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 Correos: De juicios y de perdones.- Mineru.

140. Sobre esta web
mineru :

Con toda sinceridad, me uno al deseo de Oráculo felicitándome porque estas páginas existan y dando gracias a Agustina, y a sus colaboradores, por esta formidable web que tanto está ayudando a muchas personas. Comparto su opinión sobre los efectos de la verdad, que no produce más “daño” que liberarnos a las personas nuestras ataduras más dañinas. Y también creo acertado extender su afirmación, por mi cuenta y riesgo, no sólo a los documentos internos publicados, sino al resto de juicios y experiencias –relatos hechos de jirones de carne viva- que tantas y tantos nos aportan. Por todo ello y mucho más, es fácil decir con Oráculo:

 

“¿Acaso con esto se hace daño a otras personas, como algunos dicen en general de esta web? Es difícil compartir estos juicios. Si la enseñanza del Logos eterno es que veritas liberabit vos!, resulta imposible aceptar que se cause daño a nadie cuando, con intención recta, se sacan a la luz aspectos deliberadamente ocultados, que pueden y deben ser conocidos por sus directos afectados. Es verdad que esto puede acabar con el “mundo virtual de ilusión” en que algunos parecen vivir instalados, y también que tales experiencias son humanamente duras, fuertes. Sí, ambas cosas son ciertas, pero la verdad —la realidad real de las cosas— en sí misma nunca hace daño: al contrario, la madurez está en aprender a afrontar las situaciones de la vida como son. Pienso, sí, que esta web presta un caritativo servicio a la Iglesia y a la Obra, más meritorio por incomprendido o negado a veces por algunos de sus beneficiados.”

 

También con toda sinceridad, puedo decir a canencio de que la cita del texto de Raimundo Panikkar, que Alberto Moncada recoge en su libro “historia Oral”, no pretende -ni insinúa siquiera- la tesis de “impedir juzgar sobre el opus dei a los que lo han abandonado al sentirse víctimas”. Por mi parte, nada más lejos de la verdad, ni tampoco creo que esa fuere la tesis del autor citado. Como lo que quise decir pudo quedar expresado en forma deficiente, me parece oportuno volver a repetirlo, pero, esta vez, con mejores palabras de otro que suscribo en plenitud y tengo la osadía de subrayar:



“Ciertamente, pertenece a la esencia del entendimiento humano pronunciar un juicio acerca de la verdad de las cosas (como intellectus dividens et componens); y éste debe ejercitar tal juicio en delegación del poder judicial de Dios. Sin embargo, deberá tener presente que todo este juzgar es sólo transitorio y que por, tanto, incluye en su forma interior la restitución del juicio a Dios. Sobre todo, el juzgar del entendimiento finito no debe arrogarse el derecho de pronunciar juicios como si le fuera transparente en toda su profundidad la esencia de las cosas, su núcleo interior, íntimo, vuelto hacia Dios. Él puede, ciertamente, lograr un conocimiento objetivo, y lo que capta de las cosas puede ser captado con verdad. Pero ¿cuándo habría alcanzado la absoluta certeza sobre un ser, cuándo, por tanto, sería irrebatible su juicio? "No juzguéis para que no seáis juzgados": esta advertencia nos reintegra a la esfera de la contingencia, a la cual pertenece nuestro juzgar y de la cual siempre debe ser consciente. La concienzuda confesión del propio develamiento ante Dios, como la del encubrimiento del prójimo ante nosotros, son sólo un momento dentro de la suprema confesión del misterio divino a cada criatura" (BALTHASAR, Hans Urs von, Teológica. Vol I, Verdad del mundo, Madrid 1997, 263-264).

 

Aclaro que, cuando hablo de “juicios de opinión absolutos”, quiero decir que nadie puede arrogarse el derecho de pronunciar juicios “como si le fuera transparente en toda su profundidad la esencia de las cosas, su núcleo interior íntimo vuelto hacia Dios”, y afirmo que hemos de ser conscientes de ello, de que nuestros juicios son contingentes, lo cual no significa que sean falsos, inveraces, inacertados o inadecuados. No. Simplemente, son fragmentarios:

 

“Nuestros ojos, avezados como los insectos a descomponer la realidad en mil facetas diferentes, sólo se adaptan a lo fragmentario, a lo cuantitativo; poseemos una visión puramente analítica del mundo y del alma y somos incapaces ya de ver la realidad. Por eso la psicología (o lo que hoy se entiende por tal) ha reemplazado a la filosofía. Por eso ya no creemos al hombre capaz de asumir forma, ni metafísica ni ética" (BALTHASAR, Hans Urs von, Gloria. Una estética teológica. Vol 1. La percepción de la forma, Madrid 1985, 28).

