las Convivencias anuales y a lo largo del año, el estudio de la Sagrada Teología, repasando periódicamente los diversos tratados. Para facilitar este repaso, en los Centros se dispone de una pequeña biblioteca, con los manuales de Teología necesarios: libros clásicos y seguros, incluidos en la bibliografía de los correspondientes programas.

         Los Agregados que reúnen las condiciones necesarias pueden cursar los estudios institucionales de acuerdo con las normas generales establecidas, con profundidad y, de ordinario, despacio, con calma. Los Agregados que, al terminar el bienio filosófico, desean continuar los estudios teológicos del ciclo institucional, lo comunican al Consejo local‑, y éste a la Comisión Regional, que dará las indicaciones oportunas. Si no desean seguir esos estudios, se incorporan al Curso de formación doctrinal‑religiosa o al plan cíclico de repaso; del mismo modo se procede [90] con los Agregados que, en cualquier momento, interrumpen los estudios institucionales de Filosofía.

         Los alumnos aprovechan los cursos de Filosofía y Teología con la máxima rectitud de intención, conscientes de que fortalecen su unidad de vida para servir más eficazmente a la Iglesia, a la Obra y a las almas; por esto ‑y así se explica a todos‑, no solicitan certificados de los estudios realizados para incluirlos en su documentación personal.

         Sin embargo, cuando un Numerario o un Agregado, que ya es Licenciado o Doctor por una Facultad eclesiástica de la Universidad de Navarra o por la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, necesite un certificado de estudios institucionales (bienio filosófico y cuadrienio teológico) cursados en Studia Generalia o en Centros Interregionales, lo expone a sus Directores, sin dirigirse a esas universidades ni hacer otra gestión por su cuenta. El Consejo local correspondiente lo comunica a la Comisión Regional.

         En cambio, para la obtención de un certificado de haber cursado estudios de grado en una Facultad eclesiástica de la Universidad de Navarra o de la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, así como estudios del Ciclo I cursados en la Facultad de Teología, el interesado se dirige directamente a esas instituciones, después de haberlo comentado, lógicamente, con el Consejo local de su Centro, que, si tiene alguna duda, hace la oportuna consulta a la Comisión Regional.

 

c) Curso de formación doctrinal-religiosa

 

         A partir de la Oblación, los Agregados y los Supernumerarios comienzan el Curso de formación doctrinal‑religiosa. Este Curso consiste en un estudio más profundo y detallado de la Doctrina Católica (Dogma y Moral), incluyendo las nociones más importantes sobre Ascética, Liturgia, Sagrada Escritura, Historia de la Iglesia, Derecho público eclesiástico y Doctrina social de la Iglesia, siempre con particular referencia a los problemas religiosos y sociales de actualidad en el mundo y, especialmente, en el propio país. [91]

         Para los Agregados, este Curso tiene una duración de cuatro a seis años. Los que se incorporan a un Curso de Estudios, reciben allí la mayor parte de las clases correspondientes, o incluso el Curso completo.

         Los Supernumerarios lo realizan en ocho o diez años.

         En las clases, los profesores destacan lo fundamental de cada tema y procuran despertar el interés de los asistentes para que adquieran un conocimiento más completo de la materia, con su estudio personal.

         Cuando resulte posible, cada Centro organiza una biblioteca circulante ‑o, al menos, una para varios Centros‑, con libros seleccionados en correspondencia con los programas de formación doctrinal-religiosa, y aprobados por la Comisión Regional, procurando que los Agregados y los Supernumerarios los utilicen para la lectura y el estudio.

         Además, los Consejos locales estudian las orientaciones concretas que reciben de la Comisión Regional, para aconsejar las lecturas más convenientes, especialmente en los aspectos relacionados con la profesión de cada uno, sobre la familia y la evangelización de la sociedad.

         Como puede ocurrir que a algunos Supernumerarios les cueste dedicar con regularidad un tiempo a la lectura, interesa promover actividades ‑atractivas, bien presentadas‑ para dar esta formación: cursos breves, ciclos de conferencias, etc., que sirvan también para ampliar la base de la labor de San Gabriel y tratar a más Cooperadores.

