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V
ORIENTACIÓN DOCTRINAL Y MORAL
Periódicamente, suelen difundirse doctrinas erróneas de carácter teológico, filosófico, social, etc., que, a pesar de estar en evidente oposición con la doctrina de la Iglesia, encuentran eco en sectores católicos. Las advertencias continuas del Magisterio no reflejan un alarmismo exagerado. La insistencia sobre esos peligros debe ayudar a cada uno a procurar defenderse bien de esas insidias, y a proteger eficazmente a los demás. Es necesario no confundir la naturalidad, el ser del mundo y ciudadanos corrientes, estando a la cabeza de todos los verdaderos progresos humanos, con dejarse arrastrar por modos de vida o por corrientes de pensamiento que se oponen a la fe. Muchas veces el peligro de contaminación por ósmosis puede pasar inadvertido.
Corresponde a los Directores y a quienes desempeñan encargos de formación el grave deber y el derecho irrenunciable de sostener y mejorar continuamente la preparación doctrinal de sus hermanos, manteniendo la claridad y rectitud de su criterio, velando por la vida de piedad honda y sincera de todos, y rectificando con fortaleza, en sus comienzos, cualquier posible desviación.
De acuerdo con la norma establecida en CIC, can. 823 § 1, las disposiciones, consejos y orientaciones del Padre en estas materias son medios para velar por la salud espiritual y la eficacia apostólica de todos sus hijos: medios que la Comisión Regional pone en práctica y transmi [144] te a los Centros, mediante planes y modos oportunos, advirtiendo y enseñando el sentido positivo que contienen.
No se trata sólo de estar vigilantes para evitar errores, sino de ayudar a que se difunda en toda su pureza y riqueza la doctrina cristiana, de modo que la siembra de verdad sea cada vez más eficaz apostólicamente.
1. Rectitud de la doctrina
La prudencia y el buen sentido ‑y también la larga experiencia de la vida de la Iglesia enseñan que nadie se puede sentir inmunizado contra los errores doctrinales y morales, que dejan huella incluso en gente de buena formación.
Es, pues, muy necesario ser dóciles, pedir consejo, consultar en la dirección espiritual personal ante el más pequeño síntoma de desorientación doctrinal. Ni la materia ni las circunstancias eximen de la prudente petición de consejo. El verdadero progreso en las ciencias teológicas se ha hecho siempre de modo paulatino, nunca a saltos, y ‑como es evidente‑ en plena conformidad con la fe de la Iglesia. Lo aprovechable de las nuevas tesis opinables, en materia de fe y de costumbres, podrá ser asumido por los no especialistas sólo cuando tenga las necesarias garantías.
Como primera medida, para afrontar cuestiones doctrinales de cualquier tipo y nivel, se aconseja a todos que hagan más intensa su vida de oración; que cultiven el espíritu de reparación; que sean profundamente piadosos; que lean y mediten con fe la Sagrada Escritura; que hagan más profunda su devoción a la Sagrada Eucaristía y a la Santísima Virgen; en definitiva, que cumplan bien las Normas de piedad.
Los que cooperan en la formación personal y colectiva de los demás fieles de la Prelatura y de los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, han de proponer siempre doctrina segura: acomodada en cada caso a la preparación y a las disposiciones de los que escuchan, teniendo muy presente ‑para facilitar los oportunos antídotos‑ cuáles [145] son los errores o la confusión del correspondiente ambiente social, del país, de la opinión pública, etc., pero evitando un enfoque negativo sólo defensivo.
Especialmente en la charla personal, los Directores insisten en la necesidad de tener fe firme y vida interior, en el criterio de homogeneidad que ha de presidir todo avance válido del pensamiento en lo que se refiere al depósito de la fe; en la conveniencia de exponer con sincera sencillez cualquier intranquilidad en este terreno. Exhortan a hablar habitualmente de las lecturas; de modo especial si, a causa del trabajo profesional, tras haber obtenido la orientación oportuna, se están leyendo obras de doctrina poco segura; y a que sean prudentes y humildes. Con esto, no se limita ni se coarta de ningún modo la inteligencia, sino que se cumple el deber grave ‑común a todo católico‑ de no poner en peligro la fe, y de garantizar la rectitud de los propios conocimientos en materias que ponen en juego la salvación de las almas.
