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 Tus escritos: De almuerzos y cónclaves.- Haenobarbo

115. Aspectos históricos
Haenobarbo :

En relación con la nota de Ana Azanza publicada el miércoles, no puedo menos que estar de acuerdo con ella en que el visiteo y las invitaciones a determinados prelados es una de las múltiples formas de hacer política en el Opus Dei y una de las actividades que más tiempo demandan al Prelado. Y esto es así desde los tiempos fundacionales, cuando en medio de la pobreza, casi indigencia en que vivían, doña Dolores y Carmen se esmeraban por poner una mesa casi principesca cuando el fundador invitaba a algún prelado, privándose quizá ellas de comer durante varios días. Eso sí, doña Dolores presidía la mesa, para que nadie pusiera en duda la honestidad de vida del fundador...



Cuando hubo auxiliares, éstas, con cofia, guantes y delantal blanco perfectamente almidonado sobre el uniforme, servían la mesa, protagonizando alguna vez una divertida anécdota, como aquella que refería que una auxiliar, impresionada por servirle a un obispo y viendo que éste no sumergía lo suficiente el cucharón en la sopera, lo urgía diciendole “ajonde, ajonde su divina majestad que en el fondo está lo bueno!!”.

Ya en Roma, en Piazza de Citta Leonina, esta costumbre se intensificó, no en vano el fundador estaba ahí nada menos que para obtener la aprobación pontificia del Opus Dei, que sacaría para siempre del manoseo de los obispos diocesanos su tan preciada criatura.

También entonces pasaban hambre y tenían muy poco equipamiento, y está documentado, cómo las auxiliares tenían que vérselas y hallárselas para servir algo medianamente decente a los obispos y cardenales que pasaban por el piso, un día sí y otro también, aunque tuvieran que sufrir uno que otro sofoco en la humeante cocina de leña con la que por entonces debían contentarse: la guerra apenas había terminado y la escasez era el pan de cada día, pero el fundador debía parecer espléndido: se pedían prestados cubiertos, cristalería y vajilla y hasta alguna que otra silla.

 

Supongo que cuando Villa Tevere estaba en obras, los invitados pasarían a algún improvisado comedor, sorteando andamios y obreros, para encontrarse siempre una mesa muy bien puesta y mejor servida, gracias como siempre al esfuerzo, las privaciones y el cansancio, porque todo hay que decirlo, de las numerarias auxiliares. Más adelante, dependiendo de quién era el invitado y cuánto se lo quería impresionar, los almuerzos se organizaban en el comedor decorado en estilo pompeyano en la Villa Vecchia, otras veces en alguno de los varios comedores de invitados, preparados en diversos lugares de Villa Tevere o en la casa de la Asesoría.

 

De alguna de estas ocasiones es la edificante anécdota, que el fundador relataba con no poca sorna, de ese cardenal medio cegato, que tratando de pasar por conocedor en medio de tanto esplendor – las estancias de representación de la Villa Vecchia son realmente espléndidas – comentó sobre un espectacular “vaso de ágata”, que no era otra cosa que la humilde taza desportillada y sin asa, que los primeros de Francia trataron de disimular con una servilleta, cuando el padre desayunó con ellos en uno de sus viajes.

 

Si la invitación incluía una partida de tenis previa, o un chapuzón en la piscina, el almuerzo podía ser en la zona del Padre en Cavabianca. Si el prelado es aficionado a la montaña o a pasear por el campo para recoger setas, el lugar indicado será Tor d´Aveia…

 

Si,… es un modo de hacer política, de hacer amigos, de lograr influencias, de pedir un favor, quizá de ofrecer alguno.

 

Las regiones tienen la consigna de que cuando se sepa que un obispo del país vaya a Roma, se avise inmediatamente al Consejo “por si interesa invitarlo”. Desde luego la noticia debe ir acompañada de un informe sobre la persona, lugar donde se va a alojar, y a ser posible sus gustos y preferencias.

 

Si el personaje “interesaba particularmente” la invitación podía concretarse aun antes de que el invitado salga de su país de origen; entonces, el Vicario regional o la persona que lo trata o bien podía trasmitirle la invitación o bien podía anunciarle que el prelado deseaba invitarle, creando la incertidumbre de si el prelado concretaría o no la invitación: el suspenso a veces es muy eficaz para determinados espíritus.

 

Casos ha habido en los cuales previo o inmediatamente después de la llegada del “invitado” a Roma, ha llegado también algún paquete conteniendo productos imposibles de conseguir en Roma para preparar algún platillo especial que, sin duda causará en el invitado un estupor casi imposible de referir.

