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VII

 

SEDE DE LOS CENTROS

 

DE LA PRELATURA

 

 

         Para la realización y desarrollo de las actividades espirituales y formativas, se necesitan instrumentos materiales adecuados: pisos, apartamentos, edificios, etc. Estos instrumentos no son de la Prelatura, sino de personas o entidades civiles que los ponen a disposición de las labores apostólicas. En consecuencia, resulta impropio referirse a edificios o casas del Opus Dei. Sin embargo, en la manera ordinaria de hablar, los miembros de la Obra mencionan su casa, como cualquier ciudadano corriente dice: voy a mi casa, aunque viva en un piso arrendado.

         Las sedes de los Centros reflejan siempre el aspecto de hogares de familia cristiana, agradables, con el mínimum de bienestar indispensable en la lucha ascética para alcanzar la santidad; hogares acogedores, limpios ‑ no se confunde la pobreza con la suciedad‑, sencillos y alegres; éste es el denominador común.

         Los edificios, apartamentos, etc., donde se realiza una labor apostólica pueden ser muy variados, de acuerdo con la condición de las personas que los frecuentan y la actividad que allí se lleva a cabo; pero siempre agradables, dignos, de modo que reflejan bien nuestro espíritu, gastando lo necesario en el mantenimiento y cuidado de las cosas pequeñas.

         Lo mismo que en su vida personal cada fiel de la Obra siente la ale [175] gría de vivir, con amorosa fidelidad y con naturalidad, una pobreza real y absoluta en el espíritu, también se ejercita esta virtud cristiana en la instalación y en la conservación de las sedes de los Centros. La preocupación de los miembros del Consejo local por el cuidado de la casa, les impulsa a estar siempre pendientes de los detalles materiales, y a procurar que los demás ejerciten también su sentido de responsabilidad, mediante encargos concretos.

         Las Convivencias, los cursos de retiro y los retiros mensuales se tienen en los Centros de la Prelatura ‑especialmente en las casas de retiros‑, o en las casas de Convivencias. Cuando no es posible, se busca otro lugar, por ejemplo la finca de algunos amigos, o un hotel discreto sin huéspedes durante esos días o, al menos, con una zona completamente independiente; en cambio, no se organizan nunca en casas diocesanas de ejercicios, seminarios, conventos, casas religiosas, u otros lugares eclesiásticos.

 

1. Instalación de los inmuebles

 

         Por evidentes razones de delicadeza sobrenatural y humana, desde los comienzos de la Obra, al instalar los Centros, y siempre, lo primero es el oratorio ‑el Sagrario‑; después la Administración, y en tercer lugar el resto. Cualquier otro planteamiento supondría un desorden, que no sería grato a Dios.

         De la instalación de las sedes de los Centros, suele ocuparse una persona, o varias, designadas por la correspondiente entidad propietaria, de acuerdo con la Comisión Regional. Si en algún caso se ocupa de realizarla el Consejo local, éste elabora un proyecto y un presupuesto. Una vez que la Comisión Regional da su conformidad al proyecto, y la entidad competente aprueba tanto el proyecto como el presupuesto, se procede cuanto antes a la instalación.

         Desde los inicios de la labor, los Centros se han montado con la ayuda de personas generosas, que facilitaban muebles o dinero para instalarlos. Y siempre se sigue empleando este sistema ‑que es también una [176] magnífica ocasión de apostolado‑, porque la necesidad de vivir la pobreza es la misma hoy que al principio. Además, con la expansión del trabajo apostólico, aumenta cada día el número de personas que desean colaborar de esta forma.

         En concreto, interesa aprovechar las ocasiones que se presenten, para que los parientes de los fieles de la Prelatura, o las familias amigas, regalen objetos que no emplean o desechan, aunque sean viejos o estén deteriorados. Muchas veces, muebles usados ‑reparados y acomodados‑ sirven perfectamente para los Centros que se van a instalar. Si alguien ofrece pinturas, tapices, joyas o, en general, objetos que, por su antigüedad o su valor artístico, son de considerable estima, se informa a la Comisión Regional.

         Una vez conseguida la financiación oportuna, el mobiliario se compra con espíritu de pobreza y con sentido común. Sería muy poco razonable adquirir exclusivamente muebles nuevos o, menos aún, diseñarlos y mandarlos hacer de encargo, sólo por un deseo de distinción o de modernismo. Pero si hay que disponer de una gran cantidad de objetos del mismo tipo ‑mesas para un colegio, sillas para una Residencia, etc.‑, puede pensarse en la conveniencia ‑económica y funcional‑ de encargarlos ex profeso, sin descartar a priori los que ya ofrecen las fábricas, quizá sin más que retocar algún pequeño detalle de los modelos comerciales, siempre que no suponga un encarecimiento excesivo.

         Cuando es necesario retrasar la utilización de una sede por falta de medios, se dan gracias al Señor y se contempla esa situación con sentido sobrenatural. Pero nunca queda incompleta una instalación por desidia: significaría poco amor a Dios, ya que con un instrumento en esas condiciones no se puede servir dignamente al Señor ni tampoco a los demás. El espíritu de la Obra lleva a poner la última piedra en los trabajos, con la misma vibración e interés con que se comenzaron.

         Una vez terminada la instalación de la sede de un Centro ‑o de cualquier instrumento apostólico‑, el Consejo local vela para que se conserve y se mantenga en perfecto estado, y evita introducir modifica [177] ciones de importancia en la decoración o en el mobiliario sin consultar previamente a la Comisión Regional.

         Ya en los primeros tiempos de la Obra, nuestro Fundador quiso que en los Centros con labor apostólica externa, en algún lugar digno de la casa, se colocara el texto del Mandatum novum (Jn 13, 34‑35) (cfr. Instrucción, 8‑XII‑1941, nota 98). Habitualmente se escribe en latín. Sin embargo, si parece oportuno ‑por ejemplo, en países cuya lengua no sigue el alfabeto latino‑, cabe añadir una buena traducción vernácula junto al texto latino. Conviene utilizar material de cierta calidad ‑pergamino, papel especial‑ enmarcado dignamente. En el Anexo 12 se señalan, como orientación, unos posibles modos de disponer los dos textos, de forma que el latino resalte más.