Al aplicar estas medidas prudenciales y al explicarlas de modo general a los demás, conviene hacer hincapié en su sentido positivo, subrayar que son fieles aplicaciones concretas de los mandatos y los criterios de la Autoridad de la Iglesia.
Los Directores locales y los sacerdotes manifiestan a la Comisión Regional los problemas doctrinales que no estén en condiciones de resolver, también sobre cuestiones morales, ascéticas o litúrgicas que se refieran a materias de dirección espiritual común. En los diferentes ambientes donde se desarrolla el apostolado, se encuentran a veces personas que, de buena fe pero con poca formación, plantean dudas u objeciones sobre puntos del dogma o de la moral, o sobre aspectos concretos del espíritu de la Obra. Es interesante redactar notas breves y claras sobre esas dificultades y enviarlas a la Comisión Regional. Serán útiles para preparar publicaciones ‑desde folletos hasta libros‑ que contesten de manera sencilla, con doctrina, a las cuestiones planteadas. Es un apostolado eficaz, especialmente en países donde los católicos son minoría, o en los que existen sectas que trabajan para apartar a las almas de la Iglesia. [146]
2. Asesoramiento sobre las lecturas
Por exigencias del trabajo profesional, para enriquecer la preparación cultural, y también como distracción en los momentos o temporadas de descanso, se presenta frecuentemente la necesidad o conveniencia de leer libros que tienen relación con la fe o las costumbres. En materia de tanta trascendencia, no es prudente fiarse de la propia opinión: existe el deber moral de solicitar el oportuno asesoramiento a quien puede y debe darlo: en el caso de los fieles de la Prelatura y de los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz, a los Directores. Como es lógico, todos agradecen el consejo que se les dé y lo ponen en práctica; o, si alguna vez no estiman acertado el consejo, lo manifiestan con sencillez a quien lo ha dado.
Es preciso explicar a todos este criterio y hacerles ver que tiene gran importancia moral y ascética: leer esas publicaciones sin el necesario asesoramiento constituiría una sería imprudencia ‑ no exenta a veces, de ofensa al Señor‑, una penosa falta de docilidad a la dirección espiritual y un rechazo de la formación doctrinal que se necesita; y hacerlo de modo habitual difícilmente podría ser compatible con la perseverancia en la Obra.
Concretamente, sería una imprudencia, en ocasiones grave, leer sin necesidad y sin el consejo de los Directores los libros explícitamente reprobados por la competente autoridad eclesiástica; los escritos contrarios a la fe o la moral; las obras de los autores de orientación marxista, teniendo en cuenta que la influencia de esa ideología se presenta en muy diversos campos culturales y científicos; las obras de autores no católicos que traten expresamente temas religiosos, salvo que conste con certeza que nada contienen contra la fe o la moral; los libros que carezcan de aprobación eclesiástica y que la necesiten a tenor del CIC, cann. 825-827; los libros que, sin manifestaciones explícitas anticatólicas, heréticas, inmorales, etc., sean, sin embargo, ambiguos y confusos ‑y, por tanto, peligrosos‑ en puntos referentes a la fe o a la moral,
Hay que considerar que suelen tener relación con la fe y las costumbres cristianas, no sólo las publicaciones de Teología, Filosofía o De [147] recho canónico, sino también muchas obras de Literatura y publicaciones de ciencias como la Psicología, la Sociología, o la Economía.
Hay algunas obras que, por su contenido completamente inmoral u obsceno, hacen muy difícil ‑por no decir imposible‑ que exista un motivo proporcionado que justifique su lectura.
Los Directores han de ser los primeros en cumplir personalmente las normas de prudencia en esta materia.
Periódicamente, llega a los Centros la oportuna documentación, remitida por la Comisión Regional, para ayudar a los Consejos locales en esta tarea: calificaciones doctrinales de libros, notas bibliográficas, recensiones, elencos por materias de bibliografía positiva, bibliografía general de Literatura, etc. Los Consejos locales conservan con orden este material ‑pueden colaborar otras personas del Centro‑, para poder localizar enseguida la información necesaria, y procuran que se utilice habitualmente. No se saca de las sedes de los Centros. Cuando algún miembro de la Obra necesita consultar esta información -cosa que debe ser frecuente‑, el Consejo local se la facilita, aunque muchas veces, especialmente a los más jóvenes, bastará transmitir de palabra la información necesaria.