         A la vez, se debe tener en cuenta que la formación personal ‑especialmente en cuestiones doctrinales y morales‑ no se garantiza con la simple asistencia a charlas y con unas lecturas. Es preciso, además, comprobar cómo cada uno asimila y aplica la doctrina, si se plantea los problemas propios de su situación, y si sabe pedir consejo para formar su criterio. Como las circunstancias personales ‑formación previa, nivel cultural o intelectual, etc.‑ son muy diversas, el Consejo local, el encargado de Grupo y el sacerdote deben hacerse cargo de las posibilidades de cada uno, para ayudarle a que la doctrina cristiana penetre y empape con profundidad su vida familiar y profesional. [92]

         Los que han terminado el Curso de formación doctrinal‑religiosa, para mejorar y profundizar en la formación recibida, repasan las materias de forma permanente, sirviéndose de los mismos programas, en ciclos de duración semejantes a los indicados anteriormente (cfr. Ratio Institutionis, n. 114).

 

d) Curso de Estudios

 

         Cuando la labor apostólica ha alcanzado el suficiente desarrollo, en cada Región se inician los Cursos de Estudios para Agregados y para Supernumerarios que han hecho la Oblación, de acuerdo con Ratio Institutionis, nn. 59‑65.

         Aunque interesa que el mayor número posible de Agregados con Oblación asista a un Curso de Estudios, sólo lo hacen quienes pueden recibir con regularidad los medios de formación establecidos, y tienen las condiciones para aprovecharlo bien.

         Es aconsejable que se incorporen al Curso de Estudios la mayoría de los Supernumerarios que han hecho la Oblación y, si no existen dificultades, todos los Celadores.

         Con el Curso de Estudios, se trata fundamentalmente de mejorar la lucha ascética de los asistentes y de facilitarles una formación doctrinal-religiosa más sólida, que fundamente su vida de piedad, y un conocimiento amplio y profundo del espíritu de la Obra; de impulsar su apostolado personal de amistad y confidencia, y de fomentar su iniciativa, para promover y sostener, con sentido de responsabilidad, las labores apostólicas.

         Además, sirve a los Directores para descubrir personas que reúnen condiciones para ser Celadores y consolidar el buen criterio de quienes ya lo son; y, en el caso de los Agregados, ver quiénes podrán comenzar los estudios institucionales.

         Anualmente, unos seis meses antes del comienzo del curso, los Consejos locales remiten a la Comisión Regional o a la Delegación una rela [93] ción de posibles alumnos para el Curso de Estudios, con una información breve de cada uno. Resulta útil mencionar las circunstancias externas (familiares, profesionales, etc.), que pueden influir en el aprovechamiento del Curso de Estudios por parte de los candidatos, y señalar los objetivos que pueden proponerse en este periodo.

         Antes de enviar esos datos, un miembro del Consejo local habla personalmente con esos Agregados o Supernumerarios, para explicarles con claridad las características del Curso de Estudios, y para confirmar que estarán en condiciones de asistir ‑sin dificultades serias‑ a todas las actividades, además de participar en los diversos medios de formación con los Cooperadores y amigos: retiros mensuales, Círculos de Cooperadores, etc.

         Una vez designados los alumnos por la Comisión Regional o por el Consejo de la Delegación, los Consejos locales de los Centros de donde procedan, remiten cuanto antes al Curso de Estudios los datos personales correspondientes. Los nuevos alumnos asisten a una Convivencia anual específica, prevista para ellos, que ordinariamente se celebra unos días antes de iniciar el curso.

         Durante este período de formación, los Agregados y los Supernumerarios dependen, a todos los efectos, del Consejo local del Curso de Estudios correspondiente.

 

e) Catecismo de la Iglesia Católica

 

         En los apostolados de la Prelatura se concede una importancia primordial a la tarea catequética, a todos los niveles. Para esto, se utilizan catecismos y libros de religión que cuenten con la aprobación eclesiástica, y que reúnan las mejores condiciones para las diversas labores docentes. Es necesaria una gran atención en este punto, pues en algunos lugares existen textos con graves omisiones y errores doctrinales.