         Por los motivos que nuestro Padre señala en la Instrucción, 9‑1‑1935, n. 87, en los Centros de la Obra no hay ni siquiera una mesa de ping‑pong. En los clubes juveniles, si lo tienen, se cuidan siempre las indicaciones recogidas, a este respecto, en el Vademécum de labores apostólicas (obra de San Rafael). Sin embargo, en países donde el ping‑pong está considerado como un deporte ‑no como un pasatiempo‑ y en los lugares en los que el clima es poco benigno y no es fácil hacer otro tipo de deporte a cubierto, no hay inconveniente en que se tenga y se utilice en los momentos previstos para hacer ejercicio físico, durante un Curso anual.

         En los Centros no existen habitaciones destinadas a trastero, ni objetos innecesarios. Por eso, al disponer de nuevos instrumentos de trabajo —porque se compran otros más eficaces, o porque los regalan—, si los anteriores están aún en condiciones de servir, se recogen, con las instrucciones y garantías correspondientes, y se informa a la Comisión Regional, por si pueden ser útiles en otros Centros.

 

a) Oratorios

 

         El oratorio ‑como repetidamente se ha recordado‑ ha sido Y será siempre la habitación más importante de la casa, pues allí está el Señor: [178] responde hasta en los menores detalles a su carácter de lugar destinado al culto. Cuando se ha instalado un nuevo Centro, antes de dejar reservado el Santísimo Sacramento, se espera el visto bueno de la Comisión Regional.

         Especialmente en países donde los católicos son minoría, el oratorio se construye de forma que se logre una seguridad completa contra cualquier profanación y quede perfectamente cerrado; si las ventanas son accesibles desde fuera, se colocan contraventanas metálicas, rejas, o las dos cosas a la vez; y la puerta se cierra con la llave general (R1) o se instala una cerradura especial, más segura, si las circunstancias lo requieren.

         Los certificados en los que consta la dedicación ‑o, en su caso, la bendición‑ del altar, la bendición del oratorio, la erección del Vía Crucis, la bendición de la cruz de palo y la de la casa ‑ indicando quién lo ha hecho, la fecha y alguna otra circunstancia‑, se archivan con los demás documentos del Centro. Normalmente, los redacta el sacerdote que se haya encargado de esas bendiciones.

         Las reliquias de nuestro Padre, ex corpore o ex indumentis, y sus imágenes ‑pinturas, esculturas, etc., ‑ destinadas a los oratorios, se colocan en la zona del presbiterio: en el retablo o cerca del retablo, a ser posible en la misma pared.

         Antes de colocar una imagen de nuestro Fundador se consulta a la Comisión Regional, facilitando todos los datos necesarios, y se espera su respuesta.

         El armario o mueble situado en el anteoratorio, o cerca del oratorio, para los libros de lectura espiritual y los misales, se deja entreabierto por la noche, o como mejor convenga según las circunstancias del lugar. Se trata de que no se estropee el papel por la humedad o que lo destruyan los insectos. Se tiene siempre ordenado, para encontrar fácilmente el libro que se desee. Interesa disponer de un número suficiente de obras ‑una selección de los títulos que envía la Comisión Regional‑, adecuadas al tipo de labor y a las personas que viven y frecuentan el Centro. También es útil guardar ahí los guiones para el rezo del Santo Rosa [179] rio o de otras oraciones, bien impresos y colocados dentro de una carpeta, para facilitar su conservación.

         En algunos lugares, en el anteoratorio de las sedes de las obras de apostolado corporativo suele colocarse un libro con buena encuadernaci6n y digno ‑sobre un atril, en sitio visible‑, en donde se pueden anotar intenciones, para que se encomienden durante la Santa Misa.

         Cuando un Centro de Agregados tiene sede material propia, se puede instalar un oratorio, aunque no viva nadie allí. En estos oratorios, habitualmente no está reservado el Santísimo. Sin embargo, no hay inconveniente en hacer la reserva en reuniones con un elevado número de participantes en la labor apostólica: el día de la meditación semanal, o del retiro mensual, en fiestas señaladas de la Obra, etc. La forma de proceder variará de un sitio a otro, según la disponibilidad de sacerdotes, el desarrollo de la labor, etc.

         En esas ocasiones, se puede celebrar la Santa Misa y reservar luego el Santísimo‑, o bien, trasladarlo desde otro sagrario cercano, con el cuidado y delicadeza habituales. Como el Señor no se queda en el sagrario cuando se marchan todos, algunos pueden comulgar entonces de manos del sacerdote ‑si no lo han hecho en el día‑, o bien se traslada de nuevo el Santísimo Sacramento a un Centro próximo.

         En los lugares donde, por el volumen de la labor de San Rafael o de San Gabriel, acuden cada día muchas personas, se puede reservar el Santísimo con mayor frecuencia, incluso diariamente, si se dispone de sacerdote para el traslado. En estos oratorios, puede ser prudente que la Santa Misa se celebre sólo una o dos veces por semana; habitualmente, no los domingos ni otros días de precepto.

         Los vasos sagrados que se usan en esos Centros, se guardan donde residen los miembros del Consejo local; o, incluso, en la propia sede donde se realiza la labor, si quedan bien custodiados en una caja fuerte en armarios muy seguros.

         Se procura que durante la mayor parte del tiempo en que esté reservado el Santísimo, se encuentre en la sede del Centro de Agregados [180] un miembro del Consejo local; cuando es necesario, le sustituye un Numerario que ayude en la atención del Centro o un Celador, explicándoles bien antes su responsabilidad directa de custodiar el Santísimo Sacramento. Estas indicaciones han de cumplirse siempre de modo estricto, sin excepciones.

 

b) Imágenes

 

         Se eligen imágenes sagradas piadosas, sobrias, que ayuden al recogimiento y a la oración; clásicas o modernas, sin dejarse llevar por "novedades" ni permitir "caricaturas" del arte sagrado.