En el Anexo 10 se indica el significado de las calificaciones y abreviaturas contenidas en la Guía Bibliográfica.
Es importante que los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz reciban con prontitud el asesoramiento que solicitan. Cuando el Director o el sacerdote no tiene el suficiente conocimiento de una obra determinada ‑por ejemplo, si se trata de estudios especializados, o de obras poco conocidas‑, han de pedir, a su vez, orientación a quien pueda darla con seguridad y competencia.
Los Directores, al asesorar en las lecturas, no pierden de vista que no es fácil dar reglas generales: lo que es bueno para algunos, quizá haga daño a otros; en muchos casos dependerá de la preparación que se tenga. Por eso, una falta de prudencia ‑por exceso de cautela, o por defecto- de parte de quien debe asesorar, puede llegar a crear problemas in [148] necesarios, mediante la charla fraterna, o en una conversación con el sacerdote, se podrá concretar ese asesoramiento, de modo adecuado a las circunstancias personales de cada uno.
Junto a la petición de consejo, es lógico que el interesado valore con sentido sobrenatural las circunstancias que, en alguna ocasión, presentan como necesaria o muy conveniente la lectura de publicaciones erróneas, sin que verdaderamente lo sea. Ese sentido sobrenatural ayudará a descubrir posibles falsos motivos: desde la vana curiosidad, escondida quizá como “interés científico” o “necesidad de estar al día”, hasta un posible complejo de inferioridad ante falsos prestigios, construidos por una opinión pública hostil a la doctrina de Jesucristo o por simples campañas comerciales. Con naturalidad y sentido de responsabilidad, se puede eludir muchas veces la lectura de esos libros erróneos dando así además buen ejemplo y criterio a otros.
En muchos casos ‑especialmente cuando se trate de estudiantes, universitarios o de bachillerato‑, en lugar de leer esos libros, se puede acudir a textos buenos o a recensiones extensas, que exponen las tesis y argumentos erróneos de los otros, junto con su crítica científica y doctrinal.
En esta materia, por su gravedad, el principio que ha defendido siempre la Teología Moral para todos los fieles católicos es éste: en caso de duda positiva, no se lee; hay que estar por lo seguro. Cuando, al leer algún libro (o también artículos), se encuentran inconvenientes de relieve con relación a la fe o a las costumbres, la prudencia lleva a suspender inmediatamente la lectura. Como detalle de interés práctico ‑al menos, en el caso de libros‑ vale la pena entregar al Director una breve nota, en la que se señale el inconveniente.
Como muestra la experiencia, puede suceder que se editen con Imprimatur libros y revistas de contenido erróneo. Este hecho no es nuevo, y ha sido lamentado por la Autoridad eclesiástica. Conviene que lo tengan en cuenta especialmente los sacerdotes, y los que se dedican a estudios teológicos o a profesiones relacionadas con los medios de comunicación.
Cuando, para leer un libro, sean necesarias las precauciones seña [149] ladas en los párrafos anteriores, la prudencia aconseja proceder del mismo modo —con carácter preventivo— con las demás obras del mismo autor, salvo aquéllas de las que conste en la Guía Bibliográfica que no contienen errores o peligros. Este criterio de extensión preventiva no se aplica necesariamente cuando el libro erróneo o peligroso es una novela (o una obra de creación), con descripciones gravemente inconvenientes, si no hay a la vez confusión doctrinal implícita o explícita.
En cambio, es lógico tomar esa medida de prudencia con las obras de autores que públicamente manifiesten ‑como, por desgracia, sucede de vez en cuando- una actitud de rebeldía ante el Magisterio de la Iglesia en general, o ante alguna enseñanza del Papa o de la Congregación para la Doctrina de la Fe.
Por la relevancia de la materia, cuando una persona consulta la lectura de un libro calificado con 5ª o 6ª en la Guía Bibliográfica, o del que se piensa que puede presentar graves inconvenientes, el Consejo local transmite con rapidez la consulta a la Comisión Regional, acompañándola de su propio parecer y señalando el motivo, el tiempo que necesitaría el interesado para hacer la lectura ‑lo lógico es que, en ningún caso se prolongue más de un año‑, y una propuesta de la bibliografía va que se le aconsejaría.
