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 Recortes de prensa: Santa Ana, en Moratalaz, fue proyectada por Fisac en honor a su hija muerta.- AA

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Vanguardia en la iglesia del barrio

Santa Ana, en Moratalaz, fue proyectada por Fisac en honor a su hija muerta

El País - PATRICIA GOSÁLVEZ - Madrid - 19/10/2009

 

"Yo soy hijo de la Iglesia. Una cosa distinta es si se me pregunta si creo que es una buena madre; yo creo que no, pero es mi madre". Miguel Fisac se explicaba muy claro.

 

La cita es de su última entrevista, grabada poco antes de su muerte a los 92 años y emitida de forma póstuma en el programa Epílogo de Canal +. Gracias a YouTube se puede seguir disfrutando de sus opiniones sobre el arte ("la gente se compra un Chagall por lo que vale, lo qué es importa un rábano"); el amor ("lo tuve en invernadero mucho rato, no me merezco a mi mujer"), o el Opus Dei, al que perteneció desde su fundación hasta 1955. "Estuve 19 años queriendo marcharme", dice sin pestañear.

 

Fisac se explicaba muy claro de palabra, pero también de obra. En su legado hay mediáticas joyas desaparecidas, como la Pagoda -derribada en 1999-, y tesoros desconocidos, como Santa Ana y la Esperanza, una pequeña parroquia popular en el barrio de Moratalaz.

 

La proyectó en 1965, en homenaje a su hija Anaick, que murió con seis años por una partida de vacunas de polio en mal estado*. Junto al sagrario, la escultura de una niña sujeta una vela en su honor, pero en toda la iglesia se nota una atmósfera de cariño y una sobriedad como de cueva paleocristiana. "Fisac tenía una religiosidad rotunda y sencilla", explica Fernando Sánchez Mora, que colaboró con el maestro en sus últimos años. "Y a algunos, lo austero les parece pobre...", dice, señalando los actuales toques decorativos que rompen las poéticas líneas de la obra original: pósters de "Dios te ama" o "Pescador de hombres" pegados sobre el hormigón visto, una máquina de velitas eléctricas o un infantil dibujo del niño Jesús sobre el sobrio altar. A las ventanas les han salido unas feas rejas, un cartel de colores rompe la visión de la fachada, y lo peor: las vidrieras de Fisac, formadas por abstractas escamas azules, han sido sustituidas por otras más convencionales en las que un obispo saluda o una paloma baja del cielo. Según su hija Taciana, Fisac dejó de ir a esta iglesia, donde hicieron la comunión sus niños, porque le horrorizaban este tipo de pegotes.

 

Aun así, para una iglesia de barrio, Santa Ana sigue siendo un catálogo de vanguardia y personalidad arquitectónica. Un poema de aire y hormigón que no se parece a nada. La cubierta, patente del arquitecto, está hecha con huecas vigas-hueso; la planta tiene forma de pez manta o de murciélago. "No pienso una solución estética y luego me sale así", decía Fisac en una visita grabada a la iglesia que se conserva la Escuela de Arquitectura, "sino que veo lo que tengo que hacer, dónde y cómo hacerlo, y luego me sale así". "Él siempre decía que sus proyectos eran como una película de Hitchcock", apunta Sánchez Mora, "porque se sorprendía al final".

 

Santa Ana fue la primera iglesia que Fisac hizo de acuerdo con los principios del Concilio Vaticano II. Hasta entonces el cura daba misa en latín y de espaldas a los feligreses. Las iglesias preconciliares de Fisac estaban proyectadas como una procesión de fieles que seguía al sacerdote hacia la luz. Tras el Concilio, "el planteamiento espacial era completamente distinto, casi opuesto", según el arquitecto. Tuvo que imaginar que el cura se detenía y se daba la vuelta para hablar directamente y de forma clara a la comunidad. ¿Qué harían entonces los feligreses? Formar un corro. Y ese corro, la manera natural en la que la gente se congrega para escuchar, da el dibujo de la planta. Función y luego forma. Y luego, si eso, arte. "El resultado puede ser o no ser bello, pero es lo que ha salido; luego le pones sensibilidad como puedes, y si no, pues nada", decía el maestro, siempre campechano. "¡Olvidad que sois artistas, porque igual no lo sois!", recomendaba a los jóvenes arquitectos. "¡Por ahí puede salir arte, pero nunca entrar!", exclamaba señalando la puerta del aula. Para él, la sensibilidad era algo íntimo e inconsciente, que se podía educar -estudiando los arreglos florales japoneses o admirando los jardines de la Alhambra-, pero en ningún caso se podía forzar como un ejercicio de estilo.

 

"En su momento me gustó mucho, porque estaba fuera de todo lo que había", dice la esposa del arquitecto, Ana María Badell, sobre Santa Ana. "Pero ahora, la verdad es que ya no me gusta ninguna iglesia. Para rezar basta una encina en el campo. Seguro que él piensa lo mismo", admite.

 

La última pregunta de aquella entrevista póstuma es "¿Qué hay después de la muerte, maestro?". Fisac arquea las cejas, y, con el tono de quien dice una perogrullada, una verdad humilde y profunda, responde: "Hay tú, que sigues".

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* Nota de Agustina: “Sería muy largo explicar la cantidad de detalles, de clara demostración de persecución y desaires que he sufrido con el desprecio hacia mi familia, y que culminó en la actuación de dos sacerdotes de la Obra a la muerte de mi hija de seis años. Ni Mons. Escrivá, ni Alvaro Portillo me dijeron nada. Ni la más mínima palabra de pésame. El mismo día del entierro, Paco Botella y Antonio Pérez, vinieron a mi casa haciendo gestos de horror y dándome a entender con palabras más o menos veladas que era un castigo de Dios por haberme salido del Opus Dei.” (de una entrevista a Miguel Fisac)




Publicado el Lunes, 19 octubre 2009



 
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