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 Tus escritos: La virtud de buscar la coherencia de doctrina.- Mineru

070. Costumbres y Praxis
mineru :

Apreciado J.J. Irrazábal:

 

En tu escrito de 29/2/2008 pareces sostener que el Fundador del Opus Dei pronuncia una maldición, imprecación, anatema o profecía cuando dice que:

 

No encontraréis la felicidad fuera de vuestro camino, hijos. Si alguien se descaminara, le quedaría un remordimiento tremendo: sería un desgraciado. Hasta esas cosas que dan a la gente una relativa felicidad, en una persona que abandona su vocación se hacen amargas como la hiel, agrias como el vinagre, repugnantes como el rejalgar". (De nuestro Padre: Meditaciones, tomo III, p. 389).

 

Como sabes, una maldición es una imprecación que se dirige contra alguien o contra algo, manifestando enojo y aversión hacia él o hacia ello, y muy particularmente deseo de que le venga algún daño. Por su parte, imprecar viene a ser el proferir palabras con que se expresa el vivo deseo de que alguien sufra mal o daño. Creo que convendrás conmigo que estas dos palabras o conceptos no definen el sentido ni el contenido del citado texto, porque no parece que su autor desee para nadie tales males, ni es razonable que un tal deseo encaje con el segundo precepto del Decálogo. Por lo demás, imprecación y maldición son sinónimos de anatema, con la particularidad de que éste último término también se aplica a la excomunión canónica. Pienso que también estarás de acuerdo en que la salida legítima del Opus Dei no produce ningún anatema o excomunión ni, por sí sola, puede poner el alma en peligro cierto de salvación eterna. Mira que la Iglesia no habría aprobado que nadie pudiera pedir ni obtener la dispensa si fuere cierto que al salir de la Obra se perdiere el alma...



La profecía es una predicción hecha en virtud de don sobrenatural. Quizá sea esto, propiamente, lo que quieres decir. Como no soy profeta, ni hijo de profeta, tengo alguna dificultad para encajar el texto citado en el concepto de profecía. En primer lugar, tras varios lustros en la Obra, de eso hace ya otros tantos, ahora en el tramo final mi vida, no he hallado ocasión alguna ni motivo real para sentir ningún tipo de remordimiento por haber dejado ese camino. Además, disfruto de las cosas que dan a la gente una relativa felicidad. Por tanto, creo que podrás entender que no esté de acuerdo con el carácter “pretendidamente profético” del comentario del Fundador, que también decía –ignoro si con humildad, o si con verdad, o si con ambas cosas a la vez- que no era profeta ni hijo de profeta. Yo no estoy en condiciones de corregir al Fundador sobre el concepto que tenía de sí mismo. Si tú te ves con fuerzas, adelante, corrígele. Yo no trato de poner en tela de juicio la santidad de nadie, faltaría más. Otra cosa es que los santos no siempre acertasen, o que pudieran errar en algunas cosas, como nos ocurre a todos los que no tenemos el don de la infalibilidad, don que “prima facie” no parece estar relacionado con el concepto de santidad, pues santo no es el que nunca cae o se equivoca, sino el que siempre se levanta y procura enmendar sus fallos por amor a Dios ya los hombres. El santo es una persona que vive de fe, de esperanza y de amor.

 

La fe mueve montañas, pero no las crea; por la fe adquirimos conocimiento cierto de lo que no vemos o no entendemos, pero no convierte en verdad lo que no existe o no es cierto. Por mucha y grande que sea la fe o por muy santo que sea el Fundador.

 

En segundo lugar, si la profecía predice lo que no pasa, si se equivoca, es que no era tal profecía y que, por ende, tampoco existió el don sobrenatural en cuya virtud se pronunció, pues Dios no puede equivocarse ni engañarnos.