Si la respuesta de la Comisión Regional a la consulta es afirmativa, se recuerdan al interesado las normas de prudencia habituales en esta materia: custodiar bajo llave esas publicaciones; usar la bibliografía positiva aconsejada como antídoto; redactar una nota crítica detallada; v tratar de esas lecturas en la dirección espiritual personal, con el fin de recibir la ayuda oportuna y evitar que afecten negativamente a su vida espiritual. Si es posible, no se compran los libros erróneos: se procura leerlos en alguna biblioteca pública, obtenerlos en préstamo, etc. Y en todo momento, el lector pondrá un empeño particular en hacer esa lectura con presencia de Dios, encomendándose humildemente a Nuestra Señora, Sedes Sapientiae, y pidiendo gracia para no dejarse contaminar. Lo más aconsejable para el alma es no leer varias obras erróneas simultáneamente, sino sucesivamente. [150]
Cuando se trata de obras particularmente peligrosas para el interesado, conviene que ‑además de poner en práctica esas medidas señaladas‑ hable periódicamente con un fiel de la Prelatura, designado por el Vicario Regional, bien preparado en el tema objeto de estudio, para que le oriente.
Puede ocurrir ‑por ejemplo, en quienes se dedican a la docencia o realizan trabajos de investigación‑ que se deba estudiar la bibliografía que se va encontrando sobre un tema, sin que haya tiempo de pedir consejo sobre la lectura de cada libro. En estos casos habrá que acentuar la prudencia, pidiendo al interesado que envíe puntualmente las notas críticas correspondientes, y que informe sobre cómo está llevando a la práctica las otras medidas recomendadas.
El carácter eminentemente positivo de esta labor de asesoramiento causa en todos un profundo agradecimiento a Dios y a la Obra, e impulsa a aprovecharla delicadamente, recordando siempre que la primera condición, también para ser fieles a la fe, se concreta en ser muy piadosos, porque sin una profunda y sincera piedad no se puede ser fiel ni en la vida ni en la doctrina.
Si un fiel de la Prelatura leyera publicaciones erróneas o confusas sin haber pedido consejo y orientación a los Directores ‑cosa que no ocurrirá‑, estaría desaprovechando una ayuda muy necesaria, que dispuso la solicitud pastoral de nuestro Padre, y fácilmente se expondría a un grave peligro para su alma, que en sí mismo ha de valorarse según la doctrina moral general acerca de las ocasiones voluntarias de pecado. Por eso, si alguien lo hiciera de modo habitual, habría que informar inmediatamente a la Comisión Regional, pues desatender la disposición de pedir consejo sería motivo para que una persona no fuese admitida en la Obra, o ‑en su caso‑ para aconsejarle que pida la salida.
3. Orientación a alumnos de centros educativos
La orientación filosófico‑cultural de la enseñanza influye muchas veces decisivamente ‑de modo favorable o creando serias dificulta [151] des‑ en la formación cristiana de los alumnos, con consecuencias para el modo de vivir la fe o las costumbres.
Los Directores locales cuidan de la buena formación de los demás en todos los campos. Por eso, vigilan para que a los fieles de la Prelatura y a los chicos de San Rafael nos les cause daño la posible labor negativa de los centros donde cursan sus estudios. Interesa, pues, conocer bien la enseñanza que reciben; y cuando sea anticristiana ‑explícita o implícitamente‑, sin posibilidad de evitarla, se ponen los medios necesarios para neutralizarla y superarla.
En alguna situación extrema ‑sobre todo, al elegir carrera‑, si se prevé un daño probable y difícil de remediar, se deberá incluso aconsejar la elección de otra rama, de otra universidad o de una carrera distinta. En todo caso, es importante asegurar que nadie queda indefenso ante una ocasión próxima ‑quizá habitual‑ de deformación doctrinal. Para afrontar con responsabilidad esas circunstancias adversas, la primera medida eficaz ‑como en todo‑ se centra en la adquisición de un sólida piedad; después, un mayor empeño por realizar con especial profundidad los estudios filosóficos. Resulta muy necesario cuidar, con particular intensidad, la formación doctrinal y espiritual de las personas de la Obra que proceden de ambientes contrarios o extraños a la fe católica. Conviene aconsejarles los libros que puedan ayudar más eficazmente a mejorar algunos aspectos de su preparación y a corregir posibles desviaciones incipientes, originadas por libros de texto o de consulta que exponen confusa o erróneamente la doctrina, etc.
