[160]
VI
TRATO CON AUTORIDADES
ECLESIÁSTICAS
1. Veneración y colaboración con los Obispos diocesanos
Nuestro Padre manifestó siempre, con obras, una sincera veneración y un gran amor a los Obispos diocesanos; les prestó innumerables servicios —de modo heroico y desinteresado— durante largos años; hasta el final de su vida, trató a un número elevadísimo de Prelados con una amistad personal, llena de lealtad y comprensión, que duró toda la vida; y les hizo un gran bien.
Los fieles de la Prelatura ‑de acuerdo con ese espíritu y con ese ejemplo‑ practican también con veneración y afecto la sumisión filial al Papa y la unidad más delicada con los Obispos diocesanos en comunión con la Santa Sede.
El Opus Dei es muy bien conocido y profundamente querido por el Episcopado y, más concretamente, por los Obispos de las Diócesis en las que los fieles de la Prelatura trabajan. Esas personas comprenden y agradecen la fecunda realidad sobrenatural y apostólica del espíritu que nuestro Padre asumió y enseñó a sus hijos. En los Estatutos de la Obra, sancionados por la Sede Apostólica (cfr. Statuta, nn. 171‑180), se confirma la armónica inserción de la Prelatura en la pastoral orgánica de la Iglesia universal y de las Iglesias locales (cfr. DecI. Praelaturae personales, de la Congregación para los Obispos, § 2). [161]
Solía repetir nuestro Fundador que en el Opus Dei tiramos del carro en la misma dirección del Ordinario diocesano, que marca la dirección general de la pastoral diocesana al servicio del fin supremo de la pluriforme actividad apostólica de la Iglesia, que es la salus animarum, la salvación de las almas.
Los laicos y los sacerdotes de la Obra trabajan unidos a ese carro como los demás católicos más fieles, pero no de cualquier manera, sino con unas formas apostólicas específicas ‑de carácter profundamente secular y laical‑, propias de la naturaleza de la Prelatura y repetidamente aprobadas por la Santa Sede. La ayuda que presta el Opus Dei a la Iglesia universal y a las Iglesias locales consiste, sobre todo, en el apostolado personal de sus fieles, que contribuye a una toma de conciencia de la llamada universal a la santidad y al apostolado, y de la manera de vivir esta vocación en y por el ordinario trabajo profesional (cfr. Const. apost. Ut sit, introd.).
De acuerdo con este espíritu y con las normas de la Santa Sede, en el Opus Dei se ofrece formación cristiana a cuantos se acercan a los apostolados, para que cada uno, en el sitio que ocupa en medio del mundo, luche por practicar con profundidad el espíritu de Cristo. Y ese es fuerzo apostólico de promoción cristiana ‑realizado en filial obediencia al Magisterio eclesiástico y a las legítimas disposiciones del respectivo Obispo diocesano o de la Conferencia Episcopal- redunda en beneficio inmediato y directo de cada Diócesis, donde queda el fruto: se colabora así intensamente a que se llenen los templos, a que aumente la frecuencia de los sacramentos en las parroquias, a que se difunda la doctrina de la Iglesia de modo más capilar, a que surjan, en fin, vocaciones para el sacerdocio y a la vida consagrada.
De este modo, los fieles de la Prelatura realizan un intenso apostolado, gustosamente ‑sin costar un céntimo a la Diócesis‑, en todos los ambientes de la sociedad civil ‑algunos particularmente difíciles y alejados de Cristo‑, una labor que el Ordinario del lugar con frecuencia no consigue desarrollar como desearía, por falta de medios apostólicos y de personas debidamente preparadas. [162]
a) Los Obispos
diocesanos y los Centros de la Prelatura
Aunque la Comisión Regional lleva de manera directa las gestiones para la erección de nuevos Centros, los Consejos locales deben tener en cuenta los aspectos que se exponen a continuación.
En la erección de los Centros de la Obra, se distinguen los siguientes momentos y actos jurídicos, con sus respectivas competencias: previa la solicitud correspondiente del Vicario Regional de la Prelatura, el Ordinario del lugar concede la venia para erigir un Centro en el territorio de su jurisdicción; una vez obtenida la venia, el Vicario Regional de la Prelatura es quien realiza el acto jurídico de erección del Centro.
