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 Correos: Pelillos a la mar.- Mineru

130. Agradecimientos, felicitaciones
mineru :

Apreciado Josef Knetch:

 

Con agradecimiento leí tu escrito de 21/1/2008. Gracias por tus amables comentarios. En realidad, pienso que merece la pena ir algo más allá de la cortesía en este acuse de recibo mío. Quizás haya un tanto del modo de ser de cada cual en lo que escribimos. Quizás otro tanto de cierta deformación profesional. Quizá sea también que no pueda entenderse exactamente lo que no se trata de agotar de una forma exacta y acabada minuciosamente. Todo ello ha de influir. No en vano la minería es tajo hondo que puede realizarse a cielo abierto o en la oscuridad de lo interior, necesitada en todo caso de sus planes de labores. Y la mina no puede verse bien, si no se ve en su conjunto. Las galerías casi siempre son oscuras. Por eso cada caminante lleva su propia luz. Mi pseudónimo no engaña.

 

Por tanto estimo que no existe ningún problema, al menos de entendederas, porque no es la intención–o la facultad, según se mire- del que esto escribe el decir la última palabra sobre nada ni sobre nadie. Si acaso, el problema será de tiempo. Tiempo para pensar, tiempo para pulir, tiempo para madurar, tiempo para sonreir

 

A veces, alguien dice cosas no tanto para ser entendidas formalmente, cuanto para alimentar el debate de las ideas. Otras veces, a la vista de los obreros de la primera y de la última hora, se eluden ciertas cuestiones dando por superadas antiguas controversias sobre las mayores o menores dignidades y supremacías de la entrega a Cristo en unas u otras casas o formas, como ya dije alguna vez. Cada uno tiene cierto margen de libertad para enfocar los temas que trata. O para no hacerlo, dejando que sea el lector quien los hilvane y haga con ellos su labor de costura propia. Lo que aquí siempre procuro es evitar los juicios de valor sobre las personas. La libertad siempre es plena para elegir lo que se desea leer.

 

Bien pudiéramos decir que me gustaría poder ver las cosas como aquel camarero del Magdalen College que le acercó el sombrero a Lord Nuffield, recibiendo a cambio un gesto desabrido y una pregunta: ¿es este mi sombrero?

 

Estaría yo muy contento de poder contestar a la vida como lo hizo el humilde bedel al noble: “lo ignoro, milord, pero es el que ha traído”.

 

De esta sencilla ocurrencia pueden exprimirse libros de jugo. En lo divino, en lo humano, en lo filosófico, en lo moral, en lo jurídico… Al menos 176 cánones del Código de Derecho Canónico dan testimonio conmigo de que los fieles del Opus Dei no pertenecen al estado religioso. Durante mi paso por el Opus Dei, un día pertenecimos al estado religioso. Pero dejamos de pertenecer; y este tránsito peculiar, por sí solo, daría para plantear otro libro entero. Ignoro, pues, de quién y de qué es en realidad la chapela, pero ésta es la que trae ahora puesta la Prelatura. La Iglesia (cfr. 576 CIC) lo ha determinado así. Pues así sea.

 

Cada persona es dueña de leer muchísimas cosas, como Marta. Otras prefieren contemplar unas poquitas, como María. Y no es una mejor que la otra. O no tiene por qué serlo. Las enciclopedias, entes cultos por excelencia entre los no vivos, no se ha demostrado que tengan la creatividad del más tierno infante ni la sabiduría –el cultivo- del más rudo intelecto. Tampoco saben ellas –las enciclopedias- de ningún diálogo activo. Propiamente saber, ni siquiera saben.

 

El diálogo activo, sobre todo cuando escrito, deshace los equívocos. Algo parecido a como sucedió con aquella esposa que le preguntó al marido, esta vez a viva voz:

 

- Cariñín, hombre de mi vida, ¿sabes contar bien?

 

- Sí, mi amor, ¡dulce paloma mía! – responde él, con ilusión vigorosa-

 

- Pues, esta noche, ¡no cuentes conmigo!

 

Probablemente, el marido acabó con el entuerto más o menos deshecho, pero en todo caso flácido, y supongo –es un tópico lugar común- lo que esa noche no hizo. Los equívocos tienen solución, pero no quiero decir con ello que se logre un acuerdo de fondo. Es más, a veces ni siquiera tienen una solución digna de tal nombre. Y si no, que se lo pregunten a aquel otro pobre marido que, en plena carrera de aproximación para arrojarse a la calle por la ventana de un décimo piso, oye a su mujer que le grita:

 

- ¡Pepeee; que te he puesto cuernos, pero no alaaasss!

 

Ignoro cómo acabó la historia, pero pienso de verdad que ella deseaba sinceramente que su marido no padeciere daño, al menos físicamente. Pero unas alas tampoco parecen ser la solución al problema de los cuernos.

 

No me es fácil escribir. Nunca me ha salido fácil. Desde hace unos meses tengo intención de hacerlo sobre un tema de la Prelatura que es aparentemente nimio, pero que me parece, con toda modestia, jurídicamente fructífero y personalmente muy atrayente. Para muchos, soporífero de tomo y lomo. Sin embargo, comenzada la tarea, salen otras cosas que no me resisto a poner por escrito.

 

Sea pues, apreciado Josef: pelillos a la mar.

 

Mineru.-




Publicado el Miércoles, 23 enero 2008



 
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