         Las imágenes de Santos llevan aureola. Si en algún caso no resulta adecuado ponerla en la misma imagen, puede pintarse o colocarse sobrepuesta ‑hecha de metal, por ejemplo‑ en la pared o tabla de fondo. Esto no se aplica, de ordinario, a los crucifijos, a las imágenes del Niño Jesús, ni tampoco a las reproducciones de imágenes clásicas famosas que no la tengan. Cuando alguna talla del Niño Jesús dispone ya de aureola o potencias, se dejan, si quedan bien firmes ‑de modo que no se desprendan fácilmente‑ y no hay peligro de engancharse con el velo humeral.

         De acuerdo con una práctica muy generalizada en muchos lugares, también en las aulas y salas de estudio de todos los Centros se coloca un crucifijo, además de la imagen de la Santísima Virgen.

         Los crucifijos tienen cruz ‑sin excepción‑, tanto si se colocan dentro como fuera del oratorio. Cuando se adopta la solución de pintar la cruz en la pared, ha de quedar bien patente.

         En los retablos o cuadros, en que se representa a la Sagrada Familia, se evita que el Niño Jesús aparezca desnudito: sin caer en la exageración, es mejor que esté vestido siempre, al menos con unos pañales.

         Ordinariamente, en vez de poner el Nacimiento cada año, hay un belén definitivo, colocado en un sitio fijo de la casa ‑por ejemplo, en una hornacina‑, que no está a la vista durante el año, sino oculto con unas puertas cerradas con llave. [181]

         En los países donde no sea habitual la instalación del Nacimiento, los Centros se acomodan a las tradiciones locales, pero colocando en un lugar visible, cerca del árbol de Navidad o en otro sitio, las figuras centrales del Misterio, con el fin de dar una clara nota cristiana a las costumbres del lugar.

 

c) Botiquín

 

         En los Centros hay un pequeño botiquín, con las medicinas de uso más corriente y las necesarias en caso de urgencia, y el material indispensable para la atención de los enfermos. Si no se cuenta con enfermería, el botiquín se instala en un lugar adecuado; por ejemplo, en un cuarto de aseo. Puede ser útil hacer un inventario para que, antes de comprar nuevas medicinas, se compruebe si se dispone de ellas. Estos medicamentos se pueden clasificar por materias. A modo de orientación, el botiquín suele contener lo siguiente:

         a) preparados de uso corriente, que se emplean sin expresa autorización médica: por ejemplo, aspirina, antiácidos, analgésicos suaves, etc.;

         b) medicamentos e instrumental para curas de urgencia, en caso de heridas leves, cortes o quemaduras: esparadrapo, alcohol, agua oxigenada, gasa estéril, mercurocromo, etc.;

         c) lo necesario para asistir otras urgencias: tónicos cardíacos, suero antitetánico, antihistamínicos, corticosteroides inyectables, etc.:

         d) los específicos que hayan sobrado después de usarlos algún enfermo, bajo prescripción médica ‑incluidos los somníferos‑; y los que suelen enviar como propaganda los laboratorios de productos farmacéuticos, que no se incluyan en los apartados anteriores;

         e) un termómetro; jeringuillas de dos o tres cubicaciones y diversos tipos de agujas para inyecciones; vaso de enfermos; irrigador‑, dos bolsas para agua caliente y dos para hielo.

         Las existencias del botiquín han de estar siempre convenientemente clasificadas y bien ordenadas. De vez en cuando, un médico, un far [182] macéutico o un estudiante de estas carreras, lo revisa para comprobar si falta algo y, en ese caso, adquirirlo, y desechar lo inservible. Los medicamentos que no son de uso corriente sólo se emplean bajo prescripción facultativa.

         El material del botiquín se cuida con esmero, y ‑excepto las medicinas e instrumentos de uso muy corriente‑ está cerrado con llave, que se guarda en el despacho del Director. Por tanto, en la propia habitación, sólo se tienen los específicos que el médico haya recomendado utilizar habitualmente.

         Donde no haya habitación destinada a enfermería, se coloca en un lugar conveniente lo necesario para la debida atención de un enfermo, sobre todo si la permanencia en cama es larga: una o dos almohadas; fundas impermeables para protegerlas y también para el colchón; una lamparilla adecuada para la cama; un espejo, un lavamanos, una esponja y un frasco de agua de colonia para el aseo, etc.

 

d) Inventario

 

         En cada Centro hay un inventario ‑siempre actualizado, al día‑, con copia en la Comisión Regional, de todos los objetos ‑ornamentos, vasos sagrados, muebles, adornos de decoración, etc.‑ que integran la dotación del oratorio y el menaje de la casa. En los Centros con Administración ordinaria, ésta se ocupa del inventario de los vasos sagrados, ornamentos, etc.

         Al cambiar el Director, el entrante y el saliente examinan el inventario, y comprueban si está todo lo que allí figura.

         Cuando se trasladan muebles y objetos de un Centro a otro, se toma nota en los inventarios de los Centros a quo y ad quod. Antes de efectuar esos traslados, aunque sólo sea para una temporada, el Consejo local lo consulta a la Comisión Regional y espera su respuesta. [183]

 

e) Fotografías

 

         Como en todo hogar, en los Centros se colocan fotografías de familia: de nuestro Padre y de sus sucesores, de los Abuelos y de Tía Carmen. Además, cuando sea el caso, pueden ponerse fotos ‑tomadas cuando eran ya de la Obra‑ de algunos Numerarios o Agregados: de los más antiguos, de los que han comenzado la labor en la Región, de los primeros del país, etc.; cuando se trata de Numerarios o Agregados que son sacerdotes, se eligen fotos anteriores a la ordenación.

         En las casas de retiros, como las usan tanto hombres como mujeres, no se ponen fotografías ni retratos de fieles de la Prelatura, ni siquiera después de su fallecimiento, aunque esté en curso su causa de canonización.

         Toda la sede del Centro es el hogar de quienes ahí viven, aunque cada uno disponga de una habitación personal; por eso, el que la ocupa no deja a la vista fotografías o retratos de los padres, hermanos, etc.; el que lo desee, conserva esas fotos en la intimidad.

         Resulta útil hacer y archivar fotografías referentes a la vida del Centro: fotos de calidad, técnica y artística, de los fieles del Opus Dei y de las actividades realizadas en las tareas apostólicas. Constituyen una parte de la historia de la Obra, y pueden ser también un medio eficaz para dar a conocer más esos apostolados.