Las explicaciones orales de algunos profesores o tutores, en los lugares de enseñanza, pueden causar un bien o un mal mayor que las Iecturas; por tanto, en esos casos se aplican normas análogas a las indicadas anteriormente: el Consejo local ha de estudiar las circunstancias, una por una. En situaciones graves, la prudencia puede exigir –como ya se ha dicho‑ un cambio de centro de enseñanza, o incluso de estudios,
En cualquier supuesto, el interesado debe plantear su asistencia a esas clases con criterio restrictivo: sólo cuando sea imprescindible. En la medida de lo posible, y aun a costa de exponerse a aprobar esas asigna [152] turas con calificaciones poco brillantes, preparará los exámenes correspondientes pidiendo información o resúmenes a algún compañero, etc. Si no se puede evitar la asistencia a las lecciones, se planteará al alumno que tome apuntes de las explicaciones orales, para que luego otra persona de la Obra, designada por el Consejo local, le ayude a realizar una valoración crítica. Para esto, a veces será conveniente que esa persona ‑y no el alumno mismo‑ lea el libro de texto o los apuntes multicopiados señalados por el profesor. En el caso de que varios estudiantes se encuentren en las mismas condiciones, no se descarta la organización de un cursillo sobre esa materia (también quizá para chicos de San Rafael interesados).
Si, en la dirección espiritual personal, se observan faltas prácticas de unidad de vida, provenientes quizá de una formación racionalista recibida en el bachillerato y en la universidad, la orientación doctrinal se hace especialmente necesaria para contrarrestar de modo positivo esas dificultades. Habrá que ayudar a que se comprenda bien que la plena adhesión al Magisterio eclesiástico ‑imprescindible para un católico‑ no disminuye nunca el rigor científico; se debe facilitar que entiendan del modo debido las relaciones entre la acción de la gracia y el propio esfuerzo, evitando posibles inquietudes y desánimos; se enseña a sacar de modo habitual consecuencias ascéticas de la formación doctrinal, lo que lleva a aumentar el interés por los estudios de Filosofía y de Teología, etc. Generalmente, las personas afectadas no se percatan de estos problemas y, por tanto, tampoco suelen exponerlos en la dirección espiritual. Por eso se les ha de abrir el camino, adelantándose muchas veces, para que hablen de sus estudios en la charla fraterna y ‑en el Centro de Estudios- en la charla con el Director Espiritual y con el Director de Estudios.
4. Asesoramiento en cuestiones de moral profesional
Es frecuente que en el ejercicio de la profesión se planteen problemas morales de difícil solución, o en los que el juicio propio puede oscurecerse; por ejemplo, sobre la licitud de una determinada actividad económica que se desea realizar, o sobre las obligaciones de justicia y de caridad con [153] las personas dependientes, o en ciertos casos de reparación de daños, o en algunos campos de investigación científica en los que está en juego la dignidad de la persona y la misma vida humana, etc. En estas y en otras muchas cuestiones, existe frecuentemente, para cualquier persona, el deber de pedir consejo: se trata de una norma clara de prudencia, que se deriva de la obligación moral de actuar siempre con conciencia recta.
Como es lógico, el consejo debe pedirse ‑sin faltar jamás al secreto profesional o de oficio- a personas con buena preparación teológica y competencia en los problemas específicos, que les permita aplicar los principios de la Teología Moral al caso particular.
Cuando alguien solicita consejo en estas materias, debe tener en cuenta ‑y con frecuencia convendrá recordárselo de modo expreso que el asesoramiento se refiere exclusivamente a la valoración moral de los problemas, para ayudarle a la formación de juicios rectos, y que no representa nunca una intromisión en cuestiones opinables; después de haber consultado, el interesado ha de ponderar en su conciencia, cara a Dios, el consejo recibido, y actuar luego bajo su personal responsabilidad. Es decir, en ningún caso la petición de consejo supone descargar la responsabilidad de las propias acciones en la persona consultada.
