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 Tus escritos: Estelas en la mar.- Mineru

050. Proselitismo, vocación
mineru :

Apreciado Josef Knecht:

 

Al contrario de lo que expones en tu escrito de 16/01/2008, Mineru nunca afirmó en su comentario de 12/12/2007 que “no hay vocaciones concretas en la Iglesia, sino sólo la vocación general a ser cristiano”. No cabe, pues, una imputación, que no interpretación, –ya es la segunda- en contra de lo que allí se dice claramente o, al menos, así se intenta. Lo resumo:

 

“(..) solamente puede existir una –y sólo una- vocación de este tipo que abarca “a todo ese algo”, siendo las demás que abarquen el exceso sobre ese algo “vocaciones” de carácter meramente instrumental o relativo, para el ser humano, sin que por ello puedan o deban menospreciarse ya que, sin perjudicar la actuación de la vocación absoluta, tampoco son excluidas por ella y se actúan en beneficio de la persona. (…) Del resto de vocaciones no se puede decir que sean “absolutas” ni “universales”. Todas son dispensables por quien tiene potestad en la Tierra y no hay ninguna que sea indispensable. Todas estas son instrumentales o accesorias.”...



Por tanto, Mineru nunca ha negado -ni de forma explícita ni de forma implícita- que existan o puedan existir tales o cualesvocaciones concretas o específicas”. Otra cosa es que su carácter “divino” requiera una prueba, al menos indiciaria. Simplemente, eso sí, se limita a exponer que, a su juicio, sólo existe UNA vocación que tenga SIMULTÁNEAMENTE las notas de “divina”, “absoluta”, “fundamental”, “radical”, “universal” “para toda la humanidad en su conjunto” y “para cada persona individual”, cosa que no se ha demostrado ser un error. Tampoco dice Mineru que Dios no llame a ciertas personas –¿o grupos?- para lo que Él quiera; ni que otorgue dones o carismas a quien le venga en gana. ¡Sólo faltaría que alguien le dijera a Dios lo que puede o lo que debe hacer! Pero esta evidencia no significa que se pueda ignorar alegremente el que aquellas vocaciones o estos carismas, aunque sean “divinos”, carecen de alguna de las notas peculiares de la “vocación absoluta” o universal a la santidad. No puede decirse, propiamente, que TODA la humanidad esté llamada a entrar en religión, ni al sacerdocio, ni al matrimonio, etc. Así como tampoco puede afirmarse –cabalmente- que el fin último, radical, o absoluto de la persona se reduzca a ser religioso, o cura, o padre de familia, o mecánico dentista; ni siquiera a ser teólogo.

 

El opúsculo del Aquinate “Contra los detractores de la vida religiosa”, a mi modesto entender, es evidente que no resulta de aplicación a los fieles del Opus Dei por la sencilla -y hasta la saciedad repetida- razón de que “no pertenecen al estado religioso”. Tampoco parece que nadie pudiera confundir el escrito de Mineru con el de un detractor de la vida religiosa. Ni siquiera pretendo –aún remotamente- “ningunear” la opción de vida de persona alguna. De paso, seria muy interesante que alguien nos señalare qué hechos y qué razones –tras la lectura del citado opúsculo- en él se oponen, contradicen o matizan lo dicho sobre que las vocaciones instrumentales, pueden ser -o pueden no ser- “divinas”, pero SIEMPRE son accesorias o instrumentales de una misma y única “vocación absoluta” que, de forma simultánea, se da para cada persona y para toda la humanidad, con independencia de que esa persona o grupo pertenezcan “DE IURE” a la Iglesia.

 

El concepto de “vocación” no se constriñe a “lo eclesial”, ni se debe presuponer su carácter “divino”, ni cabe confundir la nota de “absoluto” con la de “instrumental”.

 

Este era el trasfondo del escrito de Mineru. Cabría pensar que lo que él define como “vocación instrumental”, Josef lo traduce, sin más, como “vocación específica” o como “vocación concreta”. Sin embargo, no es una traducción que se nos pueda parecer como justa ni correcta ya que así no se diferencia de la citada vocación absoluta, que también es concreta y específica, dentro del universo de las vocaciones divinas –los espíritus celestiales o angélicos han de tener la suya propia y los seres vivos inteligentes y libres extraterrestres no humanos, si existen, también- y dentro del universo de las vocaciones específicamente humanas –que no concretamente divinas- con lo cual, los términos que propone Josef, no parece que acierten a caracterizarlas plenamente ni a compararlas como diferentes entre sí.

 