         En los Centros, se conservan las fotos tomadas en tertulias, Convivencias, excursiones, etc. El archivo está cerrado con llave, que custodia el Consejo local. El modo de organizarlo dependerá del número de fotos: para un Centro pequeño, suele bastar con unos álbumes de positivos, unas carpetas para negativos y diapositivas, y un índice cronológico con los diversos datos; en las obras corporativas, el archivo será lógicamente más amplio.

         Para evitar que los negativos y las diapositivas se rayen o se ensucien con polvo o con las huellas digitales, es aconsejable manejarlos con pinzas y guardarlos extendidos ‑no enrollados‑, dentro de bolsitas carpetas de papel semitransparente. [184]

         En cada negativo o fotografía se suele indicar: lugar (ciudad, país); nombre de la obra corporativa o del Centro; fecha; actividad que se está realizando; nombres y apellidos (sí se conocen) de las personas que figuran; si el lugar o los objetos que aparecen tienen relación con la historia de la Obra.

 

f) Objetos de particular estima

 

         Como manifestación de amor a la Obra y a nuestro Fundador, los fieles de la Prelatura sienten el gustoso deber de cuidar y conservar con extremada delicadeza aquellos objetos ‑ ornamentos, vasos sagrados, cuadros, muebles, etc.‑, que son patrimonio común también de las generaciones venideras, por constituir evocaciones materiales de su historia.

         Se conservan con todo cariño los distintos recuerdos que se van recibiendo: fotos y objetos relacionados con la vida de nuestro Padre, fotos de las ordenaciones episcopales de sus sucesores, estampas, recordatorios, medallas y folletos referentes a otros acontecimientos familiares, etc. Estos recuerdos se disponen de modo que ayuden a mantener vivo el espíritu de filiación, y con la sencillez y delicadeza con que se custodian los recuerdos íntimos de familia. No tendría sentido, por ejemplo, colocar muchas cosas de este tipo ni en las zonas de recibir ni en las dedicadas a la labor externa.

         Conviene actuar con flexibilidad y naturalidad, cuidando la decoración de los Centros, de modo que se mantenga el ambiente de familia heredado de nuestro Fundador, sin caer en casuísticas innecesarias. En ocasiones, se podrá contar con fotografías de nuestro Padre o de don Álvaro anteriores a la ordenación sacerdotal, o colocar algunos de esos recuerdos en una vitrina, etc.

         Se adoptan las cautelas oportunas para evitar que esos objetos, por traslados innecesarios, o quizá por modificar algunos de sus detalles ‑por ejemplo, cambiando el marco de un cuadro‑, desaparezcan, se deterioren, o pierdan su significado específico. Cuando las necesidades [185] de conservación exigen algún arreglo o modificación importante, es prudente que el Consejo local lo consulte antes a la Comisión Regional.

         De todos los objetos que, de alguna manera, están ligados a la historia de la Obra, o de otros que ‑por su calidad artística, su antigüedad o su valor material‑ son de particular estima, el Consejo local conserva, junto con el inventario, una ficha en la que, además de una fotografía, constan los datos descriptivos que permitan identificar esos objetos. Se envía copia de la ficha a la Comisión Regional.

 

2. Conservación de los inmuebles

 

a) Mantenimiento

 

         Una manifestación del espíritu de pobreza es mantener la casa en buen estado: pintar cuando hace falta, repasar los muebles y las tapicerías con cierta periodicidad, etc. Con más esmero y delicadeza se cuidan el oratorio y los objetos de culto. Los miembros del Consejo local cumplen este deber con gran empeño: están en todo, desde lo más pequeño en apariencia, hasta lo más importante; y procuran que los demás vigilen también por el buen estado de la casa.

         En el Centro se conservan por escrito ‑si hace falta, con algún dibujo‑ las indicaciones necesarias: funcionamiento y manutención de las diversas instalaciones (eléctrica, telefónica, de calefacción); modo de dejar las ventanas, persianas y cortinas, según la época del año y las diferentes horas del día, etc. Algunos climas exigen tomar precauciones, para evitar que el excesivo sol caliente demasiado la casa o estropee los muebles, las tapicerías, los cuadros, etc. En los edificios grandes, se prevé qué luces se encienden al anochecer en los sitios de paso: las indispensables y siempre las mismas.

         Además, se tienen planos de las distintas habitaciones, en los que figura el lugar de cada mueble; de los objetos que suelen colocarse encima, de los cuadros, libros, bandejas, portarretratos, etc. Estos planos se repasan periódicamente para evitar que, por descuido, se cambie la de [186] coración; también para ponerlos al día, cuando se modifica algo por motivos razonables. La Administración dispone de una copia, con el fin de mantener este orden al hacer la limpieza.

         En cada Centro constan los detalles que el Consejo local revisa cada noche, para comprobar si todo queda en perfecto orden: por ejemplo, puertas y ventanas que deben permanecer cerradas; conmutadores o interruptores de los teléfonos y del timbre de la calle; llaves del gas y grifos de agua ‑especialmente si ha habido cortes durante el día‑; desconexión de aparatos eléctricos ‑estufas, ventiladores, etc.‑ que pueden ocasionar fuego si funcionan durante mucho tiempo seguido: si en algún caso hace falta usarlos por la noche, se colocan en lugares que no ofrezcan peligro de incendio.

         En las casas con servicio de gas, además de tener una llave general de entrada que se cierra todas las noches ‑es muy importante que el Consejo local controle que se hace‑, se adoptan sistemas eficaces de seguridad, para prevenir accidentes. De modo semejante, se toman medidas contra incendios, de acuerdo con los reglamentos oficiales.

         Los encargados de las diversas instalaciones se ocupan de las revisiones técnicas necesarias, y de asegurar su perfecto funcionamiento. Para facilitar el control, es muy práctico llevar un calendario en el que estén programados y distribuidos los trabajos de manutención periódica; así se conservan las cosas siempre en buen estado.

         Es práctico, además, elaborar un calendario o agenda con las fechas en que conviene limpiar, periódicamente, determinados locales, muebles, etc., que no requieren una limpieza diaria.