En las consultas sobre estas materias se debe tener en cuenta, además, la obligación de guardar estrictamente, por ambas partes, las normas morales acerca del secreto profesional (por ejemplo, el que consulta puede plantear un problema hipotético, semejante al real, si está obligado a no revelar algunos datos; la persona consultada tiene, por su parte, estricta obligación de no revelar a nadie la consulta, sin permiso de quien la haya hecho).
La ejemplaridad con que los miembros de la Obra se esfuerzan por vivir las exigencias éticas de la propia profesión, es parte esencial del prestigio profesional y moral, necesario —anzuelo de pescador— para realizar un hondo apostolado en el ambiente de trabajo. En ocasiones, resultará preciso ir contra corriente cuando en una determinada actividad profesional sean frecuentes ciertos modos de obrar inmorales, que jamás puede aceptar quien actúe conforme a la ley moral natural, Y me [154] nos aún un buen cristiano. Pero tampoco se ha de caer en la deformación de una conciencia escrupulosa: los problemas reales se resuelven estudiando y, cuando es necesario, preguntando.
En la labor de San Gabriel y en la de San Rafael con universitarios, conviene fomentar, como actividades auxiliares, los cursos monográficos sobre deontología de algunas profesiones. Estos cursos han sido siempre y continúan siendo un instrumento muy eficaz para conocer y ayudar a muchas personas, que desean trabajar profesionalmente con un recto criterio cristiano.
5. Asesoramiento sobre cine, televisión y uso de internet
Cuando en un Centro se proyecta un vídeo o una película, se pretende contribuir a la formación cultural y facilitar el descanso, mediante un rato agradable y distendido. Ciertamente, existen bastantes películas ‑antiguas y modernas‑ que pueden parecer de interés en un determinado momento; sin embargo, las exigencias del trabajo profesional, la vida en familia, y la misma necesidad de adquirir y mejorar la preparación intelectual por otros cauces ‑por ejemplo, la lectura‑, hace que ver películas en los Centros sea algo poco frecuente; de ordinario, no más de una al mes. Cuando se proyectan ‑por ejemplo, con ocasión de alguna celebración, etc.-, los Consejos locales prevén bien el horario, para que no se sustituya del todo la tertulia ni se disminuyan las horas de sueño.
Como es obvio, no se proyectará una película que por el fondo o por la forma, en su conjunto o en parte, desdiga de un cristiano que quiere ser coherente con su condición de hijo de Dios. También deben excluirse aquellas otras que, a causa de una ambientación excesivamente sensual, por contener escenas demasiado violentas, por el léxico que utilizan, etc., no son acordes con el tono humano y sobrenatural de un hogar cristiano.
En cualquier caso, las películas que se proyectan en los Centros ‑también las grabadas en vídeo‑ están expresamente aprobadas por la Dirección Espiritual Regional; y no se ven directamente en la televisión, excepto si se tiene certeza absoluta de que no presentan ningún incon [155] veniente. La aprobación por la Dirección Espiritual Regional no merma la responsabilidad del Consejo local: a veces ‑por razones de muy diversa índole‑ la prudencia aconsejará no poner en un Centro una determinada película, aunque esté aprobada.
Para
afrontar de modo adecuado estas cuestiones, y otras análogas, es necesario ir
al fondo de los planteamientos y considerar que el fin que da razón de toda
nuestra vida ‑también en lo que se refiere a los aspectos más pequeños o
intrascendentes‑ es la búsqueda sincera de la santidad, de la plena
identificación con Cristo, para hacer así el Opus Dei siendo cada uno Opus Dei.
Con la gracia de Dios, y siguiendo las mociones del Espíritu Santo, este afán
de santidad ha de estar operativamente presente en todas y cada una de nuestras
acciones ‑en una unidad de vida coherente, fuerte y sencilla‑,
precisamente para que nuestra existencia alcance su realización y significado,
según el querer divino, con plena libertad: in
libertatem gloriae filiorum Dei¡ (Rm
8, 21); qua libertate, Christus
nos liberavit (Gal 4,
31).