En realidad, si uno se fija bien, la clave en que se funda esta distinción entre lo absoluto (o principal, o fundamental) y lo instrumental (o accesorio, o relativo) es el factor de “indispensabilidad”. Si se concibe lo absoluto como aquello que goza de la cualidad de “indispensable”, toda vocación que no sea la absoluta es, por fuerza, necesariamente “dispensable”. Así, en conciencia y en justicia, puede -¿y debe?- “prescindirse” de ella ante las exigencias del bien mayor al que esta subordinada: Dios o la vida mismos. De lo absoluto no puede prescindirse porque sin ello no hay vida propiamente humana, ni hay vida de hijo de Dios, ni hay vida en Cristo. Por esto, la vocación absoluta, que es divina, “no es solamenteeclesial ni “exclusivamente sobrenatural”. Abarca –también- todos los aspectos de la persona que son inherentes o consustanciales a lo que su naturaleza humana tiene de “absoluto”, que no de “particular”. No es sólo el alma o el espíritu –con sus potencias y facultades- lo que únicamente está llamado por Dios. También el cuerpo mortal está llamado por Dios a seguirle y a resucitar glorioso. Por tanto, parece poco razonable que un camino o una llamada que conduzcan a Dios exijan la aniquilación de aquello “esencial” que le confiere al ser humano la dignidad que le es propia, sea del alma, sea del cuerpo. Respetando a todas las personas, me parece que es un monumental disparate sostener lo contrario. A nadie le es lícito atentar contra su propio cuerpo ni contra su alma. Y cuando aquí se dice absoluto, significa que lo es para cada persona y para toda la humanidad en su conjunto, a diferencia de lo que pudiera ser –desde un punto de vista meramente subjetivo- absoluto para una persona, pero no para todas las personas. Dicho de otra forma, “lo absoluto subjetivo” no parece existir como tal absoluto, pero no porque no se de absolutamente en un individuo o en un grupo de individuos, que se da, sino porque no se da en absolutamente todos los individuos de la especie humana, o sea, en la humanidad en su conjunto. Por tanto, lo absoluto subjetivo resulta ser una expresión sinónima de lo que es “particular”, de una persona, o de un grupo.

 

Esta concepción de la “vocación absoluta” o llamada universal a la santidad, que es propiamente una llamada “a ser por Cristo, con Él y en Él”, “el mismo Cristo”, y no tanto una llamada “para hacer ciertas cosas concretas que lleven a Cristo” (no es, pues, instrumental, sino fundamental), permite explicar, además del modo de ser y de existir de los derechos universales inalienables, el por qué puede hallarse “de facto” la salvación cuando no se pertenece “de iure” a la Iglesia. También puede ser fundamento de un cierto ecumenismo. Pero estas son otras cuestiones.

 

Sobre la traza de caminos, Josef  afirma que: “A mi modo de ver, Dios sí puede trazar caminos a alguien cuando le concede una llamada o vocación. (…) Dios sí puede llamar a alguien para que recorra en la Iglesia y en el mundo un camino concreto”.

 

Carente de fuerzas y ánimo para enmendarle la plana a Dios, cuyo Espíritu sopla como quiere, donde quiere, y que juega como Padre con sus hijos (ludens in orbe terrarum, Prov. VIII, 30-31), entiendo que una cosa es el camino que se sigue y otra el ideal que se persigue. Lo hemos experimentado muchos a través del “no era esto”, sobre todo cuando se antepone el valor del oro (el camino) al valor del templo que santifica el oro (la persona como templo del Espíritu Santo). Sin embargo, también apetezco pensar, como el Poeta:

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

Sabemos que el camino concreto trazado según los planes de Dios para el hombre en el Paraíso se interrumpió –¡oh, félix culpa!- por el pecado original, pues no estaba predeterminada ninguna Redención en los planes de Dios al crear al hombre, que no era su hijo, sino su criatura. Tampoco estaba predeterminada ninguna Iglesia. El camino “se acabó”, perdimos la “visión directa” de Dios y otras cosas, pero ganamos a Cristo y a la Iglesia. Y, con ellos, un nuevo camino para volver a Dios, pero ya no como criaturas, sino como hijos adoptivos. Para el ser humano, Cristo es “el camino, la verdad y la vida”. Vamos en pos de una persona, no tras unas doctrinas filosóficas o sociológicas. Y la vida pública –camino público- de Cristo, tampoco empezó cuando y como estaba previsto. El vino de unas bodas y la sensibilidad amorosa de una Madre alteraron el “concreto camino” del mismísimo Hijo de Dios, que no había sido enviado concretamente “sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt. 15, 24). Y la vida –el camino- de la Iglesia, tampoco siguió por esta senda “concreta” de Pedro y de los primeros apóstoles. Hubo de venir Pablo “inspirado por el Espíritu”, hubo de convocarse un Concilio, para que la “llamada se difundiera entre los gentiles”.

 

Dos mil años de caminos, sendas, veredas, trochas, pistas, carreteras, vías, avenidas, paseos, rondas, ramblas, calles o calzadas son muchas leguas de sucesos que no caben en estas líneas “¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase contigo como tú quieres”:

 

son sus huellas el camino, y nada más.

 

Sabíamos que “nunca habrá mujeres -ni de broma- en el Opus Dei”. ¿Inspiración, luces, itinerario jurídico? ¿En qué Parte o Sección del CIC acabará incardinada con el tiempo? ¿Modificará la Santa Sede algún punto del Codex de la Prelatura?:

 

se hace camino al andar.

 

Dice la Iglesia: “la conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina”. Newman añade: “la conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo” (Carta al Duque de Norfolk 5) [Ver final del capítulo de Ruíz Retegui "El difícil compromiso"].

 

¿Será, quizá, este “seguir el dictamen de la propia conciencia” el camino en todo –la Iglesia lo pone con estas mismas justas letras- lo que dice y hace el hombre?  La “vocación”, todos y cada uno de los hitos que marcan el “camino concreto” ¿pueden ser ajenos a este juicio de la conciencia?

 

Por todo ello, me parece que vale la pena, en la mar de la vida,

 

aunque me canse,

aunque no pueda,

aunque reviente,

aunque me muera,

 

seguir la estela que traza la conciencia, precaviéndose de buena brújula, orejas en guardia, aprendiendo a leer en el viento y lo que está escrito en el agua, oteando el horizonte, compartiendo afán y vida con la humanidad navegante.

 

Atentamente,

 

Mineru


Publicado el Viernes, 18 enero 2008



 
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