         El Catecismo de la Iglesia Católica es un instrumento espléndido imprescindible para llevar a cabo el «nuevo esfuerzo de evangelización» reclamado por el Magisterio en la Const. Ap. Fidei deposituin, 11-X- [94] 1992, n. 5. Cada fiel de la Prelatura se esfuerza en conocer bien este texto ‑que, como es obvio, puede usarse también para la lectura espiritual‑ y lo difunde por todas partes. En los Centros hay un número suficiente de ejemplares, de modo que se facilite su lectura y estudio. Los Supernumerarios procuran tenerlo en sus casas, y animan a quienes frecuentan los medios de formación y a otras muchas personas para que dispongan de este libro y lo utilicen.

         Quienes imparten medios de formación y los sacerdotes, encuentran en este Catecismo un material abundantísimo y seguro para la predicación, los Círculos, los cursos básicos de formación cristiana, las clases doctrinales, etc. Es también muy útil para la formación de los chicos de San Rafael y para la preparación de las catequesis.

 

5. Formación espiritual

 

         En el aspecto espiritual, la formación tiende a fomentar y facilitar la unidad de vida, que impulsa a valorar el trabajo humano como realidad santificable y santificadora; a la afirmación de que es posible y necesario llevar una vida contemplativa en medio de la más intensa actividad ordinaria humana, desarrollar un apostolado eficaz en el propio ambiente y desempeñar con competencia los encargos apostólicos; al reconocimiento práctico de la dignidad de los hijos de Dios y al consiguiente amor a la libertad de las conciencias.

 

A) Medios de formación personal

 

a) La charla fraterna

 

         Quiere Dios Nuestro Señor que nadie en la Obra tenga una preocupación o una pena para sí solo. Los fieles de la Prelatura disponen de la charla fraterna, que se prepara con empeño, para no quedarse nunca aislados en la lucha por la santidad. Esta charla es siempre una conversación privada y fraterna, una Confidencia de consejo y aliento espiritual, que se puede designar de modos diversos, porque no tiene una de [95] nominación propia y exclusiva de la Prelatura. Por eso, no hay ningún inconveniente en utilizar expresiones equivalentes, sobre todo en el lenguaje oral‑, se puede decir, por ejemplo: vamos a charlar, desde nuestra última conversación, la próxima vez que hablemos, etc.

         La conversación fraterna es un medio de formación sobrenatural por eso, no hay inconveniente en que los fieles de la Prelatura hagan esta charla con alguno más joven. Siempre se procura que quien la recibe esté bien capacitado para desempeñar su misión.

         Sobre la naturaleza, sentido sobrenatural características y contenido de la Confidencia, vid. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, cap. I‑II (pp. 7‑58).

         Los que atienden charlas, y los sacerdotes de la Prelatura al administrar el sacramento de la Penitencia, tienen la responsabilidad de dar una dirección espiritual verdadera y eficaz. Por esto conviene que repasen con frecuencia y lleven a su oración personal los consejos recogidos en Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, cap. III (pp. 59‑90).

         Han de saber escuchar a sus hermanos, enseñarles a vivir cada día mejor la sinceridad y conocerlos bien, para ayudarles eficazmente. No pueden limitarse a oír; han de comprender a fondo la lucha, las preocupaciones, las posibles dificultades, y valorarlas justamente: quitando importancia a lo que no la tiene y, a la vez, advirtiendo, aun en cosas pequeñas, lo que podría ser origen de un descamino: de esta manera, no pasarán por alto circunstancias o hechos que les refieren sus hermanos, sin detenerse a considerar en la presencia de Dios el alcance de una situación concreta, de un momento delicado.

         A la sinceridad del que acude a la dirección espiritual, se ha de corresponder con una plena sinceridad en quien tiene el encargo de atenderle, para hablar claramente ‑crudamente, si fuera necesario, y siempre con caridad‑ de aquellos aspectos que debe mejorar en su vida espiritual, sin que falsas razones le hagan retraerse de este deber.

