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 Libros silenciados: Los días de colores. Libro de Javier Fesser.- Agustina

900. Sin clasificar
Agustina :

LOS DÍAS DE COLORES

Más allá de la película Camino

Javier Fesser – Claro García

Editorial Planeta, 2011

 

  

 

Copio un fragmento de los agradecimientos que, a modo de epílogo, incluye el libro en sus últimas páginas. Creo que es bastante elocuente. Y a continuación, el primer capítulo.

 

Agustina L. de los Mozos

 

"La misma semana del estreno de CAMINO recibí una llamada en mi casa. Era de una mujer que imaginé sobrepasaba los cincuenta años. Preguntó muy seria por Don Javier Fesser, director de la película en cuestión y al decirle que la persona a la que buscaba era precisamente con quien estaba hablando enmudeció. Durante ese incómodo silencio yo, en un alarde de inexcusable falta de generosidad, pensé que llamaba para regañarme, para decirme lo equivocado que estaba y para comunicarme el daño que sin duda le habría causado mi historia. Tal era mi obsesión en una semana en la que tuve que escuchar barbaridades del calibre de que yo había hecho una película contra todos los católicos  o de que me había aprovechado del dolor ajeno para mi beneficio, que me preparé tontamente para lo peor. Nada más lejos de la realidad.

Ana María llamaba desde Pamplona y en un estado de emocionante nerviosismo me contó una historia que empezó así: “Mi marido y yo teníamos una hija”...



Hace ya tres años de aquello pero lo recuerdo de manera tan nítida que me voy a atrever a reconstruir su relato palabra por palabra, frase tras frase y silencio tras silencio. Una historia que me hizo llorar de la emoción.

“Se llamaba Ana también, como yo, y fuimos muy muy felices con ella. Lo compartíamos todo, nos contábamos todo y su padre siempre andaba jugando con ella. Era una niña preciosa, un sol, la alegría de la casa. Cuando cumplió la edad para empezar el bachillerato tuvimos que buscar un colegio porque en el pueblo donde vivimos ya no podía seguir estudiando y nosostros, que no somos muy pudientes pero todo esfuerzo nos parecía poco para nuestra única hija, nos dejamos asesorar y nos hablaron de un colegio en Pamplona que decían era de los mejores. Un colegio del Opus Dei. Aunque era muy caro para nosotros nos pareció que merecía la pena y decidimos llevarla allí. Tampoco nos pareció mal que fuese un colegio religioso aunque mi marido y yo, si bien creyentes, no éramos muy de ir a misa y todo eso. Se integró muy bien y parecía muy a gusto. Poco a poco se fue apuntando a muchas actividades, entró en el equipo de baloncesto y se juntaba con una amigas de un curso superior que le enseñaron a tocar la guitarra. Esas actividades extraescolares cada vez la requerían más tiempo y en el segundo año rara era la tarde o el fin de semana que no estaba liada con una u otra cosa. Muchas veces tenía excursiones y se marchaba de viernes a domingo. El caso es que la veíamos contenta pero cada vez más ausente, más alejada. Cada vez nos contaba menos de su vida. Cada vez compartía menos con nosotros lo que pensaba, lo que hacía y con quién iba. Imaginamos que esa distancia tendría sin duda mucho que ver con su adolescencia. Pero su alejamiento y su cada vez más fría relación con nosotros nos ponía muy tristes. Sentíamos como que nos rechazaba. Al cumplir los diecisiete se volvió hermética, nos miraba por encima del hombro y hasta parecía que se avergonzaba de nosotros. Y un día, el de su dieciocho cumpleaños, nos comunicó que se marchaba. ¿A dónde hija? Dijo que ya lo había decidido, que se había comprometido con el Opus Dei, que nosotros no lo íbamos a entender y que por favor no tratásemos de convencerla de lo contrario. Pero ¿por qué te vas? ¿No estás a gusto aquí? Nosotros te queremos muchísimo, eres todo lo que tenemos. Sólo dijo que ya le habían advertido de que le diríamos eso. ¿Pero quién, hija? ¿Quién te ha advertido? ¿De qué? ¿Qué pasa? ¿Te hemos hecho algo? Y se fue. Ese mismo día. Hace ya seis años. La hemos visto en alguna ocasión, alguna vez nos ha visitado, siempre con prisa y, eso sí, nunca ha dejado de pedirnos dinero para pagar sus costosos estudios en la Universidad de Navarra. Y nosotros nos quedamos hundidos, deshechos. Hemos querido muchas veces hablar con ella, hemos ido a su casa, pero nunca ha sido posible verla, siempre hay alguien que nos comenta que está muy ocupada. Siempre es gente muy amable que nos acaba diciendo que ya es mayor y que la dejemos vivir con libertad, que ella ha elegido, que quién es nadie para meterse en su camino,.. Bueno, nunca entendimos nada. Llevamos todo éste tiempo repitiéndonos cada día la pregunta ¿Qué le hemos hecho? ¿En qué le hemos fallado?.... ¿Por qué no nos quiere?”