La erección del Centro lleva consigo el derecho a desarrollar todas las actividades apostólicas que atiende la Prelatura ‑por ejemplo, Convivencias, retiros o cursos de retiro‑, así como la facultad de tener oratorio, en el que se reserva el Santísimo Sacramento y se celebran las correspondientes funciones litúrgicas.
Corresponde al Obispo diocesano el derecho de comprobar que se cumplen las prescripciones canónicas en las iglesias y oratorios, sacristías y sedes para escuchar confesiones (cfr. Statuta, n. 179). Para referirse a este ejercicio, como en el lenguaje eclesiástico el término de "visita canónica" suele entenderse en un sentido no aplicable a los Centros de la Prelatura (pues se refiere a las visitas que el Obispo hace a las parroquias o casas de religiosos), al tratar de esa estancia del Ordinario del lugar para ejercitar el derecho arriba señalado, es preferible emplear un giro de lenguaje y no hablar de "visitas"; tampoco al mencionar las entrevistas con autoridades eclesiásticas o las invitaciones a que acudan a un Centro de la Obra.
Su presencia en los Centros con este motivo, constituye también una ocasión de demostrarles el cariño, la veneración y el espíritu de cordial cooperación con los Obispos diocesanos y sus colaboradores, que anima todo el trabajo apostólico de los fieles de la Prelatura.
Al ponerse de acuerdo sobre el día y la hora, se suele preguntar al Obispo diocesano si desea celebrarla Misa, dar la bendición con el San [163] tísimo; y, en su caso, qué ornamentos se deben preparar y cuáles trae consigo, con el fin de ocuparse de disponer los restantes para esa función litúrgica. Se prepara todo para que ‑si lo desea‑ pueda abrir y examinar el sagrario, con la solemnidad que juzgue oportuno; se colocan también en la sacristía, unos vasos sagrados ‑un cáliz con la patena, uno o dos copones, una custodia‑ y un juego de ornamentos. Se le indica después el lugar donde se oyen las confesiones, para que pueda comprobar cómo se cumplen las normas canónicas sobre la materia. En estos únicos detalles se centra el derecho del Ordinario diocesano respecto al Centro.
Le acompañan en esos momentos por lo menos un sacerdote y un seglar, de los más conocidos por el Obispo o de los que habitualmente lo tratan. De ordinario, no estarán presentes todas las personas que allí residen, pues cada uno tiene su ocupación profesional, sujeta a un horario de trabajo, como cualquiera de sus colegas. Si se trata de un Centro dirigido a la juventud, será lógico que encuentre gente estudiando, o chicos que participan en los medios de formación: esto le ayudará a comprender la labor apostólica que se desarrolla. En cualquier caso, las personas de la Prelatura que le acompañan le explican el tipo de apostolado que se hace.
Al terminar, se suele ofrecer al Obispo diocesano y a sus acompañantes un pequeño agasajo: té o copa de vino, con pastas, o lo corriente en el respectivo país. En cambio, no se acostumbra a invitarle a comer con este motivo.
b) Trato habitual
con los Obispos diocesanos y con otras autoridades eclesiásticas
Corno norma lógica de cortesía, en las Diócesis donde se han erigido Centros de la Obra, al principio de cada año o de cada curso, el Director y el sacerdote del Centro ‑o, si hay varios, el Director y el sacerdote designados por la Comisión Regional‑ visitan al Obispo para ofrecerle sus respetos y contarle algunos detalles de la labor apostólica. Además, acuden a verle, o le escriben, en otras ocasiones, como las Navidades, la Pascua de Resurrección o el día de su santo o cumpleaños. Tam [164] bién suele ser oportuno felicitarle personalmente con motivo de la toma de posesión canónica de la Diócesis, del 25º y 50º aniversario de su ordenación sacerdotal, y de efemérides semejantes.