         Al atender a las almas, hay que tener muy presente ‑como un detalle más de caridad y delicadeza‑ que no se pueden tratar ni decir las [96] cosas, sin considerar las disposiciones, el modo de ser y las circunstancias de cada uno, para obrar en consecuencia. Hay que facilitar que la persona interesada pueda explayarse, sabiendo que se le escucha. No se ha de cortar de forma más o menos tajante un comentario que alguien haga sobre un punto que se debe mejorar o corregir en la marcha de la labor, en el régimen de un Centro, etc. En ocasiones, tendrá razón y los Directores estarán obligados a rectificar y a corregir lo necesario; otras veces no será acertada la observación; pero, generalmente, no se podrá rechazar de plano: habrá que estudiarla y, en su caso, explicar a la persona que la presentó, con razones sobrenaturales y humanas, dónde está el desacierto o los datos que faltaban al formular ese comentario. Conviene proceder así especialmente en la dirección espiritual de personas que proceden de otras Regiones, o van a ellas, y también en la preparación de quienes se incorporarán a un Centro Interregional.

         También es preciso evitar en absoluto que a alguno que haya pasado por esos Centros, o haya estado destinado en otra Región, le quede el resquemor de que no se le ha comprendido, por diferencias de ambiente, de temperamento, etc.; o de que no se le ha escuchado o atendido. Si se diera este caso ‑gracias a Dios, no sucede‑, habría que recordar al interesado que esa manifestación de resentimiento es una señal clara de que debe ejercitarse más en la humildad y en la sencillez, y que no tiene ningún sentido arrastrar una "lista de agravios" que nadie pretendió causar (cfr. Surco, n. 738).

         En las Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, cap. IV (pp. 91‑111) se resumen las disposiciones personales que se deben fomentar en la dirección espiritual: conviene que los que tienen el encargo de recibir Confidencias las repasen con frecuencia.

         Los Directores recuerdan con periodicidad las explicaciones del Catecismo de la Obra sobre este medio de formación: disposiciones personales, defectos que se han de evitar, temas que suelen tratarse. Parte de la responsabilidad de quienes reciben el encargo de atender Confidencias es, precisamente, ayudar y enseñar a sus hermanos a hacerla bien, de manera que saquen el mayor fruto sobrenatural. [97]

         En la tarea de formación espiritual, no es prudente dar las cosas por supuestas, por esa razón, no sería lógico prescindir sistemáticamente de algunos temas, concretamente la fe, la pureza y la vocación, Es indispensable formar muy bien en esos puntos, tratándolos con delicadeza y sentido sobrenatural, con claridad y sin ambigüedades.

         También conviene hablar en la charla fraterna de las lecturas, para pedir el oportuno consejo; y del aprovechamiento del tiempo, que es para Dios. Será oportuno a veces facilitar la dirección espiritual, preguntando ‑en el caso de que a alguien se le olvidara‑ sobre esas materias, para poder así orientar y formar la conciencia, sugiriendo metas concretas de lucha y de progreso interior.

         Los fieles de la Prelatura sienten el gustoso deber de acudir a la charla fraterna con agradecimiento y una fidelidad mayores a medida que van sucediéndose los años de entrega generosa en el Opus Dei. El Padre conoce la gran alegría que sienten sus hijos mayores, cuando un hermano suyo, quizá mucho más joven, les recuerda y exige en tantos aspectos del espíritu de la Obra, que ya viven y han enseñado a otros, porque ven a nuestro Fundador y al Padre en la persona que les atiende espiritualmente.

         Los mayores y los sacerdotes, por su edad, y por el tiempo que llevan en la Obra, extreman la delicadeza, la sinceridad y la puntualidad en la charla fraterna; y ponen en práctica los consejos con prontitud y alegría. Piden que les exijan, sintiéndose también en esto uno más, y abominando de todo lo que pudiera parecer, aun de lejos, una excepción.

