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 Libros silenciados: Sobre los destinatarios de la carta de octubre de 2011.- Gervasio

070. Costumbres y Praxis
Gervasio :

 

Sobre los destinatarios de la carta de octubre de 2011

Autor: Gervasio

 

            Un buen amigo me hablaba de los tiempos en los que "no había que hablar" del Opus Dei... Lo decía a propósito un alto cargo del Opus Dei que reclama que no se mencione su pertinencia o afiliación a instituciones de la Iglesia católica. Apetece decirle:

 

            —Y entonces ¿por qué vas por ahí con sotana?

 

            Llegué a preguntar a Agustina si había comprobado la autenticidad de la petición, pues no daba crédito a semejante pretensión.

 

            En los años cincuenta uno, además de tener la obligación de no decir que era del Opus Dei, debía incluso ocultarlo. Había que ocultar cosas tales como que uno iba a misa diariamente. Recuerdo que durante mi estancia en Villa Tevere, me veía en figurillas cada vez que alguien venía a verme, o bien yo tenía que encontrarme con alguien que pasaba por Roma. ¡Qué bochorno! ¿Cómo explicar la razón de ser de mi estancia en Roma? Emilio Navarro Rubio (q.e.p.d.), uno de los difamadores de Angustias Moreno, contaba que en épocas antiguas hablar del Opus Dei era un tema tabú. Si por casualidad —nos contaba— en una conversación alguien pronunciaba de pasada la palabra Opus Dei tenía la sensación de que le habían pillado en calzoncillos...



Los sacerdotes numerarios no tenían que ir diciendo a todo bicho viviente que eran del Opus Dei, pero tampoco tenían que ocultarlo. Podían, por así decirlo salir del armario. Recuerdo que en cierta ocasión se planteó la posibilidad de que los sacerdotes numerarios autores de un libro de espiritualidad pudiesen consignar al lado de la autoría del libro su pertenencia al Opus Dei, tal como hacían —y me parece que siguen haciendo— por ejemplo los dominicos. Al lado de su de su firma ponen: O.P.; es decir, Orden de Predicadores. Otros ponen OFM, que significa Orden de Frailes Menores. Etc. Finalmente se decidió —entiendo que con buen criterio— que no, que no tenían por qué consignar su pertenencia al Opus Dei.

 

Posteriormente la situación de los numerarios laicos se equiparó en cierta medida a la de los sacerdotes. En modo alguno tenían que pregonar que eran del Opus Dei, pero tampoco tenían que ocultarlo a como diese lugar. Lo de ocultar que uno es del Opus resultaba muy difícil sobre todo para los numerarios y agregados. Un ejemplo. En el Colegio Mayor Monterols, en Barcelona, sólo vivían socios —como entonces se decía— del Opus Dei, porque era un centro de estudios. Ya ha dejado de serlo. En la Universidad no masificada de los años cincuenta y sesenta todo el mundo estaba al tanto de que residir en el Colegio Mayor Monterols era equivalente a ser del Opus Dei. El residente de Monterols aparecía en tercero de Económicas —pongamos por caso— como caído desde espacio sideral, sin poder justificar por qué había abandonado la carrera de Económicas en su ciudad natal, donde vivían sus padres y donde también había Facultad de Económicas. Además no hablaba catalán ni le unían lazos con Cataluña. Cada mañana le encasquetaban unos cuantos ejemplares de la revista “Diagonal”; editada por el Colegio Mayor Monterols, para que los “vendiese” entre sus compañeros. Qué cosa más natural —recuerdo la frase del fundador “lo nuestro es la naturalidad”— que vivir en un Colegio Mayor y difundir la revista editada por el propio Colegio Mayor. Uno de los residentes ante tales exigencias de naturalidad vomitó, el pobre, todo el desayuno que había tomado, al verse de mañana con un paquete de “Diagonales” camino de su Facultad.

 

Era difícil el título de intervención en una conversación en la que alguien decía pongamos por caso:

 

—El Opus Dei es una masonería blanca.

