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 Tus escritos: Por si puede interesar.- Satur

010. Testimonios
satur :

Por si puede interesar
Satur, 28 de noviembre de 2011

 

La verdad es que no sé cómo he llegado hasta aquí. No entiendo la vida que he llevado. Nunca la entendí.

 

En mi infancia viví en una inconsciencia maravillosa. No me enteraba de nada, vivía a rastras de mi imaginación, como Mesala  mordiendo el polvo en las cuadrigas. La realidad no existía. Muchas veces me pregunto cómo llegué a aprender a leer, a escribir, las tablas, las conjugaciones. Supongo que alguien lo hizo, y aquí estoy, pero son recuerdos muy confusos...



En lo que se llamaba la EGB, lo mismo. Aprendí geografía, gramática y cosas que hoy no sé exactamente ni cómo lo hice. No recuerdo casi nada. Recuerdo gilipolleces de esos años: cuando fumaba a escondidas, partidos de fútbol de cuarenta contra treinta en un patio con un ciprés en medio, alguna leche bien dada por el cura de turno, un Hermano que nos sobaba las pantorrillas mientras leíamos en su mesa un texto absurdo... escapadas por los pasillos de aquel vetusto y enorme colegio del Salvador.

En el BUP las cosas no cambiaron. Seguía sin enterarme de nada. Ya había repetido séptimo de EGB, y suspendía todo. Luego, no sé cómo, aprobaba en septiembre y pasaba curso. Pero mis recuerdos son del que vivía en la inopia. No había manera de meterme en cintura. Sabía que había que sacar un cinquillo, y poco más. Debíamos llevar bata, una blanca con rayas azules, con un cinturón. Yo el cinturón lo llevaba debajo del vientre, como los vaqueros del Oeste la cartuchera. Una macarrada que nos gustaba nada al padre Irisarri.

Recuerdo una sexualidad confusa, convulsa, llena de telarañas, atormentada. Sucia. Obsesionado por las mujeres, sobre todo las maduras, que me volvían loco. En especial una vecina viuda. A los quince años le llamé anónimamente... pero colgué. Le llamé más veces... pero colgué. Mi vida era eso, un cuelgue.

Mi padre me gritó un día “¡tú serás carne de presidio!”. Y seguí creciendo sin saber exactamente qué era eso de “cuando caerás del burro” que sentenciaba mi madre cuando ya tenía quince años. ¿Caer del burro? No lo entendía.

Vivía en Babia. Lo que imaginaba, lo quería llevar a cabo como fuera...sólo que imaginaba estupideces. Pero me gustaba verlas hechas realidad.

Fui monaguillo de la parroquia de santa Engracia, una mártir que le cortaron las tetas en Zaragoza, y que tenía en la bóveda de la iglesia un mural enorme donde se veía como le cortaban las peras. Yo miraba mucho al techo ése, porque estaba muy bien pintada la escena donde Engracia mostraba las mamellas en su esplendor. Después, no había feligresa que pasase a comulgar, que no le pusiese la bandeja sobre las domingas. Estaba más salido que un balcón.

Poco a poco formé mi lista de “valores”. Por ejemplo, los compañeros de clase hablaban mucho de tenerla grande. Tenerla grande era importante. Yo, no creo que por pudor, en el vestuario procuraba mostrar poco. Había tíos que se paseaban en pelotas con el mismo orgullo que yo llenando el depósito del Ford Mondeo. Manguera en mano y anunciando “ha escogido diesel E- Plus”. Pues lo mismo.

Pero mi manguera no era para enseñar.

Añadí al “tenerla grande” otros valores Todos de una inconsciencia muy parecida.

La vida institucional iba por un lado, yo por otro. En poco tiempo llegué a tener una lista enorme de creencias. Me salieron pelos en las piernas y en los cojoncillos, escupía a todas horas por la comisura de la boca, andaba desgarbado y me costaba mirar a los ojos a las mujeres. Pensaba que adivinarían mis pensamientos, que me dirían “¡cerdo!, ¡guarro!”.

También me cayó la primera lagrimilla escuchando “cállate niña no llores más”, y una sensibilidad, probablemente enfermiza, lo envolvía todo.

Y de aquella manera pasaban los días. Mis afectos e intereses se formaron de la mano del cine, de la literatura, me apasionaban “las vidas ejemplares”, Enid Blyton, Guillermo el travieso, la Isla del Tesoro, las revistas de mujeres, el Burda, donde me empapuzaba de ver señoras en ropa interior., bastante jamonas por cierto, casi con mollares... todo muy desordenado. Los amigos eran una tribu que callejeaba gamberreando y disfrutando de una libertad que hoy sonaría a delincuente.

Tuve que decidir entre ciencias y letras. Escogí ciencias porque lo de letras era de maricas. Así de sencilla fue la elección.