         Los Directores, por su parte, procuran que ‑por circunstancias de trabajo o por otras causas‑ nadie llegue al agotamiento físico, que suele llevar al derrumbamiento psíquico, y que ocasiona una falta de defensas para la lucha interior, con las que ordinariamente cuenta la gracia de Dios. Si han aprendido a mandar, los Directores sabrán adelantarse a las necesidades de sus hermanos, a deseos nobles y buenos que en ocasiones pueden no manifestar ‑necesidad de descansar o de cambiar de ambiente‑, llevados de su espíritu de sacrificio, quizá en algún caso no bien entendido. Además de hacer que todos cumplan lo dispuesto sobre [98] el descanso ordinario, advertirán las circunstancias particulares de cada uno, para procurarles un reposo extraordinario cuando sea preciso.

         Es competencia de la Comisión Regional autorizar que un Numerario o Agregado comience a atender charlas de otros fieles de la Obra. A no ser que se diga expresamente lo contrario, siempre pueden recibirlas ‑sin necesidad de pedir la autorización‑ los miembros de los Consejos locales, los Numerarios que han hecho la Fidelidad y los Agregados que son encargados de Grupo o Celadores, siempre que, en todos los casos, hayan recibido previamente la formación necesaria para desempeñar esta tarea.

         Parte de esta preparación necesaria es tener muy bien asimilados los temas morales del Programa deformación inicial, apartado IV, nn. 26-38 (cfr. Experiencias sobre el modo de llevar charlas fraternas, Anexo II, pp. 135‑144). Así se está en condiciones de valorar las implicaciones morales de los asuntos, individuar posibles problemas, resolver dudas sobre cuestiones ordinarias y, muy especialmente, recurrir al sacerdote ante asuntos difíciles o menos ordinarios, para consultarle o remitir a su consejo ‑cuando sea conveniente‑ a la persona interesada. En cualquier caso, quienes atienden charlas fraternas han de conocer a fondo, como mínimo, la parte moral del Catecismo de la Iglesia Católica.

         En general, las charlas fraternas de las personas del Consejo local se atienden ‑como las de las demás personas adscritas al Centro‑ en el propio Centro; en cada caso, el Consejo local pondera y decide la distribución que considere más conveniente, evitando ‑en todo caso‑ que dos personas tengan que hablar entre sí o que se haga entre personas de la misma familia de sangre. Los Agregados que reciban ese encargo, serán de nivel cultural análogo o superior al de los que hablen con ellos.

         Una vez realizada la distribución en el Centro, se han de introducir sólo los cambios imprescindibles.

         En las ciudades donde está nombrado un Director senior, algunos de los Directores locales charlarán con él, aunque no es necesario que lo hagan todos, especialmente si en la ciudad hay muchos Centros; en [99] otros casos, el Director del Centro puede hablar con otro miembro del Consejo local o con un Numerario mayor que no pertenezca al Consejo local. Si se plantea alguna duda, se consulta a la Comisión Regional.

         No hay que tender a que, cuando una persona presenta alguna dificultad, haga la Confidencia con un Director Regional: esas eventuales dificultades serán ocasión para infundir al interesado mayor visión sobrenatural, y para ayudarle convenientemente ‑con cariño y exigencia‑ en la lucha ascética que todos mantenemos.

         Los Agregados y los Supernumerarios que son Consultores hacen su charla fraterna con Numerarios; los Celadores, tanto Agregados corno Supernumerarios, hablan siempre con un miembro del Consejo local.

         En determinadas circunstancias, puede ser aconsejable que un Numerario o un Agregado ‑ durante una temporada‑ charle también periódicamente con el sacerdote del Centro; y todos proceden así durante los primeros meses después de pedir la admisión. En cualquier caso, cada uno puede acudir siempre con entera libertad al sacerdote del Centro o a otro sacerdote de la Prelatura.

         Para evitar el riesgo de que se mezclen las actividades profesionales con la dirección espiritual, siempre se ha procurado que ninguna persona de la Obra se encargue de atender espiritualmente a otro fiel del Opus Dei que sea un subordinado inmediato en el trabajo profesional.