 

b) Reparaciones

 

         Muchas veces no es preciso recurrir a obreros, para realizar pequeñas reparaciones: retoques de pintura, ajustar una cerradura, etc. Las personas del Centro ‑sea cual sea su trabajo profesional‑ dedican algún tiempo a estos arreglos, de acuerdo con el Director. Cuando advier [187] ten un desperfecto que excede sus posibilidades, avisan enseguida al Secretario del Consejo local, normalmente entregándole una nota.

         Aunque siempre se intenta hacer las reparaciones de manera inmediata, es de sentido común no avisar a un obrero cada vez que surge una pequeñez. Si no es urgente, se espera hasta que haya varios desperfectos del mismo tipo, o hasta la época señalada para la restauración y manutención periódica del edificio.

         Sin embargo, algunos arreglos se deben hacer enseguida: por ejemplo, las averías que pueden ocasionar grave perjuicio al inmueble si no se reparan inmediatamente, o los desperfectos más visibles y chocantes, Con este esfuerzo y diligencia, se evitan en el futuro obras de un coste o de una entidad grandes. En cualquier caso, cuando se termina un arreglo o reparación, se comprueba que todo queda en perfectas condiciones.

         En los Centros, especialmente si tienen la sede en edificios grandes ‑Residencias de estudiantes, Centros de Estudios, casas de retiros-, resulta práctico disponer de un fichero de arreglos y de trabajos materiales, para saber en cada momento a quién se encomendó un determinado trabajo, dónde se llevó a reparar un objeto, cuándo lo devolvieron o lo devolverán, coste, etc.

         El Consejo local señala cada año, de acuerdo con la Administración, y con antelación suficiente, las fechas más oportunas para dedicar, por lo menos, quince días a la limpieza extraordinaria, restauración y manutención del edificio. En las sedes grandes, se suele elegir la época de las vacaciones. Antes de comenzar esos trabajos, se toman las precauciones habituales: por ejemplo, retirar los muebles y cubrir con papeles o sábanas viejas los que no es posible apartar; proteger los pavimentos y las paredes que puedan deteriorarse; concretar el horario y prever dificultades, para evitar esperas inútiles de los obreros, que se pagan como tiempo de trabajo; preparar las llaves necesarias, y ver si hará falta cortar el agua o la luz en alguna zona del edificio; elaborar un plan para ir acabando ordenadamente cada tarea, sin que los operarios tengan que pasar de nuevo por sitios ya terminados. Como no interesa prestar utensilios de la casa, se comprueba, con la empresa que realice las [188] obras, que los obreros acuden con todo lo necesario: herramientas, escaleras, material, etc.

         De forma prudente, un Numerario o un Agregado acompaña a los operarios al ir y al volver del lugar de trabajo y mientras lo realizan, para asegurar que lo cumplen bien y conforme a lo proyectado, que aprovechan el tiempo, que no se deterioran las paredes, etc. En función del número de obreros, puede haber más de un encargado, de modo que en ningún momento queden solos. Además, está atento para recordar enseguida detalles de sentido común sobre el cuidado o la limpieza en el trabajo: por ejemplo, no hacer mortero sobre el pavimento, sino en una artesa a propósito; no apoyar en la pared cosas que puedan deteriorarla; no barrer levantando polvo. Cuando un obrero termina su tarea, debe dejar todo limpio. Después, el encargado da un repaso más a fondo y ordena la habitación. Si se trata de locales que la Administración limpia habitualmente, se evita recargar su trabajo, por descuidar estos aspectos.

         Es útil que los encargados hagan diariamente una ficha de los trabajos realizados y del tiempo empleado, con las observaciones pertinentes. Estas fichas servirán de ayuda al revisar las facturas y permitirán plantear, en su caso, posibles reclamaciones.

         Si se trabaja en un oratorio ya terminado, se cuidan especialmente algunas exigencias de delicadeza: tener la cabeza descubierta, no fumar, no comer, no cantar, vestir con decoro, etc. El altar se cubre, si es necesario, con papeles limpios ‑no de periódico‑, y no se deja nada encima.

         Como es natural, los obreros no trabajan en sitios donde la Administración esté limpiando; ni pasan a la zona de la Administración, sin que previamente se haya fijado la hora.

         Si las reparaciones importan una suma que excede lo presupuestado para gastos ordinarios de mantenimiento, o si se trata de obras importantes o de reformas, se consulta a la Comisión Regional antes de comenzar ninguna gestión.

         En los inmuebles grandes puede ser práctico contar con algún empleado fijo, encargado del buen funcionamiento de instalaciones y [189] máquinas, de efectuar pequeñas reparaciones, del cuidado del jardín de la limpieza de exteriores, etc. No es necesario que sea especialista pero sí que tenga algunos conocimientos de electricidad, mecánica fontanería, etc. Antes de proponer a la entidad propietaria o gestora la contratación de esas personas, es prudente que el Consejo local lo comunique a la Comisión Regional, para asegurar que es oportuno obrar de ese modo.

 

3. Otros aspectos de la vida del Centro

 

         Nuestro Padre subrayó siempre la importancia de atender muy bien los servicios de portería, correo, teléfonos y visitas. Donde la Administración no se ocupa de la portería, se adoptan las medidas necesarias para que funcione debidamente: con eficacia y con sentido de responsabilidad. Un fiel de la Prelatura se encarga de abrir la puerta, de atender el teléfono, de recibir el correo, etc., siguiendo las instrucciones del Consejo local: así se asegura siempre que no se pierde ninguna carta; que el correo llega inmediatamente al Director; que, al recibir correspondencia certificada, telegramas, etc., se toman las precauciones lógicas, para que conste la fecha exacta de recepción, por si es preciso reclamar o responder; que se transmiten los encargos, etc. También puede contratarse a una persona, honrada y de confianza, con preparación seria, que atienda esos servicios durante algunas horas diarias.