 

Me parece que ni a ti, ni a mí, nos preocupa lo más mínimo el contenido de ese escrito del Fundador, aunque quizá por distintos motivos. Ya te dije los míos y eres muy dueño para pensar de ellos lo que desees, pero solo hasta el día del Juicio Final. Confío en poder verte en el Cielo, donde la verdad es diáfana. Y si no nos vemos allí, espero –obras sean amores- que no fuere por mi culpa. Pienso que no te preocupa la presunta profecía porque no la necesitas, a pesar de que el texto va dirigido a los que están dentro, no a los que se han ido.  Dentro de la Obra tienes toda la farmacopea para no necesitar pensar en los hipotéticos efectos de una dispensa que no deseas.

 

Estoy muy de acuerdo contigo cuando dices que, a variedad de enfermedades del alma, variedad de medicinas para el alma, aunque tú las reduzcas a dos: la oración y la mortificación, pero no te reprocho la simplificación porque estoy convencido de que también practicas –o lo intentas como todo cristiano- los mandamientos, las obras de misericordia, la limosna, la misericordia con el prójimo y demás abundante farmacopea con la que nuestra Santa Madre Iglesia –muy guapa también- nos obsequia para las necesidades del alma, que no se trata de probar que una madre sea más guapa que la otra, ni unos hijos mejores que los otros. Pero si tú quieres, lo haré.

 

Te invito a que me expongas, si existe, cuál es la doctrina “propia” de la Obra. No te oculto que el artículo 109 de los Estatutos de la Prelatura afirma que el Opus Dei no tiene opinión propia ni escuela corporativa en las cuestiones teológicas o filosóficas que la Iglesia deja a la libre opinión de los fieles. Tampoco ignoro que el Opus Dei tiene unas costumbres propias y modos de actuación que definen su “carisma” institucional. ¿Quizá te refieres a estas costumbres cuando hablas de la coherencia de la doctrina de la Obra? ¿Quizá te refieres a la Doctrina de la Iglesia?

 

Lo cierto –corrígeme si me equivoco- parece ser que intentas hacer pasar por doctrina coherente la mera afirmación de que “en Casa hay una respuesta para todo”; “una respuesta segura para todo, para lo humano y lo divino”. Y con ello aúnas la Doctrina de la Iglesia con las costumbres de la Obra. Lo pones todo junto, digerido y completamente revuelto.

 

El que todos los alimentos se mezclen en el estómago no significa que sean el mismo alimento, como no lo son el vino, las patatas fritas, la merluza en salsa verde o el chuletón a la brasa; ni hace que la zanahoria deje de ser una hortaliza para transmutarse en un lácteo. El producto de tal mezcla estomacal, que sólo beneficia internamente al propio cuerpo, resulta algo nauseabundo cuando sale al ámbito corporal externo. Una cosa es la Doctrina de la iglesia y otra el carisma o doctrina propios, debiendo proceder hablar aquí de ellos como los alimentos distintos que son y no como mero vómito.

 

Así pues, tu forma de razonar sobre la coherencia de la doctrina, por muy legítima que pudiera ser en el ámbito interno –en el estómago de cada uno-, no te da derecho para apropiarte externamente de una Doctrina que es patrimonio común de la Iglesia, doctrina cuya coherencia se da, no porque sea doctrina del Opus Dei, sino porque es de la Iglesia de Dios; no porque la practique o asuma la Obra, sino porque es un patrimonio común de todos los fieles. Te ruego, pues, que no te apropies de la oración ni de la mortificación, por mucho que simplifiques en ellas una Doctrina de la Iglesia que identificas injustamente como doctrina de la Obra.

 

Sí, en la Iglesia de Dios, fuera de la Obra, también hay una respuesta segura para todo lo humano y lo divino ¿o piensas seriamente que no es así? Por favor, dímelo.

 

Si no es por mérito mío, al menos que sea por obra de misericordia.

 

Atentamente,

 

Mineru.




Publicado el Lunes, 03 marzo 2008



 
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