 

De todos modos, hay obispos y obispos e invitados e invitados: a algunos los invita el prelado a comer con él… otros interesan menos y los invita a tomar el té en alguna pequeña salita o minúsculo comedor el director espiritual, el director de estudios o algún otro sacerdote más o menos connotado, que no dejará de decir al visitante que el prelado estaría encantado de recibirlo si no fuera porque está ausente en algún viaje apostólico (enfermo jamás). A unos los van a buscar y a otros les dan la dirección para que se apeen solos.

 

Si los franciscanos, dominicos o jesuitas no aparecen mencionados entre los que hacen looby en las recientes elecciones pontificias, es desde luego por razones históricas. Me imagino que los jesuitas (los que quedaban) no deben haberse quedado quietos luego de la muerte de Clemente XIV (franciscano), que los había disuelto, y que deben haber andado muy pendientes de las elecciones pontificias durante los años que duró Trento. Ahora mismo van a su aire y tengo la impresión personalísima de que les da igual quién sea el Papa: han aprendido a navegar como una cáscara de nuez en el proceloso mar del mundo: ya no son el ejército del papa como lo fueron en algún momento. Supongo que dominicos y jesuitas debieron haber estado muy interesados en las elecciones papales, por ejemplo durante la famosa controversia sobre la gracia entre los seguidores de Molina y los de Bañez. Quiero decir con esto que looby debe haber habido siempre: unas veces los interesados son unos, otras otros.

 

Desde luego desde hace años al Opus le interesa mucho quién es el Papa, por razones de todos conocidas. ¿Pudieron influir eficazmente en la elección de Juan Pablo II?: Desde dentro del cónclave desde luego no, porque el primer cardenal del Opus Dei fue creado el año 2001. Los cardenales electores en el cónclave de 1978 fueron 111, de los cuales solo 28 eran de la Curia. No quiero decir con esto que no hablaran a favor de uno o de otro, desde luego deben haber tenido su o sus candidatos y sobre todo deben haber tenido muy claro que Benelli no podía o no debía ser Papa. Francamente y es mi opinión muy personal, no le concedo al Opus Dei el poder, en 1978, para haber podido mover desde fuera a las dos terceras partes más uno de los 111 electores. Lo cual, insisto, no significa que no se movieran, que no dieran su parecer, que no invitaran a cuanto Cardenal se les pusiera por delante a almorzar en Villa Tevere. De hecho pasaron muchos por ahí antes del cónclave. Pero de ahí a que, sin cardenales propios, inmediatamente después del pontificado de Pablo VI que los mantuvo a raya, hayan podido decidir una elección… no sé.

 

Curiosamente en estos días he estado ojeando un libro de esos que se escriben para aprovechar la ocasión, publicado el año 2005, antes de la elección de Benedicto XVI. El subtítulo es muy sugerente “Los secretos de la elección del Papa al descubierto”... vaya pretensión!! El autor es nada menos que un licenciado en ciencias de la información de la Universidad de Navarra, que llegó a muy altos cargos en Radio Televisión Española durante el anterior gobierno del Partido Popular. Se presenta como corresponsal en Roma, especialista en claves de la política vaticana, etc. No sé si será, si habrá sido, si no fue nunca…. no lo sé. Luego de una pobrísima relación de los cónclaves históricos, pobrísima porque repite lo que ya está en los libros, hace una más larga relación del conclave que eligió a Juan Pablo II y de sus prolegómenos: según el autor, uno de los promotores del cardenal polaco fue el entonces obispo Deskur, a quién luego Juan Pablo II elevó a la púrpura y ya por entonces buen amigo del Opus.

 

Pero lo que me interesa señalar aquí es que en vísperas de la elección de Benedicto XVI – el libro fue publicado antes del cónclave para poder venderlo –. hace un análisis uno por uno de los cardenales que participarán en el cónclave, y entre estos señala los que considera “los grandes electores” el primero de los cuales es nada menos que Joseph Ratzinger, del que dice textualmente: “El cardenal alemán es, sin duda, el primero y el más importante (de los grandes electores). No será candidato, no solo por su edad, sino por su precaria salud, asediada por la diabetes (lleva 6 años de Papa con 85 años a cuestas) (…) Su papel puede ser similar al que jugó en el segundo cónclave de 1978 el cardenal austriaco König, es decir el de un gran elector, un forjador de grupos y alianzas para sostener una candidatura…”.

 

Desde luego el autor no tenía dotes de adivinación, y no sé si después de esto, alguien le volvió a consultar sobre política vaticana.

 

Pero sí Ana, hacer política la hacen y saben moverse.

 

Haenobarbo




Publicado el Viernes, 16 diciembre 2011



 
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