Recuerdo muy bien que, tras pronunciar ésta última pregunta, precedida de una pausa larga, Ana María rompió a llorar. Y recuerdo que me pidió perdón por eso, avergonzada por no poder contener sus lágrimas. Y recuerdo que yo no pude contestarle porque llevaba ya un buen rato tragándome las mías. Y prosiguió como pudo. No era fácil entender sus palabras, entrecortadas por el llanto.

“Mi marido está destrozado, su niña, imagínese… no levanta cabeza. Y yo tengo una depresión de la que no salgo. He visto ya a tres psicólogos y me han recetado de todo, y preguntamos a todo el mundo tratando de encontrar la respuesta ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué hemos hecho mal? ¿En qué hemos ofendido a Ana María?.... Bueno, el caso es que hoy, después de comer, hemos ido los dos al cine y hemos visto su película que, por cierto, señor Fesser, nuestra hija en su última visita nos prohibió ver. Como se lo digo. Nos dijo que verla era pecado mortal. Y qué bien que no la hicimos ni caso. Porque por primera vez, en seis años, alguien nos ha dado una pista de qué es lo que le ha podido pasar a nuestra hija. Y por primera vez hemos pensado que quizás nosotros no tenemos culpa ninguna y que ella tampoco la tiene. Y hemos salido los dos del cine y nos hemos abrazado y hemos pensado, por primera vez, que nuestra Ana María sí que nos quiere. Como la hermana de la niña de su película que se ve que adora a su padre pero que no se lo puede decir. Y mi marido me ha dicho: hay que buscar a este señor y darle las gracias porque por fin alguien nos ha explicado, aunque sea un poquito, qué es lo que le ha pasado a la niña. Y por eso le llamo. Para decirle que le estamos muy agradecidos y que gracias a usted a lo mejor esta noche voy a conciliar el sueño por primera vez en muchos años. Gracias, señor Fesser”.

Cuando yo logré recomponerme para darle las gracias a ella, Ana María ya había colgado. Esa llamada, las más de cien cartas recibidas en los meses posteriores de otras tantas Ana Marías en cuya vida se había producido la misma pérdida, siguiendo inquietantemente un idéntico patrón, y los innumerables testimonios de ex numerarias y ex numerarios agradeciendo de corazón tan justo y fiel reflejo de la soledad y el sinsentido que todos ellos habían vivido durante su pertenencia al Opus Dei, han sido inequívocamente el motor de ésta novela. Y por eso se la dedico a todas y todos ellos. A todas las “Nurias” y a todos sus padres y madres a los que sin duda aman y adoran mucho más que al “Padre” de sotana negra que en el Opus Dei les han querido colocar."

Javier Fesser. Mayo 2011

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Capítulo I de "Los días de colores".

 




Publicado el Viernes, 03 junio 2011



 
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