No ha de extrañarnos que, a veces, al hombre viejo le cueste dejarse guiar y experimente una reacción de rebeldía, o piense ‑son tentaciones‑ que se limita su libertad, su autonomía, su condición de persona adulta; o que las pasiones, más o menos solapadas, busquen el respaldo o la justificación de la libertad. Hemos de grabar de manera indeleble en nuestra inteligencia que las exigencias de la vocación cristiana en la Obra son el camino que el Señor nos marca para que expresemos la propia libertad, que consiste en la capacidad de amar, de hacer porque nos da la gana la Voluntad de Dios.
Por otra parte, no tendría sentido que en su labor de instrumentos del buen Pastor, a la hora de señalar las medidas de gobierno o de dirección, los Directores se dejaran condicionar por una falsa prudencia: lo que hace la mayoría en un determinado ambiente, lo que quizá puedan pensar algunas personas, cómo va a ser aceptada una indicación. Los Directores tienen el deber de ayudar a los demás a corresponder al amor divino, y sería poco prudente que, por descuido o superficialidad, no apartasen ocasiones o posibles tentaciones, que se pueden y se deben [156] evitar, o que no afrontasen lo que puede estar detrás de unas manifestaciones de frivolidad o búsqueda de evasión, en lo que sea: aficiones, deporte, literatura, televisión, etc.
Tampoco sería razón, para tomar o dejar de tomar una medida, que personas de buen criterio ‑por edad, etc.‑ hicieran unas sugerencias en otro sentido. Como es natural, esas propuestas se considerarán y se estudiarán con la debida atención, pero teniendo siempre en cuenta que no se puede bajar el tono de la entrega.
Hay que ayudar a todos, para que se conduzcan siempre con ideas claras y luchen seriamente por ser almas de oración y de penitencia, que entienden la necesidad de evitar radicalmente todo aquello que pueda suponer una merma en su amor al Señor, y crezcan en el deseo sincero de lealtad a la gracia y de llevar a cabo la misión que Dios nos ha confiado.
Como todos los instrumentos, internet debe usarse con moderación, evitando pérdidas de tiempo y gastos innecesarios. Sería contrario a la templanza, a la laboriosidad y a la pobreza cristiana, la lectura innecesaria de periódicos o la adquisición de datos que no se precisan, o entretenerse ‑aunque fuera muy pocos minutos‑ con video‑juegos; o, simplemente, emplear sin ponderación el correo electrónico.
Además, los que utilicen internet sabrán agradecer la ayuda que se les preste para evitar el acceso a informaciones inconvenientes.
Conviene que los Directores locales pregunten sobre estos temas, con la debida frecuencia, en la charla fraterna, para ayudar a todos a santificar el trabajo y a portarse siempre con ejemplaridad. Como es natural, también en esto los miembros de la Obra se ayudan unos a otros, por medio de la corrección fraterna.
6. Asesoramiento para las publicaciones
El afán apostólico de los fieles de la Prelatura mueve, a los que reúnen condiciones, a publicar escritos ‑o a exponer ideas en los medios audiovisuales‑, con el fin de acercar las almas a Dios, haciéndoles co [157] nocer abundantemente la buena doctrina. Para garantizar esa finalidad apostólica, los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz utilizan con agradecimiento el asesoramiento establecido en Decr. Gen. 5/99, art. 1 §§ 1-2. Por esto, envían a la Comisión Regional, por medio del Consejo local, antes de darlos a la imprenta o difundirlos, los libros, artículos científicos, guiones de radio, televisión, cine, etc., que contengan implicaciones doctrinales o se refieran de algún modo a la Obra, a sus apostolados y a nuestro Padre. Recibirán la oportuna orientación doctrinal, así como ‑en su caso‑ sugerencias, que les ayuden a mejorarlos y ser más eficaces.
También conviene solicitar asesoramiento sobre aquellos trabajos que —aunque no se refieran directamente a materias de fe y costumbres, ni a la Obra— aborden temas de particular repercusión apostólica o que, a juicio de los Directores, pudieran perjudicar la labor. Y, finalmente, también siguen este criterio los sacerdotes de la Prelatura, para cualquier publicación; se exceptúan lógicamente las homilías que puedan escribir para los periódicos locales: en este caso bastará, si es posible, que las lea y haga las observaciones oportunas otro sacerdote de la Prelatura. Los autores han de entregar esos textos a su Director local con la necesaria antelación —si, por el tema, se juzga oportuno incluir fotografías o ilustraciones se añaden—, haciendo constar, si es posible, dónde piensan publicarlos.