El afecto y la veneración hacia los Obispos se manifiestan también en muchos otros detalles de delicadeza: por ejemplo, se solicita siempre hora para las entrevistas, y se elige el momento conveniente para no molestarle en su trabajo; así se hace también cuando se les invita a los Centros de la Obra, o cuando es preciso presentarles documentos o plantearles cualquier asunto.
Bajo pretexto de una falsa naturalidad o de un diálogo igualitario, se han extendido en algunos ambientes modos de dirigirse a los Obispos diocesanos o de hablar de ellos, que ‑aunque no pretendan ser falta de respeto‑ chocan al menos con las buenas formas sociales: tuteo fácil, ligereza en el trato, juicios y bromas sobre su comportamiento, etc. Aunque estas costumbres se generalicen en algún lugar, es lógico que los fieles de la Prelatura sigan tratando a los Obispos y a sus colaboradores como lo hizo siempre y nos enseñó nuestro queridísimo Fundador: con veneración y afecto sinceros, que se traducen en todo momento en la delicadeza y el respeto exigidos por la caridad y la buena educación.
Cuando se va a ver a los Ordinarios diocesanos, se procura que pasen un rato agradable, contándoles anécdotas y aspectos de las labores apostólicas y de la vida de los fieles de la Prelatura: será para ellos motivo de alegría, en medio de sus preocupaciones de gobierno; y una forma delicada de manifestarles cariño y veneración. Además, muchas veces, no basta con ofrecer esa información, porque lo que desean es que se escuchen sus preocupaciones o pedir alguna colaboración: lógicamente, se les oye y atiende con mucho afecto, se toma nota de sus sugerencias y orientaciones para transmitirlas a la Comisión Regional, asegurándoles que se procurará ayudarles en todo lo posible; si alguna vez no hay más remedio que dar una negativa, se hace con la mayor caridad, de modo que vean ‑es la verdad‑ que nos duele no poder acceder a sus deseos. [165]
De este modo, les resulta más fácil comprender que en la Prelatura se vive un espíritu caracterizado por la colaboración plena con los apostolados diocesanos; una verdadera disponibilidad para recibir directrices, dar a conocer las orientaciones pastorales y secundar las campañas apostólicas promovidas por los Obispos diocesanos, siempre de forma compatible con la labor específica exigida por la misión de la Prelatura.
Cuando es necesario, se explica bien la sintonía que existe habitualmente entre las necesidades pastorales de la Diócesis y las iniciativas de los fieles de la Prelatura; entre lo que a cada Obispo le preocupa más y lo que los fieles de la Prelatura, compartiendo plenamente esas preocupaciones, procuran hacer para ayudarle. A poco desarrollada que esté la labor de la Prelatura en una Diócesis, habrá personas trabajando en esos sectores concretos ‑pastoral familiar, vocaciones para el seminario, labor apostólica con intelectuales, en el mundo obrero, en los medios de comunicación social, enseñanza religiosa en las escuelas, etc.-, que encuentran su perfecta correspondencia en el ámbito de las obras de San Gabriel o de San Rafael, o en la labor de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
Desde luego, hace falta don de lenguas ‑por amor a la verdad y a la unidad del apostolado‑, para presentar bien el trabajo de los fieles de la Prelatura en servicio de las Iglesias locales, también sin apabullar con logros apostólicos, cuando se conocen dificultades que atraviesa la Diócesis. Como repetía nuestro Padre, el apostolado de la Obra es un mar sin orillas: por eso, dentro del orden de prioridades requerido por el crecimiento armónico de las labores, se puede siempre mostrar a cada Ordinario local que de verdad caminamos en la dirección que él desea, con los modos ascéticos y apostólicos propios del Opus Dei. Por esto, los fieles de la Prelatura, y especialmente los Directores, se enteran puntualmente ‑por lo que escribe, predica o dice‑ de lo que preocupa o interesa pastoralmente más a cada Obispo diocesano; preparan bien las entrevistas, escogiendo el tipo de datos, informaciones o anécdotas más convenientes en cada caso; presentan una u otra de las actividades apostólicas como una respuesta pastoral —realmente lo es— a una de sus [166] preocupaciones, o como una anticipación del deseo que manifestó en una determinada ocasión, etc.