         Se evita llevar en los bolsillos notas sueltas de asuntos de conciencia, porque fácilmente podrían extraviarse. Si acaso, se utiliza una agenda o una pequeña libreta, con las oportunas anotaciones, que cualquier otro que las leyera no entendería.

 

b) La Confesión sacramental

 

         Como todo fiel cristiano, los fieles del Opus Dei gozan de libertad para confesarse con cualquier sacerdote que tenga facultades ministeriales conforme a derecho, pero es una muestra de muy buen espíritu acudir —siempre que sea posible— a sacerdotes de la Obra, aunque hayan de em [100] plear medios que se salgan de lo habitual. Los Directores disponen todo para facilitar a los fieles de la Prelatura ‑sacerdotes y laicos‑ la Confesión semanal con un sacerdote de la Obra, haciendo incluso los viajes que sean precisos.

         Para la atención de cada Centro, se designa a un sacerdote, con uno o varios suplentes. Conviene que periódicamente ‑como mínimo, cada dos meses‑ el sacerdote suplente esté disponible para confesar a quienes lo desean.

         Además, de acuerdo con el sacerdote del Centro, el Consejo local establece el horario habitual de confesiones más adecuado, y todos procuran respetarlo. De todas formas, los sacerdotes están un rato en el confesionario antes de celebrar la Santa Misa, especialmente en los Centros de gente joven. Naturalmente ‑como se ha hecho siempre‑, atienden gustosamente a una persona, siempre que se lo pida, en cualquier momento.

         En esta atención colaboran ‑cuando sea necesario, y de acuerdo con las indicaciones de la Comisión Regional‑ socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz y Asistentes eclesiásticos.

         En los lugares próximos a los confesonarios, se guarda silencio durante el tiempo destinado a las confesiones.

         Cada uno procura que la Confesión, además de completa, sea concisa, concreta y clara. Este modo de proceder es también recomendable para las charlas de dirección espiritual. Para evitar preocupaciones inútiles o escrúpulos, es preferible hacer de memoria la Confesión, o la breve exposición de los puntos de dirección espiritual, después de haber dedicado a la preparación el tiempo que cada uno necesite.

         Se recomienda que todos hagan una confesión general antes de la Admisión. Y después, que se olviden ya de cuanto les hubiese sucedido, salvo para fomentar el espíritu de penitencia y el agradecimiento al Señor por su perdón. Así comenzarán in novitate sensus (Rm 12, 2), con esa gracia especial del sacramento de la Penitencia, aunque su vida anterior haya sido limpia y recta. [101]

         Todas las personas de la Prelatura conocen que no se oculta su condición de fieles del Opus Dei. A la vez, hay que proceder con sentido común: en situaciones de curiosidad malsana, la gente sabe defender su “privacidad”. También en la Confesión hay que pensar que los fieles no explican, por ejemplo: "soy de la familia del presidente del gobierno "tengo cargos en tal sociedad industrial"... Nadie suele añadir lo que no modifica la especie de la ofensa. Pero, se insiste, no hay el menor inconveniente en manifestar que se es fiel de la Obra, sin olvidar que nadie puede difamar a los demás, como si sus equivocaciones fueran pauta de los otros o del ambiente en que vive.

         Según las normas de la Moral general, constituirían para una persona de la Obra materia necesaria del sacramento de la Penitencia toda las faltas graves cometidas contra las virtudes, tanto en lo que éstas exigen a todos los cristianos como en lo que exigen por razón de las obligaciones específicas asumidas al incorporarse a la Prelatura. Los Directores y los sacerdotes deben ayudar a todos a mantener despierta ‑en vela de amor‑ esta conciencia de responsabilidad.

         Si alguno tuviera la desgracia de cometer un pecado grave contra deberes comunes a todos los cristianos, al confesarlo, bastaría acusarlo como tal, sin necesidad de hacer referencia al compromiso vocacional: en efecto, aunque esos pecados sean subjetivamente más graves en quien ha recibido ‑con la vocación‑ abundantes gracias y formación, no cambian su número ni su especie moral.