 

O bien:

 

—Pues tengo entendido que uno puede perfectamente estar hablando con un señor del Opus Dei y no saberlo.

 

También era difícil determinar qué decir y qué dejar de decir a propósito del Opus Dei.

 

En la revista “Nuestro Tiempo” de la Universidad de Navarra aparecían a veces artículos en los que se explicaba qué es el Opus Dei. Esos artículos aparentemente estaban destinados al gran público; pero sobre todo estaban destinados a los propios miembros del Opus Dei. Conocíamos así qué debe decirse y dejarse de decir del Opus Dei, cuando uno se encuentra ante la necesidad de tener que decir algo. Muchos de los artículos provenientes de las oficinas de la a.o.p. (apostolado de la opinión pública), aunque formalmente están destinados al gran público, en realidad están destinados a los propios miembros del Opus Dei, para ilustrarlos sobre lo que deben decir, negar, o mentir.

 

Una de las constantes de la a.o.p. es presentar como prototipo de miembro del Opus Dei un supernumerario o una supernumeraria; nunca un numerario. Y así la a. o. p. ha escogido a una supernumeraria Isabelle Muller, para hablar del caso Tissier, aunque lógicamente por no ser numeraria poco conoce del género de vida que llevan las numerarias auxiliares. Asegura con rotundidad que jamás ha utilizado ni cilicio ni disciplinas, ante la pregunta de si en el Opus Dei se utilizan. Una respuesta honrada obliga a distinguir entre diversas clases de miembros: unos utilizan cilicio y disciplinas y otros, no.

 

Esa falta de honradez aflora no sólo cara a los medios de comunicación —como pudiera ser una entrevista por televisión— sino incluso cara a la propia Santa Sede. Tal acontece con los Estatutos del Opus Dei en los que a propósito de la pobreza se establece: los fieles de la Prelatura deben proveer a sus necesidades económicas personales y familiares y, en la medida en que les resulte posible, ayudar al sostenimiento del apostolado de la Prelatura. (Cfr. Art. 94) Esa afirmación se adecua a la situación de los supernumerarios; pero no para los numerarios ni a la de los agregados. Estos deben entregar todo su dinero; no lo que les sobre tras atender a sus necesidades personales y familiares. Nos encontramos no ya ante las afirmaciones de una supernumeraria sin título de representatividad —aparentemente escogida al azar y que no dice la verdad por ignorancia— sino nada menos que ante un texto presentado a la aprobación de la Santa Sede, en el que ya no se falta a la verdad por ignorancia, sino conscientemente.

 

Es por ello difícil determinar si la carta del prelado de octubre de 2011 está dirigida a la Santa Sede o a los miembros del Opus Dei o a la opinión pública. Una amiga me comunica: Me dice un numerario que cree que está escrita más de cara a la galería que para los de adentro, como queriendo que el Vaticano o quien corresponda, vea lo bien que se hacen las cosas en el opus. Gaudí afirma: hay mucha gente sorprendida con el tono de la carta del Padre de 2 de octubre. Nadie ha hablado de puntos específicos, pero la impresión es que la carta no se ha escrito para los miembros de la Obra. La publicidad que se ha dado a la carta con versiones en PDF y para ebook, disponibles en la web oficial de la Prelatura, nunca había sucedido antes. Además el tono de la carta es distinto de las otras, como si fuera algo para consumo externo. Una prueba de que la carta del Padre no ha sido escrita para los de casa es que muchos directores locales ignoran la existencia de dicha carta y todavía no se ha imprimido en algunos sitios. Me he quedado con la impresión de que hay dos cosas que son falsas o por lo menos están escritas de manera que producen engaño: la charla y la confesión.

 

Quizá, pienso yo, no haya que hacer tanta distinción entre Santa Sede, miembros del Opus Dei y opinión pública. Pretende convencer y engañar a cuantos más mejor.

 

Gervasio




Publicado el Miércoles, 19 octubre 2011



 
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