En lo posible, suele ir a ver a los Obispos un sacerdote de la Prelatura, acompañado por un Numerario o Agregado laico mayor, que le conozca o que ‑por su profesión o por sus cargos pueda dar idea clara del carácter secular de la Prelatura. También colaboran en este trato de amistad y cariño algunos sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, sobre todo, si les han conocido desde tiempo atrás. Y, en ocasiones, pueden ocuparse además algunos Supernumerarios que, por distintas razones, tengan confianza con ellos. Lógicamente, los seglares intervienen oportunamente en las conversaciones, especialmente contando anécdotas y noticias del apostolado: su presencia contribuye a que los Obispos diocesanos conozcan y amen la Obra cada día más.
Si el sacerdote ha de tratar asuntos relacionados con los apostolados de las mujeres de la Prelatura, o si el propio Obispo inicia una conversación o pregunta algo sobre estos temas, se le manifiesta el deseo de hablar después de esos aspectos, subrayando la delicadeza con que se vive en la Obra la separación entre las actividades apostólicas con hombres y con mujeres. Cuando llegue el momento de referirse a esas cuestiones, el sacerdote, con delicadeza y naturalidad, rogará al seglar que le espere fuera.
Dentro de estas manifestaciones de respeto, delicadeza y veneración, no se deja nunca de aclarar los aspectos del espíritu o de la vida apostólica de la Obra sobre los que, en alguna ocasión, un Obispo exprese una opinión inexacta. Como es natural, se hace educadamente, con la firmeza necesaria, pero con gran respeto, sin tonos ni modos por los que pudieran sentirse humillados, y evitando darle lecciones. Por esto, se dejan pasar pequeñas incomprensiones o inexactitudes, que pueden proceder de desconocimiento o de una situación personal de cansancio: rezando, con paciencia, y recordando de vez en cuando la terminología precisa o los detalles que todavía no han sido apreciados, acaba abriéndose paso la verdad y la comprensión. Este es otro motivo [167] por el que interesa que acuda también a las entrevistas un laico mayor que, con autoridad, con garbo, y sin un respeto mal entendido, aporte con libertad y altura las explicaciones necesarias.
Si alguna vez ‑ocurrirá raramente‑, en una ciudad donde no reside el Vicario Regional, surge una contradicción con el Obispo, el Director que mantiene habitualmente más relación con él se limita a decirle, con toda amabilidad, que indique el motivo de su disgusto, para tomar nota y comunicarlo al Vicario Regional, en la certeza de que se le dará satisfacción plena. Y el Director informa enseguida a la Comisión Regional.
c) Invitación a los Centros de la Obra
Como una consecuencia de ese trato, es natural que se invite al Obispo a celebrar alguna vez la Santa Misa, a pronunciar o a presidir una conferencia, o a almorzar en uno de los Centros que previamente haya determinado la Comisión Regional: por ejemplo, con ocasión del comienzo o del fin de curso, de una fiesta, o de un acto cultural.
De ordinario, no se invita a la vez a dos personalidades eclesiásticas ‑por ejemplo, el Nuncio y el Obispo del lugar‑, porque es más delicado con ellos hacerlo separadamente.
Cuando se invite a un Obispo a una Residencia, y se prevea que le gustaría estar un rato con los residentes, sean o no fieles de la Prelatura, se prepara adecuadamente esa breve conversación, para que surjan con naturalidad y sentido sobrenatural noticias y anécdotas del apostolado en servicio a la Diócesis. Lógicamente, esos momentos no se enfocan como tertulias con preguntas y respuestas, para no obligarle a esforzarse pensando las contestaciones; ni se le propone entonces que diga unas palabras, que quizá no había pensado pronunciar. Como lo que se pretende es hacerle pasar un rato agradable y darle motivos de alegría, en medio de sus problemas de gobierno, no debe alargarse excesivamente la reunión, pues iría en detrimento de sus demás ocupaciones. [168]
2. Participación de los sacerdotes de la Prelatura en los
Consejos presbiterales
Los sacerdotes Numerarios y Agregados de la Prelatura son sacerdotes seculares según Derecho y, de corazón, sacerdotes diocesanos en las Diócesis donde desarrollan su ministerio, como afirmaba nuestro Fundador. Como en el lenguaje común y en el teológico es habitual llamar "sacerdotes diocesanos" a todos los sacerdotes seculares, para distinguirlos de los religiosos, en una conversación ordinaria e incluso en un contexto teológico no hay inconveniente en que los sacerdotes de la Prelatura afirmen que son diocesanos; sobre todo, si el interlocutor, por recibir aclaraciones canónicas que son exactas ‑como: "soy sacerdote secular incardinado en la Prelatura"‑, se quedara con la idea de que no son seculares en el mismo pleno sentido que los otros sacerdotes seculares incardinados en una Diócesis.