         También en caso de pecados graves contra obligaciones específicas asumidas al incorporarse al Opus Dei, habría que confesarlos según su especie moral, que puede expresarse con toda precisión por esas obligaciones que conculcan. Por tanto, cuando, por estar de viaje o por otra circunstancia, alguno no acudiera a un sacerdote de la Prelatura o de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz ‑que conozca su vinculación a la Obra‑ podría acusarse, por ejemplo, de haber pecado gravemente contra la justicia, "por negligencia grave en el cumplimiento de un trabajo formativo (o de dirección) al que estoy obligado"; o “por incumplir gravemente un compromiso de ayudar económicamente a unas iniciativas [102] con fines espirituales”; o "por haber murmurando gravemente contra los directores (o miembros) de una institución de la que formo parte"; o ‑en su caso‑ "de haber faltado gravemente al compromiso de celibato que he contraído en una institución de la Iglesia, por tratar con intimidad a una persona del otro sexo, aunque no haya habido pecado contra el sexto o el noveno mandamiento"; o bien " ... del otro sexo", añadiendo la especie de ese pecado contra la castidad, etc.

         Aunque, como se ha recordado en párrafos anteriores, nunca hay inconveniente en manifestar que se es miembro de la Prelatura, es más exacto especificar moralmente los hechos, que aludir a un compromiso cuyo alcance quizá el confesor desconoce. Además, el penitente ha de pensar que tiene obligación de no dar una impresión equivocada de la Obra, tanto porque la situación suya de ese momento no responde a su vida habitual, como porque todos los demás fieles de la Prelatura se esfuerzan diariamente en luchar de manera heroica para ser santos. Aunque se trata sólo de una comparación, para entender el alcance de estas palabras, una persona que libremente ha tomado unos compromisos u obligaciones específicas de trabajo, de justicia, de lealtad, etc., con una empresa o una institución ‑el compromiso con la Obra es mucho más serio: informa toda la vida‑, no menciona de qué entidad se trata, sino que explica ‑ y esto es lo exacto‑ qué virtudes o qué obligaciones ha dejado de cumplir. Por esta razón, solía recordar nuestro Fundador que, si no se acude al buen pastor, se podría difamar a la Obra y provocar que el confesor no aconseje ‑o aun, desaconseje‑ acercarse a la Obra a otras personas.

         Conviene recordar de vez en cuando en los medios de formación que, de acuerdo con las normas de la Moral, para que la absolución sea válida, debe haber ‑además de la integridad formal‑ las necesarias disposiciones de arrepentimiento, de apartarse de las posibles ocasiones, de remover el escándalo si lo hubiera, etc.

         También se ha de tener muy claro que ningún confesor puede dispensar, suspender o conmutar los compromisos adquiridos con la Oblación o la Fidelidad: esa potestad compete exclusivamente al Prelado, [103] tanto para los fieles de la Prelatura como para los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

         Puede suceder que alguno, cuando recibe por primera vez el encargo de atender espiritualmente a sus hermanos en la charla fraterna, consulte ‑como expresión de su cuidado para que todos reciban con puntualidad los medios de formación personal‑ si es oportuno preguntar a un sacerdote si los del Centro se confiesan con la frecuencia establecida. Se le debe explicar, con claridad, la extremada delicadeza con que los sacerdotes viven todo lo referente a la administración de la Penitencia, siguiendo el ejemplo de nuestro Padre, que les enseñó a no decir ni una palabra sobre nada que, ni de lejos, pudiera hacer odiosa la práctica de este sacramento. Por eso, como se ha hecho siempre, el Director o los que atienden charlas fraternas, cuando lo consideren oportuno, preguntan siempre directamente al interesado sobre la frecuencia con que se confiesa, haciéndole ver la importancia de ser puntuales en recibir ese sacramento, que es también medio de formación; pero nunca al confesor.

 

c) La corrección fraterna

 

         La corrección fraterna es un medio de formación, de origen evangélico, que ayuda de modo eficacísimo en el camino de la santidad y de la identificación con Cristo. Es una muestr