Eso hizo que no me enterase de nada. No entendía un pijo de moles, de ecuaciones, de valencias ni de leyes. Así que memorizaba los problemas para salir del paso, y tiraba de golfería.

Fui elegido delegado de curso por mis dotes histriónicas. Si un día decía “mañana todos a clase con un calcetín de cada color”, al día siguiente parecíamos los payasos del Ringlín. Ese era mi prestigio.

En aquellos años entregué mi vida a un ideal. Me hice numerario por la misma razón que hacía todo: con una inconsciencia maravillosa. Le hubiese dado mi vida a cualquiera que me la hubiese pedido, a condición de salvar al mundo. Yo a Supermán siempre le entendí. Nos parecemos mucho.

Menos mal que nací hombre, porque llego a ser mujer y hubiese sido muy puta: no sé decir que no a nadie.

Tenía poco más de dieciséis años. Estaba entusiasmado, aunque el mismo día que escribí aquella carta entregándome a Dios, me dije “¡en vaya lío te has metido! Podría decir hasta la hora y la calle donde me dije esa frase. Y lo dije porque entonces ya sabía la cantidad de bolas que les había metido. Por eso pité.

Un mindungui que supiese un poquito de psicología habría adivinado que yo las metía dobladas en materia de pureza (el B-10-III,28 tendría un anexo para mí solo). Pero les daba igual. Yo era bien simpaticote y les llené el centro de pitajes: de mi clase tres son curas, de momento... que allí nunca se sabe de dónde te salta la rana.

Loa años continuaron con la misma inconsciencia. No sé ni cómo pude terminar la carrera, pues a penas asistía a clase. Yo seguía en mis fantasías. Como guión mi película estaba saliendo un sidral que al llevártelo a la boca saltaba como esos zetapetas que chispean en la lengua explotando al juntarse con la saliva.

Y un día, harto de mí, comencé a sentir la sensación de que “había que escapar”. Allí no pintaba nada.

Se juntaron una serie de extrañas coincidencias que, por primera vez, me obligaban a “caerme del burro”. ¡Es curioso!: treinta y tantos años después la frase de mi madre cobraba un sentido nuevo. Tenía cuarenta y tres años.

Algo hirvió en mi interior, algo que se puede llamar conciencia, o mala conciencia. No me gusté nada. Siempre he seguido mis intuiciones, y no pocas veces me equivoqué, pero con una seguridad acojonante. Aunque es posible que esa vez no fuese una llamada, sino una señal de alarma.: “Si sigues aquí te vas al infierno de punta cabeza”. Algunas veces me he visto a mí mismo como un miserable y despreciable ser humano, y conseguía desprenderme de esa idea con una noche de sueño bendito.

Pero esta vez no conseguía desprenderme de esa idea. A las llamadas interiores uno puede contestar que sí, o que no. Pero cuando lo que suena no es una llamada, sino una alarma, os aseguro que la respuesta sólo es una: salir de allí cagando leches.

Salí, y me las prometí muy jodidas. Lo que conocía de mí como caballo no daba esperanzas de que nadie apostase. Comencé con la conciencia clarísima de ser un jamelgo de los que dan vueltas en el picadero para familiarizar a los niños en la hípica. De los que llega el típico chaval hijo de puta y se pone a darle al trote tascando y cascando a los cuartos traseros. Y el potranco ya ni se mueve.

Tuve suerte, aunque no creo en ella. Creo que lo que siempre has querido ser, si no pierdes ese ideal, no sé de qué manera, lo alcanzas, o te es dado. Por ejemplo, antes de conocer a la Piedra conocí otras mujeres, tuve historias intensas, pero cuando la vi a ella supe que había que quemar las naves.

También descubrí que había otros como yo, tan normales como yo. Y gente que lo ha pasado tan mal, y ha sufrido tanto, que ve mucho más lejos que yo, y más profundo. Y gente que tiene miedo porque no entiende que las cosas sean como son, y no les gusta que sean así.

Poco tiempo después me sentí, por primera vez en mi vida, responsable de lo que hacía, de lo que decía, escribía y pensaba. Era libre, y tenía que dar cuenta de mis actos sin esperar a la charla fraterna, o a que me dijeran dónde y cuándo debía de asistir a una convivencia, o a un curso de retiro, a qué médico debía acudir, o qué cura me tenía que confesar. Porque es que, oye, allí tenía todo el tiempo para mis fantasías, la vida real me venía programada.

Y mientras recuerdo… que viví y aprendí… oraciones, historias, canciones, gente de aquí y de allá, unos buenos, y otros malos, números y colores… la a con la e, la i con la o… me doy cuenta de que estoy haciendo los ajustes necesarios para crear nuevas soluciones para viejos problemas.

Y eso, qué quieres que te diga, me gusta. Soy otro. Soy mejor. Ahí lo tienes.

Espero que te sirva mi experiencia, seguro que se parece mucho a la tuya.

Satur




Publicado el Lunes, 28 noviembre 2011



 
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