De ahí que el Derecho vigente establezca que gozan de voz activa y pasiva en la constitución de los Consejos presbiterales de las Diócesis (cfr. CIC, can. 498 § 1, 2º; Statuta, n. 40; Decl. Praelaturae personales, II a).
Por tanto, participan con la frecuencia que pueden en las reuniones del Presbiterio diocesano, como los demás sacerdotes de esa Iglesia particular, lógicamente, sin menoscabo de la abundante labor ministerial que tienen encomendada.
Además, se hacen presentes con naturalidad ‑siempre a título personal, por razón de su oficio eclesiástico o de la experiencia pastoral en un determinado campo‑ en los organismos diocesanos o nacionales aprobados por la Jerarquía, que se refieren más directamente a las tareas que cada uno desarrolla y en las que posee una especial competencia pastoral o científica. Como es lógico, la Comisión Regional les orienta para que se comporten con la debida prudencia y aprovechen bien el tiempo. No se trata, naturalmente, de que todos vayan siempre a las reuniones a que sean convocados; a veces no resultará posible, como les sucede a los demás sacerdotes de la Diócesis con abundante trabajo: no asisten todos, ni siempre. Con su presencia llena de rectitud, se ganarán con la gracia de [169] Dios la amistad de los demás sacerdotes, que podrán participar en los medios de formación de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz.
En el comportamiento de los sacerdotes de la Prelatura, queda siempre claro su afán de servir a las necesidades pastorales de la Diócesis y la unión con el Ordinario del lugar. Si en una de esas reuniones oyen alguna vez despropósitos ‑como en cualquier otra circunstancia de su vida‑, de ordinario, se limitan a escuchar, a rezar y a desagraviar, sin dejarse influir por esos errores, ni por actitudes de prevención o susceptibilidad: cuando es oportuno, y en la sede conveniente, aclaran lo necesario, sin ánimo de dar lecciones y sin conceder tampoco categoría a pequeñeces.
Si el Obispo desea nombrar a un sacerdote miembro del Colegio de consultores (cfr. CIC, can. 502 § I), el interesado, antes de dar una respuesta, comunica esa petición al Vicario Regional o de la Delegación, como cualquier sacerdote diocesano consulta en casos semejantes a su propio Ordinario.
3. Colaboración de los fieles de la Prelatura en los
apostolados promovidos por la Diócesis
a) Pluralismo en
el apostolado. Libertad y responsabilidad personales. Secularidad
El Opus Dei inculca un gran amor a la libertad personal en las cuestiones temporales y en las cuestiones teológicas opinables; sus fieles gozan de la misma libertad que los demás católicos, dentro de los límites que imponen el dogma y la moral de la Iglesia.
El
espíritu que Dios ha dado a la Obra es espíritu de servicio a la Iglesia y a
todas las almas. Nosotros amaremos, por consiguiente, la unidad y la variedad
maravillosa que hay en la Iglesia; veneraremos y contribuiremos a hacer que se
veneren los instrumentos de esa unidad; comprenderemos las manifestaciones de
catolicidad y de de riqueza interior,
que se ponen de manifiesto en la diversidad de espiritualidades, de
asociaciones, de familias y de actividades [170] que, en todo tiempo y en todo lugar, dan prueba de proceder todas de
un mismo Espíritu indivisible (...).