Es importante que los autores intervengan en la elección de la portada o, al menos, que estén al tanto, para garantizar que corresponda al tono de la publicación y no desoriente.
Los dictámenes elaborados tienen el carácter de una orientación prudencial —forma parte de la dirección espiritual personal— y no son actos de gobierno o jurisdicción en sentido estricto. La decisión última de publicar o no el escrito corresponde al interesado, después de recibir el consejo de los Directores. Por tanto, no se trata de una “autorización” para publicar, ni —ante las observaciones que se hacen a los escritos— de considerar que hay “obligación” de incluir las indicaciones pero no las sugerencias, etc. En ningún caso debe perderse de vista el contexto de familia de este servicio que la Obra nos ofrece. [158]
Es importante que los Directores no se limiten a comunicar sin más estos pareceres, sino que han de estudiar cada dictamen, ponderando la mejor manera de transmitirlos con fidelidad y oportunidad, de forma que resulten plenamente eficaces para el trabajo de las personas que los recibirán. Deben, en definitiva, animar y mostrar el fin positivo del asesoramiento, presentando esa ayuda de forma que los autores la acojan con agradecimiento y humildad, virtud esta última particularmente necesaria para quien se dedica al trabajo intelectual.
En la Instrucción sobre algunos aspectos relativos al uso de los instrumentos de comunicación social en la promoción de la doctrina de la fe (30‑III‑1992), la Congregación para la Doctrina de la Fe ha recordado, y en algunos casos interpretado, las normas canónicas vigentes acerca de la publicación de libros relacionados con la fe o la moral. Por tanto, los fieles de la Prelatura y los socios de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz a quienes afecten directamente esas disposiciones ‑ya sea porque publican o piensan publicar escritos, o porque trabajan en editoriales, librerías, etc.‑, han de conocer bien este documento y los cánones a los que se refiere especialmente (cfr. CIC, cann. 823‑827).
Cuando se exige la aprobación del Ordinario del lugar, o cuando interese solicitarla para que conste de modo explícito en el libro, el autor hace directamente las gestiones necesarias, sin mencionar el asesoramiento previo recibido en la Prelatura, ya que éste difiere, en sus características y en su finalidad, de la aprobación eclesiástica de publicaciones.
Si, al solicitar la aprobación del Ordinario del lugar, pidieran en la Curia diocesana un documento en el que conste el nihil obstat de la Prelatura, el autor del libro hará notar, de modo oportuno, que ese requisito tiene aplicación en el caso de los religiosos (como señala el apartado IV, nn. 16‑18, de la citada Instrucción), pero no en el suyo.
En cambio,
si de la Curia diocesana llega la petición de que un sacerdote de la Prelatura
haga un dictamen, sobre un libro que desea publicar otro miembro de la Obra,
para acompañarlo a la solicitud de aprobación, no hay inconveniente en que
lo facilite a título personal. Para esto, una vez que el autor ha incorporado
‑si es el caso‑ las ob [159] servaciones que ese sacerdote le haya hecho,
es suficiente con redactar un escrito en el que conste el nombre del autor
del dictamen, el título del libro y la fórmula habitual (por ejemplo: Nihil obstat quominus imprimatur), seguido
de la firma (cfr. posible modelo en el Anexo 11).
Este documento se puede entregar también al interesado en caso de que, para facilitar el trabajo, haya ofrecido a la Curia diocesana la posibilidad de pedir él mismo un dictamen a un sacerdote de la Prelatura.
Los miembros de la Obra envían a la Comisión Regional tres ejemplares de cada una de sus publicaciones: libros, ensayos, monografías, artículos, etc. No es necesario mandar artículos publicados en prensa periódica. Además, como detalle de cariño filial, cuando se trata de libros o separatas de volumen equivalente‑, cada autor manda al Padre, a través de la Comisión Regional, un ejemplar dedicado y encuadernado con dignidad. No se procede así con las tesis doctorales no publicadas.
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