         Los Centros donde está reservado el Santísimo Sacramento, no se dejan nunca solos: si en alguna ocasión no se queda, al menos, una persona de la Obra, se advierte a la Administración; y si tampoco la Administración va a permanecer en la casa, el Santísimo se custodia, durante los ratos prolongados de ausencia, en una caja de caudales empotrada, suficientemente segura y no a la vista. A veces se traslada en privado al sagrario de un Centro muy próximo. En todo caso, cuando el sagrario está vacío, la puerta permanece claramente abierta. Además, en las sedes donde residen personas que no son de la Obra, la puerta del oratorio se cierra con llave durante la noche. [190]

         La llave del sagrario se guarda en una caja digna, forrada por dentro con terciopelo, moiré, etc., que el Director conserva bajo llave (también el duplicado). Inmediatamente antes de comenzar un acto litúrgico en el que se ha de abrir el sagrario, se coloca la caja sobre el altar, junto al tabernáculo; y en cuanto se termina, se devuelve a su sitio. Generalmente, el Director se ocupa de llevar y recoger la llave.

         Cuando en un Centro hay teléfonos interiores, y los utilizan sólo fieles de la Obra, se emplea, al iniciar y al terminar la conversación, el saludo Pax, in aeternum.

         En la mesa del despacho del Director se tiene una cartela con una relación de las puertas ‑y las horas‑ que se abren y cierran diariamente. En cada llave va una indicación distinta, según el grupo de puertas a que corresponda: llave general para las interiores (R1), excepto las de comunicación con la Administración; llave para las puertas de comunicación con la Administración (R2); y llave exterior (R3).

         Por razones de orden, los locales sin uso diario están habitualmente cerrados con llave R1, que guarda el Director.

         Cuando en un Centro de Numerarios, excepcionalmente, no vaya a vivir nadie durante algún periodo del año, dos personas del Consejo local entregan toda la documentación al Secretario de la Comisión Regional o de la Delegación, para que la custodien durante esa temporada. Se firma un escrito en el que figuran la fecha y la relación de los documentos trasladados. Si la ciudad no es sede de la Comisión Regional o de una Delegación, pero hay más de un Centro de Numerarios, se puede dejar ese material en otro Centro, y se comunican los datos oportunos a la Comisión Regional o a la Delegación.

 

a) Visitas y huéspedes

 

         Las relaciones sociales, necesarias en el apostolado, obligan a atender gustosamente determinados compromisos, porque son siempre manifestaciones de caridad cristiana. Sin embargo, el número de visitas [191] que se reciben en los Centros se limita a lo estrictamente indispensable para atender la labor apostólica y el trato social. En estas ocasiones, la mayoría de las veces no hace falta enseñar la casa: basta mostrar el oratorio, y quizá el jardín, si lo hay. Resultaría poco natural que las visitas recorrieran todo el edificio.

         Como es usual, salvo en casos excepcionales, nadie ‑y menos los Directores‑ recibe las visitas de personas que no están citadas previamente: otra cosa sería un desorden, y daría la impresión de que se tiene poco trabajo.

         Por otra parte, cuando se presenta una persona desconocida ‑o de poca confianza‑, la prudencia exige enterarse antes del motivo de la visita; en algunos supuestos, será preferible no recibirla; y hay que estar siempre prevenidos, para evitar comportamientos improcedentes.

         Si alguien hace visitas frecuentes, o que se prolongan más de lo imprescindible, se le recuerda la obligación de aprovechar bien el tiempo; e, incluso, si es oportuno, se le encomienda algún encargo mientras está en casa. Este criterio se sigue especialmente con los Supernumerarios.

         Puede ocurrir que una persona aparezca en un Centro, diciendo que es amigo de alguno o algunos Directores Centrales o Regionales, sin que desde la Comisión se haya anunciado su llegada. Se le pasa a la sala de visitas con la misma amabilidad y delicadeza con que se trata habitualmente a todos; pero, como se hace con cualquier otro ‑‑apostolado de no dar‑ no se le enseña la casa, ni se le hacen obsequios de ningún tipo, ni se le presenta a nadie.

         Como regla general, no son necesarias las invitaciones a almorzar ni a cenar en la sede de un Centro: es preferible llevar a los amigos o a los parientes a un restaurante. Cuando resulta justificado obsequiar a quienes vienen de visita ‑por la ayuda que prestan a las labores apostólicas, o para corresponder a sus atenciones‑, se les puede ofrecer un desayuno, un té, un café, etc. Entonces la Administración deja todo servido, de modo que ‑en el comedor o en la sala‑ no haga falta ningún otro ser [192] vicio. Con los que acuden a dar una conferencia, etc., se sigue una conducta análoga, de acuerdo con los usos del país.

         Si se invita a alguien a almorzar, se organiza el servicio del modo más adecuado en cada ocasión, para que no llame la atención de nadie: de ordinario, es preferible preparar una comida o cena fría ‑si las costumbres lo permiten‑, o emplear los utensilios apropiados para conservar calientes los alimentos, sin que nadie de la Administración sirva la mesa. Otra solución es contar con la colaboración de algún fiel de la Prelatura, que sea camarero o desempeñe un oficio que le permita hacer con facilidad este pequeño trabajo. Se dispone todo de manera que se puedan recoger las fuentes, los platos, etc., de un lugar donde los deje preparados la Administración; además, un Numerario servirá la comida al que realizó ese servicio ‑idéntica a la de los invitados‑, subrayando que no es un menú habitual. En último caso, atienden la mesa Numerarias Auxiliares, ya de edad.

         Cuando se invita a una persona a comer, a un té, etc., lo natural es que llegue y se vaya por sus propios medios: no habrá casi nunca necesidad de ir a recogerla, por ejemplo, en coche, o de acompañarla a su Casa. Cuando, por excepción, se lleve en automóvil a una autoridad civil o eclesiástica, nunca va uno solo, si existe el peligro ‑aun remoto‑ de que se pueda pensar que es el chófer.

         Estas invitaciones a comer, cenar, o tomar el té en los Centros, no se ofrecen a los Supernumerarios, salvo cuando existe una causa justificada: que hayan ido para dar una conferencia, que presten una especial ayuda a esa labor apostólica, etc.