 

Fragmentarios, sí, pero todos ellos imprescindibles para configurar la verdad a través del encuentro interpersonal porque, siguiendo al mismo autor, el lugar donde el fenómeno de la verdad brilla con mayor fuerza es el encuentro  interpersonal. “El proceso del conocimiento (dice Balthasar) no puede ser  interpretado a partir de un caso cualquiera, arbitrario y deficiente, sino necesariamente a partir del caso supremo, adecuado y pleno, el caso del encuentro con otra persona” (H. U. VON BALTHASAR, El problema de Dios en el hombre actual, Ediciones Guadarrama, Madrid 1960, 97).

 

Y si alguien deseo yo que profundice especialmente en estos conceptos, son ellos, los Directores, cabezas pensantes, miembros, amigos y protectores de la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. Y, sobre todo, que profundicen en que no deben arrogarse el derecho de pronunciar juicios –sobre las conciencias, sobre la dirección espiritual, sobre la “santa pillería”,(…)-, incluso sobre su propio carisma o Institución, como si le fueran transparentes en toda su profundidad las esencias de estas cosas. Como si la Iglesia no tuviere nada que decir, nada que aportar. Como si el encuentro interpersonal de todos los que viven “la regla” –o las normas, o el plan de vida- en la Prelatura, o de los que las han vivido, no tuviere nada que añadir. Como si la verdad no brillare más cuanto más transparentes sean las formas, las conductas, los encuentros y los diálogos. Como si esta Web no existiere, o fuere el mal absoluto. Como si lo que estuvo oculto, o hubiere sido ocultado, -las praxis internas de la Institución- no haya llegado a descubrirse. Sí, a ellos me dirijo especialmente para recordarles que no debieran arrogarse ese derecho que nadie tiene. Yo tampoco.

 

Porque no es honesto pedir lo que no quiero dar: por eso procuro vivir en mi lo que demando a otros. Por eso también necesito la ayuda de todos. Porque, siendo la justicia verdad, la verdad es mucho más que la justicia: es la misericordia del Amor. Y el Amor no es condena.

 

Precisamente porque la esencia de la verdad es el Amor, pienso que aquella no brilla más por convertirse la víctima en verdugo de su verdugo. Al menos, no lo veo así en Cristo crucificado. No veo que el Cordero de Dios haya bajado de la Cruz como Tigre de Dios para condenar a quienes allí le subieron. No veo que la Víctima se haya transmutado en Verdugo. Todo lo contrario: para los que antes emitieron un juicio absoluto en la convicción de que sabían lo que decían,caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos” (Mt. 27.24) ahora la víctima imploraPadre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc. 23.34), como ya antes nos había enseñado, “perdónanos nuestras deudas, porque también nosotros perdonamos a todos nuestros deudores” (Lc. 11.4; BAC, 6ª ed. 1970, DL. M 18583-1970). Creían absolutamente que sabían lo que hacían, pero no lo sabían en absoluto.

 

¿Quién condena, pues, a los que crucificaron a la Víctima? Parece que Cristo no. ¿Quién condena a los que describen sus vivencias reales (recalco, vivencias y reales) a través del encuentro interpersonal en Opuslibros? Parece que Cristo no. Pues yo, tampoco.

 

Pero, ¿quién es Cristo?:

 

Pues Cristo, el prototipo de la verdad, que se presenta a sí mismo como la Verdad, es para nosotros el canon de la verdad tan sólo porque en su existencia presenta de manera viva su esencia: ésta consiste en ser "imagen de Dios" (2 Corintios, 4, 4) : "pues yo hago siempre lo que es de su agrado" (Juan, 8, 29).” (H. U. VON BALTHASAR “Teologia y Santidad” Ensayos teológicos. Verbum Caro, vol. I, Guadarrama, Madrid 1964.

 

 

Y, si los verdugos “saben lo que hacen”, ¿están incluidos en la plegaria de Cristo en la Cruz? ¿pueden recibir el perdón del Padre?

 

Intuyo que Mateo (25.44) puede ayudarnos. Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o peregrino, o enfermo, o en prisión, o desamparado, o verdaderamente fastidiado, o angustiado, o deprimido, o ninguneado, o … … …, y no te socorrimos? Cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo dejasteis de hacerlo. Ahora ya podemos “saber lo que hacemos”.

 

La misericordia de Dios es infinita, pero yo dejo sin responder la pregunta –bastante tengo con lo mío- para que cada uno y cada una de los hijos e hijas de Dios en el Opus Dei examinen sus propios documentos internos, se abran a la transparencia, confronten vida y espíritu, perciban el clamor de las víctimas y confíen en la Santa Iglesia. Así, cada uno y cada una “sabrá lo que hace”.

 

En la Cruz sólo hay víctimas. Allí no hay verdugos.

 

Mineru.




Publicado el Miércoles, 24 febrero 2010



 
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