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 Tus escritos: Sobre el numerario que murió en el CUDES.- Otaluto

010. Testimonios
otaluto :

He leído el artículo de EBE, sobre el numerario que murió en el CUDES. Quizás pueda aportar algo al respecto ya que fui testigo presencial de esta muerte trágica, y pese a que ya han pasado 25 años, tengo gravado en mi mente muchos detalles de lo ocurrido.

Todos llevamos cicatrices en el alma. Pero este es un recuerdo  que me hace sudar en frio durante las horas de la noche. Muchas veces he deseado que no hubiera ocurrido, que el tiempo fuera para atrás y se pudiera deshacer lo que está hecho. A medida que pasa el tiempo esa sensación es más fuerte, he tratado de olvidar, pues se trata de algo que no me trae paz. Quizás por un truco de la memoria, algunas veces siento que acaba de ocurrir.

Debo decir que comparto todas las conclusiones de EBE. Los hechos, sin embargo, fueron distintos a la “versión oficial” que la obra difundió luego...



Esta circunstancia, a mi juicio, no atenúa la malicia con que la obra actúa, sino que la incrementa. Demuestra que la obra no tiene escrúpulos en elaborar un “relato” que sea afín a sus intereses, aun cuando se trate de una tragedia, como en este caso. Creo que el artículo de EBE es aun mas válido por el hecho de que la obra se haya encargado de distorsionar los acontecimientos.

Yo quiero contar los hechos tal como los recuerdo, con el simple fin de honrar la verdad.

Era el inicio del año. Yo ya estaba en segundo año del centro de estudios, y para mi JP era uno más de la camada que empezaba. Yo tenía un cuarto individual y JP dormía en el cuarto contiguo que era de tres camas. Volvíamos de hacer deporte, era un día plomizo y frio, lloviznaba y estábamos destemplados y embarrados. Mi único deseo era darme una ducha con agua bien caliente.

A los pocos minutos de llegar, JP entro en mi cuarto y me dijo que no se sentía bien, que tenia un ataque de asma. En ese momento no parecía grave, ni él me lo planteo como grave, y al principio simplemente intente distraerlo y tranquilizarlo.

No recuerdo bien lo que hablamos pero sí recuerdo que trate de obtener alguna información que me permitiera evaluar la situación y saber qué hacer. Así supe que en los ataques más drásticos de su enfermedad le inyectaban un “decadrón”, una medicina destinada a dilatar los bronquios y facilitar la respiración (eso fue lo que yo entendí).

No habían pasado más que un par de minutos y, súbitamente, comprendí que el tema era serio. Cuando me pidió que fuera a buscar a su armario el “decadrón”, salté como un resorte, y en lugar de ir a su habitación corrí por el pasillo para pedir ayuda, ya que no tenía ni idea de cómo aplicar una inyección.

Corrí solo unos pasos y vi a un numerario sentado, y le grité que llamara al director de la casa que era médico. Volví instantáneamente sobre mis pasos a buscar el decadrón, lo encontré, y volví a mi cuarto, prácticamente en ese momento llegaba el director de la casa. Sin perder un instante lo acostó y le dio la inyección. JP dijo entonces algo que no recuerdo bien, pero puede haber sido una frase como “me siento muy mal” o “no puedo respirar”, de verdad no lo recuerdo. El director le dijo, “ya va a hacer efecto”. Estaba amarillo y desencajado. Me miro como pidiendo ayuda, y se desmayó. Hizo una especie de convulsión que quizás fue un paro cardiaco. No hubo pánico ni confusión, sin mediar un instante el director le dio primero unos golpes en el pecho y luego nos dio instrucciones para alzarlo y llevarlo hasta el ascensor mientras él se adelantaba para llamarlo. Subimos tres personas llevando al enfermo. Esos segundos de inacción total, mientras el ascensor bajaba, fueron terribles. A mi se me ocurrió invocar la ayuda del Padre y me miraron como si fuera un extraterrestre, todavía hoy me pongo colorado al recordarlo.

Finalmente el ascensor llego a la planta baja y todo fue puro movimiento nuevamente. Lo sacamos a la calle y lo tendimos en la vereda. Yo comencé a hacerle respiración artificial mientras el director se lanzaba al medio de la calle para parar el primer auto que pasaba. El subió al asiento del copiloto para darle indicaciones a la aterrorizada mujer que manejaba, mientras yo iba en el asiento de atrás, con JP, haciéndole respiración boca a boca. Recuerdo que en algún momento le pregunté al director “sigo?”, y me contestí “si, métele todo el aire que puedas”. Tardamos unos pocos minutos en llegar al hospital. Los médicos, sin embargo, no lograron sacarlo del paro cardiaco. Luego de casi una hora de trabajo, lo dieron por fallecido.

Siempre voy a tener la sensación de que podría haber hecho algo más. Cuando lo bajamos del auto lo pusieron en una camilla y enseguida lo llevaron a la sala de resucitación. ¿Debería haber seguido haciéndole respiración artificial durante esos momentos hasta que entrara en la sala? Había varios médicos y claramente me indicaron que no lo hiciera, que a partir de ahí se hacían cargo ellos, pero el tiempo que JP estuvo en esa camilla, antes de ingresar a la sala, a mi me pareció un tiempo eterno. ¿Debería haber hecho caso omiso de las indicaciones de los médicos y seguir haciéndole respiración artificial? Cuando pienso en eso, las escenas cobran vida, y sé que se trata de una angustia que me va a acompañar siempre.

Desconozco los pormenores de la versión oficial. Pero no recuerdo que haya habido golpes en la pared. Si JP dio un golpe de puño a la pared fue un acto reflejo y pasó desapercibido. El hecho es que seguí ocupando esa misma habitación y no recuerdo que hubiera marcas en la pared (mi memoria en esto puede fallar). Tampoco hubo invocaciones al padre, y de esto si estoy seguro (con excepción de la mía en el ascensor, que resulto tan desubicada). No hubo ninguna estridencia, que yo recuerde.

Es que simplemente no se podía inferir que iba a ocurrir un desenlace fatal. Se trataba de un ataque de asma, JP había tenido varios anteriormente, y los había superado. El mismo sabía bien que era esencial mantener la calma.

Digo esto y, sin embargo voy a hacer una afirmación que parece contradecir todo lo anterior. Yo sé que no tiene lógica, pero siempre estuve convencido, de que en ese último instante, cuando me miró antes de desmayarse, JP supo que iba a morir.

Para mí esa mirada lo expresó todo: tenía algo de súplica, pero también de calma, vi en ella inteligencia de lo que iba a suceder pero no desesperación. Desde ese momento, y basado solamente en una mirada fugaz, tuve la convicción de que JP era un santo, en el sentido más elemental de la palabra: alguien que estaba preparado para ir junto a Dios. También pensé muchas veces que fui el destinatario de esa mirada por algún propósito oculto de la Providencia, una lección de vida (y de muerte) para tenerla en cuenta cuando llegue mi hora.

Pero quizás todo esto sean solo estupideces mías. ¿Quién puede extraer conclusiones de tan largo alcance sobre los designios de Dios y el destino de las almas?

Paz a todos.

Otaluto.




Publicado el Miércoles, 15 junio 2011



 
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