         En las sedes de los Centros de la Prelatura sólo viven Numerarios, excepto en Residencias o en otras obras corporativas de apostolado. Los Directores del Centro no dejan sus habitaciones para alojar a los visitantes. Antes de llegar a esta solución, sería preferible llevar a los huéspedes a un hotel. Cuando, por excepción, una persona que no es de la Obra resida en un Centro, se quita la colcha y se abre la cama antes de la noche, como detalle de delicadeza y de hospitalidad. [193]

         En los Centros sin labor apostólica externa, ordinariamente no se invita a personas que no son de la Obra a los actos litúrgicos que se celebran en el oratorio. Si en algún caso excepcional, se ve conveniente que asistan ‑con motivo de una visita o circunstancia semejante‑, se hace todo como de costumbre, con naturalidad.

 

b) Estancia de los Directores Centrales y Regionales

 

         El Consejo local atiende con la naturalidad, sencillez y delicadeza debidas a los Delegados del Padre en Comisión de servicio y a los Directores Centrales o Regionales, cuando vivan en el Centro. Hace lo mismo con un fiel de la Prelatura que merece especial consideración por su edad, tiempo que lleva en Casa o encargos que ha desempeñado. Se prepara una habitación en la zona de huéspedes, si la hay, u otra que no sea la que ocupe habitualmente un miembro del Consejo local. Además, dan a conocer los nombres de las personas que viven en el Centro y se comenta cualquier circunstancia especial, si es conveniente que el Director la conozca. Se sigue el horario normal, sin extraordinarios de ningún tipo.

         Además, el Consejo local se esfuerza por cuidar otros detalles. Sin pretender hacer una enumeración exhaustiva, se ocupa, por ejemplo, de que coma con otros mayores, si se trata de un Centro de Numerarios jóvenes; se le pregunta si desea recibir a alguien o que se avise su presencia a alguna persona; si no lo pide expresamente, es preferible no invitarle a dar charlas, etc. Seguir el ritmo normal del Centro, hasta en los pequeños detalles, es un modo práctico de contribuir a la eficacia de su labor, pues refleja el carácter sencillo y sobrenatural del espíritu del Opus Dei.

 

c) Diario y escritos de interés histórico

 

         En los Centros de Numerarios se lleva un diario. Además, los Consejos locales de los Centros de Agregados, de Supernumerarios y de la [194] Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz pueden anotar en un cuaderno, con el mismo tono familiar, los hechos más importantes de la vida de cada Centro.

         También se escribe un diario durante los Cursos anuales y las Convivencias de Agregados y de Supernumerarios (incluidas las de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz). Si se tienen en un Centro donde ya lo hay, se utiliza el mismo cuaderno; si no, se abre otro, con un número apropiado de páginas. En cambio, no figuran en un mismo cuaderno actividades celebradas en varios lugares.

         El diario se redacta en un estilo sencillo, familiar, sin pretensiones literarias, pero sin abusar de vulgarismos o de frases hechas, ininteligibles a la vuelta de poco tiempo. La extensión es variable: unos días bastan tres o cuatro líneas; otros, en cambio, se escriben algunas páginas.

         Los temas surgen espontáneamente de la preocupación apostólica, de la visión sobrenatural, de la ilusión y del cariño humano que caracterizan el ambiente del Centro: pequeños detalles de la vida en familia; anécdotas del apostolado; hechos edificantes narrados con naturalidad, etc. Aunque el espíritu de alegría y de optimismo lleva a no transformar el diario en un paño de lágrimas, se anotan también, si ocurren, algunos hechos o circunstancias que, de no relatarse, darían una visión deformada, irreal de la marcha de ese Centro: dificultades ambientales, falta de medios, contradicciones, etc. También se mencionan hechos importantes del mundo o del país, porque somos ciudadanos iguales a los demás y nos movemos inmersos en la corriente circulatoria de la sociedad. En cualquier caso, se evita por completo cualquier afirmación peyorativa sobre personas e instituciones, porque no responde al espíritu de caridad que ha de practicarse con todos.

         El Director revisa con frecuencia el diario, tanto para subsanar posibles olvidos, como para hacer las correcciones oportunas. Esto es especialmente necesario cuando el encargado de escribirlo lleva poco tiempo en la Obra. Una vez terminado un cuaderno, se manda en mano a la Comisión Regional en la primera oportunidad. [195]

         El cuaderno, por razones de archivo, tiene número de páginas suficiente para que dure, si es posible, aproximadamente un año. Las medidas máximas son 18 x 25 cm.; y es preferible el formato vertical al apaisado.

         Se utilizan cuadernos de calidad: las hojas y tapas ofrecen la debida consistencia, de modo que no se transparente la escritura. Se eligen modelos normales, pero sin espiral metálica, que podría deteriorar o estropear el papel con facilidad. Se escribe a tinta, para que la escritura no se borre con el paso del tiempo. En todas las páginas se deja un margen amplio, para añadir posibles aclaraciones. No se usan abreviaturas.

         En la primera página, se anotan los siguientes datos: nombre del Centro; lugar en que está situado, según la forma habitual en cada país (decir, indicando la ciudad, la provincia, el departamento, el estado, etc.); fechas —día, mes y año— de comienzo y terminación del cuaderno; tipo de actividad. Cuando se trata de Cursos anuales o de Convivencias, se especifica si son para Numerarios, Agregados o Supernumerarios de la Prelatura; o para Agregados o Supernumerarios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.

         Antes de enviar cada cuaderno a la Comisión Regional, se comprueba que figuran los nombres y apellidos de las personas de la Obra que residen o están adscritas al Centro; sin perjuicio de hacer constar, en los días que corresponda, el nombre de los que se incorporan o se marchan del Centro.

         Además de los acontecimientos incluidos en el diario, otras muchas anécdotas de la labor reflejan el trabajo apostólico, con frecuencia heroico, en todo el mundo. Como se viene haciendo desde el principio, en ocasiones ‑al tratarse de un asunto de particular interés, por las personas a las que se refiere o por las circunstancias en que se desarrolla el hecho‑, se redacta una nota clara y pormenorizada, haciendo contar los nombres, los días y los detalles más significativos. Estas relaciones, con la fecha y la firma, se mandan a la Comisión Regional; si se escriben a máquina, se firma además al margen de cada hoja. Serán muy útiles para escribir la historia de la Obra, al cabo de los años, y servirán de [196] ejemplo y de estímulo a los que vengan detrás. Aunque lo mejor es escribirlas cuando se producen los sucesos, se puede aprovechar también la estancia en los Cursos anuales, si por cualquier razón no se ha hecho antes. Por eso, se recuerda al comenzar cada Curso anual.