Esta
unidad, sin embargo, no puede ser uniformidad. Todos los cristianos, y
especialmente los que hacen una dedicación personal y total de su vida al
servicio de Dios, están unidos en la misión corredentora de la Iglesia (...),
pero cooperan en ella de forma distinta, según su vocación específica.
La unidad nos pide, por tanto, amar la llamada divina que hemos recibido y ser fieles a esa llamada: porque es el modo de trabajar, de ser útiles a toda la Iglesia, que quiere para nosotros la Voluntad de Dios; y porque es el modo de dar a entender, en la práctica, que se aman y se comprenden todas las vocaciones, los diversísimos dones que el Espíritu de Dios comunica a los cristianos (Carta 31-V-1943, nn. 30 y 57).
Ésa es también la honda razón por la que en la Obra nunca se ha aceptado la pretensión de quienes quisieran tener el monopolio del apostolado de los laicos, estableciendo una sola asociación de laicos absorbente y exclusivista, que privaría a los católicos de su libertad; les quitaría a su vez la consiguiente responsabilidad personal, y además innecesariamente comprometería a la Iglesia (Carta 15-VIII-1953, n. 29).
Las actividades apostólicas realizadas a través de las obras de San Rafael y de San Gabriel, como es natural, no dependen de las parroquias ni de otros organismos ajenos a la Prelatura.
De ordinario, los fieles laicos de la Obra no suelen tener tiempo para formar parte de los Consejos parroquiales o diocesanos ‑que, con diversa nomenclatura, se organizan en las Iglesias particulares‑ , porque, después de cumplir con sus exigentes deberes familiares, profesionales y sociales se dedican plenamente a desarrollar su apostolado específico; así contribuyen también a mejorar la vida espiritual de los fieles, que repercute en bien de la vida parroquial y diocesana, a la vez que aprenden de los demás.
Conviene tener presente además que, por regla general, las funciones reservadas por el Derecho al párroco se refieren a lo siguiente: ad [171] ministrar el Bautismo, asistir a los matrimonios y celebrar las exequias. En lo que se refiere a la Confesión, cada fiel posee la más amplia libertad para escoger a cualquier sacerdote, que disponga de la debida facultad para administrar el sacramento de la Penitencia. En cuanto a la Comunión, ni siquiera está mandado que se tenga que cumplir el precepto pascual en la propia parroquia. Todos los fieles gozan, a fortiori, de una libertad plena para asistir o no a los actos o reuniones organizados por la parroquia: no hay, por tanto, ningún motivo para que sientan alguna inquietud o preocupación si no asisten a estos actos; pero, en cambio, proveen de otra manera a su formación doctrinal, a la participación en la vida litúrgica de la Iglesia, etc.
Podría ocurrir, en algún sitio, que un fiel de la Prelatura, sobre todo un Supernumerario que frecuenta habitualmente la parroquia, recibiera la propuesta de ser nombrado ministro extraordinario de la Comunión. Todos deben conocer bien la disciplina de la Iglesia sobre esta materia: por ejemplo, a través de las clases del apartado IV del Programa de formación inicial. Si a alguno le dirigen esa sugerencia, conviene aconsejarle que la decline, explicando amablemente la realidad: imposibilidad de comprometerse, pues le falta tiempo por sus ocupaciones familiares y laborales, también por la necesaria disponibilidad para atender los encargos de la Obra, etc. Por supuesto, debe quedar claro el respeto de los fieles de la Prelatura hacia todo lo que establece la legítima autoridad de la Iglesia, pero en ese caso no pueden asumir esa responsabilidad.
También por razón de naturalidad, los seglares de la Obra declinan posibles invitaciones a dar conferencias o charlas en iglesias, y evitan predicar en los templos, cuando en algún sitio ‑quizá por escasez de clero‑ el Ordinario del lugar autorice y pida que laicos especialmente formados ayuden de ese modo a los sacerdotes.
b) Colaboración
con reuniones y organismos diocesanos
Los Consejos pastorales parroquiales (cfr. CIC, can. 536) son una forma —adecuada ciertamente, pero no la única, ni la más específica [172] mente laical— de incorporar a los fieles a la vida y actividad apostólica de la Iglesia. Como hay otras personas que realizan muy bien estas tareas, mientras que es inmenso el campo de los apostolados específicos de la Prelatura, un fiel de la Obra participa en esos Consejos sólo en casos excepcionales y siempre a título personal; por ejemplo, si lo contrario choca mucho en el lugar, o sí la autoridad diocesana pide expresamente esa ayuda. De ninguna manera acude como representante de la Prelatura, pues no lo es. Antes de aceptar, conviene que el interesado pida consejo al Vicario Regional. Desde luego, resulta preferible que sean Cooperadores, si así lo desean, los que tomen parte en esas reuniones.