         De otra parte, con motivo de su labor profesional, muchos reciben cartas y documentación diversa, de personas que ‑a partir de relaciones nacidas del propio trabajo‑ participan del calor sobrenatural de la Obra. A la vuelta de unos años, esos documentos ‑verdadero testimonio del apostolado‑ tendrán un interés grande, contribuirán a dar a conocer el ambiente en el que se ha desenvuelto cada uno y, a veces, constituirán una colección de valor histórico, que no se debe menospreciar. Esas experiencias serán, además, una gran ayuda para los que se ocupen después de esas tareas o de tratar a esas personas: podrán continuar y mejorar la labor apostólica ya en marcha, e iniciar otras semejantes.

         Este mismo criterio se aplica a la correspondencia recibida por correo electrónico. En estos casos, el que la recibe, después de imprimir la carta en papel, escribe a mano el nombre y apellido del remitente, lugar y fecha del documento; y añade, si es necesario, el nombre y dirección del destinatario.

         Vale la pena conservar la documentación de este tipo que tenga cualquier miembro de la Obra, tanto sacerdotes como seglares. Sin embargo, es prudente determinar previamente a qué personas, en concreto, interesa solicitarla. Además, en el caso de los Supernumerarios, se respetan siempre, lógicamente, los derechos adquiridos por sus familias. El mejor procedimiento para seleccionar esos documentos puede ser que cada persona ‑especialmente las que desarrollan actividades de particular relieve científico o cultural‑, revise y elija cuidadosamente los que ha de conservar, para no perder ninguno de valor; y que los entregue al Consejo local, cuando no sean actuales o no tengan ya utilidad para su tarea. Anualmente, los Consejos locales los envían a la Comisión Regional. [197]

 

d) Derecho a la intimidad familiar

 

         Si los fieles de la Prelatura no corretean inútilmente por los Centros, con mayor razón se evita que personas que no son del Opus Dei se dediquen a visitar los Centros de la Obra ‑por curiosidad o por otro motivo no justificado‑: solamente la atención que requerirían, haría perder un tiempo del que no se dispone y, en algunos casos, esa excesiva dedicación produciría escándalo.

         Si alguien, por una causa razonable ‑espiritual o apostólica‑, necesita la dirección de un Centro en otra ciudad o Región, se le facilita la de una obra corporativa de apostolado o, en su caso, la del Vicario Regional. Nunca se dan esos datos a quien pretenda una carta de presentación para una persona de la Obra, con la que desee ponerse en relación por un motivo no apostólico: la Prelatura tiene fines exclusivamente espirituales, y quien buscara un apoyo para sus asuntos personales se equivocaría radicalmente.

         De modo análogo, se puede facilitar la dirección de algún Numerario, cuando la piden por un motivo apostólico, familiar, profesional, etc. Sin embargo, en muchas ocasiones, es preferible dar las señas de su despacho público o profesional.

         Estas normas de prudencia son también válidas cuando pide esa información una persona que se dice amiga de los Directores del Consejo General o de la Comisión Regional.

         En los Centros, que son hogares de familia cristiana, de ordinario sólo sacan fotografías las personas de la Obra. Si los carretes se revelan fuera, se toman las garantías necesarias: por ejemplo, la devolución de negativos.

         Cuando se hace una fotografía a una persona que visita la casa, se evita que sea en el comedor o mientras se toma algo.

         Si en alguna ocasión alguien toma fotografías o imágenes de vídeo, sin la debida autorización, se le pide ‑con buenas formas, pero enérgicamente‑ que entregue allí mismo el carrete o la cinta: es un derecho protegido por las legislaciones civiles de casi todos los países. Renunciar [198] podría dar lugar a situaciones molestas que, cuando menos, romperían la intimidad de la vida familiar.

         Las charlas, meditaciones, y los diversos medios de formación que se imparten a través de las actividades de apostolado, no son públicas en el sentido usual de este término: son actos familiares y sencillos, sin las características de un discurso o una conferencia. Cuando es preciso, se explica esta realidad a los asistentes, recomendándoles que no tomen apuntes extensos ni literales. Si alguno lo hace, se le ruega en privado que no los tome, porque podría impedirle la mejor comprensión de lo que oye; porque, al escribir una frase, desvirtuaría tal vez su sentido al sacarla de contexto; porque es más delicado para el que habla ‑si no se le ha pedido permiso para recoger por escrito sus palabras‑, y se conserva mejor el tono familiar de estos medios de formación; no se distrae a los demás, etc. En todo caso, se puede aconsejar que luego, como fruto de su propia reflexión, redacte las notas que desee, para recordar mejor sus propósitos de carácter ascético, para meditarlas con más amplitud en otras ocasiones, o para cualquier otro uso personal.

         Durante los actos que se celebran en los Centros, nadie utiliza un magnetofón u otro aparato que registre la voz o la imagen, sin el permiso previo de los Directores, que, en su caso, envían luego ese material a la Comisión Regional. Supondría un abuso de confianza que, sin autorización, alguno intentase emplear uno de esos aparatos registradores. Si, a pesar de todo, lo hace, el Director le exige la entrega de la cinta o el disco, y, si hay algo grabado, le ruega que lo borre enseguida.

         Podría suceder que algunas personas o instituciones tratasen de inmiscuirse en los Centros de la Prelatura, para copiar aspectos de nuestro trabajo apostólico: la manera de organizar o impartir los medios de formación, el modo de impulsar y promover las labores apostólicas, rasgos externos de nuestro espíritu laical, etc. Aunque no tenemos nada que ocultar ‑nuestros Centros están abiertos a toda clase de personas‑, hay que evitar que esto suceda, ya que tales copias resultarían como muñecos sin vida: al no estar informadas por el espíritu del Opus Dei, desorientarían a las almas y no lograrían acercarlas a Dios.

 

 

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