Además, a veces, los Obispos diocesanos solicitan la colaboración de fieles de la Prelatura para trabajar en asociaciones piadosas o en apostolados eclesiásticos. Sí es necesario y prudente, quien recibe la petición explica ‑sin prejuzgar la respuesta‑ que la labor específica de los fieles de la Prelatura les impone un trabajo profesional intenso, constante, ordenado, profundo, que ordinariamente les impide dedicarse a esas otras labores. Si se trata de un sacerdote, recuerda la necesidad de contar con el permiso de su propio Ordinario, de acuerdo con lo establecido por las leyes canónicas (cfr. CIC, can. 295 § 1; Statuta, n. 5 1, § l). Después se transmite inmediatamente a la Comisión Regional el deseo del Obispo diocesano.
Cuando prestan esos servicios más directos al Obispo diocesano, los fieles de la Prelatura manifiestan su deseo auténtico de colaborar en lo que pueden, y actúan con mucha prudencia y sentido de responsabilidad, con espíritu sobrenatural y garbo humano, procurando que sus intervenciones estén llenas de sencillez y naturalidad, evitando tanto la pasividad como un excesivo protagonismo.
Hay que procurar que los Obispos entiendan que el mayor servicio a la Diócesis lo realiza cada fiel de la Prelatura en su vida cotidiana, en la familia, en su lugar de trabajo, procurando ser fermento de vida cristiana y promoviendo, junto con otras personas, iniciativas civiles en los ámbitos más variados, imbuidas de espíritu cristiano; y que, además, se les puede ayudar de otros modos ‑que suelen agradecer mucho‑ como el [173] asesoramiento de algún profesional o a través de otras entidades como universidades, instituciones de apoyo a la familia, colegios, etc.
4. Información escrita
El Consejo local informa habitualmente a la Comisión Regional acerca de las relaciones que mantiene con el Obispo diocesano y con las demás autoridades eclesiásticas del lugar: entrevistas; documentos que entregan; actos a los que se les invita. Como, de acuerdo con los Estatutos de la Prelatura, la relación institucional con los Obispos corresponde al Vicario Regional, no se les hace llegar ningún documento sin la previa aprobación de la Comisión Regional, salvo lógicamente las cartas de cortesía, las simples peticiones de audiencia, o asuntos semejantes.
Por idéntica razón, si la autoridad diocesana competente pide ‑verbalmente o por escrito- datos sobre la labor de la Prelatura en la Diócesis, se contesta ‑de palabra‑ que se transmite inmediatamente la comunicación al Vicario Regional, representante de la Prelatura, para que envíe la respuesta oportuna.
Cuando las circunstancias lo aconsejen, no hay ningún inconveniente ‑al contrario‑ en sugerir a la Comisión Regional que se nombren asistentes eclesiásticos al Vicario General, al Canciller, al Rector del Seminario, o a otros sacerdotes en cada Diócesis: se facilita así la frecuencia en el trato y, con la atención espiritual que prestan a algunos Supernumerarios, varones y mujeres ‑cuando sea necesario‑, conocen mejor el espíritu de la Obra y ven de modo práctico la eficacia de la labor en servicio de las almas de la Diócesis.
Por último, cuando una personalidad eclesiástica viaja a Roma, y el Consejo local juzga conveniente que se le visite allí, o que se le invite a rezar en la Iglesia prelaticia, informa a la Comisión Regional, con los datos oportunos, para que se transmita al Consejo General y se pueda atender a esa persona de